Nuestra Espiritualidad y Misión a la Luz de nuestro Origen


 

De ninguna manera podríamos considerar a nuestro fundador dentro del grupo de los "gigantes" de la vida religiosa, puesto que sí existieron muchos en el siglo XIX. Tampoco fue él un gran innovador religioso. Pero dentro del plan del Señor, Julio Chevalier, con sus cualidades y limitaciones fue un Fundador, Nuestro Fundador, y si uno mira con detenimiento la sociedad en sus primeros años y luego durante el tiempo hasta su muerte, su logro fue incomparable y continúa siéndolo hoy mismo. Teniendo en cuenta las dificultades de tipo interno y externo que tuvieron que ser superadas, el Padre Che­valier llegó a la convicción absoluta de que la sociedad  "no era producto del hombre, sino de Dios".

El Concilio Vaticano y las enseñanzas constantes de la Iglesia desde entonces han insis­tido en ver a la vida religiosa, en general y de manera particular, como un don del Señor (un carisma) al servicio de la Iglesia y de su misión en la tierra. Por consiguiente, se convierte en un punto crucial para nosotros descubrir nuestro "verdadera carisma", es decir, ¿de qué manera quiere el Señor que nosotros contribuyamos a la Iglesia y a su mi­sión? ¿Por qué fuimos fundados? La respuesta a estas preguntas nos exige volver a nuestros propios orígenes. No se trata únicamente de hacer una investigación puramente histórica; de muchas maneras esto es secundario. Estamos hablando más bien de aquel retorno a los orígenes que ha sido un factor permanente dentro de la Iglesia y dentro de las comunidades religiosas en diferentes períodos de renovación.

El propósito de un "retornar hacia el Fundador" no es precisamente crear información acerca del pasado; su propósito es descubrir qué es lo que el Señor nos llama a hacer ahora, es decir a nosotros como Misioneros del Sagrado de Jesús con nuestra propia identidad y misión dentro de la Iglesia de hoy.

Estar vivo, adaptarse a la época que vivimos no consiste en abandonar nuestra propia identidad, sino en afirmarla en su vitalidad específica.

Descubrir nuestro "verdadero carisma" no es cuestión de libros y documentos, aunque obviamente estos son esenciales. Al referirnos a nuestro "carisma" hablamos de la labor del Espíritu Santo; y el Espíritu actúa directamente en las personas, es decir, en nosotros. La inspiración puede provenir del estudio acerca de nuestros orígenes, pero los frutos reales del Espíritu emergerán principalmente en un compartir abierto y piadoso entre nosotros. Puesto que estamos principalmente preocupados por descubrir lo que el Espíri­tu del Señor quiere de nosotros, mucho se descubrirá acerca de nuestra verdadera identi­dad en la medida en que nosotros respondamos a las necesidades de nuestro tiempo.

 

Nuestro nombre

Nuestro nombre oficial es»Congregación de los Misioneros del Sagrado Corazón de Je­sús«. En la práctica, »de Jesús« no se ha incluido durante muchos años; probablemente debido a que se consideraba superfluo. Pero ya el Padre Jouët, en su comentario acerca de nuestra invocación (Amado sea en todas partes el Sagrado Corazón de Jesús) indicó por qué nuestro nombre completo es el de »Misioneros del Sagrado Corazón de Jesús«.

El fin de la devoción al Sagrado Corazón es Jesús. Su Corazón en sí mismo no es el objeto de nuestro amor. No veneramos este corazón aisladamente, como si tuviera vida propia, sino el Corazón de Jesús, centro de su vida, hogar de su amor unido a la totalidad de su humanidad, a la totalidad de su divinidad, a la totalidad de su persona.

Es el Corazón de Jesús lo que nosotros amamos: es decir, Jesús que es todo amor. Si Jesús habla, actúa, sufre, es el amor que él pone en sus palabras, sus acciones, sus sufri­mientos, lo que por encima de todo, nos toca, y que, en agradecimiento por todo ello él nos ha dado a nosotros lo que nos hace decir: ¡Amado sea en todas partes el Sagrado Corazón de Jesús! Por consiguiente es a Jesús a quien nosotros honramos en su Cora­zón y a través de Jesús, adoramos y amamos a Dios, la totalidad más adorable y Sagrada Trinidad, por él con él y en él.

Probablemente no sea superfluo recordar en nosotros mismos que somos»Misioneros de Jesús«, de Jesús como ha sido presentado a nosotros y al mundo en el símbolo de su traspasado corazón. Y cuando decimos "símbolo”, no queremos decir puramente una imagen; Jesús mismo, en realidad de su humanidad es el símbolo máximo, y el verdadero corazón de Jesús, la verdadera vida interior de Jesús, resumida en su amor, es como si fuera el símbolo del símbolo que es su humanidad. La vida interior de una persona, el centro del ser de una persona, el corazón de una persona es la esencia real de esa persona. Cuando decimos que somos misioneros de Jesús: somos misioneros del Hijo de Dios hecho verdaderamente carne; cuando decimos que somos Misioneros del Sagrado Cora­zón de Jesús, queremos decir que somos misioneros de lo que es más profundamente humano acerca del hijo encarnado de Dios; es decir, nos encontramos interesados con el dónde y cómo dios ha compartido más profundamente en nuestra existencia humana. En el corazón encontramos la cosa más sagrada acerca de una ser humano, puesto que allí se encuentra el lugar de concurrencia entre Dios y el hombre. En el corazón humano de Je­sús, ahora glorificado, vemos también el plan de dios para el mundo y la manera en que Dios mismo se encuentra involucrado en dicho plan.

