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Año litúrgico patrístico: 1ª Semana de Adviento

 

MANUEL GARRIDO BONAÑO, O.S.B.
Comentarios para cada día de Adviento y Navidad

Domingo 1º de Adviento

Ciclo A

CICLO B

CICLO C

Lunes

Martes

Miércoles

Jueves

Viernes

Sábado



Domingos
La expectativa ante el retorno del Señor polariza la atención de la Iglesia. Nuestras miradas se fijan en Dios.
Entrada: «a Ti, Señor, levanto mi alma. Los que esperan en Ti no quedan defraudados». En la colecta (Gelasiano) pedimos al Señor que avive en sus fieles el deseo de salir al encuentro de Cristo, acompañados por las buenas obras, para que, colocados un día a su derecha, merezcan poseer el reino eterno.
En la oración del ofertorio (Veronense) suplicamos al Señor acepte los bienes que de Él hemos recibido y, por la presentación del pan y del vino, nos conceda que la acción santa que celebramos sea prenda de salvación para nosotros.
Comunión: confiamos en que el Señor nos dará sus bienes y la tierra dará su fruto. Postcomunión (de nueva redacción, inspirada en los Sacramentarios Veronense y de Bérgamo): suplicamos al Señor que fructifique en nosotros la celebración de los sacramentos, con los que Él nos enseña a descubrir el valor de los bienes eternos y poner en ellos nuestro corazón.


CICLO A
Con el Adviento tratamos de abrir nuestras vidas al misterio de Cristo vivo, proclamando la inmensa necesidad que tenemos de Él. Evocamos la primera y segunda venida del Salvador. Es, pues, ocasión propicia para renovar nuestra fe y nuestra responsabilidad ante el misterio salvífico de Cristo.
–Isaías 2,1-5: El Señor reúne a todos los pueblos en la paz eterna del reino de Dios. No obstante la ignorancia y las aberraciones de los hombres, en los planes divinos el designio de salvación se extiende a toda la humanidad. Todos tenemos total necesidad de Cristo Redentor y de la revelación plena del amor de Dios. En esta primera lectura, el profeta Isaías contempla en lontananza el día del Señor y presenta el carácter universal de toda la salvación. El pueblo de la Alianza (el Antiguo y Nuevo Israel) ha sido elegido por Dios para poseer y transmitir la fe y la salvación a todos los pueblos. Dios obra en favor del mundo a través de la Iglesia, ya que el primer pueblo de la Alianza fue infiel.
De ahí la responsabilidad de todo cristiano de no poner obstáculos a la misión salvadora y redentora de Cristo. A todos nos incumbe siempre una actitud misionera, en la medida de nuestras posibilidades, según los diversos estados en que vivimos nuestra vocación.
–Salmo 121: Con este salmo expresamos nuestra alegría porque caminamos hacia la Jerusalén celeste, hacia la gloria futura, y esto nos obliga a exhortar a todos los hombres, nuestros hermanos, a que vivan en la paz y que también ellos se encaminen hacia la Casa del Padre.
Romanos 13,11-14: Nuestra salvación está cerca. Quienes por la fe ya hemos conocido el misterio de Cristo no podemos caer en la inconsciencia de vivir en la irresponsabilidad de los hijos de las tinieblas. Tenemos ansias del encuentro definitivo de Cristo, como hemos pedido en la oración colecta. Nuestra vida presente es una marcha hacia el futuro. Por eso para el cristiano que espera ese encuentro y que ha hecho suyas las aspiraciones de los hombres de su tiempo, el sentido de la historia de la humanidad es el sentido de su misma historia, que solo tiene valor a la luz de Cristo. Apartarse de ahí es caminar en las tinieblas.
–Mateo 24,37-44: Vigilemos para estar preparados. Caminamos irreversiblemente hacia el encuentro definitivo con Cristo en la eternidad. No sabemos el día ni la hora. Solo la fe vigilante y la fidelidad permanente pueden hacer nuestras vidas dignas de salvación eterna. La realidad cotidiana con su monotonía exasperante nos adormece. A nuestro alrededor hay acontecimientos difíciles: guerras, violencias, injusticias, etc. A todo nos acostumbramos. Existe quien responde y quien se calla, quien se esfuerza y quien se abandona. San Juan Crisóstomo llama aquí a la vigilancia esperanzada:
«En medio de la oscuridad no puedes distinguir al amigo del enemigo. No distinguimos de noche los metales preciosos de las meras piedras. Del mismo modo, el avaro y el licencioso no distinguen la verdad y el valor de la virtud.
«Así como el que camina de noche va muerto de miedo, de igual modo los pecadores andan continuamente atormentados por el miedo de perder sus bienes y por el remordimiento de su conciencia.
«Ea, pues, dejemos una vida tan penosa. Ya sabéis que después de tantas calamidades viene la muerte... Creen los pecadores ser ricos, y no lo son. Creen vivir entre delicias, y no gozan de ellas... Nosotros vivamos sobrios y vigilantes, como quiere Cristo. “Andemos decentemente y como de día” (Rom 13,13). Abramos las puertas para que aquella Luz nos ilumine con sus rayos y gocemos siempre de la benignidad de nuestro Señor Jesucristo» (Comentario al Evang. Juan, hom. 5).
Nosotros, en este Adviento, hemos de reaccionar en medio de tanta perdición, tratando de verlo todo a través de Cristo, que nos interpela y nos solicita a la responsabilidad y al amor. Así es como los cristianos nos preparamos a salir al encuentro del Salvador, y así preparamos esta nueva Navidad, para que nuestra vida esté totalmente inmersa en Cristo. Iluminados por el misterio de Cristo y llamados a su encuentro en la eternidad, volvemos a la convivencia en un mundo en el que los hombres, nuestros hermanos, viven las más de las veces inconscientes de la necesidad que tienen de Cristo. Es preciso, es urgente que seamos luz para ellos.


