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ABRAHÁN EL CREYENTE SEGÚN LA ESCRITURA Y EL MIDRASH (José Pons.-Emiliano Jiménez)

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5. SARA DE UR

Sara esposa de AbrahamMientras Abraham sigue en la prisión, meditando, con el ángel Gabriel, sobre las sendas del Señor, que manda el rocío y la lluvia sobre la tierra y, con su palabra, crea todas las cosas, nosotros podemos hacer un paréntesis y buscar, entre los escribas, algún midrash apócrifo, que nos llene el vacío de este año. El midrash auténtico es breve y sin adornos en medio de su fantasía. El apócrifo, obra de escribas, está lleno de adornos imaginarios, que no siempre son verdaderos, pero que, con su belleza, llenan ciertos vacíos con aproximada verosimilitud. Los auténticos esconden sus orígenes y se transmiten de oreja a oreja, sin ser propiedad de nadie; los apócrifos llevan el nombre del padre, siempre tardío, aunque se escondan a veces bajo un seudónimo antiguo. José Jiménez Lozano, en nuestros días, ha creado el midrash de Sara de Ur, adornado de literatura y colores exquisitos. Para entretenernos, en la espera de que Abraham sea liberado de la prisión, podemos leer algunas de estas páginas.

Téraj, como ya sabemos, tenía en la ciudad de Ur un bazar, en el que vendía de todo, pero sobre todo, ídolos: imágenes de dioses y diosas con ojos de concha, que miraban fijamente como búhos.
Sara era una muchacha de Ur, muy delgada y de ojos muy grandes. Al cumplir sus catorce años fue a la tienda de Téraj a comprarse una ancha cinta dorada para su cabello, unos zarcillos de cornalina y una pulsera de oro y lapislázuli. Y al final, pidió también un ídolo.
-Que sus ojos sean como mariposas-, dijo.

waris_desiertoY Téraj comenzó a mostrarla toda clase de ídolos, y ya iba a escoger uno de ellos, cuando Abraham, diez años mayor que Sara (Gn 17,17), entró en la tienda y la miró. Y entonces, fueron los ojos de Abraham los que la cautivaron. Era un muchacho serio, muy delgado, con el pelo muy negro y un poco torpe en el hablar, al menos eso le pareció a Sara.
Abraham, para que se olvidara del ídolo, se llevó a Sara a la trastienda, para mostrarla las tallas de madera que él había hecho.
-Me enseñó a tallar la madera un escultor cusita, le dijo.

Sara, complacida, le siguió. Abraham le mostró varias de sus tallas, pero, sobre todo, quería mostrarle su obra maestra, que no estaba en venta. Con cuidado, Abraham abrió un arca adornada con piedras azules y, allí, estaba su joya. La sacó y la acercó a la ventana para que Sara pudiera verla en todo su esplendor. Era un carnero enredado en unas zarzas con escaramujos colorados.
-¡Qué bonito!-, exclamó Sara.
-Te lo regalo-, dijo Abraham.
-¿De veras?
-Ya es tuyo para siempre.
Sara lo tomó en sus manos y se rió.
-¿Por qué te has reído?-, preguntó Abraham.
-Yo no me he reído-, respondió Sara, riéndose.
-Sí te has reído-, insistió Abraham.
-No, no me he reído-, volvió a afirmar Sara riéndose.
Y esa risa enamoró a Abraham. Sara le pareció como una cervatilla de ojos ingenuos y su risa como cuando un cristalillo se quebraba, al incrustarlo. Cuando Sara se fue de la tienda, Abraham pidió a su padre Téraj que le diese a Sara por esposa.

Y Téraj le dijo:
-Está bien. Es una princesa y su padre es rico. Pero fíjate, hijo mío, qué senos tan pequeños apuntan bajo su túnica y qué cintura tan delgada tiene su talle. Y, así, no podrá darte hijos. Piénsalo cien días en tu corazón.

-Pero yo la amo-, dijo Abraham.
-Está bien, pero piénsalo.
Y Abraham estuvo cien días y cien noches casi sin comer ni dormir y, cuando el sueño acudía a sus ojos, le traía la imagen de Sara riéndose. En el trabajo, luego, estaba siempre distraído.
-¿Es que ya no miras las estrellas en la noche?-, preguntaba Téraj.
-Sí miro-, respondía Abraham, callándose, para no revelar a su padre, que en las estrellas veía los innumerables hijos que le nacerían de Sara.

Al pasar los cien días, Téraj, convencido del amor de su hijo a Sara, hizo los arreglos de la boda con el padre de ella. Y en el siguiente plenilunio Sara y Abraham se casaron. Pero, según las previsiones de Téraj, la luna seguía alzándose y ocultándose, creciendo y menguando, y pasaron días y noches, meses y años, inviernos y veranos, pero el vientre de Sara seguía estando liso como el primer día.
Harán, el hermano menor, ya había dado un nieto a Téraj, a quien dio el nombre de Lot. Najor, que se casó Milca, tampoco tenía hijos, de momento, aunque más tarde le nacerán muchos (Gn 22,20-23)... Pero volvamos de nuevo a ver qué pasa con Abraham.





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