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JONAS: LAS SETENTA CARAS DEL PROFETA

 

Emiliano Jiménez Hernández

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La Biblia tiene setenta caras
Be-Midbar Rabbá

Gracias, pues, a Dios Nuestro Señor que hizo una obra
en la que pudiera encontrar descanso.
Hizo el cielo, pero no leo que allí haya descansado;
hizo las estrellas, la luna, el sol,
y tampoco ahí leo que haya descansado en ellos.
Leo, sin embargo, que hizo al hombre y que entonces descansó,
teniendo en él uno al cual podía perdonar los pecados.
San Ambrosio, Hex. 6,10, 76; CSEL 32, 1, 261
Citado en Dies Domini, n. 61.

¿Hay algún sabio?
¡Que guarde estas cosas, y comprenda el amor de Yahveh!
Sal 107,43.

El profeta Jonás

 



INDICE

PRESENTACION

1. VOCACIÓN DE JONAS (1,1-2)

2. HUIDA A TARSIS (1,3)

3. LA TEMPESTAD EN EL MAR (1,4-8)

4. "SOY HEBREO" (1,9)

5. JONAS ARROJADO AL MAR (1,10-16)

6. JONAS TRAGADO POR EL PEZ (2,1)

7. PLEGARIA DESDE EL VIENTRE DEL PEZ (2,2-10)

8. JONAS ENVIADO DE NUEVO (3,1-4)

9. LITURGIA PENITENCIAL (3,5-9)

10. PERDON DE DIOS (3,10)

11. YOM KIPPUR

12. LA IRRITACION DE JONAS (4,1-3)

13. A LA SOMBRA DEL RICINO (4,4-11)

14. LOS DOS NOMBRES DE DIOS

15. JONAS Y CRISTO

16. JONAS Y EL CRISTIANO

17. EL LIBRO DE JONAS




PRESENTACION

El libro de Jonás, en su brevedad, ha sido siempre un libro particularmente amado en la tradición cristiana. Los Padres le han comentado, los artistas cristianos se han inspirado en su historia. Y, antes que todos, el mismo Jesucristo se ha referido explícitamente a él. Siendo uno de los más breves libros del Antiguo Testamento es uno de los más ricos y luminosos de la revelación de Dios "rico en clemencia y misericordia".

La figura de Jonás ha interesado a tantos artistas desde el tiempo de las catacumbas, pues los cristianos han visto en él un símbolo de resurrección y salvación. Dios salvó al profeta de la muerte para salvar por él a un pueblo pagano. Dios salvó a Cristo, resucitándolo de la muerte, para salvar con su muerte y resurrección a todos los pueblos de la tierra. La iconografía de las catacumbas es un testimonio elocuente del impacto del libro de Jonás en la Iglesia primitiva. La escena del buen pastor aparece 114 veces; luego, en segundo lugar, aparece Jonás con 57 representaciones y, en tercer lugar, la resurrección de Lázaro con 53.

Jonás aparece casi siempre en una secuencia de imágenes. Lo más común es que haya tres o cuatro cuadros: Jonás en el barco o arrojado al mar, Jonás devuelto a la orilla, Jonás bajo el ricino verde, Jonás bajo el ricino seco. Como dice A. G. Martimort: "Jonás enseña a su pesar que la misericordia es uno de los mayores atributos de Dios: él, que lamentaba la salvación de Nínive y que el Señor hubiera acogido con piedad el arrepentimiento de aquellos hombres que oraban y ayunaban, tiene que comprender ahora, por las vicisitudes del ricino, por qué el Señor se complace en perdonar a los hombres. Por eso Jonás es uno de los símbolos más importantes de la biblia: tipo de la resurrección, es también testigo de la llamada a los gentiles y de la misericordia de Dios con los pecadores arrepentidos".