CICLO B
El Adviento es tiempo de esperanza, pero de esperanza responsable y vigilante. Para el antiguo Israel la espera del Mesías significó una larga preparación, no siempre fiel, para sentir la necesidad de un Redentor, que fuera revelación plena y personal del amor de Dios. Para nosotros en la Iglesia, el Adviento significa la responsabilidad y la fidelidad ante el que ha venido como Redentor, pero que volverá un día para coronar en nosotros su obra de salvación en la eternidad.
Isaías 63,16-17–64,1.3-8: ¡Ojalá rasgases el cielo y bajases! La salvación se hace posible para los hombres en la medida en que éstos viven su fidelidad humilde ante Dios, que se nos ha revelado como Padre y nos ama con amor redentor. La comunidad cristiana, cada alma, se encuentra lejana de Dios. Es momento de revisar la vida para descubrir los mil caminos a través de los cuales ha traicionado su fe cristiana. Es tiempo de autocrítica y de autoconfesión. Todos tenemos necesidad de un nuevo retorno a Dios, que nos conduzca a las exigencias radicales del Evangelio, para que seamos un signo de salvación en medio de un mundo que naufraga lejos de Dios.
El Salmo 79 nos mueve a pedir al Señor que nos restaure, que brille su rostro y nos salve. ¡Ven a salvarnos, Señor! ¡Vuélvete hacia nosotros! ¡Ven a visitar tu viña! ¡Que tu mano nos proteja para que no nos alejemos de Ti! ¡Que con todo el fervor de nuestra alma invoquemos tu nombre!
–1 Corintios 1,3-9: Aguardamos la manifestación de nuestro Señor Jesucristo. Nuestro destino y nuestra salvación eterna nos imponen a diario la responsabilidad vigilante de aguardar el retorno definitivo de Cristo. «Ya sí, pero todavía no». Estar en Cristo Jesús, con todo lo que ello comporta: perdón de los pecados, regeneración, etc., es algo ya operante en el cristiano que ha sido lavado en el bautismo.
Pero aún no hemos llegado a la plenitud. De ahí una tensión. Cuando esa tensión falta nos encontramos con un cristianismo sin esperanza, privado del futuro de Dios, de su completa salvación. No podemos atarnos a mesianismos terrenos, vagamente humanitarios. Solo Cristo nos ofrece la salvación verdadera. En la comunión con él está nuestra felicidad. La espera de la fiesta de Navidad nos presenta una oportunidad valiosa para crecer por la gracia en estas actitudes.
Marcos 13,33-37: Velad, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa. Mientras se realiza el retorno de Cristo, toda la vida del creyente ha de dignificarse en la fidelidad y constante vigilancia. El auténtico cristiano es el hombre que vive diariamente el Evangelio, en alerta permanente ante la eternidad, con amor de intimidad a Cristo. El modo como vive el hombre demuestra si se ama a sí mismo o si ama a Dios, que lo ha creado y redimido con destino a la eternidad. Esto supone una aceptación incondicional de Dios como Ser supremo y Creador de todo. Supone fe y actuar en un mundo que muchas veces le es contrario por los males físicos, sociales y morales.
No puede, pues, adormecerse el cristiano. Ha de vigilar constantemente. Nuestro Adviento ha de ser perpetuo. Exige un alerta continua, condicionante de toda nuestra vida en el tiempo. Requiere que siempre el alma esté esperando ansiosa y responsablemente a Cristo, reformador de nuestras miserias.


