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FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR A - El Hijo amado del Padre es el Hijo-siervo: Preparemos en Familia, como Iglesia doméstica, la Acogida de la Palabra de Dios durante la celebración eucarística parroquial

 

La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

 

Las Lecturas del Domingo


1. INTRODUCCIÓN A LA PALABRA DE DIOS

1. 1 Primera lectura: Isaías 42,1-4. 6-7

Lo que impresiona siempre de nuevo cuando se lee las cartas del apóstol San Pablo, es su insistencia de que los cristianos formamos parte del cuerpo de Cristo, somos miembros de su cuerpo, deberíamos tener los mismos sentimientos de Jesús quién es la primicia de todos los resucitados. La imagen de Jesús se imprime en nosotros desde el bautismo. Esto es Palabra de Dios, es decir, es tan verdad como el cielo está arriba, el agua corre hacia abajo; digo aquí entre nosotros, no en el espacio.

Así podrá comprender mejor la lectura del profeta Isaías que lo describe a usted y a mí, ya que trata de usted y de mí. En primer lugar describe a Jesús, el siervo de Yahvé, que vino para servir y no para ser servido. El siervo de Yahvé en su proceder es suave y humilde pero firme en su actuación, tenaz y fiel hasta conseguir la aceptación del mensaje Dios quien lo guía amorosamente y lo pone como alianza para las naciones, luz de los pueblos y libertador de los oprimidos. No se asuste. A esta visión han sido llamados usted, su vecino, sus amigos y todos aquellos que creen la palabra de Dios. No tenga miedo si se siente como minoría en medio de la masa. Dios está con usted. Lean la lectura como quien aplica las palabras a su propia persona.

1. 2 Segunda lectura: Hechos de los Apóstoles 10,34-38

Las tres lecturas de hoy nos presentan algo como un retrato de Jesús. No tanto de su fisionomía sino de su manera de ser y de su misión. Hemos escuchado lo que dijo el profeta al anunciar la venida del Señor. Ahora vamos a escuchar parte de un discurso de San Pedro que por primera vez anuncia el Evangelio a un pagano. Y el Evangelio, la tercera lectura, nos hará escuchar la voz del Padre nos damos cuenta que hablar de Jesús es anunciar el Evangelio. Hablar de Jesús es comunicar la Buena Nueva de que Dios nos ama, que ha asumido rostro humano, que tiene un corazón humano para manifestar su cercanía a nosotros los pecadores. Los apóstoles nunca se han quedado en explicaciones abstractas para hablar de Jesús. Sencillamente han contado lo que Jesús ha realizado, esto es, han contado lo que Jesús ha hecho por nosotros. Vamos a escuchar lo que cuenta San Pedro. Una sugerencia: tratemos luego resumir nuestra propia vida en cuatro o cinco frases de la misma manera como San Pedro ha resumido la vida de Jesús. Seguramente podrá decir también algunas cosas buenas que han significado un beneficio para los demás. No vale decir que usted no es Cristo. ¿Acaso no ha derramado en su corazón el Espíritu Santo, vida y luz? No es por nada que los antiguos dicen que los cristianos somos como Biblias ambulantes, es decir la Buena Noticia que camina entre la gente. Es maravilloso conocer más y más a Cristo y cada vez más también se aclarará nuestra propia visión de bautizados. ¿Acaso Dios no ha hecho nada en su vida? Usted también tiene cosas que contar acerca de Dios en su vida.

