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Domingo 4 Tiempo Ordinario A - Bienaventuranzas: Iglesia del Hogar, en Familia, como Iglesia doméstica, preparamos la Acogida de la Palabra de Dios durante la celebración de la Misa dominical

 

Recursos adicionales para la preparación

 

Ocho días para insertar las Bienaventuranzas en nuestra Vida y/o Familia

 

Índice
1. Introducción a la Palabra

2. Reflexionemos
    2. 1 Los Padres

    2. 2 Con los hijos

3. En relación con la Santa Misa

4. Vivir el Domingo en familia

5. Nos habla la Iglesia

6. Leamos cada día la Biblia con la Iglesia

7. Oraciones

8. Nuestro ejemplo: los santos.

 

 

La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

Para ser más felices" Curso con y sobre las Bienaventuranzas"

 

1. Introducción a la Palabra

1. 1 Primera Lectura: Sofonías 2, 3; 3, 12 -13

En nuestros días se resalta como uno de los logros más grandes de la humanidad el poder vivir en libertad, es decir, poder seguir los propios proyectos y desarrollar así la propia personalidad. Al subrayar así la libertad personal puede parecer como algo retrógrado el hablar de la obediencia. Parece una paradoja decir: el que sabe obedecer es realmente libre.

Por supuesto, estamos de acuerdo que debe haber obediencia de los niños para con sus padres. También estamos de acuerdo que hay que obedecer a la ley porque sin ello no habría posibilidad de convivir en orden y armonía. Pero también conocemos una especie de obediencia interesada, es decir, obedecer cuando es útil para uno y solamente cuando es útil. Otra obediencia que conocemos que se presta cuando la autoridad es tan grande (sea porque es un científico eminente que sabe lo que dice, sea que tenga poder para hacerme daño) que sería tonto de mi parte que no obedecer.

Dios tiene preparado para cada uno de nosotros un designio de amor, de paz y de perdón. Su Providencia amorosa quiere guiarte por el camino de la verdadera felicidad. Bien sabemos que cuando nos alejamos de su voluntad que estamos yendo hacia la muerte espiritual. Por eso, caminar en continua escucha de la voluntad de Dios le permite obedecer y  realizar así en libertad mi destino de hijo de Dios. Por eso está usted ahora leyendo esto porque desea conocer cuál es la voluntad de Dios sobre su vida, cómo ser felices en verdad, y como hacer felices a los que amamos

Dios es amor, Dios se ha revelado, ha revelado sus designios de amor y sigue revelándolos. Nos habla a través de su Palabra, a través de la Iglesia, a través de la conciencia, a través de los acontecimientos de la vida, a través de las personas que nos rodean. Así podemos comprender, por ejemplo, que San Pablo cuando habla de los esposos, les dice que se estén sometidos mutuamente. Yo soy libre para ser feliz, para escoger lo que es para mí la verdadera felicidad. Por eso acepto la voluntad de Dios aunque muchas veces no comprenda a donde me está llevando. Obediencia así es en realidad una respuesta de amor a Dios que me ama. Esto significa que necesito ser humilde porque el soberbio no escucha a los demás. Esto significa que tengo que buscar la moderación. Esto significa que tengo que obedecer los mandamientos de Dios.

Sin embargo, frecuentemente descubrimos que nuestros buenos propósitos se evaporan en el pecado y en la debilidad humana. Dios tendrá que intervenir y ayudarme para superar mi rebeldía ni soberbia.

1. 2 Segunda Lectura: 1. Carta de San Pablo a los Corintios 1, 26 -31

Es muy difícil encontrar algo más desesperante que un terco que por soberbia o por creer que sabe todo no escucha a los demás. Éste ni siquiera escuchará a Dios porque tiene su vida planeada y sus metas fijadas con el camino trazado. A este Dios no le pueden dar nada. Y esta es la gran tragedia: nuestra libertad, nuestra soberbia nos lleva a alejarnos de Dios y de la verdad que nos haría libres. Porque Dios respeta tu libertad, no le queda otra cosa que dejarte ir a la muerte si así lo quieres. Estamos hablando de la muerte espiritual. Con todo, sembrará en tu camino muchos signos de invitación para que vuelvas pero eres tú que obedece o desobedece.

¿Qué es lo que sucede luego? Los que acogen el amor de Dios son los pobres, los necios de este mundo porque éstos no tienen pretensiones. Ellos no tienen nada de qué sentirse orgullosos. Ellos están abiertos a Dios. Ellos escuchan. Y los que son como ellos ponen su confianza en Dios. Ellos obedecen.

Nadie le puede robar la gloria a Dios. Si eres cristiano y Dios te ha regalado el vivir la fe, ten presente que esto es un regalo de Dios porque no eres tú quien te justifica ante Dios sino es Jesucristo quien te lleva, te conduce, te perdona y te ama.

Tanto la primera lectura como ésta te invitan a escuchar a Dios, a descubrir qué es lo que Dios quiere de ti, a estar atento a lo que el Señor te está diciendo cada día. Aunque aparezca el mensaje de Dios en medio de problemas, sufrimientos y oscuridades, siempre es un mensaje de amor y de salvación. Siempre es una invitación de estar con Él.

1. 3 Evangelio: San Mateo 5, 1 -12

Le sugerimos que con anticipación haga un experimento excepcional. ¿En qué consiste? Antes de reflexionar con la familia, cuando tenga una media hora sin interrupciones, siéntase en un lugar tranquilo y le ha los capítulos 5, 6 y 7 de San Mateo. Esta lectura dejará una impresión imborrable en su corazón porque primero estará contemplando las bienaventuranzas pero luego continúa Jesús reseñando las diversas aplicaciones de las bienaventuranzas a la vida diaria. Al comienzo de va a gustar porque ¿quien no quiere ser bienaventurado (feliz, dichoso)? Pero luego se va a horrorizar porque va a descubrir 1) que usted no es cristiano, ni de lejos, 2) que nunca podrá cumplir lo que manda Jesús en estas aplicaciones, 3) se le presentará la tentación de decir en su interior que estas son cosas para los ángeles, los santos y las religiosas pero no para la gente "normal" y con normal queremos decir la gente pecadora, resentida, lujuriosa, soberbia, a vara y tacaña como somos nosotros.

