El primer año de pontificado de Benedicto XVI



Artículo que publica la edición semanal en lengua española de «L'Osservatore Romano» en el número de la semana de Pascua con el título «El primer año de pontificado de Benedicto XVI» de Jesús Villagrasa, L.C., profesor de Filosofía en el Ateneo Pontificio «Regina Apostolorum».

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En la serena tarde romana del 19 de abril de 2005, faltaban cuatro minutos para las seis cuando una temprana «fumata bianca» anunció al mundo que un nuevo papa había sido elegido. Pocas veces se ha llenado con tanta rapidez la Plaza de San Pedro como aquella luminosa tarde primaveral. A las 18.43, el cardenal protodiácono de la Iglesia católica, Jorge Medina Estévez, presentaba al 264º sucesor de san Pedro. Cuando pronunció el nombre «Josephum», muchos en la plaza se le adelantaron: «¡Ratzinger!» No se equivocaron: «Josephum Sanctae Romanae Ecclesiae Cardinalem Ratzinger qui sibi nomen imposuit Benedictum XVI».

Su predecesor había llegado a la Sede de Pedro siendo un desconocido; muchos cardenales ni siquiera sabían pronunciar el apellido «Wojtyla». Del Cardenal Ratzinger, al menos en Occidente, casi todos conocían el nombre y el rostro. Y la mayoría creía conocer también su persona y su pensamiento. ¡Habían leído tantas cosas de él en los periódicos! Quizá, por eso mismo, para muchas personas, la primera sorpresa del pontificado fue descubrir «otro Ratzinger», el real, alguien que no coincidía con la caricatura que les habían presentado o con la imagen que se habían forjado.

Otra sorpresa del pontificado fue la brevedad del conclave, claro indicio de que los cardenales no tuvieron grandes dificultades para encontrar al candidato que, a sus ojos, reunía las cualidades necesarias para guiar la Iglesia en este momento. Su elección cayó sobre quien Juan Pablo II había llamado «el amigo fiel» en su libro ¡Levantaos, vamos!

Había que presentarlo al mundo y los periodistas se apresuraron a publicar biografías. Las editoriales reeditaban sus obras, que se agotaban por días. Algunos vaticanistas aventuraban hipótesis en torno a los motivos de la elección: «Le han elegido –escribía Juan Vicente Boo, corresponsal de ABC en Roma– porque su talla intelectual, talante y humildad están a la altura del enorme desafío de suceder a Juan Pablo II. Le han votado porque saben que, en cuanto se despejen los tópicos y la gente le conozca directamente, Joseph Ratzinger va a meterse en el bolsillo a los jóvenes, a los responsables de otras religiones y a los mandatarios del mundo» (20-IV-2005). Aunque los conocidos del cardenal podrían suscribir esta opinión, quizás el nuevo Papa no. Al menos, sus primeras intervenciones no dejan traslucir eso. En ellas prevalece la conciencia de la grave responsabilidad que ha asumido, en obediencia a Dios, y la confianza que depositaba en la potencia de Cristo resucitado y en la asistencia del Espíritu Santo vivificador.

Sin pretender hacer un análisis del primer año de Pontificado de Benedicto XVI, es posible, sin embargo, dibujar una semblanza de su persona y ministerio tal como ha aparecido en cuatro momentos significativos de sus primeros doce meses: su presentación a la Iglesia y al mundo en los primeros días, la Jornada Mundial de la Juventud en Colonia, la vivencia del Año de la Eucaristía y, finalmente, el diálogo con el mundo. Como telón de fondo de estos cuatro momentos colocamos su primera encíclica, Deus caritas est.



La presentación de los primeros días
La tarde de su elección, el nuevo papa se presentó como «un sencillo, humilde, trabajador en la viña del Señor». Su autobiografía, Mi vida. Recuerdos (1927-1977) , confirma esta descripción: tiene la sencillez de una personalidad y vida unificadas, la humildad del insobornable servidor de la verdad y se entrega a Cristo, a su Iglesia y a los hombres sin cálculos o protagonismos indebidos. Se siente, ha sido y es un cooperador de Dios y de sus hermanos, primero como profesor universitario, después como obispo y, ahora, como Vicario de Cristo: un cooperador de la verdad.

