EL MILAGRO DE UN CENTAVO

Historia de como nació la “Pequeña Obra”

(Narración  por uno de los primeros MSC en el Perú durante la Segunda Guerra Mundial).

 

 

La fiesta de la Asunción de la Santísima Virgen, ya próxima, nos hace pensar con alegría en la patria verdadera, llena de felicidad y encanto, que Dios ha preparado para sus hijos. Pero pensamos también con tristeza en tantos hermanos nuestros que tienen que dar el paso a la eternidad sin la ayuda de un sacerdote, quién les indique el camino que tomar y les dé el pan de los fuertes para no desmayar en el viaje. Más que nunca elevamos nuestros ruegos a la Reina del Cielo para que nos dé muchos y santos sacerdotes, y que despierte en los corazones de todos los fieles la comprensión de este problema alarmante y el espíritu de colaboración generosa con la formación de futuros sacerdotes y religiosos.

Hace más o menos un siglo, la escasez de sacerdotes era verdaderamente grande en toda Europa. Voy a dar un ejemplo, como dos sacerdotes ardientes de celo resolvieron el problema con la ayuda de María para su Congregación, los Misioneros del Sagrado Corazón.

En la primavera del año 1866 dos jóvenes sacerdotes se encontraron en Amelie les Bains, estación climática de los Pirineos. Habían ido allá los dos para recuperar en el aire balsámico de los montes su salud afectada. El primero, P. Julio Chevalier, estaba poseído de una sola idea: reconquistar para Dios, por medio de una más intensa devoción al Corazón de Jesús, la sociedad indiferente. Para este fin, hacia doce años, había puesto los fundamentos de un nuevo instituto religioso: la Congregación de los Misioneros del Sagrado Corazón. Aunque desde el principio las dificultades eran grandes y graves para la nueva fundación, nunca había perdido el ánimo. Y la que le daba una confianza ilimitada era María, Nuestra Señora del Sagrado Corazón: título hermoso, que él había dado por primera vez a la Santísima Virgen.

El otro sacerdote, Padre Juan Vandel, tenía el mismo celo apostó-lico. Había visto, con sus propios ojos, el estado miserable en que se encontraban los pueblos campesinos: por todas partes ignorancia, corrupción y abandono de toda práctica religiosa. Y mientras al unísono todo el mundo repetía: No se puede hacer nada, él repetía constantemente: hay que hacer todo.

El encuentro de los dos sacerdotes puede llamarse de veras providencial. El P. Chevalier estaba pensando en cómo asegurar a su nueva Congregación las vocaciones futuras. El obstáculo más insuperable le parecía la parte económica. El P. Vandel, quizás más experto en las obras del Señor, le hizo entender que se podría abrir una escuela apostólica así no más. “Pero, los medios“, dijo el P. Chevalier. “Oh, muy sencillo”, respondió P. Vandel “basta un centavo al año”. - “Parece que Ud. se burla de mí, o no comprendo bien su idea”, repuso el P. Chevalier. - “Si, verdad”, replicó el P. Vandel, “un centavo al año. Figúrese que cinco millones de fieles den cada año el aporte de un centavo y ...” – “He comprendido”, contestó el P. Chevalier, “pequeños medios pueden lograr grandes metas. Pero, ¿cómo obtener estos centavos? ¿Quién los cobrará?” -“¿Cree Ud.” respondió el P. Vandel, “que nuestros estudiantes apostólicos no tienen buenas madres? Habrá almas generosas en todos los niveles de la sociedad, especialmente entre los más pobres, que lo considerarán como un gran privilegio recolectar estos centavos para los futuros sacerdotes. Así tendremos excelentes celadores y celadoras”. De veras, exclamó contento el P. Chevalier, el Sagrado Corazón sabe inspirar los más altos sentimientos de caridad, y Nuestra Señora del Sagrado Corazón se encargará de llevar a feliz término esta obra apostólica. Pero – “¿cómo vamos a llamar esta obra?” -

 “La Pequeña Obra del Sagrado Corazón.”

A los pocos días de esta conversación, en la fiesta de la Anunciación de la Virgen, se tomó oficialmente la decisión de fundar la primera escuela apostólica. Este tipo de escuelas, que se sustentan exclusivamente con las pequeñas limosnas de los fieles, no se conocía hasta esta fecha. Así la Pequeña Obra del Sagrado Corazón, la primera escuela apostólica de la Iglesia, nació bajo el amparo de María, Nuestra Señora del Sagrado Corazón, el 25 de marzo de 1866.