Un joven recibió de su padre el encargo de arreglar la cerca de la casa. Comenzó la labor con entusiasmo y rechazó la oferta del ofrecimiento de su progenitor de ayudarle en las cosas difíciles. Llega el momento cuando debe completar la labor con unos alambres especiales que deben ser doblados con precisión para dar así consistencia a toda la cerca. El joven trabaja, ensaya, intenta y no logra nada. Después de días de esfuerzo infructuoso, su orgullo no le permitía hablar antes, le pide a su padre que venga en su ayuda. Éste ya tiene todas las herramientas especiales preparadas y, aplicando los consejos del padre y utilizando las herramientas especiales, el joven culmina con asombrosa facilidad un trabajo que será la admiración de toda la gente que pasa cerca de la casa. Nosotros hace tiempo sabemos que no podemos, ¿verdad?, vivir lo que significan las bienaventuranzas. Deja que te ayude Dios y podrás amar, perdonar, ser puro del corazón, se misericordioso, etc. Seguramente en tu parroquia se reúnen personas "normales" que quieren ser cristianos que no es otra cosa que tratar de vivir las bienaventuranzas. Únete a ellas porque en comunidad es mucho más fácil crecer en la fe y en santidad que a solas

 

 

2. REFLEXIONEMOS

2. 1 Los Padres

Todos llevamos en el rincón más recóndito de nuestro corazón el anhelo de una vida sana, santa, lúcida y límpida. Quisiéramos poder vivir sin herir a los demás y sin ser heridos. Quisiéramos experimentar en cada momento de nuestra vida tiene un sentido maravilloso. Quisiéramos que cada acontecimiento del día y de la noche fuera una bendición para nosotros y para los demás

Las bienaventuranzas prometen todo esto. No miento. El Señor te promete una vida feliz, sana, llena de amor y misericordia para contigo y los tuyos. Te promete una vida donde cada momento tiene un sentido profundo. Tú me dirás: Lo que veo son exigencias que se me ponen: Ama, haz esto, comparte aquello y realiza lo demás allá. Quisiéramos exclamar como Lutero en presencia de la gente más importante de sus días: "Aquí estoy y no puedo cambiar".

Por eso hemos sugerido en la introducción al Evangelio que te pongas a leer lentamente las bienaventuranzas y sus aplicaciones concretas como están escritas en los capítulos 5, 6 y 7, y como consecuencia experimentarás todo lo que mencionamos anteriormente. Es que no estás mirando lo que Dios ha manifestado. Sólo miras tu propio yo frágil y débil. Lo que necesitas es aprender a escuchar, a obedecer. Si tienes confianza en el amor de Dios entonces sucederá algún milagro: la Palabra de Dios que es eficaz, comenzará a cambiar tu corazón y a capacitarlo para que puedas amar de verdad. Pero para ello es necesario que escuches, que seas obediente a la voz de Dios que cada día te abre la posibilidad de contemplar lo por los acontecimientos del día, por la conciencia, por las personas que te rodean, en el momento de la oración y cuando lees la Biblia. (Más eficaz aún es la Palabra cuando se proclama en la asamblea de los fieles). Precisamente porque Dios te ama por eso te habla continuamente al oído y al corazón y sólo necesitas escuchar. Si no te das cuenta es que estas sordo y necesitas pedir a Dios que te abra el oído del corazón; si no te das cuenta de la presencia de Dios es que eres ciego y no ves cómo Dios está obrando cada día en tu vida. Necesitas pedir a Dios que te abra los ojos de cara a su presencia amorosa en cada momento de tu vida.

El nieto de un rabino jugaba a los escondites con su amiguito. Se escondía bien y se alegraba que el otro no lo hallara. Después de un tiempo largo salió de su escondite sólo para darse cuenta que su amiguito hace tiempo se había ido a su casa. Llorando fue donde el abuelo y le dijo: "Abuelo, no me ha buscado". Y se sorprendió cuando a su vez el abuelo, un hombre santo, prorrumpió en llanto y exclamó: "esto  nos dice Dios todos los días: me escondo pero ustedes no me buscan".

Dios se esconde en tu Iglesia, en tu comunidad parroquial, en las personas que te rodean, en su Palabra, en los acontecimientos de tu vida, y espera que lo busques para revelarse a ti con su poder y su misericordia. ¿Tú, qué haces? Sufres, te quejas, vives la rutina, te aburres y todo el tiempo Dios te está acechando, te pone el sufrimiento, te pone la rutina y el aburrimiento para que también hoy lo encuentres. ¿Pero cómo aprender a encontrarlo?

Por supuesto, puedes pedírselo en la oración. Mi experiencia es que esto a solas es muy difícil.  Necesitamos a los demás, necesitamos la comunidad, necesitamos la Iglesia para que nos guíen por el camino verdadero anda. Busca una comunidad que está en búsqueda de Dios y encontrarás a Dios. Yo lo encontré así porque Dios está a la vuelta de la esquina de la comunidad y de tu vida. Ciertamente es necesaria la oración diaria.

2. 2 Con los hijos

El Anacoreta Nicetas contaba que dos monjes compartían el deseo de habitar juntos. El primero pensaba: "Si mi hermano desea algo, yo lo haré". Y el segundo pensaba: "Haré la voluntad de mi hermano monje". Y, en efecto, así vivieron muchos años en gran caridad. Viendo esto el demonio trató de separar los y, colocándose en la entrada de la celda, se presentó ante uno con la apariencia de una paloma y ante el otro con la de un cuervo. El primero dijo: "¿Ves esta pequeña paloma?" Y el otro dijo: "Es un cuervo". Y comenzaron a discutir y a contradecirse hasta que, finalmente, se agredieron a golpes hasta sacar sangre, para gran alegría del enemigo. Después se separaron. Pero al cabo de tres días dieron marcha atrás. Volviendo cada uno en si mismo y haciendo penitencia, examinaron lo que ellos creían haber visto en el pájaro: reconocieron que todo había sido una artimaña del enemigo. Éste conocimiento les permitió vivir sin separarse hasta el final de sus días.

Es así como comienzan muchas discusiones en muchos pleitos en el hogar. Cada uno ve algo distinto y quiere tener la razón. Uno se siente en esta silla y esto le parece al otro que le están quitando algo y por eso quiere hacerlo cambiar de asiento. Y comenzó el pleito. Cada uno ve su cosa y crea que solamente así sólo se puede vivir. Luego, pensándolo tranquilamente, se da cuenta que no tiene importancia. ¿Cómo superar la astucia del maligno?

La solución nos la da Jesús por medio de las bienaventuranzas: trabajar por la paz, tener hambre y sed de justicia, alegrarse cuando uno sufre desventaja o insulto porque quiere ser cristiano. San Pablo lo expresa así: Estense sometidos los unos a los otros. ¿Qué quiere decir esto? Quiere decir ante todo escuchar al otro, pensar en lo que necesita al otro, pensar en lo que dice. Escuchar cuando me pide algo y hacerle el favor con gusto. Estar sometido al otro es una competencia sagrada para que el otro sea el primero. Es hacer favores sin que me los pidan.

¿Es muy difícil? No lo es tanto cuando nos dejamos ayudar por Jesús. Cuando le pedimos que llenen nuestro corazón de amor, entonces podremos amar. Hasta que será fácil. ¿Por qué no se lo pedimos ahora?

  

3. En relación con la Santa Misa

Precisamente en la celebración eucarística Jesús renueva su Misterio Pascual, viniendo al encuentro de los que somos débiles, pecadores, que nos encontramos en la lucha de todos los días para no dejarnos convencer por las voces insidiosas del mundo, que nos sugieren el mal porque "todo el mundo lo hace", porque es más fácil, porque no llamaremos la atención. Jesús nos viene al encuentro con su palabra y con su eucaristía para fortalecernos en ese combate diario. Es como si nos dijera: "No temas, yo estoy contigo, yo he vencido al mundo". Esto no significa que las cosas serán fáciles. No se trata de apretar un botón y todo está listo. Jesús respeta nuestra libertad y junto con nosotros está obrando y animándonos en ese proceso diario de crecimiento en la fe, la esperanza y la caridad.

