La Estructura de la Liturgia
como Norma para la Pastoral
.[1]


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Introducción.

Queremos avanzar en tres etapas: En primer lugar consideraremos la estructura de la liturgia en sí misma. Luego consideraremos la liturgia en cuanto norma para la pastoral y en tercer lugar trataremos de delinear unos criterios para la pastoral.

 

I. La estructura de la liturgia.

"Maestro, ¿dónde vives?", así preguntaron los primeros discípulos a Jesús. Por indicación de Juan el Bautista estaban decididos de seguirle a Jesús de ahora en adelante. La respuesta de Jesús no fue una explicación, fue una invitación: "Vengan y vean". El Evangelio de San Juan continúa en su relato de la siguiente manera: "y entonces se fueron con él y vieron donde vivía y se quedaron ese día con él. Era alrededor de la hora décima" (Jn 1, 38 s.).

Maestro, ¿dónde vives? Los hombres de hoy reciben la respuesta del Señor exaltado a través de la enseñanza del Concilio Vaticano II: el Señor vive en su casa, la Iglesia[2]. Evidentemente no se trata primordialmente de una casa construida con ladrillos sino se trata de la comunidad de todos los creyentes, la Iglesia construida con las piedras vivas de la comunidad de los creyentes. La hora décima, aquel instante que todo lo aglutina, es, de acuerdo a la enseñanza del mismo concilio, la celebración de la Misa, aquella acción de  la Iglesia “a la que nada puede compararse en rango o medida” que se constituye por medio de la celebración de la misa, aquella acción de la Iglesia "a la que ninguna otra puede compararse en “rango y dimensión”[3]. Otro título doble conciliar quiere destacar la importancia  incomparable de la Santa Misa tanto en relación con la acción de Dios en el mundo y en la historia cuanto a la acción de la Iglesia y de cada cristiano: la Santa Misa es “cumbre y fuente”[4].

Vengan y vean. La constitución de la liturgia del concilio toma esta invitación muy en serio como lo confirma la norma de reforma, el artículo 50, que aclara: "Revísese el ordinario de la Misa, de modo que se manifieste con mayor claridad el sentido propio de cada una de las partes y su mutua conexión y se haga más fácil la piadosa y activa participación de los fieles". Con otras palabras, la estructura inalterable de la Santa Misa debería llegar a ser más comprensible en su contenido y en su desarrollo y volverse más participativa. Esto significa concretamente como lo dice el mismo artículo: simplificación pero cuidadoso resguardo de la sustancia, supresión de todo lo superfluo, ganancia en plenitud por la recuperación de lo que se había perdido. Otra cuestión es si los ritos y los textos de los libros litúrgicos y la vivencia en nuestras comunidades corresponden de hecho a la ambiciosa meta global de la constitución sobre la liturgia: incremento en profundidad en cuanto a la vivencia ante Dios e incremento en cercanía en cuanto a la vivencia con el hombre de hoy, incremento en unidad hacia adentro y en fuerza misionera atractiva hacia afuera[5].

Luego de estas observaciones preliminares examinemos ahora lo que la contemplación del acto central litúrgico de la Iglesia revela acerca de ella misma y acerca de su Señor y cómo involucra tanto a los que participan y cuanto a los que están afuera.

 

El inicio bautismal.

La celebración eucarística se inicia con la señal de la cruz "en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo", es decir, con el mismo signo y con las mismas palabras con las cuales se administra el bautismo. Luego a los presentes, que por la fe y el bautismo se han convertido en miembros de la Iglesia, se les dirige por primera vez el saludo: "Dominus vobiscum - el Señor esté con ustedes[6]". La comunidad responde: "Et cum spiritu tuo - y con tu espíritu". El Señor que ha sido exaltado a la diestra del Padre convoca a su pueblo y por medio del Espíritu Santo quiere constituirse en centro de esta reunión. Para ello se sirve del sacerdote, de aquel, pues, que hace visible en la Iglesia la maravillosa realidad que ella ha sido convocada en su totalidad desde arriba y ha sido enviada con poder y que la Iglesia no se reúne como lo hacen las agrupaciones humanas por propia iniciativa y con las metas particulares humanas. Recién en el acto de la reunión alrededor del Señor presente y actuante la Iglesia está totalmente presente, totalmente ella, y totalmente con él. Se constituye el sujeto de la celebración: la comunidad reunida presidida por el sacerdote para el banquete del Señor. Tiene valor especial la palabra de Cristo: "Donde dos o tres están reunidos en mi nombre estoy yo en medio de ellos”[7]. El liturgo verdadero es el mismo Señor al cual tienen que someterse el sacerdote y la comunidad entera que está celebrando, sometimiento a pesar de toda la requerida participación activa, sometimiento total como lo realizan a su manera las formas eucarísticas del pan y vino que no impiden la inmediatez del Señor.

