Jesucristo, vida del alma


DOM COLUMBA MARMION, O.S.B.

 

Índice
(La numeración de este Índice hace referencia a las páginas de la edición impresa)

Dom Columba Marmion, breve biografía (1858-1923), 3.

Presentación de la obra, 6.

 

PRIMERA PARTE

Economía del plan divino

1. Plan divino de nuestra predestinación adoptiva en Jesucristo

-Importancia para la vida espiritual del conocimiento del plan divino, 9. -1. Idea general de este plan: la santidad a que Dios nos llama por la adopción sobrenatural es una participación el la vida revelada por Jesucristo, 10. -2. Dios quiere hacernos partícipes de su propia vida para hacernos santos y colmarnos de felicidad: en qué consiste la «santidad de Dios», 13. -3. La santidad en la Trinidad: plenitud de la vida a que Dios nos destina, 15. -4. Realización de este decreto por la adopción divina mediante la gracia: carácter sobrenatural de la vida espiritual, 18. -5. El plan divino desvaratado por el pecado, restablecido por la Encarnación, 20. -6. Universalidad de la adopción divina: amor inefable que manifiesta, 23. -7. Fin primordial del plan de Dios: la gloria de Jesucristo y de su Padre en la unidad del Espíritu Santo, 25.

2. Jesucristo, modelo único de toda perfección. Causa exemplaris

-Fecundidad y aspectos diversos del misterio de Cristo, 28. -1. Necesidad de conocer a Dios, para unirse a El: Dios se revela a nosotros en su Hijo Jesús: «Quien le ve, ve a su Padre», 31. -2. Cristo, nuestro modelo en su persona: Dios perfecto; Hombre perfecto; la gracia, signo fundamental de semejanza con Cristo, considerado en su condición de Hijo de Dios, 33. -3. Cristo nuestro modelo en sus obras y virtudes, 36. -4. Nuestra imitación de Cristo se realiza: a) por la gracia b) por esa disposición fundamental de dirigirlo todo a la gloria de su Padre. «Christianus alter Christus», 39.

3. Jesucristo, autor de nuestra redención y tesoro infinito de gracias para nosotros. Causa satisfactoria y meritoria

-Cristo, por sus satisfacciones, nos merece la gracia de la filiación divina, 42. -1. Imposibilidad para el linaje humano, descendiente de Adán pecador, de reconquistar la herencia eterna; sólo un Dios hecho hombre puede dar una satisfacción plena y suficiente, 43. -2. Jesús salvador; valor infinito de todos los actos del Verbo Encarnado. Sin embargo de ello, de hecho, la Redención no se opera sino por el Sacrificio de la Cruz, 45. -3. Cristo merece, no sólamente para sí, sino para nosotros. Este mérito tiene su fundamento en la gracia de Cristo, constituído Cabeza del género humano; en la libertad soberana y el amor inefable con que Cristo arrostró su Pasión por todos los hombres, 47. -4. Eficacia infinita de las satisfacciones y de los méritos de Cristo; confianza ilimitada que de ellos dimana, 50. -5. Ahora, Cristo sin cesar aboga junto al Padre en favor nuestro. Cómo glorificamos a Dios al hacer valer nuestros derechos a las satisfacciones de su Hijo, 52.

4. Jesucristo, causa eficiente de toda gracia. Causa efficiens

-1. Durante la existencia terrena de Jesucristo, su humanidad era, como instrumento del Verbo, fuente de gracia y de vida, 58. -2. Cómo obra Cristo después de Ascensión. Medios oficiales: los sacramentos producen la gracia por sí mismos, pero en virtud de los méritos de Cristo, 60. -3. Universalidad de los sacramentos; se extienden a toda nuestra vida sobrenatural; confianza ilimitada que debemos tener en estas fuentes auténticas, 64. -4. Poder de santificación de la humanidad de Jesús fuera de los sacramentos, por el contacto espiritual de la fe. Importancia capital de esta verdad, 67.

5. La Iglesia, cuerpo místico de Jesucristo

-El misterio de la Iglesia, inseparable del misterio de Cristo. Los dos no forman más que uno, 72. -1. La Iglesia, sociedad fundada sobre los apóstoles: depositaria de la doctrina y de la autoridad de Jesús, dispensadora de los sacramentos, continuadora de su obra de religión. No se va a Cristo sino por la Iglesia, 73. -2. Verdad que pone de relieve el carácter particular de la visibilidad de la Iglesia: Dios quiere gobernarnos por los hombres: importancia de esta economía sobrenatural, resultante de la Encarnación. Por ella se glorifica a Jesús y se ejercita nuestra fe.- Nuestros deberes con la Iglesia, 76. -3. La Iglesia, cuerpo místico; Cristo es la cabeza, porque tiene toda primacía. Profundidad de esta unión; formamos parte de Cristo, todos una cosa en Cristo. Permanecer unidos a Jesús y entre nosotros mismos por la caridad, 79.

6. El Espíritu Santo, espíritu de Jesús

-La doctrina sobre el Espíritu Santo completa la explicación del plan divino: importancia capital de este asunto, 85. -1. El Espíritu Santo en la Trinidad: procede del Padre y del Hijo por amor, se le atribuye la santificación, porque ésta es obra de amor, de perfeccionamiento y de unión, 87. -2. Operaciones del Espíritu Santo en Cristo: Jesús es concebido por obra y gracia del Espíritu Santo; gracia santificante, virtudes y dones conferidos por el Espíritu Santo al alma de Cristo; la actividad humana de Cristo dirigida por el Espíritu Santo, 90. -3. Operaciones del Espíritu Santo en la Iglesia; el Espíritu Santo, alma de la Iglesia, 94. -4. Acción del Espíritu Santo en las almas donde mora, 96. -5. Doctrina de los dones del Espíritu Santo, 99. -6. Nuestra devoción al Espíritu Santo: invocarle y ser fieles a sus inspiraciones, 103.

SEGUNDA PARTE

Fundamento y doble aspecto de la vida cristiana

1. La fe en Jesucristo, fundamento de la vida cristiana

-La fe, primera disposición del alma, y cimiento de la vida sobrenatural, 107. -1. Cristo exige la fe como condición previa de la unión con él, 110. -2. Naturaleza de la fe: asentimiento al testimonio de Dios proclamando que Jesús es su Hijo, 112. -3. La fe en la divinidad de Jesucristo es el fundamento de nuestra vida interior; el Cristianismo es la aceptación de la divinidad de Cristo en la Encarnación, 114. -4. Ejercicio de la virtud de la fe; fecundidad de la vida interior basada en la fe, 117. -5. Por qué debemos tener fe viva, sobre todo en el valor infinito de los méritos de Cristo. Cómo la fe es fuente de gozo, 120.

2. El Bautismo, sacramento de adopción y de iniciación, muerte y vida

-El Bautismo, primero de todos los Sacramentos, 124. -1. Sacramento de adopción divina, 125. -2. Sacramento de iniciación cristiana; simbolismo y gracia del Bautismo explicados por San Pablo, 128. -3. Cómo la existencia de Cristo encierra el doble aspecto de «muerte» y de «vida», que reproduce en nosotros el Bautismo, 131. -4. Toda la vida cristiana no es más que el desarrollo práctico de la doble gracia inicial conferida en el Bautismo; «muerte al pecado» y «vida para DIos». Sentimientos que debe despertar en nosotros el recuerdo del Bautismo: gratitud, alegría y confianza, 133.

II-A parte

La muerte para el pecado

3. Delicta quis intelligit?

-La muerte para el pecado, fruto primero de la gracia bautismal, primer aspecto de la vida cristiana, 139. -1. El pecado mortal, desprecio en la práctica de los derechos y perfecciones de Dios; causa de los padecimientos de Cristo, 140. -2. El pecado mortal destruye la gracia, principio de la vida sobrenatural, 144. -3. Expone el alma a la privación eterna de Dios, 145. -4. Peligro de las faltas veniales, 148. -5. Vencer la tentación con la vigilancia, la oración y la confianza en Jesucristo, 151.

4. El sacramento y la virtud de la penitencia

-1. Cómo, por el perdón de los pecados, manifiesta Dios su misericordia, 154. -2. El sacramento de la penitencia; sus elementos: la contrición, su particular eficacia en el sacramento; la declaración de los pecados constituye un homenaje a la humanidad de Cristo; la satisfacción no tiene valor si no es unida a la expiación de Jesús, 156. -3. La virtud de la penitencia es necesaria para mantener en nosotros los frutos del sacramento; naturaleza de esta virtud, 162. -4. Su objeto: restablecer el orden y hacernos semejantes a Jesús crucificado. Principio general y diversas aplicaciones de su ejercicio, 164. -5. Cómo en Cristo hallamos consuelo y cómo unidos a los suyos adquieren valor nuestros actos de renunciación, 166. -6. Conforme al espíritu de la Iglesia es preciso contectar los actos de la virtud de la penitencia con el sacramento, 169.

II-B parte

La vida para Dios

5. La verdad en la caridad

-El Cristianismo, religión de vida, 174. -1. Carácter fundamental de nuestras obras: la verdad; obras conformes a nuestra naturaleza de seres racionales: armonía de la gracia y de la naturaleza en conformidad con nuestra individualidad y especialización, 175. -2. Realizar nuestras obras en la caridad, en estado de gracia; necesidad y fecundidad de la gracia para la vida sobrenatural, 179. -3. Maravillosa variedad de los frutos de la gracia en las almas; la raíz de que procede es sin embargo para todos la misma, 183.

6. Nuestro progreso sobrenatural en Jesucristo

-La vida sobrenatural está sujeta a una ley de progreso, 187. -1. Aparte de los sacramentos, la vida sobrenatural se perfecciona con el ejercicio de las virtudes, 189. -2. Las virtudes teologales. Naturaleza de esas virtudes; son características de la cualidad de hijo de Dios, 191. -3. Por qué debe ser dada la preeminencia a la caridad, 193. -4. Necesidad de las virtudes morales adquiridad e infusas, 196. -5. Las virtudes morales salvaguardan la caridad, la cual a su vez las preside y las perfecciona, 198. -6. Aspirar a la caridad perfecta por la pureza de intención, 200. -7. La caridad puede informar todas las acciones humanas; sublimidad y sencillez de la vida cristiana, 202. -8. Fruto de la caridad y de las virtudes que ella rige: hacernos crecer en Cristo, para completar su cuerpo místico, 205. -9. El progreso sobrenatural puede ser continuo hasta la muerte: «donec occurramur omnes... in mensuram ætatis plenitudinis Christi», 206.

7. El sacrificio eucarístico

-La Eucaristía, fuente de vida divina, 210. -1. La Eucaristía considerada como sacrificio; trascendencia del sacerdocio de Cristo, 212. -2. Naturaleza del sacrificio; cómo los sacrificios antiguos no eran más que figuras; la inmolación del Calvario, única realidad, valor infinito de esta oblación, 213. -3. Se reproduce y renueva por el sacrificio de la Misa, 216. -4. Frutos inagotables del sacrificio del altar; homenaje de perfecta adoración, sacrificio de propiciación plenaria; única acción de gracias digna de Dios; sacrificio de poderosa impetración, 218. -5. Intima participación en la oblación del altar por nuestra unión con Cristo, Pontífice y víctima, 222.

8. Panis vitæ

-La Comunión eucarística es el medio más eficaz para mantener en nosotros la vida sobrenatural, 227. -1. La Comunión es el convite en que Cristo se da como pan de vida, 228. -2. Por la Comunión, Jesucristo mora dentro de nosotros y nosotros dentro de él, 229. -3. Diferencia entre los efectos del sustento corporal y los frutos de la manducación eucarística; cómo Cristo nos transforma en El; influencia que en el cuerpo ejerce este maravilloso alimento, 231. -4. La preparación es necesaria para asimilarse los frutos de la Comunión, 234. -5. Disposiciones remotas: absoluta donación de uno mismo a Jesucristo: orientar todas nuestras acciones en orden a la Comunión, 236. -6. Disposiciones próximas: fe, confianza y amor; cómo premia el Señor tales disposiciones: la Comunión constituye la más alta participación de la divina filiación de Jesucristo. Diversidad de «fórmulas» y disposiciones interiores en la preparación inmediata, 239. -7. Acción de gracias después de la Comunión: «Mea omnia tua sunt et tua mea», 244.

9. Vox Sponsæ

-La alabanza divina es parte esencial de la misión santificadora que Cristo confía a la Iglesia, 247. -1. El Verbo Eterno, cántico divino; la Encarnación asocia el género humano a este cántico, 248. -2. La Iglesia encargada de organizar, guiada por el Espíritu Santo, el culto público de su Esposo; empleo que en él se hace de los Salmos; cómo esos cánticos inspirados ensalzan las perfecciones divinas, expresan nuestras necesidades, y nos hablan de Cristo, 250. -3. Gran poder de intercesión de esa alabanza en labios de la Esposa, 253. -4. Cuantiosos frutos de santificación; la oración de la Iglesia, manantial de luz, nos hace participar de los sentimientos del alma de Cristo, 255. -5. También nos hace partícipes de sus misterios: senda segura e infalible para asemejarnos a Jesús, 256. -6. Por qué y cómo la Iglesia honra y celebra a los santos, 260.

10. La oración

-Importancia de la oración: la vida de oración es transformante, 262. -1. Naturaleza de la oración: conversación del hijo de Dios con su Padre celestial bajo la influencia del Espíritu Santo, 264. -2. Dos factores afectarán a los términos de esta conversación: primer factor: la medida de la gracia de Cristo; suma discreción que debe observarse a este propósito; doctrina de los principales maestros de la vida espiritual; el método no es el mismo que la oración, 268. -3. Segundo elemento: estado del alma. Las distintas fases de la vida de perfección caracterizan, de una manera general, los diversos grados de la vida de oración. Trabajo discursivo de los principios, 271. -4. De cuanta importancia sea en la vía iluminativa la contemplación de los misterios de Cristo: el estado de oración, 272. -5. La oración de fe; la oración extraordinaria, 276. -6. Disposiciones indispensables para hacer fructuosa la oración; pureza de corazón, recogimiento del espíritu, abandono, humildad y reverencia, 277. -7. Sólo la unión con Cristo por la fe puede hacer fecunda la vida de oración; alegría que produce en el alma, 279.

11. Amaos los unos a los otros

-1. La caridad fraterna, mandamiento nuevo y signo distintivo de las almas que pertenecen a Cristo. Por qué el amor para con el prójimo es la manifestación del amor para con Dios, 282. -2. Principio de esa economía; extensión de la Encarnación; no hay más que un solo Cristo; no puede nadie separarse del cuerpo místico sin separarse del mismo Cristo, 288. -3. Ejercicios y formas diversas de la caridad; su modelo a de ser la de Cristo, siguiendo las exhortaciones de San Pablo: «ut sint consummati in unum», 290.

12. La Madre del Verbo encarnado

-Lugar que ocupa la devoción a María en nuestra vida espiritual; el discípulo de Cristo debe, como Jesús, ser hijo de María, 295. -1. Lo que María ha dado a Jesús. Por su «fiat», la Virgen aceptó dar al Verbo una naturaleza humana; es la Madre de Cristo; en virtud de esto, entra esencialmente en el misterio vital del Cristianismo, 297. -2. Lo que Jesús a dado a su Madre. La escogió entre todas las mujeres; la ha amado y obedecido; la ha asociado de una manera muy íntima a sus misterios, principalmente al de la Redención, 299. -4. Fecundidad que reporta al alma la devoción a María. María inseparable de Jesús en el plan divino; su crédito todopoderoso; su gracia de maternidad espiritual. Pidamos a María «que forme a Jesús» en nosotros, 305.

13. Coherederos de Cristo

-La herencia del cielo, término final de nuestra predestinación adoptiva, 310. -1. La bienaventuranza eterna consiste en la visón de Dios cara a cara, en el amor inmutable y en la alegría perfecta, 312. -2. Los cuerpos de los justos han de participar, después de la resurrección, de esa bienaventuranza; gloria de esa resurrección ya realizada en Cristo, cabeza de su cuerpo místico, 316. -3. El grado de nuestra bienaventuranza determinado ya aquí en la tierra según la medida de nuestra gracia; cómo San Pablo exhorta a los fieles a progresar en el ejercicio de la vida sobrenatual «hasta el día de Cristo», 318.

Dom Columba Marmion

(1858-1923)

Hijo de Irlanda

José Marmion nació el 1 de abril de 1858 en la Isla de los Santos, en un ambiente impregnado de fe cristiana. Su padre era irlandés, y su madre francesa. De esta doble ascendencia parte su naturaleza rica y compleja: muy sensible, exuberante, lleno de jovialidad, pero impresionable; corazón confiado, generoso, comprensivo, tenía el sentido y el gusto de la bondad; inteligencia clara y penetrante, gozaba de la fe inquebrantable de sus padres. En la medida en que Dios le había dotado, así también tendría sus destinos sobre él.

Sacerdote

Hacia el fin de sus estudios secundarios en el Belvedere College, dirigido por los Padres Jesuitas, se siente llamado al sacerdocio. A pesar de sentir fuertemente la aspereza del sacrificio, se da a Dios con alegría y sin reserva. Recibe la formación sacerdotal en el Seminario de Clonliffe, cerca de Dublín, y luego en Roma, donde termina brillantemente sus estudios teológicos. Es ordenado sacerdote en el Colegio Irlandés el 16 de junio de 1881. Reintegrado a su país, ejerce durante algunos años el ministerio pastoral en su diócesis y enseña filosofía en Clonliffe. Dondequiera que va se aprecia vivamente su celo ardiente y su abnegación a toda prueba.

Monje benedictino

Pero Dios le quería en otra parte. Como tantos otros antiguos monjes de su raza, el presbítero José Marmion dejó su amada patria. Recibe el hábito monástico y el nuevo nombre irlandés de Columba, en la abadía de Maredsous (Bélgica). Monje ya, lo será totalmente durante toda su vida.

En la vida religiosa se distinguió por una constante fidelidad a la gracia, una intensa piedad y una admirable solicitud por adquirir la perfecta obediencia. El día de su profesión solemne, escribió en su diario íntimo: «Abandono todas las cosas, todas mis inclinaciones, aún las más santas, dejando enteramente la elección de mis ocupaciones a la obediencia, sacrificando mis gustos y tomando solemnemente la resolución de emplear todo el resto de mi vida, si la obediencia me lo ordena, en las acciones que carecen de gusto para mí y por las que puedo sentir una gran repugnancia».

En 1899 fue enviado a la nueva abadía de Mont-César, en Lovaina; permaneció allí diez años en calidad de prior y profesor de teología de los monjes jóvenes, predicando al mismo tiempo muchos retiros a sacerdotes y a casas religiosas. Entonces es cuando llega a su madurez, en la oración y el ministerio de las almas, su doctrina espiritual tan humana, tan luminosa, tan equilibrada, centrada en Jesucristo y la misericordiosa bondad del Padre celestial: doctrina vivida antes de ser predicada, y predicada para ser vivida. Apóstol lleno de celo, divulga con largueza su palabra tanto entre sus hermanos como en el exterior: en Bélgica, en Francia, en Irlanda y en Inglaterra. En Lovaina encuentra a Mons. Mercier, más tarde Cardenal, que le honró desde entonces con su fiel amistad y le escogió como confesor. La elocuencia de este gran monje, espontánea, simple, cordial, llena de humor y de bondad, brotando de un corazón ardiente por Cristo y sus miembros, arrebataba y elevaba los corazones. El Cardenal Mercier escribía un día de Dom Marmion: «Hace tocar a Dios».

Abad de Maredsous

Elegido el 29 de septiembre de 1909 para la silla abacial de su Monasterio de profesión, Dom Columba lo gobernó hasta su piadosa muerte, el 30 de enero de 1923. Verdadero padre de sus monjes, fue ante todo para ellos un guía de vida interior y doctor de los misterios de Cristo. De salud frágil y de temperamento delicado, sintió vivamente las múltiples pruebas de estos trece años de abadiado que fueron teatro de la guerra de 1914-1918. Gustaba afirmar animosamente: «Trato de ir con una sonrisa al encuentro de todo lo que me contraría».

El hombre de Dios

He aquí algunos pensamientos suyos, proyección de su vida profunda en Cristo: «Creo en el amor del Padre, y deseo que en retorno, vea mi amor por El en Jesucristo». «Siento cada vez más que no puedo nada sino en Dios. Amo esta pobreza, y me apoyo sin temor en la bondad de nuestro Padre Celestial...» «Encuentro a Cristo por todo y en todo... Soy tan pobre, tan miserable en mí mismo y tan rico en El; a El toda la gloria para siempre». «Como todos los días en el altar a Jesucristo, para tener la gracia de dejarme comer también cada día por las almas. Ojalá Cristo sea glorificado en mi destrucción, como lo ha sido por su sacrificio».

Irradiación espiritual

Dios que le había dotado tan ricamente de cualidades naturales, de luces y gracias no quiso que su influencia espiritual se limitara a aquellos a quienes pudiera llegar su palabra. Sus conferencias publicadas a partir del 1917, traducidas a más de diez lenguas, conocieron en seguida a través del mundo un éxito inmenso que ha continuado desde entonces. Así ha podido él revelar a los cristianos la auténtica e integral espiritualidad de la Iglesia que se centra en el Señor Jesús y en sus misterios de salvación. Buenos jueces no han dudado en reconocer en él un maestro de la vida interior y un doctor de la adopción divina. El Papa Benedicto XV que utilizaba personalmente sus libros, declaró en el curso de una audiencia al mismo Dom Marmion, mostrándole sobre el estante de sus libros familiares, Jesucristo, vida del alma... «Habéis escrito un hermoso libro». Y dirigiéndose un día a Mons. Szepticky, arzobispo de Lemberg, le dijo: «Leed esto, es la pura doctrina de la Iglesia». Pío XII, para celebrar el centenario del nacimiento de Dom Marmion, escribía en 1958 en una carta: «Las obras publicadas de este gran hijo de san Benito, tan notables por la justeza de la doctrina, la claridad de su estilo, la profundidad y riqueza del pensamiento, han sido una preciosísima aportación al tesoro de los escritos espirituales de la Iglesia».

Hacia la beatificación

Este carisma de influencia larga y profunda que acompaña a la doctrina de Dom Marmion, la impresión viva que dejó en numerosos testigos de su vida, que proclaman haber encontrado en él un hombre de Dios, «un santo que era un hombre» (según la feliz expresión de un sacerdote oyente de su predicación); numerosos favores espirituales y temporales recibidos por su intercesión, todo esto parecía evidenciar un designio especial de Dios. En consecuencia, de todos los ámbitos del mundo y de todos los ambientes sociales, se ha elevado un llamamiento al juicio oficial de la Iglesia sobre esta reputación de santidad.

Su excelencia Mons. Charue, obispo de Namur, quiso aceptar la misión de instruir la causa de Dom Columba Marmion. Así, los procesos diocesanos para la beatificación del Siervo de Dios comenzaron en Namur el 7 de febrero de 1957, y terminaron en Maredsous el 20 de diciembre de 1961. Actualmente la Causa se halla bajo el juicio de la Santa Sede.

Dígnese el Espíritu Santo, el Espíritu de adopción de los hijos de Dios en Jesucristo, cuyo misterio vivió el Siervo de Dios tan intensamente y del cual habló en forma tan espléndida, manifestar claramente con milagros su valiosa intercesión cerca del Padre de las Misericordias.

Presentación de esta edición

En el árbol único de la Teología cristiana la Teología Espiritual ha sido la rama última en nacer, sintetizando así en sí misma, en orden a la vida espiritual, todos los demás conocimientos dogmáticos o morales, litúrgicos, canónicos o históricos. En efecto, el papa Benedicto XV, en 1919, expresaba en una carta a la universidad Gregoriana su alegría por la creación de una cátedra «dedicada a procurar una más profunda formación religiosa del clero mediante el estudio científico y práctico de las principales cuestiones concernientes a la perfección cristiana». El estudio científico de la teología espiritual podría así «corregir aquel ascetismo vago y sentimental o aquel erróneo misticismo» en el que fácilmente derivan quienes no conocen suficientemente «los verdaderos principios de la vida espiritual». La espiritualidad cristiana, por tanto, debe ser estudiada como una «ciencia teológica», y concretamente «bajo la orientación y guía segura del Aquinate, quien, como en las demás disciplinas sagradas, también en ésta se manifiesta como el gran Doctor y gran Santo».

Poco después Pío XI, en la encíclica Studiorum duce (1923), daba rango académico a este mismo planteamiento de la Teología espiritual, encomendándola también a la orientación de Santo Tomás de Aquino. Y a lo largo de nuestro siglo el Magisterio apostólico ha vuelto a insistir en ocasiones importantes en la necesidad de arraigar siempre la Teología, también por supuesto la Teología espiritual, en sus raíces bíblicas y tradicionales, tomando precisamente como maestro a Santo Tomás. En cuanto a la concreta orientación tomista de la teología católica recordaremos que ha sido impulsada, por ejemplo, por el Concilio Vaticano II (OT 16, GE 10), por la Sagrada Congregación para la Educación Católica (instrucción de 1976 sobre La formación teológica en los Seminarios, n.48) o por el mismo Código de Derecho Canónico de 1983 (c.252).

Pues bien, los escritos de Dom Columba Marmion realizan maravillosamente estos ideales de la Iglesia acerca de la teología espiritual. Por eso escapan en buena medida a la erosión del tiempo, y guardan hoy una admirable lozanía. Se trata de obras que están siempre iluminadas por el esplendor de la sabiduría bíblica y patrística, litúrgica y conciliar, y que de Santo Tomás reciben fórmulas tan profundas como bellas y precisas. Merecía, pues, la pena reeditar estos escritos, ya que, por otra parte, son gratamente asequibles a cualquier lector que tenga un mínimo de formación personal.

La presente edición de Jesucristo, vida del alma ha sido amablemente autorizada por el actual abad de Maredsous, P. Nicolas Dayez. En vistas a una futura biblioteca informatizada, hemos preferido incluir en el mismo texto las citas bíblicas, y también otras notas de pie de página, señalando éstas entre corchetes [...]. Por lo que se refiere a los textos originales latinos, que Dom Marmion reproducía casi siempre al citar los textos bíblicos o litúrgicos, o los Concilios, Padres y Doctores, nosotros los hemos transcrito sólamente en aquellos pasajes que nos han parecido más elegantes o significativos.

 

FUNDACIÓN GRATIS DATE

PRIMERA PARTE

Economía del plan divino

1 Plan divino de nuestra predestinación adoptiva en Jesucristo

Importancia para la vida espiritual del conocimiento del plan divino

Dios nos ha elegido en Cristo desde antes de la creación del mundo, para que seamos santos e irreprensibles delante de El; según el beneplácito de su voluntad, nos ha predestinado amorosamente para ser hijos suyos adoptivos por Jesucristo, en alabanza de la magnificencia de su gracia, por la cual nos ha hecho agradables a sus ojos, en su querido Hijo» (Ef 1,4-6).

En estos términos describe el plan divino sobre nosotros San Pablo, que había sido arrebatado hasta el tercer cielo y fue escogido entre todos por Dios para poner en «su verdadera luz» como él mismo dice, «la economía del misterio escondido en Dios, desde la eternidad»; y vemos al gran Apóstol trabajar sin descanso en dar a conocer este plan eterno, establecido para realizar la santidad de nuestras almas. ¿Por qué se encaminan todos los esfuerzos del Apóstol, como él mismo nos dice, «a poner bien de manifiesto esta economía de los designios divinos»? (ib. 3,8-9).

Porque sólo Dios, autor de nuestra salvación y fuente primera de nuestra santidad, podía darnos a conocer lo que de nosotros desea, para hacernos llegar hasta El.

Entre las almas que buscan a Dios, hay quienes no llegan a El sino con mucho trabajo.

Unas no tienen noción precisa de lo que es la santidad; ignoran o dejan a un lado el plan trazado por la Sabiduría eterna, hacen consistir la santidad en tal o cual concepción que ellas mismas se forman, quieren dirigirse únicamente por su propio impulso, adhiérense a ideas puramente humanas, elaboradas por ellas y que no sirven más que para extraviarlas. Podrá ser que avancen, pero fuera de la verdadera vía por Dios trazada: son víctimas de sus ilusiones, contra las cuales prevenía ya San Pablo a los primeros cristianos (Col 2,8).

Otras tienen nociones claras sobre puntos menudos de poca importancia, pero les falta la vista del conjunto; piérdense en los detalles sin llegar a tener una visión sintética, sin poder salir nunca del atolladero; su vida está llena de trabajos, y sometida a incesantes dificultades; se fatigan sin entusiasmo, sin optimismo y con frecuencia con poco fruto, porque esas almas atribuyen a sus actos una importancia mayor o les dan un valor menor que el que deben tener en conjunto.

Es, pues, de extrema importancia correr «en el camino, no a la ventura» (1Cor 9,26), como dice San Pablo, sino «de manera que toquemos la meta» (9,24); conocer lo más perfectamente que podamos la idea divina de la santidad, examinar con el mayor cuidado el plan trazado por Dios mismo para hacernos llegar hasta El, y adaptarnos rigurosamente a ese plan. Sólo de esta manera conseguiremos nuestra salvación y nuestra santidad.

En materia tan grave, en cuestión tan vital, debemos mirar y pesar las cosas como Dios las mira y las pesa Dios juzga todas las cosas con plena inteligencia, y su juicio es la norma última de toda verdad. «No hay que juzgar las cosas según nuestro gusto, decía San Francisco de Sales, sino según el de Dios: esto es capital. Si somos santos según nuestra voluntad, nunca llegaremos a serlo de verdad; seámoslo según la voluntad de Dios» (Carta a la presidenta Brulart, Sept. 1606: Obras, Annecy XIII, 213). La Sabiduría divina sobrepasa infinitamente toda la sabiduría humana; el pensamiento de Dios está dotado de fecundas energías que no posee ningún pensamiento creado; por tanto, el plan establecido por Dios encierra una sabiduría tal que nunca será frustrado por su insuficiencia intrínseca, sino únicamente por culpa nuestra. Si dejamos a la «idea», divina entera libertad para obrar en nosotros, si nos adaptamos a ella con amor y fidelidad, será extraordinariamente fecunda y nos conducirá a la más sublime santidad

Contemplemos, pues, a la luz de la Revelación, el plan de Dios sobre nosotros. Esta contemplación será para nuestras almas una fuente de luz, de fuerza, de alegría.

Ante todo voy a daros una idea general del plan divino; después, siguiendo las palabras de San Pablo citadas al principio de esta conferencia, me ocuparé de los detalles.

1. Idea general de este plan: La santidad a que Dios nos llama por la adopción sobrenatural es una participación en la vida revelada por Jesucristo

La razón humana puede demostrar que existe un ser supremo, causa primera de toda criatura, Providencia del mundo, remunerador soberano, fin último de todas las cosas.- De este conocimiento racional y de las relaciones que entre las criaturas y Dios nos descubre, se siguen para nosotros ciertos deberes con respecto a El y con respecto a nuestro prójimo; deberes que en conjunto constituyen la ley natural y en cuya observancia se funda la religión natural.

Pero por muy poderosa que sea nuestra razón, no ha podido descubrir con certeza nada de lo referente a la vida íntima del Ser Supremo: la vida divina aparece infinitamente distante «en una soledad impenetrable» (1Tim 6,16).

La Revelación ha venido en nuestra ayuda con su esplendorosa luz.

Ella nos enseña que hay en Dios una Paternidad inefable.- Dios es padre: he aquí el dogma fundamental que presupone todos los otros, dogma magnífico, que llena de asombro a la razón, pero que cautiva a la fe y colma de gozo a las almas santas. Dios es Padre.- Eternamente, mucho antes que la luz creada brillase sobre el mundo, Dios engendró un Hijo, a quien comunica su naturaleza, sus perfecciones, su beatitud, su vida: porque engendrar es comunicar [por la donación de una naturaleza semejante] el ser y la vida. «Hijo mío eres tú; hoy te he engendrado» (Sal 2,7; Heb 1,5). «Antes de la aurora de los tiempos, yo te he engendrado de mi seno» (Sal 109,3). La vida, pues, está en Dios, vida comunicada por el Padre y recibida por el Hijo.- Este Hijo, semejante en todo al Padre, llamado con toda propiedad «unigénito» (Jn 1,18) es único, porque tiene [mejor, porque es] con el Padre una naturaleza divina única e indivisible, y uno y otro, aunque distintos entre sí (a causa de sus propiedades personales de ser Padre y de ser Hijo), están unidos con un abrazo de amor poderoso y sustancial, del cual procede la tercera persona, a quien la Revelación llama con un nombre misterioso: el Espíritu Santo.

Tal es, en cuanto la fe puede conocerlo, el secreto de la vida íntima de Dios; la plenitud y fecundidad de esa vida es la fuente de la felicidad inconmensurable que posee la inefable sociedad de las tres divinas Personas. Pero he aquí que Dios, no para acrecer su plenitud, sino para enriquecer con ella a otros seres, va a extender, por decirlo así, su paternidad.- Esa vida divina tan poderosa y abundante, que únicamente Dios tiene el derecho de vivir, esa vida eterna, comunicada por el Padre al Hijo único y por los dos a su común Espíritu, quiere Dios que sea participada también por las criaturas, y por un exceso de amor que tiene su origen en la plenitud del ser y del bien que es el mismo Dios, esa vida va a desbordarse del seno de la divinidad para comunicarse y hacer felices, elevándolos sobre su naturaleza, a los seres sacados de la nada. A esas puras criaturas, Dios les dará el dulce nombre de hijos y hará que lo sean.- Por naturaleza, Dios no tiene más que un Hijo; por amor, tendrá una muchedumbre innumerable: he ahí la gracia de la adopción sobrenatural.

Este decreto de amor, realizado en Adán desde la aurora de la creación, desbaratado después por el pecado de nuestro primer padre, que arrastra en la desgracia a toda su descendencia, será restaurado por una intervención maravillosa de justicia y de misericordia, de sabiduría y de bondad; porque el Hijo único, que vive eternamente en el seno del Padre, se une en el tiempo a una naturaleza humana, de una manera tan íntima, que esta naturaleza, sin dejar de ser perfecta en sí misma, pertenece enteramente a la persona divina a que está unida. La vida divina, comunicada plenamente a esta Humanidad, la convierte en la Humanidad real del Hijo de Dios: tal es la obra admirable de la Encarnación. De este Hombre que se llama Jesús, Cristo, decimos con entera verdad que es el propio Hijo de Dios.

Pero este Hijo, que por naturaleza es «el único del Padre eterno», no aparece en la tierra sino para llegar a ser el «primogénito de todos los que le han de recibir» después de haber sido rescatados por El (+Rm 8,29). Unigénito del Padre en los esplendores eternos, Hijo único por derecho, es constituido cabeza de una multitud de hermanos, a quienes por su obra redentora comunicará la gracia de la vida divina.

De manera que la misma vida divina que emana del Padre al Hijo y que pasa del Hijo a la humanidad de Jesús, circulará por medio de Cristo en todos aquellos que la quieran aceptar, y los impulsará hasta el seno beatificante del Padre donde Cristo nos ha precedido (+Jn 14,2; 20,17), después de haber dado por nosotros en la tierra su sangre como precio de ese don.

Toda la santidad consistirá, por tanto, en recibir de Cristo y por Cristo la vida divina; El la posee en toda su plenitud, y ha sido establecido como único mediador. Consistirá en conservar esa vida, en aumentarla sin cesar, por una adhesión más perfecta, por una unión cada vez más estrecha con aquel de quien procede.

La santidad es, pues, un misterio de la vida divina, comunicada y recibida: comunicada, en Dios, del Padre al Hijo por una «generación inenarrable» (Is 53,8) comunicada fuera de Dios por el Hijo a la humanidad a que se unió personalmente en la Encarnación; transmitida después por esta humanidad a las almas, y recibida por cada una de ellas «en la medida de su predestinación particular» (Ef 4,7). De suerte que Cristo es verdaderamente la vida del alma, porque es la fuente y el dispensador de esa vida.

La comunicación se hará a los hombres en la Iglesia, hasta el día fijado por los decretos eternos para la consumación de la obra divina sobre la tierra. En ese día, el número de los hijos de Dios, de los hermanos de Jesús estará ya completo; presentada por Cristo a su Padre (1Cor 15,24-28), la muchedumbre incontable de los predestinados circundará el trono de Dios para sacar de las fuentes vivas una felicidad sin mezcla y sin fin para exaltar las magnificencias de la bondad y de la gloria de Dios. La unión será eternamente consumada, y «Dios será todo en todos».

Tal es en sus líneas generales el plan divino; tal es, en resumen, la curva descrita por la obra sobrenatural. Cuando en la oración considera el alma esta magnificencia y las atenciones de que gratuitamente es objeto por parte de Dios, siente necesidad de abismarse en la adoración y de cantar, en alabanza del ser infinito que se inclina hacia ella para darle el nombre de hija, un cántico de acción de gracias. «¡Qué grandes son tus obras, oh Señor, qué profundos tus pensamientos!». «¡Oh, Dios mío!, ¿quién es semejante a ti? ¡Has multiplicado tus maravillas y tus amorosos designios en favor nuestro; nada hay que se te pueda comparar!» (Sal 91,6; ib. 39,6). «¡Oh Dios, tú me regocijas con tus hechos y salto de gozo ante las obras de tus manos!» (ib. 91,5-6). «Por esto te cantaré mientras viva, mientras tenga un hálito de vida te ensalzaré» (ib. 103-32). «¡Esté mi boca llena de alabanza a fin de que yo pregone tu gloria!» (ib. 70,8).

2. Dios quiere hacernos partícipes de su propia vida para hacernos santos y colmarnos de felicidad: en qué consiste la «santidad» de Dios

Comencemos ahora la exposición en detalle, tomando por guía el texto del Apóstol. Esta exposición tendrá inevitables repeticiones, pero confío que vuestra caridad las disculpará a causa de la elevación y de la importancia de las vitales cuestiones que nos ocupan. Sólo prolongando un poco la contemplación, podemos vislumbrar bien la grandeza de estos dogmas y su fecundidad para nuestras almas.

Como sabéis, en toda ciencia hay primeros principios, puntos fundamentales, que hay que empezar por conocer, porque sobre ellos reposan todas las explicaciones ulteriores y últimas conclusiones. Estos elementos primeros necesitan ser tanto más profundizados y requieren tanta mayor atención cuanto sus consecuencias son más vastas e importantes.- Es verdad que nuestro espíritu está hecho de tal manera que se desanima fácilmente ante el análisis o la meditación de las nociones fundamentales. Toda iniciación en una ciencia, como las Matemáticas, en un arte, como la Música; en una doctrina, como la de la vida interior, exige cierta atención, que nuestro espíritu no siempre presta de buen grado. En su impaciencia natural, deseana llegar inmediatamente a las ampliaciones para admirar el orden, y a las aplicaciones para recoger y gustar los frutos; pero es de temer que si no profundiza cuidadosamente los principios, falte la solidez en las conclusiones, por muy brillantes que aparezcan, y con frecuencia sean inestables y aventuradas sus aplicaciones.

Por eso, y aun a riesgo de repetirme, no dudo en volver a tratar con vosotros sobre estas verdades fundamentales. ¿No opináis acaso vosotros que solamente haciendo hincapié en el corazón del dogma, podremos sacar de él la vida, la fecundidad y la alegría para nuestras almas?

