EL SECRETO ADMIRABLE DEL SANTÍSIMO ROSARIO


para convertirse y salvarse
San Luis María Grignion de Montfort

Traducción de p. Pío Suárez B., s.m.m.
(cortesía de http://regnummariae.org)
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PRESENTACION

Uno de los títulos más gloriosos conferidos a san Luis María,  “el sacerdote del gran rosario”,  es el de “Apóstol de la Cruz y del Rosario”. El Rosario ocupaba un lugar importante en su vida espiritual y en su apostolado. El Secreto del Santísimo Rosario, como se le llama a veces, es la obra menos personal de sus escritos,  ya que toma muchos apartes de varios autores. De esta práctica habla también –entre otros– en el Tratado de la Verdadera Devoción.

Como era  misionero popular,  sobre todo para los pobres y abandonados, se da a la tarea de renovar en ellos el espíritu del cristianismo. Creía poder realizarlo inculcándoles la devoción a María, la única capaz de conducirles a Jesucristo y hacerles santos. Creía que el Rosario era un secreto maravilloso para llegar al conocimiento de María y, por ella, encontrar a Jesucristo. Estableció la devoción al Rosario por todas partes en donde predicaba. Lo hacía recitar cada día durante las misiones. Su libro,  que no fue publicado durante su vida, ciertamente estaba destinado a personas de todos los medios, como lo indican claramente las “Pequeñas Rosas” de la introducción. El texto está dividido en decenas, como el Rosario; cada una está compuesta de diez “rosas”. El autor traza ahí el origen de esta forma de devoción y describe la atmósfera milagrosa como se ha desarrollado a través de los siglos. Muy consciente de las críticas que suscitarían sus relatos, anota simple y llanamente que lo ha tomado de autores de renombre. En las otras secciones, trata del poder y eficacia del Rosario, de las oraciones que lo componen, de la belleza y utilidad de las meditaciones que deberían acompañar la recitación. Indica la manera de recitar el Rosario “dignamente” y termina ofreciendo métodos para hacerlo.

DEDICATORIAS

 

 

Rosa blanca

A los Sacerdotes[1]

 

[1] Ministros del Altísimo, predicadores de la verdad, clarines del Evangelio: permítanme presentarles la rosa blanca de este librito para hacer entrar en su corazón y en su boca las verdades expuestas en él sencillamente y sin artificio.

En el corazón, para que Uds. mismos abracen la práctica del Santo Rosario y saboreen sus frutos[2].

En la boca, para que prediquen a los demás la excelencia de esta santa práctica y los atraigan a la conversión por medio de ella. No vayan a considerar esta práctica como insignificante y de escasas consecuencias. Así la miran el vulgo y aun muchos sabios orgullosos. Pero, en verdad, es grande, sublime y divina. El Cielo nos la ha dado para convertir a los pecadores más endurecidos y a los herejes más obstinados. Dios vinculó a ella la gracia en esta vida y la gloria del Cielo. Los santos la han puesto en práctica y los Sumos Pontífices la han autorizado.

¡Qué tal felicidad la del Sacerdote y director de almas a quienes el Espíritu Santo haya revelado este secreto desconocido de la mayoría de los hombres o sólo conocido superficialmente por ellos! Si obtienen su conocimiento práctico, lo recitarán todos los días e impulsarán a otros a recitarlo. Dios y su Madre Santísima derramarán sobre Uds. gracias abundantes a fin de que sean instrumentos de su gloria. Y Uds. lograrán más éxito con sus palabras, aunque sencillas, en un solo mes, que los demás predicadores en muchos años.

[2] No nos contentemos, pues, queridos compañeros, con recomendar a otros el rezo del Rosario. Tenemos que rezarlo nosotros. Podremos estar intelectualmente convencidos de su excelencia, pero, si no lo practicamos, poco empeño pondrán los oyentes en aceptar nuestro consejo, porque nadie da lo que no tiene: «Comenzó Jesús a hacer y enseñar»[3]. Imitemos a Jesucristo que empezó por hacer lo que enseñaba. Imitemos al Apóstol, que no conocía ni predicaba sino a Jesús crucificado.

Es lo que debemos hacer al predicar el Santo Rosario. Que –lo veremos más adelante– no es sólo una repetición de Padrenuestros y Avemarías, sino un compendio maravilloso de los misterios de la vida, pasión, muerte y gloria de Jesús y de María.

Si creyera que la experiencia que Dios me ha dado sobre la eficacia de la predicación del Santo Rosario para convertir a las almas, les impulsará a Uds. a predicarlo, no obstante la costumbre contraria de los predicadores, les contaría las maravillosas conversiones que he logrado predicándolo. Me contentaré, sin embargo, con relatar en este compendio algunas historias antiguas y comprobadas.

Para servicio suyo, he incluido también muchos pasajes latinos tomados de buenos autores, que prueban lo que explico al pueblo en lengua corriente[4].

Rosa encarnada

A los pecadores

 

[3] A Uds., pobres pecadores, uno más pecador todavía, les ofrece la rosa enrojecida con la sangre de Jesucristo, a fin de que florezcan y se salven. Los impíos y pecadores empedernidos gritan a diario: «Coronémonos de rosas»[5]. Cantemos también nosotros: «Coronémonos con las rosas del Santo Rosario».

¡Ah! ¡Qué diferentes son sus rosas de las nuestras! Las suyas son los placeres carnales, los vanos honores y las riquezas perecederas, que pronto se marchitarán y consumirán. En cambio, las nuestras, es decir nuestros Padrenuestros y Avemarías bien dichos, unidos a nuestras buenas obras de penitencia, no se marchitarán ni agotarán jamás, y su brillo será, de aquí a cien mil años, tan vivo como en el presente.

Sus pretendidas rosas sólo tienen la apariencia de tales. En realidad, son solamente punzantes espinas durante su vida, a causa de los remordimientos de conciencia que los taladrarán a la hora de la muerte con el arrepentimiento, y los quemarán durante toda la eternidad a causa de la rabia y desesperación.

Si nuestras rosas tienen espinas, son las espinas de Jesucristo, que Él convierte en rosas. Nuestras espinas punzan, pero sólo por algún tiempo y ello para curarnos del pecado y darnos la salvación.

[4] Coronémonos a porfía de estas rosas del Paraíso recitando todos los días un Rosario, es decir las tres series de cinco misterios cada una o tres pequeñas diademas de flores o coronas:

1o Para honrar las tres coronas de Jesús y de María: de la gracia de Jesús en la Encarnación, su corona de espinas durante la pasión y la de gloria en el Cielo de la Santísima Trinidad.

2o Para recibir de Jesús y María tres coronas: la primera de méritos, durante la vida; la segunda de paz, en la hora de la muerte, y la tercera de gloria, en el Cielo.

Créanme que recibirán la corona inmarcesible[6], que no se marchitará jamás, si se mantienen fieles en rezarlo devotamente hasta la muerte, no obstante la enormidad de sus pecados. Aunque estuvieran ya al borde del abismo, aunque hubieran vendido su alma al demonio como un mago, aunque fueran herejes tan endurecidos y obstinados como demonios, se convertirán tarde o temprano y se salvarán, siempre que, lo repito –noten bien las palabras y términos de mi consejo– recen devotamente, todos los días hasta la muerte el Santo Rosario con el fin de conocer la verdad y alcanzar la contrición y perdón de los pecados.

En esta obra hallarán muchas historias de pecadores convertidos por la eficacia del Rosario. ¡Léanlas y medítenlas!

                                                                                      Dios solo.

 

 

Rosal Místico

A las almas piadosas

 

[5] Almas piadosas e iluminadas por el Espíritu Santo, ciertamente no llevarán a mal que les ofrezca un pequeño rosal místico bajado del Cielo, para que lo planten en el jardín de sus almas. En nada perjudicará a las flores olorosas de su contemplación. Es muy perfumado y totalmente divino. No perturbará en lo más mínimo el orden de su jardín. Es muy puro y muy ordenado y todo lo encamina al orden y a la pureza. Alcanza altura tan prodigiosa y tan dilatada extensión, si se le riega y cultiva todos los días como conviene, que no sólo no estorbará a las demás devociones, sino que las conserva y perfecciona. ¡Uds., que son almas espirituales, me comprenden claramente! Jesús y María con su vida, muerte y eternidad constituyen este rosal.

[6] Las hojas verdes de este rosal místico representan los misterios gozosos de Jesús y de María. Las espinas, los dolorosos. Y las flores, los gloriosos. Los capullos son la infancia de Jesús y de María, las rosas entreabiertas representan a Jesús y María en sus dolores. Y las totalmente abiertas muestran a Jesús y María en su gloria y en su triunfo.

La rosa alegra con su hermosura: ahí están Jesús y María en los misterios gozosos. Punza con sus espinas: ahí están Jesús y María en los misterios dolorosos. Regocija con la suavidad de su perfume: ahí están Jesús y María en los misterios gloriosos[7].

No desprecien, pues, mi rosal alegre y maravilloso. Siémbrenlo en su alma, tomando la resolución de rezar el Rosario. Cultívenlo y riéguenlo, recitándolo fielmente todos los días y obrando el bien. Contemplarán cómo el grano que ahora parece tan pequeño, se convertirá con el tiempo en un gran árbol en el que las aves del Cielo, es decir las almas predestinadas y elevadas en contemplación, pondrán su nido y morada para guarecerse a la sombra de sus hojas de los ardores del sol, preservarse en su altura de las fieras de la tierra y, finalmente, alimentarse con la delicadeza de su fruto, que no es otro que el adorable Jesús, a quien sea el honor y la gloria por la eternidad. Amén.

                                                                                                                             Dios solo.

 

 

Capullo de Rosa

A los niños

 

[7] A Uds., queridos niños, les ofrezco un hermoso capullo de rosas: el granito de su Rosario, que les parece tan insignificante. Pero... ¡Oh!, ¡qué grano tan precioso! ¡Qué capullo tan admirable!; y ¡cómo se desarrollará, si recitan devotamente el Avemaría! Quizás sea mucho pedirles que recen un Rosario todos los días. Recen, por lo menos, una tercera parte, con devoción. Será una linda diadema de rosas que colocarán en las sienes de Jesús y de María. ¡Créanmelo! Escuchen ahora y recuerden esta hermosa historia:

[8] Dos niñitas, hermanas, estaban a la puerta de su casa recitando el Rosario devotamente. Se les aparece una hermosa Señora, que acercándose a la más pequeña, de sólo seis años, la toma de la mano y se la lleva. La hermanita mayor, llena de turbación, la busca y no habiendo podido hallarla, vuelve a casa llorando y diciendo que se habían llevado a su hermana. El padre y la madre la buscan inútilmente durante tres días. Pasado este tiempo, la encuentran en la casa con el rostro alegre y gozoso. Le preguntan de dónde viene. Ella responde que la Señora a quien rezaba el Rosario la había llevado a un lugar hermoso, y le había dado de comer cosas muy buenas y había colocado en sus brazos un bellísimo Niño a quien había cubierto de besos. El padre y la madre, recién convertidos a la fe, llaman al padre jesuita, que les había instruido en ella y en la devoción del Rosario, y le relatan lo que había pasado. Él mismo nos lo contó. Ocurrió en el Paraguay[8].

Imiten, queridos niños, a esas fervorosas niñas. Recen todos los días la tercera parte del Rosario, y merecerán ver a Jesús y a María, si no durante esta vida, sí después de la muerte, durante la eternidad. Amén.

Así, pues, que sabios e ignorantes, justos y pecadores, grandes y pequeños, alaben y saluden noche y día a Jesús y María con el Santo Rosario.

«Saluden a María, que ha trabajado mucho en Uds.»[9]

PRIMERA DECENA

 

EXCELENCIA DEL SANTO ROSARIO,

MANIFESTADA POR SU ORIGEN Y SU NOMBRE

 

 

1a. Rosa

Las oraciones del Rosario

 

[9] El Rosario encierra dos realidades: la oración mental y la vocal. La oración mental en el Santo Rosario es la meditación de los principales misterios de la vida, muerte y gloria de Jesucristo y de su Santísima Madre.

La oración vocal consiste en la recitación de quince decenas de Avemarías precedidas de un Padrenuestro, unida a la meditación y contemplación de las quince principales virtudes que Jesús y María practicaron, conforme a los quince misterios del Santo Rosario.

En la primera parte, que consta de cinco decenas, se honran y consideran los cinco misterios gozosos; en la segunda, los cinco dolorosos; y en la tercera los cinco misterios gloriosos.

De este modo, el Rosario constituye un conjunto sagrado de oración mental y vocal para honrar e imitar los misterios y virtudes de la vida, muerte, pasión y gloria de Jesucristo y de María.

 

2a. Rosa

Origen del Rosario

[10] El Santo Rosario, compuesto fundamental y sustancialmente por la oración de Jesucristo (el Padrenuestro), la salutación angélica (el Avemaría) y la meditación de los misterios de Jesús y María, constituye, sin duda, la primera plegaria y la primera devoción de los creyentes. Desde los tiempos de los apóstoles y discípulos ha estado en uso, siglo tras siglo, hasta nuestros días.

[11] Sin embargo, el Santo Rosario, en la forma y método de que hoy nos servimos en su recitación, sólo fue inspirado a la Iglesia, en 1214, por la Santísima Virgen que lo dio a Santo Domingo para convertir a los herejes albigenses y a los pecadores. Ocurrió en la forma siguiente, según lo narra el beato Alano de la Rupe en su famoso libro titulado “Dignidad del Salterio”[10].

Viendo Santo Domingo que los crímenes de los hombres obstaculizaban la conversión de los albigenses, entró a un bosque próximo a Tolosa y permaneció allí tres días dedicado a la penitencia y a la oración continua, sin cesar de gemir, llorar y mortificar su cuerpo con disciplina para calmar la cólera divina, hasta que cayó medio muerto. La Santísima Virgen se le apareció en compañía de tres princesas celestiales, y le dijo: «¿Sabes, querido Domingo, de qué arma se ha servido la Santísima Trinidad para reformar el mundo?». «Señora, Tú lo sabes mejor que yo –respondió él–, porque, después de Jesucristo, Tú fuiste el principal instrumento de nuestra salvación». «Pues –añadió ella– la principal pieza de combate ha sido el salterio angélico, que es el fundamento del Nuevo Testamento. Por ello, si quieres ganar para Dios esos corazones endurecidos, predica mi Salterio».

Se levantó el Santo muy consolado. Inflamado de celo por la salvación de aquellas gentes, entró en la catedral. Al momento repicaron las campanas para reunir a los habitantes. Al comenzar él su predicación, se desencadenó una horrible tormenta, tembló la tierra, se oscureció el sol, truenos y relámpagos repetidos hicieron palidecer y temblar a los oyentes. El terror de éstos aumentó cuando vieron que una imagen de la Santísima Virgen expuesta en lugar prominente, levantaba los brazos al cielo tres veces para pedir a Dios venganza contra ellos, si no se convertían y recurrían a la protección de la Santa Madre de Dios.

Quería el cielo con estos prodigios promover esta nueva devoción del Santo Rosario y hacer que se la conocieran más.

Gracias a la oración de Santo Domingo, se calmó finalmente la tormenta. Prosiguió él su predicación, explicando con tanto fervor y entusiasmo la excelencia del Santo Rosario, que casi todos los habitantes de Tolosa lo aceptaron, renunciando a sus errores. En poco tiempo se experimentó un gran cambio de vida y costumbres en la ciudad.

 

3a. Rosa

El Rosario y Santo Domingo[11]

[12] El establecimiento del Santo Rosario en forma tan milagrosa, guarda cierta semejanza con la manera de que se sirvió Dios para promulgar su Ley en el Monte Sinaí, y manifiesta claramente la excelencia de esta maravillosa práctica.

Santo Domingo, iluminado por el Espíritu Santo e instruido por la Santísima Virgen y por su propia experiencia, dedicó el resto de su vida a predicar el Santo Rosario con su ejemplo y su palabra, en las ciudades y los campos, ante grandes y pequeños, sabios e ignorantes, católicos y herejes. El Santo Rosario, que rezaba todos los días, constituía su preparación antes de predicar y su acción de gracias después de la predicación.

[13] Preparábase el Santo, detrás del altar mayor de Nuestra Señora de París, con el rezo del Santo Rosario, para predicar en las fiestas de San Juan Evangelista, cuando se le apareció la Santísima Virgen y le dijo: «Aunque lo que tienes preparado para predicar sea bueno, ¡aquí te traigo un sermón mejor!» El Santo recibe de las manos de María el escrito que contiene el sermón, lo lee, lo saborea, lo comprende y da gracias por él a la Santísima Virgen. Llegada la hora del sermón, sube al púlpito y, después de haber recordado en alabanza de San Juan, tan sólo que había sido el guardián de la Reina de los Cielos, dijo a la asamblea de nobles y doctores que habían venido a escucharlo y estaban acostumbrados a oír sólo discursos artificiosos y floridos, que no les hablaría con palabras elocuentes de la sabiduría humana, sino con la sencillez y fuerza del Espíritu Santo.

Les predicó el Santo Rosario, explicándoles palabra por palabra, como a los niños, la salutación angélica, sirviéndose de comparaciones muy sencillas, leídas en el escrito que le diera la Santísima Virgen.

[14] Aquí están las palabras del Sabio Cartagena que él tomó, en parte, del libro del Beato Alano de la Rupe, “Dignidad del Salterio”: Afirma el Beato Alano que su padre, Santo Domingo, le dijo un día en una revelación: ¡Hijo mío!, tú predicas. Pero, para que no busques la alabanza humana sino la salvación de las almas, escucha lo que me sucedió en París. Debía predicar en la Iglesia Mayor de Santa María y quería hacerlo ingeniosamente, no por jactancia, sino a causa de la nobleza y dignidad de los asistentes. Mientras oraba, según mi costumbre, casi durante una hora, mediante la recitación de mi Salterio (es decir el Rosario) antes del sermón, tuve un éxtasis. Veía a mi amada Señora, la Virgen María, que ofreciéndome un libro me decía: «¡Por bueno que sea el sermón que vas a predicar, aquí traigo uno mejor!»

Muy contento, tomé el libro, lo leí todo y, como María lo había dicho, encontré lo que debía predicar. Se lo agradecí de todo corazón.

Llegada la hora del sermón, subí a la cátedra sagrada. Era la fiesta de San Juan, pero sólo dije del Apóstol que mereció ser escogido para guardián de la Reina del Cielo. En seguida hablé así a mi auditorio: «¡Señores e ilustres Maestros! Uds. están acostumbrados a oír sermones sabios y elegantes. Pero no quiero dirigirles doctas palabras de sabiduría humana, sino mostrarles el espíritu de Dios y su virtud». Entonces –añade Cartagena siguiendo al Beato Alano– Santo Domingo les explicó la salutación angélica mediante comparaciones y semejanzas muy sencillas[12].

[15] El Beato Alano, como dice el mismo Cartagena, relata muchas otras apariciones del Señor y de la Santísima Virgen a Santo Domingo para instarle y animarle más y más a predicar el Santo Rosario a fin de combatir el pecado y convertir a los pecadores herejes. Oigamos este pasaje: «El Beato Alano refiere que la Santísima Virgen le reveló que Jesucristo, su hijo, se había aparecido después de Ella a Santo Domingo y le había dicho: Domingo, me alegro de que no te apoyes en tu sabiduría y de que trabajes con humildad en la salvación de las almas sin preocuparte por complacer la vanidad humana. Muchos predicadores quieren desde el comienzo tronar contra los pecados más graves, olvidando que, antes de dar un remedio penoso, es necesario preparar al enfermo para que lo reciba y aproveche. Por ello deben exhortar antes al auditorio al amor a la oración y, especialmente, a mi salterio angélico. Porque si todos comienzan a rezarlo, no hay duda de que la clemencia divina será propicia con los que perseveran. Predica, pues, mi Rosario»[13].

[16] En otro lugar dice: Todos los predicadores hacen rezar a los cristianos la salutación angélica al comenzar sus sermones, para obtener la gracia divina. La razón de ello es la revelación de la Santísima Virgen a Santo Domingo: «Hijo mío –le dijo– no te sorprendas de no lograr éxito con tus predicaciones. Porque trabajas en una tierra que no ha sido regada por la lluvia. Recuerda que cuando Dios quiso renovar el mundo, envió primero la lluvia de la salutación angélica. Así se renovó el mundo. Exhorta, pues, a las gentes en tus sermones a rezar el Rosario y recogerás grandes frutos para las almas. Lo hizo así el Santo constantemente y obtuvo notable éxito con sus predicaciones.» Puedes leer esto en el Libro de los Milagros del Santo Rosario, escrito en italiano[14], y en el discurso 243 de Justino[15].

[17] Me he complacido en citarte palabra por palabra[16] los pasajes de estos serios autores, en favor de los predicadores y personas eruditas que pudieran dudar de la maravillosa eficacia del Santo Rosario. Mientras los predicadores, siguiendo el ejemplo de Santo Domingo, enseñaron la devoción del Santo Rosario, florecían la piedad y el fervor en las Órdenes Religiosas que lo practicaban y en el mundo cristiano, pero cuando se empezó a descuidar este regalo venido del Cielo, sólo vemos pecados y desórdenes por todas partes.

 

4a. Rosa

El Rosario y el Beato Alano

 

[18] Todas las cosas, inclusive las más santas, en la medida en que dependen de la voluntad humana, están sujetas a cambio. No hay, pues, por qué extrañarse de que la Cofradía del Santo Rosario no haya subsistido en su primitivo fervor sino hasta unos cien años después de su fundación. Después estuvo casi sumida en el olvido.

Además la malicia y envidia del demonio han contribuido seguramente para que se descuidara el Santo Rosario, a fin de detener los torrentes de gracia divina que esta devoción atrae al mundo. Efectivamente la justicia divina afligió todos los reinos europeos en el año 1384 con la peste más temible que se haya visto jamás.

Ésta se extendió desde Oriente por Italia, Alemania, Francia, Polonia, Hungría, devastando casi todos estos territorios, ya que de cada cien hombres sólo quedaba uno vivo. Las ciudades, los pueblos, las aldeas y los monasterios quedaron casi desiertos durante los tres años que duró la epidemia. A este azote de Dios siguieron otros dos: la herejía de los flagelantes[17] y un infeliz en el año 1378.

[19] Después de que, por la misericordia divina, cesaron estas calamidades, la Santísima Virgen ordenó al Beato Alano de la Rupe, célebre doctor y famoso predicador de la Orden de Santo Domingo del convento de Dinán en Bretaña, renovar la antigua Cofradía del Santo Rosario, a fin de que, ya que la susodicha Cofradía había nacido en esa provincia, un Religioso del mismo lugar tuviera el honor de restaurarla. Este bienaventurado Padre comenzó a trabajar en tan noble empresa en el año 1460, sobre todo después de que el Señor, como lo cuenta él mismo, le dijo cierto día desde la Sagrada Hostia, mientras celebraba la Santa Misa, a fin de impulsarlo a predicar el Santo Rosario: «¿Por qué me crucificas de nuevo?».

«¿Cómo Señor?», respondió sorprendido el Beato Alano.

«Tus pecados me crucifican –respondió Jesucristo–. Aunque preferiría ser crucificado de nuevo, a ver a mi Padre ofendido por los pecados que has cometido. Tú me sigues crucificando, porque tienes la ciencia y cuanto es necesario para predicar el Rosario de mi Madre e instruir y alejar del pecado a muchas almas... Podrías salvarlas y evitar grandes males. Pero al no hacerlo, eres culpable de sus pecados». Tan terribles reproches hicieron que el Beato Alano se decidiera a predicar intensamente el Rosario.

