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Textos Espirituales: Realidad Y Existencia Del Diablo

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Existencia y Realidad del Demonio - Diablo

 

La existencia real del Diablo pasa a ser un tema de absoluta importancia en la vida espiritual, ya que la llamada “faceta negativa” del crecimiento espiritual, que viven esencialmente los principiantes después de su primera conversión, consiste en su lucha contra el pecado, y es precisamente la acción de Satanás una de las tres fuentes de impulso hacia el pecado (las otras son la propia concupiscencia y el mundo).

De ahí la necesidad de profundizar el conocimiento sobre la nefasta acción del enemigo del hombre, que hace de la ignorancia y los conceptos erróneos sobre él mismo su mejor arma, que le permite actuar en la impunidad de la oscuridad que rodea a su persona.

Vamos a ver algunos importantes conceptos de autores espirituales sobre el “príncipe de las tinieblas”, el devorador de los hombres:

Catequesis de Paulo VI del 15/11/1972

Raniero Cantalamessa, “Ungidos por el Espíritu”

Cardenal Joseph Suenens, “Renovación y poder de las tinieblas”



Catequesis De Paulo Vi Del 15/11/1972:

Es muy importante la catequesis que sobre la realidad del demonio dio el papa Pablo VI en la audiencia general del miércoles 15 de noviembre de 1972, publicada al día siguiente en el “Osservatore Romano”. Veamos la claridad y valentía con que el Papa aborda este tenebroso tema en esta ya famosa catequesis:

<<¿Cuáles son hoy las mayores necesidades de la Iglesia? Que no los sorprenda como simplista, o incluso como supersticiosa e irreal nuestra respuesta: una de las mayores necesidades es la defensa contra aquel mal que denominamos el Demonio.

Antes de aclarar nuestro pensamiento invitamos al de ustedes a que se abra a la luz de la fe respecto a la visión de la vida humana, visión que desde este observatorio se expande inmensamente y penetra en singulares profundidades. Es el cuadro de la creación, la obra de Dios, que Dios mismo, como espejo exterior de su sabiduría y poder, admiró en su belleza substancial (Cf. Gén. 1,10, etc.)

Es muy interesante el cuadro de la dramática historia de la humanidad, de cuya historia emerge la de la redención, la de Cristo, la de nuestra salvación, con sus estupendos tesoros de revelación, de profecía, de santidad, de vida elevada a nivel sobrenatural, de promesas eternas (Cf. Ef. 1,10).

Si sabemos observar este cuadro, no podemos no quedar encantados (Cf. San Agustín, Soliloquios): todo tiene un sentido, todo tiene un fin, todo posee un orden y todo deja entrever una Presencia-Trascendencia, un Pensamiento, una Vida, y finalmente un Amor, de modo que el universo, por lo que es y por lo que no es, se presenta ante nosotros como una preparación entusiasmante y embriagante de algo aún más bello y perfecto (Cf. 1 Cor. 2,9; 13,12; Rom. 8,19-23).

La visión cristiana del cosmos y de la vida es por lo tanto triunfalmente optimista, y esta visión justifica nuestro gozo y nuestro reconocimiento por poder vivir, por lo cual, celebrando la gloria de Dios nosotros cantamos nuestra felicidad (Cf. El “Gloria” de la Misa).

La Enseñanza Biblica

Pero ¿es completa esta visión? ¿Es exacta? ¿Nada importan las deficiencias que encontramos en el mundo? ¿Las disfunciones de las cosas respecto a nuestra existencia? ¿El dolor, la muerte? ¿La maldad, la crueldad, el pecado, en una palabra, el mal? ¿Y no vemos cuánto mal hay en el mundo? ¿Especialmente cuánto mal moral, en forma simultánea aunque diversa, contra el hombre y contra Dios? ¿No es acaso éste un espectáculo triste, un misterio inexplicable? ¿Y no somos precisamente nosotros, como cultores del Verbo y cantores del Bien, nosotros creyentes, los más sensibles, los más turbados por la visión y la experiencia del mal? Lo encontramos en el reino de la naturaleza, donde muchas de sus manifestaciones parecen denunciarnos la existencia de un desorden. Después lo encontramos en el ámbito humano, donde constatamos la debilidad, la fragilidad, el dolor, la muerte, y algo peor, una ley con un doble contraste, que por un lado quisiera el bien, y por el otro está volcada al mal, tormento éste que San Pablo pone en humillante evidencia para demostrar la necesidad y la suerte de una gracia salvadora, es decir, de la salud traída por Cristo (Cf. Rom. 7); ya el poeta pagano había denunciado este conflicto interior radicado en el mismo corazón del hombre: video meliora proboque, deteriora sequor (OVIDIO, Met. 7,19). Nos encontramos con el pecado, perversión de la libertad humana, y causa profunda de la muerte, como separación de Dios, fuente de la vida (Rom. 5,12), y, a su vez, ocasión y efecto de una intervención en nosotros y en nuestro mundo de un agente oscuro y enemigo, el Demonio. El mal no es ya sólo una deficiencia, sino una eficiencia, un ser vivo, espiritual, pervertido y pervertidor. Terrible realidad. Misteriosa y pavorosa.

Quién rehúsa reconocer su existencia, se sale del marco de la enseñanza bíblica y eclesiástica; como se sale también quien hace de ella un principio autónomo, algo que no tiene su origen, como toda criatura, en Dios; o quien la explica como una seudo-realidad, una personificación conceptual y fantástica de las causas desconocidas de nuestras desgracias.

El problema del mal, visto en toda su complejidad y su carácter absurdo respecto a nuestra racionalidad unilateral, se hace obsesionante. Constituye la mayor dificultad que aparece en nuestra comprensión religiosa del cosmos. No por nada San Agustín suplicó por años: Quaerebam unde malum, et not erat exitus, yo buscaba de donde provenía el mal y no encontraba explicación (San Agustín Confesiones VII, 5, 7, 11, etc.; PL, 32, 736, 739).

He aquí, pues, la importancia que asume el tomar conciencia del mal para nuestra correcta concepción cristiana del mundo, de la vida, de la salvación. Cristo mismo nos ha hecho advertir esta importancia. En primer lugar, en el desarrollo de la historia evangélica al principio de su vida pública: ¿Quién no recuerda la página densísima de significados de la triple tentación de Cristo? Más tarde, en los muchos episodios evangélicos en los que el demonio se cruza en el camino del Señor y aparece en sus enseñanzas (por ej. en Mateo 12,43-45: “Cuando el espíritu inmundo sale del hombre, anda vagando por lugares áridos en busca de reposo, pero no lo encuentra. Entonces dice: “Me volveré a mi casa, de donde salí.” Y al llegar la encuentra desocupada, barrida y en orden. Entonces va y toma consigo otros siete espíritus peores que él, entran y se instalan allí, y el final de aquel hombre viene a ser peor que el principio. Así le sucederá también a esta generación malvada.”)

Y, ¿cómo no recordar que Cristo refiriéndose tres veces al demonio como adversario suyo, lo califica de “príncipe de este mundo”? (Juan 12,31: Ahora es el juicio de este mundo; ahora el Príncipe de este mundo será echado fuera; Juan 14,30: Ya no hablaré muchas cosas con vosotros, porque llega el Príncipe de este mundo. En mí no tiene ningún poder. Juan 16,11: Porque el Príncipe de este mundo está juzgado.) La realidad invadente de esta nefasta presencia aparece señalada en muchísimos pasajes del Nuevo Testamento. San Pablo lo llama “Dios de este siglo” (2 Corintios 4,4), y nos pone sobre aviso con relación a la lucha en la oscuridad que los cristianos debemos sostener no sólo con un demonio sino con una terrible pluralidad suya: dice el apóstol en la carta a los Efesios 6,11-12: “Vestíos de toda la armadura de Dios para que podáis resistir las insidias del diablo, que no es nuestra lucha contra la sangre y la carne (solamente), sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malos de los aires.”

