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Domingo 30 del Tiempo Ordinario A - Comentarios de Sabios y Santos: con ellos preparamos la Acogida de la Palabra de Dios durante la celebración de la Misa dominical parroquial

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A su servicio
Exégesis: José María Solé Roma, C.F.M.
Comentario Teológico: San Alberto Hurtado
Santos Padres: San Juan Crisóstomo
Aplicación: San Alberto Hurtado
Aplicación: Benedicto XVI
Aplicación: San Juan Pablo II
Ejemplos

 

 

La Palabra de Dios y yo - cómo acogerla
Falta un dedo: Celebrarla

 

 

comentarios a Las Lecturas del Domingo

Exégesis: José María Solé Roma, C.F.M.


EXODO 22, 2127:

El Código de la Alianza desarrolla los mandamientos del Decálogo. Aquí nos
da unas aplicaciones y ampliaciones muy interesantes de moral social:

— Israel tratará a los forasteros con humanidad y nunca olvidará los tiempos
en que fue forastero en Egipto. Con esto superará la fácil tentación de
oprimir a peregrinos y. extranjeros.

— Otro grupo inerme y expuesto a ser oprimido son los huérfanos y las
viudas. En el Pueblo de la Alianza sería un pecado que clama al cielo. El
Legislador acentúa el lazo íntimo que une a todo desvalido con Dios. Dios
está oído atento al clamor de los oprimidos. Les hace justicia porque es
compasivo: «Clamará a Mí y Yo le oiré, porque soy compasivo» (26).

— Transpiran también humanidad y amor las leyes que prohíben toda usura con
cualquier hijo de Israel (24). Y más aún la prohibición de retener algo
tomado en prenda si el prójimo lo necesita: «Si tomas en prenda el manto de
tu prójimo, se lo devolverás al ponerse el sol, porque con él se abriga; es
el vestido de su cuerpo. ¿Sobre qué va a dormir, si no?» (25). El N. T. será
aún más exigente en esta línea de dadivosidad y esplendidez: «Da a quien te
pida; y no vuelvas el rostro a quien quiera pedirte un préstamo» (Mt 5, 42).
«Y como deseáis que hagan con vosotros los hombres, haced vosotros con
ellos» (Lc 7, 31). Cristo universaliza la ley del amor. La Ley Mosaica no
iba más allá del amor a los hermanos de raza o sangre.



1 TESALONICENSES 1, 510:

En una fórmula de acción de gracias a Dios (2), Pablo enumera los motivos de
gozo y de alabanza que encuentra en sus Tesalonicenses. Con esto la alabanza
pierde todo regusto de adulación y se convierte en una discreta exhortación
a perseverar en el fervor y aun a superarse:

— Es digna de encomio la docilidad que los Tesalonicenses prestaron a la
palabra predicada por Pablo. Se ha hecho célebre su fe en Macedonia y Acaya.
En toda Grecia se habla del fervor de la Comunidad de Tesalónica. Pablo
puede gloriarse de ellos y presentarlos como modelo a otras Comunidades
(89). Pablo, que predicó el Evangelio en Tesalónica entre mil zozobras (Act
cc 1718), se goza al ver cómo se multiplican y se vigorizan las nuevas
cristiandades.

— Otro honor les cabe a los Tesalonicenses: «Vosotros os habéis hecho
imitadores nuestros y del Señor al acoger su palabra entre grandes
tribulaciones con gozo en el Espíritu Santo» (6). Grande maravilla la de
aquellos neófitos que afrontaban toda suerte de sufrimientos y humillaciones
al aceptar la fe de Cristo. Los unos, porque tenían que sufrir la enemiga
del judaísmo que les consideraba traidores a Moisés; los otros, porque se
enemistaban con el culto oficial del Imperio: «Os convertisteis a Dios;
dejasteis los ídolos para servir al Dios vivo y verdadero» (9). Los neófitos
consideraban una gracia singular poder sufrir por Cristo: «Dios os ha
otorgado la gracia no sólo de creer en Cristo, sino también de padecer por
Él» (Flp 1,29). El Espíritu Santo inundaba de gozo espiritual los corazones
generosos de los valientes convertidos.

— Otro estímulo que enardece aquella generación cristiana es la esperanza de
la Parusía de Cristo (10). Ellos la esperaban no con miedo, como hoy se
estila, sino con gozosa añoranza. La Parusía representaba la glorificación
plena de Cristo y de los cristianos: «Cuando Cristo, vida nuestra, realice
su Epifaníagloriosa, también vosotros la tendréis con Él» (Col 3, 4). La
Parusía será la Redención y Liberación plena y definitiva (10). La
Eucaristía es la Parusía que ahora en velos de fe hace Cristo a su Iglesia
peregrina. Por eso debemos celebrarla en gozo desbordante: «Cujus mortem in
caritate celebramus, resurrectionern fide vivida confitemur, adventum in
gloria spe firmissima praestolamur» (Pref. Comm. V).



MATEO 22, 3440:

Una pregunta insidiosa de los Fariseos a Jesús es ocasión de que el Maestro
exponga los puntos más importantes de su divino mensaje:

— Jesús deja por siempre definido qué es lo primero y primordial en la Ley.
El mandamiento primero y máximo es sin discusión: «Amarás al Señor tu Dios
con todo tu corazón» (37). Con esto Jesús abre una ruta luminosa de libertad
y generosidad a todos. Amor es una entrega a Dios en fidelidad y en
totalidad.

— Los Fariseos podían no ver originalidad en la respuesta de Jesús. Ellos
conocían muy bien el mandamiento del amor a Dios formulado en el
Deuteronomio (Dt 6, 5), y sin duda lo habrían igualmente antepuesto a todo
otro. La originalidad de la respuesta de Jesús con la que sobrepasa toda la
moral de los Fariseos es que complemento inseparable del amor de Dios es el
amor al prójimo. Disociados el uno del otro mueren los dos de inanición.
Amamos a Dios en el prójimo. Amamos al prójimo en Dios. La caridad tiene,
pues, doble vivencia: Con Dios y con el prójimo. Tiene doble fructificación:
Amor y obras; amor y servicio.