[20] La Santísima Virgen le dijo también cierto día, para animarlo más todavía a predicar el Santo Rosario: «Fuiste un gran pecador en tu juventud. Pero yo te alcancé de mi Hijo la conversión. He pedido por ti y deseado, si fuera posible toda clase de trabajos por salvarte, ya que los pecadores convertidos constituyen mi gloria, y hacerte digno de predicar por todas partes mi Rosario».

Santo Domingo, describiéndole los grandes frutos que había conseguido entre las gentes por esta hermosa devoción que él predicaba continuamente le decía: «Mira los frutos que he alcanzado con la predicación del Santo Rosario. Que hagan lo mismo tú y cuantos aman a la Santísima Virgen, para atraer, mediante el Santo ejercicio del Rosario, a todos los pueblos a la ciencia verdadera de la virtud».

Esto es, en resumen, lo que la historia nos enseña acerca del establecimiento del Santo Rosario por Santo Domingo y su restauración por el Beato Alano de la Rupe.

 

5a. Rosa

La Cofradía del Rosario[18]

[21] Estrictamente hablando, no hay sino una Cofradía del Rosario, compuesto de ciento cincuenta Avemarías. Pero en relación a las personas que lo practican, podemos distinguir tres clases: el Rosario común u Ordinario, el Rosario Perpetuo y el Rosario Cotidiano.

La Cofradía del Rosario Ordinario sólo exige recitarlo una vez por semana. La del Rosario Perpetuo, una vez al año. La del Rosario Cotidiano, en cambio, rezarlo completo, es decir, las ciento cincuenta Avemarías, todos los días. Ninguna de estas Cofradías implica obligación bajo pecado, ni siquiera venial, si no lo rezamos. Porque el compromiso de rezarlo es totalmente voluntario y de supererogación. Pero no debe alistarse en la Cofradía quien no tenga voluntad decidida de rezarlo, conforme lo exige la Cofradía y siempre que pueda sin faltar a las obligaciones del propio estado. De suerte que, cuando el rezo del Rosario coincide con una obligación de estado, hay que preferir ésta al Rosario, por santo que éste sea. Cuando, a causa de enfermedad, no se le pueda recitar todo o en parte sin agravar el padecimiento, no obliga. Y cuando, por legítima obediencia, olvido involuntario o necesidad apremiante, no fue posible rezarlo, no hay pecado ninguno, ni siquiera venial. Y no por ello dejas de participar en las gracias y méritos de los cofrades del Santo Rosario que lo rezan en todo el mundo.

Y si dejas de rezarlo por pura negligencia, pero sin desprecio formal, absolutamente hablando, tampoco pecas. Pero pierdes la participación en las oraciones, buenas obras y méritos de la Cofradía. Y por tu negligencia en cosas pequeñas y de supererogación, caerás insensiblemente en la infidelidad a las cosas grandes y de obligación esencial: «Quien desprecia lo pequeño, poco a poco se precipita»[19].

 

6a. Rosa

El Salterio de María

 

[22] Desde que Santo Domingo estableció esta devoción, hasta el año 1460[20], en que el Beato Alano la restauró por orden del Cielo, se la denominó el “Salterio de Jesús y de la Santísima Virgen”. Porque contiene tantas Avemarías como salmos tiene el Salterio de David y porque los sencillos e ignorantes que no pueden rezar el Salterio davídico sacan de la recitación de Santo Rosario tanto o mayor fruto que el que se consigue con la recitación de los salmos de David:

1º. porque el Salterio Angélico tiene un fruto más noble, a saber, el Verbo encarnado, a quien el salterio davídico solamente predice;

2º. porque así como la realidad supera a la imagen y el cuerpo a la sombra, del mismo modo el Salterio de la Santísima Virgen sobrepasa al de David, que sólo fue sombra y figura de aquél;

3º. porque la Santísima Trinidad compuso directamente el Salterio de la Santísima Virgen, es decir, el Rosario, compuesto de Padrenuestros y Avemarías.

El sabio Cartagena[21] refiere al respecto: «El sapientísimo de Aix-la-Chapelle (J. Beyssel) en su libro sobre la Corona de Rosas, dedicado al Emperador Maximiliano, dice: «No puede afirmarse que la salutación mariana sea una invención reciente. Se extendió con la Iglesia, los fieles más instruidos celebraban las alabanzas divinas con la triple cincuentena de salmos davídicos. Entre los más humildes, que encontraban diversas dificultades en el rezo del Oficio Divino, surgió una santa emulación... Pensaron, y con razón, que en el celestial elogio (el Rosario) se incluyen todos los secretos divinos de los salmos. Sobre todo porque los salmos cantaban al que debía venir, mientras que esta fórmula de plegaria se dirige al que ha venido ya. Por eso comenzaron a llamar “Salterio Mariano” a las tres series de cincuenta oraciones, anteponiendo a cada decena la oración dominical como habían visto hacer a quienes recitaban los salmos».

[23] El Salterio o Rosario de la Santísima Virgen se compone de tres Coronas de cinco decenas cada una, con el fin:

1º. de honrar a las personas de la Santísima Trinidad;

2º. de honrar la vida, muerte y gloria de Jesucristo;

3º. de imitar a la Iglesia triunfante, ayudar a la peregrinante y aliviar a la paciente;

4º. de imitar las tres partes del salterio, la primera de las cuales mira a la vía purgativa; la segunda, a la vía iluminativa; la tercera, a la vía unitiva;

5º. de colmarnos de gracia durante la vida, de paz en la hora de la muerte, y de gloria en la eternidad.

7a. Rosa

El Rosario: Corona de Rosas

 

[24] Desde cuando el Beato Alano de la Rupe restauró esta devoción, la voz del pueblo que es la voz de Dios, la llamó ROSARIO, es decir, corona de rosas, lo cual significa que cuantas veces se recita el Rosario como es debido, colocamos en la cabeza de Jesús y de María una corona de ciento cincuenta y tres rosas blancas y dieciséis rosas encarnadas del Paraíso, que no perderán jamás su belleza ni esplendor.

       La Santísima Virgen aprobó y confirmó el nombre de Rosario, revelando a varias personas, que le presentaban tantas rosas agradables cuantas Avemarías recitaban en su honor y tantas coronas de rosas como Rosarios.

[25] El Hermano Alfonso Rodríguez, jesuita, rezaba con tanto fervor, que veía con frecuencia salir de su boca una rosa encarnada a cada Padrenuestro y una rosa blanca a cada Avemaría: iguales ambas en belleza y fragancia y sólo diferentes en el color.

Cuentan las crónicas de San Francisco que un joven Religioso tenía la laudable costumbre de rezar todos los días antes de la comida la Corona de la Santísima Virgen. Cierto día, no se sabe por qué, faltó a ella. Cuando sonó la campana para la comida, rogó al Superior le permitiera rezar la Corona antes de sentarse a la mesa. Obteniendo el permiso, se retiró a su celda. Pero, como tardase mucho en volver, el Superior envió a un Religioso a llamarlo.

Éste lo encontró en su celda, iluminado de celestiales resplandores. La Santísima Virgen y dos Ángeles estaban al lado de él. A cada Avemaría salía de la boca del Religioso una bellísima rosa. Los Ángeles recogían las rosas, una tras otra, y las colocaban sobre la cabeza de la Santísima Virgen que se mostraba evidentemente complacida de ello.

Otros Religiosos, enviados para saber la causa de la demora de sus compañeros, vieron el mismo prodigio. La Santísima Virgen no desapareció hasta que terminó el rezo de la Corona[22].

El Rosario es, pues, una gran corona, y el de cinco decenas una diadema o guirnalda de rosas celestiales que se coloca en la cabeza de Jesús y de María. La rosa es la reina de las flores. El Rosario, a su vez, es la rosa y la primera de las devociones.

 

8a. Rosa

Maravillas del Rosario

 

[26] No es posible expresar cuánto prefiere la Santísima Virgen el Rosario a las demás devociones, cuán benigna se muestra para recompensar a quienes trabajan en predicarlo, establecerlo y cultivarlo y cuán terrible, por el contrario, contra quienes se oponen a él.

Santo Domingo no puso en nada tanto empeño durante su vida como en alabar a la Santísima Virgen, predicar sus grandezas y animar a todo el mundo a honrarla con el Rosario. La poderosa Reina del Cielo, a su vez, no cesó de derramar sobre el Santo bendiciones a manos llenas. Ella coronó sus trabajos con mil prodigios y milagros y él alcanzó de Dios cuanto pidió por intercesión de la Santísima Virgen. Para colmo de favores, le concedió la victoria sobre los albigenses y le hizo padre y patriarca de su gran Orden[23].

[27] Y ¿qué decir del Beato Alano de la Rupe, restaurador de esta devoción? La Santísima Virgen lo honró varias veces con su visita para ilustrarlo acerca de los medios de alcanzar la salvación, convertirse en buen Sacerdote, perfecto Religioso e imitador de Jesucristo.

Durante las tentaciones y horribles persecuciones del demonio que lo llevaban a una extrema tristeza y casi a la desesperación, Ella lo consolaba, disipando, con su dulce presencia, tantas nubes y tinieblas. Le enseñó el modo de rezar el Rosario, lo instruyó acerca de sus frutos y excelencias, lo favoreció con la gloriosa cualidad de esposo suyo y, como arras de su casto amor, le colocó el anillo en el dedo y al cuello un collar hecho con sus cabellos, dándole también un Rosario. El Abad Tritemio, el sabio Cartagena, el doctor Martín Navarro y otros hablan de él elogiosamente.

Después de atraer a la Cofradía del Rosario a más de cien mil personas, murió en Zwolle, Flandes, el 8 de setiembre de 1475[24].

[28] Envidioso el demonio de los grandes frutos que el Beato Tomás de San Juan, célebre predicador del Santo Rosario, lograba con esta práctica, lo redujo con duros tratos a una larga y penosa enfermedad en la que fue desahuciado por los médicos. Una noche creyéndose a punto de morir, se le apareció el demonio, bajo una espantosa figura. Pero él levantó los ojos y el corazón hacia una imagen de la Santísima Virgen que se hallaba cerca de su lecho y gritó con todas sus fuerzas: «¡Ayúdame! ¡Socórreme! ¡Dulcísima Madre mía!».

Tan pronto como pronunció estas palabras, la imagen de la Santísima Virgen le tendió la mano y agarrándole por el brazo le dijo: «¡No tengas miedo, Tomás, hijo mío! ¡Aquí estoy para ayudarte! ¡Levántate y sigue predicando la devoción de mi Rosario, como habías empezado a hacerlo! ¡Yo te defenderé contra todos tus enemigos!». A estas palabras de la Santísima Virgen huyó el demonio. El enfermo se levantó perfectamente curado, dio gracias a su bondadosa Madre con abundantes lágrimas y continuó predicando el Rosario con éxito maravilloso.

[29] La Santísima Virgen no favorece solamente a quienes predican el Rosario, sino que recompensa también gloriosamente a quienes con su ejemplo atraen a los demás a esta devoción.

Alfonso[25], rey de León y de Galicia, deseando que todos sus criados honraran a la Santísima Virgen con el Rosario, resolvió, para animarlos con su ejemplo, llevar ostensiblemente un gran rosario, aunque sin rezarlo. Bastó esto para obligar a toda la corte a rezarlo devotamente.

El rey cayó enfermo de gravedad. Ya lo creían muerto, cuando, arrebatado en espíritu ante el tribunal de Jesucristo, vio a los demonios que le acusaban de todos los crímenes que había cometido. Cuando el divino Juez lo iba ya a condenar a las penas eternas, intervino en favor suyo la Santísima Virgen. Trajeron, entonces, una balanza: en un platillo de la misma colocaron los pecados del rey. La Santísima Virgen colocó en el otro el rosario que Alfonso había llevado para honrarla y los que, gracias a su ejemplo, habían recitado otras personas. Esto pesó más que los pecados del rey. La Virgen le dijo luego, mirándole benignamente: «Para recompensarte por el pequeño servicio que me hiciste al llevar mi Rosario, te he alcanzado de mi Hijo la prolongación de tu vida por algunos años. ¡Empléalos bien y haz penitencia!»

Volviendo en sí el rey exclamó: «Oh bendito Rosario de la Santísima Virgen, que me libró de la condenación eterna!» Y después de recobrar la salud, fue siempre devoto del Rosario y lo recitó todos los días.

Que los devotos de la Santísima Virgen traten de ganar el mayor número de fieles para la Cofradía del Santo Rosario, a ejemplo de estos santos y de este rey. Así conseguirán en la tierra la protección de María y luego la vida eterna: «Los que me den a conocer, alcanzarán la vida eterna»[26].

 

9a. Rosa

Los enemigos del Rosario

 

[30] Veamos ahora cuán injusto es impedir el progreso de la Cofradía del Santo Rosario y cuales son los castigos que Dios inflige a los infelices que la han despreciado o intentado destruirla.

Aunque la devoción del Santo Rosario ha sido autorizada por el Cielo con muchos milagros y ha recibido la aprobación de la Iglesia mediante Bulas pontificias, no faltan hoy libertinos, impíos y gentes orgullosas que se atreven a difamar la Cofradía del Santo Rosario o alejar de ella a los fieles[27]. Es fácil reconocer que sus lenguas están infectadas con el veneno del infierno y que se mueven a impulso del Maligno. Nadie, en efecto, podría desaprobar la devoción del Santo Rosario sin condenar al mismo tiempo lo más piadoso que existe en la religión cristiana, a saber: la oración dominical, la salutación angélica, los misterios de la vida, muerte y gloria de Jesucristo y de su Santísima Madre.

Estos orgullosos no pueden soportar que se rece el Rosario y caen con frecuencia, inconscientemente, en el criterio reprobable de los herejes que detestan el Rosario y la Corona.

Aborrecer las Cofradías es alejarse de Dios y de la auténtica piedad, dado que Jesucristo asegura que se halla entre quienes se reúnen en su nombre. Ni es ser buen católico despreciar tantas y tan grandes indulgencias como la Iglesia concede a la Cofradía. Finalmente, disuadir a los fieles de que pertenezcan a la Cofradía del Santo Rosario, es obrar como enemigo de la salvación de las almas, ya que por medio de ella abandonan el pecado para abrazar la piedad. San Buenaventura afirma con razón en su Salterio[28], que quien desprecia a la Santísima Virgen morirá en pecado y se condenará. ¡Qué castigos no deben esperar quienes alejan a los demás de la devoción hacia Ella!

 

10a. Rosa

Milagros del Rosario

 

[31] Mientras Santo Domingo predicaba esta devoción en Carcasona, un hereje se dedicó a ridiculizar los milagros y los quince misterios del Santo Rosario. Impedía así la conversión de los herejes. Dios permitió, para castigo de este impío, que 15.000 demonios se apoderaran de su cuerpo. Sus padres lo condujeron entonces al Santo para que lo librara de los espíritus malignos. Se puso Santo Domingo en oración y exhortó a la multitud a rezar con él en alta voz el Rosario. Y he aquí que a cada Avemaría la Santísima Virgen hacía salir cien demonios del cuerpo del hereje, en forma de carbones encendidos. Una vez liberado, el hereje abjuró de sus errores, se convirtió y se hizo inscribir en la Cofradía del Rosario, con muchos otros correligionarios suyos, conmovidos ante este castigo y la fuerza del Rosario.

[32] El sabio Cartagena, franciscano[29], y otros autores refieren que en el año 1482, cuando el venerable Padre Diego Sprenger y sus Religiosos trabajaban con gran celo por el restablecimiento de la devoción y Cofradía del Santo Rosario en la ciudad de Colonia, dos célebres predicadores, envidiosos de los frutos maravillosos que los primeros obtenían mediante esta práctica, intentaban desacreditarla en sus propios sermones. Gracias al talento y fama que gozaban, apartaban a muchos de inscribirse en la Cofradía. Para conseguir mejor sus perniciosos intentos, uno de ellos preparó expresamente un sermón para el domingo siguiente.

Llega la hora de la predicación, pero el predicador no aparece. Se le espera. Se le busca, y finalmente lo encuentran muerto, sin que hubiera podido ser auxiliado por nadie. Persuadido el otro predicador de que se trataba de un accidente natural, resuelve reemplazar a su compañero en la triste empresa de abolir la Cofradía del Rosario. Llegan el día y la hora del sermón.

Pero Dios lo castigó con una parálisis que le quitó el movimiento y la palabra. Reconociendo su falta y la de su compañero, recurrió de corazón a la Santísima Virgen, prometiéndole predicar por todas partes el Rosario con tanto empeño como aquel con que lo había combatido. Le suplicó que para ello le devolviera la salud y la palabra. La Santísima Virgen accedió a su petición.

Sintiéndose repentinamente curado, se levantó como otro Saulo, cambiado de perseguidor en defensor del Santo Rosario. Reparó públicamente su culpa y predicó con gran celo y elocuencia las excelencias del Santo Rosario.

[33] No dudo de que las gentes críticas y orgullosas de hoy, al leer estas historias, pongan en duda su autenticidad, como han hecho siempre.

Yo sólo las he transcrito de muy buenos autores contemporáneos, y en parte, de un libro reciente del P. Antonino Thomas, dominico, titulado El Rosal Místico[30].

Todo el mundo sabe, por otra parte, que hay tres clases de fe para las diferentes historias. A los acontecimientos narrados en la Sagrada Escritura debemos una fe divina. A los relatos profanos, que no repugnan la razón y han sido escritos por serios autores, una fe humana. A las historias piadosas referidas por buenos autores y no contrarias a la razón, la fe o las buenas costumbres, aunque a veces sean extraordinarias, una fe piadosa[31].

Confieso que no debemos ser ni muy crédulos ni muy críticos, sino optar siempre por el justo medio para descubrir dónde se hallan la verdad y la virtud. Pero estoy convencido igualmente que así como la caridad cree fácilmente cuanto no es contrario a la fe ni a las buenas costumbres –«La caridad todo lo cree»[32]–, del mismo modo, el orgullo lleva a negar casi todas las historias bien fundadas, so pretexto de que no se encuentran en la Sagrada Escritura.

En la trampa tendida por Satanás, en la que cayeron los herejes que negaban la Tradición. Trampa en la que caen, sin darse cuenta, los críticos de hoy, que no creen lo que no comprenden o no les agrada, sin más motivo que su orgullo y autosuficiencia.

SEGUNDA DECENA

 

EXCELENCIA DEL SANTO ROSARIO,

MANIFESTADA POR LAS ORACIONES QUE LO COMPONEN

 

 

11a. Rosa

El Credo

 

[34] El Credo o símbolo de los Apóstoles, que se reza sobre el crucifijo del rosario, es una plegaria de gran mérito, por ser un sagrado compendio y resumen de las verdades cristianas.

La fe, en efecto, es la base, fundamento y principio de todas las virtudes cristianas, de todas las verdades eternas y de todas las plegarias agradables a Dios. «Quien se acerca a Dios ha de comenzar por creer»[33]. Sí, quien se acerca a Dios en la oración debe comenzar con un acto de fe y cuanto mayor sea su fe, más eficaz y meritorio para él y más gloriosa para Dios será su plegaria.

No me detendré a explicar las palabras del símbolo de los Apóstoles. Pero no puedo menos de aclarar las primeras palabras: «Creo en Dios».

Éstas encierran los actos de las tres virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad. Tienen una eficacia maravillosa para santificarnos y derrotar al demonio. Muchos santos vencieron con estas palabras las tentaciones, especialmente las contrarias a la fe, la esperanza o la caridad, durante su vida y a la hora de la muerte. Fueron las últimas palabras que escribió San Pedro mártir con el dedo, lo mejor que pudo y sobre la arena, cuando, con la cabeza cortada por el sablazo de un hereje, se hallaba próximo a expirar.

[35] La fe es la única clave que permite entrar en todos los misterios de Jesús y de María, contenidos en el Santo Rosario. Por esto es necesario comenzar el Rosario rezando el Credo con gran atención y devoción. Y cuanto más viva y robusta sea la fe, más meritorio será nuestro Rosario. Es preciso que sea viva y animada por la caridad, es decir, que para recitar bien el Santo Rosario, debes estar en gracia de Dios o en busca de ella. Es necesario, además, que la fe sea robusta y constante, es decir, que no has de buscar en el rezo del Santo Rosario solamente el gusto sensible y la consolación espiritual. En otras palabras, no debes dejarlo cuando te salten las distracciones involuntarias en la mente, un incomprensible tedio en el alma, un fastidio o sopor casi continuo en el cuerpo. Para rezar bien el Rosario no son necesarios ni gusto ni consuelo ni suspiros ni fervor y lágrimas, ni aplicación prolongada de la imaginación. Bastan la fe pura y la recta intención. «Basta sólo la fe»[34].

 

12a. Rosa

El Padrenuestro: Comienzo

 

[36] El Padrenuestro u oración dominical saca toda su excelencia de su autor, que no es hombre ni Ángel, sino el Rey de los Ángeles y de los hombres, Jesucristo. «Era necesario –dice San Cipriano[35]– que quien venía como Salvador a darnos la vida de la gracia, nos enseñara también, como celestial maestro, el modo de orar».

La sabiduría del divino Maestro se manifiesta claramente en el orden, dulzura y fuerza de esta divina plegaria. Es corta, pero rica en enseñanzas. Es accesible a los ignorantes, pero llena de misterios para los sabios.

El Padrenuestro encierra todos los deberes que tenemos para con Dios, los actos de todas las virtudes y la petición para todas nuestras necesidades espirituales y materiales. «Es el compendio del Evangelio», dice Tertuliano[36]. «Aventaja –dice Tomás de Kempis[37]– a los deseos de los santos». Compendia todas las dulces expresiones de los salmos y cantos, implora cuanto necesitamos, alaba a Dios de manera excelente, eleva el alma de la tierra al Cielo y la une íntimamente con Él.

[37] Dice San Juan Crisóstomo[38] que quien no ora como lo ha hecho y enseñado el divino Maestro, no es discípulo suyo. Y que Dios Padre no escucha con agrado las oraciones que elabora el espíritu humano, sino la que su Hijo nos ha enseñado.

Debemos recitar la oración dominical con la certeza de que el Padre eterno la escuchará por ser la oración de su Hijo, a quien Él escucha siempre[39] y cuyos miembros somos[40]. ¿Podría acaso un Padre tan bueno rechazar una súplica tan bien fundada, apoyada como ésta, en los méritos e intercesión de Hijo tan digno?

Asegura San Agustín[41] que el Padrenuestro bien rezado borra los pecados veniales. El justo cae siete veces por día[42], pero con las siete peticiones del Padrenuestro puede remediar sus caídas y fortificarse contra sus enemigos. Es oración corta y fácil, a fin de que, frágiles como somos y sometidos como estamos a tantas miserias, recibamos auxilio más rápidamente, rezándola con mayor frecuencia y devoción.