El 2 de octubre 1866 el P. Vandel llevó los doce primeros alumnos al antiguo y desde siglos abandonado castillo de Chezal-Benoît. El número de doce, sin haberlo buscado, era muy significativo. La casa no era grande, y los enseres según las exigencias de la pobreza más estricta. Algunas carpetas, pocos colchones y una y otra mesa: eso era todo. Pero una nueva vida quitóle el sueño secular a estos antiguos muros. El P. Vandel tuvo su mayor preocupación en plasmar el espíritu de sus alumnos. Las palabras del buen Padre reveló a los chicos un mundo nuevo. Les describió la infinita tristeza de las almas alejadas de Dios, les pintó los tesoros de bondad y de misericordia, escondidos en el Sagrado Corazón de Jesús, los exhortaba insistentemente a practicar la virtud, encendía en el corazón de cada uno de ellos la llama de un deseo generoso: entregarse al Corazón de Jesús para reconstruir el Reino de Dios en las almas.

Sabemos que las obras de Dios son y deben ser en el mundo una señal a la cual se contradice. También para la Pequeña Obra no tardaron en llegar las dificultades. Los años que habían visto nacer la Pequeña Obra eran años de guerra. Pero durante la guerra de 1870 los alumnos tenían que dejar su escuela para volver a sus casas. Pero lejos de perder el buen espíritu se mantenían en estrecho contacto con el P. Vandel por medio de una correspondencia alentadora. Qué alegría cuando todos podían encontrarse después de un año en su antiguo hogar. Pero la persecución verdadera empezó, cuando un poco más tarde el gobierno de Francia expulsó los institutos religiosos del territorio nacional. La Pequeña Obra, que ya había dado sus primeros frutos, los primeros sacerdotes, tuvo que ir al exilio: a España, a Italia, a Holanda, a Bélgica, al Canadá, a Australia y a Alemania. Parecía que estaba destinado a morir, pero la persecución, en los designios divinos, era una fuerza providencial que la empujaba al comino por el mundo entero.

Al extenderse la Congregación de los Misioneros del Sagrado Corazón, se multiplicaban también las casas de la Pequeña Obra. En la actualidad tiene sus casas en todo el mundo católico.

No se puede hablar de la Pequeña Obra sin esbozar brevemente su clima espiritual propio. Hay una palabra, que puede - aunque sea inadecuadamente -expresar su carácter, y es esta: espíritu de familia. El chico que a la edad de doce a catorce años, deja su familia, apenas pasado por la puerta de la Pequeña Obra, se da cuenta de que ha entrado en otra familia. En los Padres, que lo dirigen, encuentra la misma ternura de su mamá y de su papá. Y sus compañeros le parecen otros tantos hermanos, con los cuales no solamente se une en el estudio y durante el recreo, sino más bien le une el mismo ideal y el mismo fin de vida. El alma tiene plena libertad, y hasta el mismo reglamento indispensable dónde hay vida de comunidad, lejos de ser una cadena, es más bien una guía amiga, es sostén y no espantajo para los jóvenes. La autoridad es, según el Evangelio, concebida como ayuda a los hermanos menores, la debilidad con el derecho de ser ayudado por los más fuertes. En la Pequeña Obra se habla y se insiste con preferencia, casi diría, con exclusividad de esta virtud que comprende todas las demás. Y los alumnos son invitados a conseguirla de la fuente inagotable de caridad: el Sagrado Corazón de Jesús. La mantienen viva con su piedad sincera y espontánea, la defienden por su devoción filial y entrega completa a Nuestra Señora del Sagrado Corazón.

Por eso, no nos sorprenden los abundantes frutos que la Pequeña Obra ha producido desde su comienzo hasta hoy. Han salido de ella como una docena de Obispos y Arzobispos, más de dos mil sacerdotes deben a ella su preparación para la vida apostólica y sacerdotal.

Son más de trescientos aquellos que trabajan en las misiones propiamente dichas. Otros trescientos han dejado su patria para aliviar la escasez de sacerdotes en las Islas Filipinas y en los países de América Central y del Sur. El resto difunde en la propia patria la luz del Evangelio como pastores de las almas, maestros de enseñanza religiosa e dirigentes de obras apostólicas. No debemos olvidar en esta ocasión, que en Roma ya desde años se ha comenzado el proceso de canonización de unos seis sacerdotes de la Pequeña Obra, sea por la heroicidad de sus virtudes, sea por haber dado su vida como mártires en pro de la causa de Cristo.

Claro está, que la actual guerra ha hecho sufrir mucho a las treinta casas de la pequeña Obra y todavía muchos de sus 1200 alumnos esperan el día de poder regresar a sus hogares espirituales para prepararse a entrar un día en las filas de los seguidores de Cristo.

Pero por otro lado no dudamos que Nuestra Señora del Sagrado Corazón recompensará los sacrificios con otros tantos éxitos en el futuro. Ojalá que la idea de la Pequeña Obra despierte también interés y entusiasmo en nuestro ambiente: corazones generosos que se entreguen entusiastamente al servicio del Sagrado Corazón y manos generosas que se dejen abrir por la gracia para contribuir también entre nosotros al “milagro de un centavo”.

 


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