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Domingo 16 del Tiempo Ordinario A - 'El Trigo y la Cizaña, El Grano de Mostaza, La Levadura' - Comentarios de Sabios y Santos: con ellos preparamos la Acogida de la Palabra de Dios durante la celebración de la Misa dominical parroquial

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A su servicio
Exégesis: José Ma. Solé Roma - sobre las tres lecturas
Comentario: Bruno Maggioni - No se entiende la paciencia de Dios
Santos Padres: San Agustín - Si siempre fuiste bueno, ten misericordia; si alguna vez fuiste malo, no lo olvides
Santos Padres: San Crisóstomo - Lo mismo que la levadura hace fermentar toda la masa, así vosotros convertiréis el mundo entero
Aplicación: Dabar - El Mundo y el Reino de Dios
Aplicación: L. Monloubou - Los diversos tiempos del Reino
Aplicación: Hans Urs von Balthasar - El Reino de Dios y la Indulgencia divina Aplicación: R. Cantalamessa - El trigo y la cizaña
Ejemplos

 

 

 

 

La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

 

Las Lecturas del Domingo



Exégesis: José Ma. Solé Roma - sobre las tres lecturas

Sobre la Primera Lectura (Sabiduría 12, 13. 16-19)
El Sabio hace teología de la historia. En los acontecimientos humanos ve brillar los divinos atributos. Pone de relieve los siguientes:

- Omnipotencia y Providencia: Cierto que nadie puede pedir cuentas a Dios. Es el Omnipotente. Pero esa Omnipotencia nunca se ejerce para daño nuestro. Dios es Omniprovidente como es Omnipotente. De todos tiene cuidado paternal. Y no hay peligro que su poder degenere en despotismo, pues Dios es la rectitud y equidad infinita.

- Poder y Justicia de Dios: La formulación que hace el Sabio es una síntesis de teologías: "Tu poder, Señor, es el fundamento de la justicia; y el ser Dueño de todo te hace ser clemente con todos". Esta armonía de los atributos divinos nos permite gozarnos sin temor ninguno por el poder de Dios. Dios es tan poderoso como bueno; su señorío es tan grande como su clemencia.

- Poder y Benignidad de Dios: Nos encanta este rasgo que el Sabio encuentra en el gobierno de Dios: "Tú, Señor poderoso, juzgas con moderación; y con grande respeto nos gobiernas". Así es, el poder del Omnipotente no nos atemoriza ni nos encoge, ni menos nos ahoga y asfixia. Con nadie nos sentimos tan libres, tan confiados, tan auténticos como son Dios. Todavía el Sabio saca otra consecuencia de esta meditación de los divinos atributos: Si tan bueno y benigno es Dios en su gobierno, debemos siempre confiar en su perdón; y debemos imitarle en ser benignos y misericordiosos con los hombres, nuestros hermanos.

Sobre la Segunda Lectura (Rom 8, 26-27)
Nos habla San Pablo de la obra del Espíritu Santo en nosotros mientras somos peregrinos:
- El Espíritu Santo es nuestro divino huésped. Espíritu de Cristo, da ímpetu a nuestra oración y tensión espiritual y orientación trascendente a toda nuestra existencia de acá. Por esto nuestra oración y nuestros anhelos ya no son de orden humano, sino propios de hijos de Dios: Son estos gemidos inenarrables, son estos anhelos de santidad, son estas añoranzas del cielo, son estos sentimientos filiales con Dios que todos los cristianos experimentamos en lo más íntimo de nuestros corazones. No es nuestra voz; es la voz del Espíritu Santo en nosotros.
- Y a la vez que el Espíritu Santo nos inspira fervor de hijos, Cristo, nuestro Redentor-Mediador, intercede sin cesar por nosotros a la diestra del Padre. Pablo a esta luz ve la vida del cristiano, aún ahora en su peregrinación, rebosante de paz y gozo. Tiene como prenda y garantía de su Salvación al Espíritu Santo, huésped en su corazón. Tiene como Valedor e Intercesor ante el Padre al Hijo-Redentor: "Quia, etsi nostri est meriti quod perimus, tuae tamen est pietatis et gratiae quod, pro peccato morte consumpti, per Cristi victoriam redempti, cum ipso revocamur ad vitam" (Praef. Defunt. V).
- El Concilio resume esta doctrina de la gozosa esperanza con estas palabras: "Consumada la obra que el Padre confió al Hijo, fue enviado el Espíritu Santo para que indeficientemente santificara a la Iglesia; y de esta forma los que creen en Cristo pudieran acercarse al Padre en un mismo Espíritu. El es el Espíritu de la vida o la fuente del agua que salta hasta la vida eterna, por quien vivifica el Padre a todos los muertos por el pecado hasta que resucite en Cristo sus cuerpos mortales. El Espíritu habita en la Iglesia y en los corazones de los fieles como un templo. Y en ellos ora y da testimoniode la adopción de hijos. Con diversos dones jerárquicos y carismáticos dirige y enriquece con todos sus frutos a la Iglesia, a la que guía hacia toda la verdad y unifica en comunión y ministerio. Hace rejuvenecer a la Iglesia, la renueva constantemente y la conduce a la unión consumada con su Esposo. Pues el Espíritu y la Esposa dicen al Señor Jesús: ¡Ven!" (L.G. 4). El Espíritu que nos inhabita es, pues, en nosotros: Oración filial al Padre, vida y gracia, santidad y fervor, caridad y unión, gozo y optimismo. Eso sucede especialmente cuando en el Banquete Espiritual nos nutrimos de "Espíritu y Vida".

