LA CASTIDAD


 

CARTA PASTORAL DE LOS OBISPOS CANADIENSES 

PARA LOS JÓVENES.

0 1 de febrero de 2011

 

Vivir en la castidad es un caminar que requiere dar consejos y dar ánimo al mismo tiempo. Para ayudar a los jóvenes católicos en este camino ambicioso la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Conferencia Episcopal del Canadá quisiera dar testimonio de su solidaridad a través de estas pocas palabras de orientación y de apoyo.

Esta carta consta de 9 partes:

 

Introducción

Nuestro cuerpo, templo del Espíritu Santo

Vivir la castidad hoy

Castidad para los no casados

Castidad para las personas casadas

Castidad consagrada y el celibato

Cultivar y restaurar la castidad en la propia vida

Lo que la castidad exige de nosotros

La castidad es un reto constante

 

Introducción

La fascinación por la sexualidad siempre ha acompañado la humanidad; por cada uno y por cada una de nosotros es de importancia vital. No hay que admirarse porque  nuestro mundo de hoy le presta mucha atención a la sexualidad humana. Pero con todas las cosas que uno escucha decir sobre la sexualidad muchas veces es difícil saber cómo manejar este don precioso. Afortunadamente la sabiduría y la palabra de Dios iluminan nuestra ruta. La enseñanza de la Escritura y de la Iglesia es para nosotros guía segura ya que nos explican cómo vivir nuestra sexualidad con la alegría y el respeto del designio amoroso de Dios.

Nuestra fe se alegra y toma en serio el misterio de la Encarnación: el Hijo de Dios se ha hecho carne por nuestra salvación. El cuerpo de Jesús flagelado, crucificado y resucitado por nosotros nos dice que Dios se sirve del cuerpo humano para hacer presente en nuestro mundo su amor incondicionado. El cuerpo es nuestra vía de acceso a la salvación y, en consecuencia, nuestra manera de manejarlo tiene sus consecuencias.

En el fondo la misma Biblia nos enseña cómo vivir nuestra sexualidad a la luz de nuestra dignidad humana, dignidad que nos viene del hecho que Dios nos ha creado a su imagen y semejanza (cfr. Gn 1, 27). Desde la aurora de la creación Dios nos ha dado más que un solo lenguaje para expresarnos. Además de la palabra nos ha dado el cuerpo y el cuerpo se expresa a través de gestos que son en sí mismos un lenguaje. Igual como las palabras, nuestro lenguaje corporal revela lo que somos. El Señor quiere que hablemos este "lenguaje sexual" sin falsearlo y así podremos vivir nuestra sexualidad en la alegría.

Vivir auténticamente este lenguaje sexual de nuestro cuerpo es lo que la Iglesia llama la "castidad". Hoy en día la castidad frecuentemente se confunde con la idea cómo si se tratara de algo de tiempos pasados, como si fuera un recelo ante la pasión o como si se tratara de una represión sexual. Sin embargo, es realmente  mucho más que la mera ausencia de relaciones sexuales. La castidad forma parte de la integridad del cuerpo ciertamente pero igualmente forma parte del espíritu.

Si no nos preocupamos en fraguar un corazón o un espíritu puro nuestros gestos nos van a delatar. Si no tenemos el control sobre nuestros deseos y nuestras pasiones entonces no podrán tenernos confianza ni en las cosas pequeñas ni en las cosas grandes. Seguiremos siendo esclavos de nuestras pasiones y debilidades de carácter. Si no sabemos decir "que no", nuestro "sí" no significará nada. En cambio cuanto más aceptamos la castidad tanto más hacemos de ella nuestro estilo de vida y tanto más las personas que nos rodean sentirán que el Espíritu Santo habita en nosotros.

 

Nuestros cuerpos templos del Espíritu Santo

San Pablo ha escrito a los cristianos de Corinto: "¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis?  Habéis sido bien comprados! Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo" (1 Cor 6, 19 -20).