1 3 Evangelio: San Mateo 3 13-17

Existen personas poco iluminadas que creen que Jesús se bautizó como nosotros, sólo de grande. Si nos ponemos a pensar un poco nos daremos cuenta enseguida que Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, ha sido el único inocente en este mundo, el tres veces Santo, el único que nunca cometió pecado. (En previsión de su muerte y resurrección la Virgen María fue preservada también de todo pecado). Jesús no necesitaba el baño regenerador del bautismo para ser despojado del hombre viejo y para ser convertido en nueva criatura, porque estos son los efectos del bautismo en nosotros los hombres. El significado de su bautismo es otro: quiso colocarse en la fila de los pecadores porque él iba a cargar con los pecados de todos ellos. Este acto de solidaridad amorosa con nosotros los pecadores marca el comienzo de su vida pública como para hacernos comprender cuál es su misión: ser siervo de Yahvé que ha venido para salvar a los pecadores. El Espíritu Santo lo unge y el Padre de los cielos lo proclama como su Hijo bien amado.

La Iglesia siempre ha comprendido que aquí se habla también de nuestro bautismo. El Espíritu Santo nos unge y Dios nos reconoce como hijos adoptivos bien amados, coherederos de Cristo, ciudadanos del cielo. Éste Evangelio debería provocar en nosotros una exultación, un júbilo, una alabanza, una acción de gracias por haber sido escogidos para que sigamos a Cristo y seamos hijos de Dios. ¿Por qué Dios escogió a nosotros? No lo sabemos. Sólo sabemos que ha tenido misericordia de nosotros, que no lo merecemos. Dios es Dios y hace lo que le plazca. Y frente a la elección gratuita de Dios que sin mérito alguno ha recaído en nosotros cabe solamente la acción agradecida, como lo hizo la Virgen María en el "Magníficat" o como lo hizo el anciano Zacarías en su alabanza del "Benedíctus". Anímese a componer su propio cántico para alabar al Padre de los cielos y para darle gracias.
 

2. REFLEXIONEMOS

2. 1 LOS PADRES

Da ganas de recorrer con ustedes todos los aspectos del bautismo, su naturaleza, sus efectos,  sus elementos. Hay libros gruesos al respecto. ¡No tengan miedo! Pienso que el conocimiento teórico es importante para nuestra comprensión de las maravillas que Dios pero lo que importa es que la verdad o la enseñanza cambien nuestra vida. Sólo cuando se ilumina nuestra realidad y nos da una proyección hacia el futuro entonces el conocimiento teórico se convierte en conocimiento de vida. Los conocimientos pasarán lo que queda es lo que hemos vivido. Los humanos han descubierto la fisión atómica y ¿qué han hecho? Una bomba para destruir masivamente a los hombres. Necesitamos unos conocimientos que nos hacen distintos, mejores.

Si nos ponemos a pensar nos daremos cuenta que en realidad las verdades no nos llegan así como así sino que nos llega a través de personas que nos transmiten la salvación porque viven en la verdad. Cuando la verdad es vivida nos toca. Por eso el bautismo no es una verdad teórica sino una acción, es algo que Dios hace con nosotros. Nos incorpora en Cristo, o para decirlo de otra manera, con Cristo somos sepultados para resucitar con él a la vida eterna. Si me dice ahora que esto es una verdad teórica le voy a dar la razón esperando desde la haya experimentado en su vida.

Todos nosotros hemos experimentado de alguna manera la muerte. Me refiero a la muerte interior de la cual habla San Pablo continuamente, la muerte que es el producto de la vida según la carne, de los instintos, el hombre viejo, de la bestia que llevamos dentro de nosotros. Uno experimenta que está muerto por dentro porque ha desaparecido el bien, la alegría, la ilusión. Ahora bien, también las cosas alrededor pueden destruir: las personas que más quieres te hacen sufrir, las circunstancias de la vida no permiten que vivas como has proyectado, no has podido desarrollar tu capacidad como querías. Estás lleno de complejos y de neurosis y muchas veces o de encierras en ti mismo o compensas tu sufrimiento por medio de la  agresividad. Todo esto te tiene en la muerte interior, que envenena la existencia, amargan las horas más bellas de tu vida.