Según el pensamiento de San Pablo, cuyas palabras os he citado al comenzar, ese plan puede resumirse en pocas líneas: Dios quiere comunicarnos su santidad: «Dios nos ha escogido para ser santos e irreprensibles». -Esta santidad consiste en una vida de hijos adoptivos; vida cuyo principio y carácter sobrenatural es la gracia: «Dios nos ha predestinado a ser hijos de adopción». Finalmente y sobre todo, este misterio inefable no se realiza sino «por Jesucristo».

Dios nos quiere santos; ésta es su voluntad desde toda la eternidad: por eso nos ha elegido: «Nos ha elegido para que seamos santos e inmaculados en su presencia» (Ef 1,4). «Dios quiere vuestra santificación», continúa San Pablo (1Tes 4,3). Dios desea, con una voluntad infinita, que seamos santos; lo quiere, porque El también es santo (Lev 11,44; 1Pe 1,16); porque ha cifrado en esta santificación la gloria que El espera de nosotros (Jn 15,8) y el gozo con que desea saciarnos (ib. 16,22).

Pero, ¿qué es «ser santo»? -Nosotros somos criaturas, nuestra santidad no existe más que por una participación de la de Dios; debemos, pues, para comprenderla, remontarnos hasta Dios. Sólo El es santo por esencia, o mejor, es la santidad misma.

La santidad es la perfección divina, objeto de la contemplación eterna de los ángeles. Abrid el libro de las Escrituras y comprobaréis que sólo dos veces se ha entreabierto el cielo ante dos grandes profetas, el uno de la Antigua Alianza, y el otro de la Nueva: Isaías y San Juan. Y ¿qué vieron?, ¿qué oyeron? Uno y otro vieron a Dios en su gloria; uno y otro vieron a los espíritus celestiales alrededor de su trono; uno y otro los oyeron cantar sin fin, no la belleza de Dios, ni su misericordia, ni su justicia, ni su grandeza, sino su santidad: «Santo, Santo, Santo, es el Dios de los ejércitos; llena está la tierra de su gloria» (Is 6,3; Ap 4,8).

Y bien: ¿en qué consiste esta santidad de Dios?

En Dios todo es simple; en El sus perfecciones son realmente idénticas a El mismo; además, la noción de santidad no se le puede aplicar sino de una manera absolutamente trascendente y sin rebasar los límites del lenguaje analógico; no tenemos término propio que exprese de modo adecuado la realidad de esta perfección divina; sin embargo de ello, nos está permitido emplear un lenguaje humano.

¿Qué es, pues, la santidad en Dios? -Según nuestro modo de hablar, nos parece que se compone de un doble elemento: primero, alejamiento infinito de todo cuanto es imperfección, de todo lo que es criatura, de todo lo que no es el mismo Dios.

Esto no es más que un aspecto «negativo»; hay otro elemento consistente en que Dios se adhiere, por un acto inmutable y siempre actual de su voluntad, al bien infinito (que no es otro que El mismo), hasta llegar a conformarse adecuadamente a todo lo que es ese mismo bien infinito. Dios se conoce perfectamente; su omnisciencia le presenta su propia esencia como la norma suprema de toda actividad; nada puede querer, hacer o aprobar que no sea regulado por su sabiduría soberana y de acuerdo con la norma última de todo bien, esto es, la esencia divina.

Esta adhesión inmutable, esta conformidad suprema de la voluntad divina con la esencia infinita como norma última de actividad, es perfectísima, porque en Dios la voluntad es realmente idéntica a la esencia.

La santidad divina se confunde, pues, con el amor perfectísimo y la fidelidad soberanamente inmutable con que Dios se ama de una manera infinita.

Y como su sabiduría suprema muestra a Dios que El es toda perfección, el único ser necesario, esto hace que Dios lo refiera todo a sí mismo y a su propia gloria, y por esto los Libros Sagrados nos hacen escuchar el cántico de los ángeles: «Santo, Santo, Santo... el Cielo y la tierra están llenos de tu gloria». Que es como si dijesen: «¡Oh Dios, tú eres el muy santo, tú eres la santidad misma, porque con una soberana Sabiduría te glorificas digna y perfectísimamente».

De aquí que la santidad divina sirva de fundamento primero, de ejemplar universal y de fuente única a toda santidad creada.- Comprenderéis, efectivamente, que amándose de una manera necesaria, con infinita perfección, Dios quiere, de una manera necesaria también, que toda criatura exista para la manifestación de su gloria, y que sin sobrepasar su categoría de criatura, no obre sino conforme a las relaciones de dependencia y de fin que la Sabiduría eterna encuentra en la esencia divina. Por tanto, cuanto mayor sea la dependencia de amor con respecto a Dios que haya en nosotros y la conformidad de nuestra voluntad libre con nuestro fin primordial (que es la manifestación de la gloria divina), más unidos estaremos a Dios, lo cual no puede realizarse sino por el desprendimiento de todo lo que no es Dios, cuanto más firmes y estables sean esa dependencia, esa conformidad, esa adhesión, ese desprendimiento, más elevada será nuestra santidad.

[Santo Tomás (II-II, q.81, a.8) exige como elemento de la santidad en nosotros la pureza (alejamiento de todo pecado, de toda imperfección, desasimiento de todo lo creado) y la estabilidad de la adhesión a Dios; a estos dos elementos corresponden en Dios la entera perfección de su ser infinitamente trascendente y la inmutabilidad de su voluntad en la adhesión a sí mismo].

3. La santidad en la Trinidad: plenitud de la vida a que Dios nos destina

La razón humana puede llegar a determinar la existencia de esta santidad del Ser Supremo, santidad que es un atributo, una perfección de la naturaleza divina, considerada en sí misma; pero la Revelación nos comunica a su vez nueva luz.

Debemos aquí dirigir con reverencia la mirada de nuestra alma hacia el santuario de la Trinidad adorable, debemos escuchar lo que Jesucristo ha querido -tanto para alimentar nuestra piedad como para ejercitar nuestra fe- bien revelarnos por sí mismo, bien proponernos por medio de su Iglesia, acerca de la vida íntima de Dios.

En Dios, como sabéis, podemos contemplar al Padre al Hijo y al Espíritu Santo, tres personas distintas con una esencia o naturaleza única. Inteligencia infinita, el Padre conoce perfectamente sus perfecciones y expresa este conocimiento en una palabra única, el Verbo, palabra viviente, sustancial, expresión adecuada de lo que es el Padre. Al proferir esta palabra, el Padre engendra a su Hijo, a quien comunica toda su esencia, su naturaleza, sus perfecciones, su vida: «Como el Padre tiene vida en sí mismo, de igual modo ha concedido tener vida en sí mismo al Hijo» (Jn 5,26).

El Hijo es enteramente igual al Padre; está entregado a El por una donación total, que arranca de su naturaleza de Hijo, y de esta donación mutua de un solo y mutuo amor procede como de un principio único el Espíritu Santo, que sella la unión del Padre y del Hijo, siendo su amor viviente y sustancial. Esta comunicación mutua de las tres personas, esta adherencia infinita y llena de amor de las personas divinas entre sí, constituye seguramente una nueva revelación de la santidad en Dios, que es la unión de Dios consigo mismo, en la unidad de su naturaleza y en la trinidad de personas.

[Digamos para las almas que estén algo más iniciadas en cuestiones teológicas, que cada una de las tres Personas es idéntica a la esencia divina, y, por consiguiente, santa, con una santidad sustancial, porque obra conforme a esa esencia considerada como norma suprema de vida y de actividad.- Añadamos que las Personas son santas, porque cada una de ellas se entrega y existe para las otras en un acto de adhesión infinita.- Finalmente, la tercera persona se llama particularmeute santa, porque procede de las otras dos por amor. El amor es el acto principal por el cual la voluntad propende a su fin, y se uue a él; significa el acto más eminente de adhesión a la norma de toda bondad, es decir. de santidad, y por esto el Espíritu, que en Dios procede por amor, lleva el nombre de Santo por excelencia. He aquí el texto de Santo Tomás qne nos expone esta hermosa y profunda doctrina: Cum bonum amatum habeat rationem finis. ex fine autem motus voluntarius bonus vel malus, redditur, necesse est quod amor quo ipsum bonum amatur, quod Deus est, eminentem quandam obtineat bonitatem, quæ nomine sanctitatis exprimitur... Igitur Spiritus quo nobis insinuatur amor quo Deus se amat, Spiritus Sanctus nominatur (Opuscula Selecta). Por esto se ve que por la consideración de la Trinidad de personas se llega a tener un conocimiento más profundo de la santidad divina].

Dios encuentra en esta vida divina, inefablemente una y fecunda, toda su felicidad esencial. Para existir, Dios sólo tiene necesidad de sí mismo y de sus perfecciones; encuentra toda felicidad en las perfecciones de su naturaleza y en la sociedad inefable de sus personas, y, por tanto, no necesita de ninguna criatura; toda la gloria que brota de sus perfecciones infinitas la refiere Dios a sí mismo, en sí mismo, en la augusta Trinidad.

Dios ha decretado, como sabéis, hacernos participes de esa vida íntima que es exclusivamente suya; quiere comunicarnos esa beatitud sin límites que tiene sus fuentes en la plenitud del Ser infinito. Por tanto -y éste es el primer punto de la exposición de San Pablo sobre el plan divino-, nuestra santidad consistirá en adherirnos a Dios conocido y amado, ya no simplemente como autor de la creación, sino como se conoce y se ama a sí mismo, en la felicidad de su Trinidad; esto será estar unidos a Dios hasta el punto de participar de su vida íntima.- Pronto veremos por qué medios maravillosos realiza Dios este plan; detengámonos ahora un instante a considerar la grandeza del don que nos ha hecho. Llegaremos a formarnos una idea de ello si nos fijamos en lo que pasa en el orden natural.

Mirad el mineral: no vive, no tiene dentro de sí el principio interior fuente de actividad; el mineral posee una participación del ser con ciertas propiedades, pero su modo de existir es muy inferior.- Mirad la planta: vive, se mueve armoniosamente de una manera constante y con leyes fijas, hacia la perfección de su ser; pero esta vida está en el grado último, porque la planta no posee conocimiento.- Aunque superior a la vida de la planta, la del animal está limitada a la sensibilidad y a las necesidades del instinto.- Con el hombre subimos ya a una esfera más elevada: la razón y la voluntad libre caracterizan la vida propia del ser humano, pero el hombre es también materia.- Encima de él está el ángel, espíritu puro, cuya vida señala la cima en el dominio de la creación.- Infinitamente sobre todas estas vidas creadas y participadas, existe la vida divina, vida increada, vida absolutamente trascendente, plenamente autónoma e independiente, y superior a las fuerzas de toda criatura; vida necesaria, subsistente en sí misma; inteligencia ilimitada, Dios abarca, por un acto eterno de intelección, lo infinito y todos los seres cuyo prototipo se encuentra en El, voluntad soberana, se une sin peligro de desasirse nunca al bien supremo, que no es otro que El mismo, en esta vida divina que se desenvuelve con toda plenitud, encuéntrase la fuente de toda perfección y el principio de toda felicidad.

Esta vida divina es la que Dios nos quiere comunicar, y el participar de ella constituye nuestra santidad, y como para nosotros esta participación tiene grados diversos, cuanto más intensa sea, mayor y más elevada será nuestra santidad.

No olvidemos que «Dios ha resuelto» darse a nosotros únicamente por amor.- En Dios, lo único necesario son las inefables comunicaciones de personas divinas entre sí [necesarias en cuanto que no pueden no ser. +Santo Tomás, I, q.41, a.2, ad 5]. Esas relaciones mutuas pertenecen a la esencia misma de Dios; en ellas consiste la vida de Dios. Toda otra comunicación que Dios quiere hacer de sí mismo es fruto de un amor soberanamente libre; pero como ese amor es divino, el don lo es también. Dios ama divinamente: se entrega a sí mismo. Nosotros estamos llamados a recibir en una medida inefable esa comunicación divina; Dios trata de darse a nosotros, no solamente como belleza suprema, objeto de contemplación, sino de unírsenos para no formar, en cuanto sea posible, más que una misma cosa con nosotros. «¡Oh Padre, decía Jesucristo en la última cena, que mis discípulos sean uno en nosotros como Tú y yo somos uno, a fin de que encuentren en esta unión el goce sin fin de nuestra propia beatitud»; «para que en ellos habite plenamente mi gozo» (Jn 17,11-13; +15,11).

4. Realización de este decreto por la adopción divina mediante la gracia: carácter sobrenatural de la vida espiritual

¿Cómo realiza Dios este designio magnífico, por el cual quiere que tomemos parte en esta vida que excede las proporciones de nuestra naturaleza, que supera sus derechos y sus energías propias, que no es reclamada por ninguna de sus exigencias, sino que sin destruir esa naturaleza viene a colmarla de una felicidad que el corazón humano es incapaz de sospechar? ¿Cómo va Dios a hacernos «entrar en la sociedad inefable» (1Jn 1,3) de su vida divina para que seamos partícipes de su eterna beatitud? Adoptándonos por hijos suyos. Por una voluntad infinitamente libre, pero llena de amor: «Según el decreto de su voluntad» (Ef 1,5), Dios nos predestina a ser, no sólo criaturas, sino también hijos suyos (Ef 1,5) para hacernos así «partícipes de su naturaleza divina» (2Pe 1,4). Dios nos adopta por hijos. ¿Qué quiere decir con esto San Pablo? ¿Qué es la adopción humana?

Es la admisión de un extraño en una familia. Por la adopción, el extraño llega a ser miembro de la familia, toma su nombre, recibe el título, con derecho a heredar los bienes. Pero para poder ser adoptado, es preciso ser de la misma raza; para ser adoptado por un hombre es preciso ser miembro de la raza humana.- Pues bien; nosotros, que no somos de la raza de Dios, que somos pobres criaturas, que estamos por nuestra naturaleza más lejos de Dios que el animal del hombre, que nos hallamos infinitamente distantes de Dios: «Extraños y advenedizos» (Ef 2,19), ¿cómo podremos ser adoptados por Dios?

He aquí el milagro de la sabiduría, del poder y de la bondad de Dios. Dios nos da una participación misteriosa de su naturaleza que llamamos «gracia»: «Para haceros partícipes de la naturaleza divina» (2Pe 1,4). [San Pedro no dice que llegamos a ser participantes de la esencia divina, sino de la naturaleza divina, es decir, de esa actividad que constituye la vida de Dios, y que consiste en el conocimiento y el amor fecundo y beatificante de las Personas divinas].

La gracia es una cualidad interior producida por Dios en nosotros, inherente al alma, adorno del alma, que hace al alma agradable a Dios, del mismo modo que, en el dominio de la naturaleza, la belleza y la fuerza son cualidades del cuerpo, el genio y la ciencia del espíritu, el valor y la lealtad del corazón. Según Santo Tomás, esa gracia es una «semejanza participada de la naturaleza de Dios» [participata similitudo divinæ naturæ. III, q.62, a.1. Por esto se dice en Teología que la gracia es deiforme, para significar la semejanza divina que produce en nosotros]. La gracia nos hace participantes de la naturaleza divina, de una manera que no podemos comprender del todo; nos eleva a un estado que no nos correspondería por naturaleza, en cierto modo llegamos a ser dioses. No nos hacemos iguales, sino semejantes a Dios; por eso nuestro Señor decía a los judios: «¿Acaso no está escrito en vuestros Libros Santos: Yo he dicho: Vosotros sois dioses?» (Jn 10,34).

Por tanto, nuestra participación en esta vida divina se realiza por medio de la gracia, en virtud de la cual nuestra alma recibe la capacidad de conocer a Dios como Dios se conoce, de amar a Dios como Dios se ama, de gozar de Dios como Dios está henchido de su propia beatitud, y de vivir así de la vida del mismo Dios.

Tal es el misterio inefable de la adopción divina. Pero hay una profunda diferencia entre la adopción divina y la humana. Esta no es más que exterior, ficticia, garantizada, sin duda, por un documento legal, pero sin llegar hasta la naturaleza de aquel que es adoptado.- Dios, por el contrario, al adoptarnos, al darnos la gracia, llega hasta el fondo de nuestra naturaleza; sin cambiar lo que es esencial en el orden de esa naturaleza, la levanta interiormente por su gracia hasta el punto que llégamos a ser verdaderamentc hijos de Dios; este acto de adopción tiene tal eficacia, que nos hace de una manera realísima, mediante la gracia, participantes de la naturaleza divina, y porque la participación de la gracia divina constituye nuestra santidad, esta gracia se llama santificante.

La consecuencia de ese decreto divino de nuestra adopción, de esa predestinación tan llena de amor por la que Dios se digna hacernos hijos suyos, es dar a nuestra santidad un carácter especial. ¿Qué carácter es ése? Que nuestra santidad es sobrenatural.

La vida a que Dios nos eleva es, con respecto a nosotros como con respecto a toda criatura, sobrenatural, es decir, que excede las proporciones, los derechos y las exigencias de nuestra naturaleza. No hemos, pues, de ser santos como simples criaturas humanas, sino como hijos de Dios, por actos inspirados y animados por la gracia. La gracia llega a ser en nosotros el principio de una vida divina. ¿Qué es vivir? -Vivir, para nosotros, es movernos en virtud de un principio interior, fuente de acciones que nos impulsan a la perfección de nuestro ser. En nuestra vida natural se injerta, por decirlo así, otra vida cuyo principio es la gracia; la gracia viene a ser en nosotros fuente de acciones y operaciones, que son sobrenaturales y se encaminan a un fin divino: poseer a Dios algún día y gozar de El, como El se conoce y goza en sus perfecciones.

Es este punto de capital importancia, y desearía que nunca le perdieseis de vista. Dios podía haberse contentado con aceptar de nosotros el homenaje de una religión natural; ésta hubiera sido la fuente de una moralidad humana, natural también, de una unión con Dios conforme a nuestra naturaleza de seres racionales, fundada en nuestras relaciones de criaturas con el Creador y en nuestras relaciones con los semejantes.

Pero Dios no quiso limitarse a esta religión natural. Nos hemos encontrado ciertamente con hombres que no están bautizados, y que, sin embargo de ello, son rectos, leales, íntegros, equitativos, justos y compasivos, pero allí no hay más que una honradez natural [hay que añadir, además, que a causa de los malos instintos, secuela del pecado original, esta honradez, puramente natural, raras veces es perfecta]. Sin rechazarla, todo lo contrario, Dios no se contenta con ella. Porque ha decidido hacernos partícipes de su vida infinita, de su propia beatitud -lo cual representa para nosotros un destino sobrenatural- por el hecho de habernos otorgado su gracia, Dios quiere que nuestra unión con El sea una unión, una santidad sobrenatural, que tenga a esa gracia como origen y principio.

Fuera de este plan, no hay para nosotros más que la perdición eterna. Dios es dueño de sus dones, y desde toda la eternidad ha decretado que no llegaremos a ser santos delante de El sino viviendo por la gracia como hijos de Dios. ¡Oh Padre Celestial, concédeme que guarde mi alma la gracia que hace de mí un hijo tuyo! ¡Presérvame de todo el mal que podría alejarme de ti!

5. El plan divino desbaratado por el pecado, restablecido por la Encarnación

Como sabéis, Dios realizó su designio desde la creación del primer hombre: Adán recibió para sí y para su descendencia la gracia que hacía de él un hijo de Dios. Mas por culpa suya perdió, tanto para sí como para su descendencia, ese don divino; después de su desobediencia todos nacemos pecadores, despojados de esa gracia que nos haría hijos de Dios. En vez de hijos de Dios somos hijos de ira (Ef 2,3), enemigos de Dios, hijos condenados a su indignación: El pecado ha destruido todo el plan de Dios.

Pero Dios, dice la Iglesia, se ha mostrado más admirable en la restauración de sus designios que en la creación misma. «¡Oh Dios, que de un modo maravilloso creaste la excelsa dignidad de la naturaleza humana, y de forma aun más maravillosa la restauraste!» [Deus qui humanæ substantiæ dignitatem mirabiliter condidisti et mirabilius reformasti. Ofertorio de la misa.].

¡Cómo!, ¿qué maravilla es ésta?

Este misterio es la Encarnación.

Dios va a restaurarlo todo por el Verbo encarnado. Tal es el misterio escondido desde los siglos en la mente divina (Ef 3,9), que San Pablo viene a revelarnos: Cristo, HombreDios, será nuestro mediador; El nos reconciliará con Dios y nos devolverá la gracia. Y como este gran designio ha sido previsto desde toda la eternidad, tiene razón San Pablo cuando nos habla de él como de un misterio siempre presente. Este es el último rasgo con que el Apóstol acaba por darnos a conocer el plan divino.

Oigámosle con fe, porque tocamos aquí en el corazón mismo de la obra divina.

El pensamiento divino es constituir a Cristo jefe de todos los redimidos, «de todo lo que tiene un nombre en este mundo y en el siglo venidero» (ib. 1,21), a fin de que por El, con El y en El lleguemos todos a la unión con Dios y realicemos la santidad sobrenatural que Dios exige de nosotros. No hay pensamiento más claro en todas las Epístolas de San Pablo, ninguno de que esté más convencido, ni que trate de poner más de relieve.- Leed todas sus Epístolas: veréis que sin cesar vuelve sobre él hasta el punto de formar con él el fondo casi único de su doctrina. Ved: en el pasaje de la Epístola a los Efesios que he citado al comenzar. ¿Qué nos dice? -«Dios nos ha elegido en Cristo para que seamos santos, nos ha predestinado a ser sus hijos adoptivos por Cristo... y nosotros somos agradables a sus ojos en su querido Hijo». Dios ha resuelto «restaurarlo todo en su Hijo Jesús» (Ef 1,10). O mejor, según el texto griego, «ha resuelto colocar todas las cosas bajo Cristo, como bajo un jefe único». Cristo está siempre en el primer plano de los pensamientos divinos.

¿Cómo se realiza esto?

El Verbo, cuya generación eterna adoramos «en el seno del Padre», in sinu Patris, «se hizo carne» (Jn 1,14). La Santísima Trinidad ha creado una humanidad semejante a la nuestra y desde el primer instante de su creación la ha unido de una manera inefable e indisoluble a la persona del Verbo del Hijo, de la segunda persona de la Trinidad beatísima. Este Dios-Hombre es Jesucristo. Esta unión es tan estrecha, que no forma mas que una sola persona la del Verbo. «Dios perfecto», por su naturaleza divina, el Verbo se hace, por su encarnación, «hombre perfecto». Al hacerse hombre continúa siendo Dios.- «Continuó siendo lo que era; asumiendo lo que no tenía» [Quod fuit permansit, quod non erat assumpsit. Ant. del Oficio de la Circuncisión]; -el hecho de haber tomado una naturaleza humana para unírsela, no ha disminuido su divinidad.

En Jesucristo, Verbo encarnado, se han unido las dos naturalezas sin mezcla, sin confusión; permanecen distintas, a pesar de estar unidas en la unidad de la persona; y a causa del carácter personal de esta unión, Cristo es propiamente Hijo de Dios. «Posee la vida de Dios». «Como el Padre tiene vida en sí mismo, de igual modo ha dado al Hijo el poseer en sí mismo la vida» (Jn 5,26). La misma vida divina que subsiste en Dios, es la que llena la humanidad de Jesús. El Padre comunica su vida al Verbo, al Hijo, y el Verbo la comunica a la humanidad, que ha unido a sí personalmente. De ahí que al mirar a nuestro Señor, el Padre Eterno le reconoce «como su verdadero Hijo». «Tú eres mi Hijo; hoy te he engendrado» (Sal 2,7; Heb 5,5).- Y por ser su Hijo, porque esta humanidad es la humanidad de su Hijo, posee esta humanidad una comunicación plena y perfecta de todas las perfecciones divinas. «El alma de Cristo está henchida de todos los tesoros de la ciencia y de la sabiduría de Dios» (Col 2,3). «En Cristo, dice San Pablo, habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad» (Col 2,9); la santa humanidad está «llena de gracia y de verdad» (Jn 1,14).

El Verbo hecho carne es, pues, adorable lo mismo en su humanidad que en su divinidad, porque debajo de esta humanidad se encubre la vida divina.- «Oh Cristo Jesús, Verbo encarnado, yo me postro delante de ti, porque tú eres el Hijo de Dios, igual a tú Padre. Eres verdaderamente el Hijo de Dios. Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero. Eres el Hijo muy amado del Padre, aquel en quien El tiene todas sus complacencias. Yo te amo y te adoro» [venite, adoremus!].

Pero esta plenitud de la vida divina que habita en Jesucristo, debe derramarse hasta nosotros y llegar a todo el género humano, y ésta es una revelación admirable que nos llena de gozo.

La filiación divina que pertenece a Cristo por naturaleza y que le convierte en «el Hijo propio y único de Dios» debe extenderse hasta nosotros por la gracia, de manera que «Jesucristo, en el pensamiento del Padre, no es sino el primogénito de una multitud de hermanos» que son hijos de Dios por la gracia como El lo es por naturaleza. «Nos predestinó para que seamos conformes a la imagen de su Hijo, para que El llegue a ser el primogénito entre muchos hermanos» (Rm 8,29).

Nos hallamos ahora en el punto central del plan divino: La adopción divina la recibimos de Jesucristo y por Jesucristo. «Dios ha enviado a su Hijo al mundo, para darnos su adopción» (Gál 4,5). La gracia de Cristo, Hijo de Dios, se nos comunica a fin de que sea en nosotros el principio de la adopción. Y todos nosotros debemos recurrir a la plenitud de la vida divina y de la gracia de Jesucristo. San Pablo después de haber dicho que la plenitud de la divinidad habita corporalmente en Cristo, añade a modo de consecuencia: «En El lo tenéis todo plenamente, porque El es vuestro jefe» (Col 2,10; Ef 4,15). Y San Juan, después de habernos mostrado al Verbo hecho carne, lleno de gracia y de verdad, añade: «Todos nosotros hemos recibido de su plenitud» (Jn 1,16).

Así, no solamente nos «ha elegido el Padre en Cristo» desde la eternidad: Elegit nos in ipso -notad el término: in ipso: nos ha elegido «en Cristo»; todo lo que hay fuera de Cristo no existe, por decirlo así, en el pensamiento divino-; sino que hasta la gracia misma, instrumento de la adopción a que estamos destinados, la recibimos por Jesucristo. «Dios nos ha predestinado para ser adoptados como hijos por medio de Jesucristo» (Ef 1,5). «Somos hijos como Jesús: El por naturaleza, nosotros por gracia; El, Hijo propio y natural; nosotros, adoptivos» (ML 68, 701). Por medio de Jesucristo entramos en la familia de Dios; de El y por El nos viene la gracia y con ella la vida divina: «Yo soy la vida... vine para que tengan la vida y muy copiosa» (Jn 10,10).

Tal es la fuente misma de nuestra santidad. Como todo Jesucristo puede resumirse en la filiación divina, así todo el cristiano se resume en la participación, por Jesucristo y en Jesucristo, de esta filiación. Nuestra santidad no es otra cosa; cuanto más participemos de la vida divina por la comunicación que Jesucristo nos hace de su gracia, cuya plenitud posee El perpetuamente, más elevado será el grado de nuestra santidad. Cristo no es sólo santo en sí mismo, es nuestra santidad. Toda la santidad que Dios ha destinado a las almas ha sido depositada en la humanidad de Cristo, y de esta fuente debemos nosotros beberla.

«¡Oh Cristo Jesús!», cantamos nosotros con la Iglesia en el Gloria de la Misa: «Oh Cristo Jesús. Tú solo eres santo» [Tu solus sanctus, Iesu Christe]. Tú solo eres santo, porque posees la plenitud de la vida divina; Tú solo eres santo, porque sólo de Ti puede venir nuestra santidad. «Tú, como dice tu gran Apóstol, has llegado a ser nuestra justicia, nuestra sabiduría, nuestra redención y nuestra santidad» (1Cor 1,30). En Ti lo hallamos todo, al recibirte a Ti lo recibimos todo, porque cuando tu Padre, que es nuestro Padre, «te dio a nosotros, como Tú mismo lo has dicho (Jn 20,17), nos lo dio todo». «¿Cómo juntamente con El no iba a darnos todas las demás cosas?» (Rm 8,32). Todas las riquezas, toda la fecundidad sobrenatural de que está lleno el mundo de las almas nos vienen únicamente de ti. «En Cristo tenemos la redención... según las riquezas de su gracia, que copiosamente nos ha comunicado (Ef 1,8). Por tanto, para Ti sea toda alabanza, oh Cristo, y que por Ti toda alabanza suba hasta tu Padre, por el «don inenarrable» que nos ha hecho dándote a nosotros.

6. Universalidad de la adopción divina: amor inefable que manifiesta

Todos debemos participar de la santidad de Jesucristo. No excluye a nadie de la vida que trajo al mundo y por la cual nos hace hijos de Dios. «Por todos ha muerto Cristo» (2Cor 5,15); por El las puertas de la vida eterna han sido abiertas a todo el género humano; El es el primogénito, como dice el Apóstol, pero es primogénito de «una muchedumbre de hermanos» (Rm 8,29). El Padre Eterno quiere que Cristo, su Hijo, sea constituido jefe de un reino, del reino de sus hijos. El plan divino quedaría incompleto si Cristo permaneciese solo, aislado. «Para gloria suya y para gloria del Padre» (Ef 1,6). Cristo debe ser jefe de una multitud innumerable que es como su «complemento» (pleroma), y sin el cual, en cierto modo, no sería perfecto.

San Pablo lo dice clarísimamente en su Epístola a los Efesios, en la que traza el plan divino: «Dios ha hecho a Cristo sentarse a su derecha en los cielos, por encima de todo principado, de toda autoridad, de todo poder, de toda dignidad y de todo nombre que se puede nombrar no sólo en el siglo presente, sino también en el siglo venidero. Todo lo ha puesto bajo sus pies y le ha dado por jefe supremo a la Iglesia, que es su cuerpo» (ib. 1,20-23). Esta asamblea, esta Iglesia es la que Jesucristo ha rescatado, según la palabra del mismo Apóstol, para que aparezca en el último día «sin mancha ni lunar, toda santa e inmaculada» (ib. 5,27). Esta Iglesia, este reino, empieza a formarse aquí abajo; éntrase en ella por el Bautismo, y mientras estamos en la tierra, vivimos en su seno por la gracia, en la fe, la esperanza y la caridad; pero llegará un día en que contemplemos su cabal perfeccionamiento en los cielos, entonces se realizará el reino de la gloria, en la claridad de la visión; el goce de la posesión y la unión sin fin.

Ved por qué decía San Pablo: «la gracia de Dios es la vida eterna, traída al mundo por Cristo» (Rm 6,23).

Aquí está el gran misterio de los pensamientos divinos. ¡Oh, asi conocieses el don de Dios»! Don inefable en sí mismo e inefable sobre todo en su fuente, que es el amor. Dios quiere hacernos participar, como a hijos suyos, de su propia beatitud, precisamente porque nos ama: «Para que se nos considere como hijos de Dios y para que lo seamos en realidad» (1Jn 3,1). Sólo un amor infinito puede otorgarnos un don semejante, porque, como dice San León: «Es don que supera a todos los dones el que Dios llame al hombre hijo suyo y el hombre llame a Dios su padre» [Omnia dona excedit hoc donum ut Deus hominem vocet filium et homo Deum nominet Patrem. Serm. VI de Nativ.]. Cada uno de nosotros puede decirse con toda verdad: «Dios me ha creado y me ha llamado por el Bautismo a la adopción divina, por un acto particular de su amor y su benevolencia, porque en su plenitud y en su opulencia divina, Dios no tiene necesidad de criatura alguna: «Nos ha engendrado libérrimamente por un acto de su voluntad» (Sant 1,18). Dios «me ha escogido», por un acto especial de dilección y de complacencia, para ser elevado infinitamente por encima de mi condición natural, para gozar por siempre jamás de su propia beatitud, para realizar uno de sus pensamientos divinos, para ser una voz en el concierto de los elegidos, para ser uno de esos hermanos que son semejantes a Jesús y participan sin fin de su celestial herencia.

Este amor se manifiesta con un fulgor especial en el modo como se realiza el plan divino, en «Cristo Jesús».

«Dios ha manifestado su amor hacia nosotros enviando a su Hijo único al mundo para que vivamos por El» (1Jn 4,9). Sí; «Dios nos ama hasta tal punto, que para mostrarnos ese amor, nos ha dado a su propio Hijo» (Jn 3,16). Nos ha dado a su Hijo para que su Hijo sea nuestro hermano y nosotros seamos un día sus coherederos, tomando parte en las riquezas de su gracia y de su gloria (Ef 2,7).

Tal es, en su majestuosa profundidad, en su sencillez misericordiosa, el plan de Dios sobre nosotros. Dios quiere nuestra santidad, la quiere porque nos ama infinitamente, y nosotros debemos quererla con El. Dios quiere santificarnos, haciéndonos participar de su misma vida y para ello nos adopta como hijos suyos y herederos de su gloria infinita y de su bienaventuranza eterna. La gracia es el principio de esta santidad, sobrenatural en su fuente, en sus actos, en sus frutos. «Pero Dios no nos eleva a esa adopción sino por su Hijo Jesucristo», sólo en El y por El quiere unirse a nosotros, y que nosotros nos unamos a El: «Nadie llega al Padre si no es por mediación mía» (Jn 14,6). Cristo es el camino, el camino único para llevarnos a Dios; «sin El nada podemos hacer» (ib. 15,5). «No hay para nuestra santidad otro fundamento que el que Dios ha querido establecer, es decir, la unión con Cristo» (1Cor 3,11).

Así, Dios comunica la plenitud de su vida divina a la humanidad de Cristo y por ella a todas las almas «en la medida de su predestinación en Cristo Jesús» (Ef 4,7).

Comprendamos que no podemos ser santos sino en la medida en que la vida de Jesucristo se halle en nosotros. Esta es la única santidad que Dios nos pide, no hay otra -y no llegaremos a ser santos sino en Jesucristo- de lo contrario, nunca lo sercmos. La creación no contiene en sí misma ni un átomo de esta santidad- toda ella deriva de Dios por un acto soberanamente libre de su voluntad omnipotente, y por esto es sobrenatural.

San Pablo nos hace notar más de una vez lo gratuito del don divino de la adopción, la eternidad del amor inefable que ha resuelto hacernos participar de este don, y el medio admirable de su realización por la gracia de Jesucristo: «Acuérdate, escribe a su discípulo Timoteo, que Dios nos ha escogido con vocación santa, no por nuestras obras, sino por mera benevolencia, y conforme a la gracia que antes de todos los siglos nos ha sido dada en Jesucristo» (2Tim 1,9). «Habéis sido salvados y santificados de pura gracia, escribía a los fieles de Efeso, y no por vuestras propias fuerzas, a fin de que nadie pueda gloriarse en sí mismo» (Ef 2,8-9).

7. Fin primordial del plan de Dios: la gloria de Jesucristo y de su Padre en la unidad del Espiritu Santo

[El Concilio Vaticano I definió que Dios sacó libremente a la criatura de la nada, por un acto de su bondad y de su omnipotencia al mismo tiempo, no para aumentar su bienaventuranza, ni para poner el sello a su perfección, sino para manifestar esa perfección por medio de los bienes de que colma a sus criaturas (Const. Dogm. De Fide Catholica). En el canon 4, el Concilio anatematiza «al que niegue que el mundo ha sido creado para la gloria de Dios».- De estos textos se desprende que Dios ha creado el mundo para su gloria, que esta gloria consiste en la manifestación de sus perfecciones, por los dones que derrama sobre sus criaturas, que el motivo que le determina libremente a glorificarse de este modo es su bondad (o formaliter, el amor de su bondad). Dios une, por tanto, la felicidad de la criatura a su gloria: glorificar a Dios es nuestra bienaventuranza. «Los dones de Dios, dice Dom L. Janssens, no tienen otra fuente ni otro fin que la bondad suprema, cuya expresión más compendiada es su gloria». Pues bien; el don por excelencia, del que emanan para nosotros todos los demás, es el de la unión hipostática en Cristo: Sic Deus dilexit mundum ut Filium suum unigenitum daret... quomodo cum illo non omnia nobis donavit? (Jn 3,16; Rm 8,32)].

Toda la gloria, en efecto, debe encaminarse a Dios. Esta gloria es el fin fundamental de la obra divina. Pablo nos lo muestra al terminar con estas palabras su exposición del plan de la Providencia: «En alabanza de la gloria de su gracia» (Ef 1,6).

Si Dios nos adopta por hijos suyos, si realiza esta adopción por la gracia, cuya plenitud está en su Hijo Jesús, si quiere que tomemos parte en la felicidad de la herencia eterna de Cristo, es únicamente con miras a la exaltación de su gloria.

Fijaos con qué insistencia, al exponernos el plan divino en las palabras que cité al principio, se detiene San Pablo en ese punto: «Dios nos ha elegido... para exaltación de la gloria de su gracia» (Ef 1,6) [hay que notar en el texto griego el empleo de la preposición eis, que indica el fin que se persigue de una manera activa], y más abajo vuelve dos veces a la misma idea. «Dios nos ha predestinado para que sirvamos de alabanza a su gloria» (Ef 1,12 y 14) [+Fil 1,11: «Sed puros e irreprochables hasta el día en que Cristo aparezca, llenos de los frutos de la justicia que El os ha acarreado por su gracia para gloria y alabanza de Dios»]. La primera frase del Apóstol es sobremanera expresiva: no dice «para que se celebre su gracia», sino «para que se celebre la gloria de su gracia», lo cual quiere decir que esta gracia será rodeada del esplendor que acompaña siempre a los vencedores.

¿Por qué habla así San Pablo? -Es que, para darnos la adopción divina, Cristo ha tenido que triunfar de los obstáculos creados por el pecado; pero estos obstáculos no han servido más que para hacer resaltar a los ojos del mundo las maravillas divinas en la obra de nuestra restauración sobrenatural [mirabiliter condidisti et mirabilius reformasti. Ordinario de la Misa]. Cada uno de los elegidos es fruto de la sangre de Jesús y de las operaciones admirables de su gracia y todos los elegidos juntos son otros tantos trofeos adquiridos por esa sangre divina; de aquí que constituyan una gloriosa alabanza de Cristo y de su Padre (Ef 1,12 y 14).

Os decía, al comenzar, que la perfección divina, particularmente cantada por los ángeles, es la santidad: Sanctus, Sanctus, Sanctus.- Mas ¿cuál es el clamor de alabanza que en el cielo se eleva de entre el coro de los elegidos? ¿Cuál es el cántico incesante de esta muchedumbre inmensa que constituye el reino cuya cabeza es Cristo «¡Oh, Cordero inmolado, Tú nos has rescatado, Tú nos has devuelto los derechos a la herencia y has hecho que podamos tomar parte en ella; a Ti y a Aquel que está sobre el trono sentado, la alabanza, el honor, la gloria y el poder!» (Ap 5,9 y 14). Este es el cántico de alabanza que resuena en el cielo para exaltar los triunfos de la gracia de Jesús (Ef 1,6).