CICLO C
Sobre el recuerdo del pasado se nos invita a vivir con autenticidad cristiana el presente y a tomar en serio nuestra vocación de eternidad. El cristiano es siempre un creyente proyectado a la eternidad, pero viviendo su responsabilidad de cada día, como elegido de Cristo y testigo de su intimidad, marcado para Él por la santidad y el Evangelio.
–Jer 33,14-16: Suscitaré a David un vástago legítimo. A pesar de la degradación y las desviaciones de los hombres, Dios se muestra fiel a su promesa mesiánica. El Mesías sería el vástago legítimo de la estirpe de David, su hijo conviviendo con los hombres. La voluntad y la disponibilidad de Dios para ofrecer una y otra vez su gracia, pese a las prevaricaciones del hombre, es permanente en la Biblia. Dios vive y desde que creó al hombre, vive siempre atento a él. Dios busca y quiere salvar al hombre. En toda la historia de la salvación Dios aparece como el fiel cumplidor de sus promesas. Ellas se cumplen en la plenitud de los tiempos, cuando vino Cristo, el Salvador.
–Con el Salmo 24 decimos: A Ti, Señor, levanto mi alma. A Él pedimos que nos enseñe sus caminos, que nos instruya en sus sendas, que caminemos con lealtad. El Señor es bueno y recto. Enseña el camino a los pecadores. Hace caminar a los humildes con rectitud. Sus sendas son misericordia y lealtad para los que guardan su alianza y sus mandatos. El Señor se confía con sus fieles y les da a conocer su alianza.
1 Tesalonicenses 3,12–4,2: Que el Señor os fortalezca interiormente, para cuando Jesús vuelva. La voluntad de Dios es nuestra santificación. Nuestra autenticidad cristiana consiste en vivir cada día de modo que logremos llegar irreprensibles al juicio de Dios para poseer su Reino eternamente. Para el cristiano no existe otra finalidad para su vida y su actividad responsable que servir y amar a Dios con gozo, y, por lo mismo, estar siempre disponible a los demás, como Dios quiere. Los unos para los otros, pero como Dios lo quiere, a la manera de Cristo.
Todos los tipos de liberación y promoción humana que excluyen la perspectiva trascendente y sobrenatural son nocivos para el cristiano, y también lo son para los demás hombres. Nuestra salvación total es por Dios y es Dios. Toda liberación de los hombres ha de llevar esta impronta de la fe, que solo en Dios por Cristo consigue la realización plena del hombre.
Lucas 21,25-28.34-36: Se acerca vuestra liberación. Cada día nos acercamos un poco más al momento de nuestro encuentro definitivo con Cristo. La espera de un futuro da sentido al tiempo presente y lo pone en tensión. La vida del cristiano es de constante tensión. No obstante los múltiples programas y proyectos para la vida, al fin se da uno cuenta de que el hombre no puede salvarse por sí mismo.
Cuanto más el hombre se da cuenta de la pobreza de sus medios y de la amargura de los acontecimientos, tanto más siente la necesidad de otro superior a él que lo salve. El cristiano conoce esto. En sus limitaciones, pecados y miserias advierte la necesidad de Cristo Salvador. Por eso, con la Iglesia en su liturgia clama en este tiempo: ¡Ven Señor, no tardes!
Oigamos a San Cirilo de Jerusalén:
«El Salvador vendrá, pero no para ser juzgado de nuevo, sino para llamar a su tribunal a aquellos por quienes fue llevado a juicio. Aquel que mientras era juzgado guardó silencio, refrescará la memoria de los malhechores que osaron insultarle cuando estaba en la cruz, y les dirá: “Esto hicisteis vosotros y yo callé”.
«Entonces, por razones de clemente providencia, vino a enseñar a los hombres con suave persuasión; en ese otro momento futuro, lo quieran o no, los hombres tendrá que someterse necesariamente a su reinado» (Catequesis 15).
Iluminados, pues, por la fe y llamados al encuentro con Cristo en la eternidad, hemos de vivir cada día con la gozosa esperanza de su victoria definitiva, que será la nuestra, y hemos de irradiar nuestra esperanza con nuestra vida en torno de nosotros, para que a todos alcance la luz de Cristo, su mensaje de salvación y la realidad de su eficacia.