 

4. Vivencia familiar

Si se animan pueden entre todos realizar un curso sobre las Bienaventuranzas que podríamos titular: "Para ser más felices" (vea una propuesta del curso). Cada día nos concentraremos en una de las bienaventuranzas y trataremos, con la gracia y la ayuda de Dios, llevarla a la práctica en ese día. Sería muy provechoso de tener un momento cada noche para compartir como nos fue. Descubriremos cómo la misma bienaventuranza tiene una aplicación muy variada.
 

Domingo: "Bienaventurados los pobres en el espíritu porque de ellos es el reino de los cielos" (Mateo 5, 3).

"Pobres en el espíritu" - algunos traducen "los que tienen espíritu de pobre" -, en el fondo significa ser pobres ante Dios. Si le hacemos caso a la raíz griega entonces podríamos traducir la bienaventuranza también con "merecen ser felicitados los que tienen espíritu de mendigo". No significa ser indigente. Es una cosa totalmente distinta. Quien sabe que es pobre ante Dios éste ha descubierto la grandeza y la infinita generosidad de Dios. En nuestros tiempos más que nunca podemos reconocer la grandeza de Dios cuando, por ejemplo, contemplamos el espacio sideral donde aparecen cada vez más nuevos mundos, o cuando contemplamos el microcosmos y vemos como la naturaleza hasta en las realidades más diminutas goza de una armonía maravillosa.

La corona de la creación es el hombre que tiene la capacidad de investigar todas las leyes que Dios ha insertado en ella. Dios es el creador de quien todo viene. Si contemplamos al hombre con los ojos de Dios entonces vemos que le ha dado a cada uno diversos talentos. Esto es un regalo de Dios por eso el hombre no puede estar orgulloso de sus talentos y ufanarse y creerse más. “Pues ¿quién es el que te distingue? ¿Qué tienes que no lo hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿a qué gloriarte cual si no lo hubieras recibido?” (1 Cor 4, 7)

¿Por qué o, mejor dicho, para qué recibimos los talentos? Cada uno tiene que utilizar su talento o sus talentos para servir a los demás. Quien tenga más talentos debe –en comparación con aquel que sólo tiene uno– utilizarlos todos para que sean un provecho para el prójimo. Por supuesto, no puedo decir: yo sólo tengo un talento y entonces no puedo contribuir mucho porque este comportamiento debilita los demás y porque no aplico totalmente todas mis fuerzas que Dios me ha dado. Del otro lado nadie puede mirar con envidia u odio a aquel a quien Dios ha dado muchos talentos.

Una persona con talentos y sirviendo a los demás, una persona que sabe que sus talentos los ha recibido gratuitamente de parte de Dios y no se ufana ni en pensamientos, esta persona sabe que es "mendigo ante Dios". Jesús previene a los que se ufanan de  ser justos según sus obras: "¡Ay de ustedes hipócritas, que pagan el diezmo de la menta, del aneto y del comino, y descuidan lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fe! Esto es lo que había que practicar, aunque sin descuidar aquello". No se trata de cumplir los 613 preceptos y prohibiciones que solían enseñar los escribas y luego ufanarse: "Ayuno dos veces a la semana y doy el diezmo de todo" (Lucas 18, 12). Jesús nos dice: "cuando  han cumplido con todo lo que les ha sido mandado digan: somos siervos inútiles, no hicimos nada más que lo debido" (Lucas 17, 10). Significa que una persona que es famosa por sus talentos pero sabe que todos sus talentos los ha recibido de Dios, esa tiene "espíritu de pobre" porque sus manos estaban vacías y Dios las ha llenado.

Con mayor razón deben cuidarse las personas que se creen importantes porque tienen algo más que los demás. Escuchemos a San Gregorio Magno (Moralia, 30): "Es ciertamente un yugo áspero y una dura sumisión el estar sometido a las cosas temporales, el ambicionar las terrenales, el retener las que mueren, el querer estar siempre en lo que es inestable, el apetecer lo que es pasajero y el no querer pasar con lo que pasa. Porque mientras desaparecen, a pesar de nuestros deseos, todas estas cosas que por la ansiedad de poseerlas afligían nuestra alma, nos atormentan después por miedo de perderlas". Unos se hace esclavo.

¡Qué hermosa sería la vida cuando nadie se ufana sino tiene la conciencia de lo que enseña Jesús: "El más grande entre ustedes sea el servidor de todos" (Mateo 23, 11). Tener espíritu de pobre significa conocer la propia debilidad de cara a la maravillosa grandeza de Dios y saber al mismo tiempo que todo viene de él. Para estos vale la promesa de Jesús: "Bienaventurados los pobres en el espíritu porque de ellos es el reino de los cielos".

¡Que el Señor por medio de su Espíritu nos ayude a reconocer todos sus regalos en nuestra vida!

 

Lunes: Dichosos los mansos, porque ellos heredarán la tierra.  (Mt 5, 5).

En primera instancia se condena toda aplicación de violencia. Sin embargo, como hemos visto ya en la bienaventuranza anterior, el Señor quiere curar primero nuestro corazón porque quiere que seamos felices. Basta con fijarse en otra palabra de Jesús ya nos daremos cuenta de lo qué está hablando: "Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas" (Mt 11:29).

Especialmente de cara a esa palabra se presente la tentación de decir: "Yo no soy Cristo". Por tanto, es necesario recordar cómo actúa Dios en nuestro ser. Desde el bautismo, como bien sabemos, nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo (1 Cor 16, 19). El Espíritu Santo  da testimonio de que somos hijos de Dios  (Rm 8, 16) y que obra en nosotros (Rm 8, 26). Y estamos llamados a reproducir en nosotros la imagen de Jesucristo; a los que llamó los justificó y los glorificó (cfr. Rm 8, 29 -30). Quiere decir que Dios en su amor y con su gracia está presente y obra en nosotros por medio del Espíritu Santo. ¿Entonces por qué no somos perfectos? Es que Dios tiene un profundo respeto a nuestra libertad. Nunca nos obligará y nos forzará a hacer algo. Y de su parte él ha hecho todo lo necesario: ha creado el universo, al entrar los hombres en el pecado ha hecho una historia de salvación y en la plenitud de los tiempos ha enviado a su único Hijo para que se haga hombre cargue con los pecados de todos los hombres. Los estrelló en la Cruz en su muerte. Y Dios lo ha resucitado para que tengamos en él vida eterna. Ha instituido la Iglesia para que no se enseñe a conocer y amarlo y ser felices así. Nos regala su palabra para enseñarnos en la fuerza de esta palabra que podamos hacer su voluntad. Porque solamente así seremos felices. Nos regala los sacramentos, nos habla en nuestra historia por los acontecimientos donde está presente en cada momento. También nos habla por medio de la voz de nuestra conciencia. Podríamos continuar enumerando las cosas que Dios hace o quiere hacer contigo.

