Bienaventurados los de puro corazón I


Una carta pastoral
 
Al clero, a los religiosos,
y a los laicos creyentes de la diócesis
y a todos de buena voluntad:

sobre la dignidad de la persona humana
y los peligros de la pornografía

Monseñor Roberto W. Finn
Obispo de la diócesis de Kansas City
San José
(descargar carta)
21 de febrero de 2007

 

Introducción

Bienaventurados los de puro corazón, porque verán a Dios (Mateo 5, 8): Un camino de discipulado.

Por medio de las bienaventuranzas Cristo nos ofrece un modelo perfecto para una vida cristiana auténtica. Más aún, los mismos 10 mandamientos son unos estatutos de vocación de alta moral que Cristo marca para sus discípulos.

Bienaventurados los de puro corazón porque verán a Dios. Esta sola línea de las bienaventuranzas es un punto de partida sumamente sublime para nuestra reflexión. Nos habla acerca de Dios, acerca de nosotros, acerca de nuestra última meta. Puro corazón significa "bendito, bienaventurado" o "feliz". El plan de Dios consiste en que podamos verlo y que estemos por siempre con el en el cielo para nuestra eterna felicidad. El Antiguo Testamento enseña que se requiere de este tipo de pureza si deseamos acercarnos a Dios. "¿Quien puede subir a al monte del Señor? ¿Y quien puede estar en su santo templo? Aquel que tiene las manos puras y un puro corazón, aquel que no endereza su alma hacía el mal" (Salmo 24, 3-4).

Tener un corazón puro implica que nuestro amor está totalmente dirigido hacia el bien de la otra persona. Tenemos "un solo corazón" y no estamos divididos en nuestro amor. El primer y el más importante mandamiento de Israel es amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma con toda la mente y con todas las fuerzas (Deuteronomio 6, 4-5). Y de manera definitiva Jesús ha añadido que debemos amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos (Marcos 12, 29-31). Éste amor puro -aunque sea muy exigente- es el alto destino al cual nos llama el Padre como hijos que somos. ¿Es posible cumplir con un amor así? Sí, es posible porque Dios nos ha amado primero (1 Juan 4, 10). Como discípulos de Jesucristo hemos sido llamados a vivir una felicidad que surge de un corazón puro y sin divisiones.

 

La Pornografía: Epidemia que ataca a la dignidad humana.

Todos los días nos enfrentamos con retos que hacen peligrar el amor puro del cristiano. Durante algunos meses los representantes de nuestra diócesis católica han trabajado con líderes de otras tradiciones de fe para encarar el serio peligro de la pornografía que se encuentra en continuo aumento en nuestra cultura. La pornografía no es nueva pero se ha convertido en una especie de plaga en nuestra sociedad alcanzando proporciones epidémicas. Y su comercialización es más amplia que nunca. Más allá de las revistas está siendo difundida en el Internet, la televisión, las películas y videos, y ahora también por medio de los celulares y otros medios portátiles que están al alcance de niños y jóvenes. La pornografía se ha convertido en un entretenimiento secreto de muchas personas, de todas las edades, de diferentes culturas y hasta todos los niveles en lo económico. El uso de pornografía del Internet es quizás la adicción que actualmente crece más rápidamente en el mundo entero.

La pornografía corrompe la hermosura del amor íntimo que pertenece al matrimonio, presenta imágenes de actos físicos y sexuales para provocar un placer ruin utilizando a otras personas como objeto para manipularlos y venderlos. Es una industria de muchos billones de dólares que eclipsa la cantidad de dinero generado por el deporte profesional (cf. el capítulo II más adelante). De esta manera la pornografía distorsiona el sentido y la meta verdadera de nuestra sexualidad e inflige grave injuria a la dignidad de los que participan (actores, vendedores, consumidores).[1]

El uso de la pornografía es un pecado serio contra la castidad y la dignidad de la persona humana. Nos despoja de la gracia santificarte, nos imposibilita atender a Dios, nos separa del bien de los demás y nos deja espiritualmente vacíos. El atractivo de la pornografía y sus placeres son un amor erróneo que lleva hacia un aislamiento personal cada vez más en aumento y a una estimulación sexual con uno mismo y los demás. Depende en el fondo de la explotación de personas: frecuentemente viven en pobreza o desesperación, o se trata de jóvenes inocentes. El uso de la pornografía les ha costado a muchas personas su trabajo, sus matrimonios y sus familias. Los traficantes de la pornografía infantil pueden terminar en la prisión. Muchas veces ha sido asociada con y ha contribuido a actos de violencia sexual y abusos.

En esta carta pastoral quiero hacer un llamado a todos ustedes como miembros del Cuerpo de Cristo redimidos por su amor, a reflexionar acerca de los peligros de la pornografía en nuestra sociedad. Veremos cómo la pornografía es una seria afrenta a nuestra realidad humana. Compartiré y dará a conocer algunas de las estrategias para responder a este problema, les suplico de unirse conmigo al esfuerzo diocesano de combatir esta plaga comprometiéndonos a nosotros mismos y a nuestras familias a vivir la pureza y la castidad. De esta manera viviremos más perfectamente como discípulos de Cristo creciendo cada día en la libertad de los hijos de Dios. "Bienaventurados los de puro corazón porque verán a Dios".


 


[1] Catecismo de la Iglesia católica número 2354 (en adelante Catecismo)