Unirnos desde ahora aquí abajo a este cántico de los elegidos es entrar en los pensamientos eternos. Mirad a San Pablo: al escribir esta admirable epístola a los Efesios, se encuentra entre cadenas, pero en el momento en que se dispone a revelar el misterio oculto desde los siglos, de tal manera se halla deslumbrado por la grandeza de ese misterio de la adopción divina en Jesucristo, hasta tal punto le fascinan las «riquezas insondables» que tenemos en Jesús que, a pesar de sus privaciones, no puede menos de lanzar desde el principio de su carta un grito de alabanza y de acción de gracias: «¡Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda suerte de bendiciones espirituales!» (Ef 1,3).- Sí, bendito sea el Padre Eterno, que nos ha llamado a sí desde toda la eternidad para hacernos sus hijos y darnos el derecho a participar en su propia vida y en su propia bienaventuranza; que para realizar sus designios nos ha dado en Jesucristo todos los bienes, todas las riquezas, todos los tesoros, de suerte que «en El nada nos falta» (1Cor 1,7)

He aquí el plan divino:

El ejercicio de toda nuestra santificación consiste en comprender cada vez mejor, a la luz de la fe, esta idea íntima de Dios [Sacramentum absconditum], en entrar en el pensamiento divino, y realizar en nosotros las miras eternas del Creador.

El, que quiere salvarnos y hacernos santos, ha trazado el plan con una sabiduría que corre parejas con su bondad; ajustémonos a ese pensamiento divino, que quiere que cifremos la santidad en nuestra conformidad con Jesucristo. Fuera de esa conformidad, repetimos una vez más, no hay otra santidad ni otro camino para alcanzarla; y ya que ser «agradable a Dios» constituye todo el fundamento de la santidad, no podemos ser agradables al Padre Eterno si no reconoce en nosotros los rasgos de su divino Hijo. Y para ello es menester que de tal suerte nos identifiquemos con Cristo, por la gracia y las virtudes, que el Padre celestial, al mirar nuestras almas, nos reconozca como sus verdaderos hijos. y pueda depositar en nosotros sus complacencias, como lo hacía al contemplar a Jesucristo en la tierra. Cristo es su Hijo muy amado y en El llegaremos nosotros a vernos henchidos de todas las bendiciones que nos conducirán a la plenitud de nuestra adopción en la celestial bienaventuranza.

¡Qué hermoso es repetir ahora, a la luz de esas verdades tan sublimes y consoladoras, la oración que Jesús, el Hijo muy amado del Padre, puso en nuestros labios, y que, viniendo de El, es la oración por excelencia del hijo de Dios: «¡Oh Padre Santo, que estás en los cielos, nosotros somos tus hijos, puesto que quieres llamarte nuestro Padre; sea tu nombre santificado, honrado y glorificado, y tus perfecciones alabadas y ensalzadas más y más en la tierra; reproduzcamos en nosotros mismos, por nuestras obras, el esplendor de tu gracia; ensancha, pues, tu reino; acreciéntese sin cesar ese reino, que es también el de tú Hijo, puesto que Tú le has constituido jefe de él; sea verdaderamente tu Hijo el rey de nuestras almas; que manifestemos esta realeza en nosotros mismos por el cumplimiento perfecto de tu voluntad; como El, «procuremos sin cesar unirnos a Ti realizando siempre tu voluntad» (Jn 8,29) tu pensamiento eterno sobre nosotros, a fin de hacernos semejantes en todas las cosas a tu Hijo Jesús, y ser por El dignos Hijos de tu amor!

 

2  Jesucristo, modelo único de toda perfección

Causa exemplaris

 

Fecundidad y aspectos diversos del misterio de Cristo

Cuando leemos las Epístolas que San Pablo dirigía a los cristianos de su tiempo, no puede menos de impresionarnos la insistencia con que habla de nuestro Señor Jesucristo. Sin cesar vuelve sobre este tema, del cual está por otra parte, tan penetrado, que para él, «Cristo es su vida» (Fil 1,21); así «que encuentra todo su placer en consumirse por Cristo y sus miembros» (2Cor 12,15).

Escogido e instruido por el mismo Jesús para ser en el mundo el heraldo de su misterio (Ef 3,8-9), de tal manera penetró en lo más hondo de las profundidades de este misterio, que su único deseo es manifestarle para hacer conocer y amar la persona adorable de Cristo.- A los Colosenses escribe que lo que le llena de gozo, en medio de sus tribulaciones, es el pensamiento «de haber anunciado el misterio oculto a las antiguas generaciones y revelado en la actualidad a los fieles, porque es a ellos a quienes Dios se ha dignado dar a conocer las maravillosas riquezas de ese arcano que es Cristo» (Col 1,26-27). En la prisión le anuncian que hay, además de él, otros que predican a Cristo; los unos lo hacen por espíritu de emulación, para hacerle la contra, los otros con buenas intenciones; ¿muestra por esto la menor pena o la más leve señal de celos? Al contrario. Con tal que Cristo sea predicado, ¿qué importa? «De cualquier modo que se haga, sea con buenas intenciones, sea con fines bastardos, me alegro y me alegraré» (Fil 1,15 y sig.). De esta manera dirige a Jesucristo toda su ciencia, toda su predicación, toda su vida: «No me he preciado de saber otra cosa entre vosotros que a Jesucristo» (1Cor 2,2). En sus trabajos, en las luchas de su apostolado, una de sus alegrías es pensar que «engendra -es su propia expresión- a Cristo en las almas» (Gál 4,19).

Los cristianos de los primeros tiempos comprendían la doctrina que el gran Apóstol les enseñaba, sabían que Dios nos ha dado a su Hijo unigénito Jesucristo para que sea todo para nosotros: «nuestra sabiduría, nuestra justicia, nuestra santificación, nuestra redención» (1Cor 1,30); comprendían el plan divino: Dios ha dado a Cristo la plenitud de gracia, para que nosotros lo encontremos todo en El. De esta doctrina vivían: «Cristo... es vuestra vida» (Col 3,4), y por eso su vida espiritual era a la vez tan sencilla y tan fecunda.

Ahora bien; debemos decir que el corazón de Dios no es hoy menos amante ni su brazo menos poderoso; Dios está dispuesto a derramar sobre nosotros gracias, no digo tan extraordinarias en su carácter, pero sí tan abundantes y tan útiles, como sobre los primeros cristianos. Nos ama tanto como a ellos; están a nuestra disposición todos los medios de que ellos disponían, y además tenemos, para cobrar ánimo, los ejemplos de los santos que siguieron a Cristo. Pero somos, con mucha frecuencia, como el leproso que vino a consultar al profeta y solicitar su curación: poco faltó para que perdiese la ocasión de obtenerla, por encontrar el remedio demasiado sencillo (2Re 5,1 ss.). Nuestro Señor hace alusión a este hecho (+Lc 4,27). [Naamán, generalísimo de los ejércitos de Siria, había sido atacado de una lepra que le desfiguraba por completo. Habiendo oído hablar de las maravillas que obraba el profeta Eliseo en Samaría, se dirigió a él para pedir que le curase: «Ve y lávate siete veces en el Jordán, le dice Eliseo, y así serás curado». Esta respuesta irrita a Naamán: «Yo había creído, dijo a su séquito, que se presentaría el mismo profeta y me curaría invocando sobre mí a Yavé.- ¿Cree, acaso, este profeta, que los ríos de Siria no valen como todas las aguas de Israel? ¿Acaso no puedo arrojarme a ellos para recobrar la salud?». Y desilusionado y lleno de cólera, dispónese a emprender el camino de su país; pero sus siervos se le acercan diciéndole: «Señor: podrá ser que el profeta tenga razón; si hubiera pedido algo más difícil, ¿no lo hubieras hecho? Cuanto más debes obedecerle, madándote una cosa tan fácil». A esta sugestión, llena de buen sentido, ríndese Naamán, se lava siete veces en el Jordán y recobra la salud, según la palabra del hombre de Dios.].

Este es el caso de muchos de aquellos que emprenden el camino de la vida espiritual. Encuéntranse espíritus de tal manera aferrados a su modo de ver, que se escandalizan de la sencillez del plan divino; sin embargo de ello, tal escandalo no está exento de peligro. Estas almas, que no llegan a comprender el misterio de Cristo, se pierden en una infinidad de detalles. fatigándose con frecuencia en un trabajo sin consuelo. ¿Por qué? Porque todo cuanto el ingenio humano puede crear para nuestra vida interior no sirve de nada si no cimentamos el edificio sobre Cristo. «Nadie puede establecer otro fundamento que el que ya ha sido establecido, es decir: Jesucristo» (1Cor 3,11).

Esto nos explica el cambio que a veces se opera en ciertas almas. Han vivido años enteros de una manera estrecha, con frecuencia deprimidas, casi nunca contentas encontrando sin cesar nuevas dificultades en la vida espiritual; pero un día Dios les ha dado la gracia de comprender que Cristo lo es todo para nosotros, que es el Alfa y Omega (Ap 22,13), que fuera de El nada tenemos, que en El lo tenemos todo, y que todo lo resume en sí. A partir de ese momento, todo varía, por decirlo así, en esas almas; sus dificultades se desvanecen como las sombras de la noche a la luz del sol naciente. Desde que nuestro Señor, «el verdadero sol de nuestra vida» (Mal 4,2), ilumina plenamente a esas almas, las fecunda; ya pueden respirar a pleno pulmón, progresan y producen grandes frutos de santidad.

Sin duda las pruebas no faltarán en la vida de esas almas; frecuentemente constituirán el tributo pagado por ese perfeccionamiento interior -porque de ese modo la colaboración con la gracia divina será más vigilante y generosa-; pero todo lo que encoge el corazón, detiene el vuelo y es causa de desaliento, desaparece; el alma vive en la luz, «se dilata»: «He andado presuroso por el camino de tus mandatos cuando ensanchaste mi corazón» (Sal 118,32); simplifícase su vida; llega a comprender la insuficiencia de los medios que para su uso personal ha imaginado y ha renovado sin cesar, exigiendo que fueran como los puntales de su propio edificio espiritual: y logra, finalmente, conocer la verdad de estas palabras: «Si Tú, oh Señor, no edificas tu morada en nosotros, nosotros nunca podremos levantar una habitación digna de Ti» (Sal 126,1). En Cristo, y no en sí misma, busca la fuente de su santidad, sabe que esa santidad es sobrenatural en su principio, en su naturaleza y en su fin, y que los tesoros de santificación se hallan como amontonados en Jesús para que nosotros, tomándolos de El, participemos de ellos, y comprende entonces que no puede ser rica sino con las riquezas de Cristo.

Esas riquezas, según la palabra de San Pablo, son insondables (Ef 3,8). Jamás llegaremos a agotarlas, y cuanto de ellas digamos, quedará siempre muy por debajo de las alabanzas que se merecen.

Hay, sin embargo, tres aspectos del misterio de Cristo que es necesario considerar cuando hablamos de nuestro Señor como fuente de nuestra santificación. Tomamos esta idea de Santo Tomás, príncipe de los teólogos, que la trae al exponer su doctrina sobre la causalidad santificadora de Cristo [STh III, 1. 24, arts. 3 y 4; q.48, a.6; q.50, a.6; q.56, a.1, ad 3 y 4].

Cristo es a la vez la causa ejemplar, la causa meritoria, la causa eficiente de nuestra santidad. Cristo es el modelo uníco de nuestra perfección, el artífice de nuestra redención, el tesoro infinito de nuestras gracias, la causa eficiente de nuestra santificación.

Estos tres puntos resumen admirablemente lo que vamos a decir del mismo Cristo como vida de nuestras almas. La gracia es, efectivamente, el principio de esta vida sobrenatural de hijos de Dios, que constituye el fondo y sustancia de toda santidad. Pues bien; esta gracia se encuentra plenamente en Cristo, y todas las obras que la gracia nos hace realizar tienen su ejemplar en Jesús, además, Cristo nos ha merecido esta gracia por las satisfacciones de su vida, de su pasión y de su muerte; finalmente, Cristo produce por sí mismo esa gracia en nosotros mediante los sacramentos, y por el contacto que con El tenemos en la fe.

Pero tan ricas y fecundas son estas verdades, que debemos contemplarlas cada una en particular. En esta conferencia, consideraremos a nuestro Señor como nuestro modelo divino en todas las cosas, como el ejemplar de la santidad a que debemos aspirar. La primera cosa que hemos de considerar es el fin cuya realización perseguimos, y una vez comprendido este fin, deduciremos en seguida qué medios son los más indicados para alcanzarle.

1. Necesidad de conocer a Dios, para unirse a El: Dios se revela a nosotros en su Hijo Jesús: «Quien le ve, ve a su Padre»

Acabamos de ver que nuestra santidad no es más que una participación de la santidad divina: somos santos si somos hijos de Dios, si vivimos como verdaderos hijos del Padre celestial, dignos de la adopción sobrenatural. «Sed imitadores de Dios, dice San Pablo, como conviene a hijos muy queridos» (Ef 5,1). Jesús mismo nos dice: «Sed perfectos» -y hay que advertir que nuestro Señor se dirige a todos sus discípulos-, no con una perfección cualquiera, sino «como lo es vuestro Padre celestial» (Mt 5,48). ¿Y por qué? Porque nobleza obliga: Dios nos ha adoptado por hijos suyos y los hijos deben, en su vida, asemejarse al padre.

Para imitar a Dios, hay que conocerle. ¿Y cómo podemos conocer a Dios? -«Habita una luz inaccesible», dice San Pablo (1Tim 6,16): «Nadie, añade San Juan, vio jamás a Dios» (1Jn 4,12). ¿Cómo podremos, pues, reproducir e imitar las perfecciones de aquel a quien nos es imposible ver?

Una frase de San Pablo nos da la respuesta (2Cor 4,6): «Dios se ha revelado a nosotros por su Hijo y en su Hijo Jesucristo». Jesucristo es «el esplendor de la gloria del Padre» (Heb 1,3), «la imagen de Dios invisible» (Col 1,15), semejante en todo a su Padre capaz de revelarlo a los hombres, porque le conoce como El es conocido: «El Padre no es conocido de nadie sino del Hijo y de aquellos a quienes el Hijo quiere revelarlo» (Mt 11,27). Jesucristo, que está siempre «en el seno del Padre» (Jn 1,18), nos dice: «Yo conozco a mi Padre» (Jn 10,15); y le conoce «para revelárnoslo» (Ib. 1,18). Cristo es la revelación del Padre.

Mas ¿cómo el Hijo nos revela al Padre? -Encarnándose.- El Verbo, el Hijo, se encarnó, se hizo hombre, y en El, y por El, conocemos a Dios Cristo es Dios puesto a nuestro alcance bajo una expresión humana; es la perfección divina que se revela a nosotros cubierta de formas terrenas; es la santidad misma que aparece sensiblemente a nuestros ojos durante treinta y tres años, para hacerse tangible e imitable [Ser modelo y ser imitable son los caracteres que deben encontrarse en toda causa ejemplar]. Nunca pensaremos bastante en esto. Cristo es Dios haciéndose hombre, viviendo entre los hombres, a fin de enseñarles por medio de su palabra, y, sobre todo, con su vida, cómo deben vivir para imitar a Dios y agradarle. Tenemos, pues, en primer lugar, que para vivir como hijos de Dios. basta abrir los ojos con fe y amor y contemplar a Dios en Jesús.

Hay en el Evangelio un episodio magnífico, en medio de su soberana sencillez; ya lo conocéis, pero éste es el lugar de recordarlo. Era la víspera de la Pasión de Jesús. Nuestro Señor había hablado, como sabía hacerlo, de su Padre a los Apóstoles; y ellos, extasiados, deseaban ver y conocer al Padre. El apóstol Felipe exclama: «Maestro, muéstranos al Padre y esto nos basta» (Jn 14,8). Y Jesucristo le responde: «¡Cómo! ¿yo estoy en medio de vosotros hace tanto tiempo y no me conocéis? Felipe, "quien a mí me ve, ve a mi Padre"» (Jn 14,9).- Sí; Cristo es la revelación de Dios, de su Padre; como Dios, no forma con El más que una cosa; y quien a El mira, ve la revelación de Dios.

Cuando contempláis a Cristo, rebajándose hasta la pobreza del pesebre, acordaos de estas palabras: «Quien me ve, ve a mi Padre». -Cuando veis al adolescente de Nazaret, trabajando obedientísimo en el taller humilde hasta la edad de treinta años, repetid estas palabras: «Quien le ve, ve a su Padre», quien le contempla, contempla a Dios.- Cuando veis a Cristo atravesando los pueblos de Galilea, sembrando el bien por todas partes, curando enfermos, anunciando la buena nueva cuando le veis en el patíbulo de la Cruz, muriendo por amor de los hombres objeto del ludibrio de sus verdugos, escuchad: Es El quien os dice: «Quien me ve, ve a mi Padre». -Estas son otras tantas manifestaciones de Dios, otras tantas revelaciones de las perfecciones divinas. Las perfecciones de Dios son en sí mismas tan incomprensibles como la naturaleza divina; ¿quién de nosotros, por ejemplo, será capaz de comprender lo que es el amor divino?- Es un abismo, que sobrepuja a cuanto nosotros podemos comprender. Pero cuando vemos a Cristo, que como Dios es «una misma cosa con el Padre» (Jn 10,30), que tiene en sí la misma vida divina que el Padre (ib. 5,26), cuando le vemos instruyendo a los hombres, muriendo en una Cruz, dando su vida por amor nuestro, e instituyendo la Eucaristía, entonces comprendemos la grandeza del amor de Dios.

Así sucede con cada uno de los atributos de Dios, con cada una de sus perfecciones. Cristo nos las revela, y «a medida que adelantamos en su amor, nos hace calar más hondo en su misterio». Si alguno me ama y me recibe en mi humanidad, será amado de mi Padre; yo le amaré también, me manifestaré a él en mi divinidad y le descubriré sus secretos (ib. 14,21).

«La Vida ha sido manifestada, escribe San Juan, y nosotros la hemos visto; por esto somos testigos de ella y os anunciamos la vida eterna, que estaba en el seno del Padre y que se ha hecho sensible aquí abajo» (1Jn 1,2), en Jesucristo. De suerte que, para conocer e imitar a Dios, no tenemos más que conocer e imitar a su Hijo, Jesús, que es la expresión humana y divina a la vez de las perfecciones infinitas de su Padre: «Quien me ve, ve a mi Padre».

2. Cristo, nuestro modelo en su persona: Dios perfecto; Hombre perfecto; la gracia, signo fundamental de semejanza con Cristo, considerado en su condición de Hijo de Dios

Pero, ¿cómo y en qué orden de cosas Jesucristo, el Verbo encarnado, es nuestro modelo, nuestro ejemplar?

Cristo es modelo de dos maneras: En su persona y en sus obras; en su condición de Hijo de Dios, y en su actividad humana, porque es a la vez Hijo de Dios e Hijo del hombre, Dios perfecto y hombre perfecto.

Cristo es Dios, Dios perfecto.

Trasladémonos con la imaginación a la Judea del tiempo de Cristo. Ha cumplido ya una parte de su misión enseñando y realizando las «obras de Dios» (Jn 9,4). Helo aquí después de un día de correrías apostólicas, apartado de la turba, rodeado únicamente de sus discípulos. De pronto les pregunta: «¿Qué dicen los hombres de mí?» -Los discípulos se hacen eco de todos los rumores esparcidos en el pueblo. «Maestro, se dice que eres Juan Bautista, o Elías, o Jeremías, o alguno de los Profetas». -«Pero vosotros responde Jesús, ¿quién decís que soy yo?»- Entonces Pedro, tomando la palabra, le dice: «Tú eres Cristo, el Hijo de Dios Vivo». Y nuestro Señor, confirmando el testimonio de su Apóstol, le contesta: «Bienaventurado eres tú, Pedro, porque no has llegado a conocer lo que soy por una intuición natural, sino que te lo ha revelado mi Padre» (Mt 16,16).

Cristo es, pues, el Hijo de Dios, «Dios nacido de Dios luz nacida de la luz, Dios verdadero salido del Dios verdadero», como reza nuestro Credo. Cristo, dice San Pablo no creyó que era una usurpación por su parte el considerarse igual al Padre (Fil 2,6).

Por otra parte, la voz del Padre Eterno se hizo escuchar por tres veces y las tres para glorificar a Cristo, proclamándole su Hijo, el Hijo de sus complacencias, el órgano de sus oráculos: «Este es mi Hijo muy querido, en quien me complazco; oídle» (Mt 17,5; +3,17. Jn 12,28). Postrémonos en tierra como los discípulos que oyeron en el Tabor esta voz del Padre; repitamos con Pedro, inspirado del cielo: «Sí, Tú eres el Cristo, el Verbo encarnado, verdadero Dios, igual a tu Padre, Dios perfecto, que tiene todos los atributos divinos; Tú eres, oh Jesús, como tu Padre y con el Espíritu Santo el Omnipotente y el Eterno; Tú eres el Amor infinito, yo creo en Ti y te adoro, Señor mío y Dios mío».

Hijo de Dios, Cristo es también Hijo del hombre, hombre perfecto [perfectus homo].

El Hijo de Dios se hizo carne; continuó siendo lo que era, pero se unió a una Naturaleza humana, completa como la nuestra, íntegra en su esencia, con todas sus propiedades naturales; Cristo nació, como todos nosotros, «de una mujer» (Gál 4,4), pertenece auténticamente a nuestra raza. Con frecuencia se llama en el Evangelio «El Hijo del Hombre»; «Ojos de carne le vieron, y manos humanas le tocaron» (1Jn 1,1). Y aun el día siguiente de su resurrección gloriosa, hace experimentar al apóstol incrédulo la realidad de su naturaleza humana: «Palpad y ved, porque los espíritus no tienen carne ni huesos como veis que yo tengo» (Lc 24,39). Tiene, como nosotros, un alma creada directamente por Dios; un cuerpo formado en las entrañas de la Virgen; una inteligencia que conoce, una voluntad que ama y elige; todas las facultades que nosotros tenemos: la memoria, la imaginación; tiene pasiones, en el sentido filosófico, elevado y noble de la palabra, en un sentido que excluye todo desorden y toda flaqueza; pero estas pasiones se hallan en El enteramente sometidas a la razón, sin que puedan ponerse en movimiento sin un acto de su voluntad [La Teología las llama propasiones, a fin de indicar con este término especial su carácter de trascendencia y de pureza.]. Su naturaleza humana es, pues, del todo semejante a la nuestra, a la de sus hermanos, dice San Pablo: «Era preciso que se asemejase en todo a sus hermanos» (Heb 2,17), excepto en el pecado (ib. 4,15), Jesús no conoció ni el pecado ni nada de lo que es fuente o consecuencia del pecado: la ignorancia el error, la enfermedad, cosas todas indignas de su perfección, de su sabiduría, de su dignidad y de su divinidad.

Pero nuestro Divino Salvador quiso padecer durante su vida mortal nuestras flaquezas; todas las que eran compatibles con su santidad.- El Evangelio nos lo muestra claramente, nada hay en la naturaleza del hombre que Jesús no haya santificado. Nuestros trabajos, nuestros padecimientos, nuestras lágrimas, todo lo ha hecho suyo. Miradle en Nazaret: durante treinta años pasa su vida en un trabajo oscuro de artesano, hasta el punto de que cuando comienza a predicar, sus compatriotas se admiran porque nunca le han conocido más que como hijo del carpintero: «¿De dónde le vienen a éste todas estas cosas? ¿Acaso no es hijo de un carpintero?» (Mt 13,55-56). Nuestro Señor quiso sentir el hambre como nosotros, después de haber ayunado en el desierto, tuvo hambre (ib. 4,2). Padeció también la sed: ¿Acaso no pidió de beber a la samaritana? (Jn 4,7), ¿acaso no exclamó en la cruz: «Tengo sed» (Jn 19,28).- Experimentó como nosotros la fatiga; los largos viajes a través de Palestina fatigaban sus miembros, cuando junto al pozo de Jacob pidió agua para calmar su sed, San Juan nos dice que estaba fatigado. Era la hora de mediodía, después de haber caminado largo tiempo, se sienta rendido al margen del pozo (ib. 4,6). Así, pues, según lo hace notar San Agustín en el admirable comentario que nos dejó de esta escena evangélica: «El que es la fuerza misma de Dios se halla abrumado de cansancio» (Tract in Joan., 15). El sueño cerró sus párpados; dormía en la nave cuando se levantó la tempestad: «El en cambio dormía» (Mt 8,24), y dormía verdaderamente, de tal manera que sus discípulos, temiendo que los tragasen las olas furiosas, tuvieron necesidad de despertarlo.- Lloró sobre Jerusalén su patria a la que amaba a pesar de su ingratitud; el pensamiento de los desastres que después de su muerte habían de venir sobre ella le arranca lágrimas amargas y frases llenas de aflicción: «¡Si tú conocieses por lo menos en este día lo que puede atraerte la paz!» (Lc 19,41 y sig.). Lloró a la muerte de su amigo Lázaro como nosotros lloramos por aquellos a quienes amamos, hasta el punto de que los judíos testigos de este espectáculo se decían: «Ved cómo le amaba» (Jn 11,36). Cristo derramaba lágrimas, no sólo porque convenía, sino porque tenía conmovido el corazón; lloraba a su amigo, y sus lágrimas brotaban del fondo de su alma. Varias veces se dice también en el Evangelio que su corazón estaba conmovido por la compasión (Lc 7,13; Mc 8,2; +Mt 15,32). ¿Qué más? Experimentó también sentimientos de tristeza, de tedio, de temor (Mc 14,33; Mt 26,37).

En su agonía cuando estaba en el Huerto de los Olivos su alma quedó abrumada por la tristeza (Mt 26,38) y la angustia penetró en ella hasta el punto de hacerle lanzar grandes gritos (Heb 5,7). Todas las injurias, todos los golpes, todos los salivazos, todas las afrentas que llovieron sobre El durante su Pasión, le hicieron padecer inmensamente, las burlas, los insultos, no le dejaban insensible, por el contrario, cuanto más perfecta era su naturaleza, más delicada y más grande era su sensibilidad. Vióse abismada en el dolor.- En fin, después de haber tomado sobre sí todas nuestras debilidades, después de haberse mostrado verdaderamente hombre y semejante a nosotros en todas las cosas, quiso padecer la muerte como los demás hijos de Adán: «E inclinada la cabeza entregó su espíritu» (Jn 19,30).

Vemos, pues, que Jesucristo es nuestro modelo como Hijo de Dios y como Hijo del hombre al mismo tiempo. Pero lo es sobre todo como Hijo de Dios: esta condición de hijo de Dios es lo que en El hay de radical y fundamental; en eso ante todo debemos parecernos a El.

Mas ¿cómo podremos asemejarnos a El en esto?

La filiación divina de Cristo es el tipo de nuestra filiación sobrenatural, su condición, su «ser» de Hijo de Dios es el ejemplar del estado a que debe elevarnos la gracia santificante. Cristo es Hijo de Dios por naturaleza y por derecho, en virtud de la unión del Verbo eterno con la naturaleza humana. [Es lo que se llama en Teología la gracia de unión, en virtud de la cual una naturaleza humana ha sido escogida para ser unida de una manera inefable a una persona divina, el Verbo, y hacer de ella la humanidad de un Dios. Esta gracia es única y no se encuentra más que en Jesucristo]. Nosotros lo somos por adopción y por gracia, pero realísimamente y con un título muy verdadero. Cristo tiene, además, la gracia santificante; la posee plenamente; a nosotros fluye de esta plenitud con mayor o menor abundancia, pero la gracia de que está saturada el alma creada de Jesús es sustancialmente la misma que nos deifica a nosotros. Santo Tomás dice que nuestra filiación divina es una semejanza de la filiación eterna [quædam similitudo filiationis æternæ. I, q.22, a.3].

Tal es la manera primordial y sobreeminente como Jesucristo es nuestro ejemplar: en la Encarnación es constituido por derecho Hijo de Dios, nosotros debemos llegar a serlo por la participación de la gracia que sale de El y que, deificando la sustancia de nuestra alma, nos eleva al rango de hijos de Dios; éste es el rasgo primero y esencial de la semejanza que debemos tener con Jesucristo el que es la base y condición de toda nuestra actividad sobrenatural. Si no poseemos en nosotros como condición previa, esta gracia santificante, que es el signo fundamental de semejanza con Jesús, el Padre Eterno no nos reconocerá por suyos, y todo lo que hagamos en nuestra existencia, sin esa gracia, no tendrá ningún mérito en orden a hacernos participar de la herencia eterna: no seremos coherederos de Cristo si no llegamos a ser sus hermanos por la gracia [O si cognovisses Dei gratiam per Iesum Christum Dominum Nostrum ipsamque eius Incarnationem, qua hominis animam corpusque suscepit, summum esse exemplum gratiæ videre potuisses! San Agustín, De Civit. Dei X,29.].

3. Cristo nuestro modelo en sus obras y virtudes

Cristo es también modelo por sus obras.

Ya hemos visto con cuánta verdad fue hombre y sería menester decir también con cuánta verdad obró cómo hombre.

También en esto es nuestro Señor para nosotros un modelo acabado, y al mismo tiempo accesible, de toda santidad; practicó en grado incomparable todas las virtudes que pueden adornar la naturaleza humana o al menos todas aquellas que eran compatibles con su naturaleza divina.

Bien sabéis que, con la gracia santificante, el alma de Cristo recibió el cortejo magnífico de las virtudes y de los dones del Espíritu Santo; estas virtudes brotaban de la gracia como de una fuente, y se exteriorizaban en toda su perfección durante la existencia de Jesús.

Cierto, no tuvo la fe; esta virtud teologal no se da más que en el alma que no goza todavía de la visión de Dios; el alma de Cristo contemplaba a Dios cára a cara, no podía, por tanto, creer en el Dios a quien veía; pero sí tuvo esa sumisión de voluntad que es necesaria a la perfección de la fe, esa reverencia, esa adoración de Dios, verdad primera e infalible; esa disposición existía en el alma de Cristo en grado muy elevado.

Jesucristo no tenía tampoco, propiamente hablando, la virtud de la esperanza: no le era posible esperar lo que ya poseía. La virtud teologal de la esperanza nos hace suspirar por la posesión de Dios, dándonos al mismo tiempo la confianza de recibir las gracias necesarias para poder conseguirla. El alma de Cristo estaba llena de la Divinidad, merced a su unión con el Verbo, y no podía, por tanto, tener esa esperanza. La esperanza no existía en Cristo sino en cuanto que podía desear, y deseaba, efectivamente, la glorificación de su santa humanidad, la gloria accidental que debía disfrutar después de su Resurrección: «Padre glorifícame» (Jn 17,5). Esta gloria la tenía ya en sí, como en germen y raíz, desde el momento de la Encarnación; consintió que apareciera un instante en su transfiguración en el monte Tabor, pero su misión entre los hombres le obligaba a encubrir ese esplendor hasta después de su muerte. También había ciertas gracias que Jesús pedía a su Padre; así, por ejemplo, en la resurrección de Lázaro le vemos dirigirse al Padre con la más absoluta confianza: «Padre, sé que siempre me escuchas» (ib. 11,42).

En cuanto a la caridad, la practicó en su grado más sublime. El corazón de Cristo es una inmensa hoguera de amor. El gran amor de Cristo es el amor que tiene a su Padre: toda su vida puede resumirse en estas palabras: «No busco sino lo que agrada a mi Padre».

Meditemos durante la oración estas palabras; sólo por medio de la oración podremos desvelar el misterio que encierran. Ese amor inefable, esa tendencia que orienta el alma de Jesucristo hacia su Padre, es la consecuencia necesaria de su unión hipostática. El Hijo pertenece todo «a su Padre», como dicen los teólogos; aquí está su esencia, si así puedo expresarme; la santa humanidad es arrastrada por esa corriente divina; ha llegado a ser, por la Encarnación, la propia humanidad del Hijo de Dios, y, por tanto, toda entera, toda, es de Dios; de aquí que la disposición fundamental, el sentimiento radical y habitual del alma de Cristo es necesariamente éste: «Yo vivo para mi Padre, amo a mi Padre» (Jn 15,31), y porque ama a su Padre, Jesús se entrega a su voluntad; su primer acto, al entrar en este mundo, es un acto de amor hacia El: «Oh Padre, aquí estoy para hacer tu voluntad» (Heb 10,7). Puede decirse que toda su existencia sobre la tierra no es más que la expresión continua de ese acto inicial; durante su vida, repite continuamente que su alimento es hacer la voluntad de su Padre (Jn 4,34); por eso cumple siempre cuanto a su Padre agrada (ib. 8,29). Todo cuanto su Padre decretó sobre El lo realizó hasta la última iota (es decir, hasta el menor detalle) (Mt 5,18); finalmente, el amor de su Padre es el que le hizo obediente hasta la muerte de Cruz. «Para que conozca el mundo que amo al Padre, obro así» (Jn 14,31). No lo olvidemos; si Jesucristo pudo decir que «no hay amor más grande que el que da su vida por sus amigos» (ib. 15,13) . Si es de fe que murió «por nosotros y por nuestra salud» también es verdad que ante todas las cosas dio su vida por amor a su Padre; amándonos, ama a su Padre, y en su Padre nos ve y nos encuentra; éstas son sus propias palabras: «Ruego por ellos, porque son tuyos» (Jn 17,9).

Sí, Cristo nos ama, porque nosotros somos hijos de su Padre, y le pertenecemos. Nos ama con un amor inefable que supera cuanto podemos sospechar, de tal manera que cada uno de nosotros puede decir con San Pablo: «Me amó y porque me amó se entregó por mí» (Gál 2,20).

Nuestro Señor poseía también todas las demás virtudes: la dulzura y la humildad: «aprended de mí que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29); el Señor, en cuya presencia se dobla toda rodilla en el cielo y en la tierra, se postra delante de sus discípulos para lavarles los pies. La obediencia: se sometió a su madre y a San José; una frase del Evangelio resume su vida oculta en Nazaret: «Y les estaba sujeto» (Lc 2,51); obedece a la Ley mosaica; acude asiduamente a las reuniones del Templo, sujétase a los poderes legítimamente establecidos, declarando que hay que «dar al César lo que es del César» (Mt 22,21), empezando por pagar El mismo el tributo. La paciencia: ¿Cuántos testimonios no nos dio, sobre todo durante su dolorosa Pasión? Su misericordia infinita con los pecadores: Recibe con bondad a la samaritana, a María Magdalena; Buen Pastor, corre en busca de la oveja extraviada y la vuelve al redil. Está lleno de un celo ardiente por la gloria y los intereses de su Padre; ese celo es el que le hace arrojar del templo a los vendedores y lanzar los anatemas sobre la hipocresía de los fariseos. Su oración es continua: «Pasaba la noche en oración» (Lc 6,12). ¿Quién podrá decir lo que era este trato a solas del Verbo encarnado con su Padre, y el espíritu de religión y de adoración que le animaba?

En El, pues, florecen a su tiempo todas las virtudes, para gloria de su Padre y provecho nuestro.

Bien sabéis que los antiguos Patriarcas, antes de dejar la tierra, daban a su hijo primogénito una bendición solemne, que era como la prenda de las prosperidades celestiales para sus descendientes.- Pues bien, en el Génesis leemos que el patriarca Isaac, antes de dar esa bendición solemne a su hijo Jacob, le abrazó, y al respirar el aroma que exhalaban sus vestidos, exclamó en el éxtasis de su alegría: «He aquí el aroma que derrama mi hijo como el olor de un campo fecundo que ha bendecido el Señor» (Gén 27). Y al punto, todo alborozado, pidió para su hijo las más opulentas bendiciones de lo alto: «¡Dios te conceda el rocío del cielo; con la fecundidad de la tierra, te conceda abundancia de pan y vino, los pueblos te sirvan, las naciones se postren ante ti sé señor de tus hermanos... el que te maldiga sea maldito y sea bendito el que te bendiga!» (Gén 27,28-29). Esta escena es una imagen del arrobamiento que siente el Padre al contemplar la humanidad de su Hijo Jesús y de las bendiciones espirituales que derrama sobre aquellos que permanecen unidos a El. El alma de Cristo, semejante a un campo esmaltado de flores, está adornada de todas las virtudes que embellecen la naturaleza humana.

Dios es infinito, y como tal, tiene exigencias infinitas; sin embargo, la más sencilla de las acciones de Jesús era objeto de las complacencias de su Padre. Cuando Jesucristo trabajaba en el pobre taller de Nazaret, cuando conversaba con los hombres o tomaba la comida con sus discípulos -cosas todas bien sencillas en apariencia-, su Padre le miraba y decía: «He aquí a mi Hijo muy amado en quien tengo todas mis complacencias» (Mt 3,17), y añadía: «Oídle (ib. 17,5), es decir, contempladle para imitarle: El es vuestro modelo, seguidle: El es el camino y Nadie llega hasta Mí sino por El, nadie participará de mis bendiciones sino en El (Ef 1,3), porque yo le he dado la plenitud, así como le he destinado las naciones de la tierra por herencia» (Sal 2,8). ¿Por qué se complacía el Padre eterno infinitamente en Jesús? -Porque Cristo lo hacía todo perfectísimamente y sus actos eran la expresión de las más sublimes virtudes; mas, sobre todo, porque todas las acciones de Cristo, sin dejar de ser en sí acciones humanas, eran divinas por su principio.

«¡Oh Cristo Jesús, lleno de gracia y modelo de todas las virtudes, Hijo muy amado en quien el Padre tiene sus complacencias, sed el único objeto de mi contemplación y de mi amor; mire yo cuanto pasa "como si fuese inmundicia" (Fil 3,8) para no poner mi alegría sino en Ti; procure sólo imitarte, para ser, por Ti y contigo, agradable al Padre en todas las cosas».

4. Nuestra imitación de Cristo se realiza: a) por la gracia; b) por esa disposición fundamental de dirigirlo todo a la gloria de su Padre. «Christianus alter Christus»

Al recorrer el Evangelio de San Juan, se advierte la insistencia con que repite Jesucristo: «Mi doctrina no es mía» (Jn 7,16). «El Hijo nada puede hacer por sí mismo» (ib. 5,19) «yo nada puedo hacer por mí mismo» (ib. 5,30). «Yo nada hago por mi mismo» (ib. 8,28).

¿Quiere esto decir que Jesucristo no tenía ni inteligencia, ni voluntad, ni actividad humanas? -De ninguna manera; pensarlo sería una herejía; pero como la humanidad de Jesús estaba hipostáticamente [palabra griega que significa «por unión personal»] unida al Verbo, en Cristo no había ninguna persona humana a que estas facultades pudieran adherirse; no había en El más que una sola persona, la del Verbo, que lo hace todo en unión con su Padre; todo en Cristo dependía de un modo absoluto de la divinidad; todo en El emanaba de la actividad de la única persona que en El había, la del Verbo; y esta actividad, aun cuando era inmediatamente realizada por la naturaleza humana, era divina en su raíz y en su principio; por eso el Padre Eterno hallaba en ella una gloria infinita y la hacía el objeto de todas sus complacencias.

¿Pero podemos nosotros imitar esto? -Sí, puesto que por la gracia santificante participamos de la filiación divina de Jesús; por ella es elevada soberanamente, y como divinizada en su principio, toda nuestra actividad. No es necesario decir que en el orden del ser, nosotros conservamos siempre nuestra personalidad; permanecemos por naturaleza puras criaturas humanas; nuestra unión con Dios mediante la gracia, por muy íntima y estrecha que llegue a ser, no pasa de una unión accidental, no sustancial, pero cuanto más se eclipse nuestra personalidad frente a la Divinidad, en orden a la actividad, tanto más perfecta será esa union.