 

Los tres pasos.

Durante el ulterior desarrollo de la Santa Misa el triple saludo "Dominus vobiscum - el Señor esté con ustedes" marca las tres etapas del camino que tiene que recorrer la comunidad con el Señor que está en medio de ella[8]. Este saludo se dirige a la comunidad nuevamente en la ascensión hacia la cumbre de la liturgia de la palabra, es decir, antes de la proclamación del Evangelio; luego en la ascensión hacia la cumbre de la Misa, es decir, al comienzo de la oración eucarística. Y finalmente se pronuncia antes de la bendición con la cual se despide a la comunidad para que se convierta ella misma en eucaristía para el mundo.

El Señor esté con ustedes, así podemos interpretar, tanto en su palabra, cuanto en su sacramento y en todo hombre afuera sea hermano sea extraño. Esta presencia personal de Jesucristo real y efectiva no se debe describir como una presencia estática sino como una acción dialogal: como la palabra y la respuesta, el sacrificio y el banquete, como servicio mutuo.

 

La primera etapa.

En primer lugar: el Señor esté con ustedes en su palabra. “Siempre y cuando en la Iglesia se proclama la Sagrada Escritura es Dios mismo que habla a su pueblo y es Jesucristo, presente en su palabra, que anuncia la buena noticia”[9]. Pero también en la predicación que parte la palabra así como en clamor de la respuesta del pueblo, en el canto y, en los días de fiesta, en la profesión de la fe; siempre es Jesucristo quien habla en el hablar humano[10]. De esta manera la palabra de Dios abre su camino a través del oído abierto hacia el corazón que la acoge y la sube a la boca que profesa (cf. Rm 10, 5-15) y audazmente se compromete en el “sí” de la profesión de fe.

 

La segunda etapa.

El Señor esté con ustedes en su sacramento. La palabra ha llegado a su meta y quiere convertirse en acción, quiere transformar la verdad en amor. Sólo en una tal superación de sí misma esta palabra es fiel a su esencia. “En la  oración eucarística, la acción de gracias y de sanación, toda la celebración alcanza su centro y su culmen... El sentido de esta oración consiste que toda la comunidad de los fieles sea una en la alabanza de la acción poderosa de Dios y en el ofrecimiento del sacrificio de Cristo”[11]. Se enfoca y se concentra totalmente en el gesto de la entrega total, en el sacrificio. Aquí se ha llegado no solamente al culmen de la segunda parte de la Santa Misa, la oración eucarística en el sentido estricto, sino se ha llegado al culmen de toda acción litúrgica. En realidad la santa comunión no es tanto un recibir a Cristo en nosotros sino más bien un "dejarse comulgar" de parte de Cristo para que la comunidad, unida a él y unida en sus miembros, corporalmente junto con él y unida a su cuerpo se entregue al Padre[12].

 

La tercera etapa.

La frontera de la celebración litúrgica cierra el espacio hacia dentro pero al mismo tiempo abre ese espacio hacia afuera, para la liturgia de la vida: el tercer paso. El Señor esté con ustedes, así se dice antes de la bendición. Los miembros de la comunidad deben, al haberse convertido en aquel a quien ha recibido, convertirse ellos en eucaristía para el mundo. De alguna manera transfiguran el mundo. Sin embargo, al realizar este servicio de su Señor en favor de los hermanos y de los extraños no serán realmente menos colmados de bendiciones que aquellos a quienes sirven. "Lo que han hecho al menor de mis hermanos, lo han hecho a mí" (Mt 25,40): de acuerdo a esta promesa del Señor mismo se encuentra de nuevo  real y eficazmente con aquellos que le sirven a él precisamente en los hombres a quienes sirven.