Sobre el Evangelio (Mateo 13, 24-43)
Prosigue Jesús exponiéndonos en parábolas la naturaleza del Reino Mesiánico y de las disposiciones para entrar en él:
- Dado que el mismo Jesús nos explica muy al pormenor el sentido de la cizaña sembrada entre el trigo, debemos tomar buena cuenta de lo que el Maestro nos dice: "Quien siembra la buena simiente es el Hijo del hombre. La buena simiente son los hijos del Reino. La cizaña son los hijos del Maligno. Quien la siembra es el Diablo. La siega es el fin de los tiempos" (37. 38). Por tanto, como hay un Reino Mesiánico hay un Reino Satánico. En el tiempo presente cada hombre toma libremente su opción y se hace o hijo del Reino, si acoge la Palabra y se deja transformar por ella, o hijo del Maligno, si escoge el error y las tinieblas.
La parábola del grano de mostaza expresa la energía divina del Reino Mesiánico. Ello le permitirá crecer y desarrollarse. Se extenderá hasta los confines de la tierra. Ni habrá fuerza humana que pueda detener su desarrollo.
- La parábola del fermento explica la transformación que en toda la humanidad ha de producir Cristo. Cristo es ciertamente "la clave, el centro y el fin de toda la Historia humana" (G. S, 10). Y su Iglesia ha creado la nueva e innúmera generación de los hijos de Dios: "En efecto, la Iglesia, por la predicación y el Bautismo, engendra para la vida nueva e inmortal a los hijos de Dios. Y por virtud del Espíritu Santo conserva virginalmente la fe íntegra, la sólida esperanza, la sincera caridad" (L.G. 64). El grano humilde de mostaza que sembró Cristo, el fermento que dejó en el mundo, es vida divina en cada cristiano. Es la Iglesia, pueblo de innúmeros hijos de Dios. Y cual hijos gozamos los regalos y el convite de Dios: "Deus in quo vivimus, movemur et sumus, atque in hoc corpore constituti non solum pietatis tuae cotidianos experimur effectus, sed aeternitatis etiam pignora jam tenemus. Primitias enim Spiritus habentes, qui suscitavit Jesum a mortuis, paschale mysterium speramus nobis esse perpetum" (Pref. Dom per annum VI).
- Ambas la del grano de mostaza y la de la levadura) son lección magnífica para el cristiano apóstol. La luz y la gracia del Evangelio avanzan. Su fuerza es interior y de energía infinita.
Ante la realidad y el poderío del Mal (cizaña) no debemos ni asombrarnos ni impacientarnos. La Iglesia peregrina no será nunca coto cerrado al pecado; ni nos toca a nosotros exterminar a los pecadores. Los celos impacientes y los soñadores de utopías producen más daños que bienes. Velemos porque el enemigo no siembre cizaña; arranquemos de nuestros corazones toda malicia; trabajemos con celo paciente y tesonero, amable y optimista. Y conseguiremos incluso mudar la cizaña en buen trigo. ¡Cuán diferente este proceder del de quienes todo lo quieren llevar a sangre y fuego!
(José Ma. Solé Roma (O.M.F.),"Ministros de la Palabra", ciclo "A", Herder, Barcelona 1979)


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Comentario: Bruno Maggioni, No se entiende la paciencia de Dios

Como la parábola del sembrador, también la del trigo y la cizaña va seguida de una explicación. Sin embargo, la parábola y la explicación no pertenecen al mismo nivel de tradición: la primera se debe a Jesús, la segunda pertenece a la comunidad. Esto nos impone dos lecturas: la parábola en sí misma y, luego, la parábola a la luz de su explicación.

La parábola enseña que en el campo hay buenos y malos (pero los hombres no están en condiciones de saber quiénes son los buenos y quiénes son los malos). La presencia de la cizaña no constituye una sorpresa. Y, sobre todo, no es señal de fracaso. La Iglesia no es la comunidad de los salvados, de los elegidos, sino el lugar donde podemos salvarnos. La Iglesia no se cierra a nadie.

Existen siempre "siervos impacientes" que querrían anticipar el juicio de Dios; pero el juicio de Dios no debe anticiparse (la misma enseñanza se contiene en la parábola de la red); no está reservado a los hombres. Los hombres no saben juzgar; no conocen el metro de Dios. Además, es Dios el que establece la hora; el bien y el mal deben llegar a sazón, a su plenitud; san Pablo diría a su "parusía". (...). El centro de la parábola no se encuentra simplemente en la presencia de la cizaña, ni tampoco meramente en el hecho de que más tarde el trigo será separado de la cizaña. El centro lo constituye el hecho de que la cizaña no sea arrancada ahora. Esto es lo que suscita la sorpresa y el escándalo de los siervos: esta política de Dios, esta paciencia suya.

Es obvio que la parábola quiere responder a una exigencia. Y es bastante fácil comprender que se trata de una exigencia presente en la comunidad y, ya antes, presente en la situación histórica de Jesús. Si nos colocamos en la situación de la comunidad, podemos advertir que la comunidad primitiva estuvo siempre agitada por el problema del escándalo frente a los pecados ocurridos después del bautismo. Sabemos, por ejemplo, que existió una polémica sobre la posibilidad de perdonar o no perdonar los pecados después del bautismo. Por lo demás, hay textos significativos: "Nada juzguéis antes de tiempo, hasta que venga el Señor, que iluminará los escondrijos de las tinieblas y declarará los propósitos de los corazones (1 Co 4. 5). Como se ve, la comunidad primitiva padeció pronto la tentación de la rigidez.

Pero podemos también colocarnos en la situación de Jesús. En su tiempo existía el movimiento fariseo, que pretendía ser el pueblo santo, separado de la multitud de los pecadores. También existía el movimiento de Qumran, con su idea de oposición y separación, de rígida santidad, que exigía rechazar a cuantos no eran puros. Y estaba la misma predicación del Bautista (Mt 3. 12), que anunciaba al Mesías como el que cribaría el grano y lo separaría de la cizaña. Llega Jesús y parece hacer lo contrario de todas estas tentativas: no se separa de los pecadores, sino que va con ellos. Incluso tiene en el círculo de los doce a un traidor.

Podemos, pues, decir que los zelotes, fariseos y Qumran querían las cosas nítidas; pretendían que el Reino interviniese de modo claro; afirmaban la santidad a costa de la separación. En este contexto se comprende toda la fuerza polémica de la parábola de Jesús. No es tanto una predicación moral, una invitación a la paciencia, sino una explicación teológica: una explicación de la política del Reino de Dios, una extraña política de tolerancia.

El mensaje es éste: ha llegado el Reino, aunque no lo parezca, aunque Israel no se haya convertido y aunque siga habiendo pecadores.
(BRUNO MAGGIONI, EL RELATO DE MATEO, EDIC. PAULINAS/MADRID 1982.Pág. 144)

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Santos Padres: San Agustín - Si siempre fuiste bueno, ten misericordia; si alguna vez fuiste malo, no lo olvides

Y vosotras, ovejas mías -dijo- esto dice el Señor Dios: He aquí que yo juzgo entre oveja y oveja, y entre los carneros y los machos cabríos (Ez 34,17). ¿Qué hacen los machos cabríos aquí, en el rebaño de Dios? Están en los mismos pastos, en las mismas fuentes; esos machos cabríos, destinados a estar a la izquierda, están con las ovejas destinadas a la derecha; pero luego serán separados los que hasta entonces habían sido tolerados. De este modo se ejercita la paciencia de las ovejas, igual que la paciencia de Dios. Llegará el momento en que él haga la separación: los unos a la izquierda; los otros a la derecha. Ahora él calla, mientras tú quieres hablar. ¿Por qué quieres hablar? Porque él calla. Tú alegas la venganza del juicio, no la palabra de corrección. Él aún no separa y tú ya quieres hacerlo. El que sembró tolera la amalgama. Si quieres que el trigo esté limpio antes de la bielda, mal lo aventarás, si lo haces con tu viento.