Lunes
«Mirad al Señor que viene» (entrada: Jer, 31,10; Is 35,4). Pedimos al Señor permanecer alertas a la venida de su Hijo, para que, cuando llegue y llame a la puerta, nos encuentre velando y cantando sus alabanzas (colecta, Gelasiano). Las oraciones de ofertorio y postcomunión son las mismas del Domingo anterior.
–Isaías 2,1-5: El Señor congrega a todos los pueblos en su reino, para que gocen de una paz eterna. El profeta ve una marcha grandiosa de todos los pueblos hacia Jerusalén, hacia la Iglesia. Comenta San Agustín:
«Este monte fue una piedra pequeña que, al caer, llenó el mundo. Así lo describe Daniel. Acercáos al monte, subid a él, y quienes hayáis subido no descendáis. Allí estaréis seguros y protegidos. El monte que os sirve de refugio es Cristo» (Sermón 62, A 3, en Cartago hacia 399).
Sión es la colina que domina la ciudad de Jerusalén. En la visión profética, Isaías contempla esa colina en el momento de la intervención salvífica de Dios al final de los tiempos. Desde la Iglesia se difunde el conocimiento de Dios y su palabra, que ilumina a los hombres y les indica el camino que han de seguir para lograr su salvación.
Cuando en el ciclo A se ha leído el domingo la lectura anterior, este lunes puede leerse la siguiente:
–Isaías 4,2-6: El Mesías será la gloria de los supervivientes de Israel. Se trata del resto de Israel que sobrevivió a las pruebas, tema muy querido del profeta. Luego nos refiere la presencia protectora de Dios sobre el monte Sión, prefiguración de la alegría eterna de los elegidos. Es bien clara la alusión del profeta al Mesías y a su obra redentora. Él será baldaquino y tabernáculo que cubrirá su gloria y ayudará a los elegidos. Germen y resto se convierten en títulos mesiánicos. Así como el primero designa a la persona del Mesías, el segundo designa a la comunidad de los fieles, destinados a formar parte del pueblo de Dios en los últimos tiempos. Hemos de celebrar, pues, el Adviento, período de salvación por excelencia, con la preocupación de la salvación de todos los hombres, nuestros hermanos. Hemos de vivificar y nutrir así eficazmente nuestras ansias misioneras.
El Salmo 121 era un canto de los peregrinos que se acercaban a Jerusalén. Allí, en la ciudad, en el templo, el piadoso israelita se ponía en contacto con Dios. Jerusalén es imagen del reino escatológico, al que suben todas las gentes. Por eso, al saber que ese reino viene, nos alegramos también nosotros preparándonos a la solemnidad de Navidad, que es como una pregustación del reino futuro. ¡Qué alegría cuando nos dijeron: vamos a la casa del Señor, a la Iglesia, a la celebración litúrgica! Deseamos que todos los hombres vengan a celebrar con nosotros ese culto, para prepararnos a recibir la salvación que Cristo nos ofrece a todos con su venida.
–Mateo 8,5-11: ¿Quién soy yo para que entres en mi casa? San Agustín ha comentado unas cinco veces este pasaje evangélico. Una de ellas dice:
«Cuando se leyó el Evangelio, escuchamos la alabanza de nuestra fe, que se manifiesta en la humildad. Cuando Jesús prometió que iría a la casa del Centurión para curar a su criado, respondió aquel: “¡No soy digno!”... Y declarándose indigno, se hizo digno; digno de que Cristo entrase no en las paredes de su casa, sino en las de su corazón. Pero no lo hubiese dicho con tanta fe y humildad, si no llevase ya en el corazón a Aquel que temía entrase en su casa. En efecto, no sería gran dicha el que el Señor Jesús entrase en el interior de su casa, si no se hallase en su corazón» (Sermón 62, 1, en Cartago hacia el 399).
Y el mismo San Agustín:
«¿Qué cosa pensáis alabó [Jesús] en la fe de este hombre? La humildad: “¡No soy digno!”… Eso alabó y, porque eso alabó, ésa fue la puerta por la que entró. La humildad del Centurión era la puerta para que el Señor entrase para poseer más plenamente a quien ya poseía» (Sermón 62,A,2).
La humildad es una de las virtudes más propias del Adviento, pues nada nos abre tanto como ella a la venida del Salvador. A ella nos exhorta San Bernardo:
«Mirad la grandeza del Señor que entra en el mundo, el Hijo del Altísimo... y hecho carne, es colocado en un pobre pesebre... Y amad la humildad, que es el fundamento y la guarda de todas las virtudes... Viendo a Dios tan empequeñecido ¿habrá algo más indigno que la pretensión del hombre de engrandecerse a sí mismo sobre la tierra?» (Sermón en Natividad del Señor 1,1).


Martes
Al comienzo de esta celebración brilla ya la gran esperanza de que el Señor vendrá: «Vendrá el Señor y con Él todos sus Santos; aquel día brillará una gran luz» (Za 14,5-7).
Colecta (del «Rótulus de Rávena»): pedimos al Señor que acoja favorablemente nuestras súplicas y nos ayude con su amor en nuestro desvalimiento; que la presencia de su Hijo, ya cercano, nos renueve y nos libre de caer en la antigua servidumbre del pecado. Comunión: el Juez justo premiará con la corona merecida a todos los que tienen amor a su venida.
–Isaías 11,1-10: Sobre él se posará el Espíritu del Señor. El tronco familiar de David parece ya seco. Pero Dios va a infundir en él nueva vida. Brota un retoño penetrado en plenitud del espíritu, germen de vida y salvación. Será un rey justo. Con Él se inaugura un orden nuevo, una nueva creación. Se renuevan la paz y la armonía del paraíso. El hombre recupera la ciencia del Señor que perdió al pretender ser como Dios. El Evangelio precisará que el conocimiento de Dios se concede de modo especial a los humildes. San Agustín comenta:
«Estas siete operaciones asocian al número siete el Espíritu Santo, quien al descender a nosotros empieza, en cierto modo, por la sabiduría y termina en el temor. Nosotros, en cambio, en nuestra ascensión comenzamos por el temor y alcanzamos la perfección con la sabiduría» (Sermón 248, 4, en Hipona, en la semana de Pascua).
Esta idea la repite el santo Doctor en varios Sermones.
«Por eso Isaías, para ejercitarnos en ciertos grados de doctrina, descendió desde la sabiduría hasta el temor, es decir, desde el lugar de la paz eterna hasta el valle del llanto temporal, para que, doliéndonos en la confesión de la penitencia, gimiendo y llorando, no permanezcamos en el dolor, el gemido y el llanto, sino que, ascendiendo desde este valle al monte espiritual, sobre el que está fundada la ciudad santa, Jerusalén, nuestra Madre, disfrutemos de la alegría inalterable… Así, pues, vayamos a la sabiduría desde el temor, dado que el principio de la sabiduría es el temor de Dios (cf. Sal 110,10), vayamos desde el valle del llanto hasta el monte de la paz» (Sermón 347).
El Salmo 71 expresa hoy en la liturgia que el Rey que esperamos hará justicia a los pobres y librará al que no tiene protector. Así, pedimos anhelantes que venga ya ese reino y que se extienda por toda la tierra:
«Que en sus días florezca la justicia y la paz abunde eternamente. Regirá a su pueblo con justicia y a los humildes con rectitud. En sus días florecerá la justicia y la paz, dominará de mar a mar; del gran río al confín de la tierra… Librará al pobre que clamaba, al afligido que no tenía protector, se apiadará del pobre y del indigente y salvará la vida de los pobres».
La liturgia exclama: «Perdona los pecado de tu pueblo y danos la salvación». Este ardiente anhelo de la venida del Señor nos obliga a desechar de nosotros todo lo que pueda desagradarle a Él cuando llegue, todo lo que se oponga a su Espíritu, que es amor a la pequeñez, a la humillación, a la pobreza, al sacrificio, a la cruz.
Lucas 10,21-24: Jesús se llena de alegría bajo la acción del Espíritu Santo. La misericordia del Señor le ha elegido para acercarse con él a los pequeños, a los pobres. Los caminos de los hombres no son los caminos de Dios. El único camino para encontrarnos con Dios es la humildad, el reconocimiento de la gran verdad de nuestra indigencia: «Ha escondidos estas cosas a los sabios y a los entendidos y las ha revelado a la gente sencilla». Comenta San Agustín:
«A los ridículos sabios y prudentes, a los arrogantes, en apariencia grandes y en realidad hinchados, opuso no los insipientes, no los imprudentes, sino los pequeños… ¡Oh, caminos del Señor! O no existía o estaba oculto para que se nos revelase a nosotros. ¿Y por qué exultaba el Señor? Porque el camino fue revelado a los pequeños. Debemos ser pequeños; pues si pretendemos ser grandes, como sabios y prudentes, no se nos revelará el camino» (Sermón 252; cf. 229, 248-250).
En el Adviento se nos repite muchas veces que preparemos el camino del Señor… Toda montaña y todo altozano serán allanados... Las sendas montañosas serán convertidas en ruta plana. Y toda carne contemplará la salvación de Dios (Cf. Lc 3,4ss).