 

La estructura señala un caminar.

Así la estructura de la liturgia se nos ha presentado como un caminar en tres pasos o etapas. El cambio exterior del lugar y el cuádruple el Señor esté con ustedes indican algo mucho más profundo. El Señor en cierto sentido quiere entrar en comunión con los suyos de tres maneras: en la palabra, en el sacramento, en el prójimo. La única respuesta adecuada no puede ser menos que la donación de sí mismo, la entrega total. De esta manera un triple movimiento embarga a la comunidad en celebración: el llamamiento de arriba, el sacrificio hacia arriba, el servicio hacia afuera. En consecuencia será un gesto con la mano abierta (no con el puño cerrado): recibir en obediencia todo, sacrificar dejándolo todo, servir compartiéndolo todo.

El órgano exterior auxiliar para estos gestos existenciales en los cuales cada vez el corazón quiere donarse, es el oído abierto para acoger lo inaudito, luego es el cuerpo que recibe el cuerpo del Señor, finalmente son las manos y los pies en la disposición de actuar. Obediencia, donación, servicio.

En obediencia la comunidad quiere dejar que su pensar, su comportar y su ser adquiera una nueva forma y eso a partir de la palabra divina: conformatio (alcanzar la semejanza en el seguimiento de Jesús). Entregándose a sí misma a Dios la comunidad quiere culminar el camino del seguimiento: transformatio (transformación en Dios). Dejarse absorber totalmente por el servicio es el camino por medio del cual la comunidad quiere hacer participar a todos los hombres y a todo el hombre en la vida con Dios de manera que su propia salvación sea la salvación de todos: communio  (comunidad universal).

Repitamos una última vez lo mismo en otras palabras: vivir con/como Cristo,  morir por Cristo, servir con Cristo. Pues la palabra de la verdad (la fe) tiende hacia el seguimiento, el acto de amor tiende hacia la unión con el único amado, el envío al mundo tiende hacia una comunidad cuya esperanza no abandona a nadie[13].

 

 

II. Liturgia como norma para la pastoral

El espacio de la liturgia se extiende desde el primer hasta el cuarto el Señor esté con ustedes. El espacio de la pastoral se extiende desde el cuarto el Señor esté con ustedes hasta el primero, es decir, desde el cuarto hasta la próxima celebración eucarística[14].

Con todo, la pastoral no se alimenta solamente a partir de la fuerza de la celebración eucarística como que aporta e inserta nuevamente "el fruto de la tierra y del trabajo del hombre", como se dice en el ofertorio de la Santa Misa. La pastoral como autorrealización de la Iglesia en las diversas situaciones del hombre, de la Iglesia y de la sociedad es realmente una realización de aquello que la Iglesia vive en la celebración eucarística aunque de otra manera. Las palabras y las acciones de Jesús y el doble misterio de su muerte y resurrección, que fue la culminación de su caminar en esta tierra, quieren ser atestiguados en la vida y no menos que en la liturgia.

 De esta manera hemos de constatar una doble y potente dinámica: toda acción pastoral en el mundo y en la Iglesia quiere unirse al sacrificio de Cristo ya que, al fin y al cabo, solamente Dios puede complacer a Dios; en la vida la eucaristía quiere producir fruto, tiende hacia la plenitud, para que Dios sea "todo en todo" (cf. 1 Cor 15,28). A partir de esta realidad ni el culto ni la acción del amor consideradas separadamente constituyen lo entero y lo último sino solamente el ritmo doble de una sola liturgia celebrada y vivida. La liturgia no es cumbre en sí misma a solas ni es fuente en sí misma a solas. ¿Qué sería una cumbre sin montaña? ¿Qué sería una fuente sin el río que brota de ella?

Esto no significa que la situación de la fe de los creyentes y no creyentes pueda ser norma para la liturgia. Más bien la situación concreta reclama siempre el mensaje, un contemplar la fe en su globalidad, aquella fe que la Iglesia quiere expresar con toda claridad, con toda su fuerza y con toda su plenitud en la acción primordial que le es propia, la celebración de la Santa Misa. Mantiene su valor el axioma de siempre: “lex credendi – lex orandi – lex vivendi”.

 

Presupuesto obligatorio.