Hubiese sido lícito a los siervos decir: ¿Quieres que vayamos y arranquemos la cizaña? Se les revolvió el estómago al ver la cizaña y lamentaron hallarla mezclada con tan buena cosecha. Dijeron: ¿No sembraste buena semilla? ¿A qué se debe el que haya aparecido la cizaña? Él les explicó de dónde procedía. Sin embargo, no permitió que la arrancasen antes de tiempo. Aunque los siervos mismos estaban airados contra la cizaña, con todo pidieron el consejo y la orden del dueño. Les disgustaba el ver la cizaña entre el trigo; pero veían que si hacían algo por su propia cuenta aun en el arrancar la cizaña, ellos mismos iban a ser contados entre la cizaña. Esperaron que el dueño se lo mandase; esperaron la orden del rey: ¿Quieres que vayamos y la arranquemos? Él respondió: No, y les dio la razón: No sea que, al querer arrancar la cizaña, arranquéis también el trigo. Tranquilizó su indignación y no los dejó en el dolor. A los siervos les parecía cosa grave el que hubiese cizaña entre el trigo, y lo era en verdad. Pero una es la condición del campo y otra la tranquilidad que reina en el granero. Tolera, para eso has nacido. Tolera, pues tal vez eres tolerado tú. Si siempre fuiste bueno, ten misericordia; si alguna vez fuiste malo, no lo olvides. ¿Y quién es siempre bueno? Si Dios te examinara atentamente, más fácilmente descubriría una maldad presente que esa bondad perenne que te atribuyes. Por lo tanto, ha de tolerarse la cizaña en medio del trigo, los machos cabríos en medio de las ovejas.

¿Qué dice acerca del trigo? En el tiempo de la siega diré a los segadores: Recoged primero la cizaña, atadla en haces para quemarla; mi trigo, en cambio, guardadlo en el granero. Pasará la promiscuidad del campo; vendrá la separación de la mies. El Señor exige ahora de nosotros, la paciencia que presenta en sí mismo, al decirte: «Si yo quisiera juzgar ahora, ¿sería injusto mi juicio? Si yo quisiera juzgar ahora, ¿podría equivocarme, acaso? Si, pues, yo que siempre juzgo rectamente y no puedo equivocarme, retardo mi juicio, ¿te atreves a juzgar antes de tiempo, tú que ignoras cómo serás juzgado?». Ved hermanos, como el dueño no permitió a aquellos siervos que querían arrancar la cizaña antes de tiempo que lo hicieran ni siquiera en la siega. Dice, en efecto: En el tiempo de la siega diré a los segadores: No dice: «Os diré a vosotros». Pero, ¿qué ocurrirá, si los mismos siervos han de ser los segadores? No. Expuso todo detalladamente y dijo: Los segadores son los ángeles (Mt 13,24-30; 37-43). Tú, hombre limitado por la carne, que llevas la carne, o que, tal vez, no eres más que carne, es decir, carne en el cuerpo y carne en el espíritu, ¿te atreves a usurpar antes de tiempo un oficio ajeno, que ni siquiera en la siega será tuyo? 1. Esto respecto a la separación de la cizaña. ¿Qué dice de los machos cabríos? Cuando venga el Hijo del hombre y todos los ángeles de Dios con él, se sentará en el trono de su gloria, congregará en su presentía a todos los pueblos y los separará como e! pastor separa las ovejas de los machos cabríos (Mt 25,31-32). Vendrá y los separará. Llegará la siega y ellos serán separados. Ahora, pues, no es el tiempo de la separación, sino el de la tolerancia. Y no decimos esto, hermanos, para que dormite el afán de corregir. Al contrario, para no llegar como incautos a aquel juicio, o como ciegos que descuidaron su ceguera; para que no nos encontremos repentinamente a la izquierda: con esta finalidad, impóngase la disciplina, pero no se anticipe el juicio.
( San Agustín, Sermón 47,6)

En este tiempo, la Iglesia es como una era, en la que se hallan a la vez la paja y el trigo. Que nadie tenga la pretensión de eliminar toda la paja antes que llegue la hora de aventar. Que nadie abandone la era antes de esta hora, aunque sea con el pretexto de evitar el daño que le pueden hacer los pecadores... Si uno mira la era desde lejos, uno diría que no hay en ella más que paja. Hay que revolverla con la mano y soplar con la boca para echar fuera el tamo y descubrir el grano. Si no es así, el grano no se ve. Y a veces aun a los mismos granos les sucede algo de este género: se encuentran separados unos de otros y sin contacto entre sí, y puede incluso llegar a pensar cada uno que está enteramente solo". (SAN AGUSTÍN, Enarr. Ps. 25,5: PL 36,190-191)


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Santos Padres: San Crisóstomo - Lo mismo que la levadura hace fermentar toda la masa, así vosotros convertiréis el mundo entero

El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina y basta para que todo fermente. Lo mismo que la levadura hace fermentar toda la masa, así vosotros convertiréis el mundo entero. Y no me digas: ¿Qué podemos hacer doce hombres perdidos entre una tan gran muchedumbre? Pues precisamente el mero hecho de que no rehuyáis mezclaros con las multitudes hace inmensamente más espléndida vuestra eficacia. Y lo mismo que la levadura hace fermentar la masa cuando se la aproxima a la harina -y no cuando tan sólo se la aproxima, sino cuando se la aproxima tanto que se mezcla con ella, pues no dijo simplemente puso, sino amasó-, así también vosotros, aglutinados y unidos con vuestros impugnadores, acabaréis por superarlos.

Y lo mismo que la levadura queda envuelta en la masa, pero no perdida en ella, sino que paulatinamente va inyectando su virtualidad a toda la masa, exactamente igual sucederá en la predicación. Así pues, no tenéis por qué temer si os he predicho muchas tribulaciones: de esta forma resaltará más vuestro temple y acabaréis superándolo todo.

Pues es Cristo el que da a la levadura esa virtud. Por eso a los que creían en él los mezcló con la multitud, para que comuniquemos a los demás nuestra comprensión. Que nadie se queje, pues, de su pequeñez, pues el dinamismo de la predicación es enorme, y lo que una vez ha fermentado, se convierte en fermento para los demás.

Y así como una chispa que cae sobre la leña prende en ella y la convierte en llamas, que a su vez prenden fuego a otros troncos, exactamente ocurre con la predicación. Sin embargo, Jesús no habló de fuego, sino de levadura. ¿Por qué? Pues porque en el primer caso no todo procede del fuego, sino también de la leña que arde; en cambio, en el segundo ejemplo la levadura lo hace todo por su misma virtualidad.