Al día siguiente de su elección, el 20 de abril de 2005, en el discurso programático a los cardenales electores pronunciado en la Capilla Sixtina, Benedicto XVI indicó algunos temas que iban a estar más presentes en su pontificado: la unidad del Colegio apostólico, el Concilio Vaticano II como brújula para orientarse en el nuevo milenio, el Año de la Eucaristía, la caridad hacia todos, la unidad de los cristianos promovida con gestos concretos que interpelen a las conciencias, el diálogo abierto y sincero con los seguidores de otras religiones y con todas las personas que están buscando una respuesta a las preguntas fundamentales de la existencia, el compromiso a favor de la paz y de un auténtico desarrollo social respetuoso de la dignidad de todo ser humano. En efecto, estas prioridades pastorales ya han encontrado expresión en el multiforme magisterio y ministerio de estos doce meses.

Dos homilías completaron la presentación del Pontífice. En la Misa de inicio solemne del Pontificado en la plaza de San Pedro, el 24 de abril, se definió como un miembro de una Iglesia viva, que se siente acompañado por la oración de los fieles y por una multitud de santos que se dilata por todos los tiempos y latitudes, algunos de los cuales habían sido invocados por la asamblea en las letanías de los santos durante la procesión de ingreso: Tu illum adiuva. A quienes esperaban un «programa de gobierno» les dijo: «Mi verdadero programa de gobierno es no hacer mi voluntad, no seguir mis propias ideas, sino ponerme, junto con toda la Iglesia, a la escucha de la palabra y de la voluntad del Señor y dejarme conducir por él, de tal modo que sea él mismo quien conduzca a la Iglesia en esta hora de nuestra historia». Un programa más «detallado» con los elementos principales de su misión ya había sido comunicado en el discurso del día 20.

La segunda homilía, pronunciada el 7 de mayo del 2005 durante su toma de posesión de la cátedra del Obispo de Roma en la Basílica de San Juan de Letrán, revela la conciencia que Benedicto XVI tiene del papado y del cambio radical que se ha operado en su vida. En su libro La sal de la tierra (1997) había dicho que el papado en su núcleo central no cambiará, porque siempre habrá un hombre que suceda a san Pedro y asuma la responsabilidad personal última, sostenida colegialmente, de conservar la unidad de la Iglesia y de proclamar el Magisterio universal en materias de fe y moral. Podrían cambiar las formas de ejercer el primado. Y añadía: «No puedo, ni tampoco quiero, imaginar las variaciones concretas que pueda haber en el futuro» (Palabra, 20055, 279). No podía prever entonces que la Providencia preparaba un futuro en el que podría tocar a él marcar alguna variación en el ejercicio del papado.

En la Iglesia cada fiel está llamado a dar el propio testimonio, a cumplir su personal misión al servicio de toda esta familia. Y, entre la multitud de testigos de la fe común que pueblan la historia y la geografía de la Iglesia, él, como Vicario de Cristo, ha recibido de Dios la misión de rendirle un particular testimonio de Cristo, que quiso ilustrar en esta homilía pronunciada en la Basílica de San Juan de Letrán. Pedro, en nombre de los Apóstoles, fue el primero en profesar la fe: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 16). «Esta es la tarea de todos los sucesores de Pedro: ser el guía en la profesión de fe en Cristo, el Hijo de Dios vivo. La cátedra de Roma es, ante todo, cátedra de este credo. Desde lo alto de esta cátedra, el Obispo de Roma debe repetir constantemente: Dominus Iesus, ‘Jesús es el Señor’».

Pedro, una vez convertido, debía confirmar a sus hermanos. Eso mismo hace el titular del ministerio petrino: «debe tener conciencia de que es un hombre frágil y débil, como son frágiles y débiles sus fuerzas, y necesita constantemente purificación y conversión. Pero debe tener también conciencia de que del Señor le viene la fuerza para confirmar a sus hermanos en la fe y mantenerlos unidos en la confesión de Cristo crucificado y resucitado».

