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Contemplar el Sagrado Corazón de Jesús y examinar ante Él nuestro corazón

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Para pasar una semana extraordinaria:

CONSAGRACION AL SAGRADO CORAZON

DÍA I- En el Sagrado Corazón hallaremos la fuente de la alegría

DÍA II- El Sagrado Corazón, modelo de humildad

DÍA III - El Sagrado Corazón, modelo de obediencia

DÍA IV - El Sagrado Corazón, modelo de generosidad

DÍA V - El Sagrado Corazón, modelo de mansedumbre

DIA VI - El Sagrado Corazón, modelo de desprendimiento

DIA VII - En el Sagrado Corazón hallaremos el más fiel amigo

Contemplar el Sagrado Corazón de Jesús  ¿y nosotros? ¿Y yo?

 

CONSAGRACION AL SAGRADO CORAZON

Te saludamos Corazón admirable de Jesús, te alabamos, te bendecimos, te glorificamos. Te damos gracias, te ofrecemos nuestro corazón, te lo damos y consagramos. Recíbelo y poséelo entero. Purifícalo, ilumínalo y santifícalo para que vivas y reines en él por siempre. Amén.

DIA I- En el Sagrado Corazón hallaremos la fuente de la alegría

"Sirvan a Dios con alegría", dicen los Libros Santos y, en efecto, la alegría del corazón ha sido siempre lo que distingue a los verdaderos servidores de Dios. Los santos, en medio de su más rigurosa austeridad, han sido alegres. Nunca la tristeza fue virtud, sino un gran peligro para el alma cristiana.

Pero, ¿dónde encontraremos verdadera alegría? Causas de tristeza las hallamos dondequiera y parece poco menos que imposible sustraerse de ellas. Volvamos a depositar nuestras congojas en el Corazón de Jesús y encontraremos en él la fuente de la verdadera alegría. Descarguemos alli el peso de nuestras inquietudes. No tardaremos en oír resonar en el fondo de nuestro corazón aquellas maravillosas palabras que tan a menudo dirigía el Salvador a sus Discípulos: "¡La Paz sea con ustedes!"

Oh, Jesús mío; mi alma tiene necesidad de Ti para sacudir el peso abrumador de sus perpetuas tristezas. Tú lo has dicho en otra ocasión: "Alégrate, hija de Sión, porque está en medio de ti el Santo de Israel". Dame este don celestial con que favoreces a tus elegidos.

¿Y nosotros? ¿Y yo?

Todos buscamos la alegría pero, comúnmente, equivocamos el camino para encontrarla. El mundo la promete, pero bien sabe que no nos la puede dar. Sus alegrías son ruidosas, pero no llenan el corazón ni duran más que breves momentos. El rostro de los mundanos es casi siempre como una máscara alegre que oculta un corazón devorado por el tedio y, quizá, por el remordimiento. El gozo interior es únicamente propiedad de la buena conciencia.

El alma del gran Francisco Javier, en medio de sus fatigas apostólicas, se sentía tan inundada de gozo que le obligaba a exclamar: "¡Basta, Señor, basta, basta!". Cuando nos hallemos tristes, examinemos nuestro corazón y veremos que siempre nace nuestra tristeza de alguna secreta falta de virtud.

Oh, divino Corazón, que eres en el cielo la alegría de los ángeles y santos, y en este mundo la de tus amigos. Por Ti sonreían alegres en sus tormentos los mártires, en sus penitencias los anacoretas, en sus humillaciones los seguidores de tu ley. Por Ti espero sonreír, Jesús, hasta las amarguras de mi última agonía. ¡Habla, oh Dios mío, a mi alma con aquella tu voz conmovedora, y se estremecerán de júbilo mis entrañas.

 

DIA II- El Sagrado Corazón, modelo de humildad

Contemplemos la humildad del Corazón de Jesús. Siendo Jesucristo Dios y soberano de todas las cosas, no le bastó hacerse niño en el seno de una mujer, nacer en una cueva de animales, trabajar como joven y adulto en un taller y morir, finalmente, como reo miserable en una cruz. Aún después de su existencia humana, hoy mismo, vive humillado y abatido.

