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Año litúrgico patrístico: 2ª Semana de Adviento

 

MANUEL GARRIDO BONAÑO, O.S.B.
Comentarios para cada día de Adviento y Navidad


Domingo 2º de Adviento
CICLO A
CICLO B
CICLO C
Lunes
Martes
Miércoles
Jueves
Viernes
Sábado




Domingo
Entrada: Con gran gozo iniciamos esta celebración cantando, «Pueblo de Sión; mira al Señor que viene a salvar a los pueblos. El Señor hará oír su voz gloriosa en la alegría de vuestro corazón» (Is 30, 19.30).
En la oración colecta (Gelasiano) invocamos al Señor y le pedimos a él que es todopoderoso y rico en misericordia que, cuando salimos animosos al encuentro de su Hijo, no permita que lo impidan los afanes del mundo, y que nos guíe hasta Él con sabiduría divina, para que podamos participar plenamente del esplendor de su gloria.
En seguida (ofertorio, Gregoriano), pedimos que los ruegos y ofrendas de nuestra pobreza conmuevan al Señor y, al vernos desvalidos y sin méritos propios, acuda compasivo en nuestra ayuda. En la comunión cantamos: «Levántate, Jerusalén; ponte sobre la cumbre y mira la alegría que te va a traer tu Dios» (Bar 5, 5; 4, 36). Y pedimos después al Señor (postcomunión, Gregoriano) que, alimentados con la Eucaristía por la comunión de su sacramento, nos dé sabiduría para sopesar los bienes de la tierra amando intensamente los del cielo.


CICLO A
El Adviento es tiempo fuerte de revisión de vida y conducta, al menos en la medida en que nuestro vivir cotidiano se encuentre tarado por el rechazo del influjo regenerante y santificador de Jesucristo. Como trasfondo litúrgico, la Historia de la Salvación nos actualiza en la expectación mesiánica provocada y alentada por los profetas y encauzada por el Bautista, para llevar al pueblo de Dios a un encuentro responsable con Cristo.
–Isaías 11,1-10: Con equidad dará sentencia al pobre. Los vaticinios mesiánicos del profeta Isaías proclaman las dos líneas características de la semblanza del Emmanuel: su ascendencia davídica según la carne y su condición salvadora de Mesías. Su identidad humana con nosotros y su capacidad divina para transformar nuestras vidas. Toda la historia del pueblo elegido es un tiempo de espera en el cumplimiento de las promesas divinas. Los profetas hicieron todo lo posible para conducir a Israel al verdadero camino de la salvación.
La lectura nos muestra hoy nuestras propias responsabilidades. Cristo ha venido históricamente una vez para siempre, pero hemos de esperar para que llegue a nosotros y a todo el mundo el Reino de Dios. El creyente tiene, o ha de tener, un empeño categórico: hacer venir a Cristo más perfectamente a sí y al mundo, con una presencia más dinámica, dada por el Espíritu Santo en el Bautismo. Hemos de dejarnos guiar por Él para realizar, con el rey mesiánico, el plan de salvación en cada uno de nosotros y en los demás.
–Con el Salmo 71 cantamos: «Que en sus días florezca la justicia y la paz abunde eternamente. Dios mío, confía tu juicio al rey, tu justicia al hijo de reyes, para que rija a tu pueblo con justicia, a tus humildes con rectitud. Él librará al pobre que clamaba, al afligido que no tenía protector. Él se apiadará del pobre y del indigente y salvará la vida de los pobres». Todos somos pobres ante el Señor.
–Romanos 15,4-9: Cristo salvó a todos los hombres. En los designios divinos Cristo, del que todos los hombres necesitan para ser salvados, es el gran Reconciliador. San Pablo llama al amor la «ley de Cristo» (Gál 6,2) o «la plenitud de la ley» (Rm 13,10; Gál 5,14). La importancia del amor cristiano es tal que no puede absolutamente ser llamado una virtud; sería como vaciar de su sentido verdadero al amor de Dios mismo o de su Hijo hacia nosotros.
Para San Pablo, el ejemplo de Cristo, que para salvarnos se hace obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (Flp 2, 8), ha de ser estímulo y acicate para que nosotros hagamos lo mismo por la salvación de los hermanos. El Adviento, tiempo de espera, debe incitar a todos los cristianos a una profunda reflexión sobre nuestra responsabilidad en la salvación de los hombres alejados de Dios.
–Mateo 3,1-12: Haced penitencia, porque se acerca el Reino de los cielos. A una presencia de Cristo más intensa en nosotros solo es posible llegar por una renovación radical de nuestro ser interior y de nuestra conducta exterior. Comenta San Agustín:
«Reciba, pues, cada uno con prudencia las amonestaciones del preceptor, para no desaprovechar el tiempo de la misericordia del Salvador que se otorga en esta época de perdón para el género humano. Al hombre se le perdona para que se convierta y no haya nadie a quien condenar. Dios verá cuándo ha de llegar el fin del mundo; ahora, por de pronto, es el tiempo de la fe» (Sermón 109, 1).
La conversión supone que nos hemos desviado. Hemos de cambiar de actitud, de mentalidad. Testigos de la necesidad que todo hombre tiene de Cristo, nuestra conducta ha de ser tal que vaya abriendo los corazones al misterio de Cristo Salvador.


CICLO B
Para la sagrada Liturgia, Sión representa a Jerusalén, a la nueva Jerusalén de la Iglesia, a la Jerusalén de la eterna claridad en el cielo. Significa también el reinado de Dios en las almas cristianas. «Preparad el camino del Señor», allanad, reparad las calles, tenedlo todo a punto para el gran momento en el que el Rey divino, Cristo, el Señor, quiera entrar en la ciudad, en las almas. Durante el Adviento debemos vivir más conscientes, profunda y fielmente unidos a la comunidad de la Iglesia. Debemos ser una sola alma. Debemos tener todos un solo corazón, una sola fe, una sola esperanza, un solo amor, una sola oración, un solo sacrificio.
