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La Confirmación

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Como la gracia de la confesión hunde sus raíces en la gracia bautismal, así también la gracia de la CONFIRMACIÓN es parte de la gracia bautismal y ha de apoyarse y construir sobre lo que la gracia del bautismo ha despertado en el 1,9 121 niño. La confirmación es el sacramento de la madurez. La gracia de la confirmación consiste en la donación eclesial del Espíritu Santo eclesial, es decir, en el fortalecimiento del sentido eclesial del creyente y en la comprensión lúcida de que la Iglesia no es sólo institución, sino también vida. Su gracia consiste en saber que el Espíritu está vivo precisamente en la institución eclesial. La confirmación fortalece y consolida todo lo que es vivo en la Iglesia, por tanto también a los demás sacramentos. Está totalmente ordenada a los otros sacramentos, es como la sal que se disuelve, invisible y omnipresente, en toda la vida de la Iglesia. Es un sacramento relativo, no absoluto. Une, ata a la Iglesia, precisamente haciendo maduros a los cristianos. Y esta madurez consiste en que el cristiano se hace capaz en el seno de la Iglesia de juzgar por sí mismo y de mirar con los ojos de la Iglesia. Confiere una capacidad de discernimiento en todas las cosas de la Iglesia y da al confirmado un derecho de intervenir, de tener voz en la comunidad.

Que cada confirmado tiene y puede hacer uso de un tal derecho debería estar más claro en la conciencia de los hombres que guían la Iglesia. Así, lo particular en la gracia de la confirmación es también, al mismo tiempo, lo que constituye su aspecto desbordante y general. Su gracia abre la vida personal del creyente y le obliga a transformarse en un miembro responsable de la comunidad. Debe conocer mejor a la Iglesia, pues es un miembro vivo de ella. Se ha vuelto demasiado grande para la leche de la instrucción pasiva y debe pasar al alimento sólido de la educación personal y de la formación permanente en las cuestiones espirituales. Ya no puede considerar la 1,9 122 doctrina de la Iglesia simplemente como una tradición e institución cerradas. Debe vivir con todas las cosas y sentir en todas ellas lo que es vivo y creciente de la Iglesia. La Iglesia recibe y guarda un derecho a que él sea un miembro útil para la comunidad, que esté a su servicio, que abra su vida privada a la vida eclesial.

Lo abierto de la gracia de la confirmación consiste en un conocimiento siempre creciente de la unidad de Espíritu e institución, de libertad cristiana y obediencia eclesial, y también en una disponibilidad creciente hacia la Iglesia que encarna esa unidad. Mientras el cristiano se encontraba en el estadio de inmadurez eclesial, gozaba de los privilegios de los niños: podía jugar, por así decirlo, con los medios de la gracia eclesial e incorporarlos a sus planes personales, de niño. Ahora que ha crecido y dejado la niñez, la norma de su vida ya no es su piedad personal, sino la Iglesia católica. Ya no debe comportarse según sus humores y de modo extravagante, debe renunciar a muchas preferencias personales en pro de la unidad, la paz y la conformidad en el amor: debe transformarse en un representante de la Iglesia.

Por eso, no es lo mismo si se confiesa un confirmado o uno que no lo es. La declaración de los pecados puede ser la misma exteriormente, pero la falta del confirmado es mucho más seria, pues él ya es maduro, tiene en sí el Espíritu Santo y su responsabilidad. Ya no es un niño, debe saber lo que hace. Y porque la confirmación significa la puerta de ingreso en la vida madura de la Iglesia, por eso ella es, finalmente, la especial preparación para las dos vocaciones de vida por excelencia en la Iglesia: el sacerdocio y el matrimonio. 

Adrienne von Speyr

 

 

 

 

 











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