En una primera lectura, el Libro de Jonás no parece más que un cuento fantástico, divertido y lleno de sorpresas. No ocurre todos los días encontrarse con un profeta que se embarca en la dirección opuesta a donde es enviado, como sorprende que un pez se trague a una persona, que ésta cante un salmo en el vientre del pez y que éste le vomite vivo en la playa tres días después. No menos maravillosa es la actitud de los ninivitas ante el anuncio de destrucción de su ciudad, que les hace un desconocido apenas llegado a ella. Es, más que sorprendente, divertida la irritación de Jonás por la muerte de un ricino. El humor del libro hace que las situaciones inverosímiles se multipliquen y ¡cuanto más inverosímiles más significativas son! Este relato es un cuento, pero ese cuento, con sus contrastes e ironía, interroga constantemente al oyente o lector. Nos provoca mientras nos hace sonreír. Sin que nos demos cuenta cuestiona nuestra imagen de Dios, para llevarnos a descubrir el verdadero rostro de Dios. Después de habernos divertido con la ballena, con las desaventuras del pobre Jonás, con el ayuno de los animales de Nínive y con la tonta irritación del profeta, nos queda dentro el interrogante: ¿No somos todos un poco como Jonás? ¿Es nuestro Dios según la imagen que nos hacemos de él?

El profeta Jonás



Jonás es un profeta extraño. Se empeña en hacer lo contrario de los demás profetas. Cuando Dios le envía a Nínive, huye en vez de obedecer. Cuando la nave está a punto de irse a pique, duerme en vez de orar como hacen hasta los marineros paganos. El se sabe causante de la desgracia y duerme profundamente. Pero Dios le despierta y le hace confesar su pecado y su fe en el "Dios del cielo, que hizo el mar y la tierra firme", suscitando las primeras conversiones entre los mismos marineros, que se salvan de la borrasca. Jonás es profeta hasta en su huida de Dios.

Jonás es el profeta de la huida: huye de Dios y se nos escapa a nosotros. Nunca se sabe dónde situarle, dónde encontrarle. Dios le manda a Nínive y se embarca hacia Tarsis, en la dirección opuesta. Se esconde de Dios y de los marineros en el fondo de la nave. Si todos rezan, él duerme. Los rabinos se divierten contando anécdotas de su estancia en el vientre del pez y lloran al proclamar los cuatro capítulos de su libro en Yom Kippur. ¿Dónde buscarle?, ¿en el fondo del mar, en el vientre de la ballena o tumbado a la sombra del ricino? ¿Dónde situarle? ¿En la asamblea de los rabinos, en los evangelios o en las catacumbas cristianas? Los artistas reproducen su imagen siempre diversa. Los Padres de la Iglesia hallan alegorías de Cristo en cada palabra y acción de Jonás.

El libro de Jonás es un cuento, una parábola, una película o una obra teatral, que enfrenta a dos personajes: Dios y Jonás. Se trata de una obra de arte. En su brevedad y aparente sencillez encierra profundidades insospechadas. Los acontecimientos desfilan, sorprendiendo al lector. Son rápidos e insospechados, aunque maravillosamente encadenados entre sí. En sus cuatro breves capítulos se reflejan los destellos proféticos, sapienciales y litúrgicos de toda la Escritura. El perfil de Jonás, con todas sus aventuras, está perfilado en toda la historia bíblica. Si aplicamos el oído escuchamos resonancias de Caín, de la travesía del mar Rojo, del caminar del pueblo por el desierto, de las gestas de Elías, de la predicación de los profetas... Y su eco se prolonga en el Nuevo Testamento. Jonás, nos dice Jesús, es la señal ofrecida a creyentes e incrédulos. Como Palabra de Dios, Jonás tiene setenta caras. Sus múltiples facetas nos desvelan y ocultan el rostro de Dios, que se revela en su palabra. Dios nos habla de Dios.

Y la palabra de Dios es fuente inagotable de vida, como dice San Efrén: "¿Quién hay capaz, Señor, de penetrar con su mente una sola de tus palabras? Como el sediento que bebe de la fuente, mucho más es lo que dejamos que lo que tomamos. Porque la palabra del Señor presenta muy diversos aspectos. El Señor pintó con multiplicidad de colores su palabra, para que todo el que la escrute pueda ver en ella lo que más le plazca. Escondió en su palabra variedad de tesoros, para que cada uno de nosotros pudiera enriquecerse con ella.