Isaías 40,1-5.9-11: Preparadle un camino al Señor. En su designio de salvación Dios pone todo su amor; llega hasta enviarnos a su propio Hijo, el Salvador. Pero la voluntad personal y colectiva de los hombres habrá de poner toda la sinceridad de su conversión, que los haga disponibles para Cristo.
Israel es un pueblo en camino. Esto aparece en toda la Sagrada Escritura, sobre todo en la primera lectura de hoy, de un modo claro y preciso: de un estado de esclavitud hay que pasar a otro de liberación y de paz. La Iglesia vive ese mismo misterio, como nos lo ha recordado el Concilio Vaticano II. Es heredera de las prerrogativas de Israel. Pueblo en camino, Israel estaba dirigido hacia el cumplimiento de una esperanza salvífica. Pueblo en camino, la Iglesia está dirigida hacia el cumplimiento de una comunión total con Cristo; y por eso vive una espiritualidad de esperanza, esto es, de íntima unión con Dios en Cristo, que vive en su Iglesia. De ahí la impronta escatológica: la aspiración continua a la plenitud de la Jerusalén celeste.
Salmo 84: Esperamos a Cristo y el cumplimiento de su acción salvífica en nosotros. «Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación. Voy a escuchar lo que dice el Señor: Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos. La salvación está ya cerca de sus fieles y la gloria habitará en nuestra tierra… La justicia marchará ante Él, la salvación seguirá sus pasos».
–1 Pedro 3,8-14: Esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva. El tiempo significa solo una amorosa espera por parte de Dios, que quiere que todos los hombres lleguen a estar en actitud de salvación cuando el Señor venga. El vocabulario usado es típicamente escatológico-apocalíptico. El sentido de las palabras y de las imágenes en las que predomina el fuego, parece ser éste: la acción definitiva de Dios, su vuelta escatológica, exige una purificación interior que, al mismo tiempo, destruye lo que está mal y exalta el bien de la salvación.
Hay que «saber esperar», como diría el Beato Rafael Arnaiz. Tenemos que colaborar con la gracia de Dios. El Señor viene a la Sión del Nuevo Testamento, al reino divino de la Santa Iglesia, al cual somos llamados también nosotros. Aquí, en la Santa Iglesia: lo encuentro, lo veo, lo oigo, lo toco. Aquí me da él la salvación, el perdón de mis pecados, la gracia, la vida. Cristo –su salvación y redención– se ha dado a los hombres en su Santa Iglesia. Cuanto más nos identifiquemos con la comunidad de fe, de oración, de sacrificio, de dolor, de apostolado, que es la Iglesia, más hondamente participaremos de la redención y salvación divinas.
–Marcos 1,1-8: Preparadle el camino al Señor. Juan fue el heraldo de Cristo. Toda su vida fue un grito de alerta contra nuestra inconsciencia y nuestra irresponsabilidad. ¡Preparad los caminos del Señor… reformad vuestras vidas! ¡Abrid vuestro corazón al Corazón sacratísimo del Redentor!
La Iglesia, llamándonos así en la liturgia, prolonga la predicación del Bautista, y como dice San Gregorio Magno, prepara los caminos al Señor que viene:
«Todo el que predica la fe recta y las buenas obras ¿qué hace, sino preparar el camino del Señor para que venga al corazón de los oyentes, penetrándolos con la fuerza de la gracia, ilustrándolos con la luz de la verdad, para que, enderezadas así las sendas que han de conducir a Dios, se engendren en el alma santos pensamientos?» (Homilía 20 sobre el Evangelio).
El concilio Vaticano II fue en su día, y sigue siendo, para toda la Iglesia una renovada tensión de Adviento, una auténtica renovación profunda por la conversión evangélica: «La Iglesia, que encierra en su seno pecadores, siendo al mismo tiempo santa y necesitada de purificación, avanza continuamente por la senda de la penitencia y de la renovación» (Lumen Gentium 8).
Pero anterior a la renovación de las estructuras es la renovación de las personas: esa profunda conversión integral en la interioridad del hombre sin Cristo, que le abre a la verdadera cristificación, a la intimidad transformante con Cristo. Asó lo enseñó explícitamente Pablo VI en su encíclica Ecclesiam suam (6-VIII-1964):
«La reforma no puede afectar ni a la concepción esencial ni a las estructuras fundamentales de la Iglesia… No podemos acusar de infidelidad a nuestra querida y santa Iglesia de Dios… No nos fascine el deseo de renovar la estructura de la Iglesia por vía carismática…, introduciendo arbitrarios ensueños de artificiosas renovaciones en el esquema constitutivo de la Iglesia… Es necesario evitar otro peligro, que el deseo de reforma podría engendrar… en quienes piensan que la reforma de la Iglesia debe consistir principalmente en la adaptación de sus sentimientos y de sus maneras de proceder a los mundanos» (41-43).
Ser heraldos de Cristo para quienes no lo conocen ni lo aman. ¡Ése es nuestro ineludible deber de Adviento!


CICLO C
La liturgia de este Domingo nos recuerda que nuestra meta es siempre Cristo, la gran promesa de la salvación hecha por el Padre para todos los hombres de todos los tiempos. Y que el camino que nos conduce hasta Cristo es también de iniciativa divina. Los grandes profetas de Dios no han tenido otra misión en la Historia de la Salvación que preparar ese camino bajo la luz esplendorosa de la Revelación, es decir, abriendo las conciencias a la Palabra de Dios, renovadora de los corazones para el misterio de Cristo.
–Bar 5,1-9: Dios mostrará su esplendor sobre Jerusalén. El profeta Baruc anunció la salvación mesiánica como un retorno gozoso a la patria por los caminos de la justicia y de la piedad, de la humilde esperanza y de la rectitud del corazón, preparados por el mismo Señor que nos redime.