Y que no se trata de un solo demonio, sino de muchos, nos lo indican muchos pasajes evangélicos (Lucas 11,20: “Pero si por el dedo de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios”. Marcos 5,8-9: “Es que él le había dicho: “Espíritu inmundo, sal de este hombre”. Y le preguntó: “¿Cuál es tu nombre?” Le contesta: “Mi nombre es Legión, porque somos muchos”); pero el principal es uno: Satanás, que quiere decir adversario, el enemigo; y con él muchos, todos criaturas de Dios, pero degradadas, pues han sido rebeldes y condenados, todo un mundo misterioso, trastornado por un drama infeliz del que conocemos bien poco.

El Enemigo Oculto Que Siembra El Error

Sabemos, sin embargo, muchas cosas de este mundo diabólico, que atañen a nuestra vida y a toda la historia humana. El demonio está en el origen de la primera desgracia de la humanidad; él fue el tentador falaz y fatal del primer pecado, el pecado original (Génesis cap. 3). Desde aquella caída de Adán el demonio adquirió un cierto dominio sobre el hombre, del que sólo la redención de Cristo nos puede liberar. Es historia que dura todavía: recordemos los exorcismos del bautismo y las frecuentes referencias de la Sagrada Escritura y de la Liturgia a la agresiva y oprimente “potestad de la tinieblas” (Lucas 22,53). Es el enemigo número uno, el tentador por excelencia. Sabemos así que este ser oscuro y turbador existe realmente, y que actúa todavía con traicionera astucia; es el enemigo oculto que siembra errores y desventuras en la historia humana. Debemos recordar la reveladora parábola evangélica del trigo y la cizaña, síntesis y explicación del carácter ilógico que parece presidir nuestras contrastantes vicisitudes (Mateo 13,28: “El enemigo del hombre ha hecho esto”). Es el “homicida desde el principio... y padre de la mentira” como lo define Cristo (Juan 8,44); es el que insidia sofisticadamente el equilibrio moral del hombre. Es él el encantador pérfido y astuto, que sabe insinuarse en nosotros por medio de los sentidos, de la fantasía, de la concupiscencia, de la lógica utópica, o de desordenados contactos sociales en el juego de nuestro obrar, para introducir en ello desviaciones, tan nocivas como conformes en apariencia con nuestras estructuras físicas o síquicas, o con nuestras aspiraciones instintivas y profundas.

Todo esto referente al Demonio y su influjo, que él puede ejercer tanto sobre las personas como en las comunidades y sobre sociedades enteras o los acontecimientos diarios, sería un capítulo muy importante para reestudiar en la doctrina católica, aunque en verdad poco se hace hoy al respecto. Algunos piensan que encuentran una suficiente compensación en estudios psicoanalíticos o psiquiátricos, o en experiencias espiritistas, tan extendidas hoy en algunos países. Se teme recaer en antiguas teorías maniqueas, o en pavorosas divagaciones fantásticas y supersticiosas. Hoy al respecto los hombres prefieren mostrarse fuertes y desprejuiciados, presentándose como positivistas, aunque después prestan oídos a tantos gratuitos preconceptos con tintes mágicos o populares, o peor aún, abren su propia alma –¡su propia alma bautizada, visitada tantas veces por la presencia eucarística y habitada por el Espíritu Santo!- a experiencias licenciosas de los sentidos, o a las más deletéreas de los estupefacientes, así como a las seducciones ideológicas de los errores de moda, convirtiéndose todas éstas en rendijas a través de las cuales el Maligno puede penetrar fácilmente para alterar la mentalidad humana. No decimos que cada pecado se deba directamente a la acción diabólica (Cf. S. TH. 1, 104, 3); sin embargo es verdad que quien no se vigila a sí mismo con cierto rigor moral (Cf. Mat. 12,45; Ef. 6,11) se expone al influjo del mysterium iniquitatis, al que se refiere San Pablo (2 Tes. 2,3-12), y que torna problemática la alternativa de nuestra salvación. Nuestra doctrina se vuelve incierta, oscurecida por las mismas tinieblas que circundan al Demonio. Pero nuestra curiosidad, excitada por la certeza de su múltiple existencia, se vuelve legítima a partir de estas dos preguntas: ¿Hay signos, y cuáles, de la presencia de la acción diabólica? y ¿cuáles son los medios de defensa contra tan insidioso peligro?

Presencia De La Acción Del Maligno

La respuesta a la primer pregunta impone gran cautela, a pesar de que los signos del Maligno parecen a veces hacerse evidentes (Cf. TERTULL. Apol. 23). Podríamos suponer su siniestra acción allí donde la negación de Dios se vuelve radical, sutil y absurda, donde la mentira se afirma de modo hipócrita y fuerte contra la verdad evidente, donde el amor es apagado por un egoísmo frío y cruel, donde el nombre de Cristo es impugnado con odio consciente y rebelde (Cf. 1 Cor. 16,22; 12,3), donde el espíritu del Evangelio es mistificado y desmentido, donde la desesperación se afirma como la última palabra, etc. Pero este es un diagnóstico demasiado amplio y difícil, que nosotros no nos atrevemos ahora a profundizar y a autenticar, aunque no está privado de un interés dramático, al que también la literatura moderna ha dedicado páginas famosas (Cf. Como ejemplo las obras de Bernaos, estudiadas por CH. MOELLER, Litter. Du XXe siècle, I, p. 397 ss; P. MACCHI, Il volto del male in Bernanos; cf. además Satán, Etudes Carmelitaines, Desclée de Br. 1948). El problema del mal queda como uno de los problemas más grandes y permanentes para el espíritu humano, aún después de la victoriosa respuesta que nos da Jesucristo: “Nosotros sabemos, escribe el Evangelista S. Juan, que somos de Dios, y que el mundo entero yace en poder del Maligno” (1 Jn. 5,19).

La Defensa Del Cristiano

A la otra pregunta: ¿qué defensa, qué remedio se puede oponer a la acción del Demonio? La respuesta es más fácil de formular, aunque permanece difícil para ponerla en práctica. Podríamos decir: todo aquello que nos defiende del pecado nos resguarda asimismo del enemigo invisible. La gracia es la defensa decisiva. La inocencia asume un aspecto de fortaleza. Y todos recordamos cuanto ha simbolizado la pedagogía apostólica en la armadura de un soldado las virtudes que pueden volver invulnerable al cristiano (Cf. Rom. 13,12; Ef. 6,11,14,17; 1 Tes. 5; 8). El cristiano debe ser un verdadero militante; debe ser fuerte y vigilante ( 1 Ped. 5,8); y debe a veces recurrir a ejercicios ascéticos especiales para alejar ciertas incursiones diabólicas; Jesús enseña esto, indicando el remedio “en la oración y el ayuno” (Mc. 9,29). Y el Apóstol sugiere la línea maestra que hay que mantener: “No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien” (Rom. 12,21; Mt. 13,29).

