Contemplamos la verdad (el mosaico de San Felipe Apóstol)


P. Hans Lamers MSC, Superior Provincial
Fiesta del Sagrado Corazón 2007

 

En el apartado 12 de su encíclica el Papa Benedicto escribe: La verdadera originalidad del Nuevo Testamento no consiste en nuevas ideas, sino en la figura misma de Cristo, que da carne y sangre a los conceptos: un realismo inaudito. Tampoco en el Antiguo Testamento la novedad bíblica consiste simplemente en nociones abstractas, sino en la actuación imprevisible y, en cierto sentido inaudita, de Dios. Al final del párrafo dice luego: En su muerte en la cruz se realiza ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es amor en su forma más radical. Poner la mirada en el costado traspasado de Cristo, del que habla Juan (cf. 19, 37), ayuda a comprender lo que ha sido el punto de partida de esta Carta encíclica: « Dios es amor » (1 Jn 4, 8). Es allí,  donde puede contemplarse la verdad.

En el templo parroquial y conventual de San Felipe en Lima, al entrar a la Iglesia podemos contemplar, al fondo de la Iglesia detrás del altar, esta imagen que he seleccionado como portada de las noticias de la provincia con ocasión de la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. Yo pienso: En este mosaico se comprueba nuevamente y otra vez lo que dice el Papa Benedicto: En esta imagen podemos contemplar la Verdad (Amor de Dios).

La iconografía es conocida: En las figuras y los símbolos se representa a Cristo como Señor exaltado. Rompe el marco habitual la presencia del Corazón traspasado que brilla desde el ropaje y casi se ha convertido en el centro de la imagen por su nimbo resplandeciente. "Contemplarán al que han traspasado" (Zacarías 12).

La imagen crea una impresión más bien estática -como una instantánea- apenas hay movimiento. Cristo como Señor del mundo, el Cordero sobre la plataforma de la roca, las dos figuras femeninas a la derecha y a la izquierda que guardan una postura de adoración rodeadas de ángeles con alas inclinadas, el Espíritu Santo en forma de paloma que aletea en quietud por encima de todo el escenario. Sin embargo, toda esta realidad no está sin movimiento. La eternidad no es una secuencia de tiempos ni un espacio limitado. La eternidad es dinámica, fuerza, plenitud, amplitud y cumplimiento, es el Todo en el Uno. La eternidad es Dios: plenitud del amor. Esto es lo primero que veo en este cuadro.

 

Descubro una línea vertical en el cuadro: en el círculo superior la figura de la paloma y los ángeles en adoración, el centro está ocupado de Cristo con el corazón traspasado. Es como si percibiésemos las palabras que se encuentran escritas en el libro del Apocalipsis y que posiblemente han inspirado este cuadro: Esta es la morada de Dios con los hombres. Pondrá su morada entre ellos y ellos serán su pueblo y él, Dios-con-ellos, será su Dios. Y enjugará toda lágrima de sus ojos y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado. Entonces el que está sentado en el trono dijo: "Mira que hago nuevas todas las cosas". (Apocalipsis 21, 3-5).

Contemplamos el mundo nuevo en su plenitud. La nueva vida en paz y justicia, en amor y reconciliación, amor pleno en la dimensión de Dios que abraza el tiempo y la eternidad.

 

Veo, además, tercer círculo y en él el Cordero, Cristo como Cordero pascual, que quita los pecados del mundo, uno por todos, muy discretamente y al mismo tiempo de manera enfatizada se impone el pensamiento de la reparación en la espiritualidad del Corazón. Con todo, la imagen le añade al Cordero pascual otro simbolismo adicional: El Cordero está encima de una plataforma de roca; y de la roca brotan cuatro ríos en cuatro direcciones: "Escribe: Estas son palabras ciertas y verdaderas". Me dijo también: "Se ha cumplido; yo soy el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin; al que tenga sed, yo le daré del manantial del agua de la vida gratis. Esta será la herencia del vencedor: yo seré Dios para él, y él será hijo para mí". (Apocalipsis 21, 6-7).

Esta interpretación es sugerida por la imagen de los cuatro ríos. La promesa del Antiguo Testamento que encontramos en el profeta Ezequiel se ha cumplido definitivamente. La sed será saciada por siempre. Quien bebe de las fuentes de la salvación es que tiene a Dios como Garante, al Eterno y al Misericordioso, será para siempre su hijo, participa en la vida eterna de Dios, del amor eterno del Padre.

 Eugen  Biser expresa algo muy similar en la última página de su libro: "El camino de vida de Jesús": Hijo de Dios es aquel a quien Dios puede decirle como en la escena del bautismo: “Tú eres mi hijo muy amado”, porque igual como al Resucitado lo ha asimilado a su vida plena y en una cercanía genealógica. Y además es aquel en el cual el Hijo, junto con él Padre, ha tomado morada, cuya vida, como dice San Pablo, consiste en el único deseo, de percibir cada vez más profundamente al que ha tomado posesión de él y que, por tanto, encuentra su identidad en el Cristo que habita en él. Su vida encuentra su centro en ese permanente intercambio de corazones, su vida vive de las inspiraciones del Espíritu Dios y su actuar del principio amor que se le ha insertado y que lo conduce por el camino regio de la inmunización contra el mal. Estos pensamientos me conmueven, me fascinan, me hacen descubrir el Mysterium fascinosum en nuestra propia espiritualidad y siempre de nuevo me hacen maravillarme ante el Corazón de Dios (mysterium tremendum).

Cuando contemplo la línea horizontal quisiera añadir un tercer aspecto: a la derecha y a la izquierda del Cristo sentado en el trono vemos dos figuras femeninas, que representan realmente una sola, la Mujer de la historia de la salvación, la nueva EVA y la Madre de Dios coronada en los cielos. En estas dos figuras y en el modo como se las ha insertado en este acontecimiento de la eternidad se expresa también que el hombre, que eleva su mirada al Corazón, que cree en el Amor es el hombre redimido, y es insertado como "coronación" de su vida en la comunidad peregrinante de los que se aman en Dios.

En estas dos figuras se hace visible el espíritu del P. Bernardo Siebers quien tantas veces y tan apasionadamente nos ha encomendado a Nuestra Señora del Sagrado Corazón. El Padre Bernardo ha inspirado al artista para que cree esta imagen.

También me lo recuerda al P. Bernardo este cuadro de otra manera. Quisiera subrayar eso como aspecto tercero. En una conferencia a los estudiantes interpretó el pasaje del Evangelio de San Juan 7, 37, y pienso en el Cordero con los cuatro ríos y la Paloma en la parte superior del cuadro: Quien tenga sed venga a mí y beba; quien cree en mí de su interior saltarán ríos de agua viva. Esto lo dijo del Espíritu que iban a recibir los que creyeran en el. Este Espíritu nos anima y nos impulsa como misioneros de su amor.

En este cuadro se puede contemplar la Verdad: vida redimida: vida en el Corazón de Dios,- es vida en el amor. "Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él" (1 Juan 4, 16). Hemos creído en el amor: de esta manera el cristiano puede expresar la decisión fundamental de su vida (Papa Benedicto XVI).

P. Hans Lamers MSC, Fiesta del Sagrado Corazón 2007