Ha pasado la hora del duelo y de la tristeza, y por ello Jerusalén debe adornarse con sus mejores ornamentos de gloria. Es la hora de la glorificación de sus hijos, de su retorno triunfal. Jerusalén va a ser en adelante como una reina majestuosa, aureolada por la gloria de Dios… Es una idealización de los tiempos mesiánicos. La justicia es la característica de la nueva teocracia mesiánica; por eso el Mesías se ceñirá con el cinturón de la justicia. Y esa justicia de los tiempos mesiánicos es fruto del conocimiento de Dios que suscribirá una nueva alianza escrita en los corazones.
El reino del Mesías es ante todo de un orden espiritual. «Desde Sión reverbera el esplendor de su belleza»: el Señor hace su entrada en el divino reino de su Iglesia. Aquí vuelve de nuevo a vivir su vida. La vida de la Iglesia es la vida de Cristo. El que quiera participar de la vida de Cristo tiene que asimilar por los sacramentos la vida de la Iglesia. Dios envió a su Hijo Unigénito al mundo para que nosotros vivamos por Él (Jn 4,9). «En Él, en el Hijo de Dios, estaba la vida y la vida era la luz de los hombres» (Jn 1, 4). Él vino y nos dio también a nosotros, los gentiles, «la potestad de ser hijos de Dios» ¡Una nueva vida, una vida divina! Los profetas, al prever los tiempos mesiánicos, se quedaron muy cortos. La realidad es mucho mayor que lo que ellos previeron y anunciaron con imágenes sublimes.
El Salmo 125 canta el gozo de esta salvación tan admirable: «El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres».
Filipenses 1,4-6.8-11: Manteneos limpios e irreprochables para el día de Cristo. El ideal de la perfección cristiana y de la caridad creciente son las garantías evangélicas que nos pueden llevar santos e irreprochables hasta el Día del Señor. ¡Hasta el encuentro definitivo con el Corazón del Redentor! En el contexto del Adviento hemos de subrayar en esta lectura la idea del crecimiento, del desarrollo de la vida cristiana. Hemos de advertir como un deber imperioso e improrrogable que es necesario desarrollar la propia vida cristiana hacia formas más concretas y encarnando testimonios de los valores que ella encierra. No podemos contentarnos con una actitud de mera observancia de prácticas y preceptos. El cristiano no es solo un observante, sino también y principalmente un testigo de la vida de Cristo en toda su plenitud desde la Encarnación hasta su Ascensión a los cielos. Este tiempo litúrgico nos ofrece la ocasión de una revisión del modo cómo somos testimonio cristiano en medio del mundo.
–Lucas 3,1-6: Todos verán la salvación de Dios. Ni el pesimismo enervante, ni la temeraria autosuficiencia, ni las conductas tortuosas son senderos que nos llevan a Cristo. Solo la renovación interior puede abrir nuestras vidas al mensaje del Evangelio y al Amor santificador de Cristo. Si el Adviento ha introducido en la historia humana la Época última y se identifica con ella, ha de ser por esto una actitud constante de la vida cristiana. El creyente ha de sentirse siempre en estado permanente de conversión. Oigamos a San León Magno:
«Demos gracias a Dios Padre por medio de su Hijo en el Espíritu Santo, que, por la inmensa misericordia con que nos amó, se compadeció de nosotros y, estando muertos por el pecado, nos resucitó a la vida de Cristo (Ef 2,5) para que fuésemos en Él una nueva criatura, una nueva obra de sus manos. Por tanto, dejemos al hombre viejo con sus acciones (Col 3,9) y renunciemos a las obras de la carne nosotros que hemos sido admitidos a participar del nacimiento de Cristo. Reconoce ¡oh cristiano! tu dignidad, pues participas de la naturaleza divina (2 Pe 1,4) y no vuelvas a la antigua vileza con una vida depravada. Ten presente que, arrancado al poder de las tinieblas (Col 1,13) se te ha trasladado al reino y claridad de Dios. Por el sacramento del bautismo te convertiste en templo del Espíritu Santo. No ahuyentes a tan escogido huésped con acciones pecaminosas» (Homilía 1ª sobre la Natividad del Señor 3).
Para poder crecer en la caridad y desarrollar el discernimiento (1ª lect.), para saber leer en los acontecimientos de la historia (1ª y 3ª lect.) la presencia salvífica de Dios, es menester que el creyente se abra continuamente a Dios y a la historia.
De ahí la actualidad de la predicación del Bautista como programa de apertura penitencial a Cristo y a la gracia del Evangelio en cuantos buscan sinceramente los designios divinos de la salvación cristocéntrica. Es nuestra vida íntegra la que habrá de llevar a los demás hombres la autenticidad de nuestra fe y de nuestra comunión con Cristo, el Señor, más allá del altar y del templo. Hemos de ir por la vida abriendo a los hombres senderos para Cristo.


Lunes
En la entrada decimos jubilosos con los profetas: «escuchad, pueblos, la palabra del Señor; anunciadla en las islas remotas: mirad a nuestro Salvador que viene; no temáis» (Jer 31,10; Is 33,4). En la oración colecta (Rótulus de Rávena), pedimos al Señor que suban a su presencia nuestras plegarias y que colme en sus siervos los deseos de llegar a conocer en plenitud el misterio admirable de la Encarnación de su Hijo. En la comunión pedimos al Señor que venga, que nos visite con su paz, para que nos alegremos en su presencia de todo corazón (Sal 103,4-5).
–Isaías 35,1-10: Dios viene en persona y os salvará. El profeta manifiesta el gozo por la restauración de Judá, signo y realización histórica de la salvación. Es obra personal de Yahvé. En ella revela su poder, sus caminos, su misericordia. Cristo, perdonando el pecado y curando a los enfermos se nos presenta como el auténtico Salvador y Redentor. La salvación del hombre consiste en su transformación. Pero el hombre es incapaz de transformarse por sí solo. Intenta, obtiene algo, aspira a ello con sinceridad y con sufrimiento: pero la desproporción del hombre frente a la propia salvación es radical.