Si queremos que nada se interponga entre Dios y nosotros, que nada impida nuestra unión con El, que las bendiciones divinas desciendan sobre nuestra alma, no solamente hemos de renunciar al pecado, a la imperfección, sino también despojarnos de nuestra personalidad, en cuanto constituye un obstáculo a la unión perfecta con Dios. Representa un obstáculo cuando nuestro propio juicio, nuestra propia voluntad, nuestro amor propio, nuestras suspicacias, nos hacen pensar y obrar de una manera que no es la del Padre celestial. Creedme, nuestras faltas de flaqueza, nuestras miserias, la esclavitud en que estamos respecto de las cosas humanas, impiden infinitamente menos nuestra unión con Dios, que esa actitud habitual del alma que desea, por decirlo así, guardar en todo la propiedad de su actividad. Debemos, pues, no aniquilar nuestra personalidad -lo cual ni sería posible ni agradable a Dios-, sino hacerla capitular, por decirlo así, de una manera incondicional, ante la divina majestad; debemos ponerla a los pies de Dios y pedirle que sea, por su Espíritu, como lo fue para la humanidad de Cristo, el motor primero de todos nuestros pensamientos, de todos nuestros sentimientos, de todas nuestras palabras, de todas nuestras acciones, de toda nuestra vida [Orígenes, Homil. II, in XV, Mt.].

Cuando un alma llega a despojarse de todo pecado, de todo apego a sí misma y a la criatura; a destruir en ella, en cuanto es posible, todos los móviles puramente naturales y humanos, para entregarse completamente a la acción divina; a vivir en una dependencia absoluta de Dias, de su voluntad, de sus mandamientos, del espíritu del Evangelio, a dirigirlo todo al Padre celestial, entonces puede decir: «Dios me guía» (Sal 22,1); «todo en mí viene de El, estoy entre sus manos». Esa alma ha llegado a la imitación perfecta de Cristo, de tal manera que su vida es la reproducción misma de la vida de Jesucristo: «Vivo yo, mas no yo, porque vive en mí Cristo» (Gál 2,20), Dios la guía y la gobierna, todo en ella se mueve bajo el impulso divino; posee ya la santidad, que no es otra cosa que la imitación la más perfecta posible de Jesucristo en su ser, en su condición de Hijo de Dios, así como en su disposición habitual de consagrar enteramente a su Padre su persona y su actiidad.

No pensemos que sea presunción de nuestra parte querer realizar un ideal tan sublime, no, es el deseo mismo de Dios, es su pensamiento eterno sobre nosotros: «Nos ha predestinado a ser semejantes a la imagen de su Hijo» (Rm 8,29). Cuanto más conformes nos hagamos a su Hijo, más nos amará el Padre, porque entonces estaremos más unidos a El [+San Ambrosio, in Psalm. CXVIII, serm. 22]. Cuando ve un alma completamente transformada en su Hijo, rodéala de una protección especialísima y de los cuidados más atentos de su providencia; cólmala de sus bendiciones, sin poner nunca límites a la comunicación de sus gracias. Este es el secreto de las larguezas de Dios.

¡Oh!, agradezcamos a nuestro Padre celestial el habernos dado a su Hijo Jesucristo como modelo, de manera que no tengamos más que mirarlo, para saber lo que debemos hacer: «Oídle». Cristo nos ha dicho: «Os he dado ejemplo para que hagáis lo que me habéis visto hacer» (Jn 13,15). Nos ha trazado un modelo para que sigamos sus huellas (1Pe 2,21). Es el único camino que hay que seguir: «Yo soy el camino» (Jn 14,6); el que le sigue, no anda en tinieblas, sino que llega a la luz de la vida; he aquí el modelo que nos revela la fe, modelo trascendente y al mismo tiempo accesible: «Mira y reproduce el modelo» (Ex 25,40).

El alma de nuestro Señor contemplaba a toda hora la esencia divina; con la misma mirada veía el ideal que Dios concebía para el género humano y cada una de sus acciones era la expresión de ese ideal. Levantemos, pues, los ojos, pongamos todo nuestro empeño en conocer más y más a Jesucristo, en estudiar su vida en el Evangelio, en seguir sus misterios en el orden admirable establecido por la Iglesia misma en el proceso litúrgico, desde Adviento hasta Pentecostés; abramos los ojos de nuestra fe y vivamos de manera que reproduzcamos en nosotros los rasgos de ese ejemplar y conformemos nuestra existencia con sus palabras y sus actos. Ese modelo es divino y visible, nos muestra a Dios, obrando en medio de nosotros y santificando en su humanidad todas nuestras acciones, aun las más ordinarias, todos nuestros sentimientos, aun los más íntimos, todos nuestros pesares, aun los más profundos. Contemplemos este modelo llenos de fe.- A veces nos vemos tentados de envidiar a los contemporáneos de Jesús que tuvieron la dicha de verle, de seguirle y de oírle. Pero la fe nos le hace ver también presente con una presencia no menos eficaz para nuestras almas. Cristo mismo nos lo dijo: «Bienaventurados los que creen en Mí sin haberme Visto» (Jn 20,29). Y es que quiso darnos a entender que no es menos ventajoso para nosotros permanecer en contacto con Jesús por la fe, que haberle visto corporalmente. Aquel a quien vemos vivir y obrar cuando leemos el Evangelio, o cuando celebramos sus misterios, es el mismo Hijo de Dios. Tratándose de Cristo, todo lo hemos dicho al afirmar: «Tú eres el Hijo de Dios vivo». He aquí el aspecto fundamental del divino modelo de nuestras almas. Contemplémosle, no con una contemplación abstracta, teórica, superficial, fría, sino con una contemplación amorosa, atenta a captar todos sus rasgos, para reproducirlos en nuestra existencia. Contemplemos sobre todo esta disposición radical y primordial de Cristo a vivir todo entero para su Padre, y hagamos que sea la nuestra. Toda su vida puede resumirse en este rasgo único: Todas las virtudes de Cristo son efecto de esa «polarización» de su alma hacia el Padre, y esa orientación no es más que el fruto de la unión inefable, por virtud de la cual, en Jesús, toda su humanidad es arrastrada por el empuje divino que lleva el Hijo hacia su Padre.

Esto es lo que hace propiamente al cristiano; participar primeramente por la gracia santificante de la filiación divina de Cristo, es decir, la imitación de Jesús, en su condición de Hijo de Dios; y después reproducir por nuestras virtudes los rasgos de ese arquetipo único de perfección, esto es, la imitación de Jesús en sus obras.- Todo esto nos lo indica San Pablo al decirnos que debemos «formar a Cristo en nosotros» (Gál 4,19; Ef 4,13); que «debemos revestirnos de Cristo» (Rm 13,14), que debemos «imprimir en nosotros la imagen de Cristo» (1Cor 15,49).

«El cristiano es un nuevo Cristo» [Christianus, alter Christus]. Esta es la definición del cristiano que ha dado, si no en los mismos términos, al menos en una expresión equivalente, la tradición entera.- Un fiel trasunto de Cristo. «Un nuevo Cristo» porque el cristiano es ante todas las cosas, mediante la gracia, hijo del Padre celestial y hermano de Cristo en la tierra, para ser coheredero en el cielo: «Un nuevo Cristo» porque tada su actividad -pensamientos, deseos, acciones- tiene su raíz en esa gracia, para ejercitarse según los deseos, los pensamientos y los sentimientos de Jesús, y en conformidad con sus acciones (Fil 2,5).

 

3  Jesucristo, autor de nuestra redención y tesoro infinito de gracias para nosotros

Causa satisfactoria y meritoria

Cristo, por sus satisfacciones, nos merece la gracia de la filiación divina

La imitación de Jesucristo, en su ser de gracia y en sus virtudes, constituye la sustancia de nuestra santidad; esto es lo que he tratado de haceros ver en la anterior conferencia. Para que conozcáis mejor a Aquel a quien debemos imitar, he tratado de presentar a vuestras almas el divino modelo, Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. La contemplación de nuestro Señor, tan adorable en su persona, tan admirable en su vida y en sus obras, habrá sin duda encendido en vuestros corazones un deseo ardiente de asemejaros a El y de uniros a su sacratisima persona.

¿Puede acaso la criatura tener la pretensión de reproducir los rasgos del Verbo encarnado y participar de su vida?; ¿puede encontrar la fuerza necesaria para seguir ese camino único que lleva al Padre? -Sí, la Revelación nos dice que esa fuerza se halla en la gracia que nos merecieron las satisfacciones de Cristo.

Nuestro Dios lo hace todo con sabiduria; más aún, es la sabiduría infinita. Siendo su pensamiento eterno hacernos conformes a la imagen de su Hijo, debemos estar ciertos que, con el fin de conseguir ese objeto, ha establecido medios de absoluta eficacia, y no solamente podemos aspirar a la realización del ideal divino en nosotros, sino que el mismo Dios nos invita a ello: «Nos predestinó para que fuéramos como un trasunto fiel de la imagen de su Hijo» (Rm 8,29); quiere que reproduzcamos «en nosotros los rasgos de su Hijo muy amado» aunque no podamos hacerlo sino de una manera limitada. Desear reproducir ese ideal no es ni orgullo ni presunción, sino una respuesta al deseo del mismo Dios: «escuchadle» (Mt 17,5). Basta únicamente con que utilicemos los medios por El establecidos.

Cristo, según hemos visto, no es sólo el ejemplar único y universal de toda perfección; es también, como acabo de insinuar, la causa satisfactoria y meritoria, la causa eficiente de nuestra santificación. Cristo es para nosotros fuente de gracia, porque habiendo pagado todas nuestras deudas, a la divina justicia, por su vida, su Pasión y su muerte, ha conquistado el derecho de distribuir toda gracia. Causa satisfactoria y meritoria.

Examinemos ahora tan consoladora verdad, y en otra conferencia veremos cómo Jesucristo es la causa eficiente de nuestra santidad

1. Imposibilidad para el humano linaje, descendiente de Adán pecador, de reconquistar la herencia eterna; sólo un Dios hecho hombre puede dar una satisfacción plena y suficiente

¿Qué se ha de entender cuando decimos que Cristo es la causa satisfactoria y meritoria de nuestra salud y de nuestra santificación?

Como ya sabéis, Dios, al crear al primer hombre, le constituyó en justicia y en gracia; le hizo su hijo y su heredero. Pero el plan divino fue trastornado por el pecado. Adán, constituido jefe de su raza, prevaricó; en un solo instante perdió para sí y para sus descendientes todo derecho a la vida y a la herencia divinas, todos los hijos de Adán, cautivos del demonio desde entonces (Hch 26,18; Jn 12,31; Col 1,14), corrieron su misma suerte, por eso nacen, según dice San Pablo «enemigos de Dios» (Rm 5,10; 11,28), «objeto de cólera» (1Tes 1,10; Rm 2,5,8; Ef 2,3), y, por tanto, excluidos de la bienaventuranza eterna (Rm 2,2; 5, 15-18).

-¿No habrá, entre los hijos de Adán, alguien capaz de rescatar a sus hermanos y levantar esa maldición que pesa sobre todos ellos?-Nadie -porque todos pecaron en Adán-; nadie podrá dar una satisfacción adecuada ni por sí ni por los demás.

El pecado es una injuria a Dios, injuria que debe ser expiada- siendo una simple criatura el hombre, es de suyo incapaz de saldar dignamente la deuda contraída con la majestad divina por una falta cuya malicia es infinita

La satisfacción, para que sea adecuada, debe ser ofrecida por una persona de dignidad equivalente a la de la persona ofendida. La gravedad de una injuria se mide por la dignidad de la persona ofendida; la misma injuria, hecha a un príncipe, reviste, a causa de su categoría, una gravedad mayor que si se hiciese a un villano [Peccatum contra Deum commissum infinitatem habet ex infinitæ divinæ maiestatis; tanto enim offensa est maior quanto maior est ille in quem delinquitur. Santo Tomás, III, q.1, a.2, ad 2; +I-II, q.87, a.4]. Para la satisfacción, sucede cabalmente lo contrario. La grandeza de una reparación se regula, no según la dignidad de aquel que la recibe, sino del que la da. Al mismo rey rinden vasallaje un villano y un príncipe; es evidente que el vasallaje del príncipe es más de estimar que el del villano. Ahora bien; entre nosotros y Dios hay una distancia infinita.- ¿Tendrá el género humano que arrojarse en brazos de la desesperación? El ultraje hecho a Dios, ¿no podrá ser reparado?, ¿no entrará jamás el hombre en posesión de los bienes eternos?- Sólo Dios podía dar una solución a este angustioso problema.

Ya sabéis cuál fue la respuesta de Dios, la solución llena de misericordia, y a la vez de justicia, que nos deparó. En sus designios insondables, decretó que el rescate del género humano no se realizaría sino mediante una satisfacción igual a los derechos de su justicia infinita, y que esta satisfacción había de ser dada por el cruento sacrificio de una víctima que sustituyese libremente, voluntariamente, a todo el género humano. ¿Cuál será esa víctima?, ¿quién será ese salvador? «¿Eres Tú quien has de venir?» (Mt 11,3).

Dios lo prometió después de la culpa, pero miles de años se pasan antes de su venida miles de años durante los cuales el género humano eleva sus brazos desde el fondo de un abismo insondable, de donde no puede levantarse; miles de años durante los cuales acumula sacrificios sobre sacrificios, holocaustos sobre holocaustos, para sacudir su servidumbre. Pero «cuando llega la plenitud de los tiempos», Dios envía el Salvador prometido, el Salvador que debe rescatar la creación, destruir el pecado y reconciliar a los hombres con Dios. -¿Quién es?- El Hijo de Dios hecho hombre. Hombre, salido del linaje de Adán, podrá sustituir voluntariamente a todos sus hermanos y hacerse, por decirlo así, solidario de su pecado; aceptando libremente padecer y expiar en su carne pasible, será capaz de merecer.- Siendo Dios, su mérito tendrá un valor infinito, la satisfacción será adecuada, la reparación completa. No hay, dice Santo Tomás, satisfacción plenamente adecuada, si no existe una operación plenamente infinita en su valor; es decir, una operación que Dios sólo puede realizar (III, q.1, a.2, ad 2). Así como el orden de la justicia pide que la pena responda a la falta, del mismo modo, añade el Doctor Angélico, parece natural que aquel que ha cometido el pecado satisfaga por el pecado, y he aquí por qué ha sido preciso tomar de la naturaleza corrompida por la falta lo que debía ofrecerse en satisfacción por toda esta naturaleza (ib. q.4. ad 6).

Tal es la solución que Dios mismo nos brinda. Pudiera haber escogido otras, pero ésta es la que plugo a su sabiduría, a su poder y a su bondad. Esta es la que debemos contemplar y alabar, porque esta solución es admirable. «La humanidad de Cristo, dice San Gregorio, le permitía morir y satisfacer por los hombres, su divinidad le daba el poder de conferirnos la gracia que santifica» [Moralia, 27, c.30, n.46]; la muerte había salido de una naturaleza humana manchada por el pecado; de una naturaleza humana unida a Dios debía también brotar la fuente de la gracia y de la vida [Ut unde mors oriebatur inde vita resurgeret. Pref. del Tiempo de Pasión].

2. Jesús salvador; valor infinito de todos los actos del Verbo Encarnado. Sin embargo de ello, de hecho, la Redención no se opera sino por el Sacrificio de la Cruz.

«Cuando vino la plenitud de los tiempos, fijados por los decretos celestiales -leemos en San Pablo-, Dios envió a su Hijo, formado de una mujer, para libertarnos del pecado y conferirnos la adopción de hijos» (Gál 4, 4-5). Rescatar al género humano del pecado y devolverle por la gracia la adopción divina, tal es, en efecto, la misión principal del Verbo encarnado, la obra que Cristo venía a realizar en la tierra.

Su nombre, el nombre de Jesús, que Dios mismo le impone, no está exento de significado y simbolismo: «Jesús no lleva un nombre vacío o inadecuado» [Iesus nomen vanum aut inane non portat. San Bernardo, Serm. 1 de Circumcis.]. Este nombre significa su misión específica como Salvador y señala su cometido: la redención del mundo: «Le darás el nombre de Jesús, dice el ángel enviado a San José, porque El es quien salvará al pueblo de sus pecados» (Mt 1,21).

Mas ya llega.

Contemplémosle en este instante solemne, único en la historia del género humano. ¿Qué dice? ¿Qué hace?: «Entrando en el mundo dijo a su Padre: No has querido ni sacrificio ni oblación, sino que me has formado un cuerpo; no te has complacido en los holocaustos ni en los sacrificios por el pecado que te ofrecían los hombres; entonces dije: "Heme aquí" (Heb 10, 5-7; +Sal 39, 7-8). Estas palabras, tomadas de San Pablo nos revelan el primer latido del corazón de Cristo, en el momento de su Encarnación.- Y realizado este acto inicial de oblación completa, Cristo «se lanza como un gigante para recorrer el camino que se abre ante El» (Sal 18,6).

Gigante, porque es un Hombre-Dios; y todas sus acciones, todas sus obras, son de un Dios, y por consiguiente dignas de Dios, a quien se las ofrece en homenaje. Según el modo de hablar de la filosofía, «los actos pertenecen a la persona» [actiones sunt suppositorum]. Las diversas acciones que nosotros realizamos tienen su fuente en la naturaleza humana y en las facultades inherentes a esa naturaleza; pero en última instancia las atribuimos a la persona que posee esa naturaleza y usa de esas facultades. Así, pienso con la inteligencia, veo por los ojos, oigo por los oídos; oír, ver y pensar son acciones de la naturaleza humana, pero en definitiva las referimos a la persona; es el yo, el que oye, ve y piensa; aunque cada una de esas acciones emane de una facultad diferente, todas recaen en la misma y única persona que posee la naturaleza dotada de tales facultades.

Pues bien; en Jesucristo, la naturaleza humana, perfecta e íntegra en sí misma, está unida a la persona del Verbo, del Hijo de Dios. Muchas acciones en Cristo no pueden ser realizadas sino en la naturaleza humana: si trabaja, si anda, si duerme, si come, si enseña, si padece, si muere, es en su humanidad, en su naturaleza humana; pero todas esas acciones pertenecen a la persona divina con quien la naturaleza humana está unida. Es una persona divina la que hace y opera por la naturaleza humana.

Resulta, pues, que todas las acciones ejecutadas por la humanidad de Jesucristo, por máximas, por ordinarias, por sencillas, por limitadas que sean en su realidad física y en su dimensión temporal se atribuyen a la persona divina con quien esa humanidad está unida; son acciones de un Dios [la Teología las llama theándricas, de dos palabras griegas que significan Dios y Hombre], y a causa de este título poseen una belleza y un brillo trascendentes; adquieren, desde el punto de vista moral, un precio inestimable, un valor infinito; una eficacia inagotable. El valor moral de las acciones humanas de Cristo se mide por la dignidad infinita de la persona divina, en quien subsiste y obra la naturaleza humana.

Y si tratándose de las acciones más insignificantes de Cristo esto resulta verdadero, ¿cuánto más no lo será tratándose de aquellas que constituyen propiamente su misión terrena, o se refieren a ella, como es el sustituirnos voluntariamente en calidad de víctima inmaculada, para pagar nuestra deuda y devolvernos por su expiación y satisfacciones la vida divina?

Porque ésa es la misión que debe realizar, el camino que debe recorrer. «Dios puso sobre El», hombre como nosotros, de la raza de Adán y al mismo tiempo justo, inocente y sin pecado, «la iniquidad de todos nosotros» (Is 1,3,6). Porque se hizo en cierto modo solidario de nuestra naturaleza y de nuestro pecado, nos ha merecido el hacernos a su vez solidarios de su justicia y de su santidad. Dios, según la expresión enérgica de San Pablo, «destruyó al pecado en la carne, enviando por el pecado a su propio Hijo, en una carne semejante a la del pecado» (Rm 8,3); y añade con una energía aun más acentuada: «Dios hizo pecado por nosotros a Cristo, que no conocía el pecado» (2Cor 5,21). ¡Qué valentía en esta expresión!: «hizo pecado», el Apóstol no dice «pecador», sino «pecado».

Cristo, por su parte, aceptó tomar sobre sí todos nuestros pecados, hasta el punto de llegar a ser sobre la Cruz, en cierto modo, el pecado universal, el pecado viviente. Púsose voluntariamente en lugar nuestro, y por eso será herido de muerte; su sangre será nuestro rescate (Hch 20,28).

El género humano quedará libre, «no con oro o con plata, que son cosas perecederas, sino por una sangre preciosa, la del Cordero inmaculado y sin tacha, la sangre de Cristo, que ha sido designado desde antes de la creación del mundo» (1Ped 1, 18-20).

¡Oh!, no lo olvidemos, «hemos sido rescatados a gran precio» (1Cor 6,20). Cristo derramó por nosotros hasta la última gota de su sangre. Es verdad que una sola gota de esa sangre divina hubiera bastado para redimirnos; el menor padecimiento, la más ligera humillación de Cristo, un solo deseo salido de su corazón, hubiera sido suficiente para satisfacer por todos los pecados, por todos los crímenes que se pudieran cometer; porque siendo Cristo una persona divina, cada una de sus acciones constituye una satisfacción de valor infinito.- Pero «para hacer brillar más y más a los ojos del mundo el amor inmenso que su Hijo le profesa», «para que conozca el mundo que amo al Padre» (Jn 14,31), y «la caridad inefable de ese mismo Hijo para con nosotros» «ningún amor supera a este amor» (ib. 15,13); para hacernos palpar por modo más vivo y sensible cuán infinita es la santidad divina y cuán profunda la malicia del pecado, y por otras razones que no podemos vislumbrar [sacramentum absconditum. Ef 1,9; 3,3; Col 1,26], el Padre Eterno reclamó como expiación de los crímenes del género humano todos los padecimientos, la pasión y muerte de su divino Hijo; de manera que la satisfacción no quedó completa sino cuando desde lo alto de la cruz, Jesús, con voz moribunda, pronunció el «Todo está acabado».

Sólo entonces su misión personal de redención en la tierra quedó cumplida y su obra salvadora totalmente acabada.

3. Cristo merece, no sólamente para sí, sino para nosotros. Este mérito tiene su fundamento en la gracia de Cristo, constituido Cabeza del genero humano; en la libertad soberana y el amor inefable con que Cristo arrostró su Pasión por todos los hombres

Por estas satisfacciones, así como por todos los actos de su vida, Cristo nos mereció toda gracia de perdón, de salvación y de santificación.

Porque ¿en qué consiste el mérito?- En un derecho a la recompensa. [Hablamos del mérito propiamente dicho, de un derecho estricto y riguroso que en Teología se llama mérito de condigno]. Cuando decimos que las obras de Cristo son meritorias para nosotros, queremos indicar que por ellas Cristo tiene derecho a que nos sean dadas la vida eterna y todas las gracias que conducen a ella o a ella se refieren. Es lo que nos dice San Pablo: «Somos justificados, es decir, devueltos a la justicia a los ojos de Dios, no ya por nuestras propias obras, sino gratuitamente, por un don gratuito de Dios, es decir, por la gracia, que se nos concede en virtud de la redención obrada por Jesucristo» (Rm 3,24). El Apóstol nos da a entender con esto que la Pasión de Jesús, que corona todas las obras de su vida terrena, es la fuente de donde mana para nosotros la vida eterna: Cristo es la causa meritoria de nuestra santificación.

Pero ¿cuál es la razón profunda de ese mérito? -Porque todo mérito es personal. Cuando estamos en estado de gracia, podemos merecer para nosotros un aumento de esa gracia; pero tal mérito se limita a nuestra persona. Para los otros, no podemos merecerla; a lo más, podemos implorarla y solicitarla de Dios. ¿Cómo, pues, puede Jesucristo merecer por nosotros? ¿Cuál es la razón fundamental por la que Cristo, no sólo puede merecer para sí, por ejemplo, la glorificación de su humanidad, sino que también puede merecer para los demás -para nosotros, para todo el género humano- la vida eterna?

El mérito, fruto y propiedad de la gracia, tiene, si así puedo expresarme, la misma extensión que la gracia en que se funda.- Jesucristo está lleno de la gracia santificante, en virtud de la cual puede merecer personalmente para sí mismo.- Pero esta gracia de Jesús no se detiene en El, no posee un carácter únicamente personal, inmanente, sino que es trascendente, goza del privilegio de la universalidad. Cristo ha sido predestinado para ser nuestra cabeza, nuestro jefe, nuestro representante. El Padre Eterno quiere hacer de El «el primogénito de toda criatura»; y como consecuencia de esta eterna predestinación a ser jefe de todos los elegidos, la gracia de Cristo, que es de nuestro linaje por la encarnación, reviste un carácter de eminencia y de universalidad cuyo fin no es ya santificar el alma humana de Jesús, sino hacer de El, en orden a la vida eterna, el jefe del género humano [es lo que se llama en Teología gratia capitis, gracia de jefe. +Santo Tomás, III, q.48 a.1], y de aquí ese carácter social inherente a todos los actos de Jesús, cuando se los considera con respecto al género humano. Todo cuanto Jesucristo hace, lo hace no sólo por nosotros, sino en nuestro nombre; por eso San Pablo nos dice que «si la desobediencia de un solo hombre, Adán, nos arrastró al pecado y a la muerte, fue, en cambio, suficiente la obediencia, ¡y qué obediencia!, de otro hombre que era Dios al mismo tiempo para colocarnos a todos otra vez en el orden de la gracia» (Rm 5,19). Jesucristo, en su calidad de cabeza, de jefe, mereció por nosotros, del mismo modo que ocupando nuestro lugar satisfizo por nosotros. Y como el que merece es Dios, sus méritos tienen un valor infinito y una eficacia inagotable. [No hay que decir que los méritos de Cristo deben sernos aplicados para que experimentemos su eficacia. El Bautismo inaugura esta aplicación; por el Bautismo somos incorporados a Cristo y nos hacemos miembros vivos de su cuerpo místico: establécese un lazo entre la cabeza y los miembros. Una vez justificados por el Bautismo, podemos a nuestra vez merecer].

Lo que acaba de dar a las satisfacciones y a los méritos de Cristo toda belleza y plenitud, es que aceptó los padecimientos voluntariamente y por amor. La libertad es un elemento esencial del mérito: Porque un acto no es digno de alabanza, dice San Bernardo, sino cuando el que lo realiza es responsable [Ubi non est libertas, nec meritum. Serm. I in Cant.].

Esta libertad envuelve toda la misión redentora de Jesús.- Hombre-Dios, Cristo aceptó soberanamente padecer en su carne pasible, capaz de sufrir. Cuando al entrar en este mundo dijo a su Padre: «Heme aquí, oh Dios, para cumplir tu voluntad» (Heb 10,9), preveía todas las humillaciones, los dolores todos de su Pasión y muerte, y todo lo aceptó libremente en el fondo de su corazón por amor de su Padre y nuestro Padre: «Sí, quiero, y tu ley la llevo grabada en lo más íntimo de mi corazón» (Sal 39, 8-9).

Cristo mantuvo tensa esa voluntad durante toda su vida.- La hora de su sacrificio está siempre presente a sus ojos; la aguarda con impaciencia, la llama «su hora» (Jn 13,1), como si fuese la única que contase en su existencia. Anuncia su muerte a sus discípulos, y les señala de antemano sus circunstancias en términos tan claros, que no se puedan engañar. Así, cuando San Pedro, sobresaltado por el pensamiento de ver morir a su maestro, quiere oponerse a la realización de aquellos padecimientos, Jesús le responde: «No tienes el sentido de las cosas de Dios» (Mc 8, 31-33). Pero El conoce a su Padre; por amor a su Padre y por caridad para con nosotros anhela llegue el momento de la Pasión con todo el ardor de su alma santa, y al mismo tiempo con una libertad soberana, plenamente dueña de sí misma. Si esta voluntad de amor es tan viva que tiene como dentro de sí un horno: «Ardo en el deseo de ser bautizado con el bautismo de sangre» (Lc 12,50) con todo, nadie tendrá poder para quitarle la vida; la entregará espontáneamente (Jn 10,18). Ved cómo pone de manifiesto la verdad que encierran estas palabras. Un día los habitantes de Nazaret quieren arrojarle dc lo alto de un precipicio; Jesús se desvanece de en medio de ellos con admirable tranquilidad (Lc 4,30). Otra vez, en Jerusalén, los judíos quieren apedrearle, porque afirma su divinidad; El se oculta y sale del Templo (Jn 8,59); su hora no ha llegado todavía.

Pero cuando esa hora llega, Jesús se entrega.- Vedle en el Jardín de los Olivos la víspera de su muerte; la chusma armada se adelanta hacia El para prenderle y hacerle condenar. «¿A quién buscáis?», les pregunta, y cuando ellos contestan: «A Jesús Nazareno», dice sencillamente: «Yo soy». Esta palabra, salida de sus labios, basta para arrojar en tierra a sus enemigos. Pudiera hacer que continuasen derribados; pudiera, como El mismo decía, pedir a su Padre que enviase legiones de ángeles para librarle (Mt 26,53). Precisamente en este momento recuerda que cada día se le ha visto en el templo y que nadie ha podido echar mano de El; aun no había venido su hora; por esto no les daba licencia para prenderle; pero entonces había sonado ya la hora en que debía, por la salvación del mundo, entregarse a sus verdugos, los cuales no obraban más que como instrumentos del poder infernal: «Esta es vuestra hora, y la hora del poder de las tinieblas» (Lc 22,53). La soldadesca le lleva de tribunal en tribunal; El no se resiste; sin embargo de ello. delante del Sanedrín, tribunal supremo de los judíos, proclama sus derechos de Hijo de Dios; después se abandona al furor de sus enemigos, hasta el momento de consumar su sacrificio sobre la Cruz.

Si se entregó fue verdaderamente porque quiso (Is 53,7). En esta entrega voluntaria y llena de amor de todo su ser sobre la Cruz, por esa muerte del Hombre-Dios, por esta inmolación de una víctima inmaculada que se ofrece en aras del amor con una libertad soberana, dase a la justicia divina una satisfacción infinita [Santo Tomás, 3 Sent. Dis. 21, q.2, a.1, ad 3]. Cristo nos adquiere un mérito inagotable, y devuelve al mismo tiempo la vida eterna al género humano. «E inmolado, llegó a ser instrumento de salvación eterna para todos aquellos que se le someten» (Heb 5,9).

«Por haber consumado la obra de su mediación, Cristo se hizo para todos aquellos que le siguen la causa meritoria de la salvación eterna». Por eso tenía razón San Pablo cuando decía: «En virtud de esta voluntad somos nosotros santificados por la oblación que, una vez por todas, hizo Jesucristo de su propia cuerpo» (ib. 10,10).

Porque «Nuestro Señor murió por todos y por cada uno de nosotros». «Por todos ha muerto Cristo» (2Cor 5,15). «Cristo es la propiciación no sólo por nuestros pecados, sino por los de todo el mundo» (1Jn 2,2). De suerte que es «el único mediador posible entre los hombres y Dios» (1Tim 2,5).

Cuando se estudia el plan divino, sobre todo a la luz de las cartas de San Pablo, se ve que Dios no quiere que busquemos nuestra salud y nuestra santidad sino en la sangre de su Hijo; no hay más Redentor que El, no hay «bajo el cielo ningún otro nombre que haya sido dado a los hombres para que puedan salvarse» (Hch 5,12), porque su muerte es soberanamente eficaz: «Con un solo sacrificio consumó la salvación de los elegidos» (Heb 10,14). Es voluntad del Padre que su Hijo Jesús, después de haber sustituido a todo el género humano en su dolorosísima Pasión, sea constituido jefe de todos los elegidos, a quienes ha salvado por su sacrificio y su muerte.

Por esto el género humano redimido hace que resuene en el Cielo un cántico de alabanza y acción de gracias a Cristo: «Nos has redimido con tu sangre, a los de toda tribu, lengua, pueblo y nación» (Ap 5,9). Cuando lleguemos a la eterna bienaventuranza y nos hallemos unidos al coro de los santos, contemplaremos a nuestro Señor y le diremos: «Tú eres el que nos has rescatado con tu sangre preciosa; gracias a Ti, a tu Pasión, a tu sacrificio sobre la Cruz, a tus satisfacciones, a tus méritos, hemos triunfado de la muerte y eludido la eterna reprobación. ¡Oh Jesucristo! cordero inmolado, a Ti la alabanza, el honor, la gloria y la bendición eternamente» (Ap 5, 11-12).

4. Eficacia infinita de las satisfacciones y de los méritos de Cristo; confianza ilimitada que de ellos dimana

Pero la Pasión y muerte de nuestro divino Redentor nos revelan su eficacia, sobre todo en sus frutos.

San Pablo no se cansa de enumerar los beneficios que nos reportan los infinitos méritos adquiridos por el Hombre-Dios con su vida y padecimientos. Cuando habla de ellos, alborózase el gran Apóstol; no encuentra para expresar este pensamiento otros términos que los de abundancia, sobreabundatncia y riquezas, que declara inagotables (Rm 5,17 ss. 1Cor 1, 6-7; Ef 1, 7-8, 18,19; 2,17; 3,18; Col 1,27; 2,2; Fil 4,19; 1Tim 1,14; Tit 3,6). La muerte de Cristo nos redime (1Cor 6,20), «nos acerca a Dios, nos reconcilia con El» (Ef 2, 11-18; Col 1,14), «nos justifica» (Rm 3, 24-27), «nos comunica la santidad y la vida nueva de Cristo» (Tit 2,14; Ef 5,27). Y para resumirlo todo, el Apóstol traza una antítesis entre Cristo y Adán, cuya obra vino a reparar; Adán nos trajo el pecado, la condenación, la muerte; Cristo, segundo Adán, nos devuelve la justicia, la gracia, la vida (1Cor 15,22): «Hemos sido trasladados de la muerte a la vida» (Jn 3,14), «la redención ha sido abundante» (Sal 129,7). «Porque no sucede lo mismo con el don gratuito -la gracia- que con la culpa... y si por la culpa de un solo hombre la muerte reinó aquí abajo, con mayor razón los que reciben la abundancia de la gracia reinarán en la vida únicamente por Jesucristo; donde el pecado había abundado, sobreabundó la gracia (Rm 5, 15-21; hay que leer todo el pasaje); por eso «no hay condenación para aquellos que quieren vivir unidos a Jesucristo y que han sido reengendrados en El» (ib. 8,1).

Nuestro Señor, al ofrecer a su Padre en nuestro nombre una satisfacción de valor infinito, suprimió el abismo que existía entre el hombre y Dios: el Padre Eterno mira desde entonces con amor a la especie humana, rescatada por la sangre de su Hijo; cólmala, a causa de su Hijo, de todas las gracias que ha menester para unirse a El, «para vivir para El, de la vida misma de Dios». «Para servir al Dios vivo» (Heb 9,14). Así, todo bien sobrenatural que recibimos, todas las luces que Dios nos prodiga, todos los auxilios con que estimula nuestra vida espiritual, nos son concedidos en virtud de la vida, de la pasión y de la muerte de Cristo; todas las gracias de perdón, de justificación, de perseverancia, que Dios da y dará eternamente a las almas de todos los tiempos, tienen su fuente única en la Cruz.

¡Ah! verdaderamente, si «Dios ha amado al mundo hasta darle a su Hijo» (Jn 3,16); «si nos ha arrancado del poder de las tinieblas y trasladado al reino de su Unigénito, en quien tenemos la redención y la remisión de los pecados» (Col 1, 13-14); «si nos ha amado, continúa San Pablo, a cada uno de nosotros y por nosotros se ha entregado» (Tit 2,14), para dar testimonio del amor que tenía a sus hermanos; si se ha dado a sí mismo con el fin de redimirnos de toda iniquidad y de «formarse, purificándonos, un pueblo que le pertenezca» (ib. 2,14), ¿por qué vacilar todavía en nuestra fe y en nuestra confianza en Jesucristo?- Todo lo ha satisfecho, lo ha saldado y lo ha merecido; sus méritos son nuestros, y he aquí «que somos ricos con todos sus bienes», de modo que si queremos, «nada nos faltará para nuestra santidad». «En El habéis sido enriquecidos de manera que nada os falte de ninguna gracia» (1Cor 1, 5-7).

¿Por qué, pues, se encuentran almas pusilánimes que creen que no es para ellas la santidad, que la perfección está fuera de su alcance, que dicen, cuando se lee o habla de perfección: «Eso no es para mí; nunca podré llegar a la santidad»? ¿Sabéis qué es lo que las hace hablar así?- Su falta de fe en la eficacia de los méritos de Cristo; porque voluntad de Dios es que todos se santifiquen (1Tes 4,3); he aquí el precepto del Señor: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48).- Pero con frecuencia olvidamos el plan divino; olvidamos que nuestra santidad es una santidad sobrenatural, cuya fuente se halla en Cristo, nuestro jefe y nuestra cabeza, y de esa manera subestimamos los méritos infinitos, las satisfacciones inagotables de Jesucristo. Sin duda que nada podemos hacer por nosotros mismos en el orden de la gracia y de la perfección; nuestro Señor nos lo dice formalmente: «Sin mí nada podéis hacer» (Jn 15,5); y San Agustín, comentando este texto, añade: «Ni poco ni mucho puede realizarse» [Sive parum, sive multum, sine illo fieri non potest sine quo nihil fieri potest. Trat. sobre San Juan 81,3]. ¡Es esto tan verdadero! Ora se trate de cosas grandes, ora de cosas pequeñas, nada podemos hacer sin Cristo. Pero al morir por nosotros, Cristo nos ha dejado franco el acceso hasta su Padre, un acceso libre y expedito (Ef 2,18; 3,12); por su mediación no hav gracia a que no podamos aspirar. Almas de poca fe, ¿por qué dudamos de Dios, de nuestro Dios?

5. Ahora, Cristo sin cesar aboga junto al Padre en favor nuestro. Nuestra debilidad, título a las misericordias celestiales. Cómo glorificamos a Dios al hacer valer nuestros derechos a las satisfacciones de su hijo

Verdad es que ahora, Cristo ya no merece más (no siendo posible el mérito sino hasta el instante de la muerte); pero sus méritos están adquiridos y sus satisfacciones permanecen. Porque «este Pontífice, por ser eterno, está revestido de sacerdocio que no tiene fin; de aquí que pueda salvar para siempre a aquellos que por El se acercan a Dios» (Heb 7, 24-25).

San Pablo insiste particularmente en mostrar que Cristo en su calidad de Pontífice Supremo sigue actual e incesantemente intercediendo en el cielo por nosotros.

«Jesús subió al cielo como precursor nuestro» (Heb 6,20). Si está sentado a la diestra de su Padre, es «para interceder por nosotros». «Para presentarse ahora por nosotros ante el acatamiento de Dios» (ib. 9,24). «Siempre vivo, intercede por nosotros sin cesar» (ib. 7,25).[La misma expresión emplea San Pablo en la Epístola a los Romanos (8,32), y es para sacar la consecuencia de que nuestra confianza debe ser ilimitada: «Dios nos lo ha dado todo al darnos a su Hijo»]. Sin descanso, Cristo muestra continuamente a su Padre las cicatrices que ha conservado de sus llagas; porque El es nuestro jefe, hace valer sus méritos en nuestro favor, y porque merece ser escuchado de su Padre, su oración surte efecto siempre: «Padre, sé que siempre me oyes» (Jn 11,42). ¡Qué confianza tan ilimitada no debemos tener en tal Pontífice que es el Hijo muy amado de su Padre y ha sido nombrado por El jefe nuestro y cabeza nuestra, que nos hace partícipes de todos sus méritos y de todas sus satisfacciones! (Santo Tomás, III, q.48, a.2, ad 1).