Por lo tanto, con la conciencia de las adversidades presentes en las cuales hoy se encuentran las almas, la Iglesia y el mundo, nosotros buscaremos de darle sentido y eficacia a la habitual invocación de nuestra principal oración: “¡Padre Nuestro,… líbranos del mal!”>>



Raniero Cantalamessa, “Ungidos Por El Espíritu”

El P. Raniero Cantalamessa, predicador del Papa, en el libro, “Ungidos por el Espíritu”, trata de la unción real de Jesucristo, que es la que le facilitará la lucha contra el Diablo, y que el Señor transmitirá a través del bautismo a todos los cristianos. Plantea también en una descripción excelente este triunfo de Satanás en nuestra época, consistente en la desmitificación, en la negación por los hombres modernos de su existencia. Este libro extracta las enseñanzas del P. Cantalamessa dadas entre los días 21 y 26 de septiembre de 1992 en la ciudad de Monterrey, Méjico, en un retiro en el que participaron 1.500 sacerdotes y 70 obispos, pocas semanas antes de la apertura de la Conferencia de Santo Domingo, que se propuso para celebrar el 500 aniversario de la primera evangelización del continente.

<<El Espíritu lo empuja al desierto

Nos disponemos ahora a analizar el primer “movimiento” del Espíritu Santo sobre Jesús, en el cual se realiza su unción real.

Los tres sinópticos nos dicen que, una vez recibido el bautismo, Jesús se dirigió al desierto; los tres atribuyen esta decisión de Jesús al Espíritu Santo, al decir que inmediatamente después del bautismo, “el Espíritu lo empujó en el desierto”. Lucas que es el más sensible de todos a la acción del Espíritu Santo en la vida de Jesús, duplica la mención del Espíritu Santo, en este punto, y dice que “Jesús lleno de Espíritu Santo se alejó del Jordán y fue conducido por el Espíritu en el desierto” (Lc 4,1).

Sabemos que cada uno de los tres evangelistas acentúa los aspectos del episodio que respondan más a la intención y a la índole de la propia narración. Mateo y Lucas, por ejemplo, relacionan las tentaciones de Jesús con las de Israel en el desierto, para decir que Jesús es el nuevo Israel que triunfa donde Israel había fracasado; Marcos alude más bien a Jesús como el nuevo Adán, señalando el éxito de Jesús sobre las tentaciones, y después de haber vencido al tentador, reintroduce al hombre en el paraíso perdido (“Estaba con las fieras y los ángeles le servían”).

Pero a nosotros no nos interesan tanto las diferencias, sino más bien el núcleo común, o el significado de fondo, que se obtiene teniendo en cuenta todo el evangelio y no solamente el episodio de las tentaciones. Jesús mismo explica el sentido de su lucha contra Satanás en el desierto, diciendo: “Ninguno puede entrar en la casa de un hombre fuerte y saquear sus cosas, si no ata primero al hombre fuerte; entonces podrá saquear su casa” (Mc 3,27). En el desierto Jesús ha “atado” al adversario; ha, por así decirlo, arreglado cuentas con él, antes de entregarse al trabajo, y ahora puede llevar adelante su campaña en territorio enemigo, libre de cualquier indecisión o incertidumbre acerca de la finalidad o de los medios que pueda emplear (Ch. H. Dodd).

Jesús se libra de Satanás para librar de Satanás; éste es el sentido del episodio de las tentaciones, visto a la luz de todo el evangelio. Continuando la lectura del evangelio, tenemos la impresión de que después de dicho episodio, se da como una avanzada irresistible de la luz que irrumpe en el frente demoníaco de las tinieblas. Cuando Jesús se acerca, los demonios se agitan, tiemblan, suplican que no los expulse y tratan de establecer ciertos pactos con Jesús: “¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quien eres tú: el Santo de Dios” (Mc 1,24); “Si nos echas, mándanos a esa piara de puercos” (Mt 8,31). Pero la presencia de Jesús no deja vía libre: “Cállate, y sal de él” (Mc 1,25). Ante estos acontecimientos la gente estaba tan sorprendida que se preguntaban unos a otros: “¿Qué es esto? ¡Una nueva doctrina, expuesta con autoridad! ¡Manda hasta a los espíritus inmundos y le obedecen!” (Mc 1,27).

La cosa que impresiona más, como se ve, es la autoridad y la potencia que sale de Jesús. Inmediatamente surge la pregunta: ¿De dónde le viene esa autoridad? La respuesta de los adversarios no se hace esperar: ¡Del príncipe de los demonios! A ésta se antepone la respuesta de Jesús: “Yo expulso los demonios con el dedo de Dios” (Lc 11,20); “por virtud del espíritu de Dios” (Mt 12,28). Incluso Pedro, en los Hechos de los Apóstoles, pone en estrecha relación esta actividad de Jesús contra los demonios con la unción del Espíritu Santo: “Dios consagró en Espíritu Santo y en potencia a Jesús de Nazaret, el cual pasó… sanando a todos aquellos que estaban bajo el poder del diablo” (Hech 10,38).

Pero tratemos de entender mejor esta afirmación. ¿Qué pasó en el desierto, para que a su regreso; Jesús tenga tanta autoridad como para expulsar a Satanás? ¡Es que Satanás ha sido vencido en su territorio! El terreno predilecto de Satanás, después del pecado, era la libertad del hombre; de ésta había hecho su roca fuerte e inexpugnable porque la única cosa que le podía expulsar era la voluntad del hombre, que por el pecado había sido sometida y transformada en esclava de Satanás (cfr. Rom 6,16ss; Jn 8,34) y como tal no podía librarse de su dueño y verdugo mientras continuara en su condición de esclava. Jesús ha penetrado en esta roca fuerte y la ha destruido. Sus tres potentes “¡noes!” opuestos a las tentaciones han destruido absolutamente el arma de Satanás que es la rebelión contra Dios. Satanás cayó “como fulminado” (cfr. Lc 10,18). Estos “¡noes! Dirigidos a Satanás, eran al mismo tiempo unos “¡síes!” amorosos e incondicionales a la voluntad del Padre.

La potencia de Jesús surge de esto: él actúa con la autoridad y poder de Dios; los demonios sienten que Jesús es “el santo de Dios”, es decir, que en él está presente la santidad misma de Dios y son incapaces de soportar dicha presencia. Esto significa “expulsar los demonios con el Espíritu de Dios”: “el diablo ha perdido su poder en presencia del Espíritu Santo” (San Basilio, De Spir. S. 19, PG 32, 157a).

Le quedaba a Satanás únicamente el imperio de la muerte, que él perdió cuando, incautamente, arrastró a ésta al mismo Jesús. La pasión es el segundo tiempo de la gran lucha entre Jesús y el príncipe de las tinieblas; ésta es el “tiempo fijado”, en el cual el demonio, según opinión de Lucas, retoma la batalla contra Cristo (cfr. Lc 4,12). “Llega el príncipe de este mundo –dice Jesús en las vísperas de su muerte-; él no tiene en mí ningún poder; pero ha de saber el mundo que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado” (Jn 14,30). Satanás había perdido todo su poder sobre Jesús en el desierto; y ahora Jesús por medio de su muerte, reduce del todo a la impotencia a aquel que de la muerte tenía el poder, es decir el diablo (cfr. Heb 2,14). Satanás es vencido en su último refugio; se lleva a cabo el gran juicio del mundo y el príncipe del mundo es “echado fuera” (cfr. Jn 12,31). En la cruz, Jesús, obedeciendo al Padre incluso hasta la muerte, ha “roto” el poder de Satanás, como se rompe una barra de hierro; desde este momento, dice el Apocalipsis, “el imperio del mundo pertenece a nuestro señor y a su Cristo “ (Ap. 11,15).