En los Sacramentos ha escogido —para vivir con nosotros—. Se deja encerrar como un prisionero en el fondo del tabernáculo, en nuestras iglesias casi siempre desiertas y abandonadas. Oh, buen Jesús, eres el mismo hoy que cuando naciste en Belén, cuando trabajabas en Nazaret, cuando recorrías a pie los campos y aldeas de Judea y que cuando morías, entre injurias y desprecios, en el Calvario. No ha cambiado tu condición de pobreza y sencillez; no has dejado de ser humilde para que se puedan acercar a Ti, sin temor, los más pobres y los más pequeños. Y para que aprendan de Ti la sencillez y la humildad los vanidosos y los orgullosos.

Jesús: enséñame a mí, tan altivo y tan presumido que soy, esta santa virtud de la humildad.

¿Y nosotros? ¿Y yo?

Jesús, me avergüenzo y espanto cuando doy una mirada a mi corazón. Es lo contrario del tuyo, tan sencillo y tan humilde. El mío está lleno de vanidad, presunción, orgullo, amor propio. Busco siempre el aplauso y la alabanza, sobresalir y brillar, oscurecer a los demás, hacerme superior a todos.

Desde luego, no son las ésas las lecciones de tu Corazón. Tú me quieres humilde para con Dios, para con mis prójimos, para conmigo mismo. Para con Dios, reconociéndome siervo y discípulo suyo, acatando sin murmurar todas sus disposiciones, sujetándome sin réplica a su Providencia, agradeciendo —como cosa suya— todo lo bueno que hay en mí.

Para con mis prójimos, portándome como si fuera el menor de todos ellos, sufriendo con caridad, tratándolos con dulzura, perdonando sus injurias, huyendo de sus aplausos y alabanzas.

Para conmigo mismo, teniéndome por lo que soy: criatura miserable, indigna del polvo que piso, del cielo que contemplo y del aire que respiro.

 

DÍA III - El Sagrado Corazón, modelo de obediencia

El Sagrado Corazón de Jesús es modelo de la más perfecta obediencia. Para dar ejemplo, bajó del cielo y se encarnó de la Virgen María. Toda su vida mortal puede resumirse en una sola palabra: obediencia. Es Rey de los cielos y obedece. Es Dueño de todo lo creado y obedece. Es Árbitro poderoso de cuanto existe y, no obstante, obedece.

¿A quién obedece? Además de la obediencia que continuamente presta al Padre celestial, aquellos a quienes obedeció fueron siempre criaturas suyas y, por tanto, infinitamente inferiores a Él. Le mandaba María, le mandaba José, el juez impío, los crueles verdugos... A todos obedeció. Hoy mismo, en el sacramento de la Eucaristía, obedece a la voz de su ministros, a quienes ha dado —en cierto modo— facultad de poderlo colocar en nuestros altares.

¿Y nosotros? ¿Y yo?

Oh, Señor, si toda tu vida fue obedecer, la mía ha sido una continua desobediencia. Nunca he sabido hacer otra cosa más que rebelarme contra tu voluntad. Mi ley ha sido mi gusto; mi regla, los vanos antojos de mi corazón. Obedecías Tú, y yo, insolente, pretendo alzarme con el mando. Te hacías esclavo Tú y yo quiero darme aires de grandeza.

En mi vida he levantado tronos y altares, pero no han sido para Ti, sino para dar culto a mi ambiciosa arrogancia. ¿Qué freno hubo que me contuviera? ¿Qué mandamiento me dictaste que yo no rompiera?

Siervo rebelde, mal súbdito, hijo egoísta e indigno de la herencia de tan buen Padre... Perdóname, Jesús mío; perdona al extraviado que, arrepentido, vuelve a tu casa. Manda, Señor, que a mí me toca obedecer. Prometo, desde hoy, obediencia a tu ley, a tus enseñanzas.

 

DÍA IV - El Sagrado Corazón, modelo de generosidad

Fijemos hoy los ojos del alma en esta especial virtud del Sagrado Corazón. Su generosidad ha sido tan grande que nuestra imaginación no puede concebirla mayor. Todo, todo hasta / Si mismo, nos lo ha dado, generosamente, el Sagrado Corazón de Jesús. Mientras vivió en carne mortal empeñó su vida al servicio del hombre. Por el hombre obró milagros, predicó, se fatigó, sudó, derramó lágrimas y sangre.

Se acercaba la hora de su Pasión y, después de haberse entregado totalmente, inventó un milagro especial para poderse donar en su ver­dadero Cuerpo y Sangre: el Santísimo Sacramento de la Eucaristía.

