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4ª Semana de Cuaresma - Año litúrgico patrístico

 

 

MANUEL GARRIDO BONAÑO, O.S.B.
Comentarios para cada día de la Cuaresma

 

Domingos: Ciclo A - Ciclo B - Ciclo C
Entre semana: Lunes - Martes - Miércoles - Jueves - Viernes - Sábado

Domingo
Entrada: «Festejad a Jerusalén, gozad con ella todos los que la amáis, alegraos de su alegría los que por ella llevasteis luto; mamaréis a sus pechos y os saciaréis de sus consuelos» (Is 66,10-11).
Colecta (del misal anterior y antes del Gregoriano): «Señor, que reconcilias a los hombres contigo por tu palabra hecha carne, haz que el pueblo cristiano se apresure, con fe viva y entrega generosa a celebrar las fiestas pascuales».
Ofertorio (del Veronense y del Sacra-mentario de Bérgamo): «Al ofrecerte, Señor, en la celebración gozosa del domingo, los dones que nos traen la salvación, te rogamos nos ayudes a celebrar estos santos misterios con fe verdadera y a saber ofrecértelos por la salvación del mundo»
Comunión: «El Señor me puso barro en los ojos, me lavé y veo, y he empezado a creer en Dios (Jn 9,11). O bien: «Deberías alegrarte, hijo, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y lo hemos encontrado» (Lc 15,32). O bien: «Jerusalén está fundada como ciudad bien compacta. Allá suben las tribus, las tribus del Señor, según la costumbre de Israel, a celebrar el nombre del Señor» (Sal 121,3-4).
Postcomunión (Veronense y Gelasiano): «Señor Dios, luz que alumbras a todo hombre que viene a este mundo, ilumina nuestro espíritu con la claridad de tu gracia, para que nuestros pensamientos sean dignos de Ti, y aprendamos a amarte de todo corazón».

CICLO A
En esta celebración, la Iglesia alegra nuestras almas con el pregón gozoso de la cercanía de Pascua, en el que se proclaman el don de la fe en Cristo y el sacramento del bautismo como misterios de Luz, que iluminan nuestras vidas en el tiempo, redimiéndonos de las tinieblas del pecado.

–1 Samuel 16,6-7.10-13: David es ungido rey de Israel. Los juicios de Dios son distintos de los juicios humanos. Éstos se agotan con la luz de sus apariencias, mientras que Dios ilumina verdaderamente las realidades del corazón y elige a los suyos por propia iniciativa. La vocación es el llamamiento que Dios hace al hombre que ha escogido y destinado a una misión especial en la historia de la salvación. La llamada de Dios ha de tener una correspondencia generosa y absoluta. Es la respuesta a la que se refiere San Agustín:
«¿Quiénes son los rectos de corazón? Los que quieren lo que Dios quiere... No quieras torcer la voluntad de Dios» (Comentario al Salmo 93).

–Con el Salmo 22 proclamamos: «El Señor es mi Pastor, nada me falta. En verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas. Me guía por el sendero justo».

–Efesios 5,8-14: Levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz. La vocación cristiana, sellada en nuestro bautismo, nos libra de las tinieblas, transformándonos en hijos de la luz. San Agustín comenta este pasaje paulino:
«Pensad en las tinieblas de éstos [los neófitos], antes de acercarse al perdón de los pecados. Las tinieblas, pues, estaban sobre el abismo antes de que les fueran perdonados sus pecados. Pero el Espíritu del Señor se cernía sobre las aguas. Descendieron ellos a las aguas; sobre las aguas se cernía el Espíritu de Dios; fueron expulsadas las tinieblas de los pecados; estos son el día que hizo el Señor. A este día dice el Apóstol: “Fuisteis en otro tiempo tinieblas, ahora, en cambio, sois luz en el Señor”. ¿Dijo acaso: “Fuisteis tinieblas en el Señor”? Tinieblas en vosotros mismos, luz en el Señor. Dios llamó a la luz día porque por su gracia se hace cuanto se hace. Ellos pudieron ser tinieblas por sí mismos; pero no hubieran podido convertirse en luz de no haberlo hecho el Señor. Este es el día que hizo el Señor: el Señor lo hizo y no el día mismo» (Sermón 258,2).

–Juan 9,1-41: Fue, se lavó y volvió con vista. La fe es un don de Dios, que ilumina a los creyentes. La increencia es la ceguera, que mantiene a los hombres en su condición original de hijos de las tinieblas. San Agustín explica este pasaje evangélico:
«Porque el Señor abre los ojos al ciego. Quedaremos iluminados, hermanos, si tenemos el colirio de la fe... También nosotros hemos nacido ciegos por causa de Adán y necesitamos que el Señor nos ilumine» (Tratado sobre el Evangelio de San Juan 34,8-9).
Por el contacto amoroso de Jesús desapareció la ceguera natural del ciego de nacimiento. Por el contacto eucarístico, el Corazón de Cristo sigue iluminando desde lo más íntimo de nuestro ser, toda nuestra vida. «El que me sigue no anda en tinieblas, dice el Señor» (Jn 8,12).
Hijos de la luz por el bautismo y la Eucaristía, toda nuestra conducta debe ser transparencia de nuestra condición de hijos de Dios y testimonio viviente de santidad en Cristo. «Brille vuestra luz delante de los hombres, que vean vuestras obras y glorifiquen al Padre que está en los cielos» (Mt 5,16).