Cuando, el día de nuestro bautismo, nos hemos convertido en cristianos, efectivamente el Espíritu Santo ha venido para vivir en nuestro cuerpo. ¡He aquí una verdad asombrosa! Nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo: ¡qué tal dignidad la nuestra! La gente debería poder encontrarse con Dios por medio de nosotros. ¿Esta perspectiva nos inspira un gran respeto a nuestro cuerpo?

La sexualidad es un don de Dios y es un elemento fundamental que hace de nosotros que seamos seres humanos. Cada una, cada uno de nosotros es llamado a reconocer este regalo y reconocer a Aquel que no se lo ha dado. Al utilizar este regalo como quiere el Padre nosotros manifestamos su gloria y construimos su reino. Desde el momento que, de acuerdo a nuestro estado de vida, vivimos nuestra sexualidad cabalmente, otros podrán encontrar a Dios gracias a nosotros.

 

Vivir la castidad hoy

Nuestra sexualidad y nuestra vida espiritual están estrechamente relacionadas. La persona casta integra la sexualidad en su personalidad y expresa así la unión interior de su ser físico y espiritual. La persona casta en la medida en que entra en relación con los demás de una manera realmente humana, es capaz de reflejar su estado de vida: el ser soltero/a, el matrimonio o la virginidad consagrada.

Vivir la virtud de la castidad consiste en someter nuestro deseo del placer sexual bajo la dirección de la razón y de la fe. Pilar indispensable para una vida correcta, ella es una de las piedras angulares del templo de nuestro cuerpo. Nos conduce hacia la integración y unidad entre personas, parejas y sociedad.

La virtud de la castidad supone la armoniosa integración de las energías del amor y de la vida depositadas en nosotros. Esta integración asegura la unidad de la persona y se opone a todo tipo de comportamientos que quisiera alterarla. Las personas castas no toleran una vida doble vida ni la duplicidad del "lenguaje" del cuerpo. No vivir castamente ese es vivir centrados sólo en nosotros mismos, ciegos a las necesidades, a las alegrías y a las hermosuras del mundo que nos rodea.

Vivir la castidad no es fácil en la cultura  hipersexualizada del mundo contemporáneo occidental. Es imposible visitar un centro comercial, encender la computadora o la televisión, dirigir una mirada a.  La publicidad o simplemente mirar los libros de una librería sin ser bombardeados por imágenes sexuales de todo tipo.

La pornografía, extendida como nunca, ha alcanzado unas proporciones casi endémicas. Denigra la expresión sexual auténtica, estimula la masturbación y las relaciones sexuales fuera del matrimonio y cava un abismo entre el don de la vida y del don del amor.

Es un reto para todos el llevar una vida casta en tal contexto sea que uno sea soltero, casado o consagrado. La sociedad que nos rodea promueve ideas torcidas respecto al cuerpo y las relaciones entre personas. Si perdemos el equilibrio, estos conceptos destructores de la sexualidad fácilmente pueden imponérsenos. Para permanecer fieles a nuestras promesas bautismales y para resistir a las tentaciones necesitamos desarrollar unas estrategias que nos ayuden a vivir en santidad y en libertad.

 

La castidad para los no-casados

Para las personas que no están casadas la castidad supone la abstinencia, porque, según el plan de Dios, la sexualidad tiene su lugar en el matrimonio. Cuando dos personas se frecuentan la castidad les permite concentrarse en lo que realmente es importante en lugar de "utilizarse" el uno al otro. Juntos ellos pueden descubrir lo que significa el amor auténtico y aprender a expresar sus sentimientos con madurez. La castidad pone en evidencia el amor mutuo de los dos; les hace decir: "Yo quiero ser paciente y puro, yo quiero respetarte". Esto conduce a reservar exclusivamente a su futuro cónyuge la expresión genital del amor.

Cuando una pareja no es casta, el sentido que le dan al amor puede reducirse a la dimensión física de la relación lo que disminuye la capacidad de los dos a crecer hacia el matrimonio y puede comprometer su relación.

Las personas que experimentan la atracción por otros del mismo sexo también son llamadas a la castidad. También ellas pueden crecer en santidad cristiana por medio del autodominio, la oración y la recepción de los sacramentos.