Todo lo anterior desaparece en la nada cuando nosotros decidimos que no. Y el "no" más contundente a Dios es el pecado. Pero hasta en esto nos quiere ayudar, porque nadie es probado encima de sus fuerzas (cfr. 1 Cor 10, 13). Dios quiere actuar a través tuyo, amar a través tuyo. Y esto se logra a través de un proceso permanente que nunca se acaba porque siempre necesitamos aprender a obedecer a Dios. Así que no vale decir: "Yo no soy Jesucristo". Sí, lo eres, está en ti. ¿Recuerdas otra palabra de Jesús?: "Lo que han hecho al menor de mis hermanos, lo han hecho a mi" (Mt 25, 40). Está también en el otro.

Dejemos nuevamente que los santos y los sabios nos expliquen esta bienaventuranza. ¿Basta con ser sencillo y al alejarse del mal? Escucha lo que dice San Ambrosio: Cuando me contentase con la simplicidad y me alejase del mal, me quedaría aún el moderar mis costumbres. ¿De qué me aprovecharía carecer de los bienes de la tierra si no fuese manso? Por eso, Jesús con todo acierto continúa: "Bienaventurados los mansos" (cfr. San Ambrosio, in Lucam, 5,54). Pero, ¿cómo son los mansos? Nada menos que San Agustín nos contesta: Mansos son aquellos que ceden a las exigencias injustas, no resisten el mal y vencen las malas acciones con las buenas (San Agustín, de sermone Domini, 1,2). Nos ayuda también San Ambrosio: Calma tu afecto para que no te enojes, y si alguna vez te alteras, no peques. Es muy laudable el moderar la alteración con la reflexión y no es una virtud menor dominar la ira que nunca airarse; porque cuando comúnmente esto es más manejable, lo otro es más valorado (San Ambrosio, in Lucam 5,54).También nos ayuda a entender mejor la bienaventuranza lo que dice San Agustín: Pelean los que no son mansos y se disputan las cosas temporales, pero siempre serán bienaventurados los humildes, porque ellos heredarán una tierra de donde nadie los podrá arrojar. Aquella tierra de la que se dice en el salmo: "Mi riqueza está en la tierra de los vivos" (Sal 140, 6). Esto significa cierta estabilidad de la eterna herencia, donde el alma descansa por el buen afecto como en su propio lugar. Así como el cuerpo descansa en la tierra y de allí saca su alimento, la misma herencia eterna es el descanso y la vida de los santos (San Agustín, de sermone Domini, 1,2).

Vamos ahora a tratar de entender lo que significa eso de heredar la tierra.  San Hilario nos presenta una maravillosa explicación: El Señor ofrece a los mansos la posesión de la tierra, esto es, de su cuerpo, aquel que Él mismo tomó. Y como por la mansedumbre de nuestro corazón habita Jesucristo en nosotros, cuando esto sucede, también quedamos adornados con la gloria de su cuerpo (San Hilario, in Matthaeum, 4).

Se puede decir en resumen: Los mansos, que se poseyeron a sí mismos, poseerán la herencia del Padre en la vida futura. Y más es poseer que tener, puesto que muchas cosas que tenemos las perdemos al instante.

¡Que el Señor nos ayude hoy a ser mansos y humildes de corazón!

 

Martes: Bienaventurados los que lloran porque serán consolados (Mt 5, 5).

Esto no significa que hemos de quejarnos continuamente para que nos consuelen. Sin embargo, toda persona experimentará siempre de nuevo momentos cuando el sufrimiento es muy grande, cuando se encuentra desconsolada. Pero también es cierto que existen personas que engrandecen su sufrimiento y hasta disfrutan de ello. No estamos hablando de eso. El sufrimiento penetra en la profundidad del corazón y no sabemos más que hacer. Parece que no hay solución. Pero aunque uno se ve obligado a decir: "Ya no puedo más", hasta en este momento deberíamos tener la valentía de confesar esto ante Dios. A veces también tenemos que decirle al otro con toda tranquilidad: "Tu me haces sufrir con tu comportamiento, me estás hiriendo". Sin embargo, no giremos alrededor de nosotros mismos. Abramos nuestros ojos para ver el sufrimiento del otro, para ayudarle y decirle una palabra de consuelo. Ahora bien, cuando el sufrimiento es muy profundo, brotan las lágrimas. No tengamos vergüenza de llorar: junto con las lágrimas experimentaremos un alivio.

También de Jesús se cuenta que ha llorado: "Cuando Jesús vio cómo lloraba María y los judíos que habían venido con ella, se conmovió en lo más profundo de su ser… y entonces Jesús lloró… y los judíos hicieron: 'miren, cuánto lo amaba'" (Juan 11, 33. 35. 36).

Justo en el sufrimiento más profundo podemos reconocer la grandeza de Dios porque está muy cercano a las personas y les ayuda como lo vemos en la historia de la resurrección de Lázaro: "Jesús levantó los ojos y dijo: Padre, te doy gracias por qué me has escuchado. Yo sé que tú siempre me escuchas; pero lo he dicho por estos que me rodean, para que crean que tú me has enviado" (Juan XI.41b. 42).

En el apocalipsis nos aseguran: "Dios enjugará todas las lágrimas" (Apc 7, 17; 21.4) solamente a partir de Dios y en seguimiento a Cristo podemos cargar con el sufrimiento, la tristeza.

Sin embargo, los sabios y los santos nos enseñan que estar de luto, que estar llorando debería revestirse de una dimensión más espiritual. Porque los sufrimientos y hasta la pérdida de un ser querido son designios de Dios para nuestra vida y la de ellos. No sucede nada sin que Dios lo permita porque nos ama y hasta de nuestros pecados todavía saca bendición. Por eso San Pablo puede afirmar (Rom 8:28): “Por lo demás, sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman".

¿Qué es lo que nos dicen los sabios y los santos al respecto? Ellos saben que no hay nada más triste y más horroroso que el pecado. Y es el pecador quien realmente debe estar de luto. Dice San Hilario respecto a esta bienaventuranza: "Se llaman los que lloran, no los que se entristecen llorando la orfandad o las afrentas u otros daños, sino los que lloran sus pecados (San Hilario, in Matthaeum, 4). Y los que lloran sus pecados pueden llamarse en realidad bienaventurados, pero a medias. Más bienaventurados son aquellos que lloran los pecados ajenos, tales conviene que sean todos los maestros (Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 9). Por eso, el luto del que se trata aquí no es por los muertos según la ley común de la naturaleza, sino por los que han muerto a causa del pecado y los vicios. Así lloró Samuel a Saúl (1Sam 16), y San Pablo a aquellos que después de sus actos de impureza necesitaban arrepentirse (2Co 12, 21) (San Jerónimo).

Y entonces el consuelo de los que lloran será el luto y los que lloran sus pecados se consolarán cuando obtengan el perdón (Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 9). Pero la cosa no termina ahí: Y aun cuando sea suficiente disfrutar de su perdón, no termina la retribución en el perdón de los pecados, sino que los hace partícipes de muchos consuelos tanto para la vida presente como para la futura (San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 15,3).