Experimentar la resurrección, descubrir que todo tiene sentido, que todo es historia de salvación, que esta es la manera como Dios te ama y dirige tu vida, poder dejar el vicio, el pecado y la amargura para encontrarse con el Señor y su perdón y tener una nueva ilusión aunque tengas 90 años, saber que no te mueres sino que vivirás para siempre: todo esto que quiere  hacer descubrir tu bautismo. Es que Cristo ha muerto por ti para que tengas vida eterna, para eso ha resucitado.

Los bautizados llevamos toda esta realidad dentro de nosotros pero muchas veces no dejamos que aflore esta resurrección en nuestra vida diaria. ¿Por qué? Porque queremos llevar nuestra vida según nuestro criterio, según los cánones de una sociedad corrompida, lujuriosa y egoísta. Y esto te lleva a la ruina, a la muerte. Cuando permites que Dios te ayude a amar de verdad, no porque te lo propone sino porque Dios te lo regala gratuitamente, cuando se te abren los ojos de la fe y encuentras la Providencia amorosa de Dios en todo lo que sucede durante el día porque sabes que Dios te ama más allá de lo que puedes imaginarte, entonces resucitarás. Entonces sabrás que eres hijo de Dios, hija de Dios por el santo bautismo. Y esto se puede experimentar en la vida diaria.

¿Qué hacer? Hay carismas o grupos en la Iglesia que tratan de recuperar el catecumenado de los primeros tiempos, cuando aquél que buscaba la fe en la introducido gradualmente a las riquezas del bautismo por medio de una experiencia prolongada. El Neocatecumenado, por ejemplo, carisma reconocido por la Iglesia como un camino válido para la fe, se pone a la ayuda del bautizado para que pueda vivir todos aquellos pasos y etapas después del bautismo que vivieron los primeros cristianos antes del suyo. Y hay otros muchos carismas que pueden ayudar a vivir la fe profundamente. ¿No hay cerca de tu casa? ¿Tampoco encuentras un grupo de cristianos con quienes compartir tus inquietudes y experiencias? Te tengo sólo un consejo: reza clamando al Señor para que te saque de dónde te encuentras. Lo va hacer y te ayudará a redescubrir las riquezas de tu bautismo.

2. 2 CON LOS HIJOS

El bautismo es el manantial de la nueva vida

Había un fariseo de nombre Nicodemo, principal entre los judíos, que vino  de noche a Jesús para hablar con él sobre el reino de Dios. Jesús le dijo: "En verdad te digo que quien no naciera de nuevo no podrá entrar en el reino de Dios". Díjole Nicodemo: "¿Cómo puede nacer de nuevo un hombre que ya es viejo? ¿Puede nacer por segunda vez?" Respondió Jesús: "En verdad, en verdad te digo que quien no naciera del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de los cielos". (Cfr. Juan 3, 1-5)

En el bautismo Cristo nos lava del pecado original y nos limpia de todos los pecados personales. Nos perdona la pena merecida por ellos sin mérito alguno por nuestra parte porque Jesucristo murió en la cruz por nosotros.

En el bautismo, Cristo nos infunde una nueva vida, la vida de la gracia. Por esta vida somos hijos de Dios, hermanos de Jesús y herederos de la vida eterna. Como quiera que en el bautismo se nos infunde una nueva vida, este sacramento recibe también el nombre del sacramento de la regeneración.

En el bautismo el Padre, el Hijo y del Espíritu Santo establecen su morada en nosotros. El bautizado se convierte en templo de Dios. El que por el bautismo se hace hijo de Dios debe vivir también como hijo de Dios. Para ello Dios le concede capacidades nuevas y permanentes, sobre todo las virtudes de la fe, esperanza y caridad. Además Dios cuida de su hijo de una manera especial y durante su vida le regala muchas ayudas y gracias especiales.