CICLO B
Toda la historia de la salvación evidencia un enfrentamiento ininterrumpido entre el misterio de las tinieblas y el misterio de la luz, disputándose la vida de los hombres. El misterio de la luz lo integra el designio amoroso de Dios, que nos ofrece la salvación y la santidad; su palabra, que nos ilumina; su gracia que nos santifica. El misterio de las tinieblas son las reacciones rebeldes de la inteligencia y de la voluntad humana al servicio del pecado, que nos ciega, que nos degrada y nos con-vierte en hijos de ira (Ef 2,3).
No podemos permanecer pasivos, irresponsables o indefinidos. A nosotros nos toca optar con decisión por la fidelidad a la gracia o permanecer paganamente degradados por las tinieblas del pecado.

2 Crónicas 36,14-16.19-23: La ira y la misericordia del Señor se manifestaron en el exilio y en la liberación del pueblo. El final del segundo libro de las Crónicas contiene una meditación profunda de la historia del pueblo de Israel que, con su rebeldía y pecados, provoca el castigo divino. El Señor abate su soberbia y luego le regenera por la misericordia.
La caída de Jerusalén, la destrucción del templo y la abolición de la dinastía davídica han sido permitidas por Dios. Ya Jeremías y el Levítico las habían previsto.
Pero estas calamidades no significan que Dios haya puesto punto final a sus designios de amor para con Israel. Él suscita a Ciro y le inspira una política de benevolencia con respecto a los judíos, quienes construirán de nuevo el Templo, de modo que Dios pueda estar presente en medio de su pueblo. El pueblo elegido pasa, por lo mismo, de un régimen dinástico a una teocracia absoluta: Dios mismo se establecerá en adelante en Sión para gobernar a su pueblo.
Pero tampoco el pueblo elegido será fiel y por eso vendrán nuevas destrucciones y purificaciones, hasta la venida de Cristo, que establece definitivamente el Reino de Dios en el mundo, cuya plenitud tendrá lugar en la Jerusalén celeste, en la llamada visión de paz.

–La Iglesia es la continuadora de Cristo en el mundo. Esto debe de estimularnos a ser fieles a Cristo y a extender su Reino por doquier. Persecuciones no faltarán, pero las puertas del infierno no prevalecerán. Con el Salmo 136 decimos con los israelitas deportados: «Si me olvido de ti, Jerusalén [Iglesia Santa, Jerusalén celeste], que se me paralice la mano derecha».

–Efesios 2,4-10: Muertos por el pecado, por pura gracia estáis salvados. El misterio de la Cruz, signo definitivo de la salvación, es también una prueba amorosa de amor salvífico del Padre sobre nosotros. Por eso comenta San Agustín:
«¿Qué tienes, pues, que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido? Pues si Abrahán se glorió, de la fe se glorió. ¿Cuál es la fe plena y perfecta? La que cree que todos nuestros bienes proceden de Dios» (Sermón 168,3).
Casiano manifiesta muchas veces que tenemos necesidad de la gracia para hacer el bien:
«Si de una parte todos estos ejercicios son indispensables para la perfección, de otra son del todo ineficaces para llegar a ella sin el concurso de la gracia» (Instituciones 12,11). «El principio de nuestra conversión y de nuestra fe, así como la paciencia en sufrir, son dones de Dios... La gracia de Dios no ha hecho bastante con haberos otorgado las primicias de nuestra salvación; hace falta que su misericordia vaya obrando cada día su plena eclosión mediante esa misma gracia» (Colaciones 3,14).

–Juan 3,14-21: Dios mandó a su Hijo para que el mundo se salve por Él. Como hijos de las tinieblas, todos los hombres éramos seres mordidos por el pecado para la muerte y la condenación. Por el misterio de la Cruz el Padre nos regenera de nuevo para la luz y la vida de hijos. Comenta San Agustín:
«Cómo es que te parecía que los hombres pecadores no podrían hacerse miembros de Cristo, es decir, de quien no tuvo pecado alguno? Te impulsaba a ello la mordedura de la serpiente. Pero a causa del pecado, es decir, del veneno de la serpiente, fue crucificado Cristo y derramó su sangre para el perdón de los pecados.
«Moisés levantó la serpiente en el desierto para que sanasen quienes en el mismo desierto eran mordidos por las serpientes, mandándoles mirarla, y quien lo hacía quedaba curado. Del mismo modo, conviene que sea levantado el Hijo del Hombre, para que todo el que cree en Él, que lo contemple levantado, que no se avergüence de su crucifixión, que se gloríe en la Cruz de Cristo, no perezca, sino que tenga la vida eterna. ¿Como no morirá? Creyendo en Él. ¿De qué manera no perecerá? Mirando al levantado. De otra forma hubiera perecido» (Sermón 294,11).