[38] Desengáñate, pues, alma piadosa, que desprecias la oración compuesta y ordenada por el Hijo mismo de Dios a todos los creyentes. Tú que aprecias solamente las oraciones compuestas por los hombres, ¡como si el hombre, por esclarecido que sea, supiera mejor que Jesús cómo debemos orar! Tú que buscas en libros humanos el método de alabar y orar a Dios, como si te avergonzaras de utilizar el que su Hijo nos ha prescrito, y vives persuadida de que las oraciones contenidas en los libros son para los sabios y ricos, mientras que el Rosario es bueno solamente para las mujeres, los niños y la gente del pueblo, como si las alabanzas y oraciones que lees en tu devocionario fueran más bellas y agradables a Dios que la oración dominical. ¡Dejar de lado la oración recomendada por Jesucristo para apegarnos a las compuestas por los hombres es una tentación peligrosa!

No desaprobamos con esto las oraciones compuestas por los santos para excitar a los fieles a alabar a Dios. Pero no podemos admitir que haya quienes las prefieran a la que brotó de los labios de la Sabiduría encarnada, dejen el manantial para correr tras los arroyos y desdeñen el agua viva para ir a beber la turbia. Porque, al fin y al cabo, el Rosario, compuesto de la oración dominical y de la salutación angélica, es el agua limpia y eterna que mana de la fuente de la gracia. Mientras que las demás oraciones, que buscas y rebuscas en los libros, no son más que arroyos que derivan de ella.

[39] ¡Dichoso quien recita la plegaria enseñada[43] por el Señor, meditando atentamente cada palabra! Encuentra en ella cuanto necesita y puede desear.

Cuando rezamos esta admirable plegaria, cautivamos desde el primer momento el corazón de Dios, invocándolo con el dulce nombre de Padre.

«Padre nuestro». El más tierno de todos los padres, omnipotente en la creación, admirable en la conservación de las creaturas, sumamente amable en su providencia e infinitamente bueno en la obra de la Redención. ¡Dios es nuestro Padre! ¡Entonces, todos somos hermanos y el Cielo es nuestra patria y nuestra herencia! ¿No bastará esto para inspirarnos, a la vez, amor a Dios y al prójimo, y desapego de todas las cosas de la tierra?

Amemos, pues, a un Padre como éste y digámosle millares de veces: «Padre nuestro que estás en los Cielos». Tú, que llenas el Cielo y la tierra con la inmensidad de tu esencia y estás presente en todas partes. Tú, que moras en los santos con tu gloria, en los condenados con tu justicia, en los justos por tu gracia, en los pecadores por tu paciencia comprensiva: haz que recordemos siempre nuestro origen celestial, vivamos como verdaderos hijos tuyos y avancemos siempre hacia Ti solo, con todo el ardor de nuestros anhelos.

«Santificado sea tu Nombre». El Nombre del Señor es santo y terrible, dice el profeta rey[44], el Cielo resuena con las alabanzas incesantes de los serafines a la santidad del Señor Dios de los ejércitos –exclama Isaías[45]–. Con estas palabras pedimos que toda la tierra reconozca y adore los atributos de un Dios tan grande y santo. Que sea conocido, amado y adorado por los paganos, los turcos, los hebreos, los bárbaros y todos los infieles. Que todos los hombres le sirvan y glorifiquen con fe viva, con esperanza firme, con caridad ardiente, renunciando a todos los errores: en una palabra que todos los hombres sean santos porque Él mismo lo es[46].

«Venga a nosotros tu Reino». Es decir, reina, Señor en nuestras almas con tu gracia en esta vida a fin de que merezcamos reinar contigo después de la muerte, en tu reino que es la suprema felicidad, en la cual creemos, esperamos y la cual deseamos. Felicidad que la bondad del Padre nos ha prometido, los méritos del Hijo nos han adquirido, y la luz del Espíritu Santo nos ha revelado.

«Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo». Nada ciertamente escapa a las disposiciones de la Divina Providencia que lo ha previsto y dispuesto todo antes que suceda. Ningún obstáculo puede apartarla de su fin que se ha propuesto, y cuando pedimos que se haga su voluntad, no es porque temamos –dice Tertuliano– que alguien se oponga eficazmente a la ejecución de sus designios; sino que aceptamos humildemente cuanto ha querido ordenar respecto a nosotros. Y que cumplamos siempre y todo su santísima voluntad, manifestada en sus mandamientos, con la misma prontitud, amor y constancia con las que los Ángeles y santos le obedecen en el Cielo.

[40] «Danos hoy nuestro pan de cada día». Jesucristo nos enseña a pedir a Dios lo necesario para la vida del cuerpo y del alma. Con estas palabras, confesamos humildemente nuestra miseria y rendimos homenaje a la Providencia, declarando que creemos y queremos recibir de su bondad todos los bienes temporales. Con la palabra “pan”, pedimos a Dios lo estrictamente necesario para la vida: excluimos lo superfluo. Este pan lo pedimos “hoy” es decir, limitamos al presente nuestras solicitudes, confiando a la Providencia el mañana. Pedimos el pan “de cada día”, confesando así nuestras necesidades siempre renovadas y proclamamos la continua dependencia en que nos hallamos de la protección y socorros divinos.

«Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden». Nuestros pecados –dicen San Agustín y Tertuliano– son deudas que contraemos con Dios, y su justificación exige el pago hasta el último céntimo. Y ¡todos tenemos esas tristes deudas! Pero, no obstante nuestras numerosas culpas, acerquémonos a Él confiadamente, y digámosle con verdadero arrepentimiento: «Padre nuestro, que estás en los cielos», perdona los pecados de nuestro corazón y nuestra boca, los pecados de acción y omisión, que nos hacen infinitamente culpables a los ojos de la justicia. Porque, como hijos de un Padre tan clemente y misericordioso, perdonamos por obediencia y caridad a cuantos nos han ofendido.

«No nos dejes –por infidelidad a tu gracia– caer en la tentación» del mundo y de la carne.

«Y líbranos del mal» que es el pecado, del mal de la pena temporal y eterna que hemos merecido.

«¡Amén!» Expresión muy consoladora –dice San Jerónimo–. Es como el sello que Dios pone al final de nuestra súplica para asegurarnos que nos ha escuchado. Es como si nos respondiera:¡Amén!” Sí, hágase como ha pedido; lo han conseguido. Porque esto es lo que significa el término: “Amén”.

13a. Rosa

El Padrenuestro (continuación)

 

[41] Al recitar cada una de las palabras de la oración dominical, honramos las perfecciones divinas. Honramos su fecundidad llamándolo «Padre»: Padre que desde la eternidad engendras un hijo igual que tú, eterno y consustancial, que es una misma esencia, una misma potencia, una misma bondad, una misma sabiduría contigo. Padre e Hijo que al amarse producen al Espíritu Santo, que es Dios como Uds. ¡Tres adorables personas que son un solo Dios!

«¡Padre nuestro!». Es decir, Padre de los hombres por la creación, la conservación y la redención. Padre misericordioso de los pecadores; Padre amigo de los justos; Padre magnífico de los bienaventurados.

«Que estás». Con estas palabras admiramos la inmensidad, la grandeza y plenitud de la esencia divina, que se llama con verdad EL QUE ES[47], es decir, el que existe esencial, necesaria y eternamente, que es el Ser de los seres, la Causa de todo ser. Que contiene en sí mismo, forma eminente, las perfecciones de todos los seres. Que está en todos con su esencia, presencia y potencia sin ser por ellos abarcado.

Honramos su sublimidad, gloria y majestad con las palabras que estás en los Cielos, es decir, como sentado en su trono para ejercer justicia sobre todos los hombres.

Adoramos su santidad, al desear que su Nombre sea santificado. Reconocemos su soberanía y la justicia de sus leyes, anhelando la llegada de su reino, y ansiando que le obedezcan los hombres en la tierra como le obedecen los Ángeles en el Cielo. Pidiéndole que nos dé el pan de cada día, creemos en su Providencia. Al rogarle que no nos deje caer, en la tentación, reconocemos su poder. Esperando que nos libre del mal, nos confiamos a su bondad.

El Hijo de Dios glorificó siempre al Padre con sus obras y vino al mundo para enseñar a los hombres a glorificarlo. Y les ha enseñado la forma de honrarlo con esta oración que se dignó dictarles. Debemos, pues, rezarla con frecuencia y atención, y con el mismo espíritu con que Él la compuso.

 

14a. Rosa

El Padrenuestro (conclusión)

 

[42] Cuando rezamos devotamente esta divina oración, realizamos tantos actos de las más nobles virtudes cristianas como palabras pronunciamos.

Al decir «Padre nuestro que estás en los Cielos», hacemos actos de fe, adoración y humildad.

Al desear que su Nombre sea santificado y glorificado, manifestamos celo ardiente por su gloria.

Al pedir la posesión de su reino, hacemos un acto de esperanza.

Al desear que se cumpla su voluntad en la tierra como en el Cielo, mostramos espíritu de perfecta obediencia.

Pidiéndole que nos dé el pan de cada día, practicamos la pobreza según el espíritu y el desapego de los bienes de la tierra.

Al rogarle que perdone nuestros pecados, hacemos un acto de contrición.

Al perdonar a quienes nos han ofendido, ejercitamos la misericordia en la más alta perfección.

Al implorar ayuda en la tentación, hacemos actos de humildad, prudencia, fortaleza.

Al implorar que nos libre del mal, practicamos la paciencia. Finalmente, al pedir todo esto no sólo para nosotros, sino también para el prójimo y para todos los miembros de la Iglesia, nos comportamos como verdaderos hijos de Dios, lo imitamos en la caridad que abraza a todos los hombres y cumplimos el mandamiento de amar al prójimo.

[43] Detestamos, además, todos los pecados y practicamos los mandamientos de Dios, cuando al rezar esta oración, nuestro corazón sintoniza con la lengua y no mantenemos intenciones contrarias a estas divinas palabras. Puesto que, cuando reflexionamos en que Dios está en el Cielo, es decir, infinitamente por encima de nosotros por la grandeza de su majestad, entramos en los sentimientos del más profundo respeto en su presencia y, sobrecogidos de temor, huimos del orgullo y nos abatimos hasta el anonadamiento. Al pronunciar el nombre de Padre, recordamos que de Dios hemos recibido la existencia por medio de nuestros padres y la instrucción por medio de nuestros maestros. Todos los cuales representan para nosotros a Dios, cuya viva imagen constituyen. Por ello nos sentimos obligados a honrarlos, o mejor dicho, a honrar a Dios en sus personas y nos guardamos mucho de despreciarlos y afligirlos.

Cuando deseamos que el Santo Nombre de Dios sea glorificado, estamos bien lejos de profanarlo. Cuando consideramos el reino de Dios como nuestra herencia, renunciamos a todo apego desordenado a los bienes de este mundo. Cuando pedimos con sinceridad para nuestro prójimo los bienes que deseamos para nosotros, renunciamos al odio, la disensión y la envidia.

Al pedir a Dios el pan de cada día, detestamos la gula y la voluptuosidad, que se nutren en la abundancia. Al rogar a Dios con sinceridad que nos perdone, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden, reprimimos la cólera y la venganza, devolvemos bien por mal y amamos a nuestros enemigos. Al pedir a Dios que no nos deje caer en el pecado en el momento de la tentación, manifestamos huir de la pereza y buscar los medios para combatir los vicios y salvarnos. Al rogar a Dios que nos libre del mal, tenemos su justicia y nos alegramos porque el temor de Dios es el principio de la sabiduría[48]: el temor de Dios hace que el hombre evite el pecado[49].

 

15a. Rosa

El Avemaría: sus excelencias

 

[44] La salutación angélica es tan sublime y elevada, que el Beato Alano de la Rupe ha creído que ninguna creatura puede comprenderla y que solamente Jesucristo, Hijo de María, puede explicarla.

Deriva su excelencia: de la Santísima Virgen, a quien fue dirigida; de la finalidad de la Encarnación del Verbo, para la cual fue traída del Cielo; y del Arcángel San Gabriel, que fue el primero en pronunciarla[50].

El Avemaría resume, en la más concisa síntesis, toda la teología cristiana sobre la Santísima Virgen. En el Avemaría encontramos una alabanza y una invocación. La alabanza contiene cuanto constituye la verdadera grandeza de María. La invocación contiene cuanto debemos pedirle y cuanto podemos alcanzar de su bondad.

La Santísima Trinidad reveló la primera parte, Santa Isabel, iluminada por el Espíritu Santo, añadió la segunda. Y la Iglesia, en el primer Concilio de Éfeso (año 431), sugirió la conclusión, después de condenar el error de Nestorio y definir que la Santísima Virgen es verdaderamente Madre de Dios. Ese concilio ordenó que se invocase a la Santísima Virgen bajo este glorioso título, con estas palabras: «Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte».

[45] La Santísima Virgen recibió esta divina salutación en orden a llevar a feliz término el asunto más sublime e importante del mundo, a saber, la Encarnación del Verbo Eterno, la reconciliación entre Dios y los hombres y la redención del género humano. Embajador de esta buena noticia fue el Arcángel San Gabriel, uno de los primeros príncipes de la Corte Celestial.

La salutación angélica contiene la fe y esperanza de los patriarcas, de los profetas y de los Apóstoles. Es la constancia y fortaleza de los mártires, la ciencia de los doctores, la perseverancia de los confesores y la vida de los Religiosos. Es el cántico nuevo de la ley de la gracia, la alegría de los Ángeles y de los hombres y el terror y confusión de los demonios.

Por la salutación, Dios se hizo hombre, una virgen se convirtió en Madre de Dios, las almas de los justos fueron liberadas del limbo, se repararon las ruinas del Cielo y los tronos vacíos fueron de nuevo ocupados[51], el pecado fue perdonado, se nos devolvió la gracia, se curaron las enfermedades, los muertos resucitaron, se llamó a los desterrados, se aplacó la Santísima Trinidad, y los hombres obtuvieron la vida eterna.

Finalmente, la salutación angélica es el arco iris, la señal de la clemencia y de la gracia dadas al mundo por Dios.

 

16a. Rosa

El Avemaría: su belleza

 

[46] Aunque no hay nada tan excelso como la Majestad divina ni tan abyecto como el hombre considerado como pecador, con todo la Augusta Majestad no desdeña nuestros homenajes y se siente honrada cuando cantamos sus alabanzas. Ahora bien, la salutación angélica es uno de los cánticos más bellos que podamos entonar a la gloria del Altísimo: «Te cantaré un cántico nuevo»[52]. La salutación angélica es precisamente el cántico nuevo que David predijo se cantaría en la venida del Mesías.

Hay un cántico antiguo y un cántico nuevo.

El antiguo es el que cantaron los israelitas en acción de gracias por la creación, la conservación, la liberación de la esclavitud, el paso del Mar Rojo, el maná y todos los demás favores celestiales.

El cántico nuevo es el que entonan los cristianos en acción de gracias por la Encarnación y la Redención. Dado que estos prodigios se realizaron por el saludo del Ángel, repetimos esta salutación para agradecer a la Santísima Trinidad por tan inestimables beneficios.

Alabamos a Dios Padre por haber amado tanto al mundo que le dio su Unigénito para salvarlo.

Bendecimos a Dios Hijo por haber descendido del Cielo a la tierra, por haberse hecho hombre y habernos salvado.

Glorificamos al Espíritu Santo por haber formado en el seno de la Virgen María ese cuerpo purísimo que fue víctima de nuestros pecados.

Con estos sentimientos de gratitud, debemos rezar la salutación angélica, acompañándola de actos de fe, esperanza, caridad y acción de gracias por el beneficio de nuestra salvación.

[47] Aunque este cántico nuevo se dirige directamente a la Madre de Dios y contiene sus elogios, es, no obstante, muy glorioso para la Santísima Trinidad, porque todo el honor que tributamos a la Santísima Virgen vuelve a Dios, causa de todas sus perfecciones y virtudes. Con él glorificamos a Dios Padre porque honramos a la más perfecta de sus criaturas. Glorificamos al Hijo, porque alabamos a su Purísima Madre. Glorificamos al Espíritu Santo, porque admiramos las gracias con que colmó a su Esposa.

Del mismo modo que la Santísima Virgen con su hermoso cántico. El Magnificat, dirige a Dios las alabanzas y bendiciones que le tributó Santa Isabel por su eminente dignidad de Madre del Señor, así dirige inmediatamente a Dios los elogios y bendiciones que le presentamos mediante la salutación angélica[53].

[48] Si la salutación angélica glorifica a la Santísima Trinidad, también constituye la más perfecta alabanza que podamos dirigir a María.

Deseaba Santa Matilde saber cuál era el mejor medio para testimoniar su tierna devoción a la Madre de Dios. Un día, arrebatada en éxtasis, vio a la Santísima Virgen que llevaba sobre el pecho la salutación angélica en letras de oro y le dijo: «Hija mía, nadie puede honrarme con saludo más agradable que el que me ofreció la Santísima Trinidad. Por él me elevó a la dignidad de Madre de Dios. La palabra AVE, que es el nombre de EVA, me hizo saber que Dios en su omnipotencia me había preservado de toda mancha de pecado y de las calamidades a que estuvo sometida la primera mujer».

«El nombre de “María”, que significa “Señora de la luz”, como astro brillante, para iluminar los Cielos y la tierra».

«Las palabras “llena de gracia”, me recuerdan que el Espíritu Santo me colmó de tantas gracias, que puedo comunicarlas con abundancia a quienes las piden por mediación mía».

«Diciendo “el Señor es contigo”, siento renovarse la inefable alegría que experimenté cuando el Verbo eterno se encarnó en mi seno».

«Cuando me dicen “bendita Tú eres entre todas las mujeres”, tributo alabanzas a la Misericordia divina que se dignó elevarme a tan alto grado de felicidad».

«Ante las palabras “bendito es el fruto de tu vientre Jesús”, todo el Cielo se alegra conmigo al ver a Jesús, mi Hijo, adorado y glorificado por haber salvado al hombre»[54].

 

17a. Rosa

El Avemaría: sus maravillosos frutos

 

[49] Entre las cosas admirables que la Santísima Virgen reveló al Beato Alano de la Rupe[55], y sabemos que este gran devoto de María confirmó con juramento sus revelaciones, hay tres de mayor importancia:

La primera, que la negligencia, tedio y aversión a la salutación angélica, que restauró al mundo, son señal probable e inmediata de reprobación eterna.

La segunda, que quienes tienen devoción a esta divina salutación poseen una gran señal de predestinación.

La tercera, que quienes han recibido de Dios la gracia de amar a la Santísima Virgen y servirla por amor deben esmerarse con el mayor empeño para continuar amándola y sirviéndola hasta que Ella los coloque en el Cielo, por medio de su Hijo, en el grado de gloria que conviene a sus méritos[56].

[50] Todos los herejes, que son hijos de Satanás y llevan señales evidentes de reprobación, tienen horror al Avemaría. Quizás aprenden el Padrenuestro, pero no el Avemaría. Preferirían llevar sobre sí una serpiente antes que un rosario.

Entre los católicos, aquellos que llevan la marca de la reprobación apenas si se interesan por el Rosario, son negligentes en rezarlo o lo recitan tibia y precipitadamente.

Aunque yo no aceptara con fe piadosa lo revelado al Beato Alano, me basta la experiencia personal para convencerme de esta terrible y a la vez consoladora verdad. No sé ni veo con claridad cómo una devoción tan pequeña pueda ser señal infalible de eterna salvación, y su defecto, señal de reprobación. No obstante, nada hay más cierto[57]. Vemos, en efecto, que quienes en nuestros días profesan novedosas doctrinas condenadas por la Iglesia, a pesar de su aparente piedad, descuidan en demasía la devoción del Rosario y frecuentemente lo arrancan del corazón de quienes les rodean, con los pretextos más hermosos del mundo. Evitan con cuidado condenar abiertamente el Rosario y el escapulario, como hacen los calvinistas. Pero su proceder es tanto más pernicioso cuanto más sutil. Hablaremos de ello más adelante[58].

[51] Mi Avemaría, mi Rosario o mi Corona son mi oración preferida[59] y mi piedra de toque segurísima para distinguir a quienes son conducidos por el Espíritu de Dios, de quienes se hallan bajo la ilusión del espíritu maligno. He conocido almas que parecían volar como águilas hasta las nubes, por la sublimidad de su contemplación. Eran, sin embargo, miserablemente engañadas por el demonio. Sólo llegué a descubrir sus ilusiones, al ver que rechazaban el Avemaría y el Rosario como indignos de su estima.

El Avemaría es un rocío celestial y divino, que al caer en el alma de un predestinado le comunica una fecundidad maravillosa para producir toda clase de virtudes. Cuanto más regada esté el alma por esta oración, tanto más se le ilumina el espíritu, más se le abrasa el corazón y más se fortalece contra sus enemigos[60].

El Avemaría es una flecha inflamada y penetrante, que unida por un predicador a la palabra divina que anuncia, le da la fuerza de traspasar y convertir los corazones más endurecidos, aunque el orador no tenga talento natural extraordinario para la predicación.

El Avemaría fue el arma secreta que, como dije antes[61], sugirió la Santísima Virgen a Santo Domingo y al Beato Alano para convertir a los herejes y pecadores.

De aquí surgió la costumbre de los predicadores de rezar un Avemaría al comenzar la predicación –como afirma San Antonio–.

 

18a. Rosa

El Avemaría: sus bendiciones

 

[52] Esta divina salutación atrae sobre nosotros la copiosa bendición de Jesús y de María. Efectivamente, es principio infalible que Jesús y María recompensan magnánimamente a quienes les glorifican, y vuelven centuplicadas las bendiciones que se les tributan: «Quiero a los que me quieren... para enriquecer a los que me aman y para llenar sus bodegas»[62]. Es lo que proclaman a voz en cuello Jesús y María: «Amamos a quienes nos aman, los enriquecemos y llenamos sus tesoros». «Quien siembra generosamente, generosas cosechas tendrá»[63].

Ahora bien, ¿no es amar, bendecir y glorificar a Jesús y a María el recitar devotamente la salutación angélica? En cada Avemaría tributamos a Jesús y a María una doble bendición: Bendita Tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. En cada Avemaría tributamos a María el mismo honor que Dios le hizo al saludarla mediante el Arcángel San Gabriel.

¿Quién podrá pensar siquiera que Jesús y María, que tantas veces hacen el bien a quienes les maldicen, vayan a responder con maldiciones a quienes los honran y bendicen con el Avemaría?

La Reina del Cielo –dice San Bernardo y San Buenaventura– no es menos agradecida y cortés que las personas nobles y bien educadas de este mundo. Las aventaja en esta virtud como en las demás perfecciones, y no permitirá que la honremos con respeto sin devolvernos el ciento por uno. «María –dice San Buenaventura– nos saluda con la gracia, siempre que la saludemos con el Avemaría»[64].

¿Quién podrá comprender las gracias y bendiciones que el saludo y mirada benigna de María atraen sobre nosotros?

En el momento en que Santa Isabel oyó el saludo que le dirigía la Madre de Dios, quedó llena del Espíritu Santo y el niño que llevaba en su seno saltó de alegría. Si nos hacemos dignos del saludo y bendición recíprocos[65] de la Santísima Virgen, seremos, sin duda, colmados de gracias, y un torrente de consuelos espirituales inundará nuestras almas.

 

19a. Rosa

El Avemaría: feliz intercambio

 

[53] Está escrito: «Den y se les dará»[66]. Recordemos la comparación del Beato Alano: «Si te doy cada día ciento cincuenta diamantes, ¿no me perdonarías aunque fuese enemigo tuyo? Y si eres mi amigo, ¿no me otorgarás todos los favores posibles? ¿Quieres enriquecerte con todos los bienes de la gracia y de la gloria? ¡Saluda a la Santísima Virgen, honra a tu bondadosa Madre!»