El Señor confirió a Pedro y, después de él, a los Doce, los poderes y el mandato de atar y desatar. Parte esencial de esta misión es la potestad de enseñar, simbolizada en la cátedra donde se sienta el obispo de Roma para dar testimonio de Cristo.

Esta potestad de enseñanza asusta a muchos hombres, dentro y fuera de la Iglesia. Se preguntan si no constituye una amenaza para la libertad de conciencia, si no es una presunción contrapuesta a la libertad de pensamiento. No es así. El poder conferido por Cristo a Pedro y a sus sucesores es, en sentido absoluto, un mandato para servir. La potestad de enseñar, en la Iglesia, implica un compromiso al servicio de la obediencia a la fe. El Papa no es un soberano absoluto, cuyo pensamiento y voluntad son ley. Al contrario: el ministerio del Papa es garantía de la obediencia a Cristo y a su Palabra. No debe proclamar sus propias ideas, sino vincularse constantemente a sí mismo y la Iglesia a la obediencia a la Palabra de Dios, frente a todos los intentos de adaptación y alteración, así como frente a todo oportunismo (7-V-2005).

El servicio de la potestas docendi –y, análogamente, de la potestas regendi et sanctificandi – que el Papa ejerce no se limita a la explicación fiel de la Palabra de Dios, sino que pasa también por la obediencia a la fe de la Iglesia, porque, en su ministerio petrino de decidir y enseñar, el Papa está unido a la gran comunidad de la fe de todos los tiempos y a las interpretaciones vinculantes surgidas a lo largo del camino de la Iglesia peregrinante. La potestad de enseñanza es, por lo tanto, una potestad de obediencia y un servicio a la verdad.

Admirable ha sido durante este primer año el magisterio de Benedicto XVI, por la riqueza, claridad y unción de sus homilías, discursos y cartas. Escribe personalmente las intervenciones, comenzando por las homilías, y no raras veces improvisa. La encíclica Deus caritas est ocupa un lugar excelente en el magisterio de este año.

Los primeros actos de gobierno de Benedicto XVI estuvieron marcados por la continuidad: el nombramiento del cardenal Angelo Sodano como Secretario de Estado y la confirmación –donec aliter provideatur: mientras no se provea diversamente– de los cardenales y arzobispos responsables de los dicasterios de la Curia Romana y del presidente de la Pontificia Comisión para el Estado de la Ciudad de Vaticano, así como de los altos cargos de la Secretaría de Estado –el Sustituto para los Asuntos generales y el Secretario para la relaciones con los Estados– y, finalmente, la confirmación para el quinquenio en curso de los secretarios de los dicasterios de la Curia Romana. El esperado nombramiento del Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe recayó en el norteamericano Mons. William Joseph Levada, hasta entonces arzobispo de San Francisco y, durante varios años, colaborador en ese dicasterio. Tras once meses de pontificado hizo el primer ajuste considerable de la curia vaticana, uniendo «por ahora» la presidencia del Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso a la del Consejo Pontificio de la Cultura, y la presidencia del Consejo Pontificio de la Pastoral para los Emigrantes y los Itinerantes a la del Consejo Pontificio de la Justicia y de la Paz.

En los primeros días de pontificado, algunos encuentros parecían marcar pautas para su pontificado. El 22 de abril, el Papa Benedicto XVI se encontró con el Colegio de los cardenales para rogarles que no dejen de prestarle su apoyo, pues todos están unidos a él por la voluntad de obedecer a la voluntad divina y de prestar un servicio sencillo y disponible a la Iglesia. No se concluía el primer año de pontificado cuando el 24 de marzo de 2006 reunía el Consistorio para nombrar 15 nuevos miembros del Colegio Cardenalicio.

Al día siguiente, encontró a los representantes de los medios de comunicación social para agradecerles la cobertura mundial que dieron a la muerte y a los funerales del Papa Juan Pablo II y a su elección. Les recordó, también, «la responsabilidad ética de quienes trabajan en este sector, particularmente por lo que respecta a la búsqueda sincera de la verdad, así como a la defensa del carácter central y de la dignidad de la persona».

