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Ritmos, tiempo y desarrollo de la Liturgia eucarística

Javier Sánchez Martínez / Rel

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Curiosamente hemos entrado en una dinámica más o menos consciente por la cual parece que una Misa "vale más o menos" -si se puede hablar así- según sea la homilía en su duración, en su expresión y en su contenido, pareciendo aparentemente que esa sencilla parte es la determinante, y lo demás, lo que viene a continuación, es un rito que se ejecuta en el sentido de ejecutar: ajusticiar rápidamente, sin vida alguna.
 
Ambón clásico  
La homilía no cualifica el desarrollo litúrgico de la Misa, ni es lo más importante, sino una parte más, que debe ser humilde y proporcionada dentro todo el conjunto de la liturgia. Es importante, pero no es "lo más importante"; actualiza la Palabra de Dios conduciéndonos al Sacramento, proclama las maravillas de Dios, ilumina la reflexión sobre la fe, catequiza, evangeliza, al menos todos esos ingredientes-componentes debería lograr, pero la homilía no es un largo paréntesis dentro de la acción litúrgica.
 
Cuando toda la carga e importancia se centra en la homilía, se entra luego en un ritmo precipitado y veloz para la parte central y destacada: el rito eucarístico. Incluso en la distribución del tiempo: más de la mitad de una Misa se lo lleva la liturgia de la Palabra y un tercio escaso el rito eucarístico. ¿Cómo puede ser eso? ¿Cómo puede consentirse? ¿No se ve el desequilibrio, la desproporción, un cierto antropocentrismo, un usar la liturgia como mera catequesis olvidando sus leyes internas y sacramentales?
 
Un artículo en Lex orandi, realmente certero, provocó esta reflexión y queremos prolongarla. Decía el autor, Adolfo Ivorra, sobre si es "La misa... ¿lo que "rodea" la homilía?":
 
"Esta crítica no es nueva: al formar parte de la Liturgia de la palabra, el conjunto de ritos iniciales, lecturas y homilía llega a tener en muchos casos una duración mayor que la Liturgia eucarística. Si tenemos en cuenta el tiempo en distribuir la comunión que, en comunidades numerosas en fieles, puede ser largo, podríamos decir que no pueden durar lo mismo las dos partes de la misa. El criterio "idealista" de las dos famosas mesas, la de la palabra y la de la eucaristía, no debe oscurecer el dinamismo y duración específica de cada una de ellas.  Antes de la Liturgia de la palabra en sentido estricto, hay una única procesión: la de entrada. En la Liturgia eucarística hay dos: la del ofertorio -o si se prefiere, de "presentación de los dones"- y la de comunión. Todos estos datos -que podríamos dar más- nos indican que la duración de la Liturgia de palabra, y concretamente de la homilía, no puede ser mucha".
 
 No pueden durar exactamente igual las dos partes de la Misa: ese es un criterio para discernir muy concreto y práctico. ¿Qué pasa cuando la duración de la Liturgia de la Palabra con su homilía es excesiva? Que el rito eucarístico se desarrolla velozmente, omitiendo incluso elementos, recitando demasiado rápido, de carrerilla, sin sentido, eligiendo invariablemente la plegaria eucarística II y distribuyendo la Sagrada Comunión a velocidad de vértigo, con pérdida clara de reverencia.
 
Concluía el artículo de Lex orandi:
 
"La revalorización que en los últimos años está teniendo la lectura de la Escritura en la liturgia, especialmente en la eucaristía, se está dirigiendo peligrosamente no a considerar la proclamación de la misma o los ritos que la envuelven -incensación, candelabros, signación y beso del evangeliario, bendición con éste en la liturgia episcopal- sino a centrar la atención en la homilía. Y son tantos los elementos que se supone que debería tener, que se alarga en el tiempo. Más tiempo al rito y a la eucología en vez de más tiempo a la homilía. Es preferible tener la posibilidad de proclamar el canon romano sin prisas que tener que "abreviar" siempre con la II por culpa de una homilía extensa".
 