Sucede a veces que cuando gemimos bajo el peso de nuestras flaquezas, de nuestras miserias, de nuestras faltas, prorrumpimos con el Apóstol: «Desgraciado de mí; siento en mí una doble ley: la ley de la concupiscencia que me arrastra hacia el mal, y la ley de Dios que me empuja hacia el bien. ¿Quién me librará en esta lucha? ¿Quién me dará la victoria?»- Escuchad la respuesta de San Pablo: «La gracia de Dios que nos ha sido merecida y dada por Jesucristo nuestro Señor» (Rm 8,25). En Jesucristo hallamos todo lo necesario para salir victoriosos aquí abajo, en espera del triunfo final de la gloria.

¡Oh, si llegásemos a adquirir la convicción profunda de que sin Cristo nada podemos y que con El lo tenemos todo! «¿Cómo el Padre no nos lo dará todo con El? (ib. 8,32).- De nosotros mismos somos flacos, muy flacos, hay en el mundo de las almas flaquezas de todo género, pero no es ésta una razón para desmayar; cuando no son queridas estas miserias, son más bien un título a la misericordia de Cristo. Fijaos en los desgraciados que quieren excitar la piedad de aquellos a quienes piden limosna: en vez de ocultar su pobreza, descubren sus harapos y muestran sus llagas; éste es su título a la compasión y a la caridad de los transeúntes. Lo mismo para nosotros que para los enfermos que le presentaban cuando vivía en Judea, lo que nos atrae la misericordia de Jesús es nuestra miseria reconocida, confesada y exhibida a los ojos de Cristo. San Pablo nos dice que Jesucristo quiso experimentar todas nuestras debilidades, excepto el pecado, a fin de aprender a compadecerlas; y de hecho varias veces leemos en el Evangelio que Jesús se sentía «movido a piedad» (Lc 7,13; Mc 8,2. +Mt 15,32) a la vista de los dolores que presenciaba. San Pablo añade expresamente que ese sentimiento de compasión lo conserva en su gloria, y concluye: «Acerquémonos, pues, confiadamente al trono» de Aquel que es la fuente «de la gracia»; porque si así lo hacemos, «obtendremos misericordia» (Heb 4, 14-16).

Por otra parte, obrar de este modo es glorificar a Dios, es rendirle un homenaje muy agradable. ¿Por qué? -Porque es designio divino que lo encontremos todo en Cristo, y cuando reconocemos humildemente nuestra debilidad y nos apoyamos en la fortaleza de Cristo, el Padre nos mira con benevolencia y con agrado, porque con eso proclamamos que Jesús es el único mediador que a El le plugo establecer en la tierra.

Ved cómo el gran Apóstol estaba convencido de esta verdad. En una de sus Epístolas, después de haber manifestado cuán miserable es y cuántas luchas ha de sostener en su alma, exclama: «De buena gana me gloriaré de mis debilidades» (2Cor 12,9). En lugar de lamentarse a causa de sus enfermedades, de sus debilidades, de sus luchas, las convierte en título y motivo de santo orgullo, esto parece extraño, ¿no es verdad?- Pero San Pablo nos da una razón convincente: «A fin de que no sea mi fuerza, sino la fuerza de Cristo, la gracia de Cristo que habita en mí, la que me haga triunfar» (ib.) y que a El se dirija toda gloria.

Notad ahora hasta dónde llega San Pablo cuando habla de nuestra debilidad: «No somos capaces de pensar nada por nosotros mismos» (2Cor 3,5).- Llega hasta decir que «no podemos ni siquiera tener un buen pensamiento, un pensamiento que nos merezca algo para el cielo», «por nosotros mismos». No hay duda que cuando escribió estas palabras estaba inspirado por Dios; somos incapaces de producir un buen pensamiento que salga de nosotros como de su fuente. Todo lo que es bueno, todo lo bueno que hay en nosotros, «todo lo que es meritorio para la vida eterna, viene de Dios», por Cristo. «Nuestra suficiencia de Dios nos viene» (ib. 3,5). «Dios es quien nos da, no sólo el obrar sino también el querer, por pura benevolencia, porque así le place» (Fil 2,13). Por tanto, de nosotros no podemos sobrenaturalmente ni querer, ni tener un buen pensamiento, ni obrar, ni rezar. No podemos absolutamente nada. «Sin mí nada podéis» (Jn 15,5). ¿Somos por eso dignos de lástima?- De ninguna manera. Después de haber puesto de relieve nuestra flaqueza, añade San Pablo: «Todo lo puedo, no por mí, sino en Aquel que me fortalece» (Fil 4,13); a fin de que toda gloria sea dada a Cristo, que nos lo ha merecido todo, y en quien todo lo tenemos. No hay obstáculo que no pueda vencer, no hay dificultad que no pueda superar ni prueba de que no pueda triunfar, ni tentación a la que no pueda resistir por la gracia que Cristo me ha merecido. En El y por El lo puedo todo, porque su triunfo estriba en hacer fuerte al débil: «Bástate mi gracia, porque la virtud se desarrolla mejor en medio de las flaquezas» (2Cor 12,9). Dios quiere con esto que toda gloria suba a El por Cristo, cuya gracia triunfa de nuestras debilidades: «En la alabanza de la gloria de su gracia» (Ef 1,6).

En el último día, cuando aparezcamos delante de Dios, no podremos decirle: Dios mío, he tenido grandes dificultades que vencer, triunfar era imposible, mis muchas faltas me desalentaban; porque Dios nos respondería: «Hubiera sido verdad si te hubieras encontrado solo, pero yo te he dado a mi Hijo Jesús; El lo ha expiado, lo ha saldado todo; en su sacrificio disponías de todas las satisfacciones que yo tenía derecho a reclamar por todos los pecados del mundo; todo lo mereció por ti en su muerte; ha sido tu redención y con ella mereció ser tu justificación, tu sabiduría, tu santidad; en El debieras haberte apoyado; en mis designios divinos, Jesús no es sólo tu salvación, sino también la fuente de tu fortaleza, porque todas sus satisfacciones, todos sus méritos, todas sus riquezas, que son infinitas, eran tuyas desde el Bautismo, y desde que se sentó a mi diestra, ofrecíame sin cesar por ti los frutos de su sacrificio; en El debieras haberte apoyado, pues por El yo te hubiera dado sobreabundantemente la fuerza para vencer todo mal, como El mismo me lo pidió: "Te ruego que los preserves del mal" (Jn 17,15); te hubiera colmado de todos los bienes, pues por ti y no por Sí mismo aboga sin cesar» (Heb 7,25).

¡Ah, si conociésemos el valor infinito del «don de Dios»! (Jn 4,10), y, sobre todo, ¡si tuviésemos fe en los inmensos méritos de Jesús, pero una fe viva, práctica, que nos infundiese una confianza sin límites en la eficacia impetratoria de la oración; un abandono confiado en todas las situaciones difíciles, por las que pueda atravesar nuestra alma! Entonces. imitando a la Iglesia, que en su liturgia repite esta fórmula cada vez que dirige a Dios una oración, nada pediríamos que no fuera en su nombre «porque ese mediador, siempre vivo, reina en Dios con ei Padre y el Espíritu Santo», «por nuestro Señor Jesucristo, que contigo vive y reina...» [Per Dominum Nostrum Iesum Christum qui tecum vivit et regnat].

Tratándose de gracias, estamos seguros de obtenerlas todas por El. Cuando San Pablo expone el plan divino dice que «en Cristo tenemos la redención adquirida por medio de su sangre, la remisión de los pecados, según la riqueza de su gracia, que se nos ofrece sobreabundantemente» (Ef 1,7). Disponemos de todas estas riquezas adquiridas por Jesús, que han llegado a ser nuestras por el Bautismo; lo único que tenemos que hacer es acudir a El para apropiárnoslas y ser «como la esposa que sale del desierto» de su pobreza, pero «llena de delicias» porque «se apoya sobre su amado». «¿Quién es ésta que sube del desierto reclinada en su amado, destilando dulzuras?» (Cant 8,5).

Si viviésemos de estas verdades, nuestra vida sería un cántico ininterrumpido de alabanza, de acción de gracias a Dios, por el don inestimable que nos ha hecho en su Hijo Jesucristo (2Cor 9,15). Así entraríamos plenamente, para mayor bien y alegría más profunda de nuestras almas, en los pensamientos de Dios, que quiere que lo encontremos todo en Jesús, y que recibiéndolo todo de El, le demos, juntamente con su Padre, en unidad de su común Espíritu, toda bendición, todo honor y toda gloria: «Aquel que se sienta en el trono y al Cordero, bendiciones y honra y poder y gloria por los siglos de los siglos» (Ap 5,13).

4  Jesucristo, causa eficiente de toda gracia

Causa efficiens

Hoy vamos a tratar todavía de la persona adorable de nuestro Señor. No os canséis jamás de oír hablar de El. Ningún tema os será más útil, ni debe seros más querido; en Cristo lo tenemos todo, y fuera de El no hay salud ni santificación posible. Cuanto más se estudia el plan divino, según las Sagradas Escrituras, más se advierte cómo un gran pensamiento lo domina todo: El de que Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, es el centro de la creación y de la redención; que todas las cosas se refieren a El, y que por El se nos da a nosotros toda la gracia y se tributa toda la gloria al Padre.

La contemplación de nuestro Señor no es sólo santa, sino santificante; con sólo pensar en El y contemplarlo con fe y amor, nos santificamos. Para ciertas almas, la vida de Jesucristo es un tema de meditación como otro cual quiera; no es bastante eso. Cristo no es uno de los medios de la vida espiritual, es toda nuestra vida espiritual El Padre lo ve todo en su Verbo, en su Cristo, todo lo encuentra en El, tiene ciertamente exigencias infinitas de gloria y de alabanza, pero encuentra cumplida satisfacción a esas exigencias a través de su Hijo, en las acciones más intrascendentes de su Hijo. Cristo es su Hijo muy querido en quien pone todas sus complacencias. ¿Por qué no había de ser Cristo igualmente nuestro todo, nuestro modelo, nuestra satisfacción, nuestra esperanza, nuestra luz, nuestra fuerza, nuestra alegría? Esta verdad es tan capital, que quiero insistir en ella nuevamente.

La vida espiritual consiste sobre todo en contemplar a Cristo, para reproducir en nosotros su condición de Hijo de Dios y sus virtudes. Las almas que tienen constantemente fija la mirada en Cristo, ven en su luz lo que se opone dentro de ellas al desarrollo de la vida divina; buscan entonces en Jesús la fuerza necesaria para remontar esos obstáculos y agradarle; pídenle que sea el apoyo de su debilidad, que despierte y acreciente sin cesar en ellas esa disposición fundamental, a la que se reduce toda la santidad, y que consiste en buscar siempre lo que es agradable a su Padre.

Esas almas entran plenamente en el plan divino; avanzan con rapidez y con seguridad por el camino de la perfección y de la santidad; ni siquiera corren el peligro de desalentarse a vista de sus defectos; saben que por sí mismas nada pueden: «Sin mí nada podéis» (Jn 15,5); ni el peligro de envanecerse por sus progresos, porque están convencidas de que si sus esfuerzos personales son necesarios para corresponder a la gracia, su perfección la deben exclusivamente a Jesucristo, que en ellas habita, vive y trabaja. Si dan mucho fruto es, no solamente porque permanecen en Cristo por la gracia y la fidelidad de su amor, sino también, y sobre todas las cosas, porque Cristo permanece en ellas: «Quien mora en mí y yo en él, éste producirá mucho fruto» (ib.).

En efecto, Cristo no es sólo un modelo como el que contempla un pintor cuando hace un retrato, ni podemos tampoco comparar su imitación a la que realizan ciertos espíritus mediocres cuando remedan el porte y los gestos de un gran hombre a quien admiran; esa imitación es superficial, externa, y no cala al fondo del alma.

La imitación de Cristo es muy otra. Cristo es más que un modelo, es más que un Pontífice que nos ha obtenido la gracia de imitarle El mismo, por su Espíritu, obra en lo íntimo de nuestra alma para ayudarnos a realizar ese trasunto, esa copia. ¿Por qué?- Porque, ya lo dejé dicho al exponer el plan divino, nuestra santidad es de orden esencialmente sobrenatural. Dios no se contenta, ni se contentará jamás, desde que resolvió hacernos hijos suyos, con una moralidad o una religión natural quiere que obremos como hijos de linaje divino.

Pero esta santidad nos la da por su Hijo, en su Hijo, mediante la gracia que nos ha merecido su Hijo Jesucristo. Toda la santidad que destina a los hombres, la ha depositado en Jesús y de esa plenitud debemos recibir las gracias que nos hagan santos: «Cristo ha sido hecho por Dios, nuestra sabiduría, justicia, santidad y redención» (1Cor 1,30). Si Cristo posee todos los tesoros de ciencia y de sabiduria (Col 2,3) y de santidad, es para hacernos participantes de ellos, ha venido para que tengamos en nosotros la vida divina, y para que la tengamos en abundancia: «Vine para que tengan vida y para que esta vida sobreabunde en ellos» (Jn 10,10). Por su Pasión y por su muerte, ha abierto a todos la fuente de esos tesoros; pero no lo echemos en olvido: ese venero está en El y no fuera de El; es El el encargado de hacerle fluir hasta nosotros; la gracia, principio de vida sobrenatural, no viene sino por El. Por esto escribe San Juan: «El que está unido al Hijo, posee la vida; el que no está unido al Hijo, no posee la vida» (1Jn 5,12).

1. Durante la existencia terrena de Jesucristo, su humanidad era, como instrumento del Verbo, fuente de gracia y de vida

Contemplemos a Jesús durante su existencia terrena, y veremos que es la causa eficiente de toda gracia y la fuente de la vida; esa contemplación es fructuosa, porque nos muestra cómo debemos esperarlo todo de nuestro Señor.

Vemos que su santa humanidad llega a ser el instrumento de que la divinidad se sirve para derramar en torno suyo toda gracia y toda vida.

En primer lugar la vida o la salud corporal.

Un leproso se presenta a Jesús pidiendo la curación: Jesús extiende su mano, le toca y dice: «Lo quiero, sé curado»; y al punto desaparece la lepra (Mt 8, 2-3).- Preséntanle dos ciegos: Jesús les toca los ojos con su mano, diciendo: «Hágase según vuestra fe», y sus ojos se abren a la luz (Mt 9, 27-29).- Otro día introducen adonde El estaba un hombre sordo y mudo, y suplican a Jesús que le imponga las manos; entonces Jesús, apartándole de la turba, le pone el dedo en los oídos, le moja con saliva la lengua y, levantando los ojos al cielo, suspira y dice: «Abríos», y al punto el hombre oye, su lengua se desata y empieza a hablar con soltura (Mc 7, 32-35).- Mirad a Jesús junto al sepulcro de Lázaro; con sólo la palabra le devuelve a la vida.

En todas estas ocasiones vemos la santa humanidad servir de instrumento a la divinidad. Es la persona del Verbo la que cura y resucita; mas para obrar esas maravillas, el Verbo se sirve de la naturaleza humana que le está unida, Cristo pronuncia las palabras sirviéndose de su naturaleza humana y toca a los enfermos con sus manos. La vida brotaba de la divinidad, pero llegaba a los cuerpos y a las almas mediante la humanidad [para emplear el término teológico, la humanidad servía de fuente de vida como instrumento unido al Verbo: Ut instrumentum coniunctum].- Comprendemos las palabras del Evangelio cuando nos dicen que «las turbas deseaban tocar a Jesús, porque salía de El un poder que curaba» [Virtus de illo exibat] (Lc 6,19).

De igual modo procede Jesucristo en el terreno sobrenatural de la gracia; por una acción, una palabra, un gesto de la naturaleza humana que le está unida, perdona los pecados y justifica a los pecadores. Ved a María Magdalena entrar en medio del festín y regar con sus lágrimas los pies de Cristo. Jesús le dice: «Tus pecados te son perdonados, tu fe te ha salvado» (ib. 7, 48-50); es la divinidad la que perdona los pecados, sólo ella puede hacerlo, pero Jesús otorga este perdón por medio de la palabra; y de esta manera su humanidad se convierte en instrumento de la gracia. Hay en el Evangelio una escena más explícita todavía. Cierto día presentan a Jesús un paralítico tendido en un lecho. «Tus pecados te son perdonados», dice Jesús, y los fariseos que le oyen y no creen en la divinidad, murmuran: «¿Quién es este hombre que pretende perdonar los pecados? Sólo Dios puede hacerlo». Mas nuestro Señor, queriendo demostrar que era Dios, les responde: «¿Qué es más fácil decir: Te son perdonados tus pecados, o decir: Levántate y anda? Pues bien, a fin de que sepáis que el Hijo del Hombre -notad la expresión, Hijo del Hombre; nuestro Señor la emplea intencionadamente en lugar del término Hijo de Dios tiene sobre la tierra poder de perdonar los pecados, yo te lo mando, dice al paralítico: Levántate, toma tu lecho y vuelve a tu casa». Y al punto aquel hombre se levanta en presencia de toda la gente, toma la cama sobre la que se le había llevado, y tórnase a su casa, glorificando a Dios (Lc 5, 18-25).

Así obra Cristo milagros, perdona los pecados y distribuye la gracia con libertad y poder soberanos, porque siendo Dios, es la fuente de toda gracia y de toda vida; pero lo hace sirviéndose de su humanidad; la humanidad de Cristo es vivificante, a causa de su unión con el Verbo divino [Carnem Domini vivificatricem esse dicimus quia facta est propria Verbi cuncta vivificare prævalentis. Concil. Ef., can.2].

Lo mismo se verifica en la Pasión y muerte de Jesús. Jesús padece, expía y merece en su naturaleza humana; la humanidad es el instrumento del Verbo, y los padecimientos de la santa humanidad obran nuestra salvación, son causa de nuestra redención, y nos vuelven a la vida [+Santo Tomás, III, q.8, a.1, ad 1]. «Estábamos muertos en el pecado, pero Dios nos ha vuelto a la vida con Cristo, a causa de Cristo, perdonándonos todas nuestras culpas» (Col 2,13). Santo Tomás nos lo dice claramente [Citemos esta bella proposición del Doctor Angélico: Verbum prout in principio erat apud Deum vivificat animas sicut agens principale; caro tamen eius, et misteria in ea patrata operantur instrumentaliter ad animæ vitam. III, q.62, a.5, ad 1. +III, q.48, ad 6; q.49, ad 1; q.27. De veritate, art.4]. En el momento en que, por amor de su Padre y nuestro, iba Cristo a entregarse para dar la vida divina a todos los hombres, pide al Padre que glorifique a su Hijo, puesto que le ha dado autoridad sobre toda carne, «a fin de que dé yo la vida eterna a todos aquellos que Tú has puesto en mis manos» (Jn 17, 1-2). Jesús ruega a su Padre que realice ya en principio su plan eterno. El Padre ha constituido a Cristo jefe del género humano; sólo en Cristo quiere que el hombre encuentre su salvación; y nuestro Señor pide que así se haga, puesto que por su Pasión y muerte, ocupando nuestro lugar, va a satisfacer por todos los crímenes del linaje humano y merecer para él toda gracia de salud y de vida.

La oración de nuestro Señor ha sido escuchada. En premio de haber llevado a cabo por sus padecimientos y sus méritos la salvación del género humano, Cristo ha sido confirmado como dispensador universal de toda gracia. «Se ha anonadado, y por esto en el día de la Ascensión su Padre le ensalzó y le dio un nombre sobre todo nombre» (Fil 2, 7-9). «Le constituyó heredero de todas las cosas» (Heb 1,2); le dio las naciones en herencia, porque El las había ganado con su sangre: «Pide, y yo te daré en herencia todas las gentes» (Sal 2,8). En beneficio de ellas ha sido dado a Cristo todo poder de gracia y de vida en el cielo y en la tierra (Mt 28,18). Finalmente, puso todas las cosas en sus manos por el amor que le tenía (Jn 3,35).

Así, modelo único, pontifice supremo, Redentor del mundo y mediador universal, Jesucristo fue además constituido dispensador de toda gracia. «La efusión de toda gracia en nosotros, dice Santo Tomás, no pertenece más que a Cristo y esta causalidad santificante resulta de la unión íntima que hay en Cristo entre la divinidad y la humanidad» [Interior autem influxus gratiæ non est ab aliquo nisi a solo Christo, cuius humanitas ex hoc quod est divinitati coniuncta habet virtutem iustificandi. Santo Tomás, III, q.8, a.6].

«El alma de Cristo, añade el mismo Santo, ha recibido la gracia en su más alto grado de plenitud; parece, pues, razonable que de esta plenitud haga copartícipes a todas las almas; y precisamente de este modo llena su cometido de cabeza de la Iglesia. De ahí que la gracia que adorna el alma de Cristo sea, en su esencia, la misma que nos purifica» (ib. a.5).

2. Cómo obra Cristo después de su Ascensión. Medios oficiales: Los sacramentos producen la gracia por sí mismos, pero en virtud de los méritos de Cristo

Pero acaso me preguntéis: ¿Cómo Cristo, después de haber subido a los cielos, cuando los hombres no pueden verle ni oirle ni tocarle, produce esos efectos de gracia y de vida? ¿Cómo se ejerce sobre nosotros, y en nosotros, la acción de nuestro Señor? ¿Cómo es ahora causa eficiente de nuestra santidad? ¿Cómo produce en nosotros la gracia, fuente de vida?

Jesucristo, por ser Dios, es dueño absoluto de sus dones y de la manera como los distribuye; del mismo modo que nosotros no podemos limitar su poder, así tampoco podemos determinar los modos de su acción. Jesucristo puede hacer afluir, cuando le place, la gracia en el alma, directamente y sin intermediarios, la vida de los santos está llena de estos ejemplos de la libertad y de la liberalidad divinas; sin embargo, en la economía actual, el camino oficial y ordinario por el cual llega hasta nosotros la gracia de Cristo es principalmente el de los sacramentos por El instituidos.

Podría santificarnos de otro modo; pero siendo Dios, desde el momento en que decidió por sí mismo establecer esos medios de salvación, que sólo El podía determinar, puesto que sólo El es el autor del orden sobrenatural, debemos recurrir en primer lugar a esas fuentes auténticas. Todas las prácticas de ascética que pudiéramos inventar para conservar y aumentar en nosotros la vida divina, no tienen ningún valor sino en la medida en que nos ayudan a extraer más provecho de esas fuentes de vida; porque ellas son, en efecto, las fuentes puras y verdaderas, a la vez que inagotables, donde encontraremos infaliblemente la vida divina de que Jesús rebosa y de la que quiere hacernos participantes.

Veamos, pues qué medios son éstos. No trato de daros aquí toda la Teología de los Sacramentos, mas espero deciros lo suficiente para que veáis cómo, brillan en su institución la bondad y la sabiduría de nuestro divino Salvador.

¿Qué es un sacramento?

El Santo Concilio Tridentino (al cual debemos siempre acudir en esta materia, porque en él encontramos la doctrina de los Sacramentos expuesta con precisión admirable) nos dice que el Sacramento es «un signo sensible que significa y produce una gracia invisible»; es un símbolo que contiene y confiere la gracia divina. Es un signo sensible, externo, tangible; nosotros somos a la vez materia y espíritu, y Cristo ha querido utilizar la materia -agua, óleo, trigo, vino, palabra, imposición de las manos- para señalar la gracia que quiere producir en las almas.

Sabiduría eterna, Cristo ha adaptado a nuestra naturaleza, material y espiritual a la vez, los medios sensibles de comunicarnos su gracia [Si incorporeus esses, nuda et incorporea tibi dedisset ipse dona; sed quia anima corpori coniuncta est, sensibilibus intelligibilia tibi præstat. San Juan Crisóstomo, Homilia 82 in Mat., y Homilia 60 ad popul. Antioch.].

Digo «comunicar», porque esos signos no sólo significan o simbolizan la gracia, sino que la contienen y la confieren. Esos signos y esos ritos son eficaces: producen realmente la gracia por la voluntad y la institución de Jesucristo, a quien el Padre ha dado todo poder, y que con el Padre y el Espíritu Santo es Dios; el efecto de los Sacramentos es la gracia producida en lo íntimo del alma.

Escuchemos a nuestro divino Salvador; El nos enseña que el agua del Bautismo lava nuestras faltas, nos regenera en la vida de la gracia, nos hace hijos de Dios y herederos de su reino. «A menos que uno sea regenerado por el agua y el Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de Dios» (Jn 3,5). Nos enseña, además, que la palabra del ministro que nos absuelve borra nuestros pecados. «A aquellos a quienes perdonareis los pecados, les serán perdonados»; nos dice que bajo las apariencias del pan y del vino se hallan realmente su cuerpo y su sangre, que hay que comer y beber para tener la vida; ccn respecto al matrimonio, nos declara que el hombre no puede separar a los que fueron por Dios unidos; y la Tradición, eco de la enseñanza de Jesús, nos repite que la imposición de las manos confiere a los que la reciben el Espíritu Santo y sus dones. [En cuanto a la cuestión de saber si todos los Sacramentos han sido instituidos inmediatamente, en todos sus detalles, por el mismo Cristo, importa poco para nosotros; varios Sacramentos ofrecen este carácter; en el Evangelio no leemos que todos fueran instituídos de la misma manera; pero si Cristo delegó en sus Apóstoles la determinación de ciertos detalles, aunque sean de importancia, no es menos verdadero que únicamente El es quien dotó a todos esos símbolos de la gracia de la cual es autor y fuente única].

Una de las manifestaciones de la condescendencia de nuestro divino Salvador al instituir los sacramentos consiste en que los signos que contienen la gracia, la producen por sí mismos [ex opere operato]. El acto sacramental, la obra practicada, la simple aplicación al alma de los símbolos y ritos, hecho con arreglo a lo prescrito, eso es lo que confiere la gracia, y la confiere independientemente, no de la intención, pero sí del mérito personal de aquel que lo administra. La indignidad de un ministro herético o sacrílego no puede poner óbice al efecto del Sacramento, si ese ministro se conforma con la intención de la Iglesia y trata de ejecutar lo que hace la Iglesia en semejantes casos. El Bautismo, administrado por un ministro heretico, es válido. -¿Por qué?- Porque Cristo, Hombre-Dios, quiso colocar la comunicación de las gracias por encima de toda consideración del mérito o de la virtud de aquellos que le sirven de instrumento; el valor del Sacramento no depende de la dignidad o de la santidad humanas; radica en la institución del Sacramento por Jesucristo y esto es lo que origina en el alma fiel una confianza ilimitada en la eficacia de esos auxilios divinos [Secura Ecclesia spem non posuit in homine... sed spem suam posuit in Christo, qui sic accepit formam servi ut non amitteret formam Dei. San Agustín, Ep. 89,5].

¿Quiere esto decir que debemos usar de esos medios sin disposición ninguna, que podemos acercarnos a ellos sin ninguna clase de preparación? Al contrario.- ¿Qué es, pues, lo que se requiere?- En primer lugar, una disposición general que guarda relación con la producción misma de la gracia: que quien recibe los Sacramentos no ponga obstáculos a su acción, a su operación, a su energía [non ponentibus obicem].- Oponed un dique a las aguas de un torrente: las aguas se detienen; destruid el dique, quitad el obstáculo: al punto, libres las aguas, se precipitan e invaden la llanura. Lo mismo sucede con la gracia de los Sacramentos. En el Sacramento se halla todo lo necesario para obrar, pero se necesita también que la gracia no encuentre óbices en nosotros.- ¿Qué óbices?- Varían según el carácter de los signos y de la gracia que contienen. Así, no podemos recibir la gracia de ningún Sacramento si no consentimos en ella; el adulto a quien se confiere el Bautismo, no puede recibir la gracia si su voluntad se opone a la recepción del Sacramento; la falta de contrición es igualmente un obstáculo ala recepción de la gracia del Sacramento de la penitencia; y el pecado mortal constituye un obstáculo que nos impide recibir la gracia de la Eucaristía: quitad el obstáculo, y la gracia descenderá sobre vosotros en el instante en que recibáis el Sacramento.

Pero yo añadiría aún: ensanchad por la fe, la confianza y el amor la capacidad de vuestras almas, y la gracia descenderá más abundante sobre vosotros.- Porque si la gracia sacramental es sustancialmente la misma en todos los Sacramentos, varía en los grados, en la intensidad, según las disposiciones de los que la reciben después de haber suprimido los obstáculos, varía no en su entidad, sino en su fecundidad y en lo dilatado de su acción, según las disposiciones del alma receptora.

Abramos, pues, enteramente a la gracia divina las avenidas de nuestra alma; aportemos toda la caridad y toda la pureza posibles para que Cristo haga sobreabundar en nosotros su vida divina.

Porque Cristo, el Verbo encarnado, en cuanto Dios, es la causa eficiente primera y primordial de la gracia producida por los Sacramentos. -¿Cómo es esto?- Porque sólo puede producir la gracia aquel que es su autor y su fuente. Los Sacramentos, señales destinadas a transmitir esa gracia al alma, obran en calidad de instrumentos, son una causa de gracias, causa real eficiente, pero sólo instrumental.

Observad un artista en su taller. Trabaja y se vale del cincel para pulir el mármol y realizar el ideal que persigue su genio. Cuando la obra esté acabada, podremos decir con entera exactitud que su autor es el artista, pero el cincel ha sido el instrumento encargado de transmitir su idea a la materia. La obra es debida al cincel, pero al cincel guiado y vivificado por la mano del maestro, dirigida, a su vez, por el genio que ha concebido la obra ejecutada.

Lo mismo pasa con los Sacramentos: son signos que producen la gracia, no como causa principal -pues la gracia santificante brota sólo de Cristo como de su fuente única-, sino como instrumentos, en virtud del impulso que reciben de la humanidad de Cristo, unida al Verbo y llena de la vida divina [Sacramenta corporalia per propiam operationem quam exercent circa corpus quod tangunt, efficiunt operationem instrumentalem ex virtute divina circa animam; sicut aqua baptismi abluendo corpus secundum propriam virtutem, abluit animam in quantum est instrumentum virtutis divinæ; nam ex anima et corpore unum fit. Et hoc est quod Agustinus dicit quod «corpus tangit, et cor abluit».- Vis spiritualis est in sacramentis in quantum ordinantur a Deo ad effectum spiritualem. Santo Tomás, III, q.62, a.1, ad 2, y q.67, a.4, ad 1. +q.64, a.4].

Cristo mismo es quien bautiza y quien absuelve en la persona del sacerdote. «¿Pedro, bautiza?, dice San Agustín; es Cristo quien bautiza. ¿Judas, bautiza? Es Cristo quien bautiza» [Petrus baptizet, Christus baptizat; Iudas baptizet, Christus baptizat. Trat. sobre San Juan, VI]. El ministro, cualquiera que sea, obra en virtud de Cristo, El, aplica los méritos de Cristo, y da participación en las satisfacciones de Cristo, finalmente, la vida de Cristo es la que afluye a nuestras almas, conducida a través de esos canales. [Comentando estas palabras: Dominus baptizabat plures quam Ioannes, quamvis ipse non baptizaret, sed discipuli eius, escribe San Agustín: Ipse et non ipse; ipse potestate, illi ministerio, servitutem ad baptizandum illi admovebant, potestas baptizandi in Christo permanebat. Trat. sobre Jn V,1].

Toda la eficacia de los Sacramentos, para hacernos partícipes de la vida divina, emana, por tanto, de Cristo, el cual, por su vida y su sacrificio en la Cruz, nos mereció toda gracia e instituyó, por otra parte, esas señales para hacerla llegar a nosotros. ¡Oh, si tuviésemos fe, si comprendiésemos lo que son esos medios divinos -doblemente divinos: por su fuente primera y original y por la finalidad que persiguen-, con qué fervor y frecuencia utilizaríamos estos medios puestos generosamente a nuestra disposición por la bondad de nuestro Señor, en el transcurso de nuestra vida!

3. Universalidad de los sacramentos; se extienden a toda nuestra vida sobrenatural; confianza ilimitada que debemos tener en estas fuentes auténticas

En efecto, lo que acaba de hacer resaltar aquí la admirable sabiduría del Verbo encarnado es que los Sacramentos envuelven toda nuestra vida en influencias santificadoras.

Santo Tomás [III, q.65, a.1] nos dice que hay una analogía entre la vida natural y la vida sobrenatural.- Nacemos a la vida sobrenatural por el Bautismo; esa vida debe robustecerse y eso se hace en la Confirmación; no se nace más que una vez, y sólo una vez se llega a la virilidad; por eso estos Sacramentos no se reiteran. Como el cuerpo, el alma necesita un alimento; ese alimento es la Eucaristia, que puede ser recibida todos los días; cuando caemos en el pecado, la Penitencia nos vuelve la gracia cuantas veces sea necesario, purificándonos de nuestras faltas. ¿Nos amenaza la enfermedad con la muerte? La Extremaunción será la que prepare nuestro paso a la eternidad, y a veces nos devolverá la salud del cuerpo, si tal es el designio de Dios. Todos estos Sacramentos, tan varios, crean, alimentan fortalecen, aseguran, reparan, hacen crecer y desarrollarse la vida divina en el alma de cada uno de nosotros.

Mas como el hombre no es un individuo aislado, sino miembro de una sociedad, el Sacramento del Matrimonio santifica la familia y bendice la propagación del género humano, mientras que el del Orden perpetúa, por el sacerdocio, el poder de la paternidad espiritual.

Todos estos sacramentos, sin excepción, confieren la gracia, es decir, comunican al alma o aumentan en ella la vida de Cristo: gracia santificante, virtudes infusas, dones del Espíritu Santo, todo ese admirable conjunto que con el nombre de estado de gracia hermosea la sustancia de nuestra alma y fecunda sobrenaturalmente sus facultades para hacerla semejante a Jesucristo y digna de las miradas del Padre Eterno.

En cada sacramento recibimos la gracia santificante o un aumento de la misma; pero esa gracia reviste en cada uno de ellos su modalidad propia, contiene energías especiales, produce particulares efectos, específicos y conformes con el fin para el cual fue instituido el Sacramento, según acabamos de indicar; y, como bien lo sabéis, el Bautismo, la Confirmación y el Orden imprimen en el alma algo así como un sello, un carácter indeleble: el carácter de cristiano, de soldado de Cristo, de sacerdote del Altísimo.

Lo que ante todo conviene retener de esta analogía (que por otra parte no debemos llevar hasta el último límite), es que el cristiano en las principales fases de su vida dispone de abundantes y adecuados medios de santificación y que Cristo ha proveído a todas nuestras necesidades sobrenaturales. En cualquiera etapa algo importante de nuestra existencia, la gracia está allí bajo una forma particular de oportunidad bienhechora, Jesucristo nos acompaña durante toda nuestra peregrinación por la tierra; permanece a nuestro lado durante «toda la campaña».

Tengamos, pues, fe, una fe viva, práctica, en todos esos medios de santificación. Jesucristo ha querido y merecido que su eficacia sea soberana, su excelencia trascendente, su fecundidad inagotable: son señales henchidas de vida divina. Cristo ha querido amontonar en ellos todos sus méritos y satisfacciones para comunicárnoslo a nosotros: nada puede ni debe reemplazarlos; son necesarios para la salud en la economía actual de la Redención. [Hay que añadir que esta necesidad no es igual con respecto a todos los Sacramentos; así, el Bautismo es absolutamente necesario para todos; pero no sucede lo mismo con el Orden y el Matrimonio, en cuanto se refieren a los hombres tomados individualmente].

Es menester repetirlo, pues la experiencia enseña que a la larga, aun en las almas que buscan a Dios, se echa de menos la estimación práctica de estos medios de salvación. Los Sacramentos son, así lo enseña la Iglesia, los canales oficiales auténticos, creados por Cristo para hacernos llegar hasta su Padre. Es injuriarle no apreciar su valor, su riqueza, su fecundidad; por el contrario, se le glorifica cuando acudimos a esos tesoros adquiridos por sus méritos; de esa manera reconocemos que todo nos viene de El, y eso es rendirle un homenaje que le agrada sobremanera.

Hay almas que no tienen en esas señales sagradas más que una fe muy limitada; que prácticamente no las utilizan sino con demasiada parsimonia; que no estiman debidamente la gracia producida en ellas por los Sacramentos; que se preparan con poca diligencia y prefieren acudir a medios extraordinarios.- Cierto, lo dije arriba, Jesucristo es siempre dueño absoluto de sus dones los distribuye cuando y a quien le place; vemos en los Santos las maravillas de su generosidad divina, desde los carismas que ilustraban la vida de los primeros cristianos, hasta los favores inauditos que aun hoy en día abundan en las almas [mirabilis Deus in sanctis suis]. Pero en esta materia, Cristo nada ha prometido, ni ha señalado esos medios como la vía regular de la salvación ni de la santidad. En cambio, ha instituido los Sacramentos, con sus energías particulares y su virtud eficaz, y por tanto, esos Sacramentos constituyen, en su armoniosa variedad, un conjunto de medios de salvación singularmente seguros, aquí no hay ilusión posible, y bien sabemos cuán peligrosas son en materia de piedad y de santidad las ilusiones fomentadas por el demonio. Dios quiere nuestra santificación. «Esta es la voluntad de Dios: que os santifiquéis» (1Tes 4,3). Cristo lo repite: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48); en estas palabras no se trata únicamente de la salvación, sino de la perfección, de la santidad.- Pues bien, nuestro Señor, al comunicarnos la gracia necesaria para adquirir esa santidad normalmente, no se sirve de medios extraordinarios como son los arrobamientos los éxtasis... sino de los Sacramentos, y basta que lo haya querido así para que nuestras almas, avidas de santidad, se abandonen a esa voluntad con toda fe, con entera confianza. Ahí se encuentran las verdaderas fuentes de vida y de santificación, fuentes suficientes y abundantes, en vano iríamos a buscarlas a otra parte «abandonaríamos, según la enérgica palabra de la Escritura, las fuentes de las aguas vivas, para cavarnos cisternas porosas que no pueden retener el agua» (Jer 2,13).

Toda nuestra actividad espiritual debería tener por única razón de ser, por fin único hacernos capaces de sacar cada vez con más abundancia, con más fe y más pureza, el agua de esas fuentes divinas; conseguir que fructifique con más facilidad y libertad, con más vigor, la gracia pro pia de cada sacramento.

¡Ah, venid con alegría a esas aguas de salvación!: «Sacaréis con gozo las aguas» (Is 12,3); acudid a esas aguas saludables, acrecentad por el arrepentimiento, la humildad la confianza, y sobre todo por el amor, la capacidad de vuestras almas, a fin de que la acción del sacramento se haga más profunda, más vasta, más duradera. Renovamos nuestra fe en las riquezas de Cristo cada vez que nos acercamos a ellas; esta fe impide que la rutina se infiltre en el alma que frecuenta esas fuentes. Sacad, sobre todo, frecuentemente las aguas de la fuente eucarística, el sacramento de vida por excelencia. Estas son las fuentes que el Salvador hizo brotar por sus méritos infinitos del pie de la Cruz, o mejor, del fondo de su Corazón sacratísimo.