— Y Jesús, con tono y autoridad de Legislador, promulga lo que va a ser la
nueva ley del Nuevo Testamento: La ley del amor en su doble e indisociable
proyección: a Dios y al prójimo. Y declara que el amor es el alma de la ley
y su síntesis (42).«Ningún deseo de Cristo está expresado con igual energía.
Adivinamos como una tensión en sus palabras. Cual si el Señor supiese cuán
débiles somos y cuán ambiguos amadores, más inclinados siempre al amor de
nosotros mismos» (Paulo VI: 11XII1968). Frente al egoísmo, el nuestro y el
de los demás, enarbolemos la bandera de la auténtica caridad cristiana: «A
donde no hay amor—nos dirá Juan de la Cruz—sembremos amor y cosecharemos
amor». Amor a Dios, pues sería imposible una fraternidad sin Padre. Amor a
los hermanos, pues sin él ofenderíamos y negaríamos la paternidad de Dios.

— El amor cristiano, inspirado y vivificado por el Espíritu Santo, se
denomina «Caridad».En toda ley y norma, la caridad debe ser el principio y
la razón. En caridad debe mandar el legislador; y en caridad debe obedecer
el súbdito.En todos los carismas y ministerios, la caridad debe ser raíz y
fuente. Un ministro Evangélico que actúa sin caridad, es del todo
inoperante. Sólo la caridad edifica. En toda vida cristiana la caridad es el
alma y el motor. Y sólo es cristiano lo que va inspirado, empapado,
vivificado por la caridad. Nos lo enseña magníficamente el Apóstol en su
insuperable panegírico de la caridad (1 Cor 13, 113).
(SOLÉ ROMA, J. M., Ministros de la Palabra. Ciclo A, Herder, Barcelona,
1979, pp. 264-267)


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Comentario Teológico: San Alberto Hurtado


La orientación fundamental del catolicismo

“Seamos cristianos, es decir, amemos a nuestros hermanos”. En este
pensamiento lapidario resume el gran Bossuet su concepción de la moral
cristiana. Poco antes había dicho: “Quien renuncia a la caridad fraterna,
renuncia a la fe, abjura del cristianismo, se aparta de la escuela de
Jesucristo, es decir, de su Iglesia”.

Al iniciar este estudio sobre el deber social de los católicos nos ha
parecido que la mejor introducción es recordar el pensamiento básico que
funda toda la actitud moral del catolicismo. Sin una comprensión de esta
actitud, y sin entender exactamente el sitio que ocupa la caridad en el
pensamiento de la Iglesia, será muy difícil evitar una actitud de crítica,
de amarga protesta, ante las exigencias sociales, cuya razón íntima no se
podrá percibir.

Si llegamos a comprender a fondo el sitio que ocupa la caridad en el
cristianismo, la actitud de amor hacia nuestros hermanos, el respeto hacia
ellos, el sacrificio de lo nuestro por compartir con ellos nuestras
felicidades y nuestros bienes, fluirán como consecuencias necesarias y harán
fácil una reforma social. De lo contrario, cualquier petición a favor de los
que llevan una vida más dura encontrará resistencias de nuestra parte, y
sólo podrá ser obtenida con protestas y amargas quejas, y nunca con el gesto
amplio del amor y de la comprensión, sino que contentándose con dar el
mínimo necesario para tapar la boca de quienes exigen y amenazan.

Lo más interesante, por tanto, en un estudio del deber social de los
católicos es comprender su actitud, el estado de ánimo para abordar este
estudio; es poner al lector en el clima propio del catolicismo; es invitarlo
a mirar este problema con los ojos de Cristo, a juzgarlo con su mente, a
sentirlo con su corazón. No lograremos una visión social justa mientras el
católico del siglo XX no tenga ante el problema social la actitud de la
Iglesia que no es en el fondo sino, prolongado, Cristo viviendo entre
nosotros. Una vez que el católico haya entrado en esta actitud de espíritu,
todas las reformas sociales, todas las reformas que exige la justicia social
están virtualmente ganadas. Será necesaria la técnica económica social, un
gran conocimiento de la realidad humana, de las posibilidades de la
industria en un momento determinado, de la vinculación internacional de los
problemas sociales, pero todos estos estudios se harán sobre un terreno
propicio si la cabeza y el corazón del cristiano han logrado comprender y
sentir el mensaje de Cristo.

El Mensaje de Cristo: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lc 10,27). El
Mensaje de Jesús fue comprendido en toda su fuerza por sus colaboradores más
inmediatos, los apóstoles: “El que no ama a su hermano no ha nacido de Dios”
(1Jn 2,1). “Si pretendes amar a Dios y no amas a tu hermano, mientes” (1Jn
4,20). “¿Cómo puede estar en él el amor de Dios, si rico en los bienes de
este mundo, si viendo a su hermano en necesidad le cierra el corazón?” (1Jn
3,17). Con qué insistencia inculca Juan esta idea: que es puro egoísmo
pretender complacer a Dios mientras se despreocupa de su prójimo. Santiago
apóstol con no menor viveza que San Juan dice: “La religión amable a los
ojos de Dios, no consiste solamente en guardarse de la contaminación del
siglo, sino en visitar a los huérfanos y asistir a las viudas en sus
necesidades” (Sant 1,27).

San Pablo, apasionado de Cristo: “Nacemos por la caridad, servidores los
unos de los otros, pues toda nuestra ley está contenida en una sola palabra:
Ama a tu prójimo como a ti mismo” (Gal 5,14). “El que ama a su prójimo
cumple la ley” (Rm 12,8). “Llevad los unos la carga de los otros y así
cumpliréis la ley de Cristo” (Gal 6,2). Todavía con mayor insistencia, San
Pablo resume todos los mandamientos no ya en dos, sino en uno que compendia
los dos mandamientos fundamentales: “Toda la ley se compendia en esta sola
palabra: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Rm 13,19). San Juan repite el
mismo concepto: “Si nos amamos unos a otros Dios mora en nosotros y su amor
es perfecto en nosotros” (1Jn 4,12). Y añade aún un pensamiento, fundamento
de todos los consuelos del cristiano: “Sabemos que hemos pasado de la muerte
a la vida sobrenatural si amamos a nuestros hermanos. El que no ama
permanece en la muerte” (1Jn, 3,14).