El Dragón y la mujer

Cuando nosotros pasamos del análisis de estas afirmaciones sobre la victoria de Jesús, al análisis de la situación de la Iglesia, inmediatamente después de la Pascua, nos encontramos con una cierta confusión y desilusión que hieren: ¡todo continúa como antes! Los mismos autores del Nuevo Testamento nos lo dicen con desconcertante simplicidad. San Pablo afirma: “Nuestra batalla no es contra criatura hecha de sangre y de carne, sino contra los Principados y las Potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus del mal que habitan en las alturas” (Ef 6,12). Pedro a su vez escribe: “Vuestro enemigo el diablo, como león rugiente ronda buscando a quien devorar” (1 Pe 5,8). El Apocalipsis da una especie de representación escenográfica de esta nueva situación: el demonio (el Dragón), ya que no ha podido devorar el Hijo (Jesús), lleno de rabia, se lanza contra la Mujer que lo ha dado a luz, obligándola a refugiarse en el desierto (cfr. Ap 12, 13-14). ¡La Iglesia (la Mujer) es conducida por el Espíritu en el desierto en donde es tentada por el diablo! No se podía decir de una manera más clara que la lucha contra Satanás, después de la que sostuvo Jesús, continúa en la Iglesia, y contra la Iglesia. De hecho esta lucha se ha hecho más fuerte, porque Satanás está “lleno de furia”, sabiendo que le queda poco tiempo (Ap 12,12). También para él, con la venida de Cristo, “el tiempo se ha abreviado”; una vez que ha llegado el fin de los tiempos, no le queda más que esperar sino la eternidad, que será el momento en el cual para él habrá terminado cualquier perspectiva de acción en el mundo y será encerrado por siempre en la inmovilidad eterna de su condenación.

Si los autores del Nuevo Testamento pueden decirnos estas cosas, sin mostrarse demasiado sorprendidos, es porque han descubierto el sentido de todo esto. La tentación es un aspecto de los sufrimientos de Cristo. Los miembros deben participar en la lucha de la Cabeza, tal como participarán un día de su victoria plena y de su gloria. Ésta es una ley universal que vale para cada tipo de sufrimiento, incluso para este sufrimiento especial que es la tentación y la lucha contra el demonio.

Pero llegados aquí descubrimos que no es del todo cierto que la situación no ha cambiado, y que las cosas están tal y como estaban antes de la venida de Jesús. Jesús, en el desierto, ha “atado” a Satanás de una vez para siempre; luego en la cruz “una vez despojados los Principados y las Potestades, los exhibió públicamente, incorporándolos a su cortejo triunfal” (Col 2,15). Por lo tanto el poder de Satanás ya no tiene la misma libertad para poder actuar en vista de sus propios fines, como era antes, porque ha sido “sujetado”. Satanás actúa por un fin concreto pero en realidad obtiene o revoca otro, muy distinto e incluso contrario; sin que él lo quiera, él sirve a la causa de Jesús y de sus santos. Satanás es verdaderamente “aquella potencia que siempre quiere el mal y obtiene el bien” (Goethe). “El viejo Satanás está loco: quería golpear mi alma, pero se ha equivocado de objetivo y ha destruido mi pecado”. Estas palabras de un canto “espiritual” negro contienen una de las intuiciones más profundas que conozco sobre el demonio y su acción en contra de los santos. Esto porque Jesús ha cambiado el sentido de la acción de Satanás: ésta se devuelve más bien contra él, se ha transformado en una especie de boomerang. Él se ensañó contra Jesús, haciéndolo condenar, flagelar y crucificar; pero Jesús, aceptando todo en obediencia al Padre, y por amor de los hombres lo ha transformado en la suprema victoria de Dios y en la suprema derrota de Satanás. Jesús es “víctor quia victima” (San Agustín); Satanás, por el contrario, es “victima quia victor”; Cristo es vencedor cuando es víctima, Satanás es víctima cuando es vencedor; es víctima de su victoria.

Así mismo ha sucedido siempre a los verdaderos seguidores de Jesús, para los santos, partiendo de los mismos mártires de los cuales habla el Apocalipsis (cfr. Apoc 11,7 ss.). La victoria de Dios se construye en la aparente derrota. El aspecto más duro de aceptar en todo esto es que cada vez la derrota se presenta con caracteres reales y concretos, y Dios parece que se deja ganar la partida por el adversario en todos los frentes; y al final casi como que se ausenta, permitiendo al enemigo el que pueda lanzar su última arma, la más temible: la duda sobre la bondad de Dios: “¿En dónde está tu Dios? ¿Qué padre no correría a poner fin a un sufrimiento como éste que está padeciendo el hijo?” La derrota mortal de Satanás se lleva a cabo, cuando, en esta situación, el discípulo de Jesús reúne todas sus fuerzas y casi gritándose a sí mismo, dice: ¡Tú eres santo, Señor! ¡Justas y verdaderas son tus vías! ¡Me abandono a ti Padre, aunque no te comprendo! “¡Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu!” La victoria consiste, al final, en hacer propios los mismos sentimientos de Cristo.

Existe un objetivo, para el cual Dios “aprovecha” la acción de Satanás, y es la corrección y la humildad de sus elegidos. Para que Pablo no cayera en la soberbia por la grandeza de las revelaciones recibidas, le fue puesta una espina en la carne, un enviado de Satanás, que lo abofeteaba (cfr. 2 Cor 12,7). Lo mismo sucede con San Francisco, quien después de haber recibido los estigmas, para que no cayera en soberbia, recibió tantas tribulaciones y tentaciones por parte del demonio que solía decir: “Si supieran los hermanos cuántas y qué graves tribulaciones y aflicciones me da el demonio, no habría ninguno de ellos que no se moviera a compasión y piedad por mí” (Espejo de perfección, 99). El mismo santo llamaba a los demonios, ejecutores materiales de las órdenes del Señor: “Así como el Podestá –decía él- envía a su guardia a castigar el ciudadano que ha cometido un delito, así el Señor corrige y castiga a aquellos que él ama, por medio de los demonios, ejecutores de su justicia” ( Leyenda de Perusa 92).

Naturalmente esta es sólo una visión en positivo de la historia de las tentaciones en la Iglesia; existe también una visión en negativo hecha de victorias parciales o incluso totales del enemigo. Esto se ha dado cada vez que el cristiano se ha separado del rebaño de Cristo para combatir como lobo, en vez de hacerlo como cordero; cada vez que la Iglesia ha creído poder instaurar el reino de Dios con medios diversos de los empleados por Jesús en el desierto. Pero sobre esta historia en negativo ya se ha insistido tanto en el pasado (basta recordar la tremenda requisitoria de Dostoevskij, en el “Gran Inquisidor”) que, por lo menos esta vez la podemos dejar de lado.

El silencio de Satanás

Todo esto, para bien o para mal, ha dado a la existencia cristiana de todos los tiempos un carácter dramático y de lucha; de una lucha que se ha librado “no sólo contra la carne o la sangre”. Hoy en día esta tensión, en gran parte y en muchos sectores de la cristiandad, ha decaído sorprendentemente; el silencio se ha posado sobre Satanás; la lucha se ha transformado en una lucha contra “la carne y la sangre”, es decir, contra los males que están al alcance de la mano del hombre, como la injusticia social, la violencia, el propio carácter, o el propio pecado. Para males al alcance de la mano basta naturalmente una salvación al alcance de la mano del hombre realizable con el progreso y con el esfuerzo humano; no es necesario, en otras palabras, la salvación cristiana, que llega desde fuera de la historia. El inventor de la desmitificación ha escrito: “No se puede usar la luz eléctrica y la radio, no se puede recurrir en caso de enfermedad a médicos y clínicos, y al mismo tiempo creer en el mundo de los espíritus” (R. Bultmann). La desmitificación ha exorcizado al demonio del mundo, pero en modo diverso del que leemos en el Nuevo Testamento: no expulsándolo, sino negándolo. Ninguno, creo, ha estado tan contento de ser desmitificado como el demonio, si en realidad es cierto -como se ha dicho- que “la astucia más grande de Satanás es hacer creer que no existe” (Ch. Baudelaire).