Ahora bien, si doce hombres hicieron fermentar toda la tierra, piensa cuán grande no será nuestra maldad, pues siendo tan numerosos, no conseguimos convertir a los que todavía quedan, siendo así que debiéramos estar en situación de hacer fermentar a mil mundos. Pero ellos -me dirás- eran apóstoles. ¿Y eso qué significa? ¿Es que ellos no participaban de tu misma condición? ¿No vivían en las ciudades? ¿Es que disfrutaron de las mismas cosas que tú? ¿No ejercieron sus oficios? ¿Eran acaso ángeles? ¿Acaso bajaron del cielo? Pero me replicarás: ellos hicieron milagros. ¿Hasta cuándo echaremos mano del pretexto de los milagros para encubrir nuestra apatía? ¿Qué milagros hizo Juan que tuvo pendientes de sí a tantas ciudades? Ninguno, como atestigua el evangelista: Juan no hizo ningún milagro.

Y el mismo Cristo, ¿qué es lo que decía al dar normas a sus discípulos? ¿Haced milagros para que los hombres los vean? En absoluto. Entonces, ¿qué es lo que les decía? Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestra Padre que está en el cielo. ¿Ves cómo es necesario en todas partes que la vida sea buena y esté llena de buenas obras? Pues por sus frutos -dice- los conoceréis.
(San Crisóstomo - Homilía 46 sobre el evangelio de san Mateo 2-3: PG 58, 478-480)


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Aplicación: Dabar - El Mundo y el  Reino de Dios

La liturgia de la Palabra de éste y de los próximos domingos domingos quiere hacernos reflexionar sobre un tema central del Evangelio: el Reino de Dios. Cada domingo, a través de las parábolas, nos acercará a una faceta distinta de este misterio. Hoy la parábola que nos habla del Reino es la de la cizaña y el trigo.

Decimos que a través de las parábolas, Jesús nos va acercando al misterio del Reino de Dios, porque el Reino es ciertamente un misterio, una realidad que no acabaremos de aprehender nunca. El Reino no es como nosotros quisiéramos, ni su lógica es la nuestra, ni su crecimiento obedece a los criterios que nosotros quisiéramos proyectar sobre él. Y esto se pone de relieve claramente en la parábola de la cizaña y el trigo.

El mundo es el campo de la parábola. Y en el mundo, como en aquel campo, observamos la presencia simultánea del bien y del mal. Una presencia no sólo simultánea, sino tan entrelazada y entretejida, que resulta difícil distinguir el bien y el mal. En el campo no crece el trigo en un lado y la cizaña enfrente. Trigo y cizaña se encuentran mezclados. Crecen tan juntos que no se podría arrancar uno sin arrancar la otra. Más aún, cuando nacen -antes del tiempo de la siega, antes del final- tienen las mismas apariencias y no cualquiera podría distinguirlos. Ello hace que sea obligada su convivencia: hay que tolerar el crecimiento de la cizaña, hay que tolerar la presencia del mal. El mal se hace así una especie de "mal necesario".

Lo mismo pasa en la vida del hombre. No existe el hombre absolutamente bueno, ningún hombre es trigo limpio. Tampoco existe el hombre absolutamente malo; todos tenemos un fondo bueno. La frontera entre el trigo y la cizaña no divide el campo en dos partes, ni divide tampoco a la humanidad en dos bloques, los buenos y los malos. La frontera entre el trigo y la cizaña pasa por el corazón de cada uno de los hombres. Todos tenemos trigo y cizaña. Por eso, ningún hombre puede rechazar enteramente a ningún hermano. Porque rechazaría la cizaña, ciertamente, pero también su trigo. No se tratará nunca de eliminar a un hombre porque tenga cizaña, sino de hacer crecer su trigo hasta que sofoque la cizaña.

Tampoco la Iglesia puede pensar que ella acapara todo el trigo y que fuera de ella no hay más que cizaña. Más de una vez la Iglesia lo ha pensado. Pero la verdad es que fuera de la Iglesia también hay trigo y dentro de ella también hay cizaña. La frontera entre el trigo y la cizaña también pasa por el corazón de cada uno de los cristianos.

La parábola nos habla del Reino, no lo perdamos de vista. Y recalca que el dueño del campo corrige la impaciencia de los criados. Ellos querían arrancar la cizaña cuanto antes. El dueño les hace esperar hasta la hora de la siega.

Nosotros, olvidando que somos también trigo y cizaña, quisiéramos más de una vez imponer nuestros criterios en este campo que es el mundo y la Iglesia. Olvidamos que también nosotros tenemos cizaña. Olvidamos que es difícil distinguir el trigo de la cizaña. Olvidamos que detrás de la cizaña hay trigo también.

Olvidamos que no fuimos nosotros los que sembramos y que no somos nosotros los que tenemos que segar.

Y por eso surge la intolerancia, las inquisiciones, las luchas, las diferencias, las cruzadas, las penas de muerte, muchos anatemas... Cada uno creemos que la diferencia entre el trigo y la cizaña se mide según nuestros propios criterios.

Y nos da pena, y nos impacientamos o nos desesperamos al ver el campo lleno de trigo y cizaña. Y nos parece imposible que el Reino deba estar sometido a la servidumbre de tener que tolerar la presencia de la cizaña. Nos causa extrañeza, nos desalienta.

Quisiéramos medir el desarrollo del Reino según nuestros propios criterios. Nos preocupa el número, el éxito, el aplauso, las cuentas... Y nos resulta intolerable que no sea nuestro criterio el que predomine. Nos parece muy bueno el pluralismo, pero a costa de descalificar a todos los que no piensan como nosotros.

Llamamos a nuestros tiempos de pluralismo. Y nos gusta que así sea. Pero a veces nuestro pluralismo no es soportado sino a base de anatemas interiores. El pluralismo -también en la Iglesia- no nos ha educado para la convivencia social. Cada uno sigue convencido de que el trigo lo tiene él y que los demás sólo tienen cizaña.

La fe en el Reino de Dios nos pide -según la parábola- la tolerancia. Es decir, no cabe duda de que la tolerancia se basa en buena parte en la fe. No es a nosotros a los que nos toca juzgar. La justicia total llegará al final. Dios, el dueño del campo, se ha reservado el hacer justicia. Nosotros, mientras, tenemos que convivir en la comprensión, en la tolerancia, en la paz, sin anatematizar a ningún hombre, sin despreciar a nadie, sabiendo con humildad que también nosotros cosechamos cizaña en nuestro propio corazón.