«El que da gloria a su madre se prepara un tesoro»[67]. Preséntale, al menos, cincuenta Avemarías diariamente, cada una de ellas contiene quince piedras preciosas que agradan más a María que todas las riquezas de la tierra. ¿Qué no podrás, entonces, esperar de su generosidad? Ella es nuestra Madre y amiga. Es la Emperatriz del universo y nos ama más de lo que todas las madres y reinas juntas amaron a algún mortal. Porque –dice San Agustín– la caridad de la Santísima Virgen aventaja a todo el amor natural de todos los hombres y de todos los Ángeles.

[54] El Señor se apareció un día a Santa Gertrudis, contando monedas de oro. Se atrevió ella a preguntarle qué estaba contando. «Cuento –le respondió Jesucristo– tus Avemarías: son la moneda con que se compra el Paraíso»[68].

El docto y piadoso Suárez, jesuita, estimaba tanto la salutación angélica que solía decir: «¡Daría con gusto toda mi ciencia por el valor de un Avemaría bien dicha!»[69]

[55] El Beato Alano de la Rupe se dirige así a la Santísima Virgen: «Quien te ama, oh excelsa María, escuche esto y llénese de gozo:

El Cielo exulta de dicha,

la tierra, de admiración,

cuando digo: ¡Avemaría!

Mientras que el mundo se aterra,

poseo el amor de Dios,

cuando digo: ¡Avemaría!

Mis temores me disipan,

mis pasiones se apaciguan,

cuando digo: ¡Avemaría!

Mi devoción se acrecienta

y alcanzo la contrición,

cuando digo: ¡Avemaría!

Se confirma mi esperanza,

se acrecienta mi consuelo,

cuando digo: ¡Avemaría!

Salta de gozo mi espíritu,

se disipa mi tristeza,

cuando digo: ¡Avemaría!

Porque la dulzura de esta suavísima salutación es tan grande que no hay términos adecuados para explicarla debidamente y, después de haber dicho de ella maravillas, resulta todavía tan escondida y profunda, que es imposible descubrirla. Es corta en palabras, pero grande en misterios. Es más dulce que la miel y más preciosa que el oro. Hay que tenerla frecuentemente en el corazón para meditarla y en la boca para recitarla y repetirla devotamente»[70].

Refiere el mismo Beato Alano, en el capítulo 69 de su Salterio[71], que una Religiosa muy devota del Rosario se apareció después de muerta a una de sus Hermanas y le dijo: «Si pudiera regresar a mi cuerpo para recitar solamente un Avemaría, aunque sin mucho fervor, volvería a sufrir gustosamente todos los dolores que padecí antes de morir, con tal de alcanzar el mérito de esta oración». Hay que recordar que había sufrido crueles dolores durante varios años.

[56] Miguel de Lisle, Obispo de Salubre, discípulo y compañero del Beato Alano de la Rupe en el restablecimiento del Santo Rosario, dice que la salutación angélica es el remedio de todos los males que nos afligen, con tal que la recemos devotamente en honor de la Santísima Virgen.

 

20a. Rosa

El Avemaría: breve explicación

 

[57] ¿Te debates en la miseria del pecado? Invoca a la excelsa María y dile: ¡Ave! Que quiere decir: «¡Te saludo con profundo respeto a Ti que eres sin pecado ni desgracia!» Ella te librará de la desgracia de tus pecados.

¿Te envuelven las tinieblas de la ignorancia o del error? Recurre a María y dile: ¡Ave María! Es decir: «Iluminada con los rayos del Sol de justicia». Ella te comunicará sus luces[72].

¿Caminas extraviado, fuera de la senda del Cielo? Invoca a María, que quiere decir: «Estrella del mar y Estrella polar, que guía nuestro peregrinar por este mundo». Ella te conducirá al puerto de salvación.

¿Estás afligido? Acude a María, que quiere decir «mar amargo», pues fue llena de amarguras en este mundo, y actualmente en el Cielo se ha convertido en mar de purísimas dulzuras. Ella convertirá tu tristeza en gozo y tus aflicciones en consuelo.

¿Has perdido la gracia? Honra la abundancia de gracias de que Dios llenó a la Santísima Virgen y dile: «Llena de gracia y de todos los dones del Espíritu Santo». Ella te dará sus gracias.

¿Te sientes solo y abandonado de Dios? Dirígete a María y dile: «El Señor es contigo más noble y está más íntimamente que en los justos y los santos, porque eres con Él una misma cosa, pues siendo Él tu Hijo, su carne es carne tuya. Y dado que eres su Madre, estás con el Señor y en semejanza perfecta y mutua caridad». Dile finalmente: «Toda la Santísima Trinidad está contigo, pues eres su precioso Templo». Ella te colocará bajo la protección y salvaguardia del Señor.

¿Te has convertido en objeto de la maldición divina? Dile: «Bendita Tú eres entre todas las mujeres. Te aclaman todas las naciones por tu pureza y fecundidad. Tú cambiaste la maldición divina en bendición». Ella te bendecirá.

¿Estás hambriento del pan de la gracia y del pan de la vida? Acércate a quien llevó el pan vivo descendido del Cielo. Dile: «Bendito es el fruto de tu vientre, el que concebiste sin detrimento de tu virginidad, que llevaste sin trabajo y diste a luz sin dolor. Bendito Jesús, que rescató al mundo esclavizado, curó al mundo enfermo, resucitó al hombre muerto, hizo volver al hombre desterrado, justificó al hombre criminal y salvó al hombre condenado. Ciertamente tu alma será saciada del pan de la gracia en esta vida y de la vida eterna en la otra. Amén».

[58] Concluye tu plegaria con la Iglesia y di: «Santa María, santa en cuerpo y alma, santa por tu singular y eterna abnegación en el servicio de Dios, santa en tu calidad de Madre de Dios que te dio una santidad eminente como convenía a esta infinita dignidad».

«Madre de Dios y también madre nuestra, Abogada y Mediadora nuestra, Tesorera y Dispensadora de las gracias de Dios: alcánzanos pronto el perdón de nuestros pecados y la reconciliación con la divina Majestad».

«Ruega por nosotros, pecadores: pues tienes tanta compasión de los miserables, que no desprecias ni rechazas a los pecadores, sin los cuales no serías la Madre del Salvador. Ruega por nosotros ahora, durante el tiempo de nuestra vida corta, frágil y miserable. Ahora, porque sólo nos pertenece el momento presente. Ahora, cuando somos acometidos y estamos rodeados, noche y día, de poderosos y crueles enemigos».

«Y en la hora de nuestra muerte, tan terrible y peligrosa, cuando se agoten nuestras fuerzas, cuando nuestro cuerpo y espíritu estarán abatidos por el dolor y el espanto. En la hora de nuestra muerte, cuando Satanás redoblará sus esfuerzos a fin de arruinarnos para siempre. En esa hora en que se decidirá nuestra suerte para toda una eternidad, dichosa o infeliz. Ven en ayuda de tus pobres hijos, Madre compasiva, abogada y refugio de los pecadores. Aleja de nosotros en la hora de la muerte a los demonios, enemigos y acusadores nuestros, cuyo horroroso aspecto nos espanta. Ven a iluminarnos en las tinieblas de nuestra muerte. Guíanos y acompáñanos ante el tribunal de nuestro Juez, que es Hijo tuyo. Intercede por nosotros para que nos perdone y reciba en el número de los elegidos en la mansión de la gloria eterna. ¡Amén: que así sea!»

[59] ¿Habrá quien no admire la excelencia del Santo Rosario compuesto de partes tan excelentes como la oración dominical y la salutación angélica?[73]

¿Existe acaso oración más grata a Dios y a la Santísima Virgen, y más fácil, dulce y saludable para los hombres? Llevémosla continuamente en el corazón y en la boca para honrar a la Santísima Trinidad, a Jesucristo nuestro Salvador y a su Madre Santísima.

Además, al fin de cada decena es conveniente añadir el: Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo: como era en el principio, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén[74].

  

TERCERA DECENA

 

EXCELENCIA DEL SANTO ROSARIO,

MANIFESTADA POR LA MEDITACIÓN DE LA VIDA

Y PASIÓN DE JESUCRISTO

 21a. Rosa

Los quince misterios del Rosario

 

[60] Misterio significa realidad sagrada y difícil de comprender. Las obras de Jesucristo son todas sagradas y divinas, porque Él es Dios y hombre al mismo tiempo. Las de la Virgen María son santísimas, por ser Ella la más perfecta de las criaturas. Con razón se da el nombre de misterios a las obras de Jesucristo y de su Santísima Madre. Están, en efecto, colmadas de maravillas, perfecciones e instrucciones profundas y sublimes que el Espíritu Santo revela a los humildes y sencillos que los honran. Las obras de Jesús y de María pueden también llamarse flores admirables. Flores cuyo perfume y hermosura sólo conocen quienes se acercan a ellas, aspiran su fragancia y abren su corola, mediante una atenta y seria meditación.

[61] Santo Domingo distribuyó las vidas de Jesucristo y de la Santísima Virgen en quince misterios, que nos representan sus virtudes y principales acciones. Son quince cuadros, cuyas escenas deben servirnos de normas y ejemplo para orientar nuestra vida. Quince antorchas que guían nuestros pasos en este mundo. Quince espejos luminosos que nos permiten conocer a Jesús y María, conocernos a nosotros mismos y encender el fuego de su amor en nuestros corazones. Quince hogueras en cuyas llamas podemos incendiarnos totalmente.

La Santísima Virgen enseñó a Santo Domingo este excelente método de orar y le ordenó predicarlo para despertar la piedad de los cristianos y hacer revivir el amor de Jesucristo en sus corazones. Lo enseñó también al Beato Alano de la Rupe: «El rezo de ciento cincuenta Avemarías –le dijo– es una oración muy útil, es un obsequio que me agrada mucho. Y lo es aún más y harán mucho mejor quienes las reciten meditando la vida, pasión y gloria de Jesucristo. Porque esta meditación es el alma de tales oraciones».

En efecto, el Rosario sin la meditación de los sagrados misterios de nuestra salvación sería como un cuerpo sin alma, una excelente materia sin su forma que es la meditación, la cual distingue al Rosario de las demás devociones.

[62] La primera parte del Rosario contiene cinco misterios:

1o El de la Anunciación del Arcángel Gabriel a la Santísima Virgen.

2o El de la Visitación de la Santísima Virgen a Santa Isabel.

3o El del Nacimiento de Jesucristo.

4o El de la Presentación de Jesús en el Templo y Purificación de la Santísima Virgen.

5o El del Hallazgo de Jesús en el Templo entre los doctores.

Y se llaman misterios gozosos a causa de la alegría que proporcionaron a todo el universo.

En efecto. La Santísima Virgen y los Ángeles quedaron inundados de gozo en el dichoso momento de la Encarnación.

Santa Isabel y San Juan Bautista se colmaron de alegría con la visita de Jesús y de María.

El Cielo y la tierra se alegraron con el nacimiento del Salvador.

Simeón quedó consolado y lleno de alegría al recibir a Jesús en sus brazos.

Los doctores estaban embelesados al oír las respuestas de Jesús.

Y, ¿quién podrá expresar el gozo de María y José al encontrar a Jesús después de tres días de ausencia?

[63] La segunda parte del Rosario se compone también de cinco misterios, llamados misterios dolorosos porque nos presentan a Jesucristo abrumado por la tristeza, cubierto de llagas, cargado de oprobios, dolores y tormentos.

1o El de la oración de Jesús y su Agonía en el Huerto de los Olivos.

2o El de su Flagelación.

3o El de su Coronación de espinas.

4o El de la Cruz a cuestas.

5o El de la Crucifixión y muerte en el Calvario.

[64] La tercera parte del Rosario contiene otros cinco misterios, llamados gloriosos porque en ellos contemplamos a Jesús y María en el triunfo y en la gloria.

1o El de la Resurrección de Jesucristo.

2o El de su Ascensión.

3o El de la Venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles.

4o El de la gloriosa Asunción de la Virgen María.

5o El de su Coronación.

Éstas son las quince flores olorosas del rosal místico, en las cuales se posan, como abejas diligentes, las almas piadosas para recoger el néctar maravilloso, y producir la miel de una sólida devoción.

 

22a. Rosa

El Rosario: La meditación de sus misterios nos conforma a Jesucristo

 

[65] La tarea principal del cristiano es caminar hacia la perfección.

«Como hijos amadísimos de Dios, esfuércense por imitarlo»[75], nos dice el gran Apóstol. Es una obligación contenida en el decreto eterno de nuestra predestinación. Y constituye el único medio, ordenado para llegar a la gloria eterna.

San Gregorio de Nisa dice con gracia que somos como pintores: nuestra alma es el lienzo sobre el cual debemos aplicar el pincel: las virtudes son los colores que deben hacer resaltar la belleza del original, que es Jesucristo, imagen viva y representación perfecta del Padre del Cielo. Un pintor para hacer un retrato al natural, pone el original ante sus ojos y a cada pincelada vuelve a mirarlo. Del mismo modo, el cristiano debe tener siempre ante los ojos la vida y virtudes de Jesucristo para hacer, decir y pensar solamente lo que sea conforme a ellas.

[66] Para ayudarnos en la obra importante de nuestra predestinación, la Santísima Virgen ordenó exponer a los fieles que rezan el Rosario los sagrados misterios de la vida de Jesucristo, no sólo para que adoren y glorifiquen al Señor, sino también, y sobre todo, para que regulen su vida y acciones por las virtudes de Jesús.

Ahora bien, así como los niños imitan a sus padres, viéndolos y conversando con ellos, y aprenden su lengua oyéndolos hablar, y como un aprendiz domina su arte al ver trabajar a su maestro, del mismo modo los fieles cofrades del Rosario se hacen semejantes a su divino Maestro, con el auxilio de su gracia y por la intercesión de la Virgen María, al considerar atenta y devotamente las virtudes de Jesucristo en los quince misterios de su vida.

[67] Moisés ordenó al pueblo hebreo, de parte de Dios mismo, que no olvidara jamás los beneficios de que había sido objeto. El Hijo de Dios puede con mayor razón mandarnos que grabemos en nuestro corazón y tengamos incesantemente ante los ojos los misterios de su vida, pasión y gloria, ya que con ellos quiso favorecernos y mostrarnos el exceso de su amor para salvarnos.

«Todos Uds., que pasan por el camino, miren y observen si hay dolor semejante al que me atormenta por amor suyo[76]. Acuérdense de mi pobreza y vida errante, del ajenjo y amargor que sufrí por Uds. en mi pasión»[77].

Estas palabras y muchas otras que se podrían recordar, nos convencen sobradamente de la obligación que tenemos de no contentarnos con rezar vocalmente el Rosario en honor de Jesucristo.

 

23a. Rosa

El Rosario: Memorial de la vida y muerte de Jesucristo

 

[68] Jesucristo, divino Esposo de nuestras almas, nuestro amigo dulcísimo, desea que recordemos sus beneficios, y los apreciemos más que todas las cosas. Experimenta una gloria accidental, lo mismo que la Santísima Virgen y los santos del Cielo, cuando meditamos con amor y devoción los sacrosantos misterios del Rosario, que constituyen los más visibles efectos de su amor hacia nosotros, y los más ricos presentes que pudo hacernos. Pues, la Santísima Virgen y todos los santos gozan por ellos de la gloria.

La Beata Ángela de Foligno pidió un día al Señor que le indicara con qué ejercicio podía honrarlo más. Se le apareció Él en la cruz y le dijo: «Hija mía, ¡contempla mis llagas!» Así aprendió del Salvador amabilísimo que nada le es más agradable que la meditación de sus sufrimientos. Jesús le mostró después las heridas de su cabeza y varias circunstancias de sus tormentos y le dijo: «He sufrido todo esto por tu salvación, ¿qué puedes hacer que iguale el amor que te tengo?».

[69] El santo sacrificio de la Misa honra infinitamente a la Santísima Trinidad, porque representa la pasión de Jesucristo, y por él ofrecemos los méritos de su obediencia, sufrimientos y sangre. Toda  la corte celestial recibe con la santa Misa una gloria accidental. Varios doctores, entre ellos Santo Tomás, nos dice, por la misma razón, que el Cielo se alegra de la Comunión que reciben los fieles, porque el Smo. Sacramento es un memorial de la pasión y muerte de Jesucristo, y mediante él participan los hombres en sus frutos, y avanza en el camino de la salvación.

Ahora bien, el Santo Rosario, recitado con la meditación de los sagrados misterios, es un sacrificio de alabanza a Dios por el beneficio de nuestra redención y un devoto recuerdo de los sufrimientos, muerte y gloria de Jesucristo.

Por tanto, es verdad que el Rosario procura una gloria y gozos accidentales a Jesucristo, a la Santísima Virgen y a los demás bienaventurados, quienes no desean nada tan importante para nuestra dicha eterna, como vernos ocupados en un ejercicio tan glorioso al Señor y saludable para nosotros.

[70] El Evangelio nos asegura que un pecador que se convierte y hace penitencia, alegra a todos los Ángeles. Si para alegrar a los Ángeles basta que un pecador abandone sus pecados y haga penitencia, ¿qué gloria no será para el mismo Jesucristo el vernos meditar devota y amorosamente en este mundo sus humillaciones, tormentos y muerte cruel e ignominiosa? ¿Habrá algo más eficaz para conmovernos y llevarnos a sincera penitencia?

El cristiano que no medita los misterios del Rosario demuestra gran ingratitud hacia Jesucristo y la poca estima que tiene a cuanto sufrió el divino Salvador para redimir al hombre. Su conducta parece decir que desconoce la vida de Jesucristo y que se preocupa poco o nada por conocer lo que Jesús ha hecho y sufrido para salvarnos. Y puede temer que, no habiendo conocido a Jesucristo o habiéndolo olvidado, sea rechazado el día del juicio con este reproche: «En verdad, ¡no les conozco!»[78]

Meditemos, pues, la vida y sufrimientos del Salvador mediante el Santo Rosario. Aprendamos a conocerlo bien y a reconocer sus beneficios, para que Él nos reconozca como hijos y amigos suyos en el día del juicio.

 

24a. Rosa

El Rosario: La meditación de sus misterios es un medio eficaz de perfección

 

[71] Los santos tenían como objeto principal de estudio la vida de Jesucristo, cuyas virtudes y sufrimientos meditaban. Por este medio llegaron a la perfección cristiana. San Bernardo comenzó por este ejercicio y perseveró siempre en él. «Desde el principio de mi conversión –escribe– hice un ramillete de mirra, formado por los dolores de mi Salvador, y los coloqué sobre mi corazón, pensando en los azotes, espinas y clavos de la pasión y aplicándome con toda mi alma a meditar cada día estos misterios».

Era también éste el ejercicio de los santos mártires. Nos admira la forma cómo triunfaron de los más crueles tormentos. ¿De dónde podría venir aquella admirable constancia de los mártires –añade San Bernardo–, sino de las llagas de Jesucristo en las que meditaban frecuentemente? ¿Dónde se hallaba el alma de estos generosos atletas, mientras su sangre corría y sus cuerpos eran triturados por los suplicios? ¡Estaban en las llagas de Jesucristo y éstas los hacían invencibles!

[72] La Madre Santísima del Salvador dedicó toda su vida a meditar las virtudes y sufrimientos de su Hijo. Cuando oyó a los Ángeles cantar himnos de alabanza en su nacimiento, cuando vio a los pastores adorarlo en el establo, se llenó de admiración y meditaba en tantas maravillas. Comparaba las grandezas del Verbo encarnado, con su profundo abatimiento. Las pajas y el pesebre, con su trono y el seno del Padre. El poder de un Dios, con la debilidad de un niño. Su sabiduría, con su sencillez.

Las Santísima Virgen dijo un día a Santa Brígida: «Cuando contemplaba la belleza, modestia y sabiduría de mi Hijo, me sentía transportada de gozo. Cuando consideraba que sus manos y sus pies habían de ser atravesados con clavos, vertía torrentes de lágrimas y el corazón se me partía de dolor y tristeza».

[73] Después de la Ascensión, la Santísima Virgen dedicó el resto de su vida a visitar los lugares que el divino Salvador había santificado con su presencia y tormentos. Meditaba allí sobre el exceso de su caridad y los rigores de su pasión.

Éste era también el ejercicio de María Magdalena durante los treinta años que vivió en San Baume[79]. Dice también San Jerónimo que ésa era la devoción de los primeros cristianos. Acudían de todos los países del mundo a Tierra Santa para grabar más profundamente en sus corazones el amor y el recuerdo del Salvador de los hombres, con la vista de los objetos y lugares consagrados por Él con su nacimiento, trabajos, sufrimientos y muerte.

[74] Todos los cristianos tienen una sola fe, adoran a un solo Dios, esperan una sola felicidad en el Cielo, reconocen a un solo Mediador, Jesucristo. Deben todos imitar a este divino modelo y considerar para ello los misterios de su vida, sus virtudes y su gloria.

Es un error imaginar que la meditación de las verdades de la fe y de los misterios de la vida de Jesucristo es solo para los Sacerdotes, Religiosos y cuantos se han alejado de los estorbos del mundo. Si los Religiosos y eclesiásticos están obligados a meditar las grandes verdades de nuestra sacrosanta religión a fin de responder dignamente a su vocación, los laicos lo están igualmente a causa de los peligros en medio de los cuales se encuentran diariamente. Deben armarse, por tanto, con el recuerdo frecuente de la vida, virtudes y sufrimientos del Salvador, que los quince misterios del Rosario nos representan.

 

25a. Rosa

El Rosario: Tesoros de santificación contenidos en sus oraciones y meditación

 

[75] ¡Nadie podrá comprender jamás el tesoro de santificación que encierran las oraciones y misterios del Santo Rosario! La meditación de los misterios de la vida y muerte del Señor constituye, para cuantos la practican, una fuente de los frutos más maravillosos. Hoy se quieren cosas que impacten, conmuevan y produzcan en el alma impresiones profundas. Ahora bien, ¿habrá en el mundo algo más conmovedor que la historia maravillosa del Redentor desplegada en quince cuadros que nos recuerdan las grandes escenas de la vida, muerte y gloria del Salvador del mundo? ¿Hay oraciones más excelentes y sublimes que la oración dominical y la salutación angélica? ¡Ellas encierran cuanto deseamos y podemos necesitar!

[76] La meditación de los misterios y oraciones del Rosario es la más fácil de todas las oraciones, porque la diversidad de las virtudes y estados de Jesucristo, –sobre los cuales se reflexiona– recrea y fortifica maravillosamente el espíritu e impide las distracciones. Los sabios encuentran en estas fórmulas la doctrina más profunda, y los ignorantes, las instrucciones más sencillas. Es preciso pasar por esa meditación sencilla antes de elevarse al grado más sublime de contemplación. Tal es la opinión de Santo Tomás de Aquino[80]. Y tal es el consejo que nos da, cuando nos dice que es necesario ejercitarnos de antemano, como en un campo de batalla, en la adquisición de todas las virtudes, de las que son modelos perfectos los misterios del Rosario.

Porque ahí –dice el sabio Cayetano– podremos adquirir la íntima unión con Dios, sin la cual la contemplación es sólo una ilusión capaz de seducir a las almas.