El 25 de abril, se reunió con los representantes de las Iglesias y Comunidades cristianas, y con los de otras religiones no cristianas. A estos últimos aseguró «que la Iglesia quiere seguir construyendo puentes de amistad con los seguidores de todas las religiones, para buscar el verdadero bien de cada persona y de la sociedad entera». A los primeros reafirmó «el compromiso irreversible» de la Iglesia –su personal «compromiso prioritario» había dicho en el discurso a los cardenales del 20 de abril– a favor del ecumenismo y de la comunión plena querida por Jesús para sus discípulos. El ecumenismo ocupa un lugar principal en el corazón de Benedicto XVI. En la misa solemne de inicio de pontificado, después de explicar los signos del palio y del anillo, que evocan al pastor y al pescador, renovó su compromiso de proseguir en el camino hacia un solo rebaño y un solo pastor y de procurar que la red de la Iglesia no se rompa. En efecto, Cristo, el Buen Pastor, tiene otras ovejas que están fuera del redil a las que tiene que traer: «y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño, un solo Pastor» (Jn 10, 16). El relato de los 153 peces grandes termina con la gozosa constatación: «Y aunque eran tantos, no se rompió la red» (Jn 21, 11). «¡No permitas –oraba el Papa en su homilía– que se rompa tu red y ayúdanos a ser servidores de la unidad!». Un gesto ecuménico del Santo Padre ha sido la renuncia al título de Patriarca de Occidente que se dio a conocer con la publicación del Anuario Pontificio de la Santa Sede, el pasado mes de febrero. Otro gesto de Benedicto XVI fue la carta enviada el pasado 17 de febrero y la medalla de oro del pontificado donada al patriarca ortodoxo de Moscú Alejo II con motivo de su aniversario y onomástico. Su Beatitud Alejo II correspondió con una carta firmada el 22 de febrero y el regalo de una cruz pectoral. Han confirmado en este intercambio de cartas la voluntad común de promover la colaboración entre ambas Iglesias. El mismo día 22, el Papa Benedicto XVI en una carta al cardenal Lubomyr Husar, arzobispo mayor de Kiev-Halic, con ocasión del sexagésimo aniversario de la persecución comunista contra la Iglesia grecocatólica, que tuvo lugar tras el «pseudo-sínodo» de Lvov, en marzo de 1946, expresó su deseo de que este aniversario sirva para promover la unidad con la Iglesia ortodoxa, pues a la Iglesia greco-católica se le ha confiado la misión de mantener visible en la Iglesia católica la tradición oriental y de favorecer el encuentro de las tradiciones, testimoniando no sólo su compatibilidad, sino también su profunda unidad en la diversidad.

Además del diálogo ecuménico, el Papa desea impulsar las relaciones con los judíos y con el Estado de Israel. Al día siguiente de su elección, uno de sus primeros actos como pontífice fue enviar un telegrama al rabino jefe de Roma, Riccardo di Segni, en el que confía en la ayuda de Dios para reforzar una fecunda colaboración y un diálogo respetuoso con el pueblo judío. El 16 de enero de 2006, al ser recibido en audiencia por Benedicto XVI, el rabino di Segni lo invitó a visitar la sinagoga de Roma, con ocasión del 20º aniversario de la histórica visita de Juan Pablo II a ese lugar, el 13 de abril de 1986.

Estas y otras pautas iniciales se han desarrollado a lo largo del primer año de pontificado como expresiones de una misma caridad pastoral. No es posible hacer un análisis exhaustivo. La mayor afluencia de peregrinos a las audiencias de los miércoles y a los ángelus dominicales –por comparación al último año de pontificado del Papa Juan Pablo II– puede ser signo de la fecundidad de los últimos sufridos meses de Juan Pablo II y de la acogida sobrenatural y cordial que los fieles han dispensado a su sucesor. La humildad y caridad de Benedicto XVI manifestadas en estos primeros meses, y que tienen su expresión doctrinal en su primera encíclica, han sido un signo fuerte de la presencia de Cristo, el Supremo Pastor, entre sus fieles.