Así el hombre moderno, que ha vivido los dos “baños fuertes” de la desmitificación y de la secularización, manifiesta una extraña alergia al oír hablar de este argumento. Se ha terminado por aceptar, más o menos conscientemente, una explicación tranquilizante: el demonio es la suma del mal moral humano y una personificación simbólica, un mito, un espantapájaros; es el inconsciente colectivo, la alienación colectiva.

Cuando el Papa Pablo VI, hace algunos años, recordó a los cristianos la “verdad católica” sobre la existencia del demonio, la cultura laicista (o, al menos, parte de ésta) reaccionó escandalizada rasgándose las vestiduras: “¡Cómo es posible que hoy en día alguien se meta a hablar del diablo! ¿Es que estamos volviendo al Medioevo?” Incluso muchos creyentes y entre ellos algunos teólogos se dejaron intimidar: “Sí, pero podría efectivamente bastar la hipótesis simbólica, la explicación mítica o la psicoanalítica...”

La vida cristiana, decía, queda desdramatizada, incluso trivializada. Y no sólo la vida cristiana, sino la vida de Cristo, viene desdramatizada, vanificando su victoria, porque ya no se sabe quién fue su verdadero adversario, aquel contra el cual luchó con toda su alma, aquel que lo condujo a la cruz y que luego fue vencido en ésta. Cuando en el bautismo se nos dona la vida cristiana, la Iglesia nos la presenta como una elección: “¿Renuncias a…/ Crees en…?”; como si dijera: existen dos señores, dos reinos en el mundo: es necesario elegir rey: ¿a quien quieres pertenecer? El hecho de abolir uno de los dos polos de la elección, el negativo, revela, en el hombre secularizado, el miedo de tener que elegir; él busca eliminar de raíz la angustia, eliminando la elección, pero no ha entendido que haciéndolo así, se entrega a una angustia mayor.

¡Porque el elegir –o apostar- es una cosa necesaria y el hombre lo sabe! Así como el inconsciente, reprimido, se transforma en neurosis y genera todo tipo de disturbios psicológicos, también el demonio abandonado detrás de los mitos y renegado por la inteligencia, aprovecha para crear en el hombre moderno todo tipo de neurosis espirituales: agitación, miedo, remordimiento, angustia. Y de hecho está sucediendo una cosa extraña: Satanás expulsado por la puerta, ha entrado por la ventana; expulsado por la fe y la teología, ha entrado por la superstición. El mundo moderno, tecnológico e industrializado, se está llenando -con mucha más fuerza en los lugares con mayor industria y avances tecnológicos- de magos, adivinos, espiritistas, ocultistas, fabricantes de horóscopos, vendedores de amuletos e incluso de sectas satánicas como tales. Se ha dado algo similar a aquello que el apóstol Pablo echaba en cara a los paganos de su tiempo: “Jactándose de sabios se volvieron estúpidos, y cambiaron la gloria de Dios incorruptible por una representación en forma de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos, de reptiles... Y como no tuvieron a bien guardar el verdadero conocimiento de Dios, los entregó Dios a su mente insensata, para que hicieran lo que no conviene.” (Romanos 1,22-28).

¡Pero el demonio existe!

He aquí una situación tal que, como decía Santa Catalina de Siena, es necesario que alguien emita un “grito” fuerte, capaz de despertar a los hijos adormecidos que yacen dentro de la santa Iglesia. ¡Hermanos, ya es tiempo de despertarnos del sueño! El demonio existe y hoy más que nunca está “lleno de rabia” contra los santos. Se diría que presiente, olfatea que algo grande se aproxima para la Iglesia y ha puesto de su parte todas las fuerzas para impedirlo o desviarlo, como si imprevistamente el tiempo se hubiera hecho de nuevo “breve” para él. Reacciona violentamente cuando se proclama que ya es el tiempo de las bodas del Cordero, y que su Esposa está preparada (Ap 19,7). Enloquece de celos ante Jesús.

Jesús –se ha dicho- permanece en agonía en el huerto hasta el fin del mundo. Y es verdad, si se tiene en cuenta la doctrina del cuerpo místico. Debemos decir entonces que también es verdad que Jesús permanece en el desierto hasta el fin del mundo. Si se pudiera describir todo lo que Satanás está haciendo hoy contra este “Jesús” que está en el desierto para ser tentado, seguramente saldría de nuestra boca un grito de horror. Los argumentos que él proclama a gran voz para separar a los creyentes de Dios, son una verdadera y terrible escuela de teología. Nos hacen ver como tantas disputas teológicas que hoy en día llenan libros, revistas y periódicos y que hacen perder tiempo y energías a la Iglesia, no son más que escaramuzas académicas, mientras que la verdadera batalla se encuentra en otra profundidad. Menos mal para la Iglesia que existen bastiones que, dejándose flagelar por el ángel de Satanás, detienen y rompen el impulso de sus olas y no permiten que caigan sobre toda la Iglesia.

Entonces ¿por qué pocos parecen darse cuenta de esta tremenda batalla subterránea que se está llevando acabo en la Iglesia? ¿Por qué entonces son tan pocos los que parecen sentir los siniestros rugidos del “león” que gira buscando a quien devorar? ¡Es muy simple! Porque los doctos y los teólogos (y no sólo ellos) buscan el demonio en los libros, mientras que al demonio no le interesan los libros sino las almas, y no se encuentra frecuentando los institutos universitarios, las bibliotecas, o las oficinas de las curias eclesiásticas, sino, como digo, en las almas. En las almas, especialmente en aquellas que han tomado en serio a Dios, o mejor dicho, aquellas que Dios ha elegido para sus planes misteriosos, se ve obligado a salir al descubierto. La prueba más fuerte de la existencia de Satanás no se encuentra en los pecadores o en los poseídos, sino más bien en los santos. En ellos, por contraste, su acción se distingue claramente, como el negro del blanco. Lo mismo sucede en el evangelio, en donde la prueba más convincente de la existencia de los demonios no se encuentra en la liberación de los poseídos (que algunas veces efectivamente, llega a colindar con la creencia del tiempo sobre los orígenes de las enfermedades), sino en las tentaciones de Jesús, cuando Satanás se ve obligado a presentarse “a contraluz”.

Sería fuera de lugar esperar que una cultura atea o secularizada crea en la existencia del demonio. Sería incluso trágico que se creyera en el demonio cuando no se cree en Dios. ¿Qué puede saber sobre Satanás quien nunca se ha encontrado con la realidad de éste, sino que más bien ha tropezado con ideas, tradiciones culturales, religiosas, etnológicas, sobre Satanás? Éstos suelen tratar este argumento del demonio con gran seguridad y superioridad y negarlo todo colocándole la etiqueta de “oscurantismo medieval”. Pero es una seguridad solo aparente, como la de quien se jactase de no tenerle miedo al león porque lo ha visto tantas veces pintado o en fotografía y nunca se ha asustado.

Apenas se sale de la academia y se entra en el mundo de las almas y en el vivo del reino de Dios, se cambia de opinión sobre Satanás. es entonces cuando se descubre de donde emana el veneno que ablanda el mundo, de donde proviene cierta filosofía atea que enarbola la bandera de la autonomía absoluta del hombre, de dónde viene la mentira que luego se establece como sistema, la destrucción del hombre, la blasfemia y el desprecio contra el nombre de Cristo.