¿Podría regalarnos otra cosa? Sí, todavía nos dio más. Vio al pie de la cruz a una Mujer, a su Madre, y de ella nos hizo regalo generoso. ¿Le restaba aún algo más? Unas pocas gotas de sangre quedaban en su Corazón, y ya muerto permitió que se lo rompiera un soldado, para que ni una sola gota dejara de derramarse por nosotros. Hoy se dona a todas horas en los altares, sin distinción, dispuesto siempre a ser generoso hasta con los más ingratos.

De modo que, por su inexplicable generosidad, es nuestra su doctrina, su propia Madre, su Cuerpo y su Sangre, su cielo. Sí, porque después de darse como alimento para nuestra redención, quiere ser Él mismo ­por toda la eternidad— nuestra recompensa. Es su divisa: todo por el hombre y para el hombre: qué generosidad inmensa de tan maravilloso Corazón.

¿Y nosotros? ¿Y yo?

Qué distante se encuentra de corresponder nuestro corazón egoísta a la virtud de generosidad del Sagrado Corazón de Jesús. Tal vez servimos a Dios, es verdad, pero midiendo y escatimando los servicios por temor a hacer "demasiado". Cuando no advertimos peligro de pecado mortal, nos sentimos "sin obligación alguna" con respecto a Dios. Nos parece que amamos lo suficiente cuando no "ofendemos a nadie"; que somos los mejores amigos cuando no somos "unos traidores".

¿Qué hago, por ejemplo, por Aquél que hizo tanto por mí? Cualquier sacrificio se me hace imposible; cualquier crítica basta para detenerme. Y cuando me resuelvo a hacer algo por Dios, ¿es desintere­sado mi servicio? ¿Lo haría si no tuviera la conciencia del castigo? Tal vez el cielo no tuviera para mí bastantes atractivos...

 

DÍA V - El Sagrado Corazón, modelo de mansedumbre

 Admiremos hoy la extraordinaria mansedumbre y bondad del adorable Corazón de Jesús que nunca deja de mostrarse manso y cariñoso. La contemplación nos invita a que aprendamos en Él esta virtud. Así lo habían ya retratado los profetas; con este mismo carácter lo vieron después y nos lo retrataron los evangelistas.

Veamos cómo trató a los pobres y a los ignorantes; cómo recibió a los pecadores y acarició a los niños. Muy contadas veces se instaló el enojo en su rostro, para darnos a entender que si la indignación es buena alguna vez, casi siempre son mejores la suavidad y la mansedumbre. No se advirtieron en Él ademanes imperiosos ni se le oyeron palabras de desdén; tampoco mal humor o fastidio.

Con qué dulzura tolera la rudeza de sus primeros discípulos. Con qué palabras tan suaves alienta a la Magdalena. Qué frases tan delicadas emplea frente al apóstol traidor. Con qué serena majestad contesta el interrogatorio de Poncio Pilatos...

¿Y nosotros? ¿Y yo?

No nos cansamos, Señor, de admirar en Ti esta delicada virtud. Pero, ay, a nuestro corazón se le hace siempre difícil practicarla.

Nuestras palabras, nuestro rostro, nuestros ademanes, traspasan muy a menudo las reglas de la caridad que Tú nos mandaste en el trato con el prójimo. La amargura del corazón rebosa, frecuentemente, en los labios. Tratamos a los superiores con altivez, a los iguales con indiferencia, a los inferiores con dureza. Somos altaneros en la prosperidad y malhumorados en la aflicción. Confundimos muchas veces la viveza del celo con los arranques del amor propio.

Danos, oh Señor, la caridad y mansedumbre que han sido sello y distintivo de los santos. Sea igual y blanda y serena nuestra conducta, sin arrebatos ni decaimientos; sin ruidosas alegrías ni enojosas displicencias. Vea el prójimo en nuestro rostro y escuche en nuestras palabras y acciones la imagen y el camino de tu manso Corazón. Danos esas bellas cualidades para ganarte almas que en la tierra te sigan y te glorifiquen por toda la eternidad.

 

DIA VI - El Sagrado Corazón, modelo de desprendimiento

La virtud que quiere enseñarnos hoy el Sagrado Corazón de Jesús es la del desprendimiento. Tan desprendido de todo lo humano estuvo el Sagrado Corazón que nada ejercía sobre Él peso ni influencia alguna como no fuera la voluntad de su Padre celestial.