Jornada mundial de la juventud
En Colonia, superando fronteras de nación, lengua o raza, más de un millón de jóvenes se reunieron para escuchar la Palabra de Dios, rezar, recibir el sacramento de la Reconciliación, adorar y recibir al Señor eucarístico y, también, para cantar y hacer fiesta juntos. La Jornada mundial de la juventud de Colonia, centrada en la búsqueda y adoración de Cristo, tuvo por lema «Hemos venido a adorarle».

Quizás esta jornada haya sido el mayor don que Dios haya hecho al Papa en este primer año de Pontificado. Él no la planeó. Fue algo que «la Providencia divina quiso». El Papa marcó esta jornada con una palabra y un gesto. La palabra, siempre repetida, fue Cristo. El gesto fue el abrazo:

en Colonia abrazó a obispos y seminaristas, a cristianos separados, judíos y musulmanes, a cada joven en el barco sobre el Rin y, con un abrazo inmenso, al millón de jóvenes reunidos para la vigilia de oración. La imagen que resume la jornada es, sin duda, la multitud silenciosa de los adoradores de Cristo presente en la Eucaristía. «Hemos venido a adorarle».

Los Magos fueron los «guías» de los jóvenes peregrinos en su búsqueda y adoración de Cristo. Cada joven fue invitado por el pontífice a realizar el viaje interior de la conversión a Dios, «para conocerlo, encontrarlo, adorarlo y, después de haberlo encontrado y adorado, volver a partir llevando en el corazón, en nuestro interior, su luz y su alegría» (Audiencia, 24-VIII-2005). Ese ritmo de adoración y misión, de contemplación y servicio, está remarcado en la encíclica de la caridad, Deus caritas est, que advierte del riesgo de caer en los extremos del pietismo y del activismo.

El encuentro con los seminaristas ocupó un lugar destacado en esta jornada para poner de relieve que muchas vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada han surgido, a lo largo de estos veinte años, en estas jornadas, ocasiones privilegiadas en las que el Espíritu Santo hace oír con fuerza su voz.

Por desarrollarse en Alemania, tuvieron particular intensidad los encuentros celebrados con los representantes de las demás Iglesias y Comunidades eclesiales, con los judíos y con los musulmanes. Alemania tiene un papel importante en el diálogo ecuménico, tanto por la triste historia de las divisiones, como por la significativa función que ha desempeñado en el camino de la reconciliación. En la sinagoga de Colonia, con la comunidad judía más antigua de Alemania, Benedicto XVI recordó la Shoah, el 60° aniversario de la liberación de los campos de concentración nazis y el 40° aniversario de la declaración conciliar Nostra aetate «que inauguró una nueva etapa de diálogo y solidaridad espiritual entre judíos y cristianos, así como de estima por las otras grandes tradiciones religiosas». A los seguidores del Islam, que «adoran al único Dios y veneran al patriarca Abraham» manifestó las esperanzas y las preocupaciones del difícil momento histórico que vivimos, «deseando que se extirpen el fanatismo y la violencia, y que colaboremos juntos para defender siempre la dignidad de la persona humana y tutelar sus derechos fundamentales» (24-VIII-2005).

En todos los encuentros, pero sobre todo a los jóvenes, Benedicto XVI ha entregado un mensaje esencial: el cristianismo como encuentro con Cristo y su adoración en el misterio de la Eucaristía. De este encuentro y de esta fuente nacerá una revolución del amor y, con ella, la verdadera reforma de la Iglesia y el ardor misionero. El primer libro del Papa, La revolución de Dios, presentado a mediados del mes de octubre, recoge sus discursos en Colonia. Dos frases podrían sintetizar su mensaje: la revolución de Dios es el amor; sólo una gran explosión de bien puede vencer al mal y transformar al hombre y al mundo. Sólo Dios y su amor transforman al mundo. Ni fórmulas, ni burocracias, ni falsas reformas. Menos aun la miopía de quienes en la Iglesia sólo se ven a sí mismos y siguen dando vueltas a asuntos marginales en el cristianismo, como son el celibato sacerdotal o la ordenación de mujeres. La verdadera reforma no puede reducirse a la erección de nuevas y sofisticadas estructuras; la única reforma que cuenta es la de los santos, la revolución a lo divino. Esta revolución divina pasa por la colaboración humana, también por la colaboración asociada e institucional. Al espíritu, competencia y profesionalidad de quienes trabajan en las organizaciones caritativas de la Iglesia, el Papa Benedicto XVI ha dedicado la segunda parte de su encíclica. Las notas que sonaron en Colonia eran los compases que anunciaban los temas de la sinfonía que Benedicto XVI estaba preparando a su Iglesia: la encíclica Deus caritas est.