En el bautismo Cristo imprime en nuestra alma un carácter indeleble; por esto tan sólo podremos recibir este sacramento una vez. Con este carácter queda decidido que somos discípulos de Cristo, que le pertenecemos para siempre y tenemos parte en su obra. Nos convertimos en miembros de su cuerpo místico y somos admitidos en la comunión de la Iglesia. Como bautizados tenemos el derecho de participar en el banquete eucarístico y de recibir los demás sacramentos. Antes de ser bautizados no podemos recibir ningún otro sacramento. El bautismo es el primer sacramento, la puerta a los demás sacramentos. También es el sacramento más necesario. Cristo nos dijo: "El que no renaciera del agua y del Espíritu Santo no puede entrar en el reino de Dios".

Cuando un niño sin bautizar (o una persona que desee el bautismo) se halla en peligro de muerte, hay que llamar inmediatamente a un sacerdote. Si hay temor de que muera antes de que llegue el sacerdote, es preciso que administre el bautismo alguna otra persona. Sería imperdonable retrasarlo. Para esos casos basta con el agua corriente; pero es preferible que sea agua bendita si se tiene a mano. El que bautiza debe verter el agua sobre la cabeza de la persona y al mismo tiempo pronunciar las palabras: "Yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo". Hay que dar cuenta a la parroquia de este bautismo para que puedan registrarlo en los libros. En el caso de que la criatura recobre la salud hay que suplir después las ceremonias del bautismo solemne (cfr. Catecismo alemán).

Nota: puede parecer un poco complicado explicar esto a los hijos. Vale la pena para que en sus propias palabras transmita a sus hijos las maravillas que Dios ha obrado por medio del santo bautismo.

3. EN RELACIÓN CON LA MISA

A los catecúmenos (los que se preparaban a ser bautizados) no se les hablaba de la eucaristía sino hasta después del bautismo cuando fueron llevados solemnemente al templo para celebrar con toda la comunidad la eucaristía completa. Anteriormente podían quedarse en la celebración de la misa solamente para escuchar les lecturas y la homilía. Después tenían que salir. Así aprendieron que el bautismo capacita a celebrar la eucaristía. La eucaristía encierra el misterio pascual de Cristo, es el camino de entrega que comenzó de manera especial al bautizarse Jesús en el Jordán.

4. VIVENCIA FAMILIAR

Se puede repasar con los niños la ceremonia del bautismo utilizando quizás las fotos que se tomaron en aquel entonces. Pero más importante es leer con ellos el rito mismo. También se podría hacer una visita a la pila bautismal donde fueron bautizados tanto los hijos como los padres y dar gracias a Dios. Un bonito recuerdo sería la foto de la pila bautismal en el propio cuarto con la fecha del bautismo.

5. NOS HABLA LA IGLESIA (JUAN PABLO II, LA FAMILIA CRISTIANA EN LA IGLESIA)

Nota: No se asuste, no necesita leerlo de un tirón. Sin embargo, si quiere enterarse sobre la dignidad maravillosa del matrimonio y de la familia, haga el esfuerzo de asimilar todo el texto. Juan Pablo II sabe de lo que está hablando.

El matrimonio, sacramento de mutua santificación y acto de culto

56. Fuente y medio original de santificación propia para los cónyuges y para la familia cristiana es el sacramento del matrimonio, que presupone y especifica la gracia santificadora del bautismo. En virtud del misterio de la muerte y resurrección de Cristo, en el que el matrimonio cristiano se sitúa de nuevo, el amor conyugal es purificado y santificado: «El Señor se ha dignado sanar este amor, perfeccionarlo y elevarlo con el don especial de la gracia y la caridad».