Estos pensamientos se encuentran hermosamente resumidos en la siguiente cita del libro "El Sagrado Corazón de Jesús" de nuestro Fundador:

»Dios ve al mundo en su totalidad, en Cristo quien lo recapitula todo en si mismo, y que es la expresión viviente que resume todo lo que ha sido creado. Y nosotros, desde nues­tro lugar vemos a Jesucristo, en su totalidad, en su corazón, que resume la totalidad de su adorable persona. Su corazón y él mismo son completamente uno solo. El Corazón de Jesús es la totalidad de Jesús.

 

LA PALABRA "MISIONERO"

Antes de comenzar a examinar los orígenes de nuestra Congregación podría ser muy útil detenernos a clarificar algunas cosas referentes a la palabra "Misionero".

Lingüísticamente es simplemente la forma en Latín de la palabra "apóstol", es decir "uno enviado por otro". Cuando comenzó a ser usado ampliamente en Europa durante los siglos XVI y XVII tenía un significado especial: el de ser "enviado a proclamar el evangelio entre los no creyentes". Utilizada de esta manera, la palabra se encuentra asociada con el descubrimiento del "nuevo mundo" y la difusión de la fe en ese nuevo mundo.

Pero una mirada a la historia nos muestra que los términos "Misionero" y "Misión" no estaban limitados únicamente al trabajo entre no creyentes, ni tampoco al trabajo en tierras "extranjeras".

El cuarto voto de los Jesuitas "referente a las misiones" por ejemplo se refiere a la disponibilidad para ser enviado a cualquier lugar con una misión, aún dentro del ambiente cristiano. Entre las primeras de estas "Misiones internas" se incluyen aquellas organizadas por los Jesuitas en Bavaria, Bohemia y Hungría para contrarrestar los efectos de la reforma luterana.

En el siglo XVII, San Vicente de Paul (1515-1660) fundó la "Congregación de la Misión" cuyo objetivo primordial era lograr la renovación de la fe en las gentes predicando y especialmente reformando el clero por medio de una mejor formación seminarista. San Juan Eudes llevaría a cabo el mismo tipo de trabajo. En el siglo siguiente, San Alfonso Ligouri (1696 - 1787) junto con otros se dirigirían en la misma dirección.

Después de la Revolución Francesa y continuando a lo largo del sigo XIX emergieron numerosos grupos "misioneros" en Francia con el objetivo de revitalizar la Iglesia. Con mucha frecuencia estos eran conformados por sacerdotes diocesanos que vivían en comunidades y trabajaban en lo que hoy denominamos un "trabajo ministerial en equipo" para beneficio de la diócesis o parte de la misma; pero que con frecuencia tenían una repercusión más amplia. Algunos de éstos grupos se transformaron en congregaciones religiosas que también formaron misiones dirigidas a aborígenes de tierras extranjeras. Los oblatos de María Inmaculada y los Hermanos Maristas son algunos ejemplos que datan de tiempos antes de la fundación de nuestra Congregación que fueron conocidos por nuestro Fundador.

Personas ajenas a nuestra Congregación con frecuencia, interpretan la palabra "misionero" en nuestro nombre como sí se tratara de "Misioneros extranjeros". Ciertamente, nuestro Fundador no entendía la palabra en este sentido exclusivista; por el contrarios, también la incluía dentro del concepto de "Misiones Internas". Al mismo tiempo, no se oponía a la idea de los Seminarios, escuelas o parroquias ni a ningún otro tipo de trabajo "estable". Sus misioneros podían trabajar allí, de hecho no excluía ningún tipo de oficio. Sin embargo, sería indebido utilizar la palabra "Misionero" indistintamente a cada situación posible, pues si fuese así, significaría poco o nada. Al utilizar la palabra "Misionero" en sus seguidores, el Padre Chevalier por ejemplo, no excluyó el trabajo parroquial, pero tampoco quería verlos limitados exclusivamente a las dimensiones de la pastoral ordinaria en el ámbito parroquial. Donde quiera que sus seguidores trabajasen, estos tendrían que ser "misioneros. El espíritu de apertura y reto que él quería que la palabra "Misionero" tuviera, se puede ver a lo largo de la historia fundadora de su Congregación.

Debemos tener presente también que la naturaleza ambigua de la palabra "Misionero" podría dar lugar a malinterpretaciones. Desde su época de seminarista Julio Chevalier, quería fundar una Congregación de Misioneros, entendida como congregación religiosa: Algunos de sus colaboradores estaban a favor de la idea de ser una comunidad de misioneros, pero se oponían a la idea de que fuese una congregación religiosa. Las palabras "Misioneros" y "religiosos" no eran sinónimas necesariamente.