 

La castidad para los casados

La sexualidad se vuelve verdaderamente humana cuando se integra a la relación total de una persona hacia otra, a la donación completa y recíproca que el hombre y la mujer viven para toda la vida. "Sólo el hombre y la mujer castos son capaces de un amor verdadero", escribió el Papa Juan Pablo II. Esto significa que las personas casadas también son llamadas a ser castas en su amor el uno por el otro.

Las personas casadas que viven castamente pueden tener una vida sexual maravillosa. La castidad ayuda al hombre y a la mujer a amarse el uno al otro como personas en lugar de tratarse como objetos de placer o de una satisfacción. A pesar de todo lo que sugieren las películas y los medios de comunicación, el valor del acto sexual no es una diversión o una gratificación física.

Todo placer físico debería tender a una expresión suprema del amor entre el esposo y la esposa, el don total de sí al otro. El acto sexual en el matrimonio puede ser tan íntimo que se vuelve a la vez una experiencia afectiva, intelectual, espiritual y física. Un gesto tan profundo que refuerza y completa la unión matrimonial. Es por eso que el acto sexual debe tener una doble función la de la unión y de la procreación y eso significa que ciertas formas de actividad sexual traspasan la castidad aunque haya placer: abusan de la sexualidad y no están a la altura de los designios de Dios. 

 

La castidad consagrada y el celibato

Dios llama en la Iglesia a mujeres y a hombres a una vida de castidad consagrada en vista del reino de Dios. Este carisma supone que se renuncia al matrimonio y se desea unir a la persona más directamente a Dios. Igual como para Cristo y su Madre, la virginidad consagrada es un don de Dios "para aquellos a quienes se les ha concedido" (Mt 19, 11).

Del mismo modo los sacerdotes de la Iglesia latina hacen la promesa de celibato antes de ser ordenados diáconos.

También las personas llamadas a una vida de virginidad consagrada o de celibato siempre han de luchar para ser castos en sus pensamientos, actitudes y acciones. La castidad quiere crear un "espacio" que libera el corazón humano para que arda en amor por Dios y por toda la humanidad. Sin embargo, cuando la decisión del celibato está mal integrada en el conjunto de la vida personal, puede provocar un encerrarse en sí mismo. La vida consagrada y el celibato son un "sí" al amor, que las personas con vocación deben intentar de vivir con entusiasmo.

 

Cultivar y restituir la castidad en su vida

Como católicos que somos llamados a dar a otros el ejemplo de una vida casta. Sabiendo apreciar el don de nuestro cuerpo y ayudando a otros a respetarse entonces demostramos  verdaderamente el amor a Dios que sentimos por él.

El joven que desea ser casto o retomar la vida casta tiene la posibilidad de retomar su cruz y de seguir a Jesús. El Señor nos ha prometido de estar siempre presente para ayudarnos. No nos abandona nunca pero nosotros debemos estar dispuestos a recibir su socorro.

Jesús nos ha pedido de orar sin cesar. Esto es extremadamente importante para quien se esfuerza en practicar la virtud de la castidad. El único medio para lograr el éxito consiste en unirnos a Cristo por medio de una vida de oración sostenida. Esto incluye oraciones que son a la vez sencillas y profundas como "Jesús, ven en mi ayuda"; oraciones más oficiales como el rosario; y la oración a María, nuestra madre y a los demás santos y santas, bienaventurados y bienaventuradas para que nos ayuden con su intercesión.

Los sacramentos de la reconciliación y de la eucaristía nos ayudan en nuestro caminar hacia una vida casta si hemos cometido un pecado de impureza a solas o con otro. El sacramento de la reconciliación nos comunica el perdón de Dios y su amor misericordioso. Todo lo que tenemos que hacer es acercarnos al trono de Dios misericordioso arrepintiéndonos sinceramente de nuestro gesto equivocado en confesión y podemos estar seguros del perdón de todos nuestros pecados. Podemos recomenzar de nuevo en la esperanza. El sacramento de la eucaristía es la cumbre de nuestra fe porque por este Sacramento somos unidos íntimamente a Jesucristo al recibir su cuerpo, su sangre, su alma y su divinidad. Por la santa comunión su cuerpo nos alimenta y santifica nuestro cuerpo.