Estuvo desprendido de cualquier interés material, hasta el punto de nacer privado de todo en una cueva y de morir desnudo del todo en una cruz. Y en el intermedio de su vida nunca tuvo cosa que llamase suya. Las limosnas que le daba la piedad de los fieles las devolvía Él a los pobres o las depositaba en poder de sus discípulos.

En cuanto a los afectos de sangre, ninguno de ellos pesó para nada en la libertad y el desprendimiento de su Corazón. Niño aún, dejó a su Madre y a San José, y se separó por tres días de su compañía. Y cuando sus padres se atrevieron a hacerle una queja, les respondió así: "¿No sabían que a Mí me toca atender primero a las cosas de mi Padre-celestial?"

Era la suya una sublime libertad de espíritu; un total desprendimiento de lazos humanos; una soberana independencia: la independencia de un corazón entregado únicamente a Dios.

¿Y nosotros? ¿Y yo?

Oh, Jesús, nuestro corazón es esclavo de tantos señores y está atado a tan miserables cadenas que no sabe volar hacia Ti.

Lo ata el amor a los bienes temporales; el ansia por las comodidades; el afecto exagerado a los amigos. Nuestro corazón ha echado tan profundas raíces en esta tierra que le rodea, que no sabe vivir sino con ella y por ella. Así como la planta se nutre y se forma de los jugos que bebe del suelo por medio de sus raíces, así nuestro corazón vive y se nutre sólo de la materia el mundo, por medio de los mil y un afectos que le tienen atado a él.

Desarraiga, Jesús, nuestra alma de esta tierra en la que no crece como debiera hacerlo, es decir, sólo para Ti. Vivamos en este mundo sólo corporalmente, pero espiritualmente vivamos fuera de él. Que no nos llenen afectos humanos puesto que estamos llamados a poseer un objetivo divino. Haz que no encontremos ilusión en todo lo que no seas Tú, para que no se pegue el corazón más que a Ti.

 

DIA VII - En el Sagrado Corazón hallaremos el más fiel amigo

Es la amistad una de las más apremiantes exigencias y, a la vez, una de las más dulces satisfacciones del corazón humano. Nuestro corazón necesita comunicarse a otro, tanto en sus alegrías como en sus tristezas. Y esta comunicación afectuosa se llama amistad.

¿Queremos tener una amistad verdadera? Tomemos por amigo al Sagrado Corazón de Jesús. A ningún otro corazón podemos arrimarnos con mayor seguridad de ser correspondidos. Es amigo constante, amigo que no abandona si no es previamente abandonado. No es como los amigos del mundo, que sólo nos sirven —tal vez— en la prosperidad y que se olvidan de nosotros en la aflicción. La amistad del Corazón de Jesús es firme para los que le aman. Es firme hasta la muerte y más allá de la muerte.

Él velará como fiel amigo junto a nuestro lecho de agonía y será el fiador en la presencia del supremo Juez. Busquemos, pues, esta amistad única que no puede salirnos mentirosa. Sí, Jesús mío, admítenos en el número de los amigos de tu Corazón.

 

¿Y nosotros? ¿Y yo?

Muchos amigos hemos tenido en este mundo o muchos se han llamado como tales. Pero, ¿lo han sido de veras? Nunca lo han sido para cada uno de nosotros como promete serlo el Corazón de Jesús.

Los amigos del mundo encubren muchas veces, bajo palabras de halago, la frialdad y, quizá, el interés. Son inconstantes, mudables, egoístas. Los más firmes no pueden resistir a la separación forzosa que impone la muerte. ¿Quién fiará su corazón a tan inestables compañías?

No así Tú, Jesús, y, no obstante, cuán pocos son tus amigos. Llenos están, a todas horas, los centros de disipación y de maldad que tiene el mundo, y Tú apenas si encuentras quien te haga presencia alrededor del Sagrario...

Quiero ser de esos pocos, oh divino Jesús, para hacerme digno de tu amistad. Quiero conversar contigo con frecuencia, ya que tu mayor delicia es tener conversación con nuestras almas. ¡Oh mi Jesús, mi Dios, mi amigo! Seamos los dos amigos para siempre y no se acabe nunca, ni con la muerte, esta. amistad...

 

 


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