Esta conclusión de tolerancia y humildad sube de tono al aplicarla al interior mismo de la Iglesia. También en la Iglesia tenemos un pluralismo muchas veces no más que soportado y lleno de anatemas interiores. Cada uno suele pensar que la recta opinión (ortodoxia) que se ha de tener hoy día en cuanto a pastoral, liturgia, moral, teología, espiritualidad, etc., es, claro está, la suya. Todos los demás, a derecha e izquierda de uno mismo, no están en la verdad exacta, que es la mía. Esta actitud que tenemos en el corazón tantos cristianos, no es ciertamente la del Reino, según la parábola.
(DABAR 1978/41)

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Aplicación: L. Monloubou - Los diversos tiempos del Reino

La parábola se construye sobre un determinado esquema temporal. Existe un tiempo en que "el hombre siembra buena semilla"; otro en el que "la gente duerme" y en el que interviene "el enemigo".

Existe el tiempo en que "aparece también la cizaña" y la duración, indicada por el "hasta" (v. 30); y en fin, "el tiempo de la siega". Estas diversas indicaciones pueden reducirse a dos.

Hay, dice Qohelet (3, 2), "un tiempo de plantar y un tiempo de arrancar". La parábola también conoce un tiempo para trabajar: sembrar, segar, y un tiempo de abstenerse de trabajar, tiempo de sueño y tiempo durante el cual se "deja crecer" (v. 30). Este último tiempo es necesario. Sólo a continuación de él puede venir una siega correcta. Ese indispensable tiempo del "dejar hacer" llegará incluso hasta el "fin del mundo".

Entonces, y sólo entonces, los "segadores" angélicos enviados por "el Hijo del hombre", lo mismo que los criados por el amo, harán la oportuna discriminación, separando a los "hijos del Reino" y a los "hijos del Maligno", para someter a éstos al "llanto y rechinar de dientes", y llevar a aquéllos a "brillar como el sol".

Señalemos de paso que la insistencia puesta en el "dejar hacer", que vuelve a encontrarse en otros textos (Mc 4, 26-29, por ejemplo), no podrá por menos de indisponer a muchos contemporáneos, legítimamente deseosos de oír al Evangelio recordar a cada uno la parte de las responsabilidades y de las acciones que le corresponda en el establecimiento del Reino.

Aunque justificada, esta reacción no ha de impedir escuchar este evangelio. Haríamos mal en olvidar que una página evangélica, sobre todo una página parabólica, no dice todo siempre, sino que se atiene a subrayar un punto. Precisamente el punto subrayado hoy es esencial. Se trata de la misteriosa imbricación de nuestra acción y de la de Dios. Es cierto en nuestra época lo mismo que siempre, que cuanto más sentimos la necesidad de nuestro trabajo, más debemos aprender a situar este trabajo en relación con la acción divina. Por eso el presente evangelio resulta tanto más necesario.

¿Por qué, pues, es necesario que, en nuestra parábola, se establezca un plano a la intervención discriminadora de Dios? Esta permanente pregunta se repite incesantemente en los labios del pueblo de Dios, desconcertado, escandalizado incluso, por el triunfo de los impíos, por el mal con que estos malvados, impunes, abruman a los justos. Los "hasta cuándo", rayanos en la desesperación están en todas las bocas: en los Salmistas, en Job, en los destinatarios del Apocalipsis (Apoc 6, 10), de las cartas de Pedro, etc... y en las nuestras.

A esta pregunta angustiosa da diversas respuestas la Escritura. Hoy no esboza más que un elemento de solución. Una tentativa prematura de discernimiento, explica el dueño, sería equivocada (v. 29). Quizá haya que entender que ese discernimiento demasiado precoz sorprendería a la gente antes de que hubiesen podido demostrar lo que realmente son: hijos del Reino o del Maligno, lo mismo que una colección precipitada arrancaría los tallos antes de que se viera su verdadera naturaleza: semilla buena o cizaña.

-La Mostaza Y La Levadura

Estas dos parábolas se insertan aquí debido sin duda a que ambas contienen una alusión temporal. Su lección principal, sin embargo, era otra.

En la parábola de la mostaza, la insistencia recaía en la desproporción evidente que separa los humildes comienzos del Reino, "grano más pequeño que las demás semillas", y la impresionante dimensión de los resultados: un árbol, refugio para los pájaros del cielo. No hay dificultad en encontrar aquí de nuevo un tema permanente en la Biblia: la intervención divina transforma radicalmente aquello sobre lo que opera. Abraham, solitario, será padre de una muchedumbre. David, el más pequeño de los hijos, de Jesé, será el más grande, el rey. Lo que está abajo es elevado, lo que está arriba, abajado. Como obra que es de Dios, el Reino sigue el mismo camino; partiendo de los más humildes orígenes, llega a los más deslumbrantes resultados.

Pero la parábola contiene una discreta notación temporal. "Cuando la semilla ha crecido", entonces se hace un árbol. De esta forma, el tiempo queda presentado como un elemento necesario de la vida del Reino. Sin la duración, el Reino no puede desplegar todas sus virtualidades; sobre todo, no puede aparecer como la obra de Aquel que es el único capaz de hacer grande lo que es pequeño.

Otra desproporción se subraya también en la parábola de la levadura. Desproporción entre la masa de harina que ha de fermentar -tres grandes medidas- y la cantidad de levadura que, por experiencia, se sabe es ridícula. ¿No es la misma desproporción que se encuentra entre la pequeñez de la comunidad de los discípulos, la Iglesia, y el mundo inmenso que se trata de transformar, de "hacer fermentar"? No obstante, la ínfima cantidad de levadura hace "fermentar toda la masa", y la Iglesia penetra todo el mundo; pero para ello se necesita tiempo: "hasta que toda la masa haya fermentado", dice el texto que recoge así la preocupación de la primera parábola.

El reino necesita tiempo para realizar su obra. Sorprendente necesidad: Dios tiene necesidad del tiempo, EL que está por encima del tiempo. ¿Por qué? El pasaje del libro de la Sabiduría, leído como 1 lectura, da una respuesta más desarrollada. Esta respuesta procede de un solo término: Dios es "fuerte". No hay nadie cuya fuerza pueda compararse con la suya. La fuerza de Dios es tal que EL puede ser, que sabe ser justo con todos los hombres. "Tu fuerza está en el origen de tu justicia".

Porque Dios es fuerte puede también permitirse ser paciente. El hombre débil es injusto: tan urgido se ve a demostrarse a sí mismo y a los demás de qué es capaz. Dios, cuya fuerza es evidente no tiene la misma prisa. EL es paciente; espera a que los hombres elijan realmente, lo mismo que el dueño esperaba a que la cizaña se distinguiera de la semilla buena.