Miércoles
La Iglesia en su liturgia pone en nuestros labios esta exclamación: «Ven, Señor, no tardes. Ilumina lo que esconden las tinieblas y manifiéstate a todos los pueblos» (Hab 2,3; 1 Cor 4,5). La oración colecta (Gelasiano) pide al Señor que El mismo prepare nuestros corazones, para que cuando llegue Jesucristo, su Hijo, nos encuentre dignos del festín eterno, y merezcamos recibir de sus manos, como alimento celeste, la recompensa de la gloria.
–Isaías 25,6-10. El Señor dispondrá un festín para todos los pueblos. Es lo que anuncia el profeta Isaías: Dios, vencidos los enemigos, dispone un banquete abundante, regio, e invita a todos los hombres. A los invitados les hace el regalo de su presencia personal, quitando el velo que les impide contemplarlo: «es un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera, manjares enjundiosos, vinos generosos». La imagen que nos presenta el profeta es un pálido reflejo de lo que realmente preparó Jesucristo con la Eucaristía, que nos dispone al banquete de la gloria eterna.
«El Señor mostró su benignidad y nuestra tierra ha producido su fruto». Consoladora promesa para los que se preparan a la solemnidad de Navidad. En la comunión eucarística nos da Dios Padre su benignidad: una gran festín de manjar exquisito, Jesucristo, el Salvador, su muy amado Hijo. Jesucristo se hace nuestro alimento y nos da su carne y su sangre, su espíritu y su vida. Con la fuerza de la sagrada comunión, la tierra de nuestra alma produce sus frutos: la virtud, la santidad, la unión con Dios.
La Iglesia nos llama a esta inestimable fuente de santificación, que es el banquete eucarístico. El llanto y el dolor desaparecen. El pan que Jesús reparte a la multitud anticipa el banquete en que Él se entrega a Sí mismo en comida a los invitados.
–Salmo 22: Ante la manifestación de la ternura de Dios que nos prepara un lugar en el banquete eucarístico y escatológico de su Hijo bien amado, la liturgia de hoy reza con el salmista: «Habitaré en la casa del Señor por años sin término». El Señor es nuestro Pastor. Con él nada nos falta. Nos hace recostar en verdes praderas, nos conduce hacia fuentes tranquilas y repara nuestras fuerzas. Nos guía por senderos justos. El camina con nosotros y con él nada tememos. Su vara y su cayado nos sosiegan. Prepara una mesa ante nosotros enfrente de nuestros enemigos, nos unge la cabeza con perfume y nuestra copa rebosa. Su bondad y su misericordia nos acompañan todos nuestros días.
–Mateo 15,29-37: Jesús cura a muchos enfermos y multiplica los panes. Jesucristo tiene predilección por los pobres, por los oprimidos, por los enfermos. Nos lo dice el Evangelio de hoy. También nosotros nos encontramos entre ellos: nos hemos hecho cojos por el apego a las criaturas, lisiados por el amor propio, ciegos por el orgullo, mudos por la soberbia y hemos contraído otras enfermedades espirituales. Hemos de pensar que solo Él es quien sana y que los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía han sido instituidos para esto.
Miremos a Jesús, cómo se compadece de la multitud que le sigue sin acordarse del sustento necesario. Y cómo realiza el milagro de la multiplicación de los panes y de los peces, que es símbolo de la Eucaristía, como lo ha entendido toda la tradición de la Iglesia.
En la Santa Misa hemos de integrarnos, con todo lo que somos y tenemos, en las necesidades de nuestros hermanos. Hemos de ayudarlos. La ofrenda de nuestras acciones, de nuestros sufrimientos, de nuestras alegrías, de nuestro trabajo, durante la celebración eucarística vienen a ser parte integrante del sacrificio, unidos nosotros a Cristo, teniendo sus mismos sentimientos. Hemos de participar en la Santa Misa con mente y corazón, con plena disponibilidad, para identificar siempre nuestra voluntad con la voluntad de Dios.