 

Lo que la castidad exige de nosotros

La castidad expresa el respeto de la persona y su capacidad de donarse. Nos asegura de ser amados por mí mismo y de amar al otro por él o ella misma, y no solamente por el placer que proporciona. En una cultura que quiere todo en seguida la castidad enseña la espera. ¿Quisiéramos una relación sexual en seguida o aspiramos algo más, a condición de investir tiempo? Vivir castamente significa no ceder a la presión de los amigos que creen que tiene uno tener relaciones sexuales para ser verdaderamente un hombre o una mujer.

Este prejuicio contrario a la castidad es particularmente confuso porque se entender que necesita buscarse al otro simplemente para satisfacer su clase. Esto no solamente va en contra de la dignidad de la persona que es usada sino también somete al otro a prácticas que pueden causar un percance físico, afectivo o psicológico. Además, aunque la pornografía esté omnipresente, la esclavitud y la dependencia que provoca hasta por el Internet no deben subestimarse ni ser tomadas a la ligera.

La castidad requiere de una disciplina permanente. Uno debe tener sus prioridades: primero Dios y todo lo demás después. Vivir castamente es vivir según el proyecto que tiene Dios para nosotros. Los esfuerzos para controlar los impulsos sexuales pueden ser difíciles y hasta dolorosos sin embargo es este control que conduce lentamente a los hombres y a las mujeres a la madurez sexual y les trae la paz interior.

 

La castidad es un reto permanente

Vivir la castidad hoy en día significa ir contra corriente. Somos llamados a seguir a Jesús en el encuentro con la cultura actual. Para encontrar la serenidad y el gozo es necesario vivir conforme a la voluntad de Dios. Él nos ha creado según su imagen y, cuando obedecemos sus mandatos, conoceremos la felicidad. Jesús no ha dicho que esto sería fácil. De hecho él nos ha dicho "si alguien quiere seguirme que renuncie a sí mismo, que cargue su cruz y me siga" (Mc 8, 34).

La castidad es un reto pero no es imposible alcanzarla. Podemos rodearnos de amigos que también quieren vivir castamente, de personas que nos pueden apoyar en el camino. Podemos vestirnos modestamente conscientes de haber sido creados a imagen y semejanza de Dios y sabiendo que nuestro cuerpo es sagrado.

Podemos buscar nuestras diversiones, buscar lo que eleva el espíritu humano porque expresa la verdad, la hermosura y la bondad. Y sobre todo podemos vivir en unión con Cristo recibiendo regularmente los sacramentos y en particular el sacramento de la reconciliación.

La práctica sacramental no es solamente para confesar nuestros pecados de impureza sino también para dialogar con nuestro guía espiritual sobre nuestras tentaciones  y esto puede ayudar a purificar nuestro espíritu y nuestro corazón. Puede enseñarnos la humildad de la cual tenemos necesidad para aceptar nuestra debilidad dándonos al mismo tiempo la fuerza del Señor para crecer en la castidad.

 

Jóvenes enamorados castos, modelos de santidad

Toda cristiana, todo cristiano es llamado a la santidad. Los "santos" y los "beatos" son hombres y mujeres cuya vida estaba tan evidentemente compenetrada del amor de Cristo que el pueblo de Dios ha visto a Jesús en ellos; después la Iglesia ha escrutado cuidadosamente su vida y los han considerado dignos de nuestra veneración y nos los ha propuesto como modelos.

En su mensaje a los jóvenes del mundo con ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud en el Canadá el Papa Juan Pablo II dijo: "de la misma manera como la sal da sabor a los alimentos y la luz ilumina las tinieblas, de la misma manera la santidad confiere sentido más pleno a la vida, siendo un reflejo de la gloria de Dios. ¡Cuántos santos, entre los jóvenes también, puede enumerar la historia de la Iglesia!"