CICLO C
La liturgia de este domingo proclama un esperanzador y gozoso pregón pascual. Pascua significa, en la historia de la salvación, para el pueblo de Dios y para cada uno de nosotros, la urgencia de vida nueva, la responsabilidad de nuevas criaturas, reconciliadas con el Padre por el sacrificio redentor de su Hijo. Para esta vida nueva nos prepara la intensa purificación interior y exterior que nos proporciona la celebración cuaresmal. Es preciso intensificar seriamente el proceso personal de conversión, de purificación, porque así lo requiere la celebración litúrgica del misterio pascual de Cristo, al que Él mismo nos incorpora.

–Josué 5,9-12: El pueblo de Dios celebra la Pascua antes de entrar en la tierra prometida. Tras cuarenta años de peregrinación, el pueblo de Israel entró en la tierra de salvación. Allí celebró por vez primera la Pascua, como inauguración de una vida nueva y libre. Comenta San Atanasio:
«Vemos, hermanos míos, cómo vamos pasando de una fiesta a otra. Ahora ha llegado el tiempo en que todo vuelve a comenzar, el anuncio de la Pascua venerable, en la que el Señor fue inmolado. Nosotros nos alimentamos... y deleitamos siempre nuestra alma con la sangre preciosa de Cristo, como de una fuente; y, con todo, siempre estamos sedientos de esa sangre, siempre sentimos un ardiente deseo de recibirla.
«Pero nuestro Salvador está siempre a disposición de los sedientos y, por su benignidad, atrae a la celebración del gran día a los que tienen sus entrañas sedientas, según aquellas palabras suyas: “El que tenga sed, que venga a Mí y beba”... Siempre que lo pedimos, se nos concede acceso al Salvador. El fruto espiritual de esta fiesta no queda limitado a un tiempo determinado, ni su radiante esplendor conoce el ocaso , sino que está siempre a punto, para iluminar las mentes que así lo desean» (Carta 5,1-2).

–Con el Salmo 33 decimos: «Gustad y ved qué bueno es el Señor. Bendigo a Dios en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren»

–2 Corintios 5,17-21: Dios nos ha reconciliado consigo en Cristo. Para nosotros la Pascua definitiva ha sido Cristo Jesús (1 Cor 5,7). Nos exige una nueva vida de santidad: muerte al pecado y al hombre viejo, para vivir auténticamente como hijos de Dios. Comenta San Agustín:
«Cuando nuestra esperanza llegue a su meta, habrá llegado también a la suya nuestra justificación. Y, antes de completarla, el Señor mostró en su carne, con la que resucitó y subió al Padre, lo que nosotros hemos de esperar, para que viésemos en la Cabeza lo que ha de suceder en los miembros... El mundo es convencido de pecado en aquellos que no creen en Cristo, y de justicia en los que resucitan en los miembros de Cristo. De donde se ha dicho: “A fin de que nosotros viniésemos a ser justicia de Dios en Él”. Si somos justicia, lo somos en Él, el Cristo total... el que va al Padre, y esa justicia alcanza entonces la plenitud de su perfección» (Sermón, 144,6).

–Lucas 15,1-3.11-32: Este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido. Tras la degradación por el pecado, solo la penitencia y el retorno a la fidelidad a Dios nos pueden garantizar la verdadera reconciliación santificadora con el Padre. La parábola del hijo pródigo, bien se podría llamar también la parábola del Padre misericordioso, como explica San Gregorio Magno:
«He aquí que llamo a todos los que se han manchado, deseo abrazarlos... No perdamos este tiempo de misericordia [la Cuaresma], que se nos ofrece, no menospreciemos los remedios de tanta piedad que el Señor nos brinda. Su benignidad llama a los extraviados, y nos prepara el seno de su clemencia para cuando volvamos a Él. Al pensar cada uno en la deuda que le abruma, sepa que Dios le aguarda, sin despreciarle ni exasperarse. El que no quiso permanecer con Él, que vuelva... Ved cuán grande es el seno de la piedad y considerad que tenéis abierto el regazo de su misericordia» (Homilía sobre los Evangelios 33).

Lunes
Entrada: «Yo confío en el Señor. Tu misericordia sea mi gozo y mi alegría. Te has fijado en mi aflicción» (Sal 30,7-8).
Colecta (del misal anterior y antes del Gregoriano): «Oh Dios, que renuevas el mundo por medio de sacramentos divinos: concede a tu Iglesia la ayuda de estos auxilios del cielo sin que le falten los necesarios de la tierra».
Comunión: «Os infundiré mi espíritu y haré que caminéis según mis preceptos y que guardéis y cumpláis mis mandatos, dice el Señor» (Ez 36,27).
Postcomunión: «Te pedimos, Señor, que estos misterios nos renueven, nos llenen de vida y nos santifiquen, para que alcancemos, por ellos, los premios eternos».