El don de Jesucristo no se agota en la celebración del sacramento del matrimonio, sino que acompaña a los cónyuges a lo largo de toda su existencia. Lo recuerda explícitamente el Concilio Vaticano II cuando dice que Jesucristo «permanece con ellos para que los esposos, con su mutua entrega, se amen con perpetua fidelidad, como Él mismo amó a la Iglesia y se entregó por ella... Por ello los esposos cristianos, para cumplir dignamente sus deberes de estado, están fortificados y como consagrados por un sacramento especial, con cuya virtud, al cumplir su misión conyugal y familiar, imbuidos del espíritu de Cristo, que satura toda su vida de fe, esperanza y caridad, llegan cada vez más a su propia perfección y a su mutua santificación, y, por tanto, conjuntamente, a la glorificación de Dios».

La vocación universal a la santidad está dirigida también a los cónyuges y padres cristianos. Para ellos está especificada por el sacramento celebrado y traducida concretamente en las realidades propias de la existencia conyugal y familiar. De ahí nacen la gracia y la exigencia de una auténtica y profunda espiritualidad conyugal y familiar, que ha de inspirarse en los motivos de la creación, de la alianza, de la cruz, de la resurrección y del signo, de los que se ha ocupado en más de una ocasión el Sínodo.

El matrimonio cristiano, como todos los sacramentos que «están ordenados a la santificación de los hombres, a la edificación del Cuerpo de Cristo y, en definitiva, a dar culto a Dios», es en sí mismo un acto litúrgico de glorificación de Dios en Jesucristo y en la Iglesia. Celebrándolo, los cónyuges cristianos profesan su gratitud a Dios por el bien sublime que se les da de poder revivir en su existencia conyugal y familiar el amor mismo de Dios por los hombres y del Señor Jesús por la Iglesia, su esposa.

Y como del sacramento derivan para los cónyuges el don y el deber de vivir cotidianamente la santificación recibida, del mismo sacramento brotan también la gracia y el compromiso moral de transformar toda su vida en un continuo sacrificio espiritual. También a los esposos y padres cristianos, de modo especial en esas realidades terrenas y temporales que los caracterizan, se aplican las palabras del Concilio: «También los laicos, como adoradores que en todo lugar actúan santamente, consagran el mundo mismo a Dios».

Matrimonio y Eucaristía

57. El deber de santificación de la familia cristiana tiene su primera raíz en el bautismo y su expresión máxima en la Eucaristía, a la que está íntimamente unido el matrimonio cristiano. El Concilio Vaticano II ha querido poner de relieve la especial relación existente entre la Eucaristía y el matrimonio, pidiendo que habitualmente éste se celebre «dentro de la Misa». Volver a encontrar y profundizar tal relación es del todo necesario, si se quiere comprender y vivir con mayor intensidad la gracia y las responsabilidades del matrimonio y de la familia cristiana.

La Eucaristía es la fuente misma del matrimonio cristiano. En efecto, el sacrificio eucarístico representa la alianza de amor de Cristo con la Iglesia, en cuanto sellada con la sangre de la cruz. Y en este sacrificio de la Nueva y Eterna Alianza los cónyuges cristianos encuentran la raíz de la que brota, que configura interiormente y vivifica desde dentro, su alianza conyugal. En cuanto representación del sacrificio de amor de Cristo por su Iglesia, la Eucaristía es manantial de caridad. Y en el don eucarístico de la caridad la familia cristiana halla el fundamento y el alma de su «comunión» y de su «misión», ya que el Pan eucarístico hace de los diversos miembros de la comunidad familiar un único cuerpo, revelación y participación de la más amplia unidad de la Iglesia; además, la participación en el Cuerpo «entregado» y en la Sangre «derramada» de Cristo se hace fuente inagotable del dinamismo misionero y apostólico de la familia cristiana.
 

El sacramento de la conversión y reconciliación

58. Parte esencial y permanente del cometido de santificación de la familia cristiana es la acogida de la llamada evangélica a la conversión, dirigida a todos los cristianos que no siempre permanecen fieles a la «novedad» del bautismo que los ha hecho «santos». Tampoco la familia es siempre coherente con la ley de la gracia y de la santidad bautismal, proclamada nuevamente en el sacramento del matrimonio.