Después de recorrer tan rápidamente unos cuantos textos escogidos al azar
entre los mucho más numerosos que podríamos citar, de cada uno de los
apóstoles que han consignado su predicación por escrito, no podemos menos de
concluir que no puede pretender llamarse cristiano quien cierra su corazón
al prójimo.

Se engaña, si pretende ser cristiano, quien acude con frecuencia al templo
pero no al conventillo para aliviar las miserias de los pobres. Se engaña
quien piensa con frecuencia en el cielo, pero se olvida de las miserias de
la tierra en que vive. No menos se engañan los jóvenes y adultos que se
creen buenos porque no aceptan pensamientos groseros, pero que son incapaces
de sacrificarse por sus prójimos. Un corazón cristiano ha de cerrarse a los
malos pensamientos, pero también ha de abrirse a los que son de caridad.

La enseñanza Papal

La primera encíclica dirigida al mundo cristiano por San Pedro encierra un
elogio tal de la caridad que la coloca por encima de todas las virtudes,
incluso de la oración: “Sed perseverantes en la oración, pero por encima de
todo practicad continuamente entre vosotros la caridad” (1Pe 4,89).

Desfilan los siglos, doscientos cincuenta y ocho Pontífices se han sucedido,
unos han muerto mártires de Cristo, otros en el destierro, otros dando
testimonio pacífico de la verdad del Maestro, unos han sido plebeyos y otros
nobles, pero su testimonio es unánime, inconfundible, no hay uno que haya
dejado de recordarnos el mandamiento del Maestro, el mandamiento nuevo del
amor de los unos a los otros, como Cristo nos ha amado. Imposible sería
recorrer la lista de los Pontífices aduciendo sus testimonios: tales
citaciones constituirían una biblioteca.

La práctica del amor cristiano

Con mayor cuidado que la pupila de los ojos debe, pues, ser mirada la
caridad. La menor tibieza o desvío voluntario hacia un hermano,
deliberadamente admitidos, serán un estorbo más o menos grave a nuestra
unión con Cristo. Por eso nos dijo el Maestro que “si al ir a presentar una
ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo
contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a
reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda” (Mt
5,2324).

Al comulgar recibimos el Cuerpo físico de Cristo, Nuestro Señor, y no
podemos, por tanto, en nuestra acción de gracias rechazar su Cuerpo Místico.
Es imposible que Cristo baje a nosotros con su gracia y sea un principio de
unión si guardamos resentimiento con alguno de sus miembros. Por esto San
Pablo, que había comprendido tan bien la doctrina del Cuerpo Místico, nos
dice: “Os conjuro hermanos... que todos habléis del mismo modo y no haya
disensiones entre vosotros, sino que todos estéis enteramente unidos en un
mismo sentir y en un mismo querer” (1Co 1,10).

Este amor al prójimo es fuente para nosotros de los mayores méritos que
podemos alcanzar porque es el que ofrece los mayores obstáculos. Amar a Dios
en sí es más perfecto, pero, más fácil; en cambio, amar al prójimo, duro de
carácter, desagradable, terco, egoísta, pide al alma una gran generosidad
para no desmayar. Por esto Marmión dice: “No temo afirmar que un alma que
por amor sobrenatural se entrega sin reservas a Cristo en las personas del
prójimo ama mucho a Cristo y es a su vez infinitamente amada. Cerrándose al
prójimo se cierra a Cristo el más ardiente deseo de su corazón: ‘Que todos
sean uno’”.

Este amor, ya que todos no formamos sino un solo Cuerpo, ha de ser
universal, sin excluir positivamente a nadie, pues Cristo murió por todos y
todos están llamados a formar parte de su Reino. Por tanto, aun los
pecadores deben ser objeto de nuestro amor puesto que pueden volver a ser
miembros del Cuerpo Místico de Cristo. Que hacia ellos se extienda, por
tanto, también nuestro cariño, nuestra delicadeza, nuestro deseo de hacerles
el bien, y que al odiar el pecado no odiemos al pecador.

El amor al prójimo ha de ser ante todo sobrenatural, esto es, amarlo con la
mira puesta en Dios, para alcanzarle o conservarle la gracia que lo lleva a
la bienaventuranza. Amar es querer bien, como dice Santo Tomás, y todo bien
está subordinado al [bien] supremo; por eso es tan noble la acción de
consagrar una vida a conseguir a los demás los bienes sobrenaturales que son
los supremos valores de la vida.

Pero hay también otras necesidades que ayudar: un pobre que necesita pan, un
enfermo que requiere medicinas, un triste que pide consuelo, una injusticia
que pide reparación... y sobre todo, los bienes positivos que deben ser
impartidos, pues aunque no haya ningún dolor que restañar, hay siempre una
capacidad de bien que recibir.

San Pablo resume admirablemente esta actitud: “Amaos recíprocamente con
ternura y caridad fraternal, procurando anticiparos unos a otros en las
señales de honor y deferencia... Alegraos con los que se alegran y llorad
con los que lloran, estad siempre unidos en unos mismos sentimientos...
vivid en paz y, si se puede, con todos los hombres” (Rm 12,1018). “Os ruego
encarecidamente que os soportéis unos a otros con caridad; solícitos en
conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz; pues no hay más
que un solo cuerpo y un solo Espíritu, así como fuisteis llamados a una
misma esperanza de vuestra vocación” (Ef 4,14).

El modelo del amor y su imitación por los cristianos

La ley de la caridad no es para nosotros ley muerta; tiene un modelo vivo
que nos dio ejemplos de ella desde el primer acto de su existencia hasta su
muerte, y continúa dándonos pruebas de su amor en su vida gloriosa: ese es
Jesucristo.