El Papa Benedicto XVI está impulsando con vigor las Jornadas mundiales de la juventud. En su mensaje para la jornada XXI, firmado el 22 de febrero, ha presentado las etapas de una peregrinación ideal al encuentro mundial de Sydney: el año 2006 la atención se centrará en el Espíritu de la verdad que nos revela a Cristo; el 2007 en el Espíritu de amor que infunde en nosotros la caridad divina; el encuentro mundial del 2008 en Sydney tendrá como lema «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos».



Año de la Eucaristía
Benedicto XVI ha visto la mano de la Providencia en el hecho de que su pontificado haya iniciado en el Año de la Eucaristía: «La Eucaristía, corazón de la vida cristiana y manantial de la misión evangelizadora de la Iglesia, no puede menos de constituir siempre el centro y la fuente del servicio petrino que me ha sido confiado» (20-IV-2005). Las indicaciones esenciales para la vivencia de este año ya habían sido dadas por el Papa Juan Pablo II en la encíclica Ecclesia de Eucharistia y en la carta apostólica Mane nobiscum Domine. El Sínodo de los Obispos, celebrado en el mes de octubre, además de profundizar en esa doctrina, manifestó la actual riqueza de la vida eucarística de la Iglesia y el carácter inagotable de su fe eucarística. Al hacer un balance de sus primeros meses, en el discurso navideño a la Curia romana, Benedicto XVI se dice consolado al ver que, por doquier, en la Iglesia, se ha despertado la alegría de «la adoración del Señor resucitado, presente en la Eucaristía con su carne y su sangre, en cuerpo y alma, con su divinidad y humanidad» y que se va superando la contraposición que algunos veían –y que en realidad no existe– entre la misa y la adoración eucarística fuera de ella. «Recibir la Eucaristía significa adorar a quien recibimos. Precisamente de este modo y sólo de este modo nos convertimos en una sola cosa con él. Por ello, el desarrollo de la adoración eucarística, con la forma que asumió en la Edad Media, es la consecuencia más coherente del mismo misterio eucarístico: sólo en la adoración puede madurar una acogida profunda y verdadera» (22-XII-2005).

Una imagen puede resumir este año de pontificado: el Papa de rodillas ante Cristo Eucaristía, en silencio adorante, acompañado de la comunidad de fieles: el día del Corpus Christi, sobre el papamóvil en procesión con sus nuevos fieles diocesanos; en Colonia con un millón de jóvenes; en la plaza de San Pedro con cien mil niños de primera comunión; el 17 de octubre con los 250 obispos y cardenales reunidos en Roma para el Sínodo.

La palabra del Papa ha orientado la mirada de los fieles a Cristo Eucaristía: en Colonia con una exigente y vital lección de teología eucarística; a los niños de la primera comunión con una sencilla y cálida catequesis en respuesta a sus preguntas, para explicarles porqué y cómo ir a misa, confesar los pecados y adorar a Jesucristo. En ambos casos, su palabra ha preparado el momento culminante de los encuentros: la adoración silenciosa de Cristo, el único necesario.

A finales de mayo, su primer viaje fuera de Roma tuvo por objeto la clausura del Congreso eucarístico de Bari. En esa ocasión recordó a la Iglesia de hoy el testimonio de los mártires de la antigua Roma y su exclamación «Sine dominico non possumus»: no podemos vivir sin la misa del día del Señor. La misa daba identidad y vida a las comunidades de los primeros cristianos; los distinguía de los paganos. La Eucaristía engendró mártires y constructores de una nueva cultura: la civilización del amor. Recibir a Jesucristo eucaristía con fe significa comulgar con el amor de Dios que da vida al mundo. Esta íntima conexión de fe, liturgia y práctica de la caridad es una de las estructuras conceptuales más fuertes de la encíclica Deus caritas est.