Comentando el texto del Evangelio sobre la muerte de Cristo: «Un soldado abrió su costado con la lanza» (Jn 19,34), escribe San Agustín estas palabras admirables: «El Evangelista se sirvió de una palabra escogida de intento; no dice, al hablar de la lanzada que el soldado dio a Cristo en la cruz, hirió su costado -u otra cosa semejante-, sino abrió su costado, para darnos a entender que de esta manera nos abría la puerta de la vida por donde salieron los sacramentos sin los cuales no podemos conseguir la vida verdadera» (Trat. sobre San Juan, 120). Todas estas fuentes brotan de la Cruz, del amor de Cristo; todas ellas nos aplican los frutos de la muerte del Salvador, en virtud de la Sangre de Jesús.

Por tanto, si queremos vivir cristianamente, si buscamos la perfección, si suspiramos por la santidad, acudamos a ellas con alegría, porque son fuentes de vida en la tierra, que se trocará en gloria más tarde en el cielo. «El que tenga sed, que venga a Mí y beba (Jn 7,38), porque el que bebe el agua que yo le doy, jamás tendrá sed». «El agua que yo le dé será en él una fuente copiosa que le hará vivir para la vida eterna» (+ib. 4,13). «Venid, amados míos, parece decirnos el Salvador, embriagaos, carísimos» (Cant 5,1), bebed de esas fuentes, por las cuales, bajo el velo de la fe, os comunico yo aqui abajo mi propia vida, hasta el día en que, habiendo desaparecido todos los símbolos, os embriague yo mismo con el torrente de mi bienaventuranza en la eterna claridad de mi luz: «En tu luz veremos la luz... y les abrevarás en el torrente de tus delicias» (Sal 35, 9-10).

4. Poder de santificación de la humanidad de Jesús fuera de los sacramentos, por el contacto espiritual de la fe. Importancia capital de esta verdad

Las riquezas de la gracia que Cristo nos comunica son tan grandes -San Pablo las llama insondables (Ef 3,8)-, que los sacramentos no las agotan totalmente.

Además de los Sacramentos, Cristo, tiene otro medio para obrar en nosotros. ¿Cuál? -Nuestro contacto con El por medio de la fe.

Leamos, para comprender esto, una escena que trae San Lucas: En una de sus expediciones apostólicas, nuestro divino Salvador se ve rodeado y estrujado por las turbas. Una mujer enferma desea la curación; se acerca a El, y llena de confianza, toca la orla de su vestido. Nuestro Señor pregunta a los que le rodean: «¿Quién me ha tocado?» -Pedro responde: «Señor, por todas partes te oprimen, y preguntas ¿quién me ha tocado?» -Jesús insiste: «Alguien me ha tocado, porque he sentido que un poder ha salido de Mí». -Efectivamente, en aquel instante la mujer había quedado sana y había curado, a causa de su fe: «Tu fe te ha salvado» (Lc 8, 40-48).

Algo análogo pasa con nosotros. Cada vez que, fuera de los Sacramentos, nos acerquemos a Cristo, saldrá de El una fuerza, una virtud divina y penetrará en nuestras almas, para iluminarlas, para auxiliarlas.

El medio para acercarse a Cristo lo conocéis bien: es la fe. Por la fe tocamos a Cristo, y a su contacto divino, nuestra alma se transforma poco a poco.

Como os decía Cristo ha venido a nosotros para darnos parte en sus riquezas, en la perfección entera de sus virtudes, porque todo lo que El tiene nos pertenece; todo es nuestro. Cada una de las acciones de nuestro Salvador es para nosotros, no sólo un modelo, sino una fuente de gracia; por las virtudes que practicó, nos mereció la gracia de poder ejercitarlas también nosotros, y cada uno de sus misterios contiene lma gracia especial de la que El quiere que participemos con toda verdad.

Cierto que los que vivieron con Cristo en Judea y tuvieron fe en El recibieron una parte copiosa de esas gracias que merecía para todos los hombres. Esto lo vemos continuamente en el Evangelio.

Cristo no sólo tenía, como ya os he mostrado, el poder de curar las enfermedades corporales, sino también el de santificar las almas. Ved, por ejemplo, cómo santificó a la Samaritana, quien, después de haber platicado con El, creyó que era el Mesías. Ved cómo purificó a la Magdalena, la cual, viendo en El al profeta, al enviado de Dios, vino a derramar sus perfumes sobre sus sagrados pies. El contacto con el Hijo de Dios es para las almas que tienen fe en El una fuente de vida (Lc 8, 40-48). Fijaos cómo, durante su Pasión, con una sola mirada, da a Pedro, que le había negado, la gracia del arrepentimiento; fijaos en el Buen Ladrón: a la hora de su muerte reconoce en Jesús al Hijo de Dios, puesto que le pide un lugar en su reino, y al punto el Salvador, pronto a expirar, le concede el perdón de sus crimenes: «Hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso».

Todo esto lo sabemos, y estamos de ello tan convencidos, que exclamamos a veces: «¡Oh, si me hubiera sido dado vivir con nuestro Señor en Judea, seguirle como los Apóstoles, llegarme a El durante su vida y estar presente a su muerte, entonces seguramente hubiera sido santo!»

Sin embargo, escuchad lo que dice Jesús: «Bienaventurados los que no me vieron y creyeron» (Jn 20,29). ¿No es esto decirnos que el contacto con El a través de la fe únicamente es más eficaz todavía y más provechoso para nosotros? -Creamos, pues, esta afirmación de nuestro divino Maestro; sus palabras son «espíritu y vida» (ib. 6,64). Persuadámonos de que el poder y la virtud de su santa humanidad son para nosotros idénticos que para sus contemporáneos, porque Cristo vive siempre: «Cristo existió ayer y hoy y también vivirá para siempre» (Heb 13,8).

Nunca os repetiría bastante cuán grande es el provecho que reportará a vuestras almas el permanecer unidas al Señor por el contacto de la fe.- Sabéis que los israelitas durante su peregrinación por el desierto murmuraron contra Moisés, para castigarlos, Dios les envió serpientes cuyas mordeduras les hacían padecer mucho. Movido después por el arrepentimiento del pueblo, ordenó a Moisés que erigiese una serpiente de bronce, a cuya sola vista los hijos de Israel curaban de sus llagas (Núm 21,9).- Pues bien; según la interpretación misma de nuestro Señor (Jn 3,14), esa serpiente de bronce era la figura de Cristo levantado en Cruz, y El mismo dijo: «Cuando yo fuere levantado de la tierra, todo lo arrastraré hacia Mí» (Jn 12,32). Cristo se ha convertido en fuente de toda luz y de toda fuerza para nosotros, por habernos merecido la gracia, mediante el sacrificio de la Cruz.- De aquí que la mirada humilde y amorosa del alma sobre la santa humanidad de Jesús sea tan fecunda y eficaz. Nunca pensaremos bastante en el poder de santificación que posee la humanidad de Cristo, aun fuera de los sacramentos.

El medio de ponernos en contacto con Cristo es la fe en su divinidad, en su omnipotencia, en el valor infinito de sus satisfacciones, en la eficacia inagotable de sus méritos.- En uno de sus sermones al pueblo de Hipona, se pregunta San Agustín cómo podremos tocar a Cristo una vez que ha subido al Cielo, y responde: «Por la fe toca a Cristo quien cree en El», y el Santo Doctor recuerda la fe de aquella mujer que tocó al Señor para obtener su curación. Hay, añade, muchos hombres carnales que no ven en Jesús más que un hombre, no adivinan la divinidad velada por su humanidad, no saben tocar porque su fe no es lo que debiera ser. ¿Queréis tocar con fruto a Jesucristo? -Creed en la divinidad, que, como Verbo, comparte desde toda la eternidad con el Padre [In cælo sedentem, quis mortalium potest tangere?... Sed ille tactus fidem significat; tangit Christum qui credit in Christum... Fide tetigit, et sanitas subsecuta est... Vis bene tangere? Intellige Christum ubi est Patri coæternus, et tetigisti. Sermón CCXLIII, c. 2. +Sermones LXII, 3, y CCXLV, 3; In Jn XXVI, 3]. Creer, pues, en su divinidad es el medio que nos pone en contacto con Cristo, fuente de toda gracia y de toda vida. Cuando leemos el Evangelio y repasamos en nuestro espíritu las palabras y las acciones del Señor; cuando en la oración y en la meditación contemplamos sus virtudes, y, sobre todo, cuando nos asociamos con la Iglesia en la celebración de sus misterios, como os mostraré más adelante; cuando nos unimos a El en cada una de nuestras acciones, ora comamos, ora trabajemos, ora hagamos cualquier cosa honesta, en unión con las acciones semejantes que El mismo realizó viviendo en la tierra; cuando hacemos todo esto con fe y amor, con humildad y confianza, sale de Cristo una fuerza, un poder, una virtud divina, para iluminarnos, para ayudarnos a eliminar los obstáculos que se oponen a su acción en nosotros, para producir la gracia en nuestras almas.

Podrías decirme: «Yo no siento nada de eso.»- No es necesario sentirlo, nuestro Señor mismo decía que su reino en las almas no cae bajo la experiencia de los sentidos (+Lc 17,20 y sig.). La vida sobrenatural no es cuestión de sentimentalismo. Si Dios nos hace sentir la suavidad de su servicio hasta en las facultades sensibles, debemos agradecérselo y servirnos de ese don inferior como de una escala para subir más arriba, como de un medio para aumentar nuestra fidelidad, pero no apegarnos a él, y, sobre todo, no fundar nuestra vida interior en esa devoción sensible; esa base sería, en efecto, muy inestable. Tanto podemos estar en el error creyendo que hacemos grandes progresos en la vía de la perfección porque nuestra devoción sensible es muy intensa, como si nos imaginamos que no hacemos ningún progreso, porque el alma está en la mayor aridez espiritual. ¿Cuál es, pues, la verdadera base de nuestra vida sobrenatural?- Es la fe y la fe es una virtud que se ejercita con las facultades superiores, inteligencia y voluntad.- Y bien: ¿qué nos dice la fe? -Que Jesús es Dios al mismo tiempo que Hombre, que su humanidad es la humanidad de un Dios, la humanidad del ser que es la infinita sabiduría, el amor mismo y la misma omnipotencia.- ¿Cómo dudar, pues, de que cuando nos acercamos a El, aunque sea fuera de los sacramentos, por la fe, con humildad y confianza sale de El un poder divino que nos ilumina, nos fortalece, nos ayuda y nos auxilia? -Nadie se acercó jamás a Cristo con fe sin haber recibido los rayos bienhechores que brotan sin cesar de ese foco de luz y de calor (Lc 6,19).

Jesucristo, que vive siempre (Heb 7,25), y cuya humanidad permanece indisolublemente unida al Verbo divino, es de este modo para nosotros -en la medida de nuestra fe y de la decisión con que nos propongamos imitarle- una luz y una fuente de vida, y si somos fieles en contemplarle de este modo, imprimirá poco a poco en nuestra alma su imagen, revelándose a ella más íntimamente y haciéndonos compartir los sentimientos de su divino Corazón y dándonos la fortaleza necesaria para acordar nuestra conducta con estos sentimientos. [Aquí la palabra sentimiento tiene su acepción espiritual de afecto de la voluntad].

«Y veo yo claro y he visto después, decía Santa Teresa, que para agradar a Dios y que nos haga grandes mercedes quiere sea por manos de esta Humanidad Sacratísima, en quien dijo su Majestad se deleita. Muy muchas veces lo he visto por experiencia; hámelo dicho el Señor. He visto claro que por esa puerta hemos de entrar si queremos nos muestre la soberana Majestad grandes secretos... Por aquí va seguro»(Vida, cap.22).

Así comprendemos la verdad de aquellas palabras de Jesús: «Mi Padre es el viñador celestial; yo soy la vid, vosotros los sarmientos, quien permanece en Mí, y Yo en él, da mucho fruto» (Jn 15,5). Según la hermosa advertencia de San Agustín, Cristo es la vid como Hombre; como Dios, siendo una misma cosa con su Padre, es el viñador que trabaja, no exteriormente como los viñadores de la tierra, sino en la intimidad del alma, para procurarle el acrecentamiento de la gracia y de la vida: porque, añade el gran Doctor siguiendo a San Pablo: el que planta no es nada, lo mismo que el que riega, sino solamente Dios, que da el incremento (Trat. sobre San Juan, 80). La savia de la gracia sube de la vid, que es Jesús, a los sarmientos, que son nuestras almas. Con la condición de que perrnanezcamos unidos a la vid. ¿Cómo?

Por los Sacramentos, sobre todo por el de la Eucaristía, que es el sacramento propio de la unión: «El que come mi carne y bebe mi sangre, mora en Mí y Yo en él» (Jn 7,57).- Después por la fe, San Pablo nos dice: «Os sea concedido el que Cristo habite por la fe en vuestros corazones» (Ef 3,17). Mediante la fe vivificada por el amor, es decir, la fe perfecta que acompaña al estado de gracia, Cristo habita en nosotros, y cada vez que nos ponemos en contacto con Jesús por esta fe, Cristo ejerce sobre nosotros su poder santificador [Christus per fidem habitat in cordibus vestris. Ef 3,17].

Mas para esto es necesario que apartemos los obstáculos que podrían oponerse a su acción: el pecado, las imperfecciones plenamente voluntarias, el asimiento a la criatura y a nosotros mismos, que tengamos un ardiente deseo de parecernos a El; que nuestra fe sea viva y práctica; una fe viva, es decir, inquebrantable, en los tesoros infinitos de la santidad contenidos en Cristo, que lo es todo para nosotros; una fe práctica, vigilante, que nos arroje a los pies de Jesús, para cumplir cuanto pida de nosotros para la gloria de su Padre. Entonces, como dice el Concilio Tridentino, «Cristo ejerce constantemente en nosotros su virtud santificadora como la cabeza la ejerce sobre los miembros, como la vid la ejerce sobre los sarmientos, porque esa virtud saludable no cesa de preceder, de acompañar y de seguir a nuestras buenas acciones» (Concil. Trid., 6, c. 16).

Por esta gracia de Cristo llegamos a ser santos, agradables a su Padre, de suerte que por El se tributa toda gloria al Padre. Porque el Padre ama a su Hijo y por ese amor le ha constituido jefe del reino de los elegidos y lo ha puesto todo en sus manos (Jn 3,35).

NOTA.- He aquí una página de Santo Tomás (q.27 De veritate a.4) que resume muy bien la doctrina expuesta en esta conferencia: La naturaleza humana de nuestro Señor es el órgano de la divinidad; por esto comunicaba a sus operaciones virtualidad divina. Así, cuando Cristo cura al leproso tocándole, ese contacto causaba instrumentalmente la salud. Pues bien, esa eficacia instrumental que la humanidad de Cristo tenía para producir efectos corporales, ejercíala también en el orden espiritual; su sangre, derramada por nosotros, tiene una virtud santificadora para lavar los pecados; la humanidad de Jesús es, pues la causa instrumental de la justificación, y esta justificación se nos aplica espiritualmente por la fe, y corporalmente por los sacramentos porque la humanidad de Cristo es espíritu y cuerpo; de este modo recibimos en nosotros el efecto de la santificación, que está en Cristo. Por eso el más perfecto de los sacramentos es el que contiene realmente el cuerpo de nuestro Señor, es decir, la Eucaristía, fin y consumación de los demás. En cuanto a los demás sacramentos, reciben algo de esa virtud por la cual la Humanidad de Cristo es el instrumento de la justificación; de suerte que, «el cristiano santificado por el Bautismo es también santificado por la Sangre de Jesucristo. Por tanto, la Pasión del Salvador opera en los sacramentos de la nueva ley, y éstos concurren como instrumentos a la producción de la gracia».

5  La Iglesia, cuerpo místico de Jesucristo

El misterio de la Iglesia, inseparable del misterio de Cristo. Los dos no forman más que uno

En las conferencias precedentes he tratado de demostrar cómo nuestro Señor es todo para nosotros. Fue escogido por su Padre para ser en su condición de Hijo de Dios y por sus virtudes el modelo único de nuestra santidad; nos ha merecido por su vida, por su Pasión y por su muerte, el ser constituido para siempre dispensador universal de toda gracia. Toda gracia brota de El, de El revierte a nuestras almas toda vida divina. San Pablo nos dice que Dios ha puesto «todas las cosas bajo los pies de Cristo, y le ha dado por Jefe a la Iglesia, que es su cuerpo, su complemento y su plenitud» (Ef 1, 22-23).

Por estas palabras, en las que se refiere a la Iglesia, acaba el Apóstol de indicar la economía del misterio de Cristo, no comprenderemos bien este misterio si no seguimos a San Pablo en su exposición.

Cristo no puede concebirse sin la Iglesia; a través de toda su vida, de todos sus actos, Jesús perseguía la gloria de su Padre, pero la Iglesia era la obra maestra por la cual debía procurar sobre todo esa gloria. Cristo vino a la tierra para crear y organizar la Iglesia. Es la obra a la cual se encamina toda su existencia y la que confirma por su Pasión y muerte. El amor hacia su Padre condujo a Cristo hasta el monte Calvario; pero era con el fin de formar alli la Iglesia y hacer de ella, purificándola amorosamente por medio de su sangre divina, una esposa sin mancha ni lunar (+Ef 5, 25-26); tales son las palabras de San Pablo. Veamos, pues, lo que es para el gran Apóstol esa Iglesia, cuyo nombre acude con tanta frecuencia a su pluma que resulta inseparable del nombre de Cristo.

Podemos considerar a la Iglesia de dos maneras. Como sociedad visible, jerárquica, fundada por Cristo para continuar en la tierra su misión santificante; este organismo visible está animado por el Espíritu Santo [más adelante desarrollaremos esto con más amplitud]; considerada de este modo se la puede llamar el cuerpo místico de Cristo.

Podemos considerar también lo que constituye el alma de la Iglesia, es decir, al Espíritu Santo que se une a las almas mediante la gracia y la caridad.

Es cierto que la unión al alma de la Iglesia, es decir, al Espíritu Santo, por la gracia santificante y el amor, es más importante que la unión al cuerpo de la misma Iglesia, es decir, que la incorporación al organismo visible pero en la economía normal del Cristianismo las almas no entran a participar de los bienes y privilegios del reino invisible de Cristo, sino uniéndose a la sociedad visible.

1. La Iglesia, sociedad fundada sobre los Apóstoles: depositaria de la doctrina y de la autoridad de Jesús, dispensadora de los sacramentos, continuadora de su obra de religión. No se va a Cristo sino por la Iglesia

Más arriba os cité el testimonio que San Pedro tributa a la divinidad de Jesús en nombre de los Apóstoles: «Tú eres Cristo, el Hijo de Dios Vivo». «Pedro, le dice Jesús: bienaventurado eres tú porque tus palabras no te las ha inspirado tu intuición natural, sino que mi Padre te ha revelado que yo soy su Hijo. Y yo te digo: Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella; yo te daré las llaves del reino de los cielos» (Mt 16, 16-19).

Podréis notar que esto no es más que una promesa, promesa que recompensaba el homenaje del Apóstol a la divinidad de su Maestro. Encontrándose un día Jesús en medio de sus discípulos después de la resurrección (Jn 21, 15-17), vuelve a preguntar a Pedro: «¿Me amas?» -Y el Apóstol responde: -«Sí, Señor, te amo». Y nuestro Señor le dice: ·Apacienta mis corderos». -Tres veces repite Cristo la misma pregunta y a cada declaración de amor por parte de Pedro, el Señor responde confiándole a él y a sus sucesores el cuidado de su rebaño, corderos y ovejas, nombrándole y nombrándoles jefes visibles de su Iglesia. Esta investidura no tuvo efecto sino después que Pedro hubo borrado, por un triple acto de amor, su triple negación. Así, Cristo, antes de realizar la promesa que había hecho de fundar sobre él su Iglesia, reclama del Apóstol un testimonio de su divinidad.

No es necesario que os declare aquí cómo se organizó, se desarrolló y se difundió por el mundo esa sociedad establecida por Cristo sobre Pedro y los Apóstoles, para conservar la vida sobrenatural en las almas.

Lo que debemos saber es que ella es en la tierra la continuadora de la misión de Jesús, por su doctrina, por su jurisdicción, por los sacramentos, por su culto.

Por su doctrina, que guarda intacta e íntegra en una tradición viva y nunca interrumpida.- Por su jurisdicción, en virtud de la cual tiene autoridad para dirigirnos en nombre de Cristo.- Por los sacramentos, con los cuales nos facilita el acceso a las fuentes de ]a gracia que su divino Fundador creó.- Por su culto, que ella misma organiza para tributar toda gloria y todo honor a Cristo y a su Padre.

¿Cómo la Iglesia continúa a Cristo por su doctrina y su jurisdicción? Cuando Cristo vino al mundo, el único medio de ir al Padre era la sumisión entera a su Hijo Jesús: «Este es mi Hijo muy amado; escuchadle». Al principio de la vida pública del Salvador, el Padre Eterno, presentando su Hijo a los judíos, les decía: «Escuchadle, porque El es mi Hijo único: yo os le envío para que os manifieste los secretos de mi vida divina y de mi voluntad».

Pero después de su Ascensión, Cristo dejó sobre la tierra a su Iglesia, y esa Iglesia es como la continuación de la Encarnación entre nosotros. Esa Iglesia, es decir, el Soberano Pontífice y los Obispos con los pastores que les están sometidos, nos habla con toda la infalible autoridad del mismo Cristo.

Mientras vivía en la tierra, Cristo contenía en sí la infalibilidad: «Yo soy la verdad, yo soy la luz; el que me sigue no anda en tinieblas, sino que llega a la vida eterna» (Jn 14,6; 8,12). Pero antes de dejarnos, confió esta prerrogativa a su Iglesia: «Como mi Padre me envió, os envío yo a vosotros» (ib. 20,21). «Quien os oye, me oye; quien os desprecia, me desprecia y desprecia a Aquel que me envió» (Lc, 10,16). «Así como yo recibo mi doctrina del Padre, así la recibís vosotros de mí, quien recibe vuestra doctrina, recibe mi doctrina, que es la de mi Padre quien la desprecia en cualquier grado o medida que sea, desprecia mi doctrina, me desprecia a mí y desprecia a mi Padre». -Ved, pues, esta Iglesia investida con todo el poder, con la autoridad infalible de Cristo, y comprended que la sumisión absoluta de todo vuestro ser, inteligencia, voluntad, energías, a esa Iglesia, es el único medio de ir al Padre. El Cristianismo, en su verdadera esencia, no es posible sin esta sumisión absoluta a la doctrina y a las leyes de la Iglesia.

Esa sumisión es la que distingue propiamente al católico del protestante.- Este, por ejemplo, puede creer en la presencia real de Jesús en la Eucaristía; pero si lo hace, es porque considera que esa doctrina está contenida en la Escritura y la Tradición, interpretadas de acuerdo con los dictados de su razón y luces personales; el católico cree porque se lo enseña la Iglesia, que es la que ocupa el lugar de Cristo, los dos admiten la misma verdad, pero de distinto modo. El protestante no se somete a ninguna autoridad, no depende más que de sí mismo; el católico recibe a Cristo con todo lo que ha enseñado y fundado. El Cristianismo es prácticamente la sumisión a Cristo en la persona del Soberano Pontífice y de los pastores que a él están unidos, sumisión de la inteligencia a sus enseñanzas, sumisión de la voluntad a sus mandatos. Este camino es seguro, porque nuestro Señor está con sus Apóstoles hasta la consumación de los siglos, y ha rogado por Pedro y sus sucesores para que su fe nunca vacile ni se extinga (Lc 22,32).

Organo de Cristo en su doctrina, la Iglesia es también continuación viviente de su mediación.

Es verdad, como antes he dicho, que Cristo después de su muerte ya no puede merecer; pero está siempre vivo intercediendo sin cesar delante de su Padre en favor nuestro. Os he dicho también que, sobre todo, al instituir los Sacramentos, es cuando fijó y determinó los instrumentos de que iba a servirse para aplicarnos, después de su Ascensión, sus méritos y darnos su gracia.- Pero ¿dónde están los Sacramentos? -Nuestro Señor se los ha confiado a la Iglesia. «Id, dijo, al subir a los cielos, a sus Apóstoles y a sus sucesores, enseñad a todas las gentes, bautizando a todos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28,19). Les comunica el poder de perdonar y retener los pecados: «Los pecados serán perdonados a cuantos se los perdonareis, y a los que se los retuviereis, retenidos les serán» (Jn 20,23.- Lc 7,19). Les dejó el encargo de renovar en su nombre y en memoria suya el sacrificio de su cuerpo y de su sangre.

¿Deseáis ingresar en la familia de Dios, ser admitidos en el número de sus hijos, ser incorporados a Cristo? -Acudid a la Iglesia; el Bautismo es la única puerta de entrada. Para obtener perdón de nuestras culpas, a la Iglesia hemos también de acudir. [Salvo, por supuesto, el caso de imposibilidad material; porque entonces basta la contrición perfecta.- Hablamos de la regla, y no de sus excepciones, por numerosas que se las suponga. Fuera de esto, la contrición perfecta comprende, al menos implícitamente, la resolución y el deseo de acudir a la Iglesia]. Si queremos recibir el alimento de nuestras almas, hemos de esperarlo de los ministros que han recibido, por el Sacramento del Orden los poderes sagrados de dispensar el Pan de vida. La unión, entre bautizados, del hombre y de la mujer, que la Iglesia no consagra con su bendición, culpable es. Así, pues, los medios oficiales establecidos por Jesús, los veneros de gracia que ha hecho brotar para nosotros, los custodia la Iglesia, y en ella los encontramos, porque a ella se los confió Cristo.

Nuestro Señor, en fin, encomendó a su Iglesia la misión de continuar en este suelo su obra de religión.

En la tierra Jesucristo ofrecía a su Padre un cántico perfecto de alabanza; su alma contemplaba sin cesar las divinas perfecciones; y de esta contemplación nacía en ella una adoración y un tributo no interrumpido de alabanzas a la gloria del Padre. Por su Encarnación, Cristo asocia, en principio, todo el género humano a la práctica de esta alabanza, y al subir de nuevo a la gloria, confía a la Iglesia el cuidado de perpetuar en su nombre estos cánticos que suben hasta el Padre. En torno del sacrificio de la Misa, centro de toda nuestra religión, la Iglesia organiza el culto público, que ella sola tiene derecho a ofrecer en nombre de Cristo su Esposo, y, de hecho, establece todo un conjunto de oraciones, de fórmulas, de cánticos, que engastan su sacrificio; en el curso del ciclo litúrgico, ella es quien distribuye la celebración de los misterios de su divino Esposo, de modo que sus hijos puedan cada año vivir de nuevo aquellos misterios, y dar por ellos gracias a Jesús y a su Padre, y beber en ellos la vida divina que iluye de ellos por haber sido vividos antes por Jesús. Todo su culto converge en Cristo. Apoyandose en las satisfacciones infinitas de Jesús, en su calidad de mediador universal y siempre vivo, la Iglesia termina sus plegarias: «Por Jesucristo Nuestro Señor que contigo vive y reina», y del mismo modo, pasando por Cristo, toda adoración y toda alabanza de la Iglesia sube al Padre Eterno y es acogida con agrado en el santuario de la Trinidad: «Por El, y con El y en El, te tributamos a Ti, Dios Padre omnipotente, juntamente con el Espíritu Santo, todo honor y toda gloria» (Ordinario de la Misa).

Tal es, pues, el modo con que la Iglesia fundada por Jesús prosigue acá abajo su obra divina.- La Iglesia es la depositaria auténtica de la doctrina y de la ley de Cristo, la dispensadora de sus gracias entre los hombres, la esposa, en fin, que en nombre de Cristo ofrece a Dios por todos sus hijos la alabanza perfecta.

Y así, la Iglesia está tan unida a Cristo, posee de tal modo la abundancia de sus riquezas, que bien puede decirse que ella es el mismo Cristo viviente en el transcurso de los siglos. Cristo vino a la tierra no ya sólo por los que en su tiempo moraban en Palestina, sino por todos los hombres de todas las edades. Cuando privó a los hombres de su presencia sensible, les dio la Iglesia, con su doctrina, su jurisdicción, sus sacramentos, su culto, cual si quedara El mismo: en la Iglesia, por consiguiente, encontramos a Cristo. Nadie va al Padre -y en el ir al Padre consiste toda la salvación y la santidad- sino por Cristo (Jn 14,6). Pero grabad bien en vuestra memoria esta verdad no menos capital: nadie va a Cristo sino por la Iglesia, no somos de Cristo si no somos, de hecho o por deseo, de la Iglesia; no vivimos la vida de Cristo sino en cuanto estamos unidos a la Iglesia.

2. Verdad que pone de relieve el carácter particular de la visibilidad de la Iglesia: Dios quiere gobernarnos por los hombres: importancia de esta economía sobrenatural, resultante de la Encarnación. Por ella se glorifica a Jesús y se ejercita nuestra fe.- Nuestros deberes con la Iglesia

La Iglesia es visible, como sabéis.

La constituye en su jerarquía el Sumo Pontífice, sucesor de Pedro, los Obispos y los Pastores, que, unidos al Vicario de Cristo y a los Obispos, ejercen sobre nosotros su jurisdicción en nombre de Cristo, pues Cristo nos guía y nos santifica por medio de los hombres.

Hay en esto una verdad profunda que debemos considerar detenidamente.

Desde la Encarnación, Dios, en sus relaciones con nosotros, obra por medio de hombres; hablo de la economía normal ordinaria, no de excepciones en las que Dios demuestra su soberano dominio, en esto como en todas las cosas.- Dios, por ejemplo, podría revelarnos por sí y directamente lo que hemos de hacer para llegar a El; pero no lo hace, no son esos sus caminos, sino que nos envía a un hombre infalible, es verdad, en materia de fe, pero al fin, un hombre como nosotros -y de él nos manda recibir toda la doctrina.- Supongamos que uno cae en pecado; se arrodilla delante de Dios, se duele y se desgarra con todo género de penitencias. Dios dice entonces: «Bien está, pero si quieres alcanzar perdón, has de arrodillarte ante un hombre, que mi Hijo ha constituido ministro suyo, a él has de declarar tu pecado».

Si no se declara el pecado a ese hombre que Cristo ha constituido ministro, o en otros términos, sin confesión, no hay perdón; la contrición más viva y profunda, las más espantables maceraciones no bastan para borrar un solo pecado mortal, si no existe intención de someterse a la humillación que supone el manifestar la falta al hombre que hace las veces de Cristo.

Veis, pues, cuál es la economía sobrenatural. Desde toda eternidad, el pensamiento divino se fijó en la Encarnación, y, después que su Hijo se unió a la humanidad y salvo al mundo tomando carne en el seno de una Virgen, Dios quiere que, por medio de hombres como nosotros, como nosotros débiles, se difunda la gracia por el mundo. He aquí un prolongamiento, una como extensión de la Encarnación. Dios se acercó a nosotros en la persona de su Hijo hecho hombre, y desde entonces se sirve de los miembros de su Hijo para ponerse en comunicación con nueslras almas. Dios quiere con ello enaltecer en cierto modo a su Hijo, cifrándolo todo en su Encarnación, y vinculando a El de un modo bien visible, hasta el fin de los tiempos, toda la economía de nuestra salud y santificación.

Pero ha establecido igualmente esta economía para hacer que vivamos de la fe, pues hay en la Iglesia un doble elemento el elemento humano y el divino.

El elemento humano es la fragilidad personal de los hombres autorizados por Cristo para dirigirnos.- Mirad, por ejemplo, cuán flaco es San Pedro: la voz de una mozuela hasta para hacerle renegar de su Maestro horas después de su ordenación sacerdoial. No se le ocultaba al Señor tamaña flaqueza, ya que, después de su Resurrección, exige de su Apóstol una triple protesta de amor en recuerdo de su triple negación. Sin embargo de ello, Cristo funda sobre él su Iglesia. «Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas». Los sucesores de Pedro son flacos también; la infalibilidad que poseen en materia de fe no les confiere el privilegio de no pecar. ¿Acaso nuestro Señor no hubiera podido concederles la impecabilidad? -Sin duda qne sí; mas no lo quiso, para que nuestra fe pudiera ejercitarse.

¿Cómo se ejercita? A través del elemento humano el alma fiel vislumbra el elemento divino; la indefectibilidad de la doctrina conservada en el transcurso de los siglos y a despecho de todos los asaltos de cismas y herejías; la unidad de esta misma doctrina garantizada por el ministerio infalible; la santidad heroica e ininterrumpida que se manifiesta por tan diversos modos en la Iglesia; la sucesión continua por la cual, de eslabón en eslabón, la Iglesia de hoy enlaza con las instituciones establecidas por los Apostoles; la fuerza de expansión universal que la caracteriza; todo esto son otras tantas señales ciertas por las que se conoce que nuestro Señor está «con la Iglesia hasta el fin de los siglos» (Mt 28,20).

Tengamos, pues, gran confianza en la Iglesia que Jesús nos dejó: Ella es cual otro Jesús. Tenemos la dicha de pertenecer a Cristo perteneciendo a esta sociedad, una, católica, apostólica y romana. Debemos alegrarnos de ello y tributar sin cesar gracias a Dios, pues que nos hizo «entrar en el reino de su Hijo amado» (Col 1,13). ¿No es una inmensa seguridad el poder, por nuestra incorporación a la Iglesia, extraer la gracia y la vida de sus fuentes auténticas y oficiales?

Más aún; prestemos a los que tienen jurisdicción sobre nosotros la obediencia que de nosotros reclama Cristo, esta sumisión de inteligencia y de voluntad debe rendirse a Cristo en la persona de un hombre, porque si no, Dios no la acepta. Ofrezcamos a los que nos gobiernan, y ante todas las cosas al Sumo Pontífice, Vicario de Cristo, a los Obispos que están unidos a él y que poseen, para guiarnos, las luces del Espíritu Santo (Hch 20,28), esa sumisión interior, esa reverencia filial, esa obediencia práctica, que hacen de nosotros hijos verdaderos de la Iglesia.

La Iglesia es la Esposa de Cristo; es nuestra Madre; debemos amarla porque nos lleva a Cristo y con El nos une; debemos amar y acatar su doctrina, porque es la doctrina de Jesucristo; debemos amar su oración y asociarnos a ella, porque es la oración misma de la Esposa de Cristo; no hay otra que nos ofrezca tanta garantía y, sobre todo, que sea tan agradable a nuestro Señor, debemos, en una palabra, unirnos a la Iglesia, a todo cuanto de ella procede, cual nos hubiéramos adherido a la persona misma de Jesús y a todo lo relacionado Con ella, si nos hubiera cabido la dicha de poderle seguir durante su vida mortal.

Esa es la Iglesia como sociedad visible.- San Pablo la compara a «un edificio cimentado sobre los Apóstoles, y cuya piedra angular es el mismo Cristo». «Unidos en Cristo Jesús, piedra angular y fundamental» (Ef 2, 19-22). Vivimos en esta casa de Dios, «no cual extranjeros o huéspedes que están de paso, sino como conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios. Sobre Cristo se eleva todo el edificio perfectamente ordenado, para formar un templo santo en el Señor».

3. La Iglesia, cuerpo místico; Cristo es la cabeza, porque tiene toda primacía. Profundidad de esta unión; formamos parte de Cristo, todos una cosa en Cristo. Permanecer unidos a Jesús y entre nosotros mismo por la caridad

Hay otro símil muy frecuente en la pluma de San Pablo, y, si cabe, todavía más expresivo, ya que lo toma de la vida misma, y, sobre todo, porque nos ofrece un concepto más profundo de la Iglesia, manifestando las relaciones íntimas que existen entre ella y Cristo. Estas relaciones se resumen en la frase del Apóstol: «La Iglesia es un cuerpo y Cristo es su cabeza» (1Cor 12,12 ss.). [El Apóstol emplea también otras expresiones. Dice que estamos unidos a Cristo como ramas al tronco (Rm 6,5), como los materiales al edificio (Ef 2, 21-22); pero hace sobre todo resaltar la idea del cuerpo unido a la cabeza].

Cuando habla de la Iglesia como sociedad visible y jerárquica, San Pablo nos dice cómo Cristo, fundador de esta sociedad, «ha hecho: de unos, apóstoles; de otros, profetas, de otros, evangelistas; de otros, por fin, doctores y pastores». ¿Con que objeto? «Con el fin, dice, de que trabajen en la perfección de los Santos, en las funciones del ministerio y en la edificación del cuerpo de Cristo, hasta tanto que llcguemos todos a la unidad de fe y de conocimiento del Hijo de Dios, al estado del hombre perfecto, a la medida de la edad de la plenitud de Cristo» (Ef 4,13). ¿Qué significan estas palabras?

Formamos con Cristo un cuerpo que va desarrollándose y debe llegar a su plena perfección. Como veis, no se trata aquí del cuerpo natural, físico, de Cristo, nacido de la Virgen María; ese cuerpo alcanzó mucho ha el desarrollo completo; desde que salió vivo y glorioso del sepulcro, el cuerpo de Cristo no es ya capaz de crecimiento, pues posee la plenitud de perfección que le compete.

Pero, como dice San Pablo, hay otro cuerpo que Cristo se va formando al correr de los siglos; ese cuerpo es la Iglesia, son las almas que, por la gracia, viven la vida de Cristo.- Esas almas constituyen juntas con Cristo un cuerpo único, un cuerpo místico cuya cabeza es Cristo. [Místico no se opone a real, sino a físico, como acabamos de ver. Se le llama místico, no sólo para distinguirlo del cuerpo natural de Cristo, sino para indicar el carácter sobrenatural e íntimo a la vez de la unión de Cristo con la Iglesia; unión que está fundada y mantenida por misterios perceptibles tan sólo a la fe. La Iglesia es un organismo vivo, con la vida de la gracia de Cristo que el Espíritu Santo le va inoculando]. «Cristo se va formando en nosotros» (Gál 4,19), y «nosotros debemos crecer en El» (Ef 4,15). Esta es una de las ideas con las que más encariñado vemos al gran Apóstol, que la hace resaltar al comparar la unión de Cristo y de la Iglesia con la que media en el organismo humano entre la cabeza y el cuerpo. [Esta idea la expone con mayor viveza, sobre todo, en la primera carta a los de Corinto (12, 12-30)]. Oídle: «Así como en un solo cuerpo tenemos muchos miembros, así también, no obstante ser muchos los bautizados, formamos un solo cuerpo en Cristo...» (Rm 12, 4-5). La Iglesia es el cuerpo y Cristo la cabeza» (1Cor 12,12). En otra parte llama a la Iglesia «complemento de Cristo» (Ef 1,23), como los miembros son complemento del organismo; y concluye: «Sois todos uno en Cristo» (Gál 3,28).

La Iglesia forma, pues, un solo ser con Cristo. Según la bella expresión de San Agustín, eco fiel de San Pablo, Cristo no puede concebirse cumplidamente sin la Iglesia: son inseparables, del mismo modo que la cabeza es inseparable del cuerpo vivo. Cristo y su Iglesia forman un solo ser colectivo, el Cristo total. «El Cristo completo está formado por la cabeza y el cuerpo: el Hijo Unigénito de Dios es la cabeza, la Iglesia es su cuerpo» [totus Christus caput et corpus est: caput Unigenitus Dei Filius, et corpus eius Ecclesia. De unitate Ecclesiæ, 4. Nadie como San Agustín ha expuesto esta doctrina, que el santo Doctor desarrolla sobre todo en las Enarr. in Psalmos]. ¿Por qué es Cristo cabeza y jefe de la Iglesia? -Porque el Hijo de Dios posee la primacía.- En primer lugar, la primacía de honor: «Dios otorgó a su Hijo un nombre sobre todo nombre para que toda rodilla se le doble» (Fil 2,9); además, la primacía de autoridad: «Todo poder me ha sido dado» (Mt 28,18); pero sobre todo una primacía de vida, de influencia interior: «Dios se lo ha sometido todo, e hizo de El cabeza de la Iglesia» (Ef 1,22).