[77] Si los falsos iluminados de nuestro siglo, o sea los quietistas, hubieran seguido este consejo, no hubieran caído tan vergonzosamente ni causado tantos escándalos en cuestiones de devoción. Pretender que se pueden componer oraciones más sublimes que el Padrenuestro y el Avemaría, y abandonar estas divinas oraciones que son el sostén, fuerza y salvaguardia del alma, es una engañosa ilusión del demonio.

Estoy de acuerdo en que no es necesario recitarlas siempre vocalmente, y que la oración mental es, en cierto sentido, más perfecta que la vocal. ¡Pero te aseguro que es peligroso, por no decir perjudicial, abandonar voluntariamente el rezo del Rosario, so pretexto de una unión más íntima con Dios! El alma, sutilmente orgullosa, engañada por el demonio meridiano[81], hace interiormente cuanto puede para elevarse al grado más sublime de la oración de los santos: desprecia y abandona para ellos sus métodos antiguos de orar, que juzga buenos sólo para almas ordinarias. Cierra por sí misma el oído a la oración compuesta, practicada y prescrita por Dios: «Oren así: Padre nuestro...»[82] Y así va cayendo de ilusión en ilusión y de precipicio en precipicio.

[78] ¡Créeme, querido cofrade del Rosario! ¿Quieres llegar a altos grados de contemplación sin menoscabo de la oración y sin caer en las ilusiones del demonio, tan frecuentes en personas de oración? Recita, si puedes, todos los días, el Santo Rosario o, por lo menos, la tercera parte de él[83]. Quizás hayas llegado ya a esos grados, por gracia de Dios. Si quieres permanecer en ellos y crecer en humildad, persevera con fidelidad en la práctica del Santo Rosario. Porque una persona que recite su Rosario cada día, no caerá jamás formalmente en la herejía ni será engañada por el demonio. ¡Con mi sangre rubricaría esta afirmación! Si Dios, no obstante, en su infinita bondad, te atrae tan poderosamente durante el Rosario como a algunos santos, déjate conducir por su atracción, deja a Dios actuar y orar en ti, y recitar el Rosario a su manera. Y que esto te baste en ese día.

Pero, si hasta ahora te hallas en la contemplación activa o en la oración ordinaria, de quietud, de presencia de Dios y de afecto, tienes aún menos razón para dejar tu Rosario, ya que, muy lejos de retroceder en la virtud y la oración, el recitarlo te servirá más bien de ayuda maravillosa y será la verdadera escala de Jacob[84], con quince escalones, por los cuales irás subiendo de virtud en virtud y de luz en luz, hasta llegar fácilmente y sin engaño a la perfección en Jesucristo.

 

26a. Rosa

El Rosario: Oración sublime

 

[79] Evita cuidadosamente el imitar la obstinación de aquella devota de Roma, de quien tanto hablan «Las maravillas del Rosario»[85]. Era persona tan piadosa y ferviente que con su vida santa confundía a los Religiosos más austeros de la Iglesia de Dios.

Quiso consultar a Santo Domingo. Se confesó con él. Le impuso el Santo como penitencia rezar un Rosario y le aconsejó que lo rezara todos los días. Se excusó ella diciendo que tenía todos sus ejercicios ya organizados: Cada día ganaba las indulgencias de las estaciones de Roma, llevaba cilicios, tomaba disciplina varias veces por semana, y hacía tantos ayunos y mil otras penitencias. El Santo la volvió a exhortar a seguir su consejo. Pero ella se negó a ello y salió del confesionario casi escandalizada por el proceder del nuevo director que quería hacerle aceptar una devoción contraria a su gusto.

Hallándose cierto día en oración y arrebatada en éxtasis, vio su alma obligada a comparecer ante el Juez Supremo. San Miguel colocó en un platillo de la balanza todas sus penitencias y oraciones, y en el otro sus pecados e imperfecciones.

El platillo de las buenas obras subía y subía sin lograr equilibrar al otro. Alarmada, imploró misericordia. Se dirigió a la Santísima Virgen, abogada suya, quien dejó caer en el platillo de las buenas obras el único Rosario que por penitencia había rezado. Este pesó tanto, que equilibró el peso de los pecados y las buenas obras. La Santísima Virgen la reprendió, al mismo tiempo, por no haber seguido el consejo de su servidor Domingo, de rezar el Santo Rosario todos los días. Al volver en sí, corrió a arrojarse a los pies de Santo Domingo. Le contó lo ocurrido, le pidió perdón de su incredulidad, prometió rezar todos los días el Santo Rosario, y llegó por este medio a la perfección de cristiana y a la gloria eterna.

Alma piadosa, ¡aprende, pues, cuál es la eficacia, valor e importancia de la devoción del Santo Rosario y la meditación de sus misterios!

[80] ¡Quién más elevado en oración que Santa Magdalena, que era transportada siete veces[86]cada día al Cielo por los Ángeles! ¡Y había estado en la escuela de Jesucristo y de su Santísima Madre! Sin embargo, cuando pidió a Dios un medio eficaz para adelantar su amor y llegar a la más alta perfección, el Arcángel San Miguel vino a decirle de parte de Dios que no conocía ninguno distinto, que considerar, ante una cruz que colocó a la entrada de su cueva, los misterios dolorosos que ella había contemplado con sus propios ojos.

¡Que el ejemplo de San Francisco de Sales, ese gran director de almas espirituales en su tiempo, te estimule a incorporarte en una cofradía tan Santa como la del Rosario! Pues, no obstante ser Santo, hizo voto de rezar el Rosario completo todos los días de su vida.

San Carlos Borromeo lo recitaba igualmente todos los días, y lo recomendaba con insistencia a sus sacerdotes, a sus seminaristas y a todo su pueblo.

San Pío V, uno de los Papas más eminentes de la Iglesia, rezaba todos los días el Rosario, Santo Tomás de Villanueva, arzobispo de Valencia, San Ignacio, San Francisco Javier, San Francisco de Borja, Santa Teresa, San Felipe Neri y muchos otros grandes hombres que no menciono, se distinguieron por esta devoción. ¡Sigue sus ejemplos! Tus directores quedarán satisfechos, y si los informas de los frutos que puedes sacar del rezo del Rosario, se apresurarán a animarte a su recitación.

 

27a. Rosa

El Rosario: Sus beneficios

 

[81] Para animarte aún más a abrazar esta devoción de las grandes almas, añado que el Rosario, recitado con la meditación de los misterios:

1) nos eleva insensiblemente al perfecto conocimiento de Jesucristo;

2) nos purifica del pecado;

3) nos da la victoria sobre nuestros enemigos;

4) nos facilita la práctica de las virtudes;

5) nos inflama en el amor a Jesucristo;

6) nos enriquece con gracias y méritos;

7) nos proporciona los medios para cancelar a Dios y a los hombres todas nuestras deudas;

8) y finalmente, nos obtiene toda clase de gracias.

[82] El conocimiento de Jesucristo es la ciencia de los cristianos y de la salvación. Supera –dice San Pablo[87]– a todas las ciencias humanas en precio y excelencia:

1) gracias a la dignidad de su objeto, que es un Hombre-Dios, en cuya presencia todo el universo no es más que una gota de rocío o grano de arena:

2) por su utilidad, ya que las ciencias humanas sólo nos llenan de vanidad y humo de orgullo;

3) por su necesidad, pues no es posible salvarnos, si no conocemos a Jesucristo. El que ignore todas las ciencias se salvará, con tal que esté iluminado por la ciencia de Jesucristo.

¡Dichoso Rosario que nos da la ciencia y conocimiento de Jesucristo, al permitirnos meditar su vida, su muerte, pasión y gloria!

La reina de Saba, admirada ante la sabiduría de Salomón, exclamó: «¡Felices tus gentes! ¡Felices tus servidores, que están siempre junto a ti y escuchan tus santas palabras!»[88] Pero más dichosos son los fieles que meditan atentamente la vida, virtudes, sufrimientos y gloria del Salvador, porque, gracias a este medio, adquieren la ciencia perfecta en la que consiste la vida eterna[89].

[83] La Santísima Virgen reveló al Beato Alano que tan pronto como Santo Domingo empezó a predicar el Rosario, los pecadores empedernidos se convirtieron y lloraron amargamente sus crímenes. Hasta los niños hicieron penitencias increíbles. Dondequiera que predicaba el Rosario, fue tal el fervor, que los pecadores cambiaron de vida y edificaron al mundo con sus penitencias y enmienda de vida.

Si sientes la conciencia cargada de pecados, toma el rosario y medita una parte del mismo en honor de algunos misterios de la vida, pasión y gloria de Jesucristo. Y convéncete de que, mientras meditas y honras estos misterios, Él en el cielo mostrará al Padre sus llagas sacrosantas, intercederá por ti y te alcanzará la contrición y el perdón de tus pecados.

El Señor dijo cierto día al Beato Alano: «¡Si esos miserables pecadores rezaran frecuentemente mi Rosario, participarían de los misterios de mi pasión, y yo, como abogado suyo, aplacaría la justicia divina!»

[84] Nuestra vida es de guerra y tentación continuas[90]. Tenemos que luchar no contra enemigos de carne y sangre, sino contra las mismas potestades infernales[91]. ¿Qué mejores armas podemos empuñar para combatirlos, que la oración dominical enseñada por nuestro propio capitán, y la salutación angélica, que ahuyentó a los demonios, destruyó el pecado y renovó el mundo? ¿Las habrán mejores que la meditación de la vida y pasión de Jesucristo, pensamientos que debemos tener habitualmente presentes –como lo ordena San Pedro[92]– para defendernos de los mismos enemigos que Él ha vencido y que nos atacan todos los días?

«Desde que el demonio –dice el Cardenal Hugo– fue vencido por la humanidad y pasión de Jesucristo, apenas si se atreve a atacar a una persona que medita estos misterios o, si la ataca, es vencido por ella ignominiosamente». «Protéjanse con toda la armadura que Dios les ha dado»[93].

[85] ¡Empuña el arma de Dios, que es el Santo Rosario! ¡Con ella destrozarás la cabeza del demonio y podrás resistir todas las tentaciones. De aquí proviene que aún el rosario material sea tan terrible al diablo, y que los santos se han servido de él para encadenarlo y arrojarlo del cuerpo de los posesos, como atestiguan tantas historias.

[86] Cierto hombre –refiere el Beato Alano– había ensayado inútilmente toda suerte de devociones para librarse del espíritu maligno, que había tomado posesión de él. Resolvió ponerse al cuello el rosario. Y con esto se alivió. Pero cuando se lo quitaba, el demonio volvía a atormentarlo cruelmente. Decidió, entonces, llevarlo al cuello noche y día. Así logró arrojar para siempre al demonio, que no podía soportar tan terrible cadena. El Beato Alano atestigua que libró a muchos posesos, poniéndoles al cuello el rosario[94].

[87] El R.P. Juan Amat, de la Orden de Santo Domingo, predicaba la cuaresma en una comarca del reino de Aragón. Le presentaron cierto día una muchacha posesa. Intentó él varias veces exorcizarla, pero inútilmente. Al ponerle al cuello el rosario, ella empezó a gritar y aullar espantosamente, diciendo: «¡Quítenme! ¡Quítenme esos granos que me atormentan!» El sacerdote por compasión con la pobre joven, le quitó del cuello el rosario.

La noche siguiente, mientras el Padre descansaba en su lecho, los mismos demonios que poseían a la muchacha se arrojaron rabiosamente contra él para apoderarse de su persona, pero, con el rosario que tenía en la mano, no obstante los esfuerzos que hicieron para quitárselo, azotó y echó fuera a los demonios, diciendo: «¡Santa María, Virgen del Rosario, socórreme!»

Cuando, a la mañana siguiente, se dirigía el Sacerdote a la iglesia, encontró a la joven aún posesa. Uno de los demonios empezó a gritar burlándose de él: «Hermano, si no hubieras tenido tu rosario, ya hubiéramos acabado contigo!» Entonces el Padre arrojó de nuevo el rosario al cuello de la joven, diciendo: «Por los nombres sacratísimos de Jesús y María, su Madre Santísima, y por la virtud del Santísimo Rosario, ¡les conjuro, espíritus malignos, a que salgan inmediatamente de este cuerpo!» Los diablos tuvieron que obedecer y la joven quedó libre.

Estos hechos ponen de relieve cuál es la fuerza del Santo Rosario para vencer toda clase de tentaciones diabólicas y toda suerte de pecados, porque las cuentas benditas del rosario los ponen en fuga.

 

28a. Rosa

Saludables efectos que producen el meditar la Pasión

 

[88] Afirma San Agustín[95] que no hay ejercicio tan fructuoso y útil para la salvación, como pensar con frecuencia en los sufrimientos del Señor.

San Alberto Magno, maestro de Santo Tomás, supo por revelación que el simple recuerdo o la meditación de la pasión de Jesucristo es más meritorio para el cristiano que ayunar durante todo un año a pan y agua todos los viernes o disciplinarse sangrientamente cada semana o rezar el Salterio todos los días. ¿Cuál no será, entonces, el mérito del Rosario, que conmemora toda la vida y pasión del Señor?

La Santísima Virgen reveló un día al Beato Alano de la Rupe, que después del santo sacrificio de la Misa, primera y más viva memoria de la pasión de Jesucristo, no hay oración más excelente ni meritoria, que el Rosario, segunda memoria y representación de la vida y pasión del Señor.

[89] El R.P. Dorland refiere[96] que la misma Santísima Virgen dijo cierto día al Venerable Domingo, cartujo, devoto del Santo Rosario, residente en Tréveris, en el año 1431: «Cuantas veces rezan los fieles el Rosario, en estado de gracia, meditando los misterios de la vida y pasión de Jesucristo, obtienen plena y completa remisión de sus pecados».

La Santísima Virgen dijo también al Beato Alano: «Ten por cierto que, aunque ya son muchas las indulgencias concedidas a mi Rosario, yo añadiré muchas más por cada tercera parte de él a quienes lo recen en estado de gracia, de rodillas y devotamente. Y a quienes perseveren en su devoción, en tales condiciones y meditaciones, les obtendré al final de su vida, como recompensa por este servicio, la remisión total de la pena y de la culpa por todos sus pecados».

«Y que esto no parezca imposible: es fácil para mí, pues soy la Madre del Rey del Cielo, que me llamó “llena de gracia”. Y como tal haré también amplia efusión de ella a mis queridos hijos».

[90] Santo Domingo estaba tan convencido de la eficacia y méritos del Santo Rosario, que no imponía casi nunca penitencia distinta del rezo del Rosario a quienes se confesaban con él, como vimos en la historia de la dama romana a quien impuso por penitencia un solo Rosario.

Los confesores deberían también, para seguir el ejemplo de este gran Santo, imponer a sus penitentes la recitación del Rosario con la meditación de los sagrados misterios, en lugar de otras penitencias de menor mérito y no tan agradables a Dios ni tan eficaces para adelantar en el camino de la virtud e impedir la caída en el pecado. Además, al rezar el Rosario, ganas muchas indulgencias que no están concedidas a otras devociones.

[91] «Ciertamente –dice el Abad Blosio– el Rosario, unido a la meditación de la vida y pasión del Señor, resulta agradabilísimo a Jesucristo y a la Santísima Virgen, y muy eficaz para obtener cuanto deseas. Podemos recitarlo por nosotros mismos, por quienes se han encomendado a nosotros y por la Iglesia».

«Recurramos, pues, a la devoción del Santo Rosario en todas nuestras necesidades, y obtendremos infaliblemente cuanto pidamos a Dios para nuestra salvación».

 

29a. Rosa

El Rosario: Instrumento de salvación

 

[92] Nada más divino –según San Dionisio–, nada más noble ni agradable a Dios que cooperar a la salvación de las almas y a derrumbar los planes que el demonio pone en juego para perderlas. Para ello descendió a la tierra el Hijo de Dios, que con la fundación de la Iglesia destruyó el dominio de Satanás. Pero el tirano rehizo sus fuerzas y esclavizó con cruel violencia a las gentes mediante la herejía de los albigenses, los odios, disensiones y vicios abominables que durante el siglo XI hizo reinar en el mundo.

¿Cuál sería el remedio para tan graves males? ¿Cómo derribar las fuerzas de Satanás? La Virgen Santísima, protectora de la Iglesia, ofreció la Cofradía del Rosario como el medio más eficaz para apaciguar la cólera de su Hijo, extirpar la herejía y reformar las costumbres de los cristianos. Los hechos lo comprobaron: se reavivó la caridad, se volvió a la frecuencia de los sacramentos como en los primeros siglos de oro de la Iglesia, y se reformaron las costumbres de los cristianos.

[93] El Papa León X dice en su Bula[97] que esta Cofradía fue fundada para honrar a Dios y la Santísima Virgen, y como un baluarte para contener las desgracias que iban a caer sobre la Iglesia. Gregorio XIII añade que el Rosario fue ofrecido por el Cielo como medio para aplacar la cólera divina e implorar la intercesión de la Santísima Virgen.

Julio III afirma que el rosario fue inspirado para abrirnos más fácilmente el Cielo, gracias a la intervención de la Santísima Virgen.

Pablo III y San Pío V[98] declaran que el Rosario fue establecido y dado a los creyentes para que pudieran obtener en forma más eficaz la paz y el consuelo espirituales.

¿Quién podrá, entonces, descuidar el inscribirse en una Cofradía instituida con tan nobles fines?

[94] El P. Domingo, cartujo, devotísimo del Rosario vio un día el Cielo abierto y toda la corte celestial ordenada admirablemente. Oyó cantar el Rosario con arrobadora melodía, honrando en cada decena un misterio de la vida, pasión o gloria de Jesucristo y de la Santísima Virgen. Y advirtió que cuando los bienaventurados pronunciaban el santo nombre de María, hacían inclinación de cabeza, y al nombre de Jesús, una genuflexión[99], y daban gracias a Dios por los grandes beneficios concedidos al Cielo y a la tierra mediante el Santo Rosario. Vio igualmente a la Santísima Virgen y a los Santos que presentaban a Dios los Rosarios que los cofrades recitaban en la tierra, y que rogaban por cuantos practicaban esta devoción. Vio también innumerables coronas de bellísimas y perfumadas flores preparadas para los que rezan devotamente el Rosario, y que cuantas veces lo rezan, hacen una corona con la que serán adornados en el Cielo.

La visión de este devoto cartujo armoniza con la visión del discípulo amado, cuando vio una multitud incontable de Ángeles y santos, que alababan y bendecían a Jesucristo por cuanto hizo y sufrió en el mundo para salvarnos[100]. Ahora, ¿no es esto lo que hacen los cofrades del Rosario?

[95] No te imagines que el Rosario sea solamente para las mujeres, los niños y los ignorantes. Es también para los hombres, para los más grandes hombres.

Tan pronto como Santo Domingo dio cuenta al Papa Inocencio III de la orden recibida del Cielo de establecer la Cofradía, el Santo Padre la aprobó, exhortó a Santo Domingo a predicarla y quiso formar parte de ella. Los mismos Cardenales la abrazaron con gran fervor, de suerte que López no dudó en escribir: «Ningún sexo, edad ni condición social pudo sustraerse a la oración del Rosario»[101].

Efectivamente, en la Cofradía se han inscrito toda clase de personas: duques, príncipes, reyes, prelados, cardenales y Soberanos Pontífices. Larga sería su enumeración en este resumen.

Y si tú, lector amado, entras en la Cofradía, tendrás parte en su devoción y sus gracias sobre la tierra, y en su gloria en el Cielo: asociado con ellos en la devoción, lo estarás también en la dignidad.

 

30a. Rosa

El Rosario: Sus indulgencias[102]

[96] Si los privilegios, gracias e indulgencias hacen recomendable una Cofradía, es preciso afirmar que la del Rosario es la más recomendable que tiene la Iglesia. En efecto, es la más favorecida y enriquecida con indulgencias. Desde su fundación, apenas si ha habido un Papa que no haya abierto los tesoros de la Iglesia para enriquecerla. Pero, como el ejemplo persuade más que las palabras y los beneficios, los Papas no han podido manifestar mejor la estima que tenían de la Cofradía que inscribiéndose en ella. Aquí tiene su resumen de las indulgencias concedidas por los Soberanos Pontífices.

[97] Indulgencia plenaria, si se reza en una iglesia u oratorio público, o en familia, o en Comunidad Religiosa, o en asociación piadosa; en los demás casos, indulgencia parcial.

«Es el rosario cierta forma de oración, que consta de quince decenas de Avemarías, separadas por un Padrenuestro, y en cada decena se meditan otros tantos misterios de nuestra redención» (Liturgia de las Horas).

«Sin embargo, acostúmbrase llamar “Rosario” aun la tercera parte del mismo»[103].

«En cuanto a la indulgencia plenaria, se establece[104].

1) Basta el rezo de la tercera parte. Pero las cinco decenas deben rezarse seguidas.

2) A la oración vocal se ha de añadir la piadosa meditación de los misterios.

3) En el rezo público, deben enunciarse los misterios según la costumbre aprobada del lugar; en el rezo privado basta que el fiel, a la oración vocal una meditación de los misterios»[105].

 

 

 

CUARTA DECENA

 

EXCELENCIA DEL SANTO ROSARIO,

MANIFESTADA POR LAS MARAVILLAS

QUE DIOS HA REALIZADO EN FAVOR SUYO

 

 

31a. Rosa

Blanca de Castilla y Alfonso VIII

 

[98] Fue Santo Domingo a visitar a Blanca, reina de Francia, que después de doce años de casada no tenía hijos y estaba afligida sobremanera por ello. Le aconsejó el Santo que rezara el Rosario todos los días para alcanzar del Cielo la gracia de tener descendencia. Ella lo hizo y su petición fue escuchada en el año 1213, en que nació su primogénito a quien llamó Felipe.

Pero, antes de que el niño abandonara la cuna, la muerte lo arrebató. La piadosa reina acudió más que nunca a la Santísima Virgen. Hizo distribuir gran cantidad de rosarios en la corte y en varias ciudades del reino para que Dios le concediera una bendición completa. Lo que sucedió, ya que en el año 1215 vino al mundo San Luis, gloria de Francia y modelo de reyes cristianos.

[99] Alfonso VIII, rey de León y de Castilla, fue castigado por Dios de diferentes maneras a causa de sus pecados, viéndose obligado a retirarse a una ciudad de uno de sus aliados. El día de Navidad predicó allí Santo Domingo, según su costumbre, sobre el Santo Rosario y las gracias que se obtienen de Dios por esta devoción. Dijo entre otras cosas que cuantos lo rezan alcanzan de Dios el triunfo sobre sus enemigos y recobran todo lo perdido. Impactado por estas palabras, hizo el rey llamar a Santo Domingo y le preguntó si era verdad cuanto había dicho acerca del Santo Rosario. Le respondió el Santo que no debía abrigar duda alguna, y le prometió que, si quería practicar esta devoción e inscribirse en la Cofradía, experimentaría sus saludables efectos.

Decidió el rey recitar todos los días el Rosario. Práctica en la que perseveró durante un año. Terminado el cual, el mismo día de Navidad, después de recitar él su Rosario, se le apareció la Virgen Santísima y le dijo: «Alfonso, hace un año que me honras recitando devotamente mi Rosario. ¡Quiero recompensarte! He alcanzado de mi Hijo el perdón de tus pecados. Aquí tienes este rosario ¡Te lo regalo! ¡Llévalo siempre contigo y ninguno de tus enemigos podrá hacerte daño!» Y desapareció. El rey quedó muy consolado. Regresó a su casa, llevando en sus manos el rosario. Encontró a la reina y le contó, lleno de gozo, el favor que acababa de recibir de la Santísima Virgen. Le tocó los ojos con el rosario, y la reina recobró la vista que había perdido.