El arrepentimiento y perdón mutuo dentro de la familia cristiana que tanta parte tienen en la vida cotidiana, hallan su momento sacramental específico en la Penitencia cristiana. Respecto de los cónyuges cristianos, así escribía Pablo VI en la encíclica Humanae vitae: «Y si el pecado les sorprendiese todavía, no se desanimen, sino que recurran con humilde perseverancia a la misericordia de Dios, que se concede en el Sacramento de la Penitencia».

La celebración de este sacramento adquiere un significado particular para la vida familiar. En efecto, mientras mediante la fe descubren cómo el pecado contradice no sólo la alianza con Dios, sino también la alianza de los cónyuges y la comunión de la familia, los esposos y todos los miembros de la familia son alentados al encuentro con Dios «rico en misericordia», el cual, infundiendo su amor más fuerte que el pecado, reconstruye y perfecciona la alianza conyugal y la comunión familiar.

La plegaria familiar

59. La Iglesia ora por la familia cristiana y la educa para que viva en generosa coherencia con el don y el cometido sacerdotal recibidos de Cristo Sumo Sacerdote. En realidad, el sacerdocio bautismal de los fieles, vivido en el matrimonio-sacramento, constituye para los cónyuges y para la familia el fundamento de una vocación y de una misión sacerdotal, mediante la cual su misma existencia cotidiana se transforma en «sacrificio espiritual aceptable a Dios por Jesucristo». Esto sucede no sólo con la celebración de la Eucaristía y de los otros sacramentos o con la ofrenda de sí mismos para gloria de Dios, sino también con la vida de oración, con el diálogo suplicante dirigido al Padre por medio de Jesucristo en el Espíritu Santo.

La plegaria familiar tiene características propias. Es una oración hecha en común, marido y mujer juntos, padres e hijos juntos. La comunión en la plegaria es a la vez fruto y exigencia de esa comunión que deriva de los sacramentos del bautismo y del matrimonio. A los miembros de la familia cristiana pueden aplicarse de modo particular las palabras con las cuales el Señor Jesús promete su presencia: «Os digo en verdad que si dos de vosotros conviniéreis sobre la tierra en pedir cualquier cosa, os lo otorgará mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

Esta plegaria tiene como contenido original la misma vida de familia que en las diversas circunstancias es interpretada como vocación de Dios y es actuada como respuesta filial a su llamada: alegrías y dolores, esperanzas y tristezas, nacimientos y cumpleaños, aniversarios de la boda de los padres, partidas, alejamientos y regresos, elecciones importantes y decisivas, muerte de personas queridas, etc., señalan la intervención del amor de Dios en la historia de la familia, como deben también señalar el momento favorable de acción de gracias, de imploración, de abandono confiado de la familia al Padre común que está en los cielos. Además, la dignidad y responsabilidades de la familia cristiana en cuanto Iglesia doméstica solamente pueden ser vividas con la ayuda incesante de Dios, que será concedida sin falta a cuantos la pidan con humildad y confianza en la oración.

Maestros de oración

60. En virtud de su dignidad y misión, los padres cristianos tienen el deber específico de educar a sus hijos en la plegaria, de introducirlos progresivamente al descubrimiento del misterio de Dios y del coloquio personal con Él: «Sobre todo en la familia cristiana, enriquecida con la gracia y los deberes del sacramento del matrimonio, importa que los hijos aprendan desde los primeros años a conocer y a adorar a Dios y a amar al prójimo según la fe recibida en el bautismo».