Todos estamos llamados a vivir la vida de Cristo, y sólo de El la hemos de recibir. Cristo conquistó con su muerte esa preeminencia, esa facultad soberana de poder conferir la gracia «a todo hombre que viene a este mundo»; ejerce una primacía de influencia divina, siendo para todas las almas en diversa medida la fuente única de la gracia que las vivifica35 [La influencia divina y del todo interior de Cristo en las almas que integran su cuerpo místico, distingue esa unión de aquella otra meramente moral, que existe entre la autoridad suprema de una sociedad humana y los miembros de esa misma sociedad; en el último caso, la influencia de la autoridad es exterior, y sólo llega a coordinar y mantener las energías desparramadas de los miembros hacia un fin común; pero la acción de Cristo en la Iglesia es más íntima, más penetrante, concierne a la vida misma de las almas, y es una de las razones por las que el cuerpo místico no es mera abstracción lógica, sino realidad muy profunda]. «Cristo, dice Santo Tomás, ha recibido la plenitud de la gracia, no tan sólo como individuo, sino en cuanto es cabeza de la Iglesia» (III, q.48, a.1).

Sin duda que Cristo dispensará desigualmente entre las almas los tesoros de su gracia; pero, añade Santo Tomás, todo esto lo hace para que de esa misma gradación resulte mayor hermosura y perfección en la Iglesia, su cuerpo místico (I-II, q.112, a.4); ésa es también la idea de San Pablo. Después de enseñar que la gracia le ha sido dada a cada cual «según la medida de la donación de Cristo» (Ef 4,7), el Apostol enumera las diversas gracias que hermosean a las almas y concluye diciendo que «son dadas para la edificación del cuerpo de Cristo». Hay gran diversidad entre los miembros, mas esa misma variedad contribuye a la armonía del todo.

Cristo es, pues, nuestra cabeza, y la Iglesia no forma con El más que un solo cuerpo místico de que El es cabeza. [«Así como un organismo natural reúne en su unidad miembros diversos, del propio modo la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, se considera como formando con su cuerpo una sola persona moral». Santo Tomás, III, q.99, a.1]. Mas esta unión entre Cristo y sus miembros es de tal naturaleza, que llega hasta convertirse en unidad. Poner la mano en la Iglesia, en las almas, que por el Bautismo y la vida de la gracia son miembros de la Iglesia, es poner la mano en el mismo Cristo. Mirad, si no, a San Pablo cuando perseguía a la Iglesia y caminaba hacia Damasco con ánimo de encarcelar a los cristianos. En el camino es derribado del caballo, y oye una voz que le dice: «Saulo, ¿por qué me persigues? -Pablo responde: «¿Quién sois, Señor?» -Y el Señor le replica: «Soy Jesús, a quien tú persigues» (Hch 9, 4-5).- Notaréis que Cristo no le dice por qué persigues a mis discípulos, lo que hubiera podido decir con tanta verdad, puesto que El había subido al cielo, y San Pablo sólo perseguía a los cristianos; sino que le dice: «¿Por qué me persigues?... A es a quien persigues.- ¿Por qué habla Cristo de este modo? Porque sus discípulos son algo suyo, porque su sociedad forma su cuerpo místico; por eso, perseguir a los que creen en Jesucristo es perseguirle a El mismo.

¡Qué bien comprendió San Pablo esta lección! ¡Con qué viveza, con qué palabras tan expresivas la expone! «Nadie, dice el Santo, pudo jamás aborrecer su propia carne, antes la nutre y la mima, como Cristo lo hace con la Iglesia; pues somos miembros de su cuerpo, formados de su carne y de sus huesos» (Ef 5, 29-30). Por eso, por estarle tan estrechamente unidos, formando con El un solo y único cuerpo místico, quiere Cristo que toda su obra sea nuestra.

He ahí una verdad profunda que debemos traer a menudo a la memoria.- Ya os dije que por Cristo Jesús, Verbo Encarnado, todo el género humano ha recobrado, mediante la unión con su sacratisima persona, constituida en Cabeza de la gran familia humana, la amistad con Dios. Santo Tomás escribe que, a consecuencia de la identificación establecida por Cristo entre El y nosotros desde el instante mismo de su Encarnación, el hecho de que Cristo padeció voluntariamente, por nosotros y en nombre nuestro, nos ha reportado tales beneficios, que, aplacado Dios al contemplar a la naturaleza humana embellecida con los méritos de su Hijo, olvida todas las ofensas de aquellos que se incorporan a Cristo [III, q.99, a.4]. Las satisfacciones y méritos de Cristo nos pertenecen desde ahora. [Caput et membra sunt quasi una persona mystica et ideo satisfactio Christi ad omnes fideles pertinet sicut ad sua membra. Santo Tomás, III, q.98, a.2. ad 1].

Desde este momento estamos unidos a Cristo Jesús con nexo indisoluble. [En su libro, sobre la Teología de San Pablo, el P. Prat, S. J., aduce (t. II, pág. 52) «una larga serie de palabras extrañas que casi no se pueden trasladar a ninguna otra lengua sino con un barbarismo o una perífrasis. El Apóstol las ha creado o las vuelve a poner en usa para dar expresión gráfica a la inefable unión de los cristianos con Cristo. Tales como: padecer con Jesucristo; ser crucificado con El; morir con El; ser vivificado con El; resucitar con El; vivir con El; compartir su forma; compartir su gloria; estar sentado con El; reinar con El; asociarse a su vida; coheredero, coparticipante, concorporal, coedificado, y algunas otras por el estilo que no expresan directamente la unión de los cristianos entre sí en Cristo].

Somos una misma cosa con Cristo en el pensamiento del Padre celestial. «Dios, dice San Pablo, es rico en misericordia; porque cuando estábamos muertos, a consecuencia de nuestras culpas, nos ha hecho vivir con Cristo, nos ha resucitado con El, nos ha hecho sentar juntamente con El en los cielos, a fin de mostrar en los siglos venideros los infinitos tesoros de su gracia en Jesucristo» (Ef 2, 4-7.- +Rm 6,4; Col 2, 12-13); en una palabra, nos ha hecho vivir con Cristo, en Cristo, para hacernos coherederos suyos. El Padre, en su pensamiento, no nos separa nunca de Cristo. Santo Tomás dice que por un mismo acto eterno de la divina sabiduría «hemos sido predestinados Cristo y nosotros» [cum uno et eodem actu Deus prædestinaverit ipsum et nos. III, q.24, a.4]. El Padre hace, de todos los discípulos de Cristo que creen en El y viven en su gracia, un mismo y único objeto de sus complacencias. Nuestro Señor mismo es quien nos dice: «Mi Padre os ama porque me habéis amado y creído que soy su Hijo» (Jn 14-27).

De ahí que San Pablo escriba que Cristo, cuya voluntad estaba tan íntimamente unida a la del Padre, se ha entregado por su Iglesia: «Amó a su Iglesia y se entregó por ella» (Ef 5,25). Como la Iglesia debía formar con El un solo cuerpo místico, se entregó por Ella, a fin de que ese cuerpo «fuera glorioso», sin arruga ni mancha, santo e inmaculado (ib. 27). Y después de haberla rescatado, se lo ha dado todo. ¡Ah! ¡Si tuviéramos más fe en estas verdades! ¡Si comprendiéramos lo que supone para nosotros el haber entrado por el Bautismo, en la Iglesia, lo que es ser miembro del cuerpo mistico de Cristo por la gracia!. «Felicitémonos, deshagámonos en hacimiento de gracias, dice San Agustín». [Christus facti sumus; si enim caput ille, nos membra, totus homo, ille et nos... Trat. sobre San Juan, 21, 8-9.- Y en otra parte: Secum nos faciens unum hominem caput et corpus.- Enarrat. in Ps. LXXXV, c. I. Y también: Unus homo caput et corpus, unus homo Christus et Ecclesia, vir perfectus. Enarrat in Ps. XVIII, c. 10], porque no sólo hemos sido hechos cristianos, sino parte de Cristo. ¿Comprendéis bien, hermanos míos, la gracia que Dios nos hizo? Admirémonos, saltemos de júbilo, porque formamos parte de Cristo; El es la cabeza, nosotros los miembros; El y nosotros, el hombre total. ¿Quién es la cabeza? ¿Quiénes los miembros? -Cristo y la Iglesia». «Sería esto pretensión de lm orgullo insensato, continúa el gran Doctor, si Cristo mismo no se hubiera dignado prometernos tal gloria, cuando dijo por boca de su apóstol Pablo: Vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros».

Demos, pues, gracias a Jesús, que se dignó asociamos tan estrechamente a su vida; todo nos es común con El: méritos, intereses, bienes, bienavenluranzas, gloria. No seamos, por tanto, miembros de esos que se condenan, por el pecado, a ser miembros muertos; antes bien, seamos por la gracia que de El recibimos, por nuestras virtudes, modeladas en las suyas, por nuestra santidad, que no es sino participación de su santidad, miembros pletóricos de vida y de belleza sobrenaturales, miembros de los cuales Cristo pueda gloriarse, miembros que formen dignamente parte de aquella sociedad que quiso «no tuviera arruga ni mancha, sino que fuera santa e inmaculada». Y como quiera que «somos todos uno en Cristo», puesto que vivimos todos la misma vida de gracia bajo nuestro capitán, que es Cristo, por la acción de un mismo Espíritu, unamonos todos íntimamente, aun cuando seamos miembros distintos y cada cual con su propia función; unámonos tambicn con todas las almas santas que -en el cielo miembros gloriosos, en el purgatorio miembros doloridos- forman con nosotros un solo cuerpo [ut unum sint]. Es el dogma tan consolador de la comunión de los santos.

Para San Pablo, «santos» son aquellos que pertenecen a Cristo, los que habiendo recibido la corona ocupan ya su sitial en el mundo eterno, y los que luchan aún en este destierro. Mas todos esos miembros pertenecen a un solo cuerpo, porque la Iglesia es una; todos son entre sí solidarios, todo lo tienen común; «si un miembro padece, los otros le compadecen; si uno es honrado, los otros comparten su alegría» (1Cor 12,26); el bienestar de un miembro aprovecha al cuerpo entero y la gloria del cuerpo trasciende a cada uno de sus miembros [Sicut in corpore naturali operatio unius membri cedit in bonum totius corporis, ita et in corpore spirituali, scilicet Ecclesia, quia omnes fideles sunt unum corpus, bonum unius alteri communicatur. Santo Tomás, Opus. VII.- Expositio Symboli., c. XIII. +I-II, q.30, a.3]. ¡Qué luz más clara sobre nuestra responsabilidad proyecta este pensamiento!... ¡Qué fuente más viva de apostolado!... San Pablo nos exhorta a todos a que cada cual trabaje hasta tanto que «lleguemos a la común perfección del cuerpo místico»: «Hasta que todos alcancemos la unidad de la fe cual varones perfectos, a la medida de la plenitud de Cristo» (Ef 4,13).

No basta que vivamos unidos a Cristo, la Cabeza; es menester, además, que «cuidemos muy mucho de guardar entre nosotros la unidad del Espíritu, que es Espiritu de amor, ligados por vínculos de paz» (ib. 3).

Ese fue el voto supremo que hizo Cristo en el momento de acabar su divina misión en la tierra: «Padre que sean uno como Tú y yo somos uno; que sean consumados en la unidad» (Jn 17, 21-23). Porque, dice San Pablo: «sois todos hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús» (Gál 3,26). «No hay ya judío ni griego, esclavo o libre -todos sois uno en Cristo Jesús» (Col 3,2).- La unidad en Dios, en Cristo y por Cristo, es ia suprema aspiración: «y Dios será todo en todos» (1Cor 15,28).

San Pablo, que supo hacer resaltar tanto la unión de Cristo con su Iglesia, no podía menos de decirnos algo sobre la gloria final del cuerpo místico de Jesús; y nos dice, en efecto (ib. 24-28), «que en el día fijado por los divinos decretos, cuando ese cuerpo místico haya alcanzado la plenitud y medida de la estatura perfecta de Cristo» (Ef 4,13), entonces surgirá la aurora del triunfo que debe consagrar por siempre jamás la unión de la Iglesia y de su Cabeza. Asociada hasta entonces tan íntimamente a la vida de Jesús, la Iglesia, ya perfecta, va a «compartir su gloria» (2Tim 2,12; Rm 8,17). La resurrección triunfa de la muerte, último enemigo que ha de ser vencido; después, reunidos todos los elegidos con su jefe divino, Cristo (son expresiones de San Pablo) presentará a su Padre, en homenaje, esta sociedad, no ya imperfecta ni militante, rodeada de miserias, de tentaciones, de luchas, de caídas; no ya padeciendo el fuego de la expiación, sino transfigurada para siempre y gloriosa en todos sus miembros.

¡Oh, qué espectáculo tan grandioso no será ver a Jesús ofreciendo a su Eterno Padre esos trofeos gloriosos e innumerables que proclaman el poderio de su gracia, ese reino conquistado con su sangre, que entonces despedirá por todas partes destellos de esplendor inmaculado, fruto de la vida divina que circula vigorosa y embriagadora por cada uno de los Santos!

Así se comprende que en el Apocalipsis, después de haber vislumbrado San Juan algo de aquellas maravillas y regocijos, los compare, siguiendo al mismo Jesús (Mt 22,2) a unas bodas: a las «bodas del Cordero» (Ap 19,9). Así se comprende finalmente por qué motivo, al dar digno remate a las misteriosas descripciones de la Jerusalén celestial, el mismo Apóstol nos deja oír los amorosos requiebros que Cristo y la Iglesia, el Esposo y la Esposa, se dirigen desde ahora, sin cesar, en espera de la consumación final y unión perfecta: « Ven» (Ap 22, 16-17).

6  El Espíritu Santo, espíritu de Jesús

La doctrina sobre el Espíritu Santo completa la explicación del plan divino: importancia capital de este asunto

Tenemos entre nuestros Libros Santos uno que historia los primeros días de la Iglesia, y se llama Hechos de los Apóstoles. Esta narración, debida a la pluma de San Lucas, que fue testigo de muchos de los hechos narrados, está llena de encanto y de vida.- En ella vemos cómo la Iglesia, fundada por Jesús sobre los Apóstoles, se desenvuelve en Jerusalén y se extiende después poco a poco fuera de Judea, merced sobre todo a la predicación de San Pablo, pues que la mayor parte del libro la dedica precisamente al relato de las misiones, de los trabajos y de las luchas del gran Apóstol. Podemos seguirle paso a paso en casi todas sus expediciones evangélicas. Esas páginas, llenas de animación, nos revelan y nos pintan al vivo las incesantes tribulaciones que padeció San Pablo, las dificultades sin cuento que hubo de vencer, sus aventuras, sus padecimientos en el curso de los múltiples viajes emprendidos para extender por doquier el nombre y gloria de Jesús.

Refiérese en esos Hechos que, andando San Pablo de misiones, llegó a Efeso, y allí encontró algunos discípulos, y les preguntó: «¿Habéis recibido el Espíritu Santo al abrazar la fe?» -Los discípulos le contestaron: «¡Pero, si no hemos oído siquiera hablar del Espíritu Santo ni que tal cosa exista!» (Hch 19,2).

Ciertamente, no ignoramos nosotros que exista el Espíritu Santo; mas ¡cuántos cristianos hay que sólo le conocen de nombre y casi nada saben de sus operaciones en las almas! Sin embargo, la economía divina no se comprende cumplidamente sin tener una idea precisa de lo que es el Espíritu Santo para nosotros.

Vedlo, si no: en casi todos los textos donde expone los pensamientos eternos sobre nuestra adopción sobrenatural, y siempre que trata de la gracia y de la Iglesia, habla San Pablo del «Espíritu de Dios», del «Espíritu de Cristo», del «Espíritu de Jesús». «Hemos recibido un Espíritu de adopción que nos hace exclamar dirigiéndonos a Dios: ¡Padre, Padre!» (Rm 8,15).- «Dios envió el Espíritu de su Hijo a nuestros corazones para que le pudiéramos llamar Padre nuestro» (Gál 4,5). «¿No sabéis, dice en otra parte, que por la gracia sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?» (1Cor 3,16). Y también: «Sois el templo del Espíritu Santo que habita en vosotros» (ib. 6,19). «En Cristo se eleva todo el edificio bien ordenado para formar un templo santo en el Señor: en El también estáis vosotros edificados para ser por el Espíritu Santo morada de Dios» (Ef 2, 21-22).

«De suerte que así como no formáis más que un solo cuerpo en Cristo, así también os anima un solo Espíritu» (ib. 4,4). La presencia de este Espíritu en nuestras almas es tan necesaria, que San Pablo llega a decir: «si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, ése no es de El».

¿Veis ahora por qué el Apóstol, que nada tomaba tan a pechos como ver a Cristo vivir en el alma de sus discípulos, les pregunta si han recibido el Espíritu Santo? Es que sólo son hijos de Dios en Jesucristo los que son dirigidos por el Espíritu Santo (Rm 8,9 y 14).

No penetraremos, pues, perfectamente el misterio de Cristo y la economía de nuestra santificación, mientras no fijemos la mirada en este Espíritu divino, y en su acción sobre nosotros.- Hemos visto que la finalidad de nuestra vida consiste en tratar de someternos con gran humildad a los pensamientos de Dios- adaptarnos a ellos lo mejor posible y con la sencillez de un niño. Siendo divinos esos designios, su eficacia es intrínsecamente absoluta; y producirán, sin duda alguna, sus frutos de santificación, si los aceptamos con fe y con amor. Ahora bien; para encajar en el plan divino, es menester no solamente «recibir a Cristo» (Jn 1,12), sino que, como lo hace notar San Pablo, es preciso «recibir al Espíritu Santo» y someterse a su acción, a fin de ser «uno con Cristo». Ved cómo el mismo Señor, en el admirable discurso que pronunció después de la Cena, en el que revela a los que llama sus «amigos» los secretos de la vida eterna, les habla varias veces del Espíritu Santo, casi tantas como de su Padre.

Les dice que este Espíritu «suplirá sus veces entre ellos» cuando haya subido al cielo; que este Espíritu «será para ellos el maestro interior, un maestro tan necesario que Jesús rogará al Padre para que se lo dé y viva en ellos». ¿Por qué, pues, nuestro divino Salvador puso tanto cuidado en hablar del Espíritu Santo en momentos tan solemnes, en términos tan apremiantes, si todo ello había de ser para nosotros como letra muerta? ¿No sería ofenderle y causarnos a la vez grave perjuicio el no prestar atención a un misterio tan vital para nosotros?

[En su Encíclica sobre el Espíritu Santo (Divinum illud munus, 9 de mayo de 1897), León XIII, de gloriosa memoria, deploraba amargamente el que «los cristianos tuvieran conocimiento tan mezquino del Espíritu Santo. Emplean a menudo su nombre en sus ejercicios de piedad, mas su fe anda envuelta en espesas tinieblas». Por eso el gran Pontífice insiste enérgicamente en que «todos los predicadores y cuantos tienen cura de almas miren como deber suyo el enseñar al pueblo diligentius atque uberius cuanto dice relación con el Espíritu Santo». Sin duda, quiere que «se evite toda controversia sutil, toda tentativa temeraria de escudriñar la naturaleza profunda de los misterios», pero quiere también «que se recuerden y que se expongan con claridad los numerosos e insignes beneficios que nos han traído y trae sin cesar a nuestras almas el Donador divino; porque el error o la ignorancia en misterios tan grandes y fecundos (error e ignorancia indignos de un hijo de la luz) deben desaparecer totalmente»: prorsus depellatur].

Trataré de demostraros, con toda la claridad que pueda, lo que es el Espíritu Santo en sí mismo, dentro de la adorable Trinidad, su acción en la santa humanidad de Cristo y los incesantes beneficios que reporta a la Iglesia y a las almas.

Así terminaremos la exposición de la economía del plan divino en sí mismo considerado.

El tema es, sin duda, muy elevado; debemos tratarlo, pues, con profunda reverencia; mas, como nuestro Señor nos lo ha revelado, debe también nuestra fe considerarlo con amor y confianza. Pidamos humildemente al Espíritu Santo que ilumine El mismo nuestras almas con un rayo de su luz divina, pues seguramente atenderá a nuestros ruegos.

1. El Espíritu Santo en la Trinidad: Procede del Padre y del Hijo por amor, se le atribuye la santificación, porque ésta es obra de amor, de perfeccionamiento y de unión

No sabemos del Espíritu Santo sino lo que la Revelación nos enseña. ¿Y qué nos dice la Revelación?

Que pertenece a la esencia infinita de un solo Dios en tres Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo; ése es el misterio de la Santísima Trinidad. [Fides autem catholica hæc est: ut unum Deum in Trinitate et Trinitatem in unitate veneremur... neque confundentes personas, neque substatiam separantes. Símbolo atribuido a San Atanasio]. La fe aprecia en Dios la unidad de la naturaleza y la distinción de Personas.

El Padre, conociéndose a Sí mismo, enuncia, expresa ese conocimiento en una palabra infinita, el Verbo, con acto simple y eterno; y el Hijo, que engendra el Padre, es semejante e igual a El mismo, porque el Padre le comunica su naturaleza, su vida y sus perfecciones.

El Padre y el Hijo se atraen el uno al otro con amor mutuo y único: ¡Posee el Padre una perfección y hermosura tan absolutas! ¡Es el Hijo imagen tan perfecta del Padre! Por eso se dan el uno al otro, y ese amor mutuo que deriva del Padre y del Hijo, como de fuente única, es en Dios un amor subsistente, una persona distinta de las otras dos, que se llama Espíritu Santo. El nombre es misterioso, mas la revelación no nos da otro.

El Espíritu Santo es, en las operaciones interiores de la vida divina, el ultimo término: El cierra -si nos son permitidos estos balbuceos, hablando de tan grandes misterios- el ciclo de la actividad íntima de la Santísima Trinidad, pero es Dios lo mismo que el Padre y el Hijo posee como Ellos y con Ellos la misma y única naturaleza divina, igual ciencia, idéntico poder, la misma bondad, igual majestad.

Este Espíritu divino se llama Santo y es el Espíritu de santidad, santo en Sí mismo y santificador a la vez.- Al anunciar el misterio de la Encarnación, decía el Angel a la Virgen: «El Espíritu Santo bajará a ti: por eso el Ser santo que de ti nacerá será llamado Hijo de Dios» (Lc 1,35). Las obras de santificación se atribuven de un modo particular al Espíritu Santo. Para entender esto, y todo lo que se dirá del Espíritu Santo, debo explicaros, en pocas palabras, lo que en Teología se llama apropiación.

Como sabéis, en Dios, hay una sola inteligencia, uns sola voluntad, un solo poder, porque no hay más que una naturaleza divina; pero hay también distinción de personas. Semejante distinción resulta de las operaciones misteriosas que se verifican alla en la vida íntima de Dios y de las relaciones mutuas que de esas operaciones se derivan. El Padre engendra al Hijo, y el Espíritu Santo procede de entrambos. «Engendrar, ser Padre», es propiedad exclusiva de la Primera Persona, «ser Hijo» es propiedad personal del Hijo, así como el «proceder del Padre y del Hijo, por vía de amor», es propiedad personal del Espíritu Santo. Esas propiedades personales establecen, entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, relaciones mutuas, de donde proviene la distinción.- Pero fuera de esas propiedades y relaciones, todo es común e indivisible entre las divinas Personas: la inteligencia, la voluntad, el poder y la majestad, porque la misma naturaleza divina indivisible es común a las tres Personas.- He ahí lo poquito que podemos rastrear acerca de las operaciones íntimas de Dios.

Por lo que atañe a las obras «exteriores», las acciones que se terminan fuera de Dios (ad extra), sea en el mundo material, como la acción de dirigir a toda criatura a su fin, sea en el mundo ds las almas, como la acción de producir la gracia, son comunes a las tres divinas Personas. ¿Por qué así? -Porque la fuente de esas operaciones, de esas obras, de esas acciones, es la naturaleza divina, y esa naturaleza es una e indivisible para las tres personas; la Santísima Trinidad obra en el mundo como una sola causa única.- Pero Dios quiere que los hombres conozcan y honren, no sólo la unidad divina, sino también la Trinidad de Personas; por eso la Iglesia, por ejemplo, en la liturgia, atribuye a tal Persona divina ciertas acciones que se verifican en el mundo, y que, si bien son comunes a las tres divinas Personas, tienen una relación especial o afinidad íntima con el lugar, si así puedo expresarme, que ocupa esa Persona en la Santísima Trinidad, con las propiedades que le son peculiares y exclusivas.

Siendo, pues, el Padre, fuente, origen y principio de las otras dos Personas -sin que eso implique en el Padre superioridad jerárquica ni prioridad de tiempo-, las obras que se verifican en el mundo y que manifiestan particularmente el poderío, o en que se revela sobre todo la idea de origen, son atribuidas al Padre; como, por ejemplo, la creación en que Dios sacó el mundo de la nada. En el Credo cantamos «Creo en Dios Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra». ¿Será tal vez que el Padre tuvo más parte, manifestó más su poder en esta obra que el Hijo y el Espíritu Santo? Error fuera el pensarlo; el Hijo y el Espíritu Santo obran en esto tanto como el Padre, porque Dios obra hacia fuera, por su omnipotencia, y la omnipotencia es común a las tres Personas.- ¿Cómo, pues, habla de ese modo la Iglesia? -Porque, en la Santísima Trinidad, el Padre es la primera Persona, principio sin principio, de donde proceden las otras dos he ahí su propiedad personal, exclusiva, la que le distingue del Hijo y del Espíritu Santo, y precisamente para que no olvidemos esa propiedad, se atribuyen al Padre las obras «exteriores» que nos la sugieren por tener alguna relación con ella.

Lo mismo hay que decir de la Persona del Hijo, que es el Verbo en la Trinidad, que procede del Padre por vía de inteligencia; que es la expresión infinita del pensamiento divino; que se le considera sobre todo como Sabiduría eterna.- Por eso se le atribuyen las obras en cuya realización brilla principalmente la sabiduría.

E igualmente en lo que respecta al Espíritu Santo, ¿qué viene a ser en la Trinidad? Es el término último de las operaciones divinas, de la vida de Dios en sí mismo. Cierra, por decirlo así, el ciclo de esa intimidad divina; es el perfeccionamiento en el amor, y tiene, como propiedad personal, el proceder a la vez del Padre y del Hijo por vía de amor. De ahí que todo cuanto implica perfecciona miento y amor, unión, y, por ende, santidad -porque nuestra santidad se mide por el mayor o menor grado de nuestra unión con Dios, todo eso se atribuye al Espíritu Santo. Pero, ¿es por ventura más santificador que el Padre y el Hijo? No, la obra de nuestra santificación es común a las tres divinas Personas, pero repitamos que, como la obra de la santidad en el alma es obra de perfeccionamiento y de unión, se atribuye al Espíritu Santo, porque de este modo nos acordamos más fácilmente de sus propiedades personales, para honrarle y adorarle en lo que del Padre y del Hijo le distingue.

Dios quiere que tomemos, por decirlo así, tan a pechos el honrar su Trinidad de personas, como el adorar su unidad de naturaleza; por eso quiere que la Iglesia recuerde a sus hijos, no sólo que hay un Dios, sino que ese Dios es Trino en Personas.

Eso es lo que en Teología llamamos apropiación. Se inspira en la Revelación, y la Iglesia la emplea [en su carta Encíclica de 9 de mayo de 1897, León XIII dice que la Iglesia usa aptissime de ese procedimiento: con sumo acierto]; tiene por fin poner de relieve los atributos propios de cada Persona divina. Al hacer resaltar esas propiedades, nos las hace también conocer nos las hace amar más y más. Santo Tomás dice que la Iglesia guarda esa ley de la apropiación para ayudar a nuestra fe, siguiendo en esto la revelación [ad manifestationem fidei. I, q.29, a.7.] Nuestra vida, nuestra bienaventuranza por toda la eternidad, consistirá en ver a Dios, en amarle, en gozarle tal cual es, esto es, en la Unidad de naturaleza y Trinidad de Personas. ¿Qué tiene, pues, de extraño el que Dios, que nos predestina a esa vida y nos prepara esa bienaventuranza, quiera que, desde acá abajo, nos acordemos de sus divinas perfecciones, tanto las de su naturaleza como de las propiedades que distinguen las Personas? Dios es infinito y digno de loor en su Unidad, como lo es en su Trinidad, y las divinas Personas son tan admirables en la unidad de naturaleza, que poseen de un modo indivisible como en las relaciones que entre sí mantienen y que originan su distinción.

«¡Dios todopoderoso, Dios dichoso! ¡Me alegro de tu poder, de tu eternidad, de tu dicha! ¿Cuándo te veré? ¡Oh principio sin principio! ¿Cuándo veré salir de tu seno al Hijo, que es igual a Ti? ¿Cuándo veré tu Espíritu Santo proceder de vuestra unión, terminar tu fecundidad consumar tu acción eterna?» (Bossuet, Préparation à la mort, 4e. prière).

2. Operaciones del Espíritu Santo en Cristo: Jesús es concebido por obra y gracia del Espíritu Santo; gracia santificante, virtudes y dones conferidos por el Espíritu Santo al alma de Cristo; la actividad humana de Cristo dirigida por el Espíritu Santo

Nada os costará ya comprender el lenguaje de las Escrituras y de la Iglesia cuando exponen las operaciones del Espíritu Santo.

Veamos primeramente esas operaciones en Nuestro Señor. Acerquémonos con respeto a la divina Persona de Jesucristo, para contemplar algo siquiera de las maravillas que en El se realizaron en la Encarnación y después de Ella.

Como os dije al explicar este misterio, la Santísima Trinidad creó un alma que unió a un cuerpo humano formando así una naturaleza también humana, y unió esa misma naturaleza a la Persona divina del Verbo. Las tres divinas Personas concurrieron de consuno a esta obra inefable, si bien es preciso añadir que tuvo por término final únicamente al Verbo, el Verbo sólo, el Hijo de Dios fue el que se encarnó. Esta obra es debida, sin duda, a la Trinidad toda, aunque se atribuye especialmente al Espíritu Santo; ya lo decimos en el Símbolo: «Creo... en Jesucristo Nuestro Señor, que fue concebido por obra del Espíritu Santo». El Credo no hace sino repetir las palabras del Angel a la Virgen: «El Espíritu Santo se posará en ti; el ser santo que de ti nacerá será llamado Hijo de Dios».

Me preguntaréis tal vez el porqué de esta atribución especial al Espíritu Santo. Santo Tomás (III, q.37, a.1), entre otras razones, nos dice que el Espíritu Santo es el amor sustancial, el amor del Padre y del Hijo; ahora bien, si la redención por la Encarnación es obra cuya realización reclamaba una Sabiduría infinita, su causa primera ha de ser el amor que Dios nos tiene. «Amó Dios tanto al mundo, nos dice Jesús. que le dió su Hijo Unigénito» (Jn 3,16).

Ved ahora cuán fecunda y admirable es la virtud del Espíritu Santo en Cristo. No sólo une la naturaleza humana al Verbo, sino que a El también se le atribuye la efusión de la gracia santificante en el alma de Jesús.

En Jesús hay dos naturalezas distintas, perfectas entrambas, pero unidas en la Persona que las enlaza: el Verbo. «La gracia de unión» hace que la naturaleza humana subsista en la Persona divina del Verbo; esa gracia es de orden enteramente único, trascendental e incomunicable, por ella pertenece al Verbo la humanidad de Cristo, que se convierte en humanidad del verdadero Hijo de Dios, y que es, por tanto, objeto de complacencia infinita para el Padre Eterno.- Mas aun cuando la naturaleza humana esté así unida al Verbo, no por eso es aniquilada ni queda inactiva; antes bien, guarda su esencia, su integridad todas sus energías y potencias; es capaz de acción y la «gracia santificante» es la que eleva a esa humanidad santa para que pueda obrar sobrenaturalmente.

Desarrollando esta misma idea en otros términos, se puede decir que la «gracia de unión» hipostática une la naturaleza humana a la Persona del Verbo, y diviniza de ese modo el fondo mismo de Cristo; Cristo es, por ella, un «sujeto» divino; hasta ahí alcanza la finalidad de esa «gracia de unión», que es privativa de Jesús.- Pero conviene, además, que a esa naturaleza humana la hermosee la «gracia santificante» para obrar de un modo divino en cada una de sus facultades; esa gracia santificante, que es «connatural» a la «gracia de unión» (esto es, que dimana de la gracia de unión de un modo natural en cierto sentido), pone el alma de Cristo a la altura de su unión con el Verbo [Gratia habitualis Christi intelligitur ut consequens unionem hypostaticam, sicut splendor solem. Santo Tomás, III, q.7, a.13]; hace que la naturaleza humana -que subsiste en el Verbo en virtud de la «gracia de unión»- pueda obrar cual conviene a un alma sublimada a tan excelsa dignidad, y producir frutos divinos.

He ahí por qué no se dio tasada la gracia santificante al alma de Cristo, como a los elegidos, sino en sumo grado. Ahora bien, la efusión de la gracia santificante en el alma de Cristo se atribuye al Espíritu Santo.

[Luego en Cristo es uno el efecto de la «gracia de unión», que se consuma una vez constituida la unión de la naturaleza humana con la Persona del Verbo, y otro el efecto de la «gracia santificante» que habilita a la naturaleza humana para obrar en forma sobrenatural, aun cuando permanezca íntegra en su esencia y en sus facultades aun después de consumada la unión con el Verbo. No hay pues, redundancia, como podríaparecer a primera vista, y la gracia santificante en Cristo no es tampoco superflua (Santo Tomás, III, q.7, a.1 y 13). +Schwaim, Le Christ d’après S. Thomas d’Aquin, ch. II, 6.

Nótese, además, que la «gracia de unión» sólo se da en Cristo, mientras que la «gracia santificante» se encuentra también en las almas de los justos; en Cristo se halla en su plenitud, plenitud de que todos recibimos, en una medida más o menos amplia, la gracia santificante. Hay que observar sobre todo que Cristo no es Hijo adoptivo de Dios, como lo somos nosotros, por la gracia santificante, sino que es Hijo de Dios por naturaleza.

En nosotros la gracia santificante origina la adopción divina; mas en Cristo la función de la gracia santificante consiste en obrar de modo que la naturaleza del futuro Redentor -una vez unida a la Persona del Verbo por la gracia de unión y convertida por esta misma gracia en la humanidad del propio Hijo de Dios- pueda obrar de un modo sobrenatural].

El Espíritu Santo, al derramar en el alma de Jesús la plenitud de las virtudes (+Is 11,2), le infundió al mismo tiempo la plenitud de sus dones.- Oíd lo que cantaba Isaías, hablando de la Virgen y de Cristo, que de ella debía nacer: «Brotará una vara de la raza de Tessé (la Virgen), y de sus raíces saldrá un tallo (Cristo). En El se posará el Espíritu del Señor: espíritu de sabiduría y de entendimiento, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu dc ciencia y de piedad, y será henchido del espíritu de temor dc Dios».

En una circunstancia memorable, mencionada por San Lucas, se aplicó nuestro Señor a Sí mismo este texto del Profeta. Ya sabéis que en tiempo de Jesús se reunían los judíos el sábado en la sinagoga, y un doctor de la ley, de entre los asistentes, desplegaba el rollo de las Escrituras para leer la parte del texto sagrado asignado al día. Cuenta, pues, San Lucas que un sábado, al comenzar su vida pública, entró nuestro divino Salvador en la sinagoga de Nazaret; y como le entregaran el libro del profeta Isaías, al desenvolverlo dio con el lugar donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre Mí; porque El me ha consagrado con su unción y me ha enviado a evangelizar a los pobres, a curar a los que tienen el corazón desgarrado, a anunciar a los cautivos su liberación, a publicar el tiempo de la gracia del Señor». Enrollando después el libro lo devolvió y se sentó; todos en la sinagoga tenían clavada en El la mirada; entonces les dijo Jesús: «Hoy se ha cumplido este oráculo, y vosotros mismos habéis visto realizada la predicción del Profeta» (Lc 4,16 ss.). Nuestro Señor hacía suyas las palabras de Isaías que comparan la acción del Espíritu Santo a una unción. [En la liturgia, en el himno Veni Creator Spiritus, se llama al Espíritu Santo spiritalis unctio]. La gracia del Espíritu Santo se ha difundido sobre Jesús como aceite de alegría que le ha consagrado, primero, como Hijo, de Dios y Mesías, y le ha henchido, además, de la plenitud de sus dones y de la abundancia de los divinos tesoros. «Por eso, con preferencia a tus compañeros, el Señor te ha ungido con el óleo de la alegría» (Sal 44,8) [+Hch 10,38; Iesum a Nazareth, quomodo unxit eum Deus, Spiritu Sancto. Véase también Mt 12,18]. Esta santa unción se verificó en el momento mismo de la Encarnación, y precisamente para significarla, para darla a conocer a los judíos y para proclamar que El es el Mesías, el Cristo, esto es, el Ungido del Señor, el Espíritu Santo se posó visiblemente sobre Jesús en figura de paloma el día de su bautismo, cuando iba a comenzar su vida pública. Esta era la señal por la que Cristo debía ser reconocido, como lo declaraba su Precursor el Bautista: «El Mesías es aquel sobre quien bajare el Espíritu Santo» (Jn 1,33).

Desde este momento, los Evangelios nos muestran cómo el alma de Jesucristo en toda su actividad obedecía a las inspiraciones del Espíritu Santo. El Espíritu le empuja al desierto, donde será tentado (Mt 4,1); después de vivir una temporada en el desierto, «el mismo Espíritu le conduce de nuevo a Galilea» (Lc 4,14), por la acción de este Espíritu arroja al demonio de los cuerpos de los posesos (Mt 12,28); bajo la acción del Espíritu Santo salta de gozo cuando da gracias a su Padre porque revela los secretos divinos a las almas sencillas: «En aquella hora estalló de gozo en el Espíritu Santo» (Lc 10,21). Finalmente, nos dice San Pablo que la obra maestra de Cristo, aquella en la cual brilla más su amor al Padre y su caridad para con nosotros, el sacrificio sangriento en la Cruz por la salud del mundo, le ofreció Cristo a impulso del Espíritu Santo: «El cual, mediante el Espíritu Santo, se ofreció a Dios cual Hostia inmaculada» (Heb 9,14).

¿Qué nos indican todas estas revelaciones sino que el Espíritu de amor guiaba toda la actividad humana de Cristo? Cristo, el Verbo encarnadot es el que obra todas sus acciones son acciones de la única Persona del Verbo en que subsiste la naturaleza humana pero así y todo, Cristo obra por inspiración y a impulsos del Espíritu Santo. El alma de resús, convertida en alma del Verbo por la gracia de la unión hipostática estaba además henchida de gracia santificante y obraba por la suave moción del Espíritu Santo.

De ahí que todas las acciones de Cristo fueran santas. Su alma, aunque creada como todas las demás almas, era santísima; en primer lugar por hallarse unida al Verbo; unida a una persona divina, tal unión hizo de ella, desde el primer momento de la Encarnación, no un santo cualquiera, sino el Santo por excelencia, el Hijo mismo de Dios.- Es santa además por estar hermoseada con la gracia santificante, que la capacita para obrar sobrenaturalmente y en consonancia con la unión inefable que constituye su inalienable privilegio.- Es santa, en tercer lugar, porque todas sus acciones y operaciones, aun cuando sean actos ejecutados únicamente por el Verbo encarnado, se realizan por moción y por inspiración del Espíritu Santo Espíritu de amor y santidad.