Algún tiempo después, reunió el rey algunas tropas, y con la ayuda de sus aliados atacó resueltamente a sus enemigos. Los obligó a devolverle sus tierras y reparar los daños inferidos. Los arrojó totalmente de sus dominios y fue tan afortunado en la guerra, que de todas partes venían soldados a combatir bajo sus banderas, porque las victorias parecían acompañar por todas partes sus batallas. No hay por qué maravillarse de ello, pues no entraba nunca en batalla sin haber rezado antes su Rosario de rodillas. Había hecho inscribir en la Cofradía del Santo Rosario a toda su corte, y exhortaba a sus oficiales y familiares a ser devotos del mismo. La reina se comprometió también a ello. Y los dos perseveraron en el servicio de la Santísima Virgen, viviendo piadosamente.

 

32a. Rosa

El Señor Pérez[106]

 

[100] Tenía Santo Domingo un primo llamado el Señor Pérez o Don Pedro, que llevaba una vida muy disoluta. Oyó éste que el Santo predicaba las maravillas del Rosario, y que muchos se convertían y cambiaban de vida por este medio y se dijo: «Había perdido la esperanza de salvarme. Pero empiezo a recobrar la confianza. ¡Es preciso que acuda a escuchar a este hombre de Dios!» Asistió, pues, un día al sermón del Santo. Quien al verlo, redobló su ardor en atacar los vicios, y rogó a Dios fervorosamente que abriese los ojos de su primo y le hiciera conocer el estado miserable de su alma.

El Señor Pérez se asustó, desde luego, pero no se decidió a convertirse. Volvió, sin embargo, a la predicación del Santo. Cuando éste lo vio, comprendiendo que este corazón endurecido no se convertiría sino ante un golpe extraordinario, gritó en alta voz: «Señor Jesucristo, ¡haz ver a todo este auditorio el estado en que se halla la persona que acaba de entrar en tu templo!»

Toda la concurrencia vio entonces a Don Pedro rodeado de una multitud de demonios en figura de bestias espantosas, que lo tenían atado con cadenas de hierro. Llenos de espanto, huyeron todos desordenadamente, con inmensa confusión de Don Pedro, aterrado y avergonzado al verse convertido en objeto de horror para todo el mundo. Santo Domingo hizo que se detuvieran y dijo a Don Pedro: «Reconoce, infeliz, el deplorable estado en que te encuentras y arrójate a los pies de la Santísima Virgen! ¡Toma este rosario! ¡Rézalo con devoción y arrepentimiento de tus pecados, y resuélvete a cambiar de vida!»

Don Pedro se puso de rodillas, rezó el Rosario y se sintió impulsado a confesarse. Lo que hizo con gran contrición. El Santo le ordenó rezar todos los días el Rosario. Prometió él hacerlo y se inscribió en la Cofradía. Su rostro, que había asustado a todos, parecía tan brillante como el de un Ángel, cuando salió de la iglesia. Perseveró en la devoción del Rosario, llevó una vida ordenada y murió dichosamente[107].

 

33a. Rosa

Un albigense poseso[108]

 

[101] Mientras Santo Domingo predicaba cerca de Carcasona, le presentaron un albigense poseído del demonio. Lo exorcizó el Santo en presencia de una gran muchedumbre. Se cree que estaban presentes más de doce mil hombres. Los demonios que poseían a este infeliz fueron obligados a responder, a pesar suyo, a las preguntas del Santo y confesaron:

1) que eran quince mil los que poseían el cuerpo de aquel miserable, porque había combatido los quince misterios del Rosario;

2) que con el Rosario que Santo Domingo predicaba causaba terror y espanto a todo el infierno, y que era el hombre más odiado por ellos a causa de las almas que les arrebataba con la devoción del Rosario;

3) revelaron, además, muchos otros particulares.

Santo Domingo arrojó su rosario al cuello del poseso y les preguntó que de todos los santos del Cielo a quién temían más, y a quién debían amar y honrar más los mortales.

A esta pregunta, los demonios prorrumpieron en alaridos tan espantosos, que la mayor parte de los oyentes cayó en tierra, sobrecogidos de espanto. Los espíritus malignos, para no responder, comenzaron a llorar y lamentarse en forma tan lastimera y conmovedora, que muchos de los presentes empezaron también a llorar movidos por natural compasión. Y decían con voz dolorida por boca del poseso: «¡Domingo! ¡Domingo! ¡Ten piedad de nosotros! ¡Te prometemos no hacerte daño! ¡Tú que tienes tanta santa compasión de los pecadores y miserables, ten piedad de nosotros! ¡Mira cuánto padecemos! ¿Por qué te complaces en aumentar nuestras penas? ¡Conténtate con las que ya padecemos! ¡Misericordia! ¡Misericordia! ¡Misericordia!».

[102] El Santo, sin inmutarse ante las dolientes palabras de los espíritus, les respondió que no dejaría de atormentarlos hasta que hubieran respondido a sus preguntas. Le dijeron los demonios, que responderían, pero en secreto y al oído, no ante todo el mundo. Insistió el Santo y les ordenó que hablaran en voz alta. Pero su insistencia fue inútil: los diablos no quisieron decir palabra. Entonces el Santo se puso de rodillas y elevó a la Santísima Virgen esta plegaria: «¡Oh poderosísima Virgen María! ¡Por virtud de tu Salterio y Rosario, ordena a estos enemigos del género humano que respondan a mi pregunta!» Hecha esta oración, salió una llama ardiente de las orejas, nariz y boca del poseso. Los presentes temblaban de espanto, pero ninguno sufrió daño. Los diablos gritaron entonces: «Domingo, te rogamos por la pasión de Jesucristo y los méritos de su Santísima Madre y de todos los santos, que nos permitas salir de este cuerpo sin decir palabra. Los Ángeles, cuando tú lo quieras, te lo revelarán. ¿Por qué darnos crédito? No nos atormentes más. ¡Ten piedad de nosotros!»

«¡Infelices, son indignos de ser oídos!» –respondió Santo Domingo–. Y arrodillándose elevó esta plegaria a la Santísima Virgen: «Madre dignísima de la Sabiduría, te ruego en favor del pueblo aquí presente, instruido ya sobre la forma de recitar bien la salutación angélica. ¡Obliga a estos enemigos tuyos a confesar la plena y auténtica verdad al respecto!».

Había apenas terminado esta oración, cuando vio a su lado a la Santísima Virgen, rodeada de multitud de Ángeles, que con una varilla de oro en la mano, golpeaba al poseso y le decía: «¡Responde a Domingo, mi servidor!» Nótese que nadie veía ni oía a la Santísima Virgen, fuera de Santo Domingo.

[103] Entonces los demonios comenzaron a gritar: «¡Oh enemiga nuestra! ¡Oh ruina y confusión nuestra! ¿Por qué viniste del Cielo a atormentarnos en forma tan cruel? ¿Será preciso que por Ti, oh Abogada de los pecadores a quienes sacas del infierno, oh Camino seguro del Cielo, seamos obligados, a pesar nuestro, a confesar delante de todos lo que es causa de nuestra confusión y ruina? ¡Ay de nosotros! ¡Maldición a nuestros príncipes de las tinieblas!»

«¡Oigan, pues, cristianos! Esta Madre de Cristo es omnipotente, y puede impedir que sus siervos caigan en el infierno. Ella, como un sol, disipa las tinieblas de nuestras astutas maquinaciones. Descubre nuestras tentaciones. Nos vemos obligados a confesar que ninguno que persevere en su servicio se condena con nosotros.

Un solo suspiro que Ella presente a la Santísima Trinidad vale más que todas las oraciones, votos y deseos de todos los santos. Le tememos más que a todos los bienaventurados juntos, y nada podemos contra sus fieles servidores».

[104] «Tengan también en cuenta que muchos cristianos que la invocan al morir, y que deberían condenarse según las leyes ordinarias, se salvan, gracias a su intercesión.

¡Ah! Si esta Mariucha –así la llamaban en su furia– no se hubiera opuesto a nuestros designios y esfuerzos, ¡hace tiempo habríamos derribado y destruido a la Iglesia, y precipitado en el error y la infidelidad a todas sus jerarquías! Tenemos que añadir, con mayor claridad y precisión, obligados por la violencia que nos hacen, que nadie que persevere en el rezo del Rosario, se condenará. Porque Ella obtiene para sus fieles devotos la verdadera contrición de los pecados, para que los confiesen y alcancen el perdón e indulgencia de ellos».

Entonces Santo Domingo hizo rezar el Rosario a todos los asistentes, muy lenta y devotamente. Y a cada Avemaría que recitaban –¡cosa sorprendente!–, salían del cuerpo del poseso gran multitud de demonios, en forma de carbones encendidos. Cuando salieron todos los demonios, y el hereje quedó completamente liberado, la Santísima Virgen dio su bendición, aunque invisiblemente gran alegría. Este milagro fue causa de la conversión de muchos herejes, que llegaron a ingresar en la Cofradía del Santo Rosario[109].

 

34a. Rosa

Simón de Montfort, Alano de Lanvallay, Otero[110]

 

[105] ¿Quién podrá contar las victorias que Simón, conde de Montfort, logró sobre los albigenses, gracias a la protección de Ntra. Sra. del Rosario? Fueron tan famosas, que jamás se ha visto cosa parecida. Con 500 hombres derrotó, una vez, a un ejército de diez mil herejes. En otra ocasión, con treinta venció a tres mil. En otra, con ochocientos hombres de caballería y mil de infantería, despedazó al ejército del rey de Aragón, compuesto de cien mil hombres, perdiendo solamente un soldado de caballería y ocho de infantería.

[106] ¡De cuántos peligros libró la Santísima Virgen a Alano de Lanvallay, caballero bretón, que combatía en favor de la fe contra los albigenses! Mientras se hallaba cierto día rodeado de enemigos por todas partes, la Santísima Virgen lanzó contra ellos ciento cincuenta piedras, y lo libró de sus manos.

Otro día, en que su navío había naufragado, y estaba ya próximo a sumergirse, esta bondadosa Madre hizo emerger de las aguas ciento cincuenta colinas, por encima de la cuales llegó a Bretaña. Él, como memorial de los milagros que en su favor había hecho la Santísima Virgen en recompensa del Rosario que le rezaba cada día, hizo edificar un convento en Dinán para los Religiosos de la nueva Orden de Santo Domingo. Después se hizo Religioso y murió santamente en Orleans[111].

[107] Igualmente, Otero, soldado bretón de Vaucouleurs, hizo huir muchas veces compañías enteras de herejes y ladrones con su Rosario y espada al brazo. Sus enemigos, después de las derrotas sufridas, le aseguraron que habían visto su espada resplandeciente y, algunas veces, un escudo en su brazo en el cual estaban grabadas las imágenes de Jesucristo, la Santísima Virgen y los santos, que le hacían invencible y le daban fuerza en la batalla.

Cierta vez, con diez compañías, venció a veinte mil herejes, sin perder uno solo de sus soldados. Hecho que impresionó tanto al general del ejército enemigo, que fue en busca de Otero, abjuró de la herejía y declaró que lo había visto cubierto de armas de fuego durante el combate.

 

35a. Rosa

El Cardenal Pedro[112]

 

[108] Refiere el Beato Alano que un cardenal de nombre Pedro, del título de Santa María del Tíber, instruido por Santo Domingo, íntimo amigo suyo, en la devoción del Santo Rosario, se interesó tanto por ella que se convirtió en su panegirista y la inculcaba a cuantos podía. Enviado como legado a Tierra Santa, entre los cristianos que combatían a los sarracenos, persuadió tan maravillosamente al ejército cristiano acerca de la eficacia del Rosario, que practicando todos esta devoción para implorar la ayuda del Cielo en un combate, con solo tres mil triunfaron sobre cinco mil.

Los demonios –ya lo hemos visto– temen infinitamente al Rosario. Dice San Bernardo que la salutación angélica los echa fuera y hace temblar a todo el infierno. El Beato Alano asegura haber visto a varias personas que se habían entregado al diablo en cuerpo y alma, y habían renunciado al Bautismo y a Jesucristo y que, tras abrazar la devoción del Santo Rosario, fueron liberadas de su esclavitud a Satanás.

 

36a. Rosa

Una mujer de Amberes, liberada de las cadenas del demonio

 

[109] En el año 1578, una mujer de Amberes se entregó al demonio, firmándole el compromiso con su sangre. Algún tiempo después se arrepintió y, deseando reparar el mal que había hecho, buscó un confesor prudente y caritativo para encontrar el medio de liberarse del poder de Satanás.

Encontró un Sacerdote sabio y virtuoso, que le aconsejó buscar al P. Enrique, Religioso del convento de Santo Domingo y director de la Cofradía del Rosario, confesarse con él y pedirle la inscribiera en la Cofradía. Fue ella a buscarlo, pero, en lugar del Sacerdote, encontró al demonio bajo la forma de un Religioso, que la reprendió severamente y le dijo que no podía esperar de Dios ninguna gracia ni había medio de revocar lo que había firmado. Esto la afligió profundamente. Más, no por ello perdió totalmente la esperanza en la misericordia de Dios, y volvió a buscar al Sacerdote. Encontró nuevamente al diablo, que la rechazó como en la vez anterior. Pero, repitiendo por tercera vez el intento, permitió el Señor que encontrara al P. Enrique a quien buscaba, y que la recibió con caridad y la exhortó a confiar en la misericordia divina y hacer una buena confesión. La recibió en la Cofradía y le ordenó que rezara con frecuencia el Santo Rosario. Cierto día, durante la Misa que el P. Enrique celebraba a intenciones de la susodicha mujer, la Santísima Virgen obligó al diablo a devolver el compromiso firmado. Y así quedó ella liberada por la autoridad de María y la devoción del Santo Rosario.

 

37a. Rosa

El Rosario transforma a un monasterio[113]

 

[110] Un noble caballero tenía muchos hijos. Había colocado a una de sus hijas en un monasterio totalmente relajado: las Religiosas sólo respiraban vanidad y frivolidad. El Confesor, hombre fervoroso y devoto del Santo Rosario, deseando dirigir a esta joven Religiosa por los senderos de la santidad, le ordenó rezar todos los días el Rosario en honor de la Santísima Virgen, meditando la vida, pasión y gloria de Jesucristo. Le agradó mucho a ella esta devoción, y poco a poco fue detestando la relajación de sus Hermanas. Empezó a gustar del silencio y la oración no obstante el desprecio y burlas de las Religiosas que interpretaban su fervor como santurronería.

En aquellos días, un santo Abad llegó de visita al monasterio y, mientras oraba, tuvo una extraña visión. Le parecía ver a una Religiosa que oraba en su celda ante una Señora de extraordinaria belleza, y a quien acompañaban numerosos Ángeles. Estos, con flechas encendidas, alejaban la multitud de demonios que intentaban entrar en la celda. Los espíritus malignos corrían, en forma de animales inmundos, a refugiarse en las celdas de las otras Religiosas, excitándolas al pecado, en el cual caían muchas de ellas.

Comprendió el Abad por esta visión, el mal espíritu de aquel monasterio y creyó morir de tristeza. Llamó a la joven Religiosa y la exhortó a perseverar. Reflexionando luego sobre la excelencia del Rosario, decidió reformar el monasterio con esta devoción. Adquirió para ello hermosos rosarios, los distribuyó entre las Religiosas, les aconsejó que recitaran el Rosario todos los días, y prometió que, si aceptan su consejo, no las obligaría a aceptar la reforma. Recibieron complacidas los rosarios y prometieron con aquella condición. Y, ¡cosa admirable!, poco a poco dejaron las vanidades, se dedicaron al silencio y al recogimiento, y en menos de un año pidieron ellas mismas la reforma.

El Rosario había obrado en sus corazones más de cuanto hubiera podido el Abad con sus exhortaciones y autoridad.

 

38a. Rosa

Devoción de un Obispo español al Santo Rosario[114]

 

[111] Una condesa española, instruida por Santo Domingo en la devoción del Rosario, lo rezaba a diario con maravilloso adelanto en la virtud. Nada deseaba tanto como vivir para la perfección. Pidió a un Obispo y célebre predicador, algunas prácticas de perfección. Le dijo él que antes era necesario le declarase el estado de su alma y sus ejercicios de piedad. Contestó ella que el principal de éstos era el Rosario, que rezaba todos los días, meditando los misterios gozosos, dolorosos y gloriosos con gran provecho espiritual. El Obispo entusiasmado al oír explicar las maravillosas enseñanzas contenidas en los misterios, le dijo: «Hace veinte años que soy doctor en teología. He leído acerca de muchas excelentes prácticas de devoción. Pero no he conocido nada más fructífero ni conforme al cristianismo que ésta. Quiero imitarte. ¡Predicaré el Rosario!»

Lo hizo así, y con tal éxito que al poco tiempo contempló un favorable cambio de costumbres en toda su Diócesis: muchas conversiones, restituciones y reconciliaciones. Cesaron el libertinaje, el lujo y el juego, y en las familias reflorecieron la paz, la devoción y la caridad. Cambio tanto más admirable que este Obispo había trabajado esforzadamente para reformar su Diócesis pero con escasísimo fruto.

Para inculcar mejor la devoción del Santo Rosario, llevaba siempre uno muy bello consigo y lo mostraba a sus oyentes diciendo: «Sepan, hermanos, que el Rosario de la Santísima Virgen es tan excelente que yo con ser su Obispo, doctor en teología y en ambos derechos, me glorío de llevarlo siempre conmigo, como el distintivo más glorioso de mi episcopado y doctorado».

 

39a. Rosa

Santificación de una parroquia mediante el Rosario[115]

 

[112] El rector de una parroquia danesa contaba frecuentemente, para mayor gloria de Dios y con gran gozo de su alma, que había obtenido en su parroquia un resultado análogo al de este Obispo en su Diócesis.

«Había predicado –decía– todas las más atrayentes y provechosas materias, sin ningún resultado. Al no ver cambio alguno en mi parroquia, me resolví a predicar el Rosario, explicando su excelencia y práctica, y puedo asegurar que después de haber hecho gustar a mi pueblo esta devoción, noté un cambio patente en sólo seis meses. En verdad, esta divina oración tiene especial eficacia para mover los corazones e inspirarles el horror al pecado y el amor a la virtud».

La Santísima Virgen dijo un día al Beato Alano: «Dios escogió la salutación angélica para la Encarnación de su Palabra y la Redención del hombre. Del mismo modo, quienes desean reformar las costumbres de las gentes y regenerarlas en Jesucristo, deben honrarme y dirigirme el mismo saludo. Yo soy el Camino por el cual vino Dios a los hombres[116] y es preciso que, por mediación mía obtengan de Jesucristo la gracia y las virtudes».

[113] En cuanto a mí, que esto escribo, aprendí por experiencia personal la eficacia de esta oración para convertir los corazones más endurecidos. He encontrado personas a quienes no conmovía la predicación de las verdades más tremendas, realizada durante la Misión. Por consejo mío adquirieron la costumbre de rezar diariamente el Santo Rosario y así se convirtieron y consagraron totalmente a Dios.

He podido, además constatar una enorme diferencia de costumbres entre las poblaciones donde di Misiones: unas, por haber abandonado la práctica del Rosario, volvieron a caer en las malas costumbres; otras, gracias a haber perseverado en rezarlo, se mantuvieron en gracia de Dios y crecieron día a día en la virtud.

 

40a. Rosa

Efectos admirables del Rosario

 

[114] El Beato Alano de la Rupe, los Padres Juan Dumont y Thomas, las Crónicas del Santo Rosario, y otros autores, muchas veces testigos oculares, refieren numerosas conversiones excepcionales de pecadores, a quienes durante veinte, treinta o cuarenta años, pasados en el mayor desorden, nada había podido convertir. No obstante, gracias a la maravillosa plegaria que es el Rosario, alcanzaron la conversión. Por temor a extenderme más de lo justo, no las narraré. Tampoco referiré las que yo mismo he visto. Las omito por diversas razones.

Lector amado, si pones en práctica y predicas esta devoción, aprenderás por experiencia propia mejor que en libro alguno, y comprobarás felizmente el efecto maravilloso de las promesas hechas por la Santísima Virgen a Santo Domingo, al Beato Alano de la Rupe y a cuantos hagan florecer esta devoción que le es tan grata. Devoción que educa a los pueblos en las virtudes de su Hijo y en las suyas propias, los conduce a la oración mental, a la imitación de Jesucristo, a la frecuencia de los Sacramentos, a la sólida práctica de las virtudes y toda clase de buenas obras, y a ganar tan valiosas indulgencias que las gentes ignoran porque los predicadores de esta devoción no hablan de ellas casi nunca, contentándose con hacer sobre el Rosario un sermón a la moda, que muchas veces sólo causa admiración, pero no instruye.

[115] Para abreviar, me contento con decirte, con el Beato Alano, que el Rosario es un manantial y depósito de toda clase de bienes:

1o                P                     Procura el perdón a los pecadores;

2o                S                     Sacia a las almas sedientas;

3o                A                     A los encadenados rompe las cadenas;

4o                L                     La alegría devuelve a los que lloran;

5o                T                     Tranquilidad ofrece a los tentados;

6o                E                     El pobre es socorrido;

7o                R                     Reforma los Institutos Religiosos;

8o                I                      Inteligencia da a los ignorantes;

9o                V                     Vencen la vanidad los que están vivos;

10o              M                    Mediante sus sufragios son aliviados los muertos[117].

«Quiero –dijo un día la Santísima Virgen al Beato Alano– que los devotos de mi Rosario obtengan la gracia y bendición de mi Hijo durante su vida, en la hora de la muerte y después de ella. Quiero que se vean libres de todas las esclavitudes y sean reyes verdaderos, con la corona en la cabeza y el cetro en la mano y alcancen la vida eterna. Amén».

 

 QUINTA DECENA

CÓMO REZAR EL ROSARIO

  41a. Rosa

Pureza del alma

 

[116] El fervor de nuestra plegaria y no precisamente su longitud agrada a Dios y le gana el corazón. Una sola Avemaría bien dicha es más meritoria que ciento cincuenta mal dichas. Casi todos los católicos rezan el Rosario o al menos una tercera parte del mismo o algunas decenas de Avemarías. ¿Por qué, entonces, hay tan pocas personas que se corrigen de sus pecados y adelantan de veras en la virtud? ¡Porque no rezan como se debe!

[117] Veamos, pues, cómo se debe rezar el Rosario para agradar a Dios y hacernos santos.

1o Quien reza el Rosario debe hallarse en estado de gracia o estar al menos resuelto a salir del pecado. Efectivamente, la teología nos enseña que las buenas obras y plegarias realizadas en pecado mortal, son obras muertas que no logran agradar a Dios ni merecer la vida eterna. En este sentido dice la Escritura: «No, corresponde a los pecadores alabar»[118].

Ni la alabanza, ni la salutación angélica, ni la misma oración de Jesucristo pueden agradar a Dios cuando salen de la boca de un pecador impenitente: «Este pueblo me honra con sus labios, pero su corazón está lejos de mí»[119].

Esas personas que ingresan en mis Cofradías –dice Jesucristo–, que recitan todos los días el Rosario o parte de él, pero sin contrición alguna de sus pecados, me honran con los labios, aunque su corazón está lejos de mí.

