P. José Petermeyer msc


Se nos fue como él debía irse; apresuradamente, con toda la vehemencia de su carácter, y con un gesto vigoroso, de esos que él manejaba tanto.

Murió del corazón.. El Padre Petermeyer lo había usado tanto, tanto había vívido a expensas de él, que su muerte de esa manera rubricaba su existencia en forma tajante.

Ordenado el año 1933, el Padre José es destinado por sus Superiores a una parroquia en la región de Ruhr, fundada por su Congregación entre los mineros.  Parroquia con gran elemento comunista, y de donde el Padre extrae su inquietud social que no lo abandonará nunca. Amaba al pobre, no con el gesto de quien da, sino con la emoción y la energía de sentirse hermano de él. En esa misma parroquia defiende de la Gestapo la bandera de la Juventud de la Acción Católica, y traza austeramente los rasgos de su apostolado futuro: Parroquia de gente sencilla e intenso amor a la Acción Católica.

Con ese ritmo de vida, se nos vino al Perú, el año 1938, el Padre José.

Su vida aquí fue múltiple y entusiasta. ¡Como no recordarlo derramando bulliciosamente su alegría contagiosa e infantil, fresca y espontánea! Qué optimismo el suyo que no se doblegaba ante la crítica de las almas recortadas, o ante las incomprensiones que tantas veces entorpecen la labor apostólica. Y es que supo comprender el amor. Lo derramó siempre y en todo momento. No hizo distinción de gentes para darlo con sensibilidad y energía.

Y la gente supo responderle. El como nadie cumplió al pie de la letra las palabras de San Pablo que nos invitan hacerse todo a todos. Y supo ser peruano sin mal entendidos nacionalismos, con la visión clara de su catolicidad y del precepto de la fraternidad cristiana. Amó al Perú, y a sus gentes. No estableció la comparación dura, ni creó complejos de inferiores condiciones naturales.   Supo ser apóstol olvidando todo para entregarse jubilosamente a está parcela de terreno que Dios le había regalado para trabajar en ella con cariño y afecto conmovedor.

En las asesorías de la U.N.E.C., de la Juventud Masculina, se le vio siempre intensamente amigo e intensamente sacerdote.   Sus clases en la Universidad Católica, en los Colegios e Institutos estuvieron siempre llenas de una expresión nueva y vibrante. Junto a sus labores intelectuales, el Padre se nos refugiaba en Puente de Piedra, o en Infantas, donde alternaba el acordeón con ese hablar incansable de las cosas de Cristo. Hizo de la capillita pobre de Infantas un sitio digno y austero, propio para casa de Dios.

Su amor, su vivencia por la liturgia fue incansable en él, tratando de hacer sentir a Dios a través de las expresiones auténticas del culto.

El año 1949 el Padre es nombrado párroco del Santuario de Nuestra Señora del Sagrado Corazón en el barrio de Lobatón.  Era el culminar de sus anhelos. Una parroquia entre la gente sencilla y buena, para desplegar ahí su celo y establecer una comunidad cristiana en torno del pastor y del guía. Sentía la parroquia en todas sus manifestaciones.  Vibraba fuertemente con cada fiel y estaba presente en su alegría y en su dolor. Su franqueza  deliciosa  y fuerte  -   franqueza evangélica - le hacia decir que ojalá los niños y los jóvenes empezarán amando a su parroquia desde los años de Colegio, asistiendo a ella, en el gran día de la comunidad parroquial: el domingo

Dios le concedió el 16 de Enero un anhelo muy suyo. Morir joven.

Entre los 35 y 45 años, lo decía siempre a sus hermanos de religión.  Y así fue. Después de su misa y de repartir la comunión a sus enfermos , el Padre José empezó a dialogar con Dios.

Su entierro fue imponente. Su parroquia había recibido demasiado bien el mensaje del Padre Petermeyer y alrededor de su párroco estuvo. Durante dos noches una compacta cantidad de fieles rezaba en común al Señor, por su Párroco. Se veía emoción y amor en las lágrimas silenciosas de aquellos que habían recibido siempre el amor. El ataúd fue llevado dos cuadras en hombros por el Consorcio de Médicos del cual fue asesor, y por su "gente" de Lobatón. Al dejarlo en su tumba, después de habernos despedido con el "Flote la Bandera" el himno que nos entregó, hemos sentido un vacío enorme. El Padre José no está ya entre nosotros. Ya no oiremos su alegría enorme, su optimismo, su consejo, la clase , el acordeón. Pero, algo de él nos acompañará: su bondad. Y estará junto al Padre Celestial hablándole de su Perú, de nosotros, que supimos responder porque vino a comprendernos y a dársenos íntegramente, viviendo así el ideal apostólico de Misionero del Sagrado Corazón, que se sabe hacer querer porque sabe dar.
                                                                                        Pbro. H. Griffiths