Hablando de Él, dice San Pablo que es la Benignidad misma que se ha
manifestado a la tierra; y San Pedro, que vivió con Él tres años, nos resume
su vida diciendo que “pasó por el mundo haciendo el bien” (Hech 10,38). Como
el Buen Samaritano, cuya caritativa acción Él mismo nos ponderó, tomó al
género humano en sus brazos y sus dolores en el alma.

Viene a destruir el pecado, que es el supremo mal; echa a los demonios del
cuerpo de los posesos, pero, sobre todo, los arroja de las almas dando su
vida por cada uno de nosotros. Me amó a mí, también a mí, y se entregó a la
muerte por mí (cf. Gal 2,20). ¿Puede haber señal mayor que dar su vida por
sus amigos?

Junto a estos grandes signos de amor, nos muestra su caridad con los
leprosos que sanó, con los muertos que resucitó, con los adoloridos a los
cuales alivió. Consuela a Marta y María en la pena de la muerte de su
hermano, hasta bramar su dolor; se compadece del bochorno de dos jóvenes
esposos y para disiparlo cambió el agua en vino; en fin, no hubo dolor que
encontrara en su camino que no aliviara. Para nosotros, el precepto de amar
es recordar la palabra de Jesús: “Amaos los unos a los otros como yo os he
amado” (Jn 13,34). ¡Cómo nos ha amado Jesús!

Los verdaderos cristianos, desde el principio, han comprendido
maravillosamente el precepto del Señor. Citar sus ejemplos sería largo, pero
como resumen de todas estas realidades encontramos en un precioso libro de
la remota antigüedad llamado La enseñanza del Señor por medio de los doce
apóstoles a los gentiles: “Dos caminos hay, uno de la vida y otro de la
muerte. La diferencia entre ambos es enorme. La ruta de la vida es así:
Amarás ante todo a Dios tu Creador y luego a tu prójimo como a ti mismo;
todo cuanto no quieres que se haga a ti, no lo hagas a otro. El contenido de
estas palabras significa: bendecid a los que os maldicen, orad por vuestros
enemigos, ayunad por los que os persiguen. ¿Qué hay en efecto de
sorprendente si amáis a los que os aman? ¿No hacen otro tanto los gentiles?
Pero vosotros amad a quienes os aborrecen y a nadie tendréis por enemigo.
Absteneos de apetitos corpóreos. Si alguien te da una bofetada en la mejilla
derecha, vuelve hacia él la otra y serás perfecto. Si alguien te contratare
para una milla, acompáñalo por dos; si alguien te quitare la capa dale
también la túnica... A todo aquel que te pidiere, dale, y no lo recrimines
para que te lo devuelva, porque el Padre quiere que todos participen de sus
dones”.

Esto fue escrito cuando Nerón acababa de quemar a centenares de cristianos
en los jardines de su palacio, como lo narra Tácito; cuando imperaba
Domiciano, mezquino y vil; cuando sangraba el anfiteatro por los miles de
mártires despedazados por las fieras. Los hombres que escribían, enseñaban y
aprendían la doctrina que acabamos de transcribir continuaban impertérritos
amando a Dios y al prójimo. No perdían el ánimo ante los horrores del
presente, ni se amedrentaban al tener siempre suspendida sobre la cabeza la
amenaza del martirio. Por encima de todo estaba en su corazón la certeza del
triunfo del amor. Cristo no sería para siempre vencido por Satán. No había
de ser en vano vertida la sangre del Salvador.

En la esperanza de estos prodigiosos cristianos es donde hay que buscar la
fuerza para retemplar nuestro deber de amar, a pesar de los odios macizos
como cordilleras que nos cercan hoy por todas partes.

Muchas comisiones designan todos los países para solucionar los problemas de
la post guerra, pero no podemos fiarnos demasiado en sus resultados mientras
no vuelva a florecer socialmente la semilla del amor.

Al mirar esta tierra, que es nuestra, que nos señaló el Redentor; al mirar
los males del momento, el precepto de Cristo cobra una imperiosa necesidad:
Amémonos mutuamente. La señal del cristiano no es la espada, símbolo de la
fuerza; ni la balanza, símbolo de la justicia; sino la Cruz, símbolo del
amor. Ser cristiano significa amar a nuestros hermanos como Cristo los ha
amado.
(San Alberto Hurtado, La búsqueda de Dios, Ediciones Universidad Católica de
Chile, Santiago de Chile, 2005, p. 128 – 134)



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Santos Padres: San Juan Crisóstomo


Un mandato nuevo os doy.

Siendo verosímil que ellos, tras de oír esas cosas, se perturbaran, como si
fueran a quedar del todo abandonados, los consuela y los fortifica para su
seguridad con lo que es la raíz de todos los bienes, o sea la caridad. Como
si les dijera: ¿Os doléis de que yo me vaya? Pues si os amáis los unos a los
otros, seréis más fuertes aún. Pero ¿por qué no se lo dijo con esas
palabras? Porque lo hizo diciéndoles otra cosa, que era con mucho más útil.
En esto conocerán que sois mis discípulos. Les significa que su grupo jamás
se disolvería, una vez que les había dado la contraseña para conocerse. Y lo
dijo cuando ya el traidor se había apartado de ellos. ¿Por qué llama nuevo
este mandamiento? Pues ya estaba en el Antiguo Testamento. Lo hizo nuevo por
el modo como lo ordenó. Puesto que lo propuso diciendo: Tal como Yo os he
amado. Yo no he pagado vuestra deuda por méritos anteriores que vosotros
tuvierais, les dice; sino que Yo fui el que comenzó. Pues bien, del mismo
modo conviene que vosotros hagáis beneficios a vuestros amigos, sin que
ellos tengan deuda alguna con vosotros. Haciendo a un lado los milagros que
obrarían, les pone como distintivo la caridad.