 Pienso que no necesitamos hacer un gran esfuerzo para descubrir lo que necesitamos llorar en nuestra propia vida y, por amor a ellos, en la de los demás.

¡Descubramos hoy nuestros pecados y carguemos con el pecado de los demás!
 

 

Miércoles: Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.  (Mt 5, 6).

Sentémonos a los pies de los sabios y de los santos para que nos enseñen y nos ilustren esta bienaventuranza. ¿Por qué tenemos tanto poca hambre de la justicia? Te lo explica San Ambrosio: Después de llorar mis pecados empiezo a tener hambre y sed de justicia. Un enfermo cuando padece mucho no tiene hambre. Por ello sigue: "Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia" (San Ambrosio, in Lucam, 5,56). No nos es suficiente el querer la justicia si no tenemos hambre de justicia. De modo que nunca nos consideremos bastante justificados con este ejemplo, sino que entendamos que siempre debemos tener hambre de las obras de justicia (San Jerónimo).

 Vamos a escuchar también a los demás: Toda obra buena que no hacen los hombres con un fin bueno es desagradable delante de Dios. Tiene hambre de justicia el que desea obrar según la justicia de Dios. Tiene sed de justicia el que desea adquirir su ciencia (Pseudo-Crisóstomo,opus imperfectum in Matthaeum, hom. 9). ¿Concretamente cómo podemos entender esto? Esta bienaventuranza llama a la justicia, ya universal ya particular, contraria a la avaricia. Como más adelante hablará de la misericordia, nos dice antes cómo debemos compadecernos, no del robo ni de la avaricia. En esto, atribuye también a la justicia lo que es propio de la avaricia, a saber, el tener hambre y el tener sed (San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom 15,4).

¿Pero como seremos saciados? (Jesús) ofrece la bienaventuranza a los que tienen hambre y sed de justicia, manifestando que el perfecto conocimiento de Dios es el que constituye la avidez de los santos que no puede saciarse hasta que no habiten en el cielo. Y esto es lo que se expresa con aquellas palabras "porque ellos serán hartos" (San Hilario, in Matthaeum, 4). Con la prodigalidad del premio de Dios, porque siempre son mayores los premios de Dios que los deseos de los santos (Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 9). Serán también saciados en la vida presente de aquella comida de quien dice el Señor: "Mi comida es el hacer la voluntad de mi Padre" (Jn 4, 34), la cual es la justicia, y aquella agua, de la que todo el que bebiere: "se hará en él una fuente de agua que saltará hasta la vida eterna" (Jn 4, 14) (San Agustín, de sermone Domini, 1,2).

¡Tengamos hoy hambre y sed de la justicia de Dios!

 

 

Jueves: Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia (Mt 5,7).

La justicia y la misericordia están tan unidas que la una sostiene a la otra. La justicia sin misericordia es crueldad y la misericordia sin justicia es disipación. Por ello después de la justicia Jesús habla de la misericordia diciendo: "Bienaventurados los misericordiosos".

Vamos a ver qué cosa es ser misericordioso: Se llama misericordioso el que tiene su corazón ocupado por la misericordia porque considera la desgracia de otro como propia y se duele del mal de otro como si fuera suyo (Remigio).Sin embargo tenemos que tener cuidado: Por misericordia se entiende aquí no sólo la que se practica por medio de limosnas, sino la producida por el pecado del hermano, ayudándose así unos a otros a llevar la carga (San Jerónimo).

¿Y que reciben los misericordiosos? Tanto se complace Dios en nuestra bondad para con todos, que ofrece su misericordia sólo a los que son misericordiosos (San Hilario, in Matthaeum, 4). Parece que la recompensa es igual pero en realidad es mucho mayor. La misericordia humana no puede compararse con la misericordia divina (San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 15,4). Con razón, pues, se ofrece la misericordia a los misericordiosos para que reciban más de lo que han merecido. Y así como tiene más el que recibe más de lo que puede saciarle, que aquel que tiene solamente lo necesario para la saciedad, así es mayor la gloria de los misericordiosos que la de los precedentes.

Recordemos que la misericordia es una sensibilidad de corazón, un amor ante los defectos de los demás, una paciencia que espera lo mejor de los demás. Por tanto no es misericordioso el que murmura, justa y condena aunque sea solamente interiormente. Recordemos que rezamos: "… como nosotros perdonamos a los que nos ofenden".

¡A vivir hoy como misericordiosos!

 

Viernes: Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.   (Mt 5, 8).

Con toda oportunidad se coloca en el sexto lugar la limpieza de corazón, porque en el sexto día fue cuando el hombre fue creado a imagen de Dios, la cual se había oscurecido en el hombre por la culpa y se restaura por la gracia en los limpios de corazón. Con razón, pues, esta bienaventuranza se coloca aquí después de las otras, porque si aquéllas no preceden, el corazón limpio no puede subsistir en el hombre. Es así: El que dispensa la misericordia la pierde si no se compadece con un corazón limpio, porque si busca la jactancia pierde todo el fruto. Por ello sigue: "Bienaventurados los limpios de corazón" (San Ambrosio, in Lucam, 5,57).

Pedimos a San Crisóstomo que tengan la bondad de explicar un poco esta bienaventuranza: Aquí Jesús llama limpios a aquellos que poseen una virtud universal y desconocen la malicia alguna, o a aquellos que viven en la templanza o moderación, tan necesaria para poder ver a Dios, según aquella sentencia del Apóstol: "Estad en paz con todos, y tened santidad, sin la cual ninguno verá a Dios" (Heb 12, 14). Dado que muchos se compadecen en verdad, pero haciendo cosas impropias, mostrando que no es suficiente lo primero, a saber, compadecerse, añadió esto de la limpieza (San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 15,4).

Esta bienaventuranza tiene su lógica propia porque como Dios es limpio sólo puede conocerse por el que es limpio de corazón. No puede ser templo de Dios el que no está completamente limpio, y esto es lo que se expresa cuando dice: "Porque ellos verán a Dios" (San Jerónimo).

Ahora vamos a contemplar un poco qué es eso de ver a Dios: El que obra y piensa en todo según la justicia, ve a Dios con su mente, porque la justicia es imagen de Dios. En efecto, Dios es justicia. Debe saberse, por lo tanto, que si alguno se aleja de las malas obras y practica las buenas ve a Dios según esto, poco o mucho, por poco tiempo o para siempre, según la posibilidad humana. En la vida futura, pues, los limpios de corazón verán a Dios cara a cara, no en espejo o enigma como aquí lo ven (Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 9).

¡No se te ocurra pensar que vas a tener visiones porque tienes un corazón limpio!: Son necios todos aquellos que desean ver a Dios con los ojos exteriores, cuando sólo puede verse con el corazón, según está escrito en el libro de la Sabiduría: "Buscadlo por medio de la sencillez del corazón" (Sab_1:1). Lo mismo es corazón sencillo que corazón limpio (San Agustín, de sermone Domini, 1,2). Con el corazón limpio se percibe a Dios en todos los acontecimientos del día.

Mayor premio tendrán éstos que los de las bienaventuranzas anteriores, así como en la corte de un rey están más elevados los que le ven la cara que aquellos que sólo comen de sus tesoros.