Pero no es únicamente en las almas, en los hombres como individuos en donde Satanás ejercita su acción, aunque sí es sólo aquí en donde queda al descubierto. Esta acción se esconde y actúa a través de instituciones, situaciones y realidades humanas de las cuales se ha apropiado. El Nuevo Testamento nos enseña sobre esto algo que es muy actual: nos habla de un espíritu que vaga en el aire (Efesios 2,2), es decir que es como una atmósfera que respiramos y que encuentra en la opinión pública (los medios de comunicación) su vehículo privilegiado.

Se puede decir que al igual que existe una unción de Cristo que “nos enseña cada cosa”, es decir que hace ver cada cosa a la luz de Cristo (cfr. 1 Jn 2, 20-27), también existe una unción del anti-Cristo que enseña cada cosa, es decir, que da de cada cosa una interpretación particular mostrando, por así decir, el lado satánico de las cosas. Esta unción de muerte penetra todo, se adhiere a todo, y se transforma en el espíritu del propio tiempo. Cuando el apóstol nos exhorta a “no conformarnos al espíritu de este siglo” (cfr, Rom 12,2), se refiere a este espíritu. Se puede decir que la incredulidad del mundo de hoy –en donde no es impuesta de lo alto con violencia- es causada por Satanás, en gran parte, a través de este medio silencioso del adaptamiento pasivo al espíritu de este siglo, haciendo respirar al hombre de hoy el olor de esta unción que tiene el poder de adormecer las conciencias. Este espíritu del tiempo se llama hoy materialismo práctico y no es menos peligroso del materialismo teórico del marxismo.>>



Cardenal Joseph Suenens, “Renovación y poder de las tinieblas”

El Cardenal León Joseph Suenens, de Malinas, Bélgica, fue uno de los grandes referentes en las sesiones del Concilio Vaticano II, por sus intervenciones que fueron decisivas para incorporar a los documentos del Concilio la doctrina de los carismas en la Iglesia. Luego del Concilio el Cardenal Suenens fue nombrado por el Papa Paulo VI su representante personal ante la Renovación Carismática Católica de incipiente surgimiento, puesto que el Cardenal se había integrado a la experiencia carismática.

En 1982 escribió el libro “Renovación y poder de las tinieblas”, con un prefacio escrito por el cardenal Joseph Ratzinger, actual Papa Benedicto XVI, quien expresa: “Como Prefecto de la Congregación para la Doctrina y la fe, no puedo sino saludar cordialmente la obra del Cardenal Suenens: es una importante contribución al verdadero desarrollo de la vida espiritual en la Iglesia de hoy”. De la Parte Primera del libro, que se titula “Iglesia y poder de las tinieblas”, extraemos las siguientes consideraciones sobre la existencia y acción de Satanás:

<<La fe de la Iglesia

Es forzoso reconocer que entre los cristianos existe hoy día una cierta desazón a propósito de la existencia del o de demonios. ¿Mito o realidad? ¿Satanás debe ser relegado al reino de los fantasmas? ¿Se trata simplemente de la personificación simbólica del Mal, de un mal recuerdo de una época precientífica ya superada?

Un gran número de cristianos se deciden por el mito; los que aceptan la realidad se sienten cohibidos e incómodos para hablar del Demonio, por temor a parecer que se solidarizan con las representaciones de que le ha hecho objeto la fantasía popular, y que desconocen los progresos de la ciencia.

La catequesis, la predicación, la enseñanza teológica en las universidades y en los seminarios evitan generalmente el tema. E incluso en los lugares donde se discute la existencia del Demonio, apenas es objeto de examen su acción y su influencia en el mundo. El Demonio ha conseguido hacerse pasar por un anacronismo: es el colmo del éxito solapado.

En estas condiciones hace falta valor al cristiano de hoy para desafiar a la ironía fácil y la sonrisa conmiserativa de sus contemporáneos.

Y ello tanto más cuanto que reconocer la existencia del Demonio no se aviene demasiado con lo que Leo Moulin llama “el optimismo pelagiano de nuestra época”.

Más que nunca el cristiano está invitado a tener confianza en la Iglesia, a dejarse conducir por ella, a hacer suya una vez más la humilde oración que ella pone en nuestros labios en el transcurso de cada Eucaristía:

“Señor, no mires nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia”.

Nuestra fe personal, pobre y vacilante, se fortifica y alimenta de la fe eclesial que la conduce, la sostiene, y le da empuje y seguridad. Ello es especialmente verdadero en este terreno.

Con este espíritu filial debemos oír la voz del Papa Paulo VI, que nos invita a dominar la desazón, a romper el silencio, y a reconocer que todavía hoy la presencia del Maligno no es, ¡por desgracia!, un anacronismo. He aquí el pasaje clave de su declaración:

“El mal no es solamente una deficiencia, sino una eficiencia, un ser vivo, espiritual, pervertido y pervertidor. Terrible realidad. Misteriosa y pavorosa. Se sale del cuadro de la enseñanza bíblica y eclesiástica quien se niega a reconocer su existencia; o bien la explica como una pseudo-realidad, una personificación conceptual y fantástica de las causas desconocidas de nuestras desgracias…

…Es ‘el homicida desde el principio… y padre de toda mentira’ como lo define Cristo (cf. Jn 8,44-45); es el insidiador sofístico del equilibrio moral del hombre…

… No se ha dicho que todo pecado se deba directamente a la acción diabólica; pero es, sin embargo, cierto que quien no vigila con cierto rigor moral sobre sí mismo (cf. Mt 12,45; Ef 6,11) se expone a la influencia del ‘mysterium iniquitatis’, a que se refiere San Pablo (2 Tes 2,3-12), y hace problemática la alternativa de su salvación”. (Pablo VI, Audiencia general del miércoles 15 de noviembre de 1972).

Sobre el mismo tema, veamos a continuación las conclusiones de un autorizado estudio publicado por L’Osservatore Romano bajo el título “Fe cristiana y demonología”, y recomendado por la Congregación para la Doctrina de la Fe como base segura para reafirmar la doctrina del Magisterio sobre esta materia. El autor empieza diciendo por qué la existencia de Satanás y de los demonios no ha sido nunca objeto de una declaración dogmática.

“En lo que concierne a la demonología, la posición de la Iglesia es clara y firme. Es cierto que en el transcurso de los siglos, la existencia de Satanás y los demonios no ha sido nunca objeto de una afirmación explícita de su magisterio. La causa de ello es que la cuestión nunca se planteó en esos términos: tanto los herejes como los fieles, igualmente apoyados en la Escritura, estaban de acuerdo en reconocer su existencia y sus principales fechorías. Por este motivo, cuando hoy se pone en duda su realidad, debemos recurrir, como antes lo hemos recordado, a la fe constante y universal de la Iglesia, así como a su principal fuente, que es la enseñanza de Cristo. Y, efectivamente, en la enseñanza evangélica y en el corazón de la fe viva es donde se revela como un dato dogmático la existencia del mundo demoníaco”.

A continuación nos muestra el autor -con una cita de Pablo VI en su apoyo- que no se trata de una afirmación secundaria de la que se puede fácilmente prescindir, como si no tuviera relación con lo que está en juego en el misterio de la redención.

“La desazón contemporánea que hemos denunciado al principio no pone, por tanto, en duda un elemento secundario del pensamiento cristiano: se trata de una fe constante de la Iglesia, de su concepción de la Redención y, en su punto de partida, de la conciencia misma de Jesús. Por este motivo, hablando recientemente de esta ‘realidad terrible, misteriosa y temible’ del Mal, el Papa Pablo VI podía afirmar con autoridad: ‘Se sale del cuadro de la enseñanza bíblica y eclesiástica quien se niega a reconocer su existencia; o bien quien hace de ella un principio que existe por sí y que no tiene como cualquier otra criatura, su origen en Dios’. Ni los exegetas ni los teólogos deberían dejar de tener en cuenta esta advertencia”.