¿Qué es lo que podemos deducir de la estructura de la liturgia como un presupuesto obligatorio para la pastoral? Brevemente: tres metas y su correlación. La pastoral puede percibir en la liturgia su triple meta: transformar la vida y al mundo de acuerdo a la palabra de Dios, invitar a la vida y al mundo para que se entreguen a Dios, convertir vida y mundo en la fuerza de Dios. Transformación, transcendencia, dar fruto.

El cristiano debería dar forma a todos los espacios reales de la vida y del mundo para que se conviertan en testimonio de la verdad de Dios; el sacrilegio de la mentira, en cambio, quiere torcer, esconder, suprimir la verdad de Dios.

El cristiano debe hacer presente la dignidad del hombre que consiste precisamente en el hecho de poder levantar la vista a aquel que es más que el hombre mismo, el poder entregarse a él; el sacrilegio, en cambio, consiste en colocarse el hombre a sí mismo en el primer lugar porque no quiere celebrar a Dios sino al hombre.

Y el cristiano tiene la misión de colaborar en la salvación de Dios para con el mundo, hacer nuevo el mundo viejo, transfigurarlo; el sacrilegio de la esterilidad, en cambio, solamente se fía de su propia fuerza, solamente puede modificar pero no puede transformar.

Al testimonio de la verdad de Dios se opone la mentira, al testimonio del amor a Dios se opone la autosuficiencia, al testimonio por la esperanza de Dios se opone la esterilidad.

 

Somos siervos inútiles cuando hemos hecho todo…

No son solamente norma para la pastoral las tres etapas o pasos de la liturgia. También es preciso salvaguardar la sucesión de los pasos. La estructura de la Santa Misa revela una correlación fundamental forzosa: a partir de la obediencia de la fe nace la entrega de la vida y de ambos a su vez el servicio en la esperanza. Además: esto no proviene de la lógica del esfuerzo, sino de la gracia cuando es una nueva gracia por medio de la cual Dios quier apelar a la libertad humana verdadera. "Cuando hayan hecho todo... digan: somos siervos inútiles" (Lc 17,10), ésta es la exhortación del evangelio, la exhortación del Señor a sus servidores. Sin ese “cuando” que nos demanda nada menos que la totalidad de lo nuestro no es posible aún confesar nuestra inutilidad. Sólo cuando hemos hecho todo podemos profesar nuestra inutilidad. De lo contrario nuestra glorificación de Dios sería una alabanza barata y presumida.

 

La secuencia inalterable

Volvamos a la lógica de los tres pasos: escuchar-orar-actuar. Esta secuencia se impone también en el campo de la pastoral. Descubrimos su evidencia más fácilmente contemplando los errores correspondientes.

Cuando se olvida en la pastoral el segundo paso, el de la celebración eucarística, cuando se quiere pasar de la palabra inmediatamente a la acción: entonces se presenta un (d)efecto muy conocido. Los cristianos pueden modificar o cambiar algunas cosas pero realmente no pueden transformarlas. Y no es de admirar; porque ellos mismos no han dejado que los transformen a ellos la oración, el sacrificio y el amor.

Cuando en la pastoral se quiere olvidar el primer paso de la celebración eucarística queriendo llevar el amor directamente hacia la acción: se presenta también un (d)efecto muy conocido. Se producen exhortaciones moralmente alturadas que suenan altamente espirituales pero provocan rechazo o burla. Y no es de admirar: esos cristianos no han experimentado la transformación que proviene de la escucha de la palabra de Dios. Es una espiritualidad pero no es el espíritu de Jesucristo.

Una tercera experiencia muy común también se presenta cuando en la pastoral se invierte la lógica de los tres pasos litúrgicos al suponer que las exigencias, expectativas y necesidades de la sociedad son la norma suprema. Se deja que estos elementos del mundo decidan cuánta fe y cuánto amor se le puede exigir al hombre de nuestros tiempos; se presenta el (d)efecto conocido: se abusa, se politiza la espiritualidad y el anuncio del evangelio para los fines del mundo. No es de admirar: Dios ha creado al hombre según su imagen y no al revés.

 

¿Por qué el escucha viene primero?