Solo Dios puede salvar, transformar. Dios solo es invocado y esperado. Cuando «viene» todo cambia en el hombre. Nace un hombre «nuevo» y muere lo que era «viejo». Lo importante es que el hombre invoque y espere en Dios, haciéndose disponible a su palabra y a su gracia con ánimo, sin temor. Lo que el profeta Isaías dice recurriendo a imágenes tan brillantes es precisamente esto: Allá donde llega Dios, cambia la realidad: la vida en lugar de la muerte, el bien en lugar del mal, la alegría en lugar del llanto. Un amor práctico y desinteresado: he ahí el signo del Reino de Dios en medio de los hombres.
En Cristo ha aparecido verdaderamente el reino de Dios sobre la tierra. Él es la misma personificación del amor que salva y ayuda, que se entrega a los pobres, que se humilla hasta los enfermos y los cura, que no retrocede hasta los mismos leprosos y que domina a la muerte. Así viene Él constantemente a nosotros. Él es a quien esperamos, a quien necesitamos. Él nos basta. Él solo. En Él todo lo tenemos: el Camino, la Verdad y la Vida.
–Salmo 84: «Dios nos anuncia la paz y la salvación, que están ya cerca». Este mensaje lo escucharon los deportados de Babilonia, que ya habían expiado en el sufrimiento su infidelidad. Dios lo repite en cuantos se convierten a Él de corazón. Por eso seguimos cantando nosotros ese Salmo: Nuestro Dios viene y nos salvará. «Voy a escuchar lo que dice el Señor: Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos. La salvación está ya cerca de sus fieles y la gloria habitará en nuestra tierra. La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan; la fidelidad brota de la tierra y la justicia mira desde el cielo. El Señor nos dará la lluvia y nuestra tierra dará su fruto. La justicia marchará ante Él, la salvación seguirá sus pasos».
–Lucas 5,17-26: Hoy hemos visto cosas admirables. El hecho de la curación del paralítico en Cafarnaún se emplea normalmente en un sentido apologético. Es un texto clásico para mostrar la realidad mesiánica de Cristo; su misma divinidad; la conciencia que tenía de ella. La argumentación de Cristo es clara y eficaz.
Pero además del argumento apologético se descubre también el significado salvífico. En Cristo Dios pone su poder a disposición de la incapacidad del hombre. Nada se sustrae a la eficacia de su acción divina. Cuerpo y alma, salud física y salud espiritual, pecados y enfermedades, todo se pliega a su querer. El hombre no puede salvarse por sí solo. Puede y debe encontrarse con Dios, que viene a Él en Cristo. Le debe encontrar con fe y confianza, superando las dificultades, incluso aquella de la muchedumbre que se interpone entre Él y Dios.
Pero es Dios quien salva. Y salva por amor y con amor. El infinito poder de Cristo es el poder del Amor infinito. No hay salvación sin amor. Cristo se inclina sobre las miserias humanas del cuerpo y, sobre todo, del alma. La salvación en sentido cristiano está en el amor de Dios y del prójimo, en adorar y servir por amor.
La cumbre teológica del relato evangélico de hoy la encontramos en las palabras: «¿quién puede perdonar los pecados sino Dios solo?» El milagro fue el sello de las palabras. El poder de la Iglesia se apoya en Cristo. Los pecadores encuentran a Jesús en su Iglesia, en el sacramento de la penitencia. Los saciados por sí mismos lo rechazan. Creen no necesitarlo.


Martes
El Señor no solo desea que creamos en su venida: «El Señor vendrá y con Él todos sus santos; aquel día brillará una gran luz» (Za 15,5.7), sino también que la deseemos con ardor: «El juez justo premiará con la corona merecida a todos los que tienen amor a su venida» (1 Tim 4, 8). La oración colecta (Rótulus de Rávena) pide al Señor, que ha manifestado su salvación hasta los confines de la tierra, que nos conceda esperar con alegría la gloria del nacimiento de su Hijo.
–Isaías 40,1-11: El Señor consolará a su pueblo. Dios vendrá en persona a tomar posesión de su trono y a otorgar el perdón a su pueblo. El destierro ha sido solo como un servicio purificador, exigido por el pecado. Pero no se ha roto el pacto. Cumplida su misión, el servicio termina. La vuelta es un prodigio continuado del Señor, como en el primer Éxodo. Un heraldo anuncia la buena noticia.
La religión de la Biblia no puede ser reducida a la melancolía porque afirma la condición pasajera de todo. Hay en ella la certeza de una realidad que jamás vendrá a menos en la Palabra de Dios. Su presencia salvífica en la historia humana le coloca junto al hombre, para que éste comparta con Él la vida entera, sea liberado así de la esclavitud de Babilonia, y guiado hacia la salvación de Jerusalén. Dios es siempre fiel a sus promesas y nunca nos dejará solos. Comenta San Agustín:
«Te vence, oh hombre, tu concupiscencia; te vence porque te halló en mal estado; te halló en la carne y por eso te venció. Emigra de ella… Aun viviendo en la carne, no estés en la carne: “Toda carne es heno; en cambio la palabra de Dios permanece eternamente” ( Is 40, 6-8). Sea el Señor tu refugio. Si te acosa la concupiscencia, si te apura, si junta todas sus fuerzas contra ti, habiéndose engrandecido por la prohibición de la ley, teniendo que sufrir a un enemigo más poderoso, sea el Señor tu refugio, tu torre fortificada frente al enemigo. No vivas en la carne, sino en el espíritu. ¿Qué es vivir en el espíritu? Poner la esperanza en Dios… No te quedes en ti; trasciéndete a ti mismo; coloca tu asiento en quien te hizo. La Santa Iglesia es precursora. Ella nos conduce de la mano hasta Cristo, hasta el Salvador, por medio de su fe, de su dogma, de su moral, de sus sacramentos, de su liturgia y de su espíritu» (Sermones 288-289).