–Isaías 65,17-21: Yo voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva. El profeta anuncia la salvación como una nueva creación, tan sublime y maravillosa que hará olvidarse de la primera. En la esperanza escatológica todo se convierte en alegría, porque su fuente es Dios. No habrá en la nueva creación dolor ni llanto, pues su gozo es el mismo Dios, su creador. La salvación llena de gozo al pueblo y Dios se goza con él. San Gregorio de Nisa dice:
«“Porque el Reino de Dios está en medio de vosotros”. Quizás quiera esto... manifestar la alegría que se produce en nuestras almas por el Espíritu Santo; imagen y el testimonio de la constante alegría que disfrutan las almas de los santos en la otra vida» (Homilía sobre las Bienaventuranzas 5).
Casiano también habla de la alegría de la vida nueva en Cristo:
«Si tenemos fija la mirada en las cosas de la eternidad, y estamos persuadidos de que todo lo de este mundo pasa y termina, viviremos siempre contentos y permaneceremos inquebrantables en nuestro entusiasmo hasta el fin. Ni nos abatirá el infortunio, ni nos llenará de soberbia la prosperidad, porque consideraremos ambas cosas como caducas y transitorias» (Instit. 9).
Y San Agustín:
«Entonces será la alegría plena y perfecta, entonces el gozo completo, cuando ya no tendremos por alimento la leche de la esperanza, sino el manjar sólido de la posesión. Con todo, también ahora, antes de que nosotros lleguemos a esta posesión, podemos alegrarnos ya con el Señor. Pues no es poca la alegría de la esperanza que ha de convertirse luego en posesión» (Sermón 21).
La alegría cristiana es de naturaleza especial. Es capaz de subsistir en medio de todas las pruebas: «se fueron contentos de la presencia del Sanedrín, porque habían sido dignos de padecer ultrajes por el nombre de Jesús» (Hch 5,41).

–El perdón es como una nueva creación; el pecador perdonado vive alegre, pues se le ofrecen nuevas posibilidades de vida. Por eso el alma se dilata al alabar a Dios, fuente de perdón y de misericordia.
Así lo proclamamos con el Salmo 29: «Te ensalzaré Señor, porque me has librado y no has dejado que mis enemigos se rían de mí. Señor, sacaste mi vida del abismo, me hiciste revivir, cuando bajaba a la fosa. Tañed para el Señor, fieles suyos, dad gracias a su nombre santo. Su cólera dura un instante, su bondad de por vida; al atardecer nos visita el llanto, por la mañana el júbilo. Escucha, Señor, y ten piedad de mí, Señor socórreme. Cambiaste mi luto en danzas. Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre».

–Juan 4,43-54: Anda, tu hijo está curado. Jesús muestra su gloria en Caná, por segunda vez, curando al hijo de un funcionario real que tiene fe en su palabra. Por medio de milagros, da comienzo a una nueva era que trae consigo la alegría. San Agustín dice:
«Con ser tan grande el prodigio que realizó en Caná, no creyó en Él nadie, a excepción de sus discípulos. A esta ciudad de Galilea vuelve ahora por segunda vez Jesús. [Un cortesano le pide que vaya a su casa para que cure a su hijo]. Quien así pedía ¿es que aún no creía? ... El Señor, a la petición del Régulo, contesta de esta manera: “Si no veis señales y prodigios no creéis”. Recrimina a este hombre por su tibieza o frialdad o por su total falta de fe; pero desea probar con la curación de su hijo cómo era Cristo, quién era y cuán grande su poder. Hemos oído la palabra del que ruega, mas no vemos el corazón del que desconfía; pero lo testifica quien oyó su palabra y vio su corazón...
«[Y creyó él y toda su familia]. Ahora me dirijo al pueblo de Dios: tantos y tantos como hemos creído, ¿qué signos hemos visto? Luego lo que entonces acontecía era como un presagio de lo que ahora acontece... nosotros hemos asentido a Él y por el Evangelio creímos en Cristo, sin haber visto ni exigido milagro alguno» (Tratado 16 sobre el Evangelio de San Juan).

Martes
Entrada: «Sedientos, acudid por agua –dice el Señor– venid los que no tenéis dinero y bebed con alegría» (cf. Is 55,1).
Colecta (del Veronense, Gelasiano y Sermón 47 de San León Magno): «Te pedimos, Señor, que las prácticas santas de esta Cuaresma dispongan el corazón de tus fieles para celebrar dignamente el misterio pascual y anunciar a todos los hombres la grandeza de tu salvación».
Comunión: «El Señor es mi pastor, nada me falta; en verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia fuentes tranquilas» (Sal 22,1-2).
Postcomunión: «Purifícanos, Señor, y renuévanos de tal modo con tus santos sacramentos que también nuestro cuerpo encuentre en ellos fuerzas para la vida presente y el germen de su vida inmortal».

