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La lección de Ratisbona, reivindicada: Un comentario 8 años después

George Weigel, 21-09-2014
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Dios, la fe y ciencia: Occidente e Islam (BenEdicto XVI, Ratisbona)
Comentarios, además del presente comentario:
Benedicto XVI, Occidente e Islam (Comentario 1)

Una reflexión dirigida al la cultura occidental (Comentario 2)

Fe y razón en Benedicto XVI (Comentario 3)


Benedicto XVI Ratisbona


Estoy convencido de que Benedicto XVI no siente ninguna alegría ante la reivindicación por parte de la historia de su Lección de Ratisbona. Pero los que en 2006 le criticaron deberían examinar a fondo sus conciencias sobre la ignominia a la que le sometieron hace ocho años.


Dr. George Weigel


La noche del 12 de septiembre de 2006, mi esposa y yo estábamos cenando en Cracovia con unos amigos polacos cuando un nervioso vaticanista italiano (perdonad la redundancia de adjetivos) me llamó para preguntarme qué pensaba sobre el “loco discurso del Papa sobre los musulmanes”. Ese fue el primer síntoma de cómo la horda de "mentes independientes" de la prensa internacional se enfurecería sobre el tema de la Lección de Ratisbona de Benedicto XVI, una “metedura de pata” sobre la que los medios de comunicación seguirían ensañándose hasta el final de su pontificado.

Ocho años más tarde, la Lección de Ratisbona se ve de un modo muy distinto. Efectivamente, quienes de verdad la leyeron en 2006 entendieron que, en lugar de haber metido la pata, Benedicto XVI había explorado, con la precisión del erudito, dos preguntas clave, cuyas respuestas influirían profundamente en la guerra civil que estaba arrasando el islam —una guerra cuyo resultado determinaría si el islam del siglo XXI es seguro para sus propios seguidores y para el mundo.

La primera pregunta concernía la libertad religiosa: ¿podían encontrar los musulmanes, dentro de sus propios recursos espirituales e intelectuales, argumentos islámicos para la tolerancia religiosa (incluyendo la tolerancia hacia los que se convierten a otros credos)? Este deseable desarrollo, sugirió el Papa, podría necesitar mucho tiempo (incluso siglos) para la elaboración de una teoría islámica más completa de la libertad religiosa.

La segunda pregunta concernía la estructura de las sociedades islámicas: ¿podían encontrar los musulmanes, de nuevo dentro de sus propios recursos espirituales e intelectuales, argumentos islámicos para distinguir entre autoridad religiosa y autoridad política en un estado justo? Este desarrollo, igualmente deseable, tal vez haría más humanas en sí mismas a las sociedades musulmanas, y menos peligrosas para sus vecinos, sobre todo si se vincula a una exigencia emergente en el islam de tolerancia religiosa.

El Papa Benedicto continuó sugiriendo que el diálogo interreligioso entre católicos y musulmanes se centrara en estas dos preguntas, vinculadas entre sí. La Iglesia católica, como abiertamente admitió el Papa, había tenido su lucha interna mientras desarrollaba su propia exigencia de libertad religiosa en un contexto político de gobierno constitucional, en el que la Iglesia jugaba un papel clave en la sociedad civil, pero sin gobernarla directamente. Pero el catolicismo había finalmente hecho lo siguiente: no rendirse a la filosofía política secular y utilizar lo que había aprendido de la modernidad política para volver a su propia tradición, redescubriendo elementos de su pensamiento sobre fe, religión y sociedad que había perdido a lo largo tiempo, y desarrollando su enseñanza sobre una sociedad justa para el futuro.

¿Era posible este proceso de redescubrimiento y desarrollo en el Islam? Esta fue la Gran Pregunta planteada por Benedicto XVI en la Lección de Ratisbona. Es una tragedia de proporciones históricas que la pregunta fuera, primero, malinterpretada y después ignorada. El resultado de esta mala interpretación e ignorancia -y de otras muchas malas interpretaciones e ignorancias- es ahora muy evidente en Oriente Medio: en los asesinatos en masa de las antiguas comunidades cristianas; en las atrocidades que han conmocionado a un Occidente aparentemente indiferente ante cualquier hecho, como las crucifixiones o la decapitación de cristianos; en unos estados inestables; en la esperanza rota de que el Oriente Medio del siglo XXI pueda sanar de sus varias enfermedades culturales y políticas, encontrando un camino a un futuro más humano.

Estoy convencido de que Benedicto XVI no siente ninguna alegría ante la reivindicación por parte de la historia de su Lección de Ratisbona. Pero los que en 2006 le criticaron deberían examinar a fondo sus conciencias sobre la ignominia a la que le sometieron hace ocho años. Admitir que se equivocaron en 2006 sería un primer paso muy útil para salir de su ignorancia sobre el conflicto intra-islámico que amenaza gravemente la paz en el mundo del siglo XXI.

En lo que respecta a la conversación sobre el futuro del Islam propuesta por Benedicto XVI, hoy parece bastante improbable. Pero si tuviera que tener lugar, los líderes cristianos deberán preparar el camino hablando, directa y francamente, sobre las patologías del islamismo y del yihadismo; dejando de pedir disculpas anti-históricas por el colonialismo del siglo XX (imitando débilmente lo peor de la cháchara académica occidental sobre el mundo árabe-islámico); y declarando públicamente que el uso de la fuerza, utilizada prudentemente y con el propósito de defender a los inocentes, está moralmente justificada cuando hay que enfrentarse a fanáticos sangrientos como los responsables del reino de terror que ha asolado Siria e Iraq este verano.


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