Jueves
«Tú, Señor, estás cerca y todos tus mandatos son estables. Hace tiempo comprendí tus preceptos, porque Tú existes desde siempre» (Sal 118,151-152). En la oración colecta (Gelasiano), pedimos al Señor que despierte nuestros corazones y que los mueva a preparar los caminos de su Hijo; que su amor y su perdón apresuren la salvación que retardan nuestros pecados. Ansiamos la venida del Señor, pero nos vemos faltos de fuerza y de mérito. Solo en el Señor tenemos puesta nuestra confianza. Comunión: Para ello llevemos ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios (Tit 2,12-13).
–Isaías 26,1-6: «Que entre el pueblo justo, el que es fiel». El pueblo canta la victoria de Yahvé, que ha hecho inexpugnable a su ciudad, a la Iglesia. En ella habita el pueblo justo, pacífico y fiel. Su fuerza y su poder es el mismo Dios, la Roca fuerte. Pero no podemos olvidar que la condición humana se ha hecho por el pecado inestable y precaria, y que el enemigo no deja de oprimirnos con sus insidias.
Mientras estamos, pues, en este mundo la lucha ha de ser constante. Por todas partes nos atacan para derribarnos: la tentación del bienestar, la manipulación de las opiniones mediante los medios de comunicación social, las ideologías masificadoras, el consumismo, el progreso técnico, en sí positivo y liberador… Todo esto llega a engendrar inseguridad, a hacer difícil experimentar un centro que unifique nuestra vida.
La respuesta bíblica es categórica. Solo Dios puede construir la ciudad, solo él puede ser el alcázar seguro, la Roca inexpugnable que vence todo lo que puede intentar destruirnos. Hemos de tener una fe viva, que ve y siente a Dios en todas las cosas y acontecimientos, que está plenamente convencida de su presencia, de su acción, de su santa voluntad, de su providencia, de su imperio, de su gobierno en el mundo. Hemos de abandonarnos totalmente en las manos de Dios, en la providencia divina. Hemos de tener un amor intenso, constante, dispuesto a todos los sacrificios, humillaciones, dolores y renunciamientos. Querer lo que Dios quiere y permite. Todo es para nuestro bien.
–Salmo 117: El Señor es ayuda de los débiles, quienes, fortalecidos con la ayuda de Dios, poseerán la ciudad fuerte de que trata la lectura anterior. Como el Rey vencedor, que leemos en este salmo, demos gracias al Señor por su protección constante, y confesemos que solo en él encontramos la salvación. Solo es bendito y llega a feliz término el que no confía en sus propias fuerzas, sino en el nombre del Señor, pues «mejor es refugiarse en el Señor que fiarse de los hombres, mejor es refugiarse en el Señor que fiarse de los jefes… Señor, danos la salvación, Señor, danos prosperidad. El Señor es Dios: Él nos ilumina». Así lo esperamos en vísperas de la solemnidad del Nacimiento del Señor.
–Mateo 7,21.24-27: El verdadero discípulo cumple la voluntad de Dios. El discípulo fiel del Señor escucha la palabra y la pone en práctica. Cristo nos guía para que realicemos la voluntad del Padre. No nos basta con decir: Señor, Señor, si no cumplimos la voluntad de Dios. Comenta San Agustín:
«Hermanos míos: Venís con entusiasmo a escuchar la palabra: no os engañéis a vosotros mismos, fallando a la hora de cumplir lo que escuchasteis. Pensad que si es hermoso escucharla, ¡cuánto más lo será llevarla a la práctica! Si no la escuchas, si no pones interés en escucharla, nada edificas. Pero, si la escuchas y no la llevas a la práctica, edificas una ruina […] Quien la escucha y no la pone en práctica, edifica sobre arena; y edifica sobre la roca quien la escucha y la pone en práctica. Y quien ni siquiera la escucha, no edifica ni sobre la roca ni sobre la arena […] Si no edificas te quedarás sin techo donde cobijarte… Por tanto, si malo es para ti edificar sobre arena, malo es también no edificar nada; solo queda como bueno edificar sobre la roca» (Sermón 79, 8-9, en Cartago, antes del 409).
El Dios-Fortaleza, llega a ser Dios-Roca, fundamento sobre el que nos toca a nosotros construir. La vida contemplativa y la vida activa son necesarias para todos y cada uno. Sin el fundamento –vida interior, alimentada por la Palabra de Dios– no se puede construir, lo mismo que una vida de piedad, sin la práctica efectiva de las virtudes, es estéril. Sin Dios, sin Cristo, nada podemos hacer. Cristo viene a enseñarnos a construir el edificio de nuestra santidad. Escuchémoslo en las celebraciones litúrgicas.