Apertura al mundo y diálogo

En la introducción al libro La revolución de Dios de Benedicto XVI, su Vicario para la diócesis de Roma, el Cardenal Camilo Ruini, ha dibujado un penetrante retrato del nuevo pontífice: no es sólo un catequista de extraordinaria profundidad y claridad, sino también un evangelizador que con garbo sabe casi forzar a prestar atención a Cristo. Su peculiar carisma consiste en juntar la apertura universal y la identidad católica, el testimonio límpido e integral de la verdad de Cristo y la dulzura del amor fraterno. Otra imagen que puede resumir este primer año de pontificado es el Papa, en pie, ante la multitud que representa al mundo, con los brazos abiertos. La comunión con el Dios adorado se manifiesta en la caridad que busca la comunión fraterna. Esta apertura y dulzura es caridad, no ingenuidad.

Con su palabra y ejemplo, Benedicto XVI invita a la Iglesia a abrirse al mundo y a la modernidad sin temores, aunque sin falsas ilusiones. La Iglesia será siempre signo de contradicción. Los cristianos no se oponen al mundo, pero el mundo se rebela siempre que al pecado y a la gracia se les llama por su propio nombre, siempre que los cristianos proclaman la verdad sobre Dios y sobre el hombre. Esta oposición a su anuncio de la verdad puede resultar opresiva, pero no debería sorprendernos demasiado.

Benedicto XVI compartió con los sacerdotes de la diócesis de Aosta sus inquietudes y sufrimientos por la frialdad, cuando no hostilidad, de los ambientes en los que ejercen su ministerio. Los invitó a tener paciencia, sostenidos en la certeza de que el mundo no puede vivir sin el Dios que se reveló en Jesucristo mostrándonos un rostro de amor. Y sólo ese amor transforma el mundo. Debemos tener la profundísima certeza de que sin el Dios con el rostro de Cristo, el mundo y el hombre se autodestruyen: «Él es la Verdad y sólo caminando tras sus huellas vamos en la dirección correcta, y debemos caminar y guiar a los demás en esta dirección» (25-VII-2005).

Con esa certeza, antes como cardenal y ahora como papa, Joseph Ratzinger se ha abierto al diálogo con el mundo «laico». Los «laicos» ya habían reconocido su ánimo dialogante, sin asperezas y sin la ansiedad de la imposición. Los diálogos que, como cardenal, sostuvo con el filósofo alemán Jürgen Habermas y con el presidente del Senado italiano Marcello Pera alcanzaron resonancia internacional. En ellos defendió la genuina laicidad del Estado y la necesidad de un diálogo franco entre el cristianismo y la modernidad, del que ambas partes iban a salir ganando.

Benedicto XVI ha escrito dos cartas a altos representantes de la política italiana. Al Presidente del Congreso de los diputados, Pier Ferdinando Casini, para conmemorar el tercer aniversario de la histórica visita que el Papa Juan Pablo II realizó al Parlamento italiano y para reafirmar que la Iglesia, en cualquier país del mundo, «no pretende reivindicar para sí ningún privilegio, sino sólo tener la posibilidad de cumplir su misión, dentro del respeto de la legítima laicidad del Estado. Por lo demás, bien entendida, ésta no está en contraste con el mensaje cristiano, sino que más bien tiene una deuda con él, como saben bien los estudiosos de la historia de la civilización» (18-X-2005).

Al Presidente del Senado italiano, Marcello Pera, con motivo del congreso «Libertad y laicidad» celebrado en Nursia, expresó su deseo de que la reflexión de los congresistas tuviera en cuenta la dignidad de la persona y sus derechos fundamentales. Éstos representan valores previos a cualquier jurisdicción estatal porque «no son creados por el legislador, sino que están inscritos en la naturaleza misma de la persona humana, y se remontan por tanto en último término al Creador. Por tanto, parece legítima y provechosa una sana laicidad del Estado, en virtud de la cual las realidades temporales se rigen según normas que les son propias, a las que pertenecen también esas instancias éticas que tienen su fundamento en la existencia misma del hombre» (16-X-2005).