Dios, además, sabe tratar a los hombres; cuenta, sin duda, con sus posibilidades reales, con su ser real, aunque tal vez oculto.

La reflexión es tanto más notable cuanto que el autor de la Sabiduría toma como ejemplo de la longanimidad de Dios su actitud para con los Cananeos, aquellos inveterados enemigos a los que Israel había tenido que desposeer para establecerse en su lugar en Palestina, y que se habían permitido durante largo tiempo impugnar la hegemonía de los nuevos inquilinos. Dios, dice el autor, hubiera podido exterminar inmediatamente a aquellos enemigos impíos; y aunque decía que Dios hubiera podido, todos los destinatarios de su texto pensaban que hubiera debido. Pues bien, precisamente es lo que Dios no hizo; se contentó con "destruir poco a poco" a tales enemigos insoportables, a fin de dejarles tiempo para arrepentirse.

No nos dejemos obstaculizar por ese "destructor poco a poco" y subrayemos más bien que para el autor de la Sabiduría, Dios es paciente y quiere dar, aun a gentes infames, tiempo para convertirse.

El comportamiento de Dios es un ejemplo. Lo mismo que Dios da tiempo a los hombres -a los hijos del Reino, a los hijos del Maligno- para que afirmen plenamente lo que son, así también los hombres deben darse tiempo unos a otros. O mejor, deben dejar el tiempo para "gobernar con consideración"; tiempo para que crezca plenamente el grano de mostaza; tiempo para que fermente toda la masa por la acción tan modesta de la levadura. Tiempo, en fin, para llevar la semilla hasta la siega. Porque a pesar de la incursión imprevista del enemigo, el dueño sigue siendo el único capaz de determinar las exigencias de su obra y de guiar su desarrollo.

¿No será a la contemplación de esta serenidad de Dios, magistral y dulce, poderosa y delicada, a lo que nos invita la liturgia de este domingo? Una serenidad de la que tendríamos que dejarnos penetrar.
(LOUIS MONLOUBOU, LEER Y PREDICAR EL EVANGELIO DE MATEO, EDIT. SAL TERRAE SANTANDER 1981.Pág 188)


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Aplicación: Hans Urs von Balthasar - El Reino de Dios y la Indulgencia divina

1. El reino de Dios se impone.

En el evangelio de hoy Jesús anuncia el reino de Dios en otras tres parábolas, y en esta ocasión se dice expresamente que elige esta forma de discurso para anunciar lo secreto desde la fundación del mundo (v. 3S). En este mundo sólo se puede hablar del cielo en imágenes, en parábolas.

Las tres imágenes que Jesús propone en esta ocasión muestran algo de la paradoja del crecimiento del reino de Dios en este mundo tan indispuesto para lo divino. En la primera, la semilla de Dios crece en medio de la cizaña, que no ha sido sembrada por Dios, sino por su enemigo, y que Dios deja crecer para no poner en peligro prematuramente la cosecha. En la segunda se podría entender lo contrario: los judíos celebran la fiesta de los ázimos (unida a la Pascua), la levadura les parecía podredumbre. Ahora la levadura de la fiesta cristiana penetra en la masa y hace que todo fermente poco a poco. Y finalmente el reino de los cielos es la más pequeña de todas las semillas, pero termina siendo más grande que todas las demás plantas. Sólo se explica el significado de la primera parábola -de nuevo por la acción del Espíritu Santo en la Iglesia-, la segunda y la tercera son tan claras que no necesitan explicación.

2. El Espíritu Santo es por tanto el que penetra e interpreta allí donde la comprensión del hombre natural no llega. Eso es lo que se dice expresamente en la segunda lectura. El hombre, incluso el cristiano, puede a menudo quedarse perplejo cuando se pregunta cómo debe dirigirse a Dios correctamente desde la tierra y sus campos llenos de cizaña. Siente su oración como una mezcla impura de trigo y cizaña que no se puede presentar así ante Dios. Entonces «el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad»; él sabe cómo debe ser nuestra oración al Padre y la pronuncia en lo profundo de nuestros corazones. Por eso el Padre oye, cuando escucha nuestra oración, no solamente a su propio Espíritu, sino una unidad indisoluble de nuestro corazón con él. Y de esta unidad el Padre sólo oye lo que es correcto, lo que nos conviene. Y nosotros estamos presentes en ello. Nosotros rezamos en el Espíritu, pero al mismo tiempo también con nuestra inteligencia (cfr. 1 Co 14,1S). No es verdad que el Espíritu sea el trigo y nosotros simplemente la cizaña.

3. La separación y la indulgencia.

Al final del evangelio de la cizaña mezclada con el trigo se produce una separación inexorable: la cizaña se arranca, se ata en gavillas y se quema; el trigo se almacena en el granero de Dios. La separación es necesaria porque nada impuro puede entrar en el reino del Padre. ¿Hay hombres que no son más que cizaña e impureza? El juicio al respecto le corresponde sólo a Dios. En la primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría, se nos dice que Dios, en su «poder total», practica una justicia perfecta, pero que precisamente este poder ilimitado le lleva a gobernar con «indulgencia», con "clemencia", con «moderación»; y al mostrar esta su indulgencia a su pueblo, le enseña que «el justo debe ser humano». Y no sólo esto, sino que «diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento».
(HANS URS von BALTHASAR, LUZ DE LA PALABRA, Comentarios a las lecturas dominicales A-B-C, Ediciones ENCUENTRO.MADRID-1994.Pág. 90 s.)


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Aplicación: R. Cantalamessa - El trigo y la cizaña

Con tres parábolas, Jesús presenta en el Evangelio la situación de la Iglesia en el mundo. La parábola del grano de mostaza que se convierte en un árbol indica el crecimiento del Reino, no tanto en extensión, sino en intensidad; indica la fuerza transformadora del Evangelio que "levanta" la masa y la prepara para convertirse en pan.

Los discípulos comprendieron fácilmente estas dos parábolas; pero esto no sucedió con la tercera, la del trigo y la cizaña, y Jesús tuvo que explicársela a parte.

El sembrador, dijo, era él mismo; la buena semilla, los hijos del Reino; la cizaña, los hijos del maligno; el campo, el mundo; y la siega, el fin del mundo.

Esta parábola de Jesús, en la antigüedad, fue objeto de una memorable disputa que es muy importante tener presente también hoy. Había espíritus sectáreos, donatistas, que resolvían la cuestión de manera simplista: por una parte, está la Iglesia (¡su iglesia!) constituida sólo por personas perfectas; por otra, el mundo lleno de hijos del maligno, sin esperanza de salvación. A estos se les opuso san Agustín: el campo, explicaba, ciertamente es el mundo, pero también en la Iglesia; lugar en el que viven codo a codo santos y pecadores y en el que hay lugar para crecer y convertirse. "Los malos --decía-- están en el mundo o para convertirse o para que por medio de ellos los buenos ejerzan la paciencia".