2o He dicho: «O estar, al menos, resuelto a salir del pecado»:

1) porque, si fuera necesario estar en gracia de Dios para orar en forma que le agrade, la consecuencia sería que quienes están en pecado mortal no deberían orar, no obstante tener más necesidad de ello que los justos y, por el Rosario o parte del mismo, porque le sería inútil. Lo cual es un error condenado por la Iglesia;

2) porque, si te inscribes en alguna Cofradía de la Santísima Virgen, rezas el Rosario o parte de él u otra oración, con voluntad de permanecer en el pecado o sin intención de salir de él, pasarías a ser el número de los falsos devotos de la Santísima Virgen[120], y de los devotos presuntuosos e impenitentes que bajo el manto de María, el escapulario sobre el pecho y el Rosario en la mano, van gritando: «Santa y bondadosa Virgen, yo te saludo, ¡oh María!» Y entre tanto, crucifican y desgarran cruelmente a Jesucristo con sus pecados y, desde las más santas Cofradías de Nuestra Señora, caen lastimosamente en las llamas de infierno[121].

[118] Aconsejamos el Rosario a todo el mundo: a los justos, para que perseveren y crezcan en gracia de Dios; a los pecadores, para que salgan de sus pecados.

Pero no agrada ni puede agradar a Dios el que exhortemos a un pecador a hacer del manto protector de la Santísima Virgen, un manto de condenación para ocultar sus crímenes y cambiar el Rosario, que es remedio de todos los males, en veneno mortal y funesto. ¡La corrupción de lo mejor es la peor!

El sabio Cardenal Hugo afirma: «Es necesario ser Ángeles de pureza para acercarse a la Santísima Virgen y rezar la salutación angélica».

La Virgen María mostró un día hermosos frutos en una bandeja llena de inmundicias, a un impúdico que recitaba constantemente el Rosario todos los días. El se quedó horrorizado. La Virgen le explicó: «¡Tú me sirves así! ¡Me presentas bellísimas rosas en un vaso sucio y contaminado! ¡Juzga tú mismo, si me agradarán!»

 

42a. Rosa

Recitación atenta

 

[119] Para rezar bien no basta expresar nuestra súplica con la más hermosa de las oraciones, que es el Rosario. Es preciso también hacerlo con gran atención. Porque Dios oye más la oración del corazón que la de los labios. Orar a Dios con distracciones voluntarias sería una irreverencia capaz de hacer infructuosos nuestros Rosarios y llenarnos de pecados[122]. ¿Cómo pretender que Dios nos escuche, cuando no nos oímos a nosotros mismos? ¿Sí, mientras suplicamos a tan augusta Majestad, nos distraemos voluntariamente corriendo tras una mariposa? Esto equivale a alejar de ti la bendición del Señor y arriesgarte a recibir más bien la maldición lanzada por Él contra quienes realizan la obra de Dios con negligencia: «Maldito el que ejecuta con flojera el trabajo que Yavé le ha encomendado»[123].

[120] Es verdad que no podrás rezar el Rosario sin padecer algunas distracciones involuntarias. Te será aún más difícil recitar un Avemaría sin que la imaginación, siempre inquieta, te robe parte de la atención. Pero, sí, te es posible rezar sin distracciones voluntarias. Para disminuirlas y fijar la atención, debes utilizar toda clase de medios.

Para ello: colócate en presencia de Dios, pensando en que Él y su Santísima Madre te están mirando, que tu Ángel de la guarda está a tu derecha recogiendo tus Avemarías bien dichas, como otras tantas rosas, para tejer con ellas una corona a Jesús y a María, y que, por el contrario, el demonio se halla a tu izquierda y merodea a tu alrededor para devorar tus Avemarías dichas sin atención, devoción, ni modestia, y anotarlas en su libro de muerte. Sobre todo, no omitas ofrecer cada decena en honor de los misterios. Represéntate en la imaginación al Señor y su Santísima Madre en el misterio que contemplas.

[121] Se lee en la vida del Beato Hermann, premonstratense, que, cuando rezaba el Rosario con devota atención y meditando los misterios, se le aparecía la Santísima Virgen, resplandeciente de luz, hermosura y majestad. Habiéndose enfriado más tarde su devoción, rezaba el Rosario de carrera y sin atención. Se le apareció la Virgen María con el semblante arrugado, triste y repulsivo. Hermann se sorprendió por semejante cambio. Ella le explicó entonces: «Me presento ante tus ojos, como me hallo en tu alma. Pues me tratas como a persona ruin y despreciable. ¿Qué fue de aquellos tiempos en que me saludabas con respeto y atención, y meditabas mis misterios y grandezas?»[124]

 

43a. Rosa

Combatir enérgicamente las distracciones

 

[122] Así como no hay oración más meritoria para el alma ni más gloriosa para Jesús y María que el Rosario bien dicho, tampoco no hay nada más difícil que rezarlo bien y con perseverante atención. Esto, principalmente a causa de las distracciones que surgen casi naturalmente de la repetición continua de la misma plegaria.

Cuando rezas el Oficio de la Virgen, los Siete Salmos[125], u oraciones distintas del Rosario, el cambio o diversidad de términos frenan la imaginación y recrean el espíritu. Así es más fácil rezarlos bien. Pero en el Rosario, donde siempre encuentras los mismos Padrenuestros y Avemarías hilvanadas en la misma forma, es fácil que te canses, te adormiles y lo abandones para irte en pos de oraciones más deleitosas y menos molestas. De suerte que necesitas más devoción para perseverar en el rezo del Santo Rosario, que en el de cualquier otra plegaria, aunque sea el Salterio de David.

[123] La imaginación, siempre inquieta y que no se queda tranquila un solo instante, aumenta la dificultad. Otro tanto hará la malicia del demonio, incansable en su labor de distraernos[126] e impedirnos orar. ¿Qué no moverá contra nosotros el maligno al vernos aplicados a rezar el Rosario en contra suya? Antes de iniciar nuestra oración, acrecienta la apatía y negligencia naturales. Durante la oración, aumenta el hastío, las distracciones y el decaimiento. Y cuando hemos terminado de orar entre mil trabajos y distracciones, nos deprime de diversas maneras y se burla de nosotros diciéndonos: «No has hecho nada que valga la pena. Tu Rosario no vale nada. Pierdes tu tiempo recitando tantas oraciones vocales sin atención. Media hora de meditación o una buena lectura se aprovecharían mucho más. Mañana, cuando estés menos adormilado, podrás orar con mayor atención. ¡Deja, pues, para mañana el resto de tu Rosario!» En esta forma el diablo con sus artimañas consigue que abandones el Rosario en todo o en parte, lo cambies por otra oración o lo difieras.

[124] ¡No le des crédito, querido cofrade del Rosario! ¡No pierdas el ánimo! Pues, aunque durante el Rosario tu imaginación haya estado llena de distracciones e ideas extravagantes, siempre que hayas procurado desecharlas lo mejor posible tan pronto como te diste cuenta de ellas, tu Rosario será mucho mejor. Porque es más meritorio. Y será más meritorio, cuanto más difícil. Y es tanto más difícil, cuanto menos agradable te resulte naturalmente el verte acosado por infinidad de fastidiosos mosquitos y hormigas, que corriendo por una y otra parte en la imaginación, pero a pesar tuyo, no permiten al espíritu saborear lo que dices ni descansar tranquilamente.

[125] Si es preciso que pases todo el Rosario combatiendo contra las distracciones, lucha valerosamente con las armas en la mano. Es decir, sigue rezándolo, aunque sin gusto ni consuelo sensibles. Será una lucha terrible, pero muy saludable al alma fiel. Mientras que si rindes las armas, es decir, si dejas el Rosario, sales vencido y, en lo sucesivo, el demonio, triunfador sobre tu fuerza de voluntad, te dejará en paz, pero en el día del juicio te reprochará tu pusilanimidad e infidelidad. «El que se mostró digno de confianza en cosas sin importancia será digno de confianza también en las importantes»[127]. Quien es fiel en rechazar las pequeñas distracciones durante una breve plegaria, los será igualmente en las grandes empresas. Nada más cierto: ¡son palabras del Espíritu Santo!

¡Ánimo, pues, servidor bueno y fiel de Jesucristo y de la Santísima Virgen, que has tomado la resolución de rezar el Rosario todos los días! Que la multitud de moscas –llamó así a las distracciones que importunan mientras rezas– no logren jamás hacerte abandonar cobardemente la compañía de Jesús y de María, en la que te hallas al rezar el Rosario. Más adelante te presentaré los medios para disminuir las distracciones.

 

44a. Rosa

Cómo rezar el Rosario

 

[126] Para recitar bien el Rosario, después de invocar al Espíritu Santo, ponte un momento en presencia de Dios y ofrece las decenas como te enseñaré más adelante.

Antes de empezar cada decena, detente un momento, más o menos largo según el tiempo de que dispongas, a considerar el misterio que vas a contemplar en dicha decena. Y pide por ese misterio y por intercesión de la Santísima Virgen, una de las virtudes que más sobresalgan en él o que más necesites[128].

Pon atención particular en evitar los dos defectos más comunes que cometen quienes rezan el Rosario:

el primero es el no formular ninguna intención antes de comenzarlo. De modo que si les preguntas por qué lo rezan, no saben qué responder. Ten, pues, siempre ante la vista una gracia por pedir, una virtud que imitar o un pecado por evitar;

el segundo defecto, en que se cae al rezar el Rosario, es no tener otra intención que la de acabarlo pronto. Procede este defecto de considerar el Rosario como algo oneroso y tremendamente pesado hasta haberlo terminado, sobre todo si te has obligado a rezarlo en conciencia o te lo han impuesto como penitencia y como a pesar tuyo.

[127] Da tristeza ver cómo recita el Rosario la mayoría de las gentes: con precipitación increíble, comiéndose las palabras... No osarías felicitar así al último de los hombres... ¿Crees acaso que Jesús y María se sentirán con ello muy honrados? Después de esto, ¿por qué asombrarte de que las plegarias más santas de la religión cristiana queden casi sin fruto alguno, y de que, después de rezar mil y diez mil Rosarios, no seas más santo?

Detén, querido cofrade del Rosario, tu natural precipitación al rezarlo. Haz algunas pausas en medio del Padrenuestro y del Avemaría, como las señalo aquí:

Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden, no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal. Amén.

Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

A causa de la mala costumbre que tienes de rezar precipitadamente, te costará al principio hacer estas pausas. Pero, una decena recitada pausadamente será más meritoria que mil Rosarios rezados a la carrera, sin reflexionar ni hacer las pausas[129].

[128] El Beato Alano de la Rupe[130] y otros autores –entre ellos, Belarmino– refieren que un buen Sacerdote aconsejó a tres hermanas penitentes suyas, que rezaran diaria y devotamente el Rosario durante un año, sin faltar a él un solo día, para tejer un hermoso vestido a la Santísima Virgen. Era –les dijo– un secreto recibido del Cielo.

Así lo hicieron las tres hermanas. Al año siguiente, el día de la Purificación, ya atardecido y habiéndose ellas retirado, entró en su apartamento la Santísima Virgen. Venía acompañada de Santa Catalina y Santa Inés, engalanada con un traje resplandeciente de luz, sobre el cual se leía escrito por todas partes en letras de oro: «¡Dios te salve, María, llena eres de gracia!» La Reina del Cielo se acercó al lecho de la hermana mayor y le dijo; «Te saludo, ¡hija mía! ¡Tú me has saludado frecuentemente y muy bien! ¡Vengo a darte las gracias por el hermoso vestido que me hiciste!» Las dos santas vírgenes que la acompañaban, también le dieron las gracias. Después desaparecieron las tres.

Una hora más tarde, volvió la Santísima Virgen con sus dos compañeras a la habitación, vestida con un traje sin oro ni resplandor. Se acercó al lecho de la segunda hermana y le dio las gracias por el traje que le había confeccionado rezando el Rosario. Como ella había visto a la Santísima Virgen aparecerse a su hermana mayor mucho más resplandeciente, le preguntó el motivo de la diferencia. «¡Tu hermana –respondió María– me tejió vestidos mejores, rezándome el Rosario mejor que tú!».

Aproximadamente una hora más tarde se apareció por tercera vez la Santísima Virgen a la más joven de las hermanas. Venía vestida con un harapo sucio y roto, y le dijo: «Hija mía, así me has vestido. ¡Gracias!».

La joven cubierta de confusión, exclamó: «Ah, ¡Señora mía! Perdón por haberte vestido tan mal. ¡Dame tiempo suficiente para hacerte un traje hermoso, rezando mejor el Rosario!».

Cuando desapareció la visión, contó la afligida joven al confesor cuanto le había ocurrido.

Éste la animó a ella y a sus hermanas a rezar el Rosario durante el año siguiente con mayor perfección que nunca. Así lo hicieron. Y, al cabo del año, siempre en el día de la Purificación, al atardecer, se les apareció la Santísima Virgen, vestida con hermosísimo traje y acompañada de Santa Catalina y Santa Inés que llevaban coronas, y les dijo: «¡Hijas mías, estén Uds. seguras del reino de los Cielos! ¡Mañana entrarán en él con gran alegría!» A lo cual respondieron ellas: «Preparado está nuestro corazón, amadísima Señora, preparado está nuestro corazón!»[131] Y la visión desapareció.

Aquella misma noche, se sintieron enfermas, llamaron al confesor, recibieron los Sacramentos de los enfermos y dieron gracias al Director por la santa práctica que les había enseñado.

Después de Completas[132], la Santísima Virgen se les apareció una vez más, acompañada de gran número de vírgenes. Hizo revestir con túnicas blancas a las tres hermanas, que murieron mientras los Ángeles cantaban: «Vengan, esposas de Cristo. ¡Reciban las coronas que les están preparadas desde la eternidad!»[133]

Esta narración te enseña diversas verdades:

1) lo importante que es tener buenos Directores, que inspiren santas prácticas de piedad y especialmente el Santo Rosario;

2) lo importante que es rezar el Santo Rosario con atención y devoción;

3) lo benigna y misericordiosa que es la Santísima Virgen con los que se arrepienten de su pasado y proponen enmendarse;

4) lo generosa que es Ella en recompensar durante la vida, en la hora de la muerte y la eternidad los pequeños servicios que le ofrecemos con fidelidad

45a. Rosa

Hay que rezar el Rosario con modestia

[129] Permíteme añadir que hay que rezar la Corona con modestia, es decir, en cuanto posible, de rodillas, con las manos juntas y el rosario entre ellas. Sin embargo, en caso de enfermedad, puedes rezarlo en el lecho. De viaje, puedes rezarlo caminando. Si la enfermedad te impide arrodillarte, puedes rezarlo sentado o de pie. Puedes rezarlo también mientras trabajas, si no es posible dejar el trabajo por impedírtelo las obligaciones profesionales, dado que el trabajo manual no obstaculiza a la oración vocal.

Ciertamente que nuestra alma, por ser limitada en la acción, estará menos atenta a las operaciones del espíritu, tales como la oración, cuando lo está al trabajo de las manos. Sin embargo, en caso de necesidad, una oración así, tiene también su valor ante la Santísima Virgen, que recompensa más la buena voluntad que la acción exterior.

[130] Te aconsejo dividir el Rosario en tres partes y recitarlo en tres tiempos diferentes del día. Es preferible esto a rezarlo todo de una vez. Si no te alcanza el tiempo para recitar seguido toda una tercera parte, recita una decena acá y otra allá. Así habrás rezado tu Rosario entero antes de irte a acostar, a pesar de tus obligaciones y negocios[134].

Imita en esto la fidelidad de San Francisco de Sales. Hallándose, cierta noche, muy cansado a causa de las visitas que había tenido que hacer durante el día y siendo ya casi las doce de la noche, se acordó que le faltaban aún algunas decenas por rezar. Se puso inmediatamente de rodillas y las rezó antes de acostarse, no obstante las recomendaciones de su capellán, que, viéndolo tan fatigado, le instaba para que aplazara hasta el día siguiente lo que le faltaba por rezar.

Imita igualmente la fidelidad, modestia y devoción de aquél santo Religioso, que según lo narran las Crónicas de San Francisco y he referido ya[135], acostumbraba rezar un Rosario con mucha devoción y modestia, antes de comer.

46a. Rosa

Hay que rezar el Rosario comunitariamente

[131] Entre tantos métodos como existen de rezar el Rosario, el más glorioso para Dios, saludable para el alma y terrible para el demonio es el de salmodiarlo o rezarlo públicamente a dos coros.

Dios se complace en las asambleas. Todos los Ángeles y santos congregados en el Cielo le alaban incesantemente.

Los justos de la tierra, reunidos en varios grupos, le imploran en comunidad día y noche. El Señor aconsejó expresamente esta práctica a sus Apóstoles y discípulos, y les prometió que cuantas veces se reunieran dos o tres en su Nombre, Él se encontrará en medio de ellos[136], para rogar en su nombre y rezar la misma oración.

¡Qué alegría tener a Jesús en nuestra compañía! Y pensar que para poseerlo basta solamente reunirse a rezar el Rosario! Es la razón por la cual los primeros cristianos se reunían tantas veces para orar juntos, a pesar de las persecuciones de los emperadores que les prohibían reunirse. Preferían exponerse a la muerte antes que faltar a sus asambleas, en las que tenían la certeza de que Jesús les hacía compañía.

[132] La oración en común es la más saludable al alma:

1) porque de ordinario la mente está más atenta durante la oración pública que durante la privada;

2) porque cuando se ora en comunidad, la oración de cada persona se convierte en la de toda la asamblea, y todas juntas sólo forman una oración. De suerte que si algún particular no reza tan bien, otro que lo hace mejor suple su falta. El fuerte sostiene al débil, y el fervoroso enardece al tibio, el rico enriquece al pobre y el malvado se integra a los buenos. ¿Cómo vender un kilo de cizaña? ¡Basta mezclarla con cuatro o cinco de trigo bueno!;

3) porque una persona que reza sola el Rosario tiene el mérito de un solo Rosario, pero si lo reza con treinta personas, adquiere el mérito de treinta Rosarios. Tales son las leyes de la oración pública. ¡Qué ganancia! ¡Qué ventaja!;

4) Urbano VIII, muy satisfecho de la devoción del Santo Rosario que se recitaba a dos coros en muchos lugares de Roma, especialmente en el convento de la Minerva, concedió una indulgencia parcial para cada vez que uno lo reza a dos coros[137];

5) porque la oración pública es más eficaz que la individual para apaciguar la ira de Dios y obtener su misericordia.

La Iglesia, dirigida por el Espíritu Santo, se sirvió de esta forma de oración en los tiempos de flagelos y calamidades públicas. El Papa Gregorio XIII declara en una Bula[138] que es preciso creer piadosamente que las oraciones públicas y las procesiones de los cofrades habían contribuido a obtener poderosamente de Dios la gran victoria de los cristianos sobre el ejército de los turcos en el golfo de Lepanto el primer domingo de octubre[139] de 1571.

[133] Luis el Justo[140], de feliz memoria, mientras tenía sitiada a La Rochela, donde los herejes revolucionarios tenían sus fortalezas, escribía a la reina-madre para pedir que se hicieran oraciones públicas por la prosperidad de su ejército. La reina resolvió organizar el rezo público del Rosario en la iglesia de los Hermanos Predicadores del Barrio de San Honorato de París. El Señor Arzobispo cumplió solícitamente esta disposición, y la piadosa práctica comenzó el 20 de mayo de 1628. Estuvieron presentes la reina-madre y la reina-regente, el duque de Orleáns, los Eminentísimos Señores Cardenales de La Rochefoucault y de Bérulle, muchos Obispos, toda la corte y multitud incontable de gentes. El Señor Arzobispo leía en alta voz las meditaciones sobre los misterios del Rosario y proseguía con la recitación del Padrenuestro y del Avemaría de cada decena. Los Religiosos y demás asistentes respondían.

Después del Rosario, llevaron en procesión la estatua de la Santísima Virgen, cantando sus letanías, y la ceremonia se repitió todos los sábados, con admirable fervor y la bendición evidente del Cielo, ya que el rey triunfó sobre los ingleses en la isla de Re y entró victorioso en La Rochela el día de Todos los Santos del mismo año. Esto demuestra la eficacia de la oración pública.

[134] Por último, el Rosario rezado en comunidad es mucho más terrible contra el demonio, pues se conforma un ejército entero para atacarlo. En ocasiones triunfa fácilmente sobre la oración particular. Pero, si ésta se une a la de los demás, sólo con dificultad logrará sus propósitos. Es fácil romper una varita. Pero, si la unes a otras y formas un haz, no podrás romperla.

La unión hace la fuerza. Los soldados se unen en batallón para derrotar al enemigo. Los malvados se unen con frecuencia para sus orgías y danzas. Los mismos demonios se unen para perdernos.

¿Por qué no han de reunirse los cristianos para gozar de la compañía de Jesucristo, aplacar la ira divina, alcanzar la gracia y misericordia del Señor, y vencer y abatir más eficazmente a los demonios?

Amado cofrade del Rosario: vivas en la ciudad o en el campo, cerca de la iglesia parroquial o de una capilla, vete a ella, al menos todas las tardes, y con permiso del rector de la iglesia y en compañía de cuantos lo deseen, reza el Rosario a dos coros. Haz otro tanto en tu casa o en la de cualquier particular, si no tienes la posibilidad de ir a la iglesia o a la capilla[141].

[135] Ésta es una santa práctica que Dios, en su misericordia, ha establecido en los lugares donde he dado Misiones, para conservar y acrecentar el fruto de las mismas e impedir el pecado. Antes de establecer el Rosario, en tales, pueblos y aldeas sólo se veían bailes, inmodestias, disoluciones, querellas y divisiones, y sólo se oían canciones deshonestas y palabras de doble sentido.

Ahora, sólo se escuchan allí los cánticos y la salmodia del Padrenuestro y del Avemaría. Y sólo se ven grupos de veinte, treinta, cien y más personas, que cantan, como Religiosos, alabanzas al Señor a horas determinadas. Hay también lugares en los cuales se reza diariamente el Rosario en comunidad en tres momentos diferentes del día. ¡Qué bendición del Cielo!

Pero, como en todas partes hay réprobos, no te extrañes de encontrar en los lugares donde vives, gentes perversas que desdeñarán venir al Rosario, que tal vez hasta lo ridiculizarán y aún harán cuanto puedan, con sus malignas insinuaciones y ejemplos, para impedir que continúes en tan santo ejercicio. Pero ¡no cedas! ¡No te extrañes de su proceder! ¡Un día, estos infelices se hallarán para siempre separados de Dios, excluidos del Paraíso, así como ahora se apartan de la compañía de Jesucristo y de sus servidores!

47a. Rosa

Rezar el Rosario todos los días con fe, humildad y confianza

[136] ¡Apártate de los malvados, pueblo de Dios, asamblea de predestinados![142] Para escapar de ellos y salvarte, en medio de cuantos se condenan por su impiedad, ociosidad y falta de devoción, decídete sin pérdida de tiempo a rezar con frecuencia el Santo Rosario con fe, humildad, confianza y perseverancia.