En el entretiempo surge una pregunta respecto a la lógica de la liturgia: ¿por qué la escucha de la palabra de Dios es el primer paso? ¿Por qué el ser cristiano comienza con eso y solamente puede comenzar a construir encima de este fundamento? Pues, al comienzo está la fe y esta viene por escucha o por lo escuchado (cf. Rm 10,14). Y esto no es una casualidad porque la escucha es un sentido de percepción marcado por una característica específica: este sentido está abierto a lo que no se ve, a lo que no está ante los ojos sino lo que llama a lo mejor desde atrás e invita así a voltearse. Como criaturas y como pecadores que han dado la espalda a Dios, Dios solamente nos alcanza en primer lugar y directamente por este sentido exterior del escucha y el sentido interior de la obediencia para llamarnos e invitarnos a volver a él y avanzar más allá de nosotros mismos.

Y más aún, en la relación entre creador y criatura, entre Dios y pecador, se nos evidencia la lógica de este triple paso de la liturgia contemplando la lógica del camino de Cristo. Jesucristo es el sujeto primario de la liturgia y es también el sujeto primario de la pastoral. Su obra en palabra y acción había de completarse en la entrega de la cruz para que él pueda, una vez sentado y exaltado a la derecha del padre, enviar el Espíritu Santo: el fruto del amor mutuo. Por eso de ahora en adelante está presente como Señor de su Iglesia no solamente como persona en las formas eucarísticas sino también muy reinante en el desarrollo de la celebración litúrgica, donde anuncia poderosamente la buena noticia; está también presente como aquel que ama hasta entregarse a sí mismo; está también presente como aquel que en la fuerza en del Espíritu cambia el rostro de la tierra. La estructura de la acción de Dios en Cristo Jesús es la estructura de la liturgia y así se convierte en norma para toda acción eclesial y cristiana.

 

III Las tareas de la teología pastoral

La pastoral y la teología pastoral se ocupan ante todo del aquí y ahora del servicio de nuestro Salvador Jesucristo en la Iglesia y de la Iglesia en obediencia a la misión recibida. Entonces hay que tomar en serio el aquí y ahora tal como lo hemos hecho en obediencia de cara a la misión que se nos ha encargado. Se puede presentar un dilema entre la identidad y la relevancia de la fe cristiana para el hombre de hoy. Preferir la relevancia humana y social a costa de la identidad cristiana y eclesial es una fuga ante esa tensión cuando se trata de conservar sólo la identidad de la misión cristiana universal sin dar una respuesta a la situación concreta del hombre. La teología pastoral no puede reducirse y tampoco retirarse en un gueto sino tiene que enfrentarse con esta tensión entre identidad y relevancia.

 

Transformación

El Señor esté con ustedes en su palabra. ¿Como debe ser la respuesta de la pastoral ante la escucha de la palabra de Dios? Dijimos: dar forma a la vida y al mundo de acuerdo a la palabra de Dios. Se requiere la creatividad, la confianza y la paciencia de un intérprete que sabe trasladar el lenguaje eclesial del mensaje original fielmente al lenguaje de nuestro tiempo, mejor dicho, a los múltiples lenguajes de nuestro tiempo, y eso de manera auténtica. Dicho de otra manera: tiene que estar compenetrado profundamente tanto del mensaje cuanto de la situación y de las corrientes actuales de los espacios eclesiales y sociales en los cuales se ha de  anunciar el mensaje[15].

Ahora bien, hoy en día dentro de la Iglesia y tampoco fuera de ella el no se acepta sin crítica el querer dar forma a los espacios vitales de la Iglesia y de la sociedad para que pueda resonar la verdad de Dios. Este rechazo se expresa en el siguiente cuestionamiento: ¿Acaso esta empresa no resulta imposible porque es una presentación de la verdad de Dios con medios impropios ya que no se tiene en cuenta la distancia infinita entre el creador y sus criatura? Una crítica de este tipo necesariamente debe admitir también la crítica desde la fe: si el creador mismo se expresa en el mundo y en la historia haciéndose hombre hablando y actuando como tal ¿acaso puede entonces existir algún espacio de la creación que pueda pretender siquiera la posibilidad de eximirse de la voluntad salvadora de Dios aunque fuera tan secularizado de manera que ya no pregunte por el desde dónde y hacia dónde?