Tengamos presente también lo siguiente: El santo cura de Ars afirmó que los pecados más frecuentes eran los pecados contra la castidad, la pureza. Y es verdad que el Internet y también la televisión trae muchísimas veces imágenes indecentes que ofenden el pudor. Especialmente los jóvenes necesitan combatir en este sentido aunque los adultos no están exentos de esta batalla. Pidamos a la Virgen María que nos ayude y nos proteja.

¡Virgen María, con tu ayuda pide le el día de hoy pura y castamente!

 

Sábado: Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los Hijos de Dios. (Mt 5, 9).

También esta bienaventuranza presupone que reinen en nuestro corazón las bienaventuranzas anteriores. Cuando tengas toda tu alma limpia de toda culpa, procura que no nazcan disensiones ni disputas por tu culpa. Empieza por tener paz en ti mismo y así podrás ofrecer la paz a los demás. Y de ahí Jesús prosigue: "Bienaventurados los pacíficos" (San Ambrosio, in Lucam, 5,58).

Que nos expliquen, por favor, esta bienaventuranza. Acude en nuestra ayuda San Agustín: Es la paz la tranquilidad del orden y el orden es la disposición por medio de la cual se concede a cada uno su lugar, según que sean iguales o desiguales. Así como no hay alguno que no quiera alegrarse, tampoco hay ninguno que no quiera tener paz, como sucede cuando aquellos que quieren la guerra no buscan otra cosa que encontrar la gloriosa paz batallando (San Agustín, de civitate Dei, 19, 13). Pero la cosa comienza por dentro: Los pacíficos se llaman bienaventurados, porque primero tienen paz en su corazón y después procuran inculcarla en los hermanos en conflicto. ¿De qué te aprovechará el que otros estén en paz si en tu alma subsisten las guerras de todos los vicios? (San Jerónimo).

Son pacíficos en sí mismos aquéllos que, teniendo en paz todos los movimientos de su alma y sujetos a la razón, tienen dominadas las concupiscencias de la carne y se constituyen en Reino de Dios. En ellos, todas las cosas están tan ordenadas, que lo que hay en el hombre de mejor y más excelente domina a las demás aspiraciones rebeldes, que también tienen los animales. Y esto mismo que se distingue en el hombre (esto es, la inteligencia y la razón) se sujeta a lo superior, que es la misma verdad, el Hijo de Dios. Y no puede mandar a los inferiores quien no está subordinado a los superiores. Esta es la paz que se da en la tierra a los hombres de buena voluntad (San Agustín, de sermone Domini, 1,2).Sigue enseñando San Agustín: Y no puede suceder en esta vida que le acontezca a alguno el que no sienta esa ley de los miembros que se opone en todo a la ley de la inteligencia. Esto es lo que hacen los pacíficos sujetando las concupiscencias de la carne para poder venir alguna vez a conseguir la paz completa (San Agustín, in libro retractationum. 1, 19).

La cosa no es tan sencilla: Se llaman pacíficos para otros, no sólo los que reconcilian los enemigos por medio de la paz sino también aquellos que olvidando las malas acciones aman la paz. Aquella paz es bienaventurada, la que subsiste en el corazón y no solamente en las palabras. Los que aman la paz son los hijos de la paz (Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 9).

¿Y cuál es el premio? La bienaventuranza de los pacíficos es el premio de su adopción. Y por ello se dice: "Porque serán llamados hijos de Dios". El padre de todos es solamente Dios, y no se puede entrar a formar parte de su familia si no vivimos en paz mutuamente por medio de la caridad fraterna (San Hilario, in Matthaeum, 4).

Y no tenemos que hacerlo todo solos. Se llaman pacíficos los que no pelean ni se aborrecen mutuamente, sino que reúnen a los litigantes, éstos se llaman con propiedad hijos de Dios. Esta es la misión del Unigénito: reunir las cosas separadas y establecer la paz entre los que pelean contra sí mismos (San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 15,4).

La perfección está en la paz, donde no hay aversión. Se llaman pacíficos los hijos de Dios, porque nada se encuentra en ellos que se oponga a Dios, pues también los hijos deben parecerse a sus padres (San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 15,4).

Tienen una gran dignidad los pacíficos, así como el que se llama hijo del rey es el más alto en el palacio real. Esta bienaventuranza se coloca en el último lugar porque antiguamente el día sábado era el día de verdadero descanso y de verdadera paz, después de pasados los siete días anteriores.

Recordemos nuevamente que esta paz interior y exterior no depende de nuestro esfuerzo. Durante la celebración de la eucaristía el sacerdote dice: "Señor Jesucristo, que dijiste a tus apóstoles 'la paz les dejo, mi paz le estoy', no mires nuestros pecados sino la fe de la Iglesia y conforme a tu palabra concédele la paz y la unidad". Luego extiende las manos y nos dice: "La paz del Señor sea siempre con ustedes". ¿Qué es esta paz? Un maravilloso regalo que Jesucristo ha ganado con su sangre para nosotros: " Ustedes estaban a la sazón lejos de Cristo, excluidos de la ciudadanía de Israel y extraños a las alianzas de la Promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo.  Mas ahora, en Cristo Jesús, ustedes, los que en otro tiempo estaban lejos, han llegado a estar cerca por la sangre de Cristo.  Porque él es nuestra paz…  para crear en sí mismo… un solo Hombre Nuevo, haciendo la paz, y reconciliar con Dios a ambos en un solo Cuerpo, por medio de la cruz, dando en sí mismo muerte a la Enemistad. Vino a anunciar la paz: paz a ustedes que estaban lejos, y paz a los que estaban cerca. Pues por él, unos y otros tenemos libre acceso al Padre en un mismo Espíritu.  Así pues, ya no son extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios, edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, siendo la piedra angular Cristo mismo” (Ef 2,13-19).

Y nuevamente, el necesita que lo dejemos obrar en nuestro corazón y en nuestra vida porque él respeta nuestra libertad:”Mira que estoy a la puerta y llamo. Cuando alguien me oye y me abre, entrar en la red banquete con el y el conmigo" (Apc 3. 20)

¡Este día sin violencias, sin dejarnos vencer por la concupiscencia!

 

 

Domingo, el día de la Resurrección: Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo (Mt 5, 10 -12).

Las bienaventuranzas sólo se comprenden cuando uno tiene presente la meta eterna, cuando toda nuestra vida y todas nuestras acciones tienen en Dios, nuestro Padre, su razón de ser. Cuando esto es así, entonces podemos asumir todas las injusticias que todo hombre encuentra durante su vida y eso contemplando a Dios que nos da la fuerza necesaria.

¿Por qué se habla de las persecuciones recién en este momento? San Agustín tiene la respuesta: Una vez establecida y firmada interiormente la paz, aquel que ha de sufrir cualquier clase de persecuciones exteriores, de cualquier manera que sea atribulado exteriormente, dará mayor gloria a Dios (San Agustín, de sermone Domini,. 1, 2). Pero cuidado. Nos previene San Jerónimo: Jesús terminantemente añade: "Por la justicia". Muchos sufren persecución por sus culpas, pero éstos no son justos. A la vez téngase en cuenta que la octava bienaventuranza concluye con el martirio (San Jerónimo).