Los escándalos que de vez en cuando sacuden a la Iglesia, por tanto, nos deben entristecer, pero no sorprender. La Iglesia se compone de personas humanas, no sólo de santos. Además, hay cizaña también dentro de cada uno de nosotros, no sólo en el mundo y en la Iglesia, y esto debería quitarnos la propensión a señalar con el dedo a los demás. Erasmo de Roterdam, respondió a Lutero, quien le reprochaba su permanencia en la Iglesia católica a pesar de su corrupción: "Soporto a esta Iglesia con la esperanza de que sea mejor, pues ella también está obligada a soportarme en espera de que yo sea mejor".

Pero quizá el tema principal de la parábola no es el trigo ni la cizaña, sino la paciencia de Dios. La liturgia lo subraya con la elección de la primera lectura, que es un himno a la fuerza de Dios, que se manifiesta bajo la forma de paciencia e indulgencia. Dios no tiene simple paciencia, es decir, no espera al día del juicio para después castigar más severamente. Se trata de magnanimidad, misericordia, voluntad de salvar.

La parábola del trigo y de la cizaña permite una reflexión de mayor alcance. Uno de los mayores motivos de malestar para los creyentes y de rechazo de Dios para los no creyentes ha sido siempre el "desorden" que hay en el mundo. El libro bíblico de Qoelet (Eclesiastés), que tantas veces se hace portavoz de las razones de los que dudan y de los escépticos, escribía: "Todo le sucede igual al justo y al impío... Bajo el sol, en lugar del derecho, está la iniquidad, y en lugar de la justicia la impiedad" (Qoelet 3, 16; 9,2). En todos los tiempos se ha visto que la iniquidad triunfa y que la inocencia queda humillada. "Pero --como decía el gran orador Bossuet-- para que no se crea que en el mundo hay algo fijo y seguro, en ocasiones se ve lo contrario, es decir, la inocencia en el trono y la iniquidad en el patíbulo".

La respuesta a este escándalo ya la había encontrado el autor de Qoelet: "Dije en mi corazón: Dios juzgará al justo y al impío, pues allí hay un tiempo para cada cosa y para toda obra" (Qoelet 3, 17). Es lo que Jesús llama en la parábola "el tiempo de la siega". Se trata, en otras palabras, de encontrar el punto de observación adecuado ante la realidad, de ver las cosas a la luz de la eternidad.

Es lo que pasa con algunos cuadros modernos que, si se ven de cerca, parecen una mezcla de colores sin orden ni sentido, pero si se observan desde la distancia adecuada, se convierten en una imagen precisa y poderosa.

No se trata de quedar con los bazos cruzados ante el mal y la injusticia, sino de luchar con todos los medios lícitos para promover la justicia y reprimir la injusticia y la violencia. A este esfuerzo, que realizan todos los hombres de buena voluntad, la fe añade una ayuda y un apoyo de valor inestimable: la certeza de que la victoria final no será de la injusticia, ni de la prepotencia, sino de la inocencia.

Al hombre moderno le resulta difícil aceptar la idea de un juicio final de Dios sobre el mundo y la historia, pero de este modo se contradice, pues él mismo se rebela a la idea de que la injusticia tenga la última palabra. En muchos milenios de vida sobre la tierra, el hombre se ha acostumbrado a todo; se ha adaptado a todo clima, inmunizado a muchas enfermedades. Hay algo a lo que nunca se ha acostumbrado: a la injusticia. Sigue experimentándola como intolerable. Y a esta sed de justicia responderá el juicio. Ya no sólo será querido por Dios, sino también por los hombres y, paradójicamente, también por los impíos. "En el día del juicio universal --dice el poeta Paul Claudel--, no sólo bajará del cielo el Juez, sino que se precipitará a su alrededor toda la tierra".

¡Cómo cambian las vicisitudes humanas cuando se ven desde este punto de vista, incluidas las que tienen lugar en el mundo de hoy! Tomemos el ejemplo que tanto nos humilla y entristece a nosotros, los italianos, el crimen organizado, la mafia la ‘ndrangheta, la camorra..., y que con otros nombres está presente en muchos países. Recientemente el libro "Gomorra" de Roberto Saviano y la película que se ha hecho sobre él han documentado el nivel de odio y de desprecio alcanzado por los jefes de estas organizaciones, así como el sentimiento de impotencia y casi de resignación de la sociedad ante este fenómeno.

En el pasado, hemos visto personas de la mafia que han sido acusadas de crímenes horrorosos defenderse con una sonrisa en los labios, poner en jaque a jueces y tribunales, reírse ante la falta de pruebas. Como si, librándose de los jueces humanos, habrían resuelto todo. Si pudiera dirigirme a ellos, les diría: ¡no os hagáis ilusiones, pobres desgraciados; no habéis logrado nada! El verdadero juicio todavía debe comenzar. Aunque acabéis vuestros días en libertad, temidos, honrados, e incluso con un espléndido funeral religioso, después de haber dado grandes ofertas a obras pías, no habréis logrado nada. El verdadero Juez os espera detrás de la puerta, y no se le puede engañar. Dios no se deja corromper.

Debería ser, por tanto, motivo de consuelo para las víctimas y de saludable susto para los violentos lo que dice Jesús al concluir su explicación sobre la parábola de la cizaña: "De la misma manera, pues, que se recoge la cizaña y se la quema en el fuego, así será al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, que recogerán de su Reino todos los escándalos y a los obradores de iniquidad, y los arrojarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre".

 

(Cortesía: NBCD e iveargentina.org)



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EJEMPLOS

 

El fruto es eterno.

Era una mujer de unos 53 años, enferma de cáncer y perfectamente consciente de su enfermedad. Se enteró de que a otra amiga suya le habían diagnosticado la misma enfermedad.
Ante esa noticia le mandó un recado por una amiga común:
- Dile que aproveche el tesoro que tiene. Que la enfermedad y el dolor se pasan, se acaban, pero el fruto, el premio, la recompensa, es para siempre, para toda la eternidad.

"Estoy convencido de que los padecimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria futura que se ha de manifestar en nosotros"(Rom. 8, 18)Qué estimulante y consoladora resulta esa visión del dolor y de la dificultad: "el dolor se pasa, se acaba, pero el fruto dura" Después de los sufrimientos, la Gloria.
¡Bendita fe!