 

Transcendencia

El Señor esté con ustedes en su sacrificio eucarístico. ¿Cómo debe ser la respuesta de la pastoral de cara a la entrega de Cristo y su Iglesia al Padre? Dijimos: mantener abiertos la vida y el mundo para la transcendencia, inclusive, ir más allá de sí mismo, y más aún: invitar a la entrega a Dios. ¿Es posible? ¿Cómo se hace? Para a agudizar la pregunta añadimos el cuestionamiento como lo formula cierta tendencia emancipatoria moderna en la sociedad y también en la Iglesia: ¿acaso esta empresa no está marchando en contra de la libertad y la dignidad humanas? ¿Acaso por medio de esta entrega que suena tan entusiasta no se sacrifica la libertad humana en el altar de la religión? Este cuestionamiento debe permitir también un cuestionamiento desde la fe: si con la resurrección de Cristo se ha iniciado la resurrección de los muertos y esta es la última y suprema palabra de Cristo de cara a la existencia humana ¿se puede atribuir legitimidad al hecho de no querer asumir a sabiendas y voluntariamente esta nueva y suprema dignidad?

 

Dar fruto.

El Señor esté con ustedes en cada hermano y en cada extraño. ¿Cómo será la respuesta de la pastoral en el mundo y en la vida de todos los días? Dijimos: transfigurar la vida y el mundo con la fuerza de Dios y vencer el sacrilegio de la esterilidad con la fuerza de la esperanza. ¿Es posible? ¿Cómo se hace?  Para hacer más punzante la pregunta se ofrece el cuestionamiento de los modernos que solamente se fían de lo que se puede lograr por el esfuerzo humano: ¿acaso esta empresa no es una técnica con medios insuficientes? Para decirlo drásticamente: Las procesiones por el campo de antaño, antes de la llegada de la técnica, ¿acaso no pretendían hacer las veces del abono industrial moderno? ¿Acaso la oración no es así un medio político de tiempos pre-técnicos para que no cunda el pánico? Así se cuestiona en su fundamento la eficacia de la misión que proviene de la eucaristía. Sin embargo, el cuestionamiento del mundo provoca una respuesta de la fe: si el Señor exaltado sentado a la diestra del Padre obra por medio de su Espíritu en la existencia y en la acción de la Iglesia misma real y eficazmente  entonces la transfiguración del mundo y la invitación cristiana a la transcendencia no son conceptos, no son ideas impotentes. Provocan mucho más que el resguardo o unas modificaciones de lo existente sino dan fruto, obran la transfiguración abriendo la existencia para un nuevo futuro. El poder y la fuerza de la esperanza cristiana se basan ante todo en el fundamento de que toda realidad humana es espacio donde actúa Dios. En última instancia la esperanza no consiste en que los cristianos sean una fuerza intra-mundana adicional sino ellos son instrumento[16] para que entre en juego el cimiento que sostiene toda realidad. Toda situación de fe no solamente es condicionada por la situación sino es también condicionante y transformadora de esa situación.

 

La esperanza cristiana[17].

La esperanza cristiana es sobria y audaz al mismo tiempo porque no deja de lado la realidad socio-religiosa pero tampoco la sobreestima como una destino inalterable. Ante la situación ideológica cada vez más ardua que dificulta la toma de decisiones de una recta cosmovisión, es imperativo rechazar decididamente aquellos que resignan y se retiran de un mundo cada vez más controvertido o de aquellos que se adaptan fácilmente adornando su resignación con palabras espiritualmente altisonantes. A la vez hay que precaverse de otra tentación también muy actual, la de reducir a la Iglesia y la fe a una especie de ideología o, lo que sucede con mayor frecuencia aún, de implantar una cuestionable síntesis entre la fe y las ideologías de mundo, y esto revistiéndose de doctores de la “Iglesia de nuestros tiempos” o de profetas modernos que interpretan a su gusto la respuesta que hay que dar.

A los que huyen de la controversia se les exhorta de cuidarse en no reducir el camino de la Iglesia en la historia eliminando la experiencia de la cruz justamente en esta confrontación entre fe y mundo. La cruz siempre ha testificado una fuerza que reclama confianza.