–Ezequiel 47,1-9.12: Por debajo del umbral del templo manaba agua e iba bajando; a cuantos toquen este agua los salvará. Es una prefiguración del agua que salió del costado de Cristo en la Cruz por la lanzada del soldado, como símbolo del Espíritu Santo que brota del Resucitado, y también del agua purificadora del bautismo.
Este pasaje es muy importante para San Juan (7,37; 21,8-11; 19,34; Ap 21,22-32). Cristo resucitado, en efecto, es el centro del culto de la nueva humanidad. Su santidad es de tal naturaleza que justifica a todos los hombres que participan en ella; su victoria sobre el pecado y la muerte está a punto de hacerse tan definitiva que cualquier hombre puede estar seguro de resucitar a la vida de la gracia y de haber sido justificado de su pecado.
Nosotros estamos bautizados, somos hijos de Dios, herederos del cielo. Seamos fieles a nuestro bautismo, para que podamos oir un día estas palabras: «Venid, benditos de mi Padre, a poseer el reino que os está preparado desde el comienzo del mundo» (Mt 25,34).

–El profeta Ezequiel nos ha hablado de aguas salvíficas, de las acequias que corren alegrando la ciudad de Dios, que simbolizan a las aguas bautismales que, limpiándonos del pecado, nos han dado la alegría de la salvación. El agua que corre es signo de la especial protección de Dios en el Antiguo Testamento, en el Nuevo y en la vida de la Iglesia.
El Salmo 45 reconoce esta predilección y cuidado: «Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza, poderoso defensor en el peligro. Por eso no tememos aunque tiemble la tierra y los montes se desplomen en el mar. El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios, el Altísimo consagra su morada. Teniendo a Dios en medio no va-cila, Dios la socorre al despuntar la aurora. El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob. Venid a ver las obras del Señor, las maravillas que hace en la tierra».

–Juan 5,1-3. 5-16: Al momento el hombre quedó sano. Jesús cura en Jerusalén a un paralítico en sábado. Controversia entre los judíos. En el sábado se puede hacer el bien, aunque aquellos contemporáneos de Jesús no lo consideraron así. Además, Dios está por encima del sábado y Cristo es Dios. Comenta San Agustín:
«No debe nadie extrañarse de que Dios haga milagros; lo extraño sería que los hiciera el hombre. Más gozo y admiración nos debe producir el haberse hecho hombre Nuestro Señor Jesucristo que las obras divinas que, como Dios, hizo entre los hombres. Y más valor tiene el haber curado los vicios de las almas que curar las enfermedades del cuerpo.
«Pero el alma no conocía quien era el que la había de curar, porque tenía los ojos de la carne para ver los hechos corporales, pero no los ojos de un corazón limpio para ver a Dios que en ellos estaba. El Señor realiza obras que ella podía ver para curar aquello por lo que no podía ver. Entró en un lugar donde yacía una gran multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos... y curó a uno solo, cuando podía curar a todos con una sola palabra... Este enfermo que Él sana simboliza al hombre que abraza la fe, cuyos pecados venía a perdonar y cuyas enfermedades venía a curar» (Tratado 17 sobre el Evangelio de San Juan).

Miércoles
Entrada: «Mi oración se dirige hacia ti, Dios mío, el día de tu favor; que me escuche tu gran bondad, que tu fidelidad me ayude» (Sal 68,14).
Colecta (del misal anterior, y antes del Gelasiano y Gregoriano): «Señor, Dios nuestro, que concedes a los justos el premio de sus méritos, y a los pecadores que hacen penitencia les perdonas sus pecados, ten piedad de nosotros y danos, por la humilde confesión de nuestras culpas, tu paz y tu perdón».
Comunión: «Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él» (Jn 3,17).
Postcomunión: «No permitas, Señor, que estos sacramentos que hemos recibido sean causa de condenación para nosotros, pues los instituiste como auxilios de nuestra salvación».

–Isaías 49,8-15: Ha constituido alianza con el pueblo para restaurar el país. Dios anuncia a Israel exiliado en Babilonia el regreso a la patria, confirmando el amor misericordioso e indestructible del Señor para con su pueblo.
Ese amor misericordioso se realiza mucho más expresivamente en la venida de Jesucristo, en el perdón de los pecados por el sacramento del bautismo y de la penitencia. La liturgia cuaresmal en favor de los catecúmenos y de los penitentes nos anima a preparamos para la comunión pascual y la renovación de las promesas de nuestro bautismo. San Agustín predica:
«La penitencia purifica el alma, eleva el pensamiento, somete la carne al espíritu, hace al corazón contrito y humillado, disipa las nebulosidades de la concupiscencia, apaga el fuego de las pasiones y enciende la verdadera luz de la castidad». (Sermón 73).