 

 

 

Saber ver
Dicen que una vez un hombre era perseguido por varios malhechores que querían matarlo. El hombre ingresó a una cueva. Los malhechores empezaron a buscarlo por las cuevas anteriores a la que él se encontraba. Con tal desesperación elevó una plegaria a Dios, de la siguiente manera:
- Dios todopoderoso, haz que dos ángeles bajen y tapen la entrada, para que no entren a matarme.
En ese momento escuchó a los hombres acercándose a la cueva en la que estaba escondido, y vio que apareció una arañita. La arañita empezó a tejer una telaraña en la entrada.
- Señor, te pedí ángeles, no una araña.
Y continuó:
- Señor por favor, con tu mano poderosa coloca un muro fuerte en la entrada para que los hombres no puedan entrar a matarme.
Abrió los ojos esperando ver el muro tapando la entrada, y observó a la arañita tejiendo la telaraña.
Estaban ya los malhechores ingresando en la cueva anterior y éste quedó esperando su muerte. Cuando los malhechores estuvieron frente a la cueva que se encontraba el hombre, ya la arañita había tapado toda la entrada, entonces se escuchó esta conversación:
- ¡Vamos, entremos a esta cueva!
- No. ¡No ves que hasta hay telarañas!, nadie ha entrado en esta cueva. Sigamos buscando en las demás.
Si le pides a Dios un árbol te lo dará en forma de semilla.


Camino de la fuente
Un aguador de la India tenía sólo dos grandes vasijas que colgaba en los extremos de un palo y que llevaba sobre los hombros.
Una tenía varias grietas por las que se escapaba el agua, de modo que al final de camino sólo conservaba la mitad, mientras que la otra era "perfecta" y mantenía intacto su contenido.
Esto sucedía diariamente. La vasija sin grietas estaba muy orgullosa de sus logros pues se sabía idónea para los fines para los que fue creada. Pero la pobre vasija agrietada estaba avergonzada de su propia imperfección y de no poder cumplir correctamente su cometido. Así que al cabo de dos años le dijo al aguador:
"Estoy avergonzada y me quiero disculpar contigo porque debido a mis grietas sólo obtienes la mitad del valor que deberías recibir por tu trabajo"
El aguador le contestó: "Cuando regresemos a casa quiero que notes las bellísimas flores que crecen a lo largo del camino". Así lo hizo la tinaja y, en efecto, vio muchísimas flores hermosas a lo largo de la vereda; pero siguió sintiéndose apenada porque al final sólo guardaba dentro de sí la mitad del agua del principio.
El aguador le dijo entonces: "¿Te diste cuenta de que las flores sólo crecen en tu lado del camino? Quise sacar el lado positivo de tus grietas y sembré semillas de flores. Si no fueras exactamente como eres, con tu capacidad y tus limitaciones, no hubiera sido posible crear esa belleza. Todos somos vasijas agrietadas por alguna parte, pero siempre existe la posibilidad de aprovechar las grietas para obtener buenos resultados."



Susurra el nombre de Jesús
Las madres, los educadores, tienen el peligro de desanimarse al ver con frecuencia el poco resultado de sus enseñanzas y consejos. Las malas compañías, algunos profesores, el permisivismo ideológico, suelen borrar las buenas semillas que ellos sembraron en los hijos. Pero no deben desanimarse. Hay que seguir sembrando. La buena semilla que ellas depositaron en el corazón de sus hijos rebrotarán un día, y en medio y por encima de la maleza.
Las madres cristianas de Kerala, en la India, tienen la hermosa costumbre de susurrar el nombre de Jesús al oído de sus hijos recién nacidos. Dicen que el nombre de Jesús, dulcemente susurrado, y succionado como subliminalmente junto con la leche materna, ha producido en Kerala una cristiandad fuerte y consistente. ¡Santa costumbre, empezar así la vida, y terminarla luego pronunciado este nombre!


Sembrar para cosechar
Una mujer soñó que estaba en una tienda recién inaugurada y para su sorpresa, descubrió que Dios se encontraba tras el mostrador. - ¿Qué vendes aquí?, le preguntó. -Todo lo que tu corazón desee, respondió Dios. Sin atreverse a creer lo que estaba oyendo, se decidió a pedir lo mejor que un ser humano podría desear. -Deseo paz, amor, felicidad, sabiduría... Tras un instante de vacilación, añadió: -No sólo para mí, sino para todo el mundo... Dios se sonrió y le dijo: -Creo que no me has comprendido. -Aquí no vendemos frutos, únicamente vendemos semillas. -Para sembrar una planta hay necesidad de romper primero la capa endurecida de tierra y abrir los surcos; luego, desmenuzar y aflojar los trozos que aún permanecen apelmazados, para que la semilla pueda penetrar, regando abundantemente para conservar el suelo húmedo y entonces... -Esperar con paciencia hasta que germinen y crezcan! En la misma forma en que procedemos con la naturaleza hay que trabajar con el corazón humano, "roturando" la costra de la indiferencia que la rutina ha formado, removiendo los trozos de un egoísmo mal entendido, desmenuzándolos en pequeños trozos de gestos amables, palabras cálidas y generosas, hasta que con soltura, permitan acoger las semillas que diariamente podemos solicitar "gratis" en el almacén de Dios, porque EL mantiene su supermercado en promoción. Son semillas que hay que cuidar con dedicación y esmero y regarlas con sudor, lágrimas y a veces hasta con sangre, como regó Dios nuestra redención y como tantos han dado su vida y su sangre por otros, en un trabajo de fe y esperanza, de perseverante esfuerzo, mientras los frágiles retoños, se van transformando en plantas firmes capaces de dar los frutos anhelados...



Para que la caridad crezca
Dios es caridad, y el que permanece en la caridad permanece en Dios y Dios en él (1Jn 4, 16). Y Dios difunde su caridad en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que se nos ha dado (cfr. Rom 5, 5). Por consiguiente, el primero y más imprescindible don es la caridad, con la que amamos a Dios sobre todas las cosas y al prójimo por Él. Pero, a fin de que la caridad crezca en el alma como una buena semilla y fructifique, todo fiel debe escuchar de buena gana la palabra de Dios y poner por obra su voluntad con la ayuda de la gracia. Participar frecuentemente en los sacramentos, sobre todo en la Eucaristía, y en las funciones sagradas. Aplicarse asiduamente a la oración, a la abnegación de sí mismo, al solícito servicio de los hermanos y al ejercicio de todas las virtudes. Pues la caridad, como vínculo de perfección y plenitud de la ley (cfr. Col 3, 14; Rom 3, 10), rige todos los medios de santificación, los informa y los conduce a su fin. De ahí que la caridad para con Dios y para con el prójimo sea el signo distintivo del verdadero discípulo de Cristo (Conc. Vat. II, Const. Lumen gentium, 42).


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