Penetrémonos todos del espíritu de la Iglesia, de sus sentimientos, de su liturgia de Adviento. ¡Caminemos guiados por su mano hacia Jesucristo!
–Salmo 95. Los desterrados que vuelven de Babilonia a la libertad de su patria cantaron: «Nuestro Dios llega con poder». Cantemos también nosotros con ellos, pues se acerca nuestra liberación, que nos hará pasar de una vida miserable a una vida más perfecta. Cantemos al Señor un cántico nuevo, que con nosotros cante toda la tierra. Bendigamos el Nombre del Señor, proclamemos día tras día su victoria. Contemos a todos los pueblo su gloria, sus maravillas a todas las naciones. Digamos a todos los pueblos: el Señor es Rey, un Rey que gobierna a los pueblos rectamente. Alégrese el cielo, goce la tierra, retumbe el mar y cuanto contiene, vitoreen los campos y cuanto hay en ellos, aclamen los árboles del bosque, delante del Señor, que ya llega, ya llega a regir la tierra. ¡Que todos nos sometamos a su imperio!
–Mateo 18,12-14: El Señor no quiere que se pierda nadie. Dios se ha revelado en el Antiguo Testamento como Padre de misericordia, lleno de bondad y tardo a la cólera, que nos ama entrañablemente, que nos escucha y perdona. Este Padre se nos ha revelado plenamente en su Hijo Jesucristo como Amor que se alegra siempre que un pecador vuelve a Él, que busca la oveja perdida. Comenta San Agustín:
«No juzguemos el pensamiento de los otros, al contrario, presentemos a Dios nuestras preces, incluso por aquellos sobre los que tenemos alguna duda. Quizá la novedad que supone comporte en Él alguna duda; amad más intensamente al que duda, alejad con vuestro amor la duda del corazón débil… Confiad a Dios su corazón por el que debéis orar. Sabed que es abandonado por los malos y ha de ser recibido por los buenos. Vuestro amor al hombre sea mayor que vuestro antiguo odio al error… Cristo vino a llamar a los enfermos…, buscó la oveja perdida… He aquí cómo Cristo vino a sanar a los enfermos: así supo vengarse de sus enemigos… Lo encomendamos a vuestras oraciones, a vuestro amor, a vuestra amistad fiel. Acoged su debilidad. Según como vayáis vosotros delante, así irá él detrás. Enseñadle el buen camino» (Sermón 279,11).
Hemos de imitar a Cristo en la solicitud por la oveja descarriada. Despreciar a uno que yerra, que va equivocado, es la antítesis del cristianismo. Dar a todos y a cada uno la certeza de ser buscado, es decir, amado, comprendido, defendido, es la esencia del cristianismo. El Señor vino a salvar a los que estaban perdidos; sigamos también nosotros su ejemplo.


Miércoles
Entrada: «Ven, Señor, y no tardes. Ilumina lo que esconden las tinieblas y manifiéstate a todos los pueblos» (Hb 2,3; 1Cor 4,5). En la comunión halla respuesta la súplica anterior: «El Señor llega con poder e iluminará los ojos de sus siervos» (Is 40,10).
En la colecta (Rótulus de Rávena), al Señor que nos manda abrir el camino a Cristo, le pedimos que no permita que desfallezcamos en nuestra debilidad los que esperamos la llegada saludable de Aquel que viene a sanarnos de todos nuestros males.
–Isaías 40,25-31: El Señor todopoderoso da fuerza al cansado. Yahvé se enfrenta con los ídolos. Nada de lo que hay en el mundo, por grande y sublime que sea, puede compararse con Yahvé. Él lo ha creado todo y lo conoce todo. No ignora nuestras situaciones concretas. Todo lo ve, todo lo penetra. Para el que cree, la confianza en Dios no carece de fundamento, no es una alienación que aparta al hombre de la tarea terrena. Dios es la fuerza que continuamente, sin que nunca vaya a menos, nos empuja.
Nuestro tiempo es tiempo de gran prueba para el que tiene fe y confianza en Dios. Todo parece contradecir las convicciones del creyente. Se exalta por doquier y exageradamente el progreso de la técnica. Se ve ese progreso solamente como obra propia de la inteligencia humana; pero, ¿quién da al hombre la inteligencia y quién la mantiene activa? Sin embargo, muchos plantean el dilema falso: o Dios o el hombre. Se aparta así el hombre de Dios y se entrega a idolillos.
Para quien cree ese dilema es falso. De aceptarse, significaría la muerte del hombre, porque el hombre o vive o muere con la vida o con la muerte de Dios. No se niega el progreso humano. La Iglesia lo ha fomentado siempre. Ni tampoco se niega el campo de autonomía del hombre. Pero sí se afirma que el hombre sin Dios queda indescifrable, sin sentido.
Pues bien, hoy y siempre la liturgia de Adviento nos recuerda que ha de realizarse en nuestra alma la obra del amor de Dios, que salva, que ayuda y sana. ¡Abrámonos a su acción bienhechora! ¡Solo Él puede salvarnos totalmente!
El Salmo 102 nos hace contemplar la grandeza de Dios frente a nuestra debilidad, que, no obstante todo el progreso humano, conocemos por la constante experiencia de nuestras limitaciones. Reconozcamos que el poder salvador de Dios no es solo para el justo. Él no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y que viva. Él viene a buscar lo que estaba perdido:
«Bendice, alma mía, al Señor y todo mi ser a su santo Nombre; bendice, alma mía, al Señor y no olvides sus beneficios. Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; Él rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura. El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia. No nos trata como merecen nuestros pecados, ni nos paga según nuestras culpas».