Viernes
El canto de entrada teje un ramillete con las imágenes más bellas para anunciar la visita del Señor: «El Señor viene con esplendor para visitar a su pueblo con la paz y comunicarle la vida eterna». En la oración colecta (Gregoriano), pedimos al Señor que despierte su poder y que venga; que su brazo liberador nos salve de los peligros que nos amenazan a causa de nuestros pecados. Esta misma convicción la expresamos cantando en la comunión: «Aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo. Él transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa» (Flp 3,20-21).
–Isaías 29,17-24: Oráculo sobre la salvación escatológica. Yahvé esta a punto de intervenir para salvar de manera definitiva a los hombres. Los pobres, los oprimidos, los inocentes experimentarán el gozo de la liberación, la alegría de su cercanía a Dios. Hemos confiado en el Señor y Él no nos defrauda. Por eso proclamamos que Él es Santo. Las obras de Dios y el testimonio de su pueblo son una prueba de su inmensa bondad. Todos pueden comprobarlo.
Nuestra fe en la venida del Señor debe traducirse en una acción sin reservas para acelerar su día, trabajando con confianza para mejorar el ambiente en que vivimos. Tomemos nota de la situación de minoría en que se encuentran los verdaderos cristianos, incluso en países tradicionalmente cristianos: engaños, inmoralidades, corrupción, calumnias etc., y Jacob (el verdadero pueblo cristiano) tiene que sufrir. Practiquemos con el ejemplo la justicia; opongamos a la relajación cada vez más grave de las costumbres el testimonio de una conducta personal y familiar irreprensible. El cerco cerrado del egoísmo y del desinterés ha de ser contrapuesto con la espiral incomparable de la generosidad que nos lleva a ayudar a todos.
¡Cuántos hombres viven hoy alejados por completo de la Iglesia de Cristo, y alejados de Dios! Compadezcámonos de la miseria espiritual de todos y cada uno de ellos. Pidamos apasionadamente por ellos y esperemos que llegue su hora de perdón, de redención, de salvación. Clamemos con la liturgia de este tiempo: «Señor, ten compasión de nosotros y danos tu salvación». «¡Muestra, Señor tu poder y ven a salvarnos! ¡Líbranos de nuestros pecados, de nuestro olvido de Dios! ¡Ven, Señor, y no tardes!».
–Con el Salmo 26, en consonancia con el tema de la esperanza propia del Adviento, cantamos al Señor suplicándole que Él sea «nuestra luz y nuestra salvación». La vida cristiana es vida de esperanza. Ante las repetidas promesas de Dios que nos anuncian la salvación, este salmo es la respuesta óptima a Dios que nos salva: «Una cosa pido al Señor por los días de mi vida. Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida».
Navidad nos ofrece el remedio a nuestra sed de riquezas y placeres, de nuestra avidez de honores y dignidades, de nuestro afán de dominio y de prestigio. Nos ofrece el remedio a nuestra concupiscencia sin límites, de nuestro amor propio… El Señor, por el contrario, desciende hasta nosotros en la humildad de nuestra naturaleza. Viene a revelarnos la verdad. Viene a darnos la única vida verdaderamente profunda, dichosa y perfecta: la vida divina.
–Mateo 9,27-31: Jesús prueba y purifica la fe. El Señor evita la publicidad del milagro para que no se falsifique la finalidad de su venida. Los dos ciegos dan prueba de una auténtica fe: confían en el poder que Jesús tiene para curarlos. También ahora Jesús nos ofrece por la liturgia de la Iglesia su poder salvador. Pero hemos de reconocer antes nuestra propia miseria. Los ciegos invocan al Señor. Le piden su curación.
Reconozcamos, pues, nuestra ceguera. Tenemos necesidad de ser iluminados con la luz de Cristo. Él lo dijo: «Yo soy la Luz del mundo» (Jn 8,12). Cristo es la luz del mundo: por la fe santa que Él inspira en las almas; por el ejemplo que nos da con su vida santísima, en el pesebre, en Nazaret, en la Cruz, en su Resurrección, en la Eucaristía, en el Sagrario, por la luminosa túnica de gracia con que envuelve a nuestras almas; por la santa Iglesia que brilla con luz refulgente por sus dogmas, por sus sacramentos, por toda su liturgia y predicación. A la luz de este Sol sin ocaso, todo aparece claro, transparente. Gracias a su Luz, adquirimos un conocimiento exacto, infalible, de nuestro origen y de nuestro destino, de nuestro Dios y de toda nuestra vida. Digamos, pues, como los dos ciegos: «¡Ten compasión de nosotros, Hijo de David!»