Ahora bien, hay que tener presente varias cosas importantes: No dijo Jesús, pues: "Bienaventurados los que padecen persecución de los gentiles", para que no creas que sólo es bienaventurado el que padece persecución por no adorar los ídolos. Y por lo tanto el que sufre persecución de los herejes por no abandonar la verdad, es bienaventurado puesto que padece por la justicia. Además, si alguno de los poderosos, aun los que parecen cristianos, te persiguiese cuando le reprendas por sus pecados, si éste te persigue serás bienaventurado con San Juan Bautista. Si bien es verdad que los profetas fueron mártires, aun cuando fueron muertos por los suyos, no dudes que todo aquél que padece algo por la causa de Dios, aun cuando sea por los suyos, obtiene el premio del martirio. Por esto no especifica la Escritura las personas de los perseguidores, sino solamente la causa de la persecución, para que no te fijes en quién es el que te persigue, sino por qué te persigue (Pseudo-Crosóstomo, opus imperfectum super Matthaeum, hom. 9).

Y he aquí cómo San Agustín nos da una visión de conjunto de lo que significan las bienaventuranzas. Es verdad, San Agustín es un genio. Escuchemos: Debemos fijarnos atentamente en el número de estas sentencias. En estos siete grados conviene observar la obra septiforme del Espíritu Santo que describe Isaías (Is 11). Pero aquél empieza por lo más alto y éste por lo más bajo, porque allí se enseña que el Hijo de Dios habrá de bajar a lo más humilde, y aquí que el hombre, de lo más bajo habrá de elevarse hasta unirse con Dios. En estas cosas lo primero es el temor, que conviene a los hombres humildes, de quienes se dice: "Bienaventurados los pobres de espíritu", esto es, no los que saben las cosas elevadas, sino los que temen. La segunda es la piedad, que conviene a los mansos, porque el que busca piadosamente, honra, no reprende, no resiste, lo cual es hacerse manso. La tercera es la ciencia, que conviene a los que lloran, los que aprendieron por qué males han sido oprimidos, siendo así que pedían los bienes. La cuarta es la fortaleza, que conviene a los que tienen hambre y sed, porque deseando la alegría sufren por los verdaderos bienes, deseando separarse de los bienes terrenos. La quinta es el consejo y conviene a los misericordiosos, porque es el único remedio para librarse de tantos males, perdonar a unos y dar a otros. La sexta es el entendimiento y conviene a los limpios de corazón, los cuales, una vez limpio el ojo, pueden ver lo que el ojo no vio. La séptima es la sabiduría, que conviene a los pacíficos, en los cuales ninguna disposición es rebelde, sino que obedece al espíritu. Un solo premio que es el Reino de los Cielos se designa de varias maneras. En el primero (como convención), está colocado el Reino de los Cielos, que es el principio de la sabiduría perfecta. Como si dijera: "El principio de la sabiduría es el temor de Dios" (Sal 110, 10). A los mansos, se concede la herencia del reino de los cielos como testamento de un padre hacia los que le buscan con piedad. A los que lloran se les ofrece el consuelo como conociendo lo que han perdido, y en qué cosas han tomado parte. A los que tienen hambre se les ofrece la saciedad, como premio que alienta a trabajar por la eterna salvación. A los misericordiosos se les ofrece misericordia, porque usan del mejor consejo para que se les ofrezca lo que ellos ofrecen. A los limpios de corazón la facultad de ver a Dios como a los que tienen ojo limpio para entender las cosas eternas. Y a los pacíficos se les concede la semejanza de Dios. Todas estas cosas pueden cumplirse en esta vida, así como sabemos que se cumplieron con los Apóstoles, porque lo que se ofrece después de esta vida no puede explicarse con palabras (San Agustín, de sermone Domini, 1,4).

Y ahora respecto a la última:

La octava bienaventuranza vuelve sobre la primera, porque la manifiesta y prueba consumada y perfecta. Así en la primera y en la octava es donde se nombra el Reino de los Cielos. Siete bienaventuranzas son las que perfeccionan, porque la octava clarifica y demuestra lo más perfecto, para que por estos grados se perfeccionen los demás, como se ofrecen en el principio (San Agustín, de sermone Domini, 1,3).

¿Por qué hay que alegrarse frente a los insultos y a las persecuciones? Parece una contradicción, lo de sentir alegría cuanto nos tratan mal o nos insultan, nos persiguen o nos calumnian. Cuando Dios mora en nuestro corazón y cuando dejamos que sea su Espíritu que guíe nuestras reacciones, entonces nada puede quitarnos la paz del Señor.

Como hijos de Dios en Jesucristo podemos vivir el día sin preocuparnos y a pesar de las dificultades. Sabemos que Dios está presente, que caminamos de su mano. Aquel que no puede dormir en la noche por sus preocupaciones, a eso le falta la confianza, la fe en Dios: Dios dirigirá todo para bien. Por eso le pedimos todos los días que venga su reino y que se haga su voluntad.

¡Exclamemos con San Pablo: "No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien"!

 

5. NOS HABLA LA IGLESIA (Concilio Vaticano II)

La caridad de Dios, que "se ha derramado en nuestros corazones por virtud del Espíritu Santo que nos ha sido dado" (Rm 5, 5) capacita a los seglares/laicos para expresar realmente en su vida el espíritu de las bienaventuranzas. Los laicos todos juntos y cada uno de por sí deben alimentar al mundo con frutos espirituales (cfr. Gal 5, 22) y difundir en él el espíritu de que están animados aquellos pobres, mansos y pacíficos, a quienes el Señor en el Evangelio proclamó bienaventurados (Mt 5, 3 -9).

Sepan que están especialmente unidos a Cristo, paciente por la salvación del mundo, aquellos que se encuentran oprimidos por la pobreza, la enfermedad, los achaques y otros muchos sufrimientos, a los que padecen persecución por la justicia. A ellos el Señor en el Evangelio los proclamó bienaventurados.

De aquí (en la actual urgencia pacificadora) proviene que el mensaje evangélico, coincidente con los más profundos deseos del género humano, luzca en nuestros días con nuevo resplandor al proclamar bienaventurados a los constructores de la paz, "porque serán llamados hijos de Dios" (Mt 5, 9).

Los religiosos, en virtud de su estado proporcionan un preclaro e inestimable testimonio de que el mundo no puede ser transformado ni ofrecido a Dios sin el espíritu de las bienaventuranzas

(Los cristianos) respeten en la acción temporal la justa jerarquía de valores, con fidelidad a Cristo y su Evangelio, a fin de que toda su vida, así la individual como la social, quede saturada con el espíritu de las bienaventuranzas y particularmente con el espíritu de pobreza.