–Mateo 11,28-30: Venid a mí todos los que estás agotados. El Señor ofrece paz y sosiego a las personas que está oprimidas por muchas causas. El Maestro bueno opone a esta carga su yugo, hecho de mansedumbre, humildad y amor. Comenta San Agustín:
«Las cargas propias que cada uno lleva son los pecados. A los hombres que llevan cargas tan pesadas y detestables, y que bajo ellas sudan en vano, les dice el Señor: “Venid a Mí todos”… ¿Cómo alivia a los cargados de pecado, sino mediante el perdón de los mismos? El orador se dirige al mundo entero, desde la especie de tribuna de su autoridad excelsa, y exclama: “Escucha, género humano, escuchad, hijos de Adán; oye, raza que te fatigas en vano. Veo vuestro sudor, ved mi don. Sé que estáis fatigados y agobiados y, lo que es peor, que lleváis sobre vuestros hombros pesos dañinos; y, todavía peor, que pedís no que se os quiten esos pesos, sino que os añadan otros… Concedo el perdón de los pecados pasados, haré desaparecer lo que oprimía vuestros ojos, sanaré lo que dañó vuestros hombros. Llevad mi yugo. Ya que para tu mal te había subyugado la ambición, que para tu salud te subyugue la caridad… Esos pesos son alas para volar. Si quitas a las aves el peso de las alas, no pueden volar… Toma, pues, las alas de la paz; recibe las alas de la caridad. Ésta es la carga; así se cumple la ley de Cristo» (Sermón 164, 4ss., en Hipona, el año 411).


Jueves
El canto de entrada lo hacemos con el Salmo 118,151-152: «Tú, Señor, estás cerca y todos tus mandatos son estables; hace tiempo comprendí tus preceptos, porque Tú existes desde siempre». El programa de nuestra vida nos lo presenta la antífona para la comunión: «Llevemos ahora una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios» (Tit 2,12-13).
La oración colecta (Gelasiano) pide al Señor que despierte nuestros corazones y que los mueva a preparar los caminos de su Hijo, para que cuando venga podamos servirte con una conciencia pura.
–Isaías 41,13-20: Yo soy tu Redentor, el Santo de Israel. Los judíos en el destierro han sido como un gusano pisoteado por las naciones. Pero Yahvé lo defiende, lo lleva en la mano. Hace de Él un instrumento de purificación para los enemigos de Dios: trillo que tritura, bieldo que avienta. Yahvé es su libertador. Él mismo será fuente para su pueblo sediento. El mundo reconocerá el poder de Dios.
Esto se ha visto en los tiempos mesiánicos. El Señor libera al hombre del hambre, de la miseria, de la esclavitud, de la ignorancia y de las enfermedades, es uno de los anhelos de la humanidad. El hombre incrédulo piensa que todo está en sus manos, pero se equivoca, porque el egoísmo es el mayor enemigo de los males de este mundo. El hombre egoísta solo piensa en su propio bienestar. Solo Dios y los que lo aman pueden ser la salvación del mundo en todos los tiempos. Dios es nuestro libertador, porque solo en Él se halla la solución de los problemas humanos. Solo Él puede suscitar en los hombres sentimientos humanitarios. De todos modos la raíz de todos los males es el pecado y solo Dios puede perdonarlo.
Juan el Bautista envió una embajada a Jesús para ver si Él era el Mesías. Jesús da la respuesta: «Los ciegos ven, los paralíticos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, la alegre noticia es anunciada a los pobres» Nosotros somos los ciegos, los paralíticos, los leprosos, los muertos. Cristo ha venido y nos ha curado, nos ha resucitado a la vida de la gracia. No tenemos necesidad de más Mesías ni de mesianismos. Cristo ha venido y con Él la salvación de todo el mundo, un nuevo orden social que mitiga y suprime la miseria humana.
–El Salmo 144 canta con gozo esta verdad: «El Señor es clemente y misericordioso, lento a la ira y rico en piedad. Te ensalzaré, Dios mío, mi Rey, bendecir tu nombre por siempre jamás. El Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas. Por eso queremos que todas las criaturas le den gracias, lo bendigan sus fieles, proclamen la gloria de su reinado, que hablen de sus hazañas, explicando sus hazañas a los hombres, la gloria y majestad de su reinado, porque su reinado es un reinado perpetuo y su gobierno va de edad en edad». «De su plenitud todos hemos recibido, gracia por gracia» (Jn 1,12. 16) «Sabemos que hemos sido trasplantados de la muerte a la vida» (1 Jn 3, 14). «Vivamos, pues, la novedad de esta vida» (Rom 6,4), como verdaderos hijos de Dios, participando de su naturaleza divina.
–Mateo 11,11-15: Ninguno más grande que Juan el Bautista. El Antiguo Testamento tuvo la misión de preparar la venida del Mesías. El último profeta fue el Bautista, que lo señaló con el dedo. Jesús de Nazaret es el que inaugura la nueva era. Con Él hemos sido hechos hijos adoptivos de Dios y coherederos de su gloria. Pero, hemos de luchar, ser comprometidos con entera radicalidad con lo que exige esa nueva vida. Así lo expresa San León Magno:
«¿Cómo podrá tener parte en la paz divina aquél a quien agrada lo que desagrada a Dios y el que desea encontrar su placer en cosas que sabe ofenden a Dios? No es ésta la disposición de los hijos de Dios, ni la nobleza recibida con su adopción... Grande es el misterio encerrado en este beneficio, que Dios llame al hombre hijo y el hombre llame a Dios Padre. Estos títulos hacen comprender y conocer a quien se eleva a tal altura de amor... Nuestro Señor Jesucristo, al nacer verdaderamente hombre, sin dejar de ser verdaderamente Dios, ha realizado en sí mismo el origen de una nueva criatura, y en el modo de su nacimiento ha dado a la humanidad un principio espiritual.