La palabra de Dios es el árbol de vida que te ofrece el fruto bendito desde cualquiera de sus lados, como aquella roca que se abrió en el desierto y manó de todos lados una bebida espiritual. Aquel, pues, que llegue a alcanzar alguna parte del tesoro de esta palabra no crea que en ella se halla solamente lo que él ha hallado, sino que ha de pensar que, de las muchas cosas que hay en ella, esto es lo único que ha podido alcanzar. Ni por el hecho de que esta sola parte ha podido llegar a ser entendida por él, tenga esta palabra por pobre y estéril y la desprecie, sino que, considerando que no puede abarcarla toda, dé gracias por la riqueza que encierra. Alégrate por lo que has alcanzado, sin entristecerte por lo que te queda por alcanzar. El sediento se alegra cuando bebe y no se entristece porque no puede agotar la fuente. La fuente ha de vencer tu sed, pero tu sed no ha de vencer la fuente, porque si tu sed queda saciada sin que se agote la fuente, cuando vuelvas a tener sed podrás ir de nuevo a beber de ella; en cambio, si al saciarse tu sed se secara también la fuente, tu victoria sería en perjuicio tuyo.


Da gracias por lo que has recibido y no te entristezcas por la abundancia sobrante. Lo que has recibido y conseguido es tu parte, lo que ha quedado es tu herencia. Lo que, por tu debilidad, no puedes recibir en un determinado momento lo podrás recibir en otra ocasión, si perseveras. No te esfuerces avaramente por tomar de un solo sorbo lo que no puede ser sorbido de una vez, ni desistas por pereza de lo que puedes ir tomando poco a poco".

El libro de Jonás puede ser considerado como el corazón de los profetas. Por ello es uno de los libros más leído y comentado. Son muchos los aspectos que suscitan el interés del oyente atento. Entre los motivos principales de interés figuran su cautivadora forma de presentar la Teshuvà (conversión) y el extraño comportamiento del Profeta en el curso de su misión.

Dios confía a Jonás la misión de anunciar el mensaje de salvación a los habitantes de Nínive. Dios ha encontrado siempre una cierta resistencia de parte de sus profetas. Pero Jonás es el primer profeta rebelde. No está dispuesto a ser portador de la llamada a conversión a un pueblo extranjero y enemigo de Israel. En el fondo no acepta la facilidad con que Dios ofrece la conversión. El conoce el corazón de Dios. Y el corazón de Dios choca siempre con la justicia del hombre. En el evangelio de los obreros de la viña, Jesús se encuentra con muchos Jonás:

Al atardecer, dice el dueño de la viña a su administrador: Llama a los obreros y págales el jornal, empezando por los últimos hasta los primeros. Vinieron, pues, los de la hora undécima y cobraron un denario cada uno. Al venir los primeros pensaron que cobrarían más, pero ellos también cobraron un denario cada uno. Y al cobrarlo, murmuraban contra el propietario, diciendo: Estos últimos no han trabajado más que una hora, y les pagas como a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el calor. Pero él contestó a uno de ellos: Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No te ajustaste conmigo en un denario? Pues toma lo tuyo y vete. Por mi parte, quiero dar a este último lo mismo que a ti. ¿Es que no puedo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O va a ser tu ojo malo porque yo soy bueno? (Mt 20,8-15).

La gratuidad del perdón, don de Dios, es difícil de aceptar para el hombre de todos los tiempos, tentado siempre de autonomía. Pero lo es, en particular, para el hombre de hoy, que no acepta la gracia. El hombre de la ciencia y de la técnica sólo acepta lo conseguido por sus manos, el fruto de su fuerza de producción. Para el hombre actual la justicia se ha convertido en exigencia reivindicativa o en venganza. Se busca resarcirse del mal añadiendo un nuevo mal. La paga o el castigo son las únicas formas de justicia aceptadas. El don o el perdón aparecen humillantes para el hombre autosuficiente. Desde Adán el hombre busca convertirse en medida del bien y del mal. La verdadera libertad no tiene cabida en este mundo sin misericordia, por más que se reclame a todas horas y en todas las formas. Sólo la misericordia de Dios puede remediar la miseria radical del hombre. Y sólo donde hay perdón puede darse la confesión del pecado. Donde no hay perdón sólo pueden brotar las excusas ineficaces, con sus frutos de violencia. El sentido de culpabilidad soterrado engendra esquizofrenias internas y divisiones externas. Sólo la conversión puede cambiar la maldición en bendición.

Jonás es, pues, una palabra de Dios, que desvela el corazón del hombre. El hombre se debate en su interior: reclama justicia y se siente aplastado por la injusticia propia y la de los demás. Excusa la propia y exacerba la de los otros, pero no logra la paz. La conversión, reconocimiento del propio pecado y aceptación del perdón, es la gracia que reconcilia con Dios, consigo mismo y con los demás. Pero, ¿es justo que quien hasta ayer era malhechor, ladrón y asesino, entre hoy en la paz del paraíso con sólo reconocer su culpa y confiar en el amor de Dios?:


Uno de los malhechores colgados le insultaba: ¿No eres tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti y a nosotros!. Pero el otro le respondió diciendo: ¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio, éste nada malo ha hecho. Y decía: ¡Jesús, acuérdate de mí cuando estés en tu Reino! Jesús le dijo: Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso (Lc 23,39-43).