Adoremos los admirables misterios que se producen en Cristo: El Espíritu Santo santifica el ser de Cristo y toda su actividad; y como en Cristo esa santidad alcanza el grado sumo, como toda santidad humana se ha de modelar en la suya y debe serle tributaria, por eso canta la Iglesia a diario: «Tú eres el solo santo, ¡oh Cristo Jesús!» El solo santo, porque eres, por tu Encarnación, el único y verdadero Hijo de Dios; el solo santo, porque posees la gracia santificante en toda su plenitud, a fin de distribuirla entre nosotros, el solo santo, porque tu alma se prestaba con infinita docilidad a los toques del Espíritu de amor que inspiraba y regulaba todos tus movimientos, todos tus actos, y les hacía agradables al Padre.

3. Operaciones del Espíritu Santo en la Iglesia; el Espíritu Santo, alma de la Iglesia

Las maravillas que se obraban en Cristo bajo la inspiración del Espíritu Santo, se reproducen en nosotros, por lo menos en parte, cuando nos dejamos guiar de aquel Espíritu divino. Pero, ¿poseemos acaso nosotros ese Espíritu? -Sin duda alguna que sí.

Antes de subir al cielo, prometió Jesús a sus discípulos que rogaría al Padre para que les diera el Espíritu Santo, e hizo, de ese don del Espíritu a nuestras almas, objeto de una súplica especial. «Rogaré al Padre y os dará otro Consolador, el Espíritu de verdad» (Jn 14, 16-17). Y ya sabéis cómo fue atendida la petición de Jesús, con qué abundancia se dio el Espíritu Santo a los Apóstoles el día de Pentecostés. De ese día data, por decirlo así, la toma de posesión por parte del Espíritu divino de la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, y podemos añadir que, si Cristo es jefe y cabeza de la Iglesia, el Espíritu Santo es alma de ese cuerpo. El es quien guia e inspira a la Iglesia, guardándola, como se lo prometiera Jesús, en la verdad de Cristo y en la luz que El nos trajo: «Os enseñará toda verdad y os recordará todo lo, que os he enseñado» (ib. 14,26).

Esa acción del Espíritu Santo en la Iglesia es varia y múltiple.- Os dije antes que Cristo fue consagrado Mesías y Pontífice por una unción inefable del Espíritu Santo y con unción parecida consagra Cristo a los que quiere hacer participantes de su poder sacerdotal, para proseguir en la tierra su misión santificadora: «Recibid el Espíritu Santo... el Espíritu Santo designó a los obispos para que gobiernen la Iglesia» (Hch 20,28); el Espíritu Santo es quien habla por su boca y da valor a su testimonio (ib. 15,26; Hch 15,28; 20, 22-28). Del mismo modo, los Sacramentos, medios auténticos que Cristo puso en manos de sus ministros para transmitir la vida a las almas, jamás se confieren sin que preceda o acompañe la invocación al Espíritu Santo. El es quien fecunda las aguas del Bautismo. «Hay que renacer del agua por el Espíritu Santo para entrar en el reino de Dios» (Jn 3,5); «Dios, dice San Pablo, nos salva en la fuente de regeneración renovándonos por el Espíritu Santo» (Tit 3,5), ese mismo, Espíritu se nos «da» en la Confirmación para ser la unción que debe hacer del cristiano un soldado intrépido de Jesucristo; El es quien nos confiere en ese Sacramento la plenitud de la condición de cristiano y nos reviste de la fortaleza de Cristo, -al Espíritu Santo, como nos lo demuestra sobre todo la Iglesia Oriental, se atribuye el cambio que hace del pan y del vino, el cuerpo y la sangre de Jesucristo; los pecados son perdonados, en el Sacramento de la Penitencia, por el Espíritu Santo (Jn 20, 22-23) [Santo Tomás, III, q.3, a.8, ad 3]; en la Extremaunción se le pide que «con su gracia cure al enfermo de sus dolencias y culpas»; en el Matrimonio se invoca también al Espíritu Santo para que los esposos cristianos puedan, con su vida, imitar la unión que existe entre Cristo y la Iglesia.

¿Veis cuán viva, honda e incesante es la acción del Espíritu Santo en la Iglesia? Bien podemos decir con San Pablo que es el «Espíritu de vida» (Rm 8,2), verdad que la Iglesia repite en el Símbolo cuando canta su fe en el «Espíritu vivificador»: Es, pues, verdaderamente el alma de la Iglesia, el principio vital que anima a la sociedad sobrenatural; que la rige, que une entre sí sus diversos miembros y les comunica espiritual vigor y hermosura.

[Al decir que el Espíritu Santo es el alma de la Iglesia, no es nuestro intento enseñar que sea la forma de la Iglesia, como lo es el alma en el compuesto humano. En tal sentido, sería teológica más exacto decir que el alma de la Iglesia es la gracia santificante -con las virtudes infusas, que forman su cortejo obligado-; la gracia es, en efecto, el principio de la vida sobrenatural, que da vida divina a los miembros pertenecientes al cuerpo de la Iglesia; mas también en este caso es muy imperfecta la analogía entre la gracia y el alma; pero no es ésta la ocasión de disertar sobre esta diferencias. Cuando decimos que el Espíritu Santo y no la gracia es el alma de la Iglesia, no hacemos sino tomar la causa por el efecto, esto es, que el Espíritu Santo produce la gracia santificante; queremos, pues, con esta expresión (Espíritu Santo=alma de la Iglesia) hacer resaltar el influjo interno vivificador y «unificador» (si se puede hablar así) que ejerce el Espíritu Santo en la Iglesia.- Ese modo de expresarnos es perfectamente legítimo y tiene consigo la aprobación de varios Padres de la Iglesia, como San Agustín: Quod est in corpore nostro anima, id est Spiritus Sanctus in corpore Christi quod est Ecclesia (Serm. CLXXXVII, de tempore). Muchos teólogos modernos hablan del mismo modo, y León XIII consagró esta expresión en su Encíclica sobre el Espíritu Santo. También interesa notar que Santo Tomás, para encarecer la influencia íntima del Espíritu Santo en la Iglesia, la compara a la que ejerce el corazón en el organismo humano III, q.8, a.1, ad 3].

En los primeros días de la Iglesia, la acción del Espíritu Santo fue mucho más visible que en los nuestros. Así convenía a los designios de la Providencia, porque era menester que la Iglesia pudiese establecerse sólidamente, manifestando a los ojos del mundo pagano las señales luminosas de la divinidad de su fundador, de su origen y de su misión.- Esas señales, frutos de la efusión del Espíritu Santo, eran admirables, y todavía nos maravillamos al leer el relato de los comienzos de la Iglesia. El Espíritu descendía sobre aquellos a quienes el bautismo hacía discípulos de Cristo, y los colmaba de carismas tan variados como asombrosos: gracia de milagros, don de profecía, don de lenguas y otros mil favores extraordinarios, concedidos a los primeros cristianos para que, al contemplar a la Iglesia hermoseada con tal profusión de magníficos dones, se viera bien a las claras que era verdaderamente la Iglesia de Jesús. Leed la primera Epístola de San Pablo a los de Corinto, y veréis con qué fruición enumera el Apóstol las maravillas de que él mismo era testigo; en cada enumeración de esos dones tan variados, añade: «El mismo y único Espíritu es quien obra todo esto», porque El es amor, y el amor es fuente de todos los dones «en el mismo Espíritu» (Cor 12,9). El es quien fecunda a esta «Iglesia que Jesús redimió con su sangre y quiso fuera santa e inmaculada» (Ef 5,27).

4. Acción del Espíritu Santo en las almas donde mora

Mas si los caracteres extraordinarios y visibles de la acción del Espíritu Santo han desaparecido en general, la acción de ese divino Espíritu se perpetúa en las almas y, si bien es sobre todo interior, no por eso es menos admirable.

Hemos visto que la santidad no es más que el desarrollo de la primera gracia, la gracia de adopción divina que se nos da en el Bautismo, como luego diremos, por la cual nos convertimos en hijos de Dios y hermanos de Jesucristo. El quid de toda santidad consiste en saber sacar de esa gracia inicial de la adopción, para hacerlos fructificar. todos los tesoros y riquezas que contiene y que Dios quiere extraigamos de ella. Cristo es, como hemos dicho, el modelo de nuestra filiación divina, el que nos la ha merecido del Padre, y el que ha establecido personalmente los cauces por los cuales nos llega.

Mas el desarrollo fecundo en nosotros de esta gracia que debemos a Jesús es obra de la Santísima Trinidad, aunque, no sin motivo, se atribuye especialmente al Espíritu Santo. ¿Por qué así? -Por lo mismo de siempre. La gracia de adopción es puramente gratuita, y tiene su fuente en el amor: «Contemplad cuán grande caridad nos ha mostrado Dios Padre, que ha querido que seamos llamados sus hijos y que en realidad lo seamos» (Jn 3,1). Ahora bien; en la Trinidad adorable, el Espíritu Santo es el amor sustancial, y por ello, San Pablo nos dice que la «caridad de Dios», o, lo que es lo mismo, la gracia que nos hace hijos de Dios, «la ha derramado en nuestros corazones el Espíritu Santo», «porque la caridad de Dios ha sido derramada en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo, que nos ha sido dado» (Rm 5,5).

Desde que por medio del Bautismo se nos infundió la gracia, el Espíritu Santo mora en nosotros con el Padre y el Hijo. «Si alguno me ama, tiene dicho Nuestro Señor, mi Padre le amará también y vendremos a él y en él fijaremos nuestra morada» (Jn 14,23). La gracia hace de nuestra alma templo de la Trinidad Santa, y nuestra alma, adornada con la gracia, es verdaderamente morada de Dios. En ella habita, no solamente como en todos los seres por su esencia y potencia, con que sostiene y conserva todas las criaturas en el ser, sino de un modo muy particular e íntimo, como objeto de conocimiento y de amor sobrenaturales. Mas porque la gracia nos une de tal modo a Dios, que ella es principio y medida de nuestra caridad, se dice especialmente que el Espíritu Santo es el que «mora en nosotros», no de un modo personal, que excluya la presencia del Padre y del Hijo, sino en cuanto procede por amor y es lazo de unión entre los dos. «En vosotros permanecerá y en vosotros morará» (Jn 14,17) decía nuestro Señor.- Aun en el hombre empecatado se advierten huellas del poder y sabiduría de Dios, mas sólo los justos, sólo los que estan en gracia comparten la caridad sobrenatural, de ahí que San Pablo dijera a los fieles: «¿No sabéis que sois templo del Espíritu Santo, que habéis recibido de Dios y está en vosotros?» (1Cor 6,19).

Mas, ¿qué hace ese Espíritu divino en nuestras almas, ya que, siendo Dios, siendo amor, no puede quedar ocioso? -Nos da primeramente testimonio de que «somos hijos de Dios» (Rm 8,16). Es espíritu de amor y de santidad, que, como nos ama, quiere también hacernos participantes de su santidad, para que seamos verdaderos y dignos hijos de Dios.

Con la gracia santificante, que deifica, por decirlo así, a nuestra naturaleza, capacitándola para obrar sobrenaturalmente, el Espíritu Santo deposita en nosotros energías y «hábitos» que elevan al nivel divino las potencias y facultades de nuestra alma; de ahí provienen las virtudes sobrenaturales y sobre todo las teologales de fe, esperanza y caridad, que son propiamente las virtudes características y específicas de los hijos de Dios; después, las virtudes morales infusas, que nos ayudan en la lucha contra los obstáculos que se cruzan en el camino del cielo; y, por fin, los dones.- Detengámonos en ellos siquiera algunos instantes.

El divino Salvador, nuestro modelo, los recibió también, como hemos visto, aunque con medida eminente y trascendental, o, mejor todavía, sin medida ni tasa. La medida de los dones en nosotros es limitada, pero aun así es tan fecunda, que obra maravillas de santidad en las almas en que abundan esos dones. ¿Por qué así? -Porque ellos sobre todo son los que perfeccionan nuestra adopción, como vamos a verlo.

¿Qué son, pues, los dones del Espíritu Santo? -Son, y ya el nombre lo indica, bienes gratuitos que el Espíritu nos reparte juntamente con la gracia santificante y las virtudes infusas.- La Iglesia nos dice en su liturgia que el mismo Espíritu Santo es el don por excelencia: «Don del Dios altísimo» [Donum Dei altissimi. Himno. Veni Creator], porque viene a nosotros desde el Bautismo para dársenos como prenda de amor. Pero ese don es divino y vivo; es un huésped que, lleno de largueza, quiere enriquecer al alma que le recibe.

Siendo El mismo el Don increado, es por lo mismo fuente de los dones creados que con la gracia santificante y las virtudes infusas habilitan al alma para vivir sobrenaturalmente de un modo perfecto.

En efecto, nuestra alma, aun adornada de la gracia y de las virtudes, no recupera aquel estado de primitiva integridad que Adán tuvo antes de pecar; la razón, sujeta ella misma a error, ve que su manto de reina se lo disputan el apetito inferior y los sentidos; la voluntad está expuesta a desfallecimientos. ¿Qué resulta de semejante estado de cosas? -Que en la obra capital de nuestra santificación nos vemos de continuo necesitados de acudir a la ayuda directa del Espíritu Santo. El puede dispensarnos esta ayuda por medio de sus inspiraciones, las cuales todas se encaminan a nuestro mayor perfeccionamiento y santidad. Mas para que sus inspiraciones sean bien acogidas por nosotros, despierta El mismo en nuestras almas ciertas disposiciones que nos hacen dóciles y moldeables: esas disposiciones son precisamente los dones del Espíritu Santo. [En Jesucristo la presencia de los dones no proviene de la necesidad de ayudar a la flaqueza de la razón y de la voluntad, como quiera que jamás estuvo sujeto a error ni a flaqueza alguna; estos dones le fueron otorgados al alma de Jesús porque constituyen una perfección, y convenía que todo lo que dice perfección residiera en Jesucristo. Vimos más atrás la influencia que el Espíritu Santo ejerció con sus dones en el alma de Jesús]. Los dones no son, pues, las inspiraciones mismas del Espíritu Santo, sino las disposiciones que nos hacen obedecer pronta y facilmente a esas inspiraciones.

Los dones disponen al alma para que pueda ser movida y dirigida en el sentido de su perfección sobrenatural, en el sentido de la filiación divina, y por ellos tiene un como instinto divino de lo sobrenatural. El alma, que en virtud de esas disposiciones se deja guiar por el Espíritu, obra con toda seguridad como cuadra a un hijo de Dios. En toda su vida espiritual piensa y obra de una forma «conveniente» desde el punto de vista sobrenatural. [Dona sunt quædam perfectiones hominis quibus homo disponitur ad hoc quod sequatur instinctum Spiritus Sancti. Santo Tomás, I-II, q.68, a.3]. El alma que es fiel a las inspiraciones del Espíritu Santo posee un tacto sobrenatural que la hace pensar y obrar con facilidad y presteza como hija de Dios. Comprendéis con esto que los dones inclinan al alma y la disponen a moverse en una atmósfera donde todo es sobrenatural; de la que todo lo natural queda excluido en cierto sentido. Por los dones, el Espíritu Santo tiene y se reserva la alta dirección de nuestra vida sobrenatural.

Todo esto es de importancia suma para el alma, puesto que nuestra santidad es esencialmente de orden sobrenatural. Verdad es que ya por las virtudes el alma en gracia obra sobrenaturalmente, pero obra de un modo conforme a su condición racional y humana por movimiento propio, por iniciativa personal; mas con los dones queda dispuesta a obrar directa y únicamente por la moción divina (guardando, dicho se está, su libertad, que se manifiesta por el asentimiento a la inspiración de lo alto), y esto de un modo que no se compagina siempre con su manera racional y natural de ver las cosas: La influencia de los dones es pues, en un sentido muy real, superior a la de las virtudes, a las que no reemplazan sin duda, pero cuyas operaciones completan maravillosamente. [Dona a virtutibus distinguuntur in hoc quod virtutes perficiunt ad actus humano modo, sed dona ultra humanum modus. S. Thom. Sent. III, dist. XXXIV, q.1, a.1.- Donorum ratio propria est ut per ea quis super humanum modum operetur. Sent. II, dist. XXXV, q.2, a.3].

Por ejemplo, los dones de Entendimiento y de Ciencia perfeccionan el ejercicio de la virtud de fe, y por ahí se expiica que almas sencillas y sin cultura alguna, pero rectas y dóciles a las inspiraciones del Espíritu Santo, tengan unas convicciones tan arraigadas, una comprensión y una penetración de las cosas sobrenaturales que a veces causan asombro, y una especie de instinto espiritual que las pone en guardia contra el error y las permite adherirse tan resueltamente a la verdad revelada, que quedan al abrigo de toda duda. ¿De dónde proviene todo esto? ¿Del estudio y de un examen concienzudo de las verdades de su fe? -No, es obra del Espíritu Santo, del Espíritu de verdad, que perfecciona mediante el don de Inteligencia o, de Ciencia, su virtud de fe. Como veis, los dones constituyen para el alma un tesoro inestimable a causa de su carácter puramente sobrenatural.- Los dones acaban de perfeccionar ese admirable organismo sobrenatural a través del cual Dios llama a nuestras almas a vivir la vida divina. Concedidos como son, en mayor o menor medida, a toda alma que vive en gracia, quedan en ella en estado permanente mientras no arrojamos por el pecado mortal al Huésped divino de donde dimanan. Pudiendo progresivamente acrecentarse, se extienden, además, a toda nuestra vida sobrenatural y la tornan sumamente fecunda, ya que por e]los se hallan nuestras almas bajo la acción directa y la influencia inmediata del Espíritu Santo.- Ahora bien, el Espíritu Santo es Dios con el Padre y el Hijo, y nos ama entrañablemente y quiere nuestra santificación; sus inspiraciones, que dimanan de un principio de bondad y de amor, no llevan otra mira que la de moldearnos de modo que nuestra semejanza con Jesús resulte más perfecta y cumplida.- De ahí que, aun cuando no sea éste su papel propio y exclusivo, los dones nos disponen también a aquellos actos heroicos por los que se manifiesta claramente la santidad.

¡Inefable bondad la de nuestro Dios, que nos provee con tanto cuidado y con tanta esplendidez de cuanto habemos menester para llegar a El! ¿No sería una ofensa, para el Huésped divino de nuestras almas, dudar de su bondad y amor, no confiar en su largueza, en su munificencia, o mostrarnos perezosos en aprovecharnos de ella?...

5. Doctrina de los dones del Espíritu Santo

Digamos ahora una palabra de cada uno de los dones. El número siete no constituye un límite, porque la accion de Dios es infinita, antes bien, indica plenitud, como otros muchos números bíblicos. Seguiremos simple mente el orden trazado por Isaías en su profecía mesiánica, sin tratar de establecer entre los dones gradación ni relaciones bien definidas, sino procurando únicamente explicar del mejor modo posible lo que es propio de cada uno.

El primero de los dones es el de Sabiduría. ¿Qué significa aquí Sabiduría? -«Es un conocimiento sabroso de las cosas espirituales, sapida cognitio rerum spiritualium un don sobrenatural para conocer o estimar las cosas divinas por el sabor espiritual que el Espíritu Santo nos da de ellas»; un conocimiento sabroso, íntimo y profundo de las cosas de Dios, que es precisamente lo que pedimos en la oración de Pentecostés: Da nobis in eodem Spiritu recta sapere. Sapere es tener, no ya sólo conocimiento, sino gusto de las cosas celestiales y sobrenaturales. No es, ni muchísimo menos, eso que se llama devoción sensible, sino más bien como una experiencia espiritual de la obra divina que el Espíritu Santo se digna realizar en nosotros; es la respuesta al «Gustad y ved cuán suave es el Señor» (Sal 33,9). Este don nos hace preferir sin vacilación a todas las alegrías de la tierra la dicha que es patrimonio exclusivo de los que sirven a Dios. El hace exclamar al alma fiel: «¡Qué deliciosas, Señor, son tus moradas! Un día pasado en tu casa vale por años pasados lejos de Ti» (ib. 83, 2-11). Mas es preciso para experimentar esto que huyamos con cuidado de todo cuanto nos arrastra a los deleites ilícitos de los sentidos.

El don de Entendimiento nos hace ahondar en las verdades de la fe. San Pablo dice que el «Espíritu que sondea las profundidades de Dios, las revela a quien le place» (1Cor 2,10). Y no es que este don amengue la incomprensibilidad de los misterios o que suprima la fe, sino que ahonda más en el misterio que el simple asentimiento de que le hace objeto la fe; su campo abarca las conveniencias y grandezas de los misterios, sus relaciones mutuas y las que tienen con nuestra vida sobrenatural. Se extiende asimismo a las verdades contenidas en los Libros Sagrados, y es el que parece haber sido concedido en mayor medida El los que en la Iglesia han brillado por la profundidad de su doctrina, a los cuales llamamos «Doctores de la Iglesia», aunque todo bautizado posea también este precioso don. Leéis un texto de las divinas Escrituras, lo habréis leído y releído un sinnúmero de veces sin que haya impresionado a vuestro espíritu, pero un día brilla de repente una luz que alumbra. por decirlo así, hasta las más íntimas reconditeces de la verdad enunciada en este texto; esa verdad entonces os aparece clara deslumbradora, convirtiéndose a menudo en germen de vida y de actos sobrenaturales. ¿Habéis llegado a ese resultado por medio de vuestra reflexión? -No antes bien, una iluminación, una ilustración del Espíritu Santo, es la que, por el don de Entendimiento, os dio el ahondar más profundamente, en el sentido oculto e íntimo de las verdades reveladas para que las tengáis en mayor apreclo.

Por el don de Consejo, el Espíritu Santo responde a aquel suspiro del alma: «Señor, ¿qué quieresque haga?» (Hch 9,6).- Ese don nos previene contra toda precipitación o ligereza, y, sobre todo, contra toda presunción, que es tan dañina én los caminos del espíritu. Un alma que no quiere depender de nadie, que tributa culto al yo, obra sin consultar previamente a Dios por medio de la oración, obra prácticamente como si Dios no fuera su Padre celestial, de donde toda luz dimana. «Todo don perfecto de arriba viene, del Padre de la luz» (Sant 1,17). Ved a nuestro divino Salvador, ved cómo dice que el Hijo, esto es, El mismo, nada hace que no vea hacer al Padre: «Nada puede hacer el Hijo por sí, fuera de lo que viere hacer al Padre» (Jn 5,10). El alma de Jesús contemplaba al Padre para ver en El el modelo, de sus obras, y el Espíritu de Consejo le descubría los deseos del Padre, de ahí que todo cuanto Jesús hacía agradaba a su Padre: «Siempre hago lo que agrada a mi Padre» (ib. 8,29). El don de Consejo es una disposición mediante la cual los hijos son capaces de juzgar las cosas a la luz de unos principios superiores a toda sabiduria humana. La prudencia natural, de suyo muy limitada, aconsejaría obrar de tal o cual modo, mas por el don de Consejo nos descubre el Espíritu Santo más elevadas normas de conducta por las que debe regirse el verdadero hijo de Dios.

No basta a veces conocer la voluntad de Dios; la naturaleza decaída ha menester a menudo energías para realizar lo que Dios quiere de nosotros; pues el Espíritu Santo, con su don de Fortaleza, nos sostiene en esos trances particularmente críticos.- Hay almas apocadas que temen las pruebas de la vida interior. Es imposible que falten semejantes pruebas; y aun puede decirse que serán tanto más duras cuanto a más altas cumbres estemos llamados. Pero no hay por qué temer; nos asiste el Espíritu de Fortaleza: «Permanecerá y habitará en vosotros» (Jn 14,17). Como los Apóstoles en Pentecostés, seremos también nosotros revestidos de la «fuerza de lo alto» (Lc 24,49), para cumplir generosos la voluntad divina, para obedecer, si es preciso, «a Dios antes que a los hombres» (Hch 4,19), para sobrellevar con denuedo las contrariedades que nos salgan al paso a medida que nos vamos allegando a Dios. Por eso rogaba con tantas veras San Pablo por sus caros fieles de Efeso, a fin de que «el Espíritu les diera la fuerza y la firmeza interior que necesitaban para adelantar en la perfección» (Ef 3,16). El Espíritu Santo dice a aquel a quien robustece con su fuerza lo que en otro tiempo dijo a Moisés cuando se espantaba de la misión que Dios le confiaba y que consistía en librar al pueblo hebreo del yugo faraónico. No temas, que «yo estaré contigo» (Ex 3,12). Tendremos a nuestra disposición la misma fortaleza de Dios. Esa, ésa es la fortaleza en que se forja el mártir, la que sostiene a las vírgenes; el mundo se pasma al verlos tan animosos, porque se figura que sacan las fuerzas de sí mismos, cuando en realidad su fortaleza es Dios.

El don de Ciencia nos hace ver las cosas creadas en su aspecto sobrenatural como sólo las puede ver un hijo de Dios.- Hay múltipies modos de considerar lo que está en nosotros o en nuestro contorno. Un descreído y un alma santa contemplan la naturaleza y la creación de muy diversa manera. El incrédulo no tiene sino ciencia puramente natural, por muy vasta y profunda que sea; el hijo de Dios ve la creación con la luz del Espíritu Santo y se le aparece como una obra de Dios donde se reflejan sus eternas perfecciones. Este don nos hace conocer los seres de la creación y nuestro mismo ser desde un punto de vista divinonos descubre nuestro fin sobrenatural y los medios más adecuados para alcanzarlo, pero con intuiciones que previenen contra las mentidas máximas del mundo y las sugestiones del espíritu de las tinieblas.

Los dones de Piedad y de Temor de Dios se completan entrambos mutuamente. El don de Piedad es uno de los más preciosos, porque concurre directamente a regular la actitud que hemos de observar en nuestras relaciones con Dios: mezcla de adoración, de respeto, de reverencia hacia una majestad que es divina; de amor, de confianza, de ternura, de total abandono y de santa libertad en el trato con nuestro Padre, que está en los cielos.- En vez de excluirse uno a otro, entrambos sentimientos pueden ir perfectamente hermanados, y el Espíritu Santo se encargará de enseñarnos el modo de armonizarlos. Así como en Dios no se excluyen el amor y la justicia, así en nuestra actitud de hijos de Dios hay cierta mezcla de reverencia inefable que nos hace prosternar ante la majestad soberana y de amor tierno que nos mueve a arrojarnos confiados en los brazos bondadosos del Padre celestial. El Espíritu Santo concilia entre sí estos dos sentimientos, al parecer encontrados.- El don de Piedad produce otro fruto, y es tranquilizar a las almas tímidas (porque las hay), que temen, en sus relaciones con Dios, equivocarse en la elección de las «fórmulas» de sus oraciones; ese escrúpulo lo disipa el Espíritu Santo cuando se escuchan sus inspiraciones. El es «el Espíritu de verdad»; y si es una realidad, como dice San Pablo, que no sabemos orar cual conviene, el Espíritu está con nosotros para ayudarnos: «El ora dentro de nosotros con gemidos inenarrables» (Rm 8, 26-27).

Viene, por fin, el don de Temor de Dios.- ¿No es verdad que parece extraño que se encuentre en el vaticinio de Isaías sobre los dones del Espíritu Santo que adornarán el alma de Cristo aquella expresión: «Será hechido de espíritu de temor de Dios?» ¿Será esto posible? ¿Cómo Cristo, el Hijo de Dios, puede estar transido de temor de Dios? -Es que hay dos clases de temor: el temor que sólo mira al castigo que merece el pecado; temor servil, falto de nobleza, pero que a veces resulta provechoso.- Hay, en cambio, otro temor que nos hace evitar el pecado porque ofende a Dios, y éste es el temor filial, que es, a pesar de todo, imperfecto mientras vaya mezclado con temor de castigo. Huelga decir que ni uno ni otro tuvieron jamás asiento en el alma santísima de Cristo; en ella hubo sólo temor perfecto, temor reverencial, ese temor que tienen las angélicas potestades ante la perfección infinita de Dios [Tremunt potestates. Prefacio de la Misa], este temor santo que se traduce en adoración: «Santo es el temor de Dios y existirá por los siglos de los siglos» (Sal 28,10). Si nos fuera dado contemplar la humanidad de Jesús, la veríamos anonadada de reverencia ante el Verbo al que esta unida. Esta es la reverencia que pone el Espíritu Santo en nuestras almas. El cuida de fomentarla en nosotros, pero moderándola y fusionándola en virtud del don de Piedad, con ese sentimiento de amor y de filial ternura, fruto de nuestra adopción divina que nos permite llamar a Dios ¡Padre! Ese don de Piedad imprime en nosotros, como en Jesús, la inclinación a relacionarlo todo con nuestro Padre, y a enderezarlo todo a El.

Esos son los dones del Espíritu Santo. Perfeccionan las virtudes, disponiéndonos a obrar con una seguridad sobrenatural, que constituye en nosotros como un instinto divino para percibir las cosas celestiales: por esos dones que el mismo Espíritu Santo deposita en nosotros, nos hace dóciles, nos perfecciona y desarrolla nuestra condición de hijos de Dios. «Los que se dejan conducir por el Espíritu de Dios, esos tales son hijos de Dios» (Rm 8,14). Al dejarnos, pues, guiar por ese espíritu de amor, cuando somos, en la medida de nuestra flaqueza, constantemente fieles a sus santas inspiraciones, a esos toques que nos llevan a Dios, a hacer en todo su gusto, entonces nuestra alma obra totalmente en consonancia con su adopción divina; entonces produce frutos que son término de la acción del Espíritu Santo en nosotros, a la vez que recompensa anticipada por nuestra fidelidad a la misma: Tal es su dulzura y suavidad.- Esos frutos los enumera ya San Pablo, y son: caridad, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, longanimidad, dulzura, confianza, modestia continencia y castidad (Gál 5, 22-23). Esos frutos, dignos todos del Espíritu de amor y de santidad, son dignos también de nuestro Padre celestial, que encuentra en ellos su gloria: «Mi Padre resultará glorificado si vosotros dais abundante fruto» (Jn 15,8); dignos, en fin, de Jesucristo, que nos los mereció, y a quien el Espíritu Santo nos une. «si alguno permanece en mí y yo en él, ese dará abundante fruto» (ib. 5).

Hallábase Nuestro Señor en Jerusalén por la fiesta de los Tabernáculos, que era una de las más solemnes de cuantas celebraban los judíos, cuando levantando la voz en medio de las turbas, exclamó: «Si alguien tiene sed venga a Mí y beba, el que cree en Mí, como dice la Escritura, ríos de agua viva fluirán de sus entrañas». Y añade San Juan: «Esto lo, dijo Jesús del Espíritu que habían de recibir los que creyeran en El» (ib. 7, 37-39). El Espíritu Santo, que nos es enviado por los méritos de Cristo, que como Verbo es el encargado de transmitirle, viene a resultar en nosotros el principio y el manantial de esos ríos de aguas vivas de la gracia que sacia nuestra sed hasta la vida eterna, esto es, que produce en nosotros frutos de vida perdurable [Huiusmodi autem flumina sunt aquæ vivæ quia sunt continuatæ suo principio scilicet, Spiritui Sancto inhabitanti. Santo Tomás, In Joan., VII, lec. 5].

En espera de la bienaventuranza suprema, «esas aguas regocijan la ciudad de las almas que bañan». «La impetuosidad de la corriente del torrente refresca la ciudad de Dios» (Sal 45,5). Por eso dice San Pablo que todas las almas fieles que creen en Cristo «beben en un mismo Espíritu» (1Cor 12,33). De ahí también que la liturgia, eco de la doctrina de Jesús y del Apóstol, nos haga invocar al Espíritu Santo, que es a la vez el Espíritu de Jesús, como a «fuente de vida» (Fons vivus. Himno Veni Creator).

6. Nuestra devoción al Espíritu Santo: invocarle y ser fieles a sus inspiraciones

Tal es, pues, la acción del Espíritu Santo en la Iglesia y en las almas; acción santa como el principio divino de donde emana, accion que nos impulsa a santificarnos. Ahora bien, ¿cuál no será la devoción que hemos de tener a este Espíritu que mora en nuestras almas desde el Bautismo y cuya actividad en nosotros es de suyo tan honda y eficaz?

Ante todas las cosas, debemos invocarle con frecuencia. El es Dios, como el Padre y el Hijo; El también desea nuestra santidad, y es conforme al plan divino que acudamos al Espíritu Santo como acudimos al Padre y al Hijo ya que tiene el mismo poder y la misma bondad que ellos. La Iglesia, en esto, como en todo, nos sirve de guía, puesto que cierra el ciclo de las fiestas en las cuales se van como descorriendo los misterios de Cristo, con la solemnidad de la venida del Espíritu Santo, Pentecostés, y emplea, para implorar la gracia del Espíritu divino, oraciones admirables aspiraciones caldeadas de amor, cual es el Veni Sancti Spiritus. Debemos acudir a El y decirle: «Oh amor infinito, que procedes del Padre y del Hijo, concédeme el Espíritu de adopción; enséñame a portarme siempre como verdadero hijo de Dios; quédate conmigo, y ande yo siempre contigo para amar como Tú amas; sin Ti nada soy; de mí nada valgo; pero así y todo, manténme siempre a tu lado, de modo que a través de Ti, esté siempre unido al Padre y al Hijo». Pidámosle siempre y con empeño creciente, participación más grande de sus dones, del Sacrum Septenarium.- Debemos también darle las más humildes y rendidas gracias. Si bien es verdad que Cristo nos lo mereció todo, también lo es que nos guía y nos dirige por su Espíritu, y de éste nos viene el raudal de gracias que nos hacen poco a poco semejantes a Jesús. ¿Cómo, pues, no hemos de demostrar a menudo agradecimiento a este Huésped cuva presencia amorosa y eficaz nos colma de riquezas y beneficios? He aquí el primer homenaje que hemos de tributar a ese Espíritu que es Dios con el Padre y el Hijo: creer con fe práctica que nos impulse a recurrir a El; creer en su divinidad, en su poder, en su bondad.

[Al decir que Cristo nos gobierna por su Espíritu, no entendemos que el Espíritu Santo sea un instrumento, siendo como es Dios y causa de la gracia; antes queremos indicar que el Espíritu Santo es (en nosotros) principio de gracia, que procede a su vez de un principio, del Padre y del Hijo; Jesucristo, en calidad de Verbo, nos envía al Espíritu Santo. Santo Tomás, I, q.45, a.6, ad 2]

Así pues, cuidémonos de no contrariar su acción en nosotros.- «No extingáis el Espíritu de Dios» (Tes 5,19), dice San Pablo; y también: «No contristéis al Espíritu Santo» (Ef 4,30). Como os dije, la acción del Espíritu Santo en el alma es muy delicada, porque es acción de remate, de perfeccionamiento; sus toques son toques de delicadeza suma. Debemos, pues, hacer lo posible para no estorbar con nuestras ligerezas la actuación del Espíritu Santo, ni con nuestra disipación voluntaria, ni con nuestra apatía, ni con nuestras resistencias advertidas y queridas, ni con el apego desmedido a nuestro propio parecer: «No seáis sabihondos» (Rm 12,16). Al entender en las cosas de Dios, no os fiéis de la humana sabiduría, porque el Espíritu Santo os abandonaría a vuestra prudencia natural, y bien sabéis que toda esta prudencia no es a los ojos de Dios sino pura «necedad» (1Cor 3,19).- La acción del Espíritu Santo es perfectamente compatible con aquellas flaquezas que se nos deslizan por descuido en la vida, de las cuales somos los primeros en lamentarnos; con nuestras enfermedades, nuestras servidumbres humanas, nuestras dificultades y tentaciones. Nuestra nativa pobreza no arredra al Espíritu Santo que es «Padre de los pobres» [Pater pauperum. Secuencia Veni Sancte Spiritus], como le llama la Iglesia.

Lo incompatible con su acción es la resistencia friamente deliberada a sus inspiraciones. ¿Por qué? -Primero, porque el espíritu procede por amor, es el amor mismo; y con todo eso, aunque el amor que nos tiene no conozca límites, aun cuando su acción sea infinitamente poderosa, el Espíritu Santo es respetuosísimo con nuestra libertad, no violenta nuestra voluntad. ¡Tenemos el triste privilegio de poder resistirle! Pero nada contrista tanto al amor como el notar resistencia obstinada a sus requerimientos. Además, con sus dones, sobre todo, nos guía el Espíritu Santo por la senda de la santidad, y nos hace vivir como hijos de Dios; y precisamente con sus dones, impulsa y determina al alma a obrar.

«En los dones el alma, más que agente, es movida» [In donis Spiritus Sancti mens humana non se habet ut movens, sed magis ut mota. Santo Tomás, II-II, q.52, a.2, ad 1], pero esto no quiere decir que deba permanecer enteramente pasiva, sino que debe disponerse a la acción divina, escucharla, serle fiel sin tardanza.- Nada embota tanto la acción del Espíritu Santo en nosotros como la falta de flexibilidad frente a esos interiores movimientos que nos llevan a Dios, que nos mueven a observar sus mandamientos, a darle gusto, a ser caritativos, humildes y confiados: un «no» deliberado y rotundo, aun cuando se trate de cosas menudas, contraría la acción del Espíritu Santo en nosotros; con eso resulta menos intensa, menos frecuente, y el alma entonces no remonta su vuelo, y toda su vida sobrenatural es lánguida: «No contristéis al Espíritu».

Si esas resistencias deliberadas, voluntarias y maliciosas se multiplican, si degeneran en frecuentes y habituales, el Espíritu Santo se calla. El alma entonces, abandonada a sí misma y sin más norte ni sostén interior en el camino de la perfección, corre inminente riesgo de ser presa del príncipe de las tinieblas, y se extingue en ella la caridad. No apaguéis el Espíritu Santo, que es a manera de fuego de amor que arde en nuestras almas [Spiritum nolite exstinguere; Ignis, Himno Veni Creator. Et tui amoris ignem accende. Misa de Pentecostés].

Seamos siempre generosos, fieles al «Espíritu de verdad», siquiera en la corta medida que es dad a nuestra flaqueza, porque El es también Espíritu de santificación. Seamos almas dóciles y sensibles a los toques de este Espíritu.- Si nos dejamos guiar de El, luego desarrollará plenamente en nosotros la gracia divina de la adopción sobrenatural que nos quiso dar el Padre, y que el Hijo nos mereció. ¡De qué alegría tan honda, de qué libertad interior gozan las almas que se entregan así a la acción del Espíritu Santo! Ese divino Espíritu nos hará rendir frutos de santidad agradables a Dios; artista divino como es de mano sumamente delicada, dará cima en nosotros a la obra de Jesús, o más bien formará a Jesús en nosotros, como formó un día su santa humanidad, a fin de que reproduzcamos en esta frágil naturaleza, mediante su acción, los rasgos de la filiación divina que recibimos en Jesucristo, para la gloria del Eterno Padre: «Jesucristo fue concebido en santidad, por obra del Espíritu Santo, destinado a ser Hijo de Dios por naturaleza; otros, en virtud del mismo Espíritu, se santifican para llegar a ser hijos de Dios por adopción» (Santo Tomás, III, q.32, a.1).

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