A partir de aquí, deberíamos ver, aunque sea someramente para no cansar mucho, los elementos del rito eucarístico para ver cómo se desarrollan y cómo, bien desarrollados, requieren su tiempo (por tanto, mejor reducir el tiempo de la homilía). Dichos elementos, las oraciones ya sean secretas, ya en voz alta, requieren una dicción clara, recitarlas con sentido, conscientes de lo que se dice y no como autómatas que recitan de memoria sin saber bien ni lo que dicen (y desgraciadamente, así ocurre).
 
1) Hay una procesión de ofrendas con un canto (nada de moniciones) donde se lleva la materia eucarística (el pan necesario y el vino) y dones para la iglesia o los pobres. O se llevan desde la credencia (mesa auxiliar) al altar en ese momento.
 
2) El sacerdote primero toma la patena y reza en silencio (IGMR 141) una fórmula (o incluso en voz alta: "Bendito seas, Señor Dios del universo") y luego toma el cáliz y reza en silencio la otra fórmula. 
 
 
Medida de la inclinación profunda
3) Entonces el sacerdote se inclina profundamente (IGMR 143), y eso es algo más que inclinar la cabeza; se inclina profundamente (la medida clásica: las manos deben llegar a las rodillas, ¡¡inclinados ante Dios!!) y cuando ya se ha inclinado, recita con unción (lentamente al menos) esta fórmula en secreto, sabiendo bien lo que dice y ante Quién está orando:
 
Acepta, Señor, nuestro espíritu humilde y nuestro corazón contrito.
Que éste sea hoy nuestro sacrificio,
y que sea agradable en tu presencia,
Señor Dios nuestro.
 
Si se hace bien, es una pausa orante muy intensa; también requiere su tiempo.
 
4) Si hay incienso, se inciensa entonces la oblata, la cruz, el altar rodeándolo, al sacerdote y a los fieles.
 
5) Después viene el lavabo de las manos en la esquina del altar (y si no hubiere ministro, se desplaza a la credencia), obligatorio y no facultativo por más que se haya suprimido en la práctica. No hallaréis ninguna rúbrica en ningún sitio que diga que se deja al arbitrio del sacerdote. Lavarse las manos es un signo de purificación interior para ofrecer el Sacrificio; sin minimizarlo (mojarse la punta de los dedos de manera ridícula) ni exagerarlo (arremangándose incluso las mangas del alba): simplemente lavarse las manos mientras recita:
 
Lava del todo mi delito,
limpia mi pecado.
 
El lavabo de las manos, bien hecho, requiere también su tiempo.
 
6) Invitación a la oración y oración sobre las ofrendas.
 
7) Comienza la plegaria eucarística, "en este momento comienza el centro y la cumbre de toda la celebración" (IGRM 78). Lo normal cualquier domingo es cantar al menos el diálogo del prefacio, y si se puede, todo el cuerpo del prefacio. ¡Lo normal! Claro que si la homilía ha sido larga, la tentación es acelerar ahora, reduciendo el tiempo, pisando incluso a los fieles cuando responden. Pero si comienza el centro y cumbre de la toda la celebración, deberá hacerse con la suficiente solemnidad y con "tono de prefacio" (in tono praefationis), solemne tanto con el canto como con la recitación-proclamación.
 
-El canto del Santo: sin omitirlo para abreviar.
-La epíclesis, con la imposición de manos sobre la oblata pausada.
-Las palabras de la consagración, recitadas con la suficiente claridad y devoción, cantadas los domingos y solemnidades.
-La aclamación a la que responde el pueblo cantando (por cierto: los fieles, no el sacerdote ni los concelebrantes)
-Y prosigue hasta llegar a la doxología, cantada los domingos, "Por Cristo, con él y en él", a la que todos solemnemente responden el "Amén" cantado, como es propio.
 
Estos elementos cantados (Diálogo del prefacio, Sanctus, consagración, aclamación, doxología-Amén) hay que subrayarlos, porque normalmente se omiten en aras de la rapidez (ya que la homilía fue inacabable y siempre se piensa que los fieles se cansan en el rito eucarístico, no que se cansan con esas homilías que nunca terminan de aterrizar).
 