¿Por qué motivo? Porque ella es ante todo indicio y argumento de los santos,
ya que ella constituye la señal de toda santidad. Por ella, sobre todo,
alcanzamos la salvación. Como si les dijera: en ella consiste ser mi
discípulo. Por ella os alabarán todos, cuando vean que imitáis mi caridad.
Pero ¿acaso no son los milagros los que sobre todo distinguen al discípulo?
De ningún modo: Muchos me dirán: ¡Señor! ¿acaso no en tu nombre echamos los
demonios? Y cuando los discípulos se alegraban de que hasta los demonios los
obedecían, les dijo: No os gocéis de que los demonios se os sujetan, sino de
que vuestros nombres están escritos en el cielo . Fue la caridad la que
atrajo al orbe, pues los milagros ya antes se daban. Aunque sin éstos
tampoco aquélla hubiera podido subsistir.

La caridad los hizo desde luego buenos y virtuosos y que tuvieran un solo
corazón y una sola alma. Si hubiera habido disensiones entre ellos mismos,
todo se habría arruinado. Y no dijo esto Jesús únicamente para ellos sino
para todos los que después habían de creer. Y aun ahora nada escandaliza
tanto a los infieles como la falta de caridad. Dirás que también nosarguyen
porque ya no hay milagros. Pero no ponen en eso tanta fuerza. ¿En qué
manifestaron su caridad los apóstoles? ¿No ves a Pedro y Juan que nunca se
separan y cómo suben al templo? ¿No ves qué actitud observa Pablo para con
ellos? ¿Y todavía dudas? Dotados estuvieron de otras virtudes, pero mucho
más lo estuvieron de la que es madre de todos los bienes. Ella germina en
toda alma virtuosa enseguida; pero en donde hay perversidad, al punto se
marchita: Cuando abunde la maldad, se resfriará la caridad de muchos .

Ciertamente a los gentiles no los mueven tanto los milagros como la vida
virtuosa. Y nada hace tan virtuosa la vida como la caridad. A los que hacen
milagros con frecuencia se les tiene como engañadores; en cambio, nunca
pueden reprender una vida virtuosa. Allá cuando la predicación aún no se
había extendido tanto, con todo derecho los gentiles admiraban los milagros;
pero ahora conviene que seamos admirables por nuestro modo de vivir. No hay
cosa que más atraiga a los gentiles que la virtud; y nada los retrae tanto
como la perversidad; y nada los escandaliza tanto, y con razón. Cuando vean
a un avaro, a un ladrón que ordena lo contrario de la avaricia; y al que
tiene por ley amar a sus enemigos, encarnizado como una fiera contra sus
semejantes, llamarán vaciedades a tales preceptos. Cuando vean a uno lleno
de terror por la muerte ¿cómo van acreer en la inmortalidad? Cuando vean a
los ambiciosos y a los cautivos de otras enfermedades espirituales, más bien
se aferrarán en sus propios pareceres y nos tendrán a nosotros en
nada.Nosotros, ¡sí, nosotros! tenemos la culpa de que ellos permanezcan en
sus errores. Han repudiado ya sus dogmas; admiran ya los nuestros; pero los
repele nuestro modo de vivir. Ser virtuoso de palabra es cosa fácil, pues
muchos de ellos así lo practicaban; pero exigen además las obras buenas,
como una demostración. Dirás: ¡que piensen en los que nos precedieron! No
les darán fe, si observan a los que ahora vivimos. Nos dicen: muéstrame tu
fe en las obras. Tales buenas obras por ninguna parte aparecen. Cuando nos
ven destrozar a nuestros prójimos peor que si fuéramos bestias salvajes, nos
llaman ruina del universo. Esto es lo que detiene a los gentiles para no
pasarse a nosotros.

En consecuencia nosotros sufriremos el castigo no solamente porque obramos
mal, sino además porque por ahí el nombre de Dios es blasfemado. ¿Hasta
cuándo viviremos entregados al anhelo de dineros, de placeres y de otros
vicios? Por fin abstengámonos de ellos. Oye lo que dice el profeta acerca de
algunos insensatos: Comamos y bebamos; mañana moriremos . Por lo que mira a
los presentes, ni siquiera eso podemos asegurar: en tal forma muchos
absorben los bienes de todos. Reprendiéndolos decía el profeta: ¿Acaso
habitaréis vosotros solos la tierra?

Por todo eso, temo que nos acontezca alguna desgracia y que atraigamos sobre
nosotros alguna gran venganza de parte de Dios. Para que esto no suceda,
ejercitemos toda clase de virtudes, de modo que así consigamos los bienes
futuros, por gracia y benignidad del Señor nuestro Jesucristo, por el cual y
con el cual sea la gloria al Padre juntamente con el Espíritu Santo, ahora y
siempre y por los siglos de los siglos.—Amén.
(SAN JUAN CRISÓSTOMO, Explicación del Evangelio de San Juan (2), Homilía
LXXII (LXXI), Tradición México 1981, p. 242-245=



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Aplicación: San Alberto Hurtado



Amar al prójimo

Amar al prójimo no es un programa facultativo, como abandonar sus bienes a
los pobres. El consagrarse a los prójimos es una ley a la que debe obligarse
hasta el más humilde cristiano, bajo pena de no ser de Cristo.

Es el mandamiento, "su" mandamiento, el principal, el central, el total:
ninguna palabra parece excesiva a Cristo para subrayar su excepcional
importancia. Es a lo que tiene más apego. "Es mi mandamiento" (Jn 15,12). No
es la señal de la cruz el signo decisivo del cristiano, sino el signo de la
bondad impreso sobre su conducta, como un cuño con el que se marca un metal
precioso para garantizar su valor. "Se conocerá que sois mis discípulos en
esto: os amaréis los unos a los otros" (Jn 13,35). La línea divisoria entre
las dos facciones por siempre divididas la establecerá la caridad. "Tuve
hambre, me diste de comer, ¡Ven!; no me diste de comer, ¡apártate!" (cf. Mt
25,3146).