–El profeta Isaías ha cantado gozoso la salvación que viene de Dios. La salvación ha sido posible porque el Señor es clemente y misericordioso, fiel a sus promesas, a pesar de las infidelidades de Israel, de nuestras propias infidelidades. Pero hemos de invocarle sinceramente.
Por eso decimos con el Salmo 144: «El Señor es clemente y misericordioso, lento a la ira y rico en piedad. El Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas. El Señor es fiel a sus palabras, bondadoso en todas sus acciones. El Señor sostiene a los que van a caer, endereza a los que ya se doblan. El Señor es justo en todos sus caminos, es bondadoso en todas sus acciones; cerca está el Señor de los que lo invocan, de los que lo invocan sinceramente».

–Juan 5,17-30: Lo mismo que el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo del Hombre da vida a los que quiere. Él comunica al alma, muerta por el pecado, la vida, pues precisamente ha venido para esto. La resurrección corporal es un signo de la otra más honda y necesaria. La da por el bautismo y por la penitencia. Comenta San Agustín:
«No se enfurecían porque dijera que Dios era su Padre, sino porque le decía Padre de manera muy distinta de como se lo dicen los hombres. Mirad cómo los judíos ven lo que los arrianos no quieren ver. Los arrianos dicen que el Hijo no es igual al Padre, y de aquí la herejía que aflige a la Iglesia. Ved cómo hasta los mismos ciegos y los mismos que mataron a Cristo entendieron el sentido de las palabras de Cristo. No vieron que Él era Cristo ni que era Hijo de Dios; sino que vieron en aquellas palabras que Hijo de Dios tenía que ser igual a Dios. No era Él quien se hacía igual a Dios. Era Dios quien lo había engendrado igual a Él. Si se hubiera hecho Él igual a Dios, esta usurpación le habría hecho caer; pues aquel que se quiso hacer igual a Dios, no siéndolo, cayó y de ángel se hizo diablo y dio a beber al hombre esta soberbia, que fue la que le derribó» (Tratado 17,16, sobre el Evangelio de San Juan).

Jueves
Entrada: «Que se alegren los que buscan al Señor. Recurrid al Señor y a su poder, buscad continuamente su rostro» (Sal 104,3-4).
Colecta (del Gelasiano y del Sacramen-tario de Bérgamo): «Padre lleno de amor, te pedimos que, purificados por la penitencia y por la práctica de las buenas obras, nos mantengamos fieles a tus mandamientos, para llegar bien dispuestos a las fiestas de Pascua».
Comunión: «Meteré mi Ley en su pecho, la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo, dice el Señor» (Jer 31,33).
Postcomunión: «Que esta comunión, Señor, nos purifique de todas nuestras culpas, para que se gocen en la plenitud de tu auxilio quienes están agobiados por el peso de su conciencia».

–Éxodo 32,7-14: Arrepiéntete de la amenaza contra tu pueblo. Moisés intercede ante Dios que quiere castigar a su pueblo por haber sido infiel a la alianza, y obtiene el perdón. Dios, que es misericordioso y fiel, perdona la infidelidad de su pueblo por la intercesión de Moisés. En esa gran misericordia se manifiesta de forma máxima su omnipotencia, dice Santo Tomás de Aquino (Suma Teológica, 2-2 30,4). Casiano explica que la misericordia de Dios perdona y mueve a conversión:
«En ocasiones Dios no desdeña visitarnos con su gracia, a pesar de la negligencia y relajamiento en que ve sumido nuestro corazón... Tampoco tiene a menos hacer nacer en nosotros abundancia de pensamientos espirituales. Por indignos que seamos, suscita en nuestra alma santas inspiraciones, nos despierta de nuestro sopor, nos alumbra en la ceguedad en que nos tiene envueltos la ignorancia, y nos reprende y castiga con clemencia. Más aún, su gracia se difunde en nuestros corazones para que ese toque divino nos mueva a compunción y nos haga sacudir la inercia que nos paraliza» (Colaciones, 4).
San Gregorio Magno ensalza la misericordia de Dios:
«¡Qué grande es la misericordia de nuestro Creador! No somos ni siquiera siervos dignos, pero Él nos llama amigos. ¡Qué grande es la dignidad del hombre que es amigo de Dios!» (Homilía 27 sobre los Evangelios). «La suprema misericordia no nos abandona, ni siquiera cuando la abandonamos» (Homilía 36 sobre los Evangelios).
–El pueblo pecó adorando a un becerro. La historia de Israel es la historia de su infidelidad a la alianza. Pero Moisés intercede y Dios, rico en misericordia, vuelve a perdonar. El Señor es fiel para siempre.