A los fascinados por el mundo se les exhorta a no entrar en componendas con el mundo como si se esperaría del espíritu mundano frutos mayores que de la continuidad de la misión de Cristo y de la acción del Espíritu Santo en la difícil situación actual que obstaculiza fuertemente la decisión de fe. Ciertamente hay que tomar en serio la situación actual. Pero ella siempre reclamará un testimonio de fe. Hay que tener en cuenta que ni el análisis de la realidad más científicamente elaborado ni las tendencias predominantes de la sociedad y del mundo nítidamente percibidas pueden producir el testimonio. El testimonio sólo se da cuando Cristo es el centro insustituible y obligatorio de todo esfuerzo cristiano. Y cuando Dios mismo hace suyo este esfuerzo humano entonces la esperanza cristiana puede fiarse con alegría.


 

[1]  Adaptación del artículo de Hanspeter Heinz, Die Struktur der Liturgie als Maß der Pastoral. Ein Dialog mit Karl Forster über die Aufgabe der Pastoraltheologie heute. Münchener Theologische Zeitschrift 35/2 (1984) 124-138.

[2] Cf. Una expresión subrayada y repetida varias veces: la Iglesia como tal es sacramento de salvación universal para el mundo (LG 1, 9; 48, 58; GS 42, 45; SC 5, 26; AG 15).

[3] Concilio Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, 7. La constitución suele referenciar sus enseñanzas generales acerca de la dignidad y eficacia de la liturgia de manera agudizada en relación con la celebración de la Misa como el centro de toda la liturgia (SC 2, 6, 7, 10, 41).

[4]  Cf. SC 10: “No obstante, la liturgia es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza”. Cf. también la Introducción General al Misal Romano alemán del 1976 (IGMa): “Como obra de Cristo y del pueblo de Dios jerárquicamente ordenado la celebración de la Santa Misa es para la Iglesia universal y local y también para cada uno de los fieles el centro de la vida cristiana en su integridad. En ella alcanza su cumbre la acción de Dios por la cual Cristo santifica al mundo, y también el culto que los hombres tributan al Padre al glorificarlo en, por y con Cristo, su Hijo… Todas las demás celebraciones de culto y todas las obras de la vida cristiana están en relación con la Misa: tienen en ella su origen y conducen hacia ella” (IGMa 1).

[5] Cf. SC 1.

[6] Era costumbre, ya en la Antigüedad clásica, de que el saludo precediera a las reuniones, a los discursos y encabezara la correspondencia epistolar; ejemplo de ello nos da el apóstol S. Pablo en sus cartas, precedidas invariablemente por el saludo: «la gracia y la paz con vosotros de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo» (Rom 1,7); y, también, con un saludo, «la paz sea con vosotros», inició el Señor la importante reunión con sus discípulos en el Cenáculo la tarde del día de su Resurrección (lo 20,19; Lc 24,36). La salutación fue introducida en las reuniones litúrgicas de las primeras comunidades cristianas y ha pasado a ser un elemento de la liturgia. Las fórmulas tradicionales y más usuales de saludo. son el Dominus vobiscum (El Señor con vosotros) y el Pax vobis (La paz a vosotros), aunque en los libros litúrgicos se encuentran algunas otras extraídas de las salutaciones epistolares de S. Pablo (2 Cor 13,13; Rom 1,7).

 El Dominus vobiscum es la fórmula más usada en las liturgias occidentales. En el pueblo de Israel era saludo corriente (cf. Ruth 2,4; 1 Esd 1,3), y la fórmula adquiere mayor prestancia cuando la pronuncia algún ángel ante la persona a la cual le transmite el mensaje divino, como sucedió con el caudillo Gedeón: « ¡El Señor está contigo! » (Idc 6,12); y sobre todo, se convierte en el nombre mismo del Dios encarnado, el Emmanuel («Dios con-nosotros») de la conocida profecía de Isaías (Is 7,14), que tuvo su cumplimiento en la Anunciación del ángel a María: «Dios te salve, María, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lc 1,28). Todas estas resonancias bíblicas encuentran eco en su uso litúrgico: la salutación «el Señor con vosotros» es una salutación jerárquica, pues la pronuncia siempre alguien investido de autoridad, que transmite a los fieles la buena nueva del Emmanuel, de la presencia de Dios en medio de ellos, «porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy en medio de ellos» (Mt 18,20); es una salutación profética, ya que por la asamblea de fieles se significa la Iglesia congregada que, como la Virgen María, ha de engendrar constantemente en sus entrañas a Cristo y ser, como Ella, el Tabernáculo del Cuerpo de Cristo; es una salutación escatológica, porque sobrepasa la realidad oscura y humilde de la asamblea terrena y fija su mirada en la esperanza de la definitiva reunión en la nueva Jerusalén (cf. Apc 21,3).