Ateniéndonos al sentido literal de la página de Mateo 25,34 el
interrogatorio del Juez se referirá a nuestros deberes, como si el sentido
fuere: ¿A quién serviste en tú existencia terrena? ¿Fuiste útil a los demás?
Esta sola respuesta decidirá nuestra sentencia irrevocable. "Puesto que tú,
egoísta, te has mostrado sin piedad para la miseria humana, tu Maestro sin
piedad para tus faltas te abandona al remordimiento que han provocado. Pero
tú, que has amado a tus hermanos los hombres, tú serás eternamente en el
Reino del amor de Dios".

Materia de reflexión: Mis confesiones, ¿se parecen a esta confesión final
sobre la que deberían modelarse todas las demás? El pecado del egoísmo que
será juzgado con tanta severidad ¿me parece tan grave? No seremos salvados,
si no es al precio de la dedicación a los demás. Los que no han acogido el
grito de la humanidad que sufre quedarán fuera, aunque pretexten haber amado
a Dios.

Mandamiento tan grande que ha sido proclamado igual al de la caridad divina,
y, aunque ésta es superior, la piedra de toque para ver si existe es la
caridad humana. El pueblo judío hacía consistir casi toda su religión en la
plegaria, la ofrenda del sacrificio y la visita del templo. Jesús establece
la primacía de la caridad sobre la rutina litúrgica: "Amar al prójimo como a
sí mismo vale más que los holocaustos" (Mc 12,33). Y detiene al pie del
altar al que va a poner su ofrenda, pero guardando el rencor de la disputa
con su prójimo (cf. Mt 5,24). La parábola del sacerdote, del levita y del
Samaritano nos muestra al verdadero servidor de Dios. Este es aquel que
sirve a todo necesitado (cf. Lc 10,3037). Una virtud que ocupa tan alto
puesto en la enseñanza de Cristo, no puede reducirse a ocupar un pequeño
rincón en nuestra vida.

"Amaos como yo os he amado" (Jn 15,12). Esto va lejos, muy lejos: sacrificar
nuestra conveniencia individual cuando sea necesario para el bien de la
familia humana. La conclusión la saca San Juan: "Puesto que Él ha dado su
vida por nosotros, nosotros debemos dar nuestra vida por nuestros hermanos"
(1 Jn 3,16).

No podemos contentarnos con algunas limosnas, con algunos actos de caridad,
de cuando en cuando, mientras conservamos el fondo de nuestra existencia
consagrada a nosotros mismos. La caridad no se fija límites, pues proviene
de un Espíritu que no los tiene.

La caridad del cristiano es una disposición del corazón que más que por
actos particulares se manifiesta por la inspiración misma de su actividad.
Es lo que su fe reclama de él; es una pasión por la cual se ve obsesionado y
atormentado; un deseo nunca satisfecho de ser benéfico; una servicialidad
perpetua y universal; un amor a sus hermanos que inunda las profundidades de
su alma, ilumina todos sus pensamientos, penetra todos sus sentimientos,
orienta toda su conducta y lleva al máximo su rendimiento en favor de los
prójimos.

Nuestra donación no puede ser tan amplia como quisiéramos porque tenemos que
consagrar bastante tiempo a nosotros mismos, pero en todo lo que hace
simpatiza con los que le rodean; evita lo que les perjudica; se esfuerza en
ayudarles, procura serles útil y en todo se preocupa del bien general.

¡Qué bueno sería vivir teniendo conciencia de servir en nuestro trabajo a la
sociedad entera! Una existencia encerrada en sí, es triste porque es
egoísta. Ella se dilata desde que piensa en los demás, ¡es tan bueno ser
bueno!
(San Alberto Hurtado, Un disparo a la eternidad, Ediciones de la
Universidad Católica de Chile, Santiago de Chile, 2002, p. 333 – 335)



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Aplicación: Benedicto XVI


Hermanos en el episcopado y en el sacerdocio; queridos hermanos y hermanas:

La Palabra del Señor, que se acaba de proclamar en el Evangelio, nos ha
recordado que el amor es el compendio de toda la Ley divina. El evangelista
san Mateo narra que los fariseos, después de que Jesús respondiera a los
saduceos dejándolos sin palabras, se reunieron para ponerlo a prueba (cf. Mt
22, 3435). Uno de ellos, un doctor de la ley, le preguntó: "Maestro, ¿cuál
es el mandamiento mayor de la Ley?" (Mt 22, 36). La pregunta deja adivinar
la preocupación, presente en la antigua tradición judaica, por encontrar un
principio unificador de las diversas formulaciones de la voluntad de Dios.
No era una pregunta fácil, si tenemos en cuenta que en la Ley de Moisés se
contemplan 613 preceptos y prohibiciones.

¿Cómo discernir, entre todos ellos, el mayor? Pero Jesús no titubea y
responde con prontitud: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con
toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento"
(Mt 22, 3738).

En su respuesta, Jesús cita el Shemá, la oración que el israelita piadoso
reza varias veces al día, sobre todo por la mañana y por la tarde (cf. Dt 6,
49; 11, 1321; Nm 15, 3741): la proclamación del amor íntegro y total que se
debe a Dios, como único Señor. Con la enumeración de las tres facultades que
definen al hombre en sus estructuras psicológicas profundas: corazón, alma y
mente, se pone el acento en la totalidad de esta entrega a Dios. El término
mente, diánoia, contiene el elemento racional. Dios no es solamente objeto
del amor, del compromiso, de la voluntad y del sentimiento, sino también del
intelecto, que por tanto no debe ser excluido de este ámbito. Más aún, es
precisamente nuestro pensamiento el que debe conformarse al pensamiento de
Dios.

Sin embargo, Jesús añade luego algo que, en verdad, el doctor de la ley no
había pedido: "El segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti
mismo" (Mt 22, 39). El aspecto sorprendente de la respuesta de Jesús
consiste en el hecho de que establece una relación de semejanza entre el
primer mandamiento y el segundo, al que define también en esta ocasión con
una fórmula bíblica tomada del código levítico de santidad (cf. Lv 19, 18).
De esta forma, en la conclusión del pasaje los dos mandamientos se unen en
el papel de principio fundamental en el que se apoya toda la Revelación
bíblica: "De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas" (Mt
22, 40). La página evangélica sobre la que estamos meditando subraya que ser
discípulos de Cristo es poner en práctica sus enseñanzas, que se resumen en
el primero y mayor de los mandamientos de la Ley divina, el mandamiento del
amor.