En su encíclica, Benedicto XVI ha proclamado con vigor que la Iglesia enseña y promueve la legítima y sana laicidad del Estado: «Es propio de la estructura fundamental del cristianismo la distinción entre lo que es del César y lo que es de Dios (cf. Mt 22, 21), esto es, entre Estado e Iglesia o, como dice el Concilio Vaticano II, el reconocimiento de la autonomía de las realidades temporales (GS 36). El Estado no puede imponer la religión, pero tiene que garantizar su libertad y la paz entre los seguidores de las diversas religiones; la Iglesia, como expresión social de la fe cristiana, por su parte, tiene su independencia y vive su forma comunitaria basada en la fe, que el Estado debe respetar. Son dos esferas distintas, pero siempre en relación recíproca» (Deus caritas est, n. 29).

Como teólogo y cardenal, Ratzinger se había caracterizado por su apertura a la modernidad, de la que aprecia su estima por la racionalidad y la libertad. No ocultaba, sin embargo, los límites de los conceptos iluministas de una racionalidad cerrada a la trascendencia y de una libertad absoluta sin referencia a Dios, a las demás personas y a la naturaleza de las cosas.

El discurso de análisis del año, que el Santo Padre dirigió con los augurios navideños a la Curia, se concluye con unas reflexiones sobre la nueva relación que el Concilio Vaticano II ha querido impulsar entre el cristianismo y el mundo moderno. El «sí» fundamental de la Iglesia a la edad moderna, su «apertura al mundo», no está exenta de dificultades, porque la misma edad moderna vive profundas tensiones interiores y contradicciones y no debe subestimarse la «peligrosa fragilidad de la naturaleza humana, que en todos los períodos de la historia y en toda situación histórica es una amenaza para el camino del hombre». La Iglesia, como el Evangelio que anuncia, sigue siendo un signo de contradicción. «El Concilio no podía tener la intención de abolir esta contradicción del Evangelio respecto a los peligros y los errores del hombre. En cambio, no cabe duda de que quería eliminar contradicciones erróneas o superfluas, para presentar al mundo actual la exigencia del Evangelio en toda su grandeza y pureza». Si al inicio de la edad moderna, la relación entre la razón iluminista y la fe cristiana fue negativa y de conflicto, el Concilio Vaticano II ha trazado en grandes líneas la dirección esencial para el diálogo entre la razón moderna y la fe. «Este diálogo se debe desarrollar con gran apertura mental, pero también con la claridad en el discernimiento de espíritus que el mundo, con razón, espera de nosotros precisamente en este momento». En este campo, como en tantos otros, el Concilio Vaticano II, correctamente interpretado, puede ser una gran fuerza de renovación en la Iglesia y, a través de ella, del mundo. No faltan pensadores «laicos» que están pidiendo a la Iglesia este servicio al hombre, a la sociedad y a la cultura de nuestro tiempo. Benedicto XVI sigue impulsando esta apertura evangélica de la Iglesia al mundo.

Un broche de oro para este primer año de Pontificado ha sido la encíclica Deus caritas est. La ciencia teológica, la piedad personal, la experiencia humana y la asistencia del Espíritu Santo han contribuido a la redacción de esta obra maestra. Benedicto XVI ha puesto al servicio de su ministerio el fruto maduro de sus largos estudios teológicos y ha podido presentar al mundo, de forma a la vez sencilla y profunda, el corazón del misterio cristiano: el encuentro personal del amor de Dios con el ansia humana de amor y felicidad; la transformación por la gracia de este aspiración, hasta la configuración con Cristo que entrega su vida por los hermanos. Este amor divino que se derrama en nuestros corazones y a través de ellos en el mundo se expresa también en formas eclesiales e institucionales.

El amor de Dios, que no abandona nunca a su Iglesia, le ha dado en la persona de Benedicto XVI un buen pastor y un padre de todos. A Dios se eleve, la gratitud por sus dones y la ferviente oración de la Iglesia por su persona y ministerio. ¡ Ad multos annos, Santo Padre!