[7] “En la celebración de la Misa, que en todos los tiempos hace presente el sacrificio de la cruz, está Cristo realmente presente in medio de la comunidad que se reúne en su nombre, en la persona del que preside, en su palabra y real y permanentemente en las especies eucarísticas” (IGMa 7).

[8] “La Santa Misa  bajo cierto aspecto se compone de dos partes, de  la liturgia de la palabra y de la liturgia de la eucaristía. Estas partes están tan íntimamente unidas que son una única celebración; es que en la Misa se prepara tanto la mesa de la palabra divina cuanto la del cuerpo de Cristo y de ellas se les ofrece a los fieles enseñanza y alimento. Además se añaden aquellas partes que abren la celebración y la cierran. Se añaden aquellos elementos que dan comienzo a la celebración y la concluyen” (IGMa 8). Corresponde a esta estructura el saludo cuádruple: " Dominus vobiscum - el Señor esté con ustedes".

[9] IGMa 9.

[10] Cf. IGMa 9, 34, 35.

[11] IGMa 54.

[12]  Cf, SC 47, 48 e IGMa 55s.

[13]  Cf. R. Schaeffler, Kultisches Handeln – Die Frage nach Proben seiner Bewährung und nach Kriterien seine Legitimation en: R. Schaeffler  y P. Hünermann, Ankunft Gottes und Handeln des Menschen. Thesen über Kult und Sacrament (Questiones disputatae 77) Friburgo 1977, pp. 9-50.

[14] La distinción entre Liturgia y Pastoral (en su sentido estricto) no quiere asumir una posición en los debates de la teoría de las ciencia en cuanto las diversas disciplinas de la teología práctica como autónomas y en cuanto como elementos parciales de la teología pastoral (en su sentido global). Cf. K. Rahner, Pastoraltheologie, I. Wissenschaftstheoretisch en: Handbuch der Pstroaltheologie V, 393, 395. Es importante prevenir contra un Fraccionamiento de la teología pastoral  en sus sub-disciplinas.

[15] “La Iglesia es el espacio  histórico donde debe “traducirse” y hacerse realidad la respuesta irrepetible e incondicionada de Dios a partir de la vida y de la enseñanza de Jesucristo, y eso en todas las dimensiones existenciales del hombre. De esta manera la Iglesia es para la fe y según la voluntad de Dios el signo concreto de la salvación universal” (K. Foster, Glaube und Kirche im Dialog mit der Welt von heute. 2 vol. Ed. A Rauscher, Würzburg 1983, aquí II, 614).

[16]  Cf. Ibídem II, 39: “Cuando surgirá desde el testimonio de la fe, de la esperanza y de la caridad… la plenitud de una nueva época, si podrá ser realidad o si vendrá abajo por culpa nuestra, ningún hombre puede predecirlo. Quien cree en el amor de Dios puede tener esperanza”.

Cf. También R. Schaeffler, Kultisches Handeln, p. 27s. y 40-42: „La serie de acontecimientos del desarrollo de la naturaleza y de la sociedad pueden asumir formas que impiden que se dé una irrupción nueva y renovadora de la parusía… Para neutralizar esta cerrazón aparentemente impenetrable existen  prescripciones y mandatos que abren un nuevo espacio en el cual pueda irrumpir la  parusía. Por ejemplo la prescripción de la continencia sexual aparentemente interrumpe la cadena de la generación en ese momento. Sin embargo en el fondo crea un espacio para recibir nuevamente el don de la vida desde su verdadero origen. Así también la eliminación del pan fermentado asegura la continuidad del pan porque se de una renovación, etc.”

[17] Este acápite se inspira en los pensamientos de K. Foster, Glaube und Kirche im Dialog mit der Welt von heute, I, 410s.