6. Leamos la Biblia con la Iglesia

 

Día de la Semana

Año Impar

Año Par

Evangelio

Lunes

Hebreos 11, 32 -40

Salmo 30

2 Samuel 15, 13 -14. 30; 16.5 -13 a

Salmo 3

Marcos 5, 1 -20

Martes

Hebreos 12, 1 -4

Salmo 21

2 Samuel 18, 9 -10. 14 b. 24 -25 a. 30. 19.3

Salmo 85

Marcos 5, 21 -43

Miércoles

Hebreos 12, 4 -7. 11 -15

Salmo 102

2 Samuel 24.2. 9 -17

Salmo 31

Marcos 6, 1 -6

Jueves

Hebreos 12, 18 -19. 21 -24

Salmo 47

1 Crónica 29.10 -12

 

Marcos 6, 6 -13

Viernes

Hebreos 13. 1 -8

Salmo 26

Eclesiástico 47.2 -13

Salmo 17

Marcos 6, 14 -19

Sábado

Hebreos 13.15 -17. 20 -21

Salmo 22

1 Reyes 3, 4 -13

Salmos 118

Marcos 6 30 -34

 

7. Oraciones

Ven, Señor Jesús

L. Señor Jesucristo, ninguno de los discípulos se atrevía a hacerte preguntas porque sabían que eras el Señor.

T. Nosotros sabemos que Tú eres el Señor: / no nos atrevemos a preguntarte quién eres,  / pero nos postramos en adoración ante Ti.

L. Tú eres el grande, el inmenso, el infinito, el altísimo, el poderoso, el médico de nuestra vida, el amigo, el consuelo, el sostén.

T. Te adoramos y Te glorificamos: Señor, ten piedad.

L. Señor Jesús, Hijo unigénito del Padre, que llenas el mundo con tu poder:

T. Señor, ten piedad.

L. Señor Jesús, que en el sacramento de tu amor Te das a tu Iglesia y estás presente en medio de nosotros:

T. Señor, ten piedad.

L. Señor Jesús, que llenas el mundo con tu poder, llena con la fuerza de nuestra conducta y de nuestra acción, de nuestro seguimiento a Ti, los lugares y los ambientes en los que nos movemos:

T. Señor, ten piedad.

L. Jesús, que Te acercaste a los apóstoles y cogiste el pez y se lo diste, y también el pan, toma Tú mismo la iniciativa de acercarte a nosotros, ven a nuestro encuentro.

T. Te invocamos y Te decimos con la Iglesia: Ven, Señor Jesús.

L. A todas nuestras comunidades, a todas nuestras parroquias, a todas nuestras asociaciones, a nuestros grupos.

T. Invocamos tu venida y tu poder: Ven, Señor Jesús.

L. Sobre nuestras familias, a nuestros corazones, sobre todos aquellos que tienen un problema o sufrimiento; sobre los que viven en soledad, amargura o desconsuelo y que oran con nosotros; al que está abandonado y que necesita de alguien que le ayude,

T. Haz descender, Señor Jesús, la fuerza de tu Espíritu: / Ven Señor Jesús.

L. Sobre todo el mundo, sobre toda la tierra que tiene necesidad de significado, de sentido, de paz, de fraternidad, sobre toda nuestra comunidad, sobre toda nuestra diócesis, sobre la Iglesia universal, sobre las misiones, sobre los pobres, sobre todos los que sufren por la guerra y por el hambre,

T. Te suplicamos, Señor, haz descender tu Espíritu de paz: Ven, Señor Jesús.

 

8. Nuestro ejemplo: los santos.

SANTA INES, mártir. 304

 

Al lado de la imagen de san Luis Gonzaga, el novicio de los jesuitas, en muchos miles de altares del mundo se encuentra la imagen de una jovencita que apenas había atravesado los linderos de la niñez. Sus ojos, muy abiertos, miran de frente, como si penetraran misteriosas lejanías. Su brazo izquierdo lleva un cordero sin mancha, su derecha sostiene la palma del martirio. Así conocemos a Santa Inés. Generaciones de jovencitas vieron en su pureza, el ideal y el modelo de la integridad moral.

El gran Ambrosio nos transmitió las primeras noticias de la vida y la muerte de Inés, jovencita romana. Sólo son unas cuantas líneas, pues él mismo tampoco tuvo datos de ese martirio, sino que lo compuso de los informes de hermanos cristianos anteriores a su tiempo Según este informe, Inés fue hija de una familia noble romana. Fue decapitada entre los 12 o 13 años, después de muchos tormentos por su confesión inquebrantable a favor de Cristo, posiblemente hacia el año 304, al finalizar el largo período de la persecución. La lealtad de la tierna niña y su sacrificio, deben haber impresionado profundamente a sus hermanos cristianos, pues apenas habían enterrado a Inés en las catacumbas, en las afueras de la ciudad, cuando se comenzó a hilvanar una devota leyenda alrededor de la memoria de tan ilustre mártir.

Dicha leyenda narra que el hijo del gobernador de la ciudad pidió la mano de Inés y rechazado por ella se tornó de amante en un enemigo cegado por el odio arrastro a la muchacha ante el juzgado romano y sin respetar juventud belleza ni alcurnia condenó a la cristiana al estupro, a la hoguera y finalmente ya que su ángel la guardó de ambos peligros, a que la decapitaran Libremente dio su vida por Cristo fuente de toda juventud.

La grandeza de esta decisión no sufre mengua por la juventud de la mártir. Cierto, Inés era joven todavía, pero madura. A pesar de sus doce años, Inés sabía lo que ofrecía, al expresar la confesión decisiva. Eso es lo que hace de su muerte voluntaria un heroísmo sin precedente.

Los restos de santa Inés descansan todavía en el lugar donde por entonces, se sepultaron. A sólo unos cuantos pasos de la vía Nomentana el tiempo parece haberse detenido: tan solemne es la casa de Dios, erigida sobre la tumba de la santa Todos los años se realiza allí una sencilla ceremonia: la bendición de los corderos blancos de cuya lana se hilan los palios de los arzobispos Con dicho acto simbólico Roma re nueva el recuerdo de una doncella, que llena del espíritu ardoroso de la Roma antigua, venció a la muerte Aunque las catacumbas estuvieron cegadas por mucho tiempo y los rebaños de cabras de la campiña pastaban sobre las capillas desplomadas jamás se borro la palabra en la losa de su tumba: "Inés santísima".

La Iglesia no olvida a sus mártires. Su nombre está en el Canon Romano de la Misa.

 

ORACION COLECTA

Dios todopoderoso y eterno, que eliges a los débiles para vencer a los poderosos, te pedimos, al celebrar el martirio de santa Inés, que nos concedas imitar la heroica firmeza de su fe. Por nuestro Señor Jesucristo... Amén.

 

La Iglesia ve en la juventud una enorme fuerza renovadora, símbolo de la misma Iglesia. Esto lo hace por vocación y no por táctica, ya que está 'llamada a constante renovación de sí misma, o sea, a un incesante rejuvenecimiento' (Juan Pablo II, Alocución a la juventud AAS, LXXI, p. 278). El servicio a la juventud realizado con humildad, debe hacer cambiar en la Iglesia cualquiera actitud de desconfianza o de incoherencia hacia los jóvenes..." Doc. Puebla n. 1178.

 




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