Elemento fundamental e insustituible de la educación a la oración es el ejemplo concreto, el testimonio vivo de los padres; sólo orando junto con sus hijos, el padre y la madre, mientras ejercen su propio sacerdocio real, calan profundamente en el corazón de sus hijos, dejando huellas que los posteriores acontecimientos de la vida no lograrán borrar. Escuchemos de nuevo la llamada que Pablo VI ha dirigido a las madres y a los padres: «Madres, ¿enseñáis a vuestros niños las oraciones del cristiano? ¿Preparáis, de acuerdo con los sacerdotes, a vuestros hijos para los sacramentos de la primera edad: confesión, comunión, confirmación? ¿Los acostumbráis, si están enfermos, a pensar en Cristo que sufre? ¿A invocar la ayuda de la Virgen y de los santos? ¿Rezáis el rosario en familia? Y vosotros, padres, ¿sabéis rezar con vuestros hijos, con toda la comunidad doméstica, al menos alguna vez? Vuestro ejemplo, en la rectitud del pensamiento y de la acción, apoyado por alguna oración común vale una lección de vida, vale un acto de culto de un mérito singular; lleváis de este modo la paz al interior de los muros domésticos: "Pax huic domui". Recordad: así edificáis la Iglesia».

Plegaria litúrgica y privada

61. Hay una relación profunda y vital entre la oración de la Iglesia y la de cada uno de los fieles, como ha confirmado claramente el Concilio Vaticano II.(153) Una finalidad importante de la plegaria de la Iglesia doméstica es la de constituir para los hijos la introducción natural a la oración litúrgica propia de toda la Iglesia, en el sentido de preparar a ella y de extenderla al ámbito de la vida personal, familiar y social. De aquí deriva la necesidad de una progresiva participación de todos los miembros de la familia cristiana en la Eucaristía, sobre todo los domingos y días festivos, y en los otros sacramentos, de modo particular en los de la iniciación cristiana de los hijos. Las directrices conciliares han abierto una nueva posibilidad a la familia cristiana, que ha sido colocada entre los grupos a los que se recomienda la celebración comunitaria del Oficio divino. Pondrán asimismo cuidado las familias cristianas en celebrar, incluso en casa y de manera adecuada a sus miembros, los tiempos y festividades del año litúrgico.

Para preparar y prolongar en casa el culto celebrado en la iglesia, la familia cristiana recurre a la oración privada, que presenta gran variedad de formas. Esta variedad, mientras testimonia la riqueza extraordinaria con la que el Espíritu anima la plegaria cristiana, se adapta a las diversas exigencias y situaciones de vida de quien recurre al Señor. Además de las oraciones de la mañana y de la noche, hay que recomendar explícitamente —siguiendo también las indicaciones de los Padres Sinodales— la lectura y meditación de la Palabra de Dios, la preparación a los sacramentos, la devoción y consagración al Corazón de Jesús, las varias formas de culto a la Virgen Santísima, la bendición de la mesa, las expresiones de la religiosidad popular.

Dentro del respeto debido a la libertad de los hijos de Dios, la Iglesia ha propuesto y continúa proponiendo a los fieles algunas prácticas de piedad en las que pone una particular solicitud e insistencia. Entre éstas es de recordar el rezo del rosario: «Y ahora, en continuidad de intención con nuestros Predecesores, queremos recomendar vivamente el rezo del santo Rosario en familia .... no cabe duda de que el Rosario a la Santísima Virgen debe ser considerado como una de las más excelentes y eficaces oraciones comunes que la familia cristiana está invitada a rezar. Nos queremos pensar y deseamos vivamente que cuando un encuentro familiar se convierta en tiempo de oración, el Rosario sea su expresión frecuente y preferida». Así la auténtica devoción mariana, que se expresa en la unión sincera y en el generoso seguimiento de las actitudes espirituales de la Virgen Santísima, constituye un medio privilegiado para alimentar la comunión de amor de la familia y para desarrollar la espiritualidad conyugal y familiar. Ella, la Madre de Cristo y de la Iglesia, es en efecto y de manera especial la Madre de las familias cristianas, de las Iglesias domésticas.