También la primera Lectura, tomada del libro del Éxodo, insiste en el deber
del amor, un amor testimoniado concretamente en las relaciones entre las
personas: tienen que ser relaciones de respeto, de colaboración, de ayuda
generosa. El prójimo al que debemos amar es también el forastero, el
huérfano, la viuda y el indigente, es decir, los ciudadanos que no tienen
ningún "defensor". El autor sagrado se detiene en detalles particulares,
como en el caso del objeto dado en prenda por uno de estos pobres (cf. Ex
22, 2526). En este caso es Dios mismo quien se hace cargo de la situación de
este prójimo.

En la segunda Lectura podemos ver una aplicación concreta del mandamiento
supremo del amor en una de las primeras comunidades cristianas. San Pablo,
escribiendo a los Tesalonicenses, les da a entender que, aunque los conozca
desde hace poco, los aprecia y los lleva con cariño en su corazón. Por este
motivo los señala como "modelo para todos los creyentes de Macedonia y de
Acaya" (1 Ts 1, 7). Por supuesto, no faltan debilidades y dificultades en
aquella comunidad fundada hacía poco tiempo, pero el amor todo lo supera,
todo lo renueva, todo lo vence: el amor de quien, consciente de sus propios
límites, sigue dócilmente las palabras de Cristo, divino Maestro,
transmitidas a través de un fiel discípulo suyo.

"Vosotros seguisteis nuestro ejemplo y el del Señor —escribe san Pablo—,
acogiendo la Palabra en medio de grandes pruebas". "Partiendo de vosotros —
prosigue el Apóstol—, ha resonado la Palabra del Señor y vuestra fe en Dios
se ha difundido no sólo en Macedonia y en Acaya, sino por todas partes" (1
Ts 1, 6.8). La lección que sacamos de la experiencia de los Tesalonicenses,
experiencia que en verdad se realiza en toda auténtica comunidad cristiana,
es que el amor al prójimo nace de la escucha dócil de la Palabra divina. Es
un amor que acepta también pruebas duras por la verdad de la Palabra divina;
y precisamente así crece el amor verdadero y la verdad brilla con todo su
esplendor. ¡Qué importante es, por tanto, escuchar la Palabra y encarnarla
en la existencia personal y comunitaria!

En esta celebración eucarística, advertimos de manera singular el especial
vínculo que existe entre la escucha amorosa de la Palabra de Dios y el
servicio desinteresado a los hermanos. ¡Cuántas veces, hemos escuchado
experiencias y reflexiones que ponen de relieve la necesidad, hoy cada vez
mayor, de escuchar más íntimamente a Dios, de conocer más profundamente su
Palabra de salvación, de compartir más sinceramente la fe que se alimenta
constantemente en la mesa de la Palabra divina!

Haciendo nuestras las palabras del Apóstol: "Ay de mí si no predicara el
Evangelio" (1 Co 9, 16), deseo de corazón que en cada comunidad se sienta
con una convicción más fuerte este anhelo de san Pablo como vocación al
servicio del Evangelio para el mundo. Mucha gente está buscando, a veces
incluso sin darse cuenta, el encuentro con Cristo y con su Evangelio; muchos
sienten la necesidad de encontrar en él el sentido de su vida. Por tanto,
dar un testimonio claro y compartido de una vida según la Palabra de Dios,
atestiguada por Jesús, se convierte en un criterio indispensable de
verificación de la misión de la Iglesia.

Las lecturas que la liturgia ofrece hoy a nuestra meditación nos recuerdan
que la plenitud de la Ley, como la de todas las Escrituras divinas, es el
amor. Por eso, quien cree haber comprendido las Escrituras, o por lo menos
alguna parte de ellas, sin comprometerse a construir, mediante su
inteligencia, el doble amor a Dios y al prójimo, demuestra en realidad que
está todavía lejos de haber captado su sentido profundo. Pero, ¿cómo poner
en práctica este mandamiento? ¿Cómo vivir el amor a Dios y a los hermanos
sin un contacto vivo e intenso con las Sagradas Escrituras?

El concilio Vaticano II afirma que "los fieles han de tener fácil acceso a
la Sagrada Escritura" (Dei Verbum, 22) para que las personas, cuando
encuentren la verdad, puedan crecer en el amor auténtico. Se trata de un
requisito que hoy es indispensable para la evangelización. Y, ya que el
encuentro con la Escritura a menudo corre el riesgo de no ser "un hecho" de
Iglesia, sino que está expuesto al subjetivismo y a la arbitrariedad,
resulta indispensable una promoción pastoral intensa y creíble del
conocimiento de la Sagrada Escritura, para anunciar, celebrar y vivir la
Palabra en la comunidad cristiana, dialogando con las culturas de nuestro
tiempo, poniéndose al servicio de la verdad y no de las ideologías del
momento e incrementando el diálogo que Dios quiere tener con todos los
hombres (cf. ib., 21).

Es preciso estimular los esfuerzos que se están llevando a cabo para
suscitar el movimiento bíblico entre los laicos, la formación de animadores
de grupos, con especial atención hacia los jóvenes. Debe sostenerse el
esfuerzo por dar a conocer la fe a través de la Palabra de Dios, también a
los "alejados" y especialmente a los que buscan con sinceridad el sentido de
la vida.