«¿Qué inteligencia podrá comprender tan gran misterio, qué lengua narrar una gracia tan grande? La injusticia se vuelve inocencia; la vejez, juventud; los extraños toman parte en la adopción; y las gentes venidas de otros lugares entran en posesión de la herencia. Desde este momento, los impíos se convierten en justos; los avaros, en bienhechores; los incontinentes, en castos; los hombres terrestres, en hombres celestes (cf. 1 Cor 15, 49), ¿De dónde viene un cambio tan grande sino del poder del Altísimo? El Hijo de Dios ha venido a destruir las obras del diablo. Él se ha incorporado a nosotros y a nosotros nos ha incorporado a Él, de modo que el descenso de Dios al mundo de los hombres fue una elevación del hombre hasta el mundo de Dios» (Homilía 7ª sobre la Natividad del Señor, 3 y 7)
La fe cristiana es un don de Dios, pero ella exige del hombre una entrega, una elección. Los valores auténticamente humanos pueden preparar al cristianismo, pero éste exige un salto más allá de la humanidad. Quiere una decisión tomada delante de Cristo, aceptándolo como modelo que transforma radicalmente la experiencia humana. Reducir la religión cristiana a los límites de lo razonable, de lo «honesto» en el sentido únicamente humano, es una tentación a la que se recurre con frecuencia. Esto no significa que para ser buenos cristianos no se tenga que ser ante todo razonables y honestos. Pero vivamos con Cristo una vida nueva. Continuemos en nosotros la misma vida de Cristo. Seamos todos un nuevo Cristo viviente. El verdadero cristiano es un sarmiento unido a la Vid que es Cristo. Si nosotros no ponemos obstáculos, la vida de Cristo es nuestra vida. Nos preparamos para la Navidad en que se ha de consumar nuestra plena unión con Cristo


Viernes
«El Señor viene con esplendor a visitar a su pueblo con la paz y comunicarle la vida eterna». Así cantamos (entrada) al comienzo de esta celebración. Y del modo siguiente en el momento de la comunión: «Aguardamos a un Salvador: El Señor Jesucristo. Él transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición gloriosa» (Flp 3, 20-21).
En la colecta (Gelasiano) pedimos al Señor que su pueblo permanezca en vela aguardando la venida de su Hijo, como el criado que espera la llegada de su amo, para que, siguiendo las normas del Maestro, salgamos a su encuentro, cuando llegue, con las lámparas encendidas.
–Isaías 48,17-19: ¡Si hubieras atendido a mis mandatos! El destierro es para Israel una prueba de Dios, para que conozca sus caminos, para que vea a dónde le lleva su infidelidad. Es también una lección para nosotros. Todo pecado grave priva de la amistad con Dios, de su unión. La infidelidad exige el destierro, símbolo de la lejanía de Dios. Una vez más se nos amonesta que solo con Dios vienen al hombre todos los bienes que desea: la paz, la justicia, la prosperidad…
Cierto que es un lenguaje lejano a nosotros. Pero la advertencia tiene un valor perenne. Dios se presenta como un Maestro, con sus mandamientos y preceptos. Dios se presenta como Señor. El hombre moderno no siente la perversidad del pecado. Lo considera como un comportamiento desviado a causa de condicionamientos psicológicos y sociales que debe empeñarse en superar.
Pero el pecado, como dice San Basilio «consiste en el uso desviado y contrario a la voluntad de Dios de las facultades que Él nos ha dado para practicar el bien» (Regla monástica 2,1). «Puede decirse, afirma San Agustín, que, en lo espiritual, hay tanta diferencia entre justos y pecadores, como en lo material entre el cielo y la tierra» (Sermón de la Montaña 2). Y Casiano: «Nada hay que reputar por malo como tal, es decir, intrínsecamente, más que el pecado. Es lo único que nos separa de Dios, que es el bien supremo y nos une al demonio, que es el mal por antonomasia» (Colaciones 6).
No se puede construir la conciencia humana sin un fundamento divino.
–Cristo es el Camino, la Verdad y la Vida, quien lo sigue no caminará en las tinieblas. Por eso, para el justo la ley del Señor es su gozo. Bien lo dice el Salmo1: «Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni entra por la senda de los pecadores, ni se sienta en la reunión de los cínicos, sino que su gozo es la ley del Señor, y medita su ley día y noche. Será como un árbol plantado al borde de la acequia: da fruto en su sazón, no se marchitan sus hojas y cuanto emprende tiene un buen fin. No así los impíos, no así; serán paja que arrebata el viento, porque el Señor protege el camino de los justos, pero el camino de los impíos acaba mal».
–Mateo 11,16-19: No hacen caso ni de Juan ni de Jesús. Hay personas incapaces de ver al Señor. Son los eternos insatisfechos, los intransigentes con los demás, los que solo ven lo negativo de los hombres, los que siempre interpretan mal sus actos, los que se consideran superiores a los demás. El Señor tuvo que enfrentarse con personas semejantes.
Por eso contra el Señor y contra su mensaje de salvación se han dirigido en todos los tiempos las acusaciones más diversas y contradictorias. También les sucede lo mismo a aquellos que le siguen con amor verdadero. Comenta San Agustín:
«Aquí no se baila; pero no obstante que no se baile, se leen las palabras del Evangelio: “Os hemos cantado y no habéis bailado”. Se les reprocha, se les recrimina y se les acusa por no haber bailado. ¡Lejos de nosotros el retornar aquella insolencia! Escuchad cómo quiere la Sabiduría que lo entendamos. Canta quien manda; baila quien cumple lo mandado. ¿Qué es bailar sino ajustar el movimiento de los miembros a la música? ¿Cuál es nuestro cántico? No voy a decirlo yo, para que no sea algo mío. Me va mejor ser administrador que actor. Recito nuestro cántico: “No améis al mundo, ni a las cosas del mundo”…(1 Jn 2,15).
«¡Qué cántico, hermanos míos! Escuchasteis al cantor, oigamos a los bailarines: haced vosotros con la buena ordenación de las costumbres lo que hacen los bailarines con el movimiento de sus cuerpos. Hacedlo así en vuestro interior: que las costumbres se ajusten a la música. Arrancad los malos deseos y plantad la caridad» (Sermón 311, 4-8, en Cartago, año 405).