 

Plegaria y vida

62. No hay que olvidar nunca que la oración es parte constitutiva y esencial de la vida cristiana considerada en su integridad y profundidad. Más aún, pertenece a nuestra misma «humanidad» y es «la primera expresión de la verdad interior del hombre, la primera condición de la auténtica libertad del espíritu».(156)

Por ello la plegaria no es una evasión que desvía del compromiso cotidiano, sino que constituye el empuje más fuerte para que la familia cristiana asuma y ponga en práctica plenamente sus responsabilidades como célula primera y fundamental de la sociedad humana. En ese sentido, la efectiva participación en la vida y misión de la Iglesia en el mundo es proporcional a la fidelidad e intensidad de la oración con la que la familia cristiana se una a la Vid fecunda, que es Cristo.

De la unión vital con Cristo, alimentada por la liturgia, de la ofrenda de sí mismo y de la oración deriva también la fecundidad de la familia cristiana en su servicio específico de promoción humana, que no puede menos de llevar a la transformación del mundo.

 

6. LEAMOS LA BIBLIA CON LA IGLESIA

Lunes: I. Hebreos 1, 1-6     II. 1 Samuel 1, 1-8                      Marcos 1, 14-20

Martes:   I. Hebreos 2, 5-12  II. 1 Samuel 1, 9-20                  Marcos 1, 21-28

Miércoles I. Hebreos 2, 14-18   II. 1  Samuel 3, 1-10. 19-20      Marcos 1, 29-39

Jueves:   I. Hebreos 3, 7-14     II. 1 Samuel 4, 1-11               Marcos 1, 40-45

Viernes   I. Hebreos 4, 1-5. 11   II. 1 Samuel 8, 4-7. 10-22 a     Marcos 2, 1-12

Sábado   I. Hebreos 4, 12-16    II. 1 Sam 9, 1. 4. 17-19; 10,1a  Marcos 2, 13-17

Nota: con el domingo de hoy comienza la serie de los domingos del Tiempo Ordinario. Será interrumpida por el tiempo de Cuaresma y de Pascua (1. Domingo de Pascua hasta la fiesta de la Santísima Trinidad) para continuar hasta la fiesta de Cristo Rey como último domingo del año litúrgico).
 

7. ORACIONES

7. 1  Magnificat

(Este cántico de la Virgen María lo rezan los sacerdotes y todos los que participan de la Liturgia de las Horas, la oración oficial de la Iglesia, en las vísperas, la oración de la tarde de cada día).
 

Proclama mi alma la grandeza del Señor

se alegran mi espíritu en Dios mi Salvador.

Porque ha mirado la pequeñez de su esclava

desde ahora me felicitarán todas las generaciones

porque el poderoso hecho obras grandes en mi.

Su nombre es Santo

y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.

El hace proezas con su brazo,

dispersa a los soberbios te corazón,

derriba a los poderosos, y enaltece a los humildes.

A los hambrientos los colma de bienes

y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel su siervo,

acordándose de su misericordia

-como había prometido a nuestros padres-

en favor de Abrahán su descendencia por siempre.

Gloria al Padre y al Hijo...

7. 2 Benedictus

(Este cántico de Zacarías lo reza la Iglesia cada mañana en los laudes, la oración de la mañana de la Liturgia de las Horas).
 

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,

porque ha visitado y redimido a su pueblo,

suscitándonos una fuerza de salvación

en la casa de David su siervo,

según había prometido ante este antiguo

por boca de sus santos profetas.

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos

y de la mano de todos los que nos odian;

ha realizado así la misericordia que tuvo con nuestros padres,

recordando su santa alianza

y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán.

Para concedernos que, libres de temor,

arrancados de la mano de los enemigos,

les sirvamos con santidad y justicia

en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,

porque irás delante del Señor

a preparar sus caminos,

anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios

nos visitará el sol que nace de lo alto,

para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte,

para guiar nue, y al Hijo...

estros pasos por el camino de la paz.

Gloria al Padre...




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