–Proclamamos esto con el Salmo 105: «En Horeb se hicieron un becerro, adoraron un ídolo de fundición; cambiaron su gloria por la imagen de un toro que come hierba. Se olvidaron de Dios, su salvador, que había hecho prodigios en Egipto, maravillas en el país de Cam, portentos en el Mar Rojo. Dios hablaba de aniquilarlos; pero Moisés, su elegido, se puso en la brecha frente a Él, para apartar su cólera del exterminio. Acuérdate de nosotros por amor a tu pueblo». Y Dios perdona a su pueblo.

–Juan 5,31-47: Moisés, en quien tenéis vuestra esperanza, será vuestro acusador. Juan Bautista había dado testimonio acerca de Jesús. También las Escrituras daban testimonio sobre Él. Pero ahora es Dios mismo quien atestigüe la verdad de las palabras de Jesús, mediante las obras que las acompañan. San Agustín dice:
«¿Por qué creéis que en las Escrituras está la vida eterna? Preguntadle a ellas de quién dan testimonio y veréis cuál es la vida eterna. Por defender a Moisés ellos quieren repudiar a Cristo, diciendo que se opone a las instituciones y preceptos de Moisés.
«Pero Jesús los deja convictos de su error, sirviéndose como de otra antorcha... Moisés dio testimonio de Cristo, Juan dio testimonio de Cristo y los profetas y apóstoles dieron también testimonio de Cristo... Y Él mismo, por encima de todos estos testimonios, pone el testimonio de sus obras. Y Dios da testimonio de su Hijo de otra manera: muestra a su Hijo por su Hijo mismo, y por su Hijo se muestra a Sí mismo. El hombre que logre llegar a Él no tendrá ya necesidad de antorcha y, avanzando en lo profundo, edificará sobre roca viva» (Tratado 23 sobre el Evangelio de San Juan, 2-4).

Viernes
Entrada: «Oh Dios, sálvame por tu Nombre, sal por mí con tu poder. Oh Dios, escucha mi súplica, atiende a mis palabras» (Sal 53,3-4).
Colecta (del Veronense y Gelasiano): «Señor, Tú que en nuestra fragilidad nos ayudas con medios abundantes, concédenos recibir con alegría la salvación que nos otorgas, y manifestarla a los hombres con nuestra propia vida».
Comunión: «Por Cristo, por su sangre, hemos recibido la redención, el perdón de los pecados; el tesoro de su gracia ha sido un derroche para con nosotros» (Ef 1,7).
Postcomunión: «Señor, así como en la vida humana nos renovamos sin cesar, haz que, abandonado el pecado que envejece nuestro espíritu, nos renovemos ahora por su gracia».

–Sabiduría 2,1. 12-22: Lo condenaremos a muerte ignominiosa. La conjura de los impíos contra el justo se verifica en la Pasión de Cristo. En los labios de los enemigos de Cristo al pie de la Cruz se volverán a escuchar palabras semejantes. El impío detesta el reproche permanente que la vida del justo constituya para su vida depravada. El impío quisiera ver suprimido al justo y hace todo lo que puede para llevarlo a cabo. Su furor satánico le lleva a intentar demostrar que es vana la confianza filial que el justo tiene en Dios, puesto que ni siquiera Él podrá librarlo de sus manos homicidas. En el fondo es un alegato ateísta.
Así se hizo con Cristo: «Es mejor que muera un solo hombre por el pueblo, para que no perezca toda la nación». Así habló el sumo sacerdote Caifás. Desde ese día determinaron quitar la vida a Jesús. Sólo una breve semana y realizarán su plan nefando. Sobornarán al traidor Judas. Se apoderarán de Jesús en el Huerto de los Olivos y seguirán todos los pasos de la Pasión que meditaremos en días sucesivos, sobre todo en la Semana Santa.

–El justo ha de sufrir mucho a causa de los malos. En la lectura primera vemos el modo de pensar y de actuar de éstos. Pero es Dios el que vence y es su protección lo que cuenta. Vivamos con la confianza puesta en Dios. Así lo expresamos con el Salmo 33: «El Señor se enfrenta con los malhechores para borrar de la tierra su memoria. Cuando uno grita, el Señor lo escucha y lo libra de sus angustias. El Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos. Aunque el justo sufra muchos males, de todos los libra el Señor. Él cuida de todos sus huesos, y ni uno solo se quebrará. El Señor redime a sus siervos, no será castigado quien se acoge a Él».

–Juan 7,1-2.10.25-30: Intentaban apresarlo, pero aún no había llegado su hora. Continúan las controversias judías contra Jesús que proclama en el templo, como Enviado del Padre, su mensaje profético. Jesús sabe muy todo lo que va a sucederle. Gracias a la visión continua de Dios, de que goza su alma, conoce exactamente, ve y palpa todo lo que le espera: la traición de Judas, la negación de Pedro, las humillaciones y dolores indecibles...
También nos vio a nosotros. ¿No es cada pecado un desprecio de Jesús, de sus preceptos, de su doctrina, de sus bienes y promesas? ¡Con cuánta frecuencia se oponen a Cristo y a sus mandatos, las pasiones, los planes y miras humanas en la vida del hombre y del cristiano! Hemos de pedir luces de lo alto para examinar nuestra vida, hacer una auténtica revisión de vida, arrepentirnos de nuestros desvíos y pecados. De este modo nos prepararemos a las fiestas de Pascua con toda sinceridad de corazón y comenzaremos una vida nueva, llena de todas las virtudes.