8) El rito de la paz es breve, austero y moderado: "Conviene, sin embargo, que cada uno exprese la paz sobriamente sólo a los más cercanos a él" (IGMR 82). Lo sabemos. Normalmente, después del acelerón precipitado de la plegaria eucarística para abreviar, aquí se suele detener el sacerdote-homilista porque el rito de la paz le parece muy pedagógico, catequético, simpático, etc. Así pasamos de una homilía larga y desproporcionada a otro momento largo y desproporcionado, la paz, mientras que toda la plegaria eucarística ha sido ejecutada (ajusticiada).
 
 
9) La fracción del pan pide que se parta una o varias hostias en diversas partes "Conviene, pues, que el pan eucarístico, aunque sea ácimo y elaborado en la forma tradicional, se haga de tal forma, que el sacerdote en la Misa celebrada con pueblo, pueda realmente partir la Hostia en varias partes y distribuirlas, por lo menos a algunos fieles" (IGMR 321). Mientras se parte el pan consagrado, reverentemente, en diversos trozos, se canta el Cordero de Dios que se repite hasta que termine la fracción del pan. También es otro momento que requiere su tiempo, sin la precipitación de partir la Hostia en tres partes de manera apresurada y omitir el canto del Agnus Dei por la mera recitación.
 
10) El sacerdote se dispone a la comunión rezando en silencio y luego hace genuflexión. Es otra pausa de interiorización, de silencio orante. ¿O acaso el sacerdote no debe ser el primero que ore, tranquila y recogidamente ante el Señor? Sin embargo este momento suele pasar desapercibido con tal de aligerar. Dice el Misal: "El sacerdote se prepara para recibir fructuosamente el Cuerpo y la Sangre de Cristo con una oración en secreto. Los fieles hacen lo mismo orando en silencio" (IGMR 84).
 
156. Entonces, el sacerdote dice en secreto y con las manos juntas la oración para la Comunión Señor Jesucristo, Hijo de Dios vivo, o Señor Jesucristo, la comunión de tu Cuerpo y de tu Sangre.

157. Concluida la oración, el sacerdote hace genuflexión, toma la Hostia consagrada en la misma Misa y, teniéndola un poco elevada sobre la patena o sobre el cáliz, vuelto hacia el pueblo, dice: Éste es el Cordero de Dios, y juntamente con el pueblo, agrega: Señor, no soy digno.
¿Qué reza el sacerdote? Debe ser muy consciente de estar ante el Santo de los santos, el Misterio tremendo que decían los Padres, y orar así:
 
Señor Jesucristo, Hijo de Dios vivo, 
que por voluntad del Padre, cooperando el Espíritu Santo, 
diste con tu muerte la vida al mundo, 
líbrame, por la recepción de tu Cuerpo y de tu Sangre, 
de todas mis culpas y de todo mal. 
Concédeme cumplir siempre tus mandamientos 
y jamás permitas que me separe de ti.
 
11) Comulga el sacerdote y entonces los fieles en procesión se acercan a recibir la Eucaristía. Su desarrollo tampoco ha de ser precipitado ni se puede distribuir la Comunión de cualquier forma; a veces ni se muestra al comulgante, ni se espera a que haya respondido "Amén". ¡Es necesario un gran espíritu de fe distribuyendo la sagrada Comunión! Debe pronunciar la fórmula "El Cuerpo de Cristo" mostrando al fiel la Forma; el comulgante responde "Amén" y entonces se le administra la Comunión, con tranquilidad.
161. Si la Comunión se recibe sólo bajo la especie de pan, el sacerdote, teniendo la Hostia un poco elevada, la muestra a cada uno, diciendo:El Cuerpo de Cristo. El que comulga responde: Amén, y recibe el Sacramento, en la boca, o donde haya sido concedido, en la mano, según su deseo. Quien comulga, inmediatamente recibe la sagrada Hostia, la consume íntegramente.
12) Tras la comunión, el silencio o un canto, salmo o himno sagrado en acción de gracias.
 
Si releemos lo anterior, tal vez prolijo, veremos que el conjunto de ritos de la Liturgia eucarística necesitan un tiempo para su realización, sin omitirlos o hacerlos precipitadamente, inexpresivamente.
 
Releamos esta catequesis unas cuantas veces; después, con los comentarios, seguro que vamos clarificando los puntos.


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