Evoquemos algunos de estos santos y santas que fueron ejemplo impresionante de pureza, de castidad, de caridad y de gozo, verdaderos templos del Espíritu Santo: San Agustín, beata Kateri Tekakouitha, beato Pier Giorgio Frassati y santa Gianna Beretta Molla. No importa que hayan vivido tiempos del imperio romano, en América del Norte durante el siglo XVII o en Italia durante el siglo pasado, su ejemplo y su testimonio nos proponen el mismo mensaje.

 

San Agustín (354 -430).

Agustín era un hombre de fe y de pasión, y una gran inteligencia y de una caridad pastoral incansable. Él ha dejado una impronta profunda en la vida cultural, moral y teológica de la Iglesia. Hijo de un padre pagano, Patricius, y de una madre cristiana piadosa, Mónica, fue educado en la fe católica. Sin embargo, como era frecuentemente la costumbre de su época, el pequeño Agustín no fue bautizado. Tuvo una juventud turbulenta. A los 17 años era un joven intelectualmente agitado, ambicioso y sexualmente activo.

Entró en una relación que duraría más de 10 años con una mujer de la cual no conocemos el nombre. Ya que pertenecían a clases sociales diferentes no se casó con ella. Tuvieron un hijo, Adeodato, a quien Agustín amaba mucho pero que murió antes de llegar a ser adulto.

Agustín siempre estaba fascinado y se sentía atraído por la persona de Jesucristo pero dio muchas vueltas antes que comprometerse con Cristo. Como para muchos jóvenes su proceso de conversión fue marcado por un duro combate con la sexualidad. El sabía que para ser cristiano era necesario vivir castamente. "Haz que yo me convierta en un hombre casto y célibe… ¡pero no en seguida!" Así rezó al Señor un día. Después un largo y difícil periplo interior y gracias a las oraciones de su madre finalmente fue bautizado por San Ambrosio en 387 en Milán. Después de su conversión se separó de la mujer con la que había convivido durante años y comenzó a practicar el celibato.

Agustín retornó en seguida a su país natal, el África del Norte. Después de haber fundado ahí una comunidad monástica fue ordenado sacerdote y luego obispo de Hipona. Fue un autor prolífico, un pensador de una perspicacia psicológica y espiritual sin igual y un vigoroso defensor de la verdad y de la hermosura de la fe católica. Pero ante todo San Agustín dice a los jóvenes lo que San Pablo escribió a los Filipenses: con la gracia misericordioso de Dios "yo puedo soportar todo con aquel que me da la fuerza" (Fil 4, 13).

 

Beata Kateri Tekekouitha (1656 -1680).

Kateri Tekekouitha, "el lirio de los iroqueses” nació en 1656 era una Algonquina cristiana que los iroqueses habían capturado. Kateri tenía alrededor de cuatro años cuando sus padres y su hermano murieron de la viruela. Fue adoptada por sus tías y un tío, jefe de clan de la tortuga. La enfermedad había desfigurado a Kateri y había que quedado casi ciega. Uno comprende que ella era muy tímida.

En 1667 Kateri aceptó en secreto el Evangelio anunciado por misioneros jesuitas y recibió el bautismo a la edad de 18 años. Ella vivía valientemente su fe cristiana y su castidad frente a una oposición casi insoportable porque la virginidad y el celibato no tenían lugar alguno en su ambiente. Su amor a la castidad contradecía radicalmente la cultura de su gente. Llegó el momento cuando se vió obligada a buscar refugio en Kahnwake a las orillas del río San Lorenzo al sur de Montreal.

Kateri consagró toda su vida a enseñar a rezar a los niños y a socorrer a los enfermos y las personas ancianas hasta el día en que cayó gravemente enferma. Murió el 17 abril 1680 a la edad de 24 años en Kahnawake. Sus últimas palabras fueron: "Jesos Konoronkwa", lo que significa: "Jesús yo te amo". 15 minutos después de su muerte, ante la mirada de de dos jesuitas y de todos los indígenas que la rodeaban, las cicatrices que la desfiguraban desaparecieron y su rostro adquirió una hermosura radiante. El 22 junio 1980 fue beatificada por el Papa Juan Pablo II y se convirtió así en la primera indígena norteamericana declarada beata.