Sábado
Entrada: «Me cercaban olas mortales, torrentes destructores me aterraban, me envolvían las redes del abismo; en el peligro invoque al Señor; desde su templo Él escuchó mi voz» (Sal 17,5-7).
Colecta (del misal anterior y, antes, del Gelasiano): «Que tu amor y tu misericordia dirijan nuestros corazones, Señor, ya que sin tu ayuda no podemos complacerte».
Comunión: «Hemos sido rescatados a precio de la sangre de Cristo, el Cordero sin defecto ni mancha» (1 Pe 1,19).
Postcomunión: «Que tus santos misterios nos purifiquen, Señor, y que por su acción eficaz nos vuelvan agradables a tus ojos».

–Jeremías 11,18-20: Yo era como un cordero manso llevado al matadero. Las persecuciones sufridas por Jeremías profeta le convierten en una imagen de Cristo durante su Pasión. Su dolor es símbolo del de Cristo, a cuya Pasión aplica la Iglesia en su liturgia la imagen del árbol derribado en pleno vigor. Pero en el profeta aún no se ve la imagen plena del amor para con los enemigos, que Cristo enseñó con su palabra y su ejemplo. Prevalece la confianza y la imagen emocionante del cordero manso, llevado al matadero que ha inspirado el canto del Siervo de Dios en Isaías (53,6-7) y le ha hecho símbolo de la Pasión del Cordero de Dios (Mt 26,63; Jn 1,29; Hch 8,32).
Oigamos a San Juan Crisóstomo:
«La sangre derramada por Cristo reproduce en nosotros la imagen del rey: no permite que se malogre la nobleza del alma; riega el alma con profusión, y le inspira el amor a la virtud. Esta sangre hace huir a los demonios, atrae a los ángeles...; esta sangre ha lavado a todo el mundo y ha facilitado el camino del cielo» (Homilía 45, sobre el Evangelio de San Juan).
Y San León Magno dice:
«Efectivamente, la encarnación del Verbo, lo mismo que la muerte y resurrección de Cristo, ha venido a ser la salvación de todos los fieles, y la sangre del único justo nos ha dado, a nosotros que la creemos derramada para la reconciliación del mundo, lo que concedió a nuestros padres, que igualmente creyeron que sería derramada» (Sermón 15, sobre la Pasión).

El Salmo 7 es muy apropiado para la lectura anterior, pues expresa la súplica del Justo por antonomasia, condenado injustamente. El Padre lo deja morir para mostrar su extremada misericordia y su amor para con los hombres, a quienes redime del pecado, conduciéndolos a la gloria eterna: «Señor, Dios mío, A Ti me acojo, líbrame de mis enemigos y perseguidores y sálvame, que no me atrapen como leones y me desgarren sin remedio. Júzgame, Señor, según mi justicia, según la inocencia que hay en mí. Cese la maldad de los culpables y apoya Tú al inocente, Tú que sondeas el corazón y las entrañas, Tú, el Dios justo. Mi escudo es Dios que salva a los rectos de corazón. Dios es un juez justo. Dios amenaza cada día»

–Juan 7,40-53: ¿Es que de Galilea va a venir el Mesías? Ante las nuevas afirmaciones de Jesús, las discusiones de sus enemigos se hacen más vivas. En su desprecio al pueblo, los fariseos rechazan a los que creen en Jesús e increpan a Nicodemo, porque siendo fariseo defendía a Jesús.
Jesús es el signo de contradicción en el mundo: divide a los hombres y a sus opiniones con su sola presencia. Obliga a todos a definirse, tanto en su época palestinense como también ahora. El Perseguido, en su apariencia humilde de galileo, es Señor de su destino y del destino de todos. Sus perseguidores tendrán que ex-clamar, como hizo un día Juliano el Apóstata: «¡Venciste, Galileo!» Pero a nosotros nos conviene gloriarnos en la Cruz de nuestro Señor Jesucristo, según expresión paulina.
San Juan Crisóstomo nos exhorta a confesar a Cristo crucificado:
«Oigan esto cuantos se avergüenzan de la Pasión y de la Cruz de Cristo. Porque si el Príncipe de los Apóstoles, aun antes de entender claramente este misterio, fue llamado Satanás por haberse avergonzado de él, ¿qué perdón pueden tener aquellos que, después de tan manifiesta demostración, niegan la economía de la Cruz? Porque si el que así fue proclamado bienaventurado, si el que tan gloriosa confesión hizo, tal palabra hubo de oir, considerar lo que habrán de sufrir los que, después de todo eso, destruyen y anulan el misterio de la Cruz» (Homilía sobre San Mateo 54).



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