Sábado
En el canto de entrada expresamos nuestros anhelos por la venida del Señor: «Despierta tu poder, Señor, Tú que te sientas sobre querubines, y ven a salvarnos» (Sal 79,4.2). En la comunión tenemos la respuesta: «Mira, llego en seguida, dice el Señor, y traigo conmigo mi salario, para pagar a cada uno su propio trabajo» (Ap. 22, 12).
En la oración colecta (Rótulus de Rávena), pedimos al Señor que amanezca en nuestros corazones su Unigénito, resplandor de su gloria, para que su venida ahuyente las tinieblas del pecado y nos transforme en hijos de la luz.
–Eccl. 48,1-4.9-11: Elías volverá de nuevo. El elogio del profeta Elías en el libro de Sirac concluye con una alusión a su venida al final de los tiempos para preparar los corazones de los hombres. En el Nuevo Testamento se aplica esto a San Juan Bautista, que vino en el espíritu y poder de Elías para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto. Acojamos, pues, su mensaje.
Un profeta semejante al fuego, por la palabra ardiente como el horno encendido. De esta manera, por el celo ardiente, es presentado Elías, el defensor de Yavé, el profeta de la vida austera. Hablar de profetas y de profecías es hoy casi una moda, pero no ciertamente en el sentido de vidente, sino en el sentido de testimonio. En la Iglesia los profetas pueden ser incómodos, pero son siempre necesarios. Dios los suscita, igual que a los apóstoles, para que ayuden a la Iglesia en su camino.
Le ayudarán a condición de que sean profetas auténticos, defensores de Dios, austeros, celosos, suscitados por Dios, por cuyo honor han sido devorados por el celo. Atribuirse la calificación de profetas, querer pasar por tales, es cosa fácil, una tentación hoy bastante frecuente, sobre todo si se quiere evadir la doctrina apostólica del Magisterio de la jerarquía eclesiástica y actuar con resentimientos.
El verdadero profeta está dominado por Dios. Y es tal su testimonio de vida que se halla pronto a morir por el Evangelio, por su fe cristiana. Su vida es ejemplar en todo, principalmente en la obediencia, en la humildad, en la caridad. Todo profeta auténtico prepara el camino del Señor, procura hacer rectas sus veredas, rellena los valles y allana la altivez, principalmente con su vida santa.
–Con el Salmo 79 pedimos al Señor que nos restaure, que brille su rostro y nos salve: «Pastor de Israel, Tú que guías a José como a un rebaño, resplandece ante Efraín, Benjamín y Manasés. Dios de los ejércitos, vuélvete; que brille tu rostro y nos salve. Mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu Viña, la cepa que tu diestra plantó y que Tú hiciste vigorosa. Que tu mano proteja a tu escogido, al hombre que Tú fortaleciste. No nos alejaremos de Ti; danos la vida para que invoquemos tu nombre».
Dios no nos abandona. Actuó por medio de los profetas del Antiguo Testamento para preparar los caminos del Mesías. Envió a un nuevo Elías en la persona del Bautista. Él, el Pastor de Israel eterno, venga también ahora a visitar a su Viña, su Iglesia, y proteja a su escogida, a su amada.
Mateo 17,10-13: Elías ya ha venido, pero no le reconocieron. En la tradición bíblica el profeta Elías había de venir. Elías ya vino, dice el Señor y no lo reconocieron, sino que lo trataron a su antojo. Así, también el Hijo del Hombre va a padecer en manos de ellos.
Cuando dijo esto el Señor, sus discípulos entendieron que se refería a Juan el Bautista. Todo profeta es tal en relación a Cristo. Le prepara el camino de la conciencia de los hombres con su predicación y su testimonio de vida. Está dispuesto a desaparecer cuando Él llegue. Ha de percatarse de que su misión está cumplida. Sobre todo le imitará en su conducta. Como Cristo, y como los antiguos profetas que lo anunciaron, el profeta de hoy y de todos los tiempos sabe que le espera la incomprensión, el sufrimiento, tal vez la muerte.
Pero no se busca a sí mismo; no se deja enredar por la soberbia sutil de sentirse «distinto» de los otros y, por consiguiente, mejor que los demás. No exige reconocimientos, ni honores. Acepta la dramaticidad de la fe y de su vocación. Está en paz con su conciencia. No quiere ser dominador del prójimo, sino solo un testigo, un colaborador, un servidor. Todos hemos de ser profetas si aceptamos las profundas exigencias de nuestro bautismo. Ante todo y sobre todo, hemos de lograr humildad, servicialidad, caridad y, en una palabra, santidad de vida. San Juan Crisóstomo alaba así la tarea de San Juan Bautista:
«Es deber del buen servidor no sólo el de no defraudar a su dueño la gloria que se le debe, sino también el de rechazar los honores que quiera tributarle la multitud... San Juan dijo “quien viene detrás de mí, en realidad me precede”, y “no soy digno de desatar la correa de sus sandalias”, y “Él os bautizará con el Espíritu Santo y el fuego”, y que había visto al Espíritu Santo descender en forma de paloma y posarse sobre Él. Por último atestiguó que era el Hijo de Dios y añadió “he ahí al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”...
«Como solo se preocupaba de conducirlos a Cristo y hacerlos discípulos suyos, no lanzó un largo discurso. San Juan sabía que, una vez que hubieran acogido sus palabras y se hubieran convencido, no tendrían ya necesidad de su testimonio a favor de Aquél... Cristo no habló; todo lo dijo San Juan... Juan, haciendo oficio de amigo, tomó la diestra de la esposa, al conciliarle con sus palabras las almas de los hombres. Y Él, tras haberles acogido, los ligó tan estrechamente a sí mismo que ya no regresaron a aquél que se los había confiado... Todos los demás profetas y apóstoles anunciaron a Cristo cuando estaba ausente. Unos, antes de su Encarnación; otros, después de su Ascensión. Sólo él lo anunció estando presente. Por eso también lo llamó “amigo del esposo”, pues sólo él asistió a su boda» (Homilías sobre el evangelio de S. Juan 16 y 18).


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