Afirmar la existencia del demonio no es caer en el maniqueísmo, ni disminuir por eso la responsabilidad y la libertad humana.

“Al subrayar actualmente la existencia demonológica, la Iglesia no se propone ni hacernos volver a las especulaciones dualistas y maniqueas de otros tiempos, ni presentarnos un sucedáneo racionalmente aceptable. Ella solamente quiere permanecer fiel al Evangelio y sus exigencias. Es indudable que ella jamás ha permitido al hombre eludir su responsabilidad, mediante atribuir sus faltas a los demonios. Ante tal escapatoria, si llegaba el caso, la Iglesia no vacilaba en pronunciarse diciendo con San Juan Crisóstomo: ‘No es el Diablo, sino la incuria propia de los hombres la causante de todas sus caídas y de todas las desgracias de que se lamentan.’

En este sentido, la enseñanza cristiana, por su vigor en asegurar la libertad y la grandeza del hombre, en poner a plena luz el poder y la bondad del Creador, no muestra la menor debilidad. Ha denunciado en el pasado y condenará siempre el recurso demasiado fácil de dar como pretexto una tentación demoníaca. Ha proscrito la superstición igual que la magia. Ha rechazado cualquier capitulación doctrinal ante el fatalismo, toda renuncia de la libertad ante el esfuerzo.”

El espíritu crítico y la prudencia son necesarios más que en otros puntos en un terreno en que el discernimiento es difícil y requiere él mismo garantías.

“Además, desde el momento en que se habla de una intervención diabólica posible, la Iglesia deja siempre lugar, como por el milagro, a la exigencia crítica. Se requiere efectivamente reserva y prudencia. Es fácil engañarse con la imaginación, dejarse confundir con relatos inexactos, torpemente transmitidos o abusivamente interpretados. Aquí, como en otros campos, se debe utilizar el discernimiento. Hay que dejar campo abierto a la investigación y a sus resultados.”

El Demonio, ¿antagonista de Dios?

La alusión, en la cita, a las especulaciones dualistas y maniqueas, es una puesta en guardia contra cualquier teoría que hiciera del demonio una especie de Contra-Poder, de Antagonista directamente opuesto a Dios, en suma, como dos rivales en una misma línea de combate.

Se debe evitar, en efecto, imaginar a Satanás como una especie de anti-Dios, como si se tratara de dos absolutos enfrentados, como el Principio del Bien frente al Principio del Mal. Dios es el único Absoluto trascendente y soberano: el Demonio, criatura de Dios, originalmente buena en su realidad ontológica, desempeña en la creación un papel de parásito destructor, negativo y subalterno. Es el Padre de la mentira, de la perversión. Es una fuerza consciente que conoce, quiere, persigue un designio destructor y se coloca y obra así en el anti-reino, es decir, en la oposición al Reino mesiánico.

No debemos tener a Satanás como el Adversario que planta cara a Dios, le provoca y le mantiene en jaque.

Desde que Satanás, principio del mal, aparece en la Biblia bajo la figura de la “serpiente”, se hace hincapié en que se trata de una criatura de Dios (Gn 3,1). Pero ante todo es el enemigo del hombre (Sb 2,24), el enemigo del designio de Dios sobre el hombre. En los Ejercicios Espirituales, San Ignacio le llama “el enemigo de la natura humana”.

Justamente así es como lo muestran los primeros capítulos del libro de Job. Satanás para llevar a cabo su malvado designio contra el hombre se adelanta entre “los Hijos de Dios que venían a presentarse ante el Señor” (Jb 1,6; 2,1).

El Antiguo Testamento se muestra prudente sobre el papel de Satanás, tal vez para evitar que Israel haga de él un segundo Dios. Más importancia cobrará en el judaísmo contemporáneo de Cristo, cuando para el judaísmo ya no existía el peligro, a causa de estar plenamente establecida la absoluta trascendencia de Dios.

Bajo el nombre de Satanás (el Adversario), o de Diablo (el Calumniador), la Biblia lo presenta como un ser personal, invisible por sí mismo, incorporal, dotado de conocimiento y de libertad.

En cuanto a los demonios, en el mundo pagano griego se los identifica con los espíritus de los muertos o con divinidades paganas. En la Biblia, por el contrario, designan diversos “espíritus del mal” que el Nuevo Testamento denomina “espíritus impuros”.

Jesús y el Demonio

No podemos leer el Evangelio sin sentirnos sorprendidos por la presencia del Maligno en su oposición a Jesús. El enfrentamiento es constante, aunque no aparezca siempre en primer plano. Se le percibe claramente en el umbral de la vida pública del Salvador. El relato de la tentación de Jesús en el desierto es como el prefacio de la misión que el Salvador se disponía a cumplir y como la clave del drama que iba a desarrollarse en el Calvario.

Esta confrontación inevitable no es un simple episodio entre otros, sino una anticipación del drama final, como su se corriera el velo entreabriéndose ya el misterio del Viernes Santo. Por su parte, San Lucas termina el relato de la tentación en el desierto con estas palabras: “Acabada toda tentación, el diablo se alejó de él hasta un tiempo oportuno” (Lc 4,13). Con ello se alude indudablemente a la confrontación final, que terminará en la hora de la pasión.

La referencia a “las tinieblas” se repite en el Evangelio como para hacernos palpar –entre líneas- la hostilidad solapada del Enemigo.

Cuando Judas sale del cenáculo, después que “entró en él Satanás” (Jn 13,27), San Juan hace constar que “era de noche” (Jn 13,30). El detalle no se consigna por puro prurito de precisión histórica.

La presencia hostil del Enemigo se adivina en filigrana, a cada paso, y cuando Jesús expira en la Cruz., el escritor inspirado hace constar, no por puro prurito de detalle sino a causa de su densidad teológica, que las tinieblas cubrían el cielo de Jerusalén.

Por lo demás, la lucha de Cristo contra el Tentador la encontramos varias veces a lo largo de su existencia. Jesús luchará contra aquellos de los que se vale el Demonio como instrumentos para hacerle desviar del camino del Padre: los judíos de su tiempo, y en algunas ocasiones, los mismos apóstoles, Pedro (Mt 16,23), Santiago y Juan (Lc 9, 54-55).

Se trata de una constante en su vida: no tenemos el derecho de ponerla entre paréntesis y de pasarla en silencio.

La Iglesia, intérprete del texto de San Marcos: “Expulsarán demonios”

Es la Iglesia quien debe guiar en la lectura de los textos precisos y específicos, relativos a la promesa de Jesús a sus futuros discípulos con respecto al poder del Mal. Detengámonos en el final de San Marcos que, por ser un añadido al texto primitivo, no por ello es menos reconocido por la Iglesia como canónico e inspirado, y que representa un testimonio apostólico. ¿Cómo leer y entender estas palabras del maestro que se encuentran de forma semejante en otros lugares:

“Estas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien” (Mc 16, 17-18).

¿Quién dirá, en último análisis, sino el magisterio vivo de la Iglesia, lo que hay que tomar literalmente de estas palabras y lo que es una hipérbole e imagen que invita a la confianza en el Señor?

Sin hacer aquí una exégesis de este texto, indiquemos, a título de ejemplo, algunas consideraciones que se nos ocurren.

“Expulsaréis demonios”, ha prometido Nuestro Señor a sus futuros discípulos. Sí, sin duda, pero hay muchas formas de triunfar del Maligno.

-Jesús no adoptó él mismo una forma estereotipada, uniforme. No dijo que hay que interpelar a los demonios, como lo hizo él mismo a veces –no siempre-, ni pedirles sus nombres, ni intentar determinar su “especialidad”, y menos aún, confeccionar el inventario.