Se podrían añadir otras muchas reflexiones, pero me limito, por último, a
destacar que el lugar privilegiado en el que resuena la Palabra de Dios, que
edifica la Iglesia, como se dijo en el Sínodo, es sin duda la liturgia. En
la liturgia se pone de manifiesto que la Biblia es el libro de un pueblo y
para un pueblo; una herencia, un testamento entregado a los lectores, para
que actualicen en su vida la historia de la salvación testimoniada en lo
escrito. Existe, por tanto, una relación de recíproca y vital dependencia
entre pueblo y Libro: la Biblia es un Libro vivo con el pueblo, su sujeto,
que lo lee; el pueblo no subsiste sin el Libro, porque en él encuentra su
razón de ser, su vocación, su identidad. Esta mutua dependencia entre pueblo
y Sagrada Escritura se celebra en cada asamblea litúrgica, la cual, gracias
al Espíritu Santo, escucha a Cristo, ya que es él quien habla cuando en la
Iglesia se lee la Escritura y se acoge la alianza que Dios renueva con su
pueblo. Así pues, Escritura y liturgia convergen en el único fin de llevar
al pueblo al diálogo con el Señor y a la obediencia a su voluntad. La
Palabra que sale de la boca de Dios y que testimonian las Escrituras regresa
a él en forma de respuesta orante, de respuesta vivida, de respuesta que
brota del amor (cf.Is 55, 1011).

Queridos hermanos y hermanas, oremos para que de la escucha renovada de la
Palabra de Dios, bajo la acción del Espíritu Santo, brote una auténtica
renovación de la Iglesia universal en todas las comunidades cristianas.

María santísima, que ofreció su vida como "esclava del Señor" para que todo
se cumpliera en conformidad con la divina voluntad (cf. Lc 1, 38) y que
exhortó a hacer todo lo que dijera Jesús (cf. Jn 2, 5), nos enseñe a
reconocer en nuestra vida el primado de la Palabra, la única que nos puede
dar la salvación. Así sea.
(Homilía del Papa Benedicto XVI en la Basílica Vaticana el domingo 26 de
octubre de 2008)



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Aplicación: San Juan Pablo II


“Yo te amo, Señor, Tú eres mi fortaleza, Señor, mi roca, mi alcázar, mi
libertador”.


“No vejarás...”, “no oprimirás...”, “no explotarás a viudas ni a huérfanos”,
“no serás...usurero”, “si tomas en prenda...lo devolverás”.

El autor del libro del Éxodo, con estas órdenes tan fuertes y perentorias,
quiere hacernos reflexionar sobre la realidad fundamental de la existencia
de una “ley moral natural”, ingénita en la misma estructura del hombre, ser
inteligente y volitivo. Hay una ley moral inscrita en la conciencia misma
del hombre que impone respetar los derechos del Creador y del prójimo y la
dignidad de la propia persona; ley que se expresa prácticamente con los
“Diez Mandamientos”.

Transgredir la ley moral natural es fuente de consecuencias terribles y ya
lo hacía ver San Pablo en la Carta a los Romanos: “Tribulación y angustia
sobre todo el que hace el mal...; pero gloria, honor y paz para todo el que
hace el bien” (Rm 2,910). Lo que San Pablo decía a los pueblos paganos, que
no habían actuado en conformidad con el conocimiento racional de Dios, único
Creador y Señor, y habían despreciado la ley moral natural, se constata de
modo impresionante en todos los tiempos, y por lo tanto también en nuestra
época: “Y como no procuraron conocer a Dios, Dios lo entregó a su réprobo
sentir, que los lleva a cometer torpezas y a llenarse de toda injusticia,
malicia, avaricia, maldad...” (Rm 1,2829). El descenso de la moral, tanto en
el campo social como en el ámbito personal, causado por la desobediencia a
la ley de Dios inscrita en el corazón del hombre, es la amenaza más terrible
a cada persona y a toda la humanidad.

En el Evangelio de hoy un doctor de la ley pregunta a Jesús: “Maestro, ¿Cuál
es el mandamiento principal de la ley?” (Mt 22,36). Cristo responde: “Amarás
al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser.
Este mandamiento es el principal y el primero. El segundo es semejante a él:
Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Estos dos mandamientos sostienen la ley
entera y los Profetas” (Mt 22,3740).

Con estas palabras Cristo define cuál es el fundamento último de la moral
humana, esto es, aquello sobre lo que se apoya toda la construcción de esta
moral. Cristo afirma que se apoya en definitiva sobre estos dos
mandamientos. Si amas a Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti
mismo, si amas verdadera y realmente, entonces sin duda no “vejarás”, ni
“oprimirás”, “no explotarás a ninguno, en particular a la viuda y al
huérfano”, no serás tampoco “usurero” y si “tomas en prenda lo devolverás”
(Ex 22,2025).

La liturgia de la Palabra de hoy enseña de qué modo se construye el edificio
de la moral humana, desde sus mismos fundamentos y, al mismo tiempo, nos
invita a construir este edificio precisamente así.

Puesto que debemos aprovecharnos honestamente de la participación en la
liturgia de hoy, debemos pensar si y cómo construimos el edificio de nuestra
moral. Y si la conciencia comienza a reprobar nuestras obras, reflexionemos
si a esta moral no le falta el fundamento del amor.

“Dios mío, peña mía, refugio mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte” (Sal
17/18,3).

El hombre, en diversas situaciones de la vida, se dirige a Dios para
encontrar en él la ayuda, por ejemplo con las palabras del Salmo
responsorial de hoy. Se dirige a él en las dificultades y en los peligros.

Los peligros más amenazadores son los de naturaleza moral, tanto por lo que
respecta a los individuos, como también a la familia y a toda la sociedad.

Y entonces es necesario un esfuerzo más grande y una cooperación más
ferviente con Dios para construir sobre roca sólida, sobre el fundamento de
los mandamientos y sobre la potencia de su gracia. Ese fundamento perdura
incesantemente. Y Dios no niega su gracia a los que sinceramente aspiran a
ella.

Que se cumpla en vosotros estas palabras, con las que saludo al comienzo a
vuestra comunidad: “Yo te amo, Señor, Tú eres mi fortaleza, Señor, mi roca,
mi alcázar, mi libertador” (Sal 17/18,2).
(Homilía de san Juan Pablo II en la Parroquia de Jesús Obrero Divino el
domingo 25 de octubre de 1981)



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Ejemplos

La pequeña Teresita

Dios lo ve

Amar a los demás da vida

Los patines y la vida


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