 

Beato Pier Giorgio Frassati (1901 -1925)

Pier Giorgio Frassati nació el año 1901 en Turín, Italia. Fue educado en casa antes de frecuentar la escuela pública y luego un colegio dirigido por los jesuitas. A la edad de 17 años entró en la Sociedad de San Vicente de Paul y logró  combinar de manera impresionante la militancia política y el trabajo por la justicia social, la piedad y la devoción, humanidad y bondad, santidad y la vida cotidiana.

Atlético, muchacho guapo, desbordante de vitalidad, siempre rodeado de amigos inspirados por su ejemplo, Pier Giorgio decidió de no convertirse en sacerdote o religioso para atestiguar más bien el Evangelio como laico. De hecho, se enamoró de una chica llena de vida y de atracción pero sin continuar con la relación. Comprendió el sentido de la castidad y la puso en práctica en todas sus relaciones y amistades. Dios había dado a Pier Giorgio unas ventajas que hubieran podido empujarlo hacia un camino equivocado: familia con fortuna, bella presencia, robusta salud. Sin embargo, eligió escuchar la invitación de Cristo: "Ven y sígueme"(Lc 18.22).

Justo antes de recibir su diploma de ingeniería minera contrajo polio; los médicos opinaron que se había contagiado al ayudar a los enfermos. Murió el 4 julio 1925 y fue beatificado por el Papa Juan Pablo II el 20 mayo 1990. El Papa Juan Pablo II lo llamó "hombre de las ocho bienaventuranzas". El beato Pier Giorgio es un modelo de inspiración para los varones jóvenes: les enseña a expresar su masculinidad de manera casta dominando sus pasiones sexuales por un refuerzo viril y por el sacrificio de sí mismo a ejemplo de Cristo el hombre perfecto.

 

Santa Gianna Beretta Molla (1922 -1962)

Imagínese usted poder asistir a la canonización de su esposa. El 16 mayo 2004 esto es lo que sucedió a Pietro Molla, el esposo  de Gianna Beretta Molla. Sus tres hijos lo acompañaban, entre ellos la más joven, Gianna Emanuela, por quien su madre había dado la vida. San Gianna es la primera mujer médico  laica que ha sido canonizada.

Antes que San Gianna decidiría que Dios la llamó al matrimonio había discernido sobre su vocación y hasta había pensado en la vida consagrada. Meditaba, pasaba largos ratos para orar en silencio y esperaba pacientemente  que el Señor le manifestara su voluntad. En 1955, a la edad de 33 años, se casó con un ingeniero que le llevaba 10 años, a Pietro, cuya hermana había sido paciente de la joven doctora Beretta.

Las cartas de Gianna durante los años de su noviazgo muestran la profundidad de su compromiso con su vocación. Unos días antes de su matrimonio Gianna escribió a Pietro  lo siguiente sobre su vocación al matrimonio: “Con la ayuda y la gracia de Dios haremos todo lo posible para que nuestra nueva familia sea un pequeño cenáculo donde Jesús reinará sobre nuestros afectos, nuestros deseos y acciones. Trabajaremos con Dios en su creación; así podremos darle unos hijos que sabrán amarlo y servirle”.

Durante la homilía que pronunció el día de su canonización el Papa Juan Pablo II declaró: “Siguiendo el ejemplo de Cristo quien amó a lo suyos  hasta el extremo  (Jn 13, 1) este santa madre de familia ha sido heroicamente fiel al compromiso que había asumido el día de su matrimonio...  ¡Que nuestra época pueda a ejemplo de Gianna Beretta redescubrir  esta hermosura pura, casta y fecunda del amor conyugal, sabiendo que cuando obedecemos a la voluntad de Dios él sabrá recompensar nuestra paciencia y generosidad.

 

San Agustín, beata Kateri,

Beato Pier Giorgio y santa Gianna

rueguen por nosotros.

Ayúdennos a aceptar y a vivir la castidad de mente y de cuerpo,

en la alegría del Evangelio y una paz profunda

para que la gente  que nos rodea pueda ver que Dios vive en nosotros.

 

 

 

 

 





 

 

 

 



 



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