Sábado
En el canto de entrada decimos anhelantes: «Despierta tu poder, Señor, Tú que te sientas sobre querubines, y ven a salvarnos» (Sal 79,4.2). Y en la comunión se nos asegura que viene en seguida y que trae consigo su salario, para pagar a cada uno, según su propio trabajo (Ap 22,12). Pedimos, pues, al Señor que, ya que para librar al hombre de la antigua esclavitud envió a su Hijo a este mundo, nos conceda a los que esperamos con devoción su venida la gracia de su perdón y el premio de la libertad verdadera (colecta, Rótulus de Rávena, siglo V).
–Isaías 30,18-21.23-26: Apenas el Señor te oiga, te responderá. El profeta anuncia la misericordia de Dios, que proporcionará a su pueblo consuelo y gozo. Dios tiene paciencia con el pecador, en espera de su conversión. Está siempre atento a intervenir apenas gima en su búsqueda. Hasta cuando aparece lejano y silencioso, dejando al pueblo en la prueba, está siempre presente para indicar el camino justo. Y cuando el pueblo lo sigue, Yahvé lo colma de bendiciones, cura sus heridas.
Todo esto se realiza principalmente en Cristo, a cuya venida en la Noche de Navidad nos preparamos. La certeza de la consolación final no está separada del dolor que habitualmente nos acompaña. El «pan de la aflicción» y «el agua de la tribulación» son el alimento diario del hombre. Nos resulta difícil aceptar de la misma mano el sufrimiento y la alegría, pero no podemos olvidar que todo se nos da para nuestro bien (Rom 8,28). El Señor es el gran Maestro que no se cansa de indicarnos el camino, a pesar de que nosotros nos inclinemos a perderlo por nuestra malicia.
Hemos de levantar la mirada para leer los acontecimientos; entonces, seremos dóciles a las enseñanzas divinas y caminaremos por la única dirección por la que encontraremos al Señor, «que curará nuestras heridas». ¡Cuántos están todavía en las tinieblas del error, incluso los que se llaman cristianos, pero no viven como tales! Desechemos las obras de las tinieblas, de la vida pagana, infiel, y empuñemos las armas de la luz. Caminemos a la luz de Cristo. Él cura todas nuestras enfermedades.
–El Salmo 146 fue cantado al Señor por Israel, al salir del destierro: «El Señor sostiene a los humildes». También nosotros lo hacemos ahora, pues se acerca nuestra liberación: «Dichosos los que esperan en el Señor. Alabad al Señor que Él merece todo nuestro canto y nuestra acción de gracias. Él sana los corazones destrozados, venda nuestras heridas», como el Buen Samaritano. «Nuestro Dios es grande y poderoso, conoce el número de las estrellas y a todas las llama por su nombre. Su sabiduría no tiene medida… Dichosos los que esperan en el Señor».
Para vivir esto debemos morir a nosotros mismos, con nuestros gustos, nuestros intereses particulares, nuestros deseos pecaminosos, nuestras malas inclinaciones. Debemos resucitar a una vida nueva conforme al espíritu de Cristo. «Revestíos del Señor Jesús», nos dice el Apóstol. Saturados de ese espíritu, animados por Él, respirando su mismo aliento, ya no ambicionemos más que a Dios, ya no deseemos más que cumplir su voluntad. Él nos basta. ¡Solo Dios!
–Mateo 9,35–10,1.6-8: Jesús se compadece de la muchedumbre. Y la misión de Jesús se prolonga por medio de sus discípulos. Es para Cristo y para ellos la hora de la compasión con los hermanos, los hombres y mujeres de todos los tiempos. ¡Cuántos marchan por la vida como ovejas sin pastor! Necesitan de nuestra ayuda. Todo cristiano ha de ser necesariamente misionero, aunque en esto existan grados y modos diversos. Todos estamos obligados a difundir el mensaje de salvación, con nuestras oraciones y sacrificios, con nuestra palabra y con nuestro ejemplo.
Con gran corazón, con inmenso amor hagámonos solidarios de todos los males y sufrimientos de los hombres que nos rodean y de los que viven a mucha distancia de nosotros. Todos son hermanos nuestros y a todos debe llegar nuestra ayuda. «A Ti levanto mi alma». Tal es el clamor que debe brotar de nuestro corazón en este tiempo de Adviento al contemplar tanta miseria moral en nosotros y en todos los hombres. Ningún poder humano puede darnos la redención verdadera, la liberación que en realidad necesitamos todos los hombres. Únicamente Jesucristo, el Hijo de Dios humanado, nos puede salvar. San Buenaventura lo afirma orando:
«Clama, alma devota, cercada de tantas miserias, clama a Jesús y dile: “¡Oh Jesús, Salvador del mundo, sálvanos, ayúdanos, oh Señor Dios Nuestro!, esforzando a los débiles, consolando a los afligidos, socorriendo a los frágiles, consolidando a los vacilantes”... ¡Alégrate, viendo que Jesús ahuyenta los demonios en la remisión del pecado, alumbra a los ciegos infundiendo el verdadero conocimiento, resucita a los muertos al conferir la gracia, cura los enfermos, sana los cojos, endereza a los paralíticos y contraídos, robusteciendo su espíritu, a fin de que sean fuertes y varoniles por la gracia los que antes eran flacos y cobardes por la culpa» (Las cinco festividades del Nacimiento de Jesús, fest. III, 3)



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