-Durante su ministerio público, reaccionó de múltiples formas cuando se encontró frente al Espíritu del Mal. Manifestó una libertad soberana al escoger los medios: a veces el vuelve la espalda y se dirige al enfermo; a veces le confunde, denuncia la impostura u ordena la liberación.

Jesús no dijo que este combate debía ser un duelo singular. No dio a sus discípulos la fórmula infalible para el discernimiento de espíritus, ni el método a seguir. Sino que suscitó el ministerio apostólico para guiarlos en el camino, esperando su vuelta gloriosa.

-Jesús no dijo que el afrontar directamente al demonio –el ataque directo por orden expresa o por adjuración- formaba parte integrante de nuestra vida cristiana y que convenía por lo tanto enseñar a todos “la liberación” concebida así. O hacer de ella un ejercicio de piedad de uso cotidiano. De igual modo que no ha recomendado animar a los cristianos a tomar “serpientes en sus manos”, ni a beber “algún veneno mortal”.

Se puede también resaltar útilmente que ningún demonio de lujuria fue expulsado de la mujer adúltera (Jn 8) o de la pecadora de que habla San Lucas (cap. 7), o de los incestuosos de Corinto (1 Cor 5). Ningún demonio de avaricia fue expulsado de Zaqueo, ningún demonio de incredulidad fue expulsado de Pedro después de su triple negación. Ningún demonio de rivalidad fue expulsado de los corintios que Pablo tuvo que llamar al orden.

El Señor no dijo que el Demonio está al origen de todo pecado de los hombres y que todas las faltas sean cometidas por instigación suya. Explicó una parábola que no va de ningún modo en este sentido. La parábola del sembrador, aparte del caso en que la simiente es arrebatada por el Diablo, menciona otras en que la simiente muere porque ha caído en tierra sin profundidad -símbolo de la ligereza y de la inconstancia de los hombres-; o también porque las espinas - figura de las preocupaciones que apartan de Dios- la ahogan (Mt 13, 19 ss; Mc 4,15; Lc 8,12 ss.).

Se combate al Demonio preventiva y positivamente con todo lo que alimenta y fortifica la vida cristiana y, por lo tanto, en primer lugar, con el recurso a los Sacramentos. Y entre éstos, la Eucaristía que es su centro de convergencia, es para nosotros, por excelencia, fuente de curación y de liberación.

De igual modo que el sol, por medio de su ser de fuego y de luz, disipa y expulsa la noche, Cristo Jesús despliega en el misterio eucarístico –si sabemos acogerlo- todo su poder de vida y de victoria sobre el Mal.

En una palabra, para comprender un texto, hay que ponerlo en su contexto pleno y vital; y es al Magisterio vivo de la Iglesia que corresponde el discernimiento final, la interpretación fiel en su Espíritu y en su letra.

El pecado, primer enemigo

En la literatura demonológica la atención está centrada normalmente en los casos reales o supuestos de posesión diabólica. Los medios de comunicación social, por su parte, han acentuado fuertemente esta tendencia.

Hay que ser consciente de la deformación de óptica así creada y evitar la trampa de dar más importancia a lo que es raro y excepcional.

Lo que nos hace “esclavos” del poder del Mal, no es normalmente la “posesión diabólica”; los teólogos están de acuerdo en decir que el Demonio no puede entrar en lo secreto de las conciencias si uno no se la entrega voluntariamente.

Es el pecado y su dominio que nos hacen esclavos y que permiten a las influencias perversas el amplificar la nocividad, como un viento que sopla sobre un fuego imprudentemente encendido. El arma más temible de que dispone el Demonio no es la toma de posesión, sino el pecado en cuanto tal.

Su influencia está presente allí donde el pecado reina, y éste ha invadido, en alto grado, nuestra humanidad descentrada y entregada a tanta permisividad moral.

La liberación es, por lo tanto, fundamental y prioritariamente la liberación del pecado en nosotros, que nos hace esclavos y disminuye nuestra libertad. La dificultad es que el pecado actúa a todos los niveles del hombre: razón, voluntad, acción, emoción. La escala de este tipo de esclavitud es muy amplia y variada.

Es aquí, y no sobre fenómenos que pueden ser únicamente psicopatológicos, que hay que fijar ante todo la atención cuando se habla de liberación. Como ha escrito Jean-Claude Sagne, O.P.:

“Es en el vacío provocado por nuestra falta de confianza en Dios o por nuestro apego egoísta o aún por nuestra suficiencia orgullosa, que el demonio interviene para transformar nuestra debilidad en peso espiritual, para hacer de nuestros apegos ‘ataduras’ espirituales y, por fin, para hacer de nuestros movimientos de orgullo un obstáculo endurecido a la invasión del Espíritu Santo. Habrá muchas cosas que decir sobre la acción tentadora del demonio y de los ángeles malos que la secundan. Satanás endurece lo que encuentra o lo desorganiza más. Acentúa los trazos ya dibujados. Explota nuestras debilidades…”.

La concupiscencia

No se puede olvidar tampoco que hay en nosotros una realidad que no se identifica con el pecado, pero que es un elemento de perturbación, no identificable con lo demoníaco. Nos referimos a la concupiscencia.

En teología, se entiende generalmente por este término los restos dejados por el pecado en el hombre justificado por la gracia, es decir, las secuelas que se manifiestan en contra de su voluntad bajo forma de diversos impulsos. Es este un dato clásico que califica una situación previa al ejercicio de la libertad y que condiciona por una parte el actuar moral del hombre justificado. San Pablo no dudó en escribir: “No hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco” (Rom 7,15).

No hay que identificar esta concupiscencia, subyacente al actuar humano, con un dominio especial directo del Demonio.

El pecado “estructural”

Lo dicho a nivel de las personas es verdad también a nivel de las estructuras inhumanas de nuestra sociedad, estructuras económicas, sociales, políticas, que no reconocen los derechos del hombre y que son incompatibles con su dignidad.. A esta escala reina también el pecado, aun cuando la responsabilidad d e cada uno se separa y se desliga mal de la responsabilidad colectiva.

Nos imaginamos demasiado fácilmente que la acción del Demonio es de tipo espectacular. De hecho, las intervenciones “visibles” son la excepción. Su acción, por ser invisible y sutil, no es por eso menos perversa.

El hombre, primer responsable

El pesimismo radical con respecto al mundo, al cuerpo humano, a la libertad innata del hombre, no pertenece a la fe católica. Aun herido por el pecado, el hombre permanece responsable de sus actos y no es el juguete pasivo de influencias diabólicas que lo manipulan.

La influencia del demonio se ejerce de diversas formas: es el tentador, el seductor, el inspirador de opciones culpables. Engaña y presenta lo falso como verdadero, el mal como bien, “disfrazándose de ángel de luz” (2 Cor 11,14).

Pero su dominio no es despótico: requiere la aquiescencia de los interesados, y en último término, el hombre es siempre responsable de su pecado.

La insistencia en las influencias diabólicas no debe servir de excusa y de alibi a la debilidad humana y disminuir o eliminar la conciencia de nuestra responsabilidad. Es demasiado fácil apelar a causas extrínsecas a nosotros mismos, para camuflar o atenuar la libertad de nuestra propia decisión. La iglesia se ha opuesto siempre a todo lo que “desestabiliza” al hombre y le convierte en juguete de fuerzas extrañas. Profesa que Dios ha puesto nuestra suerte en nuestras manos, creándonos libres y responsables, y que si la responsabilidad puede ser atenuada por circunstancias, ésta permanece sin embargo fundamentalmente intacta.>>

cortesía: http://www.contempladores.com.ar



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