La conversión, confesión del propio pecado y el consiguiente perdón, ¿no comprometen, a los ojos del mundo la reputación de Dios? Dios conduce a Jonás por toda una cadena de pruebas y experiencias dramáticas para llevarle a comprender la respuesta a sus preguntas angustiosas. Los caminos y pensamientos de Dios distan de los del hombre como el cielo de la tierra (Is 55,8-9). Así la misericordia de Dios supera los sentimientos del hombre. Eterna e infinita es la misericordia de Dios para quien acepta entrar en su seno materno para renacer de nuevo (Jn 3,3ss).

Jonás no es ningún santo. Su historia comienza con una desobediencia y termina con una crítica a Dios. Es la contrafigura de Dios, el antihéroe de la historia. Con sus actos y con sus palabras resalta el humor y la gracia de Dios. Jonás se convierte así en la expresión extrema de la provocación de Dios a Israel y a todo creyente. Dios nos convoca y nos provoca. Nuestra imagen de Dios se rompe y cae por tierra hecha añicos ante el amor y misericordia de Dios, que siempre supera nuestra fe y nuestra esperanza. En realidad el protagonista del libro no es Jonás, sino Dios, que está presente en toda la acción y siempre, de manera visible o invisible, se halla en primer plano. Es Dios quien envía a Jonás a Nínive (1,1), desencadena la tempestad sobre el profeta fugitivo (1,4), envía al pez en el momento justo para salvarle de la muerte (2,1), le pone en camino hacia Nínive (3,1) y, perdonando a la ciudad penitente (3,10), provoca la rebeldía de Jonás (4,1s). La palabra de Dios abre el libro y otra palabra suya lo cierra. Todo el relato es, por tanto, palabra de Dios sobre Dios. La cuestión fundamental que nos plantea todo el libro es la pregunta que Dios hace a Jonás: "Y Yahveh dijo: Tu tienes lástima de un ricino por el que nada te fatigaste, que no hiciste tú crecer, que en el término de una noche fue y en el término de una noche feneció. ¿Y no voy a tener lástima yo de Nínive, la gran ciudad, en la que hay más de ciento veinte mil personas que no distinguen su derecha de su izquierda, y una gran cantidad de animales?" (4,10-11)

El libro de Jonás nos muestra el sentido de la elección divina. Dios elige a un profeta o a un pueblo para una misión: anunciar la salvación a los otros. Es la actitud que Dios quiere inculcar en Israel o en la Iglesia, nuevo pueblo de Dios, que sigue proclamando el libro de Jonás. Por eso el hilo conductor, subterráneo, de todo el relato es el diálogo de Dios con Jonás. Dios quiere que el profeta sintonice con sus sentimientos. Llamándolo a la evangelización lo llama a anunciar la conversión, no para la destrucción, sino para la salvación de los hombres, incluido él mismo.

El libro de Jonás es una "narración didáctica". En mi comentario deseo mantener la narración, ampliándola con los relatos midráshicos. Pero también deseo desglosar de la narración la enseñanza o enseñanzas que se desprenden de ella. Para hacerlo quiero dejar resonar el eco de otros textos de la Escritura, de los Padres y de algunos comentadores judíos y cristianos. Relato y enseñanzas van unidos. Eusebio de Cesarea, buscando testimonios o profecías de Cristo, dice que en el libro de Jonás el relato mismo es profecía. La profecía toma forma de relato.


Dado que el libro de Jonás es un relato fantástico, en él caben todas las fantasías del Midrash, que no hace violencia al texto bíblico, sino que nos lo acerca y nos mete dentro de él. Los sabios de Israel buscan exaltar la grandeza de Jonás. Ya, por el mismo hecho de ser profeta y que Dios haya insistido en encomendarle una misión, no obstante sus reticencias y enfados, es para ellos una prueba de su fe en Dios y de su devoción. Pero esta grandeza, lejos de anular las preguntas, las suscita con mayor fuerza: ¿Cómo ha podido caer tan bajo? ¿Cómo ha podido negarse a obedecer una orden divina? ¿Cómo ha podido pretender sustraerse a su misión profética? ¿Por qué se negaba a suscitar la conversión de Nínive? ¿Por qué le costaba tanto aceptar el arrepentimiento de los ninivitas, modelo para todos del verdadero arrepentimiento?

Con frecuencia, al hablar de Dios con un lenguaje muerto, en lugar de revelar a Dios, se le vela. Dios, en su deseo de acercarse al hombre, entra en la historia del hombre. La Encarnación del Hijo de Dios es la culminación de esa historia de amor de Dios a los hombres. Es, pues, una historia que busca ser contada más que estudiada. Por eso, el estilo vivo de los mešalim nos ayuda a entrar en contacto directo con Dios más que un tratado árido y científico. En hebreo llaman mešalim a dichos, hechos, diálogos y parábolas de la misma Escritura, del Targum, de la Halakah o de la Haggadah, cuya única finalidad es ilustrar la Escritura. Sobre un mismo tema dialogan sabios de épocas diferentes. De este modo el dicho supera las distancias de tiempo y lugar, haciéndonos contemporáneos de los sabios. Los dichos se nutren de episodios de la Escritura, del Talmud y del Midrásh, enriquecidos con ampliaciones dramáticas y, a veces, pintorescas. Los hechos, a veces, parece que se han inventado para explicar un texto oscuro de la Escritura y, otras veces, es un texto de la Escritura el que esclarece un hecho aparentemente inexplicable. Como dice Rabbí Ismael: "La Torá se explica por la Torá".

Esta forma de interpretar la Escritura, con sus símbolos y sus anacronismos, nos hace cercanos los personajes y textos bíblicos. Y acercar el pasado al presente no es traicionar los textos, sino darles vida. Esta finalidad justifica las hipérboles y las narraciones ingenuas o inverosímiles. De este modo, estos dichos "iluminan los ojos, dan alegría al corazón y hacen comprender el sentido de la Torá" (Génesis-ha-Gadol). La ingenua vivacidad de las narraciones o dichos lleva en su seno la profundidad de intuiciones teológicas y espirituales. Como dice Bloch, "la parte amplificada, siendo real, resulta secundaria y queda siempre subordinada a su finalidad: dar realce a la obra de Dios, a la Palabra de Dios". Pues se trata siempre de la historia de las maravillas de Dios. Historia que, a veces, es profecía, anticipo y promesa de los tiempos futuros y, sobre todo, del cumplimiento escatológico de la historia salvífica.

Estos dichos han nacido de la escucha atenta de la Palabra de Dios, escucha llena de amor y sabiduría espiritual, de quien "vuelve hacia El su mirada para ser iluminado" (Sal 34,6). De este modo, los secretos de la Escritura se le revelan, convirtiéndosele en una fuente perenne de vida. El objetivo principal de estos mešalim, "dulzura de la Escritura" (Qohelet Rabbá), es fortalecer el ánimo y provocar el impulso íntimo que "atrae el corazón del hombre como el maná" (Melkilta Ex 16,31) y lo embriaga como el vino: "Has bebido la sangre de la uva, el vino (Dt 32,14): son las haggadot que atraen el corazón del hombre como el vino" (Sifre Dt 32,14).

Creyendo y sabiendo que la Palabra de Dios "no tiene límite", los sabios no temen nunca exagerar en ver armonías y riquezas de significados. La mayor exageración, con la que pueden interpretar o comentar la Palabra, será siempre infinitamente inferior a la realidad de la Palabra misma. Por ello, según las reglas del derash, buscan percibir, más allá de la letra, las misteriosas resonancias de cada palabra que ha salido de la boca de Dios: "Misterios santos, puros y tremendos manan de cada versículo, de cada palabra, de cada letra, de cada punto, de cada acento, de cada nombre, de cada frase, de cada alusión" (Ritual hebreo).

La Escritura es la esposa de Israel porque, mediante la Torá, Dios realiza la profecía de Oseas: "Yo te desposaré conmigo para siempre". La búsqueda (derash o midrash) de los más variados significados de la Escritura es la expresión del deseo de comunión íntima con Dios. Su modo de hablar es el de un amante apasionado. El entusiasmo y la admiración llenan estos dichos. Sólo quien los escucha con la misma experiencia amorosa y con el mismo deseo puede percibir su fuerza y belleza.


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