En primer lugar si piensas con seriedad en el mandato que nos dio Jesucristo de orar siempre, y reflexionas en su ejemplo, en la urgente necesidad que tenemos de la oración, a causa de nuestras tinieblas, ignorancia y debilidad, y de la multitud de enemigos que nos persiguen, no te contentarás con rezar el Rosario una vez al año, como lo exige la Cofradía del Rosario Perpetuo, ni una vez a la semana, como lo prescribe la del Rosario Ordinario, sino que lo recitarás puntualmente todos los días, como lo pide la del Rosario Cotidiano, aunque no tengas otra obligación que la de salvarte, Jesús le propuso un ejemplo sobre «la necesidad de orar siempre, sin desanimarse»[143].

[137] Éstas son palabras eternas de Jesucristo, que es preciso creer y practicar, si no quieres condenarte. Explícalas como quieras. Pero no a la moda, para que las vivas a la moda. Jesucristo nos dio la verdadera explicación con su ejemplo: «Les he dado ejemplo, para que Uds. hagan lo mismo que yo...»[144] «Pasó la noche en oración con Dios»[145]. Como si no le bastara el día, dedicaba también la noche a la oración.

Repetía con frecuencia a sus Apóstoles estas palabras: «Estén despiertos y orando»[146]. El hombre es débil. La tentación, próxima y continua. Y si no oras siempre, caerás en ella. Los Apóstoles creyeron que el Señor sólo les daba un consejo, interpretaron erróneamente sus palabras, y cayeron en la tentación y en el pecado a pesar de tener a Jesús en su compañía.

[138] Estimado cofrade, no es necesario orar tanto ni rezar tantos Rosarios si quieres vivir a la moda y condenarte a la moda, es decir, cayendo de tiempo en tiempo en el pecado mortal para luego confesarte, evitando los pecados groseros y escandalosos, y salvando las apariencias.

Una corta oración por la mañana y por la tarde, uno que otro Rosario impuesto por penitencia, unas decenas de Avemarías a la carrera y cuando te venga en gana, te bastarán para aparecer ante el mundo como buen cristiano. Si hacemos menos, te acercas al libertinaje, y si haces más, te aproximas a la singularidad y a la santurronería[147].

[139] Pero es necesario que ores siempre, como lo enseñó Jesucristo, si, como cristiano auténtico, quieres de verdad salvarte y caminar tras las huellas de los santos, evitando caer en todo pecado mortal, rompiendo todas las cadenas y apagando todos los dardos encendidos de Satanás.

Debes, al menos, rezar diariamente el Rosario u otras oraciones equivalentes. Digo “al menos”, porque con el Rosario cotidiano alcanzarás cuanto es necesario para evitar el pecado mortal, vencer todas las tentaciones, en medio de los torrentes de iniquidad del mundo que arrastran con frecuencia a quienes se creen más seguros, en medio de los espíritus malignos más habilidosos que nunca y que sabiendo que les queda poco tiempo para tentar, lo hacen con mayor astucia y éxito.

¡Qué maravillosa es la gracia del Santo Rosario! ¡Poder escapar del mundo, del demonio y de la carne, y salvarte para el Cielo!

[140] Si no quieres aceptar lo que te digo, da crédito por lo menos a tu propia experiencia.

Respóndeme: ¿Eras acaso capaz de evitar ciertos pecados graves que sólo tu ceguera te hacía ver como insignificantes, cuando te contentabas con esas cortas oraciones hechas como las hace el cristiano mediocre? ¡Abre, pues, los ojos! Ora y ora siempre, si quieres vivir y morir como santo; sin pecado mortal, por lo menos. Reza todos los días, como hacían los cofrades del Rosario cuando se estableció la Cofradía. Más adelante encontrarás la prueba de cuanto te digo[148].

La Santísima Virgen al dar el Rosario a Santo Domingo, le ordenó rezarlo y hacerlo rezar todos los días. El Santo, por su parte, no recibía en la Cofradía a nadie que no tuviera la firme resolución de rezarlo diariamente.

Si ahora no se exige en la Cofradía del Rosario Ordinario sino la recitación de un Rosario semanal, ello obedece a que se ha apagado el fervor y enfriada la caridad. ¿Qué más se puede pedir a quienes rezan como a pesar suyo? «Pero no es esa la ley del comienzo»[149].

[141] Es preciso, además, tener en cuenta tres advertencias:

– La primera, que si deseas inscribirte en la Cofradía del Rosario Cotidiano y participar en las oraciones y méritos de quienes ya están en ella, no basta[150] con que te inscribas en la Cofradía del Rosario Ordinario, ni que tomes simplemente la resolución de rezar el Rosario todos los días. Tienes que dar tu nombre a quienes han sido autorizados para inscribirte en ella. Será conveniente que te confieses y comulgues en esta circunstancia.

La razón de esta advertencia es que el Rosario Ordinario no incluye el Cotidiano, aunque éste sí, el Ordinario.

– La segunda, que absolutamente hablando, no hay pecado ni siquiera venial, si omites el rezo de Rosario Cotidiano, Semanal o Anual.

La tercera, que cuando la enfermedad, obediencia legítima, necesidad u olvido involuntario te impiden rezar el Rosario, no pierdes el mérito ni la participación en los Rosarios de los demás cofrades. Y, por tanto, no es necesario en absoluto que al día siguiente reces dos Rosarios para suplir al que faltaste, sin culpa tuya, según suponemos. Pero, si la enfermedad te permite rezar una parte del Rosario, debes rezarla.

«Felices tus servidores, que están siempre juntos a ti»[151]. «Felices los que habitan en tu casa, y te alaban sin cesar[152]. ¡Dichosos, Señor Jesús, los cofrades del Rosario Cotidiano, que permanecen todos los días en torno a Ti y en tu casita de Nazaret, al pie de tu cruz y de tu reino en los Cielos, dedicados a contemplar tus misterios gozosos, dolorosos y gloriosos! ¡Qué felices en la tierra, a causa de las gracias que les comunicas! Y ¡qué dichosos en el Cielo, donde te alabarán de manera especialísima por los siglos de los siglos!

[142] En segundo lugar, hay que recitar el Rosario con fe, conforme a las palabras de Jesucristo: «Todo lo que pidan en la oración, crean que ya lo recibieron, y se les dará»[153]. Cree que recibirás de Dios cuanto le pidas, y Él te escuchará y te responderá: «Que te suceda como creíste»[154]. «Si a alguno de Uds. le falta la sabiduría, que la pida a Dios. Pero que pida con fe, sin dudar»[155], recitando el Rosario, y le será concedida.

[143] En tercer lugar, hay que orar con humildad, como el publicano, que estaba de rodillas en tierra y no con una rodilla en el aire o sobre una banca, como hacen los orgullosos. Se quedó a la entrada sin atreverse a llegar hasta el fondo del santuario, como el fariseo. Tenía los ojos clavados en el suelo, sin atreverse a levantarlos al cielo. Sin levantar la cabeza ni mirando acá y allá, como el fariseo. Golpeándose el pecho, confesándose pecador e implorando perdón: «Ten piedad de mí que soy un pecador»[156]. Y no, como el fariseo que se vanagloriaba de sus buenas obras y despreciaba a los demás. Evita la orgullosa oración del fariseo, que volvió a su casa más endurecido y maldito. Imita más bien la humildad del publicano en su oración que le obtuvo el perdón de los pecados.

Evita correr en busca de lo extraordinario y pedir o siquiera desear conocimientos excepcionales, visiones, revelaciones y gracias extraordinarias que Dios comunica a veces a algunos santos, durante la recitación del Rosario. «La fe sola es suficiente»[157], ahora que el Evangelio y todas las devociones y prácticas de piedad se hallan suficientemente establecidas.

No omitas nunca la menor parte del Rosario en las sequedades, desalientos y decaimientos interiores. Será señal de orgullo e infidelidad. Como valiente campeón de Jesús y María, recita el Padrenuestro y el Avemaría en medio de la aridez, aunque sin ver, sentir, ni gustar, esforzándote cuanto puedas por contemplar los misterios.

No suspires por los bombones y golosinas de los niños cuando comes tu pan de cada día. Para imitar más perfectamente a Jesús agonizante, prolonga la recitación de tu Rosario, precisamente cuanto más te cueste el rezarlo: «Empezó a luchar contra la muerte. Oraba con más insistencia»[158]. Así podrá aplicarse a tu caso lo que se ha dicho de Jesucristo, quien cuando estaba en la agonía, oraba más largamente.

[144] En cuanto lugar, ora con total confianza. Con una confianza fundada en la bondad y generosidad infinitas de Dios y en las promesas de Jesucristo. Dios es fuente de agua viva que corre incesantemente en el corazón de los que oran.

Jesús es como el pecho del Padre Eterno, lleno de gracia y de verdad[159]. Ahora bien, el mayor deseo del Padre respecto de nosotros es comunicarnos las aguas saludables de su gracia y misericordia. Y nos grita: «A ver Uds. que andan con sed, ¡vengan a tomar agua!»[160], en la oración. Y si no oras, se queja de que le abandonas: «Me han abandonado a mí, que soy manantial de aguas vivas»[161].

Pedir gracias a Jesucristo es causarle placer, un placer mayor que procura a las madres naturales dar a sus hijos el néctar de sus pechos.

La oración es el canal de la gracia de Dios y a modo de pecho maternal de Jesucristo. Si no acudes a Él con la plegaria, como deben hacerlo todos los hijos de Dios, Jesucristo se queja amorosamente: «Hasta ahora no han pedido nada: pidan y se les dará; busquen y encontrarán, llamen a la puerta y les abrirán»[162]. Más aún, para animarnos a pedir con mayor confianza, llega a empeñar su palabra de que el Eterno Padre nos concederá cuanto le pidamos en su Nombre[163].

 

48a. Rosa

Perseverar en la devoción del Rosario

 

[145] A la confianza debes unir, en quinto lugar, la perseverancia en la oración. Sólo quien persevera en pedir, buscar y llamar, recibirá, encontrará y entrará. No es suficiente pedir a Dios una gracia durante un mes, un año, diez o veinte años: no debes cansarte, sino pedir hasta la muerte y estar resuelto a obtener lo que pides al Señor para la salvación o a morir. Más aún, es preciso unir la muerte con la perseverancia en la oración y la confianza en Dios, y repetir con Job: «No importa que me quites la vida»[164]: seguiré esperando en Él y de Él cuanto le pido.

[146] La generosidad de los ricos y grandes de este mundo se muestra en que se anticipan a favorecer a los necesitados, aun sin esperar que les pidan ayuda. Dios, por el contrario, manifiesta su magnificencia en hacer pedir y buscar por largo tiempo las gracias que nos quiere conceder. Más aún, cuanto más preciosa es la gracia que desea otorgar, más se demora en concederla:

1º a fin de poder aumentarla;

2º a fin de que quien la recibe la aprecie más;

3º a fin de que quien la recibe ponga cuidado en no perderla. Pues no se estima mucho lo que en un momento y con poco esfuerzo se ha conseguido.

Persevera, pues, querido cofrade del Rosario, en pedir a Dios, mediante el Santo Rosario, todas las gracias espirituales y corporales que necesitas, especialmente la divina Sabiduría, que es un tesoro infinito[165] Tarde o temprano, la obtendrás infaliblemente, con tal que no abandones el Rosario ni te desanimes a medio camino[166]. «Te queda aún largo camino»[167]. Sí, antes de reunir suficientes tesoros para la eternidad, aún te queda mucho por andar, muchas adversidades por atravesar, muchas dificultades por superar, muchos enemigos por vencer. Te faltan muchos Padrenuestros y Avemarías para alcanzar el Paraíso y ganar la hermosísima corona que espera a todo fiel cofrade del Rosario.

«No sea que alguien arrebate el premio»[168]. Pon mucho cuidado en que otro, más fiel que tú en rezar bien y diariamente el Rosario, no te arrebate la corona. Esa que constituye tu premio. Dios te la había preparado y la tenías casi ganada con los Rosarios bien rezados. Pero por haberte detenido en el hermoso camino por el que avanzabas tan de prisa –«Habías empezado bien la carrera»[169]–, otro pasó adelante; sí, otro, más diligente y fiel, adquirió y ganó con sus Rosarios y buenas obras lo que necesitaba para comprar esa corona. «¿Quién, pues, te cortó el camino»[170], hacia la conquista de tu corona? ¡Ah! ¡Los enemigos del Santo Rosario, que son muchos!

[147] ¡Créeme! Sólo alcanzarán esa corona los valerosos que la arrebatan por la fuerza[171]. Tales coronas no son para los cobardes, que temen las burlas y amenazas del mundo. Ni para los perezosos y holgazanes, que rezan el Rosario con negligencia, a la carrera, por rutina o a intervalos y según su capricho. Ni para los cobardes que se descorazonan y rinden las armas tan pronto ven a todo el infierno desencadenado contra su Rosario.

Si quieres amado cofrade del Rosario, matricularte al servicio de Jesús y María rezando el Rosario todos los días, prepárate para la tentación: «Hijo mío, si te decides a servir al Señor prepara tu alma para la prueba»[172]. ¡No te hagas ilusiones! Los herejes, los libertinos, las “gentes de bien” según el mundo, los semidevotos y falsos profetas, en sintonía con tu naturaleza corrompida y los poderes infernales, te harán una guerra sin cuartel para obligarte a abandonar esta práctica.

[148] Para prevenirte contra los ataques, no digo de herejes y libertinos declarados, sino de las llamadas “personas de bien” según el mundo, y aun de las personas piadosas que no gustan de esta práctica, voy a describirte con sencillez algo de lo que piensan y dicen todos los días:

«¿Qué querrá decir este charlatán?»[173] «Vamos, persigamos[174] al justo que nos molesta y que se opone a nuestra forma de actuar»[175]. ¿Qué querrá decir este rezandero? ¿Qué está rumiando a toda hora? ¡Tamaña holgazanería! No hace sino ensartar Rosarios. ¡Mucho mejor haría, si trabajara y no se perdiera en semejante santurronería!

–¡Claro que sí! ¡Basta rezar el Rosario, y las alondras caerán asadas del cielo! ¡El Rosario nos va a servir la comida!

–Dios ha dicho: «¡Ayúdate, que yo te ayudaré!» ¿A qué complicarse la vida con tantas oraciones? ¡La oración corta penetra los Cielos!

¡Un Padrenuestro y un Avemaría bien dichos son más que suficientes! Dios no nos ha impuesto el Rosario. Que es cosa buena y hasta óptima cuando se tiene tiempo. ¡Pero, por no rezarlo, no careceremos de la oportunidad de salvarnos! ¡Cuántos santos no lo rezaron!

–Hay gentes que juzgan a todo el mundo según su propia medida. ¡Indiscretos que lo llevan todo al extremo! ¡Escrupulosos que encuentran pecado donde no hay y dicen que quienes no rezan el Rosario se condenarán!

–¿Rezar el Rosario? ¡Eso es bueno para mujercitas ignorantes que no saben leer! ¡Rezar el Rosario! ¿No será mejor rezar el Oficio de Nuestra Señora o los Siete Salmos? ¿Hay acaso algo más hermoso que estos salmos dictados por el mismo Espíritu Santo?

–¿Con qué te propones rezar el Rosario todos los días? ¡Bah! ¡Humo de paja que poco dura! ¿No sería mejor emprender menos cosas y ser más fieles a ellas?

–Vamos, amigo, ¡créeme! ¡Reza bien tus oraciones de la mañana y de la noche, y trabaja por Dios durante el día! ¿Qué más te pide Dios? Si no tuvieras que ganarte la vida, bien pudieras dedicarte a rezar el Rosario, pero... ¡Rézalo, entonces, los domingos y días de fiesta en que nada tienes que hacer, pero no en los días de trabajo! ¡Hay que trabajar!

–¿Cómo? ¿Llevar un rosario tan grande, como de mujeres? ¡Yo los he visto de una sola decena que valen tanto como los de quince!

–¡Qué! ¡Llevar el rosario a la cintura! ¡Qué tontería! ¡Te aconsejo ponértelo al cuello, como hacen los españoles! ¡Esos sí son grandes rezanderos de Rosarios! ¡Llevan uno grande en una mano! ¡Pero, en la otra un puñal para atacar por traición!

–¡Deja, deja esas devociones exteriores! ¡Que la verdadera devoción está en el corazón! Etc.

[149] Muchas personas de talento y grandes doctores, gentes orgullosas y pagadas de sí mismas, casi nunca te aconsejarán el Rosario. Te invitarán más bien a recitar los Siete Salmos penitenciales u otras oraciones, pero el Rosario no.

Si un buen confesor te impone un Rosario como penitencia durante quince días o un mes, basta que te confieses con algunos de estos “señores” para que te cambie la penitencia en otras oraciones, ayunos, Misas o limosnas.

Y, aún si llegas a consultar a ciertas personas de oración, de ésas que hay en el mundo, dado que no reconocen por experiencia personal las excelencias del Rosario, no sólo no lo aconsejarán a nadie, sino que alejarán de él a los demás, invitándoles para que se dediquen a la contemplación, como si el Rosario y la contemplación fueran incompatibles y como si tantos santos, que han sido devotos del Rosario, no hubieran llegado a la más sublime contemplación.

Por otra parte, tus enemigos domésticos te atacarán con mayor crueldad cuanto más unido estás con ellos. Estos enemigos son las potencias del alma y los sentidos del cuerpo, las distracciones de la mente, el cansancio de la voluntad, las arideces del corazón, los abatimientos y enfermedades corporales... Todos juntos, de común acuerdo con los espíritus malignos que se confabularán con ellos, te gritarán: «¡Deja tu Rosario! ¡Él es la causa de ese dolor de cabeza! ¡Deja tu Rosario! ¡No hay obligación de rezarlo bajo pena de pecado! Conténtate con rezar a lo máximo una sola parte. Tus aflicciones son señal de que Dios no quiere que lo reces. Ya lo rezarás mañana, cuando te sientas mejor», etc.

[150] Por último, el Rosario Cotidiano tiene tantos enemigos, que me parece uno de los favores más señalados de Dios el poder perseverar en la práctica de esta devoción hasta la muerte.

Persevera y alcanzarás la corona admirable, preparada en el Cielo a tu fidelidad: «Permanece fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida»[176].

 

49a. Rosa

Explicación sobre las indulgencias

 

[151] A fin de que al rezar el Rosario ganes las indulgencias concedidas a los cofrades, conviene hacer algunas observaciones acerca de ellas.

Indulgencia, en general, es la remisión total o parcial de la pena temporal debida por los pecados actuales ya perdonados. Esta remisión es posible, gracias a la aplicación de las satisfacciones superabundantes de Jesucristo, la Santísima Virgen y los santos, contenidas en el llamado tesoro de la Iglesia.

Indulgencia plenaria es la remisión de todas las penas debidas por el pecado.

«El fiel que, al menos contrito de corazón, ejecuta una obra a la cual esté asignada una indulgencia parcial, consigue, además de la remisión de la pena temporal que logra con su acción, otro tanto de perdón de la pena por la intervención de la Iglesia»[177].

[152] Para que los cofrades del Rosario ganen las indulgencias es preciso[178]:

1) Que estén verdaderamente arrepentidos y confesados y hayan comulgado como prescriben las Bulas sobre las indulgencias.

2) Que no conserven el menor afecto a ningún pecado venial, si se trata de una indulgencia plenaria. Porque, si subsiste el afecto al pecado, subsiste también la culpa y subsistiendo ésta, no se perdona la pena.

3) Que reciten las oraciones y cumplan las buenas obras señaladas por las Bulas.

Cuando, según la intención de los Papas, se puede ganar una indulgencia parcial, sin ganar la plenaria, no siempre es necesario, para ganar la parcial, haber confesado y comulgado. Es lo que sucede con las indulgencias otorgadas al rezo del Santo Rosario, a las procesiones, a los rosarios benditos, etc. No desprecies estas indulgencias.

[153] Flammin y gran número de autores refieren que una distinguida doncella, de nombre Alejandra, convertida milagrosamente e inscrita en la Cofradía del Rosario por Santo Domingo, se apareció al Santo después de muerta para comunicarle que estaba condenada a setecientos años de purgatorio a causa de los pecados que había cometido o hecho cometer a otros con sus vanidades mundanas. Le rogó que le aliviara con las oraciones de los cofrades del Rosario. El Santo lo hizo, y quince días después Alejandra se le apareció de nuevo, más resplandeciente que un sol. En tan corto tiempo había sido librada de la pena, gracias a las oraciones de los cofrades del Rosario hechas en favor suyo. Hizo también saber a Santo Domingo que venía de parte de las almas del Purgatorio a exhortarle a continuar predicando el Rosario y hacer que los parientes de ellas les hicieran partícipes de sus oraciones. Por lo cual ellas les recompensarían abundantemente cuando llegarán a la gloria[179].

[154] A fin de facilitarte el ejercicio del Santo Rosario, quiero ahora ofrecerte varios métodos para rezarlo santamente, con la meditación de los misterios gozosos, dolorosos y gloriosos de Jesús y de María. Adopta el que más te agrade. Tú mismo puedes componer otros, como han hecho muchas santas personas[180].

 
 


[1] El Santo Autor antes escribió el libro y al final añadió estos primeros 8 números; pero con la intención de imprimirlos al comienzo de la obra (ver SAR 4).

[2] El Concilio Vaticano II recomienda evidentemente el rezo del Santo Rosario cuando ordena: «Se recomiendan encarecidamente los ejercicios piadosos del pueblo cristiano... en particular si se hacen por mandato de la Sede Apostólica» (SC 13).

[3] Hech 1,1.

[4] Para comodidad del lector, en esta edición los textos en latín los damos siempre y sólo en castellano.

[5] Sab 2,8.

[6] 1 Pe 5,4.

[7] La división de los 15 Misterios en tres grupos, basada en la historia, corresponde también al “Kerigma” o anuncio inicial sobre Jesús (ver, por ejemplo, Hech 2,22-36).

[8] CN, pág. 189-190 (sacado de: Antoine Boisseu, s.j.: Le chrétien prédestiné par la devoción á Marie, Mére de Dieu. Lyon, 1686. Pág. 752).

[9] Rom 16,6. San Luis de Montfort aplica a la Santísima Virgen el saludo de San Pablo a una cristiana de Roma.

[10] VD 249-254.

[11] Santo Domingo nació en Calaroga (Castilla) en 1171. Viajó por Dinamarca. Y después fue a Roma a pedir en vano al Papa el permiso de irse de misionero a Rusia. Fundó la orden de los Predicadores y en 1216 volvió a Roma en donde se encontró con San Francisco de Asís (1182-1226). Murió en Bologna (Italia) en la tarde del 6 de Agosto de 1221.

[12] Alano de la Rupe, De Dignitate Psalterii; c. 18; Cartagena, De Sacris Arcanis Deiparae; L. 16, h. 1; CN, pág. 187-188.

[13] Alano de la Rupe, De D.P., c. 17; Cartagena, De S.A.D., L. 16, h. 1; CN. pág. 156.

[14] Debe tratarse del libro de Tomás de Cantimpré (Miraculorum et exemplorum sui temporis libri duo), del que conocemos tan sólo la edición latina de Douai (Francia), 1605.

[15] De este libro de Justino Mieckow conocemos únicamente la edición de Nápoles (Italia), 1857.

[16] Muchas páginas de este libro, no han sido copiadas de otros autores, sino que han salido de la experiencia pastoral y de la preparación cultural de San Luis M. de Montfort, por ejemplo son íntegramente del santo los números 1-5; 6c-11a; 12-13; 17; 21-23; 25; 33-35; 39-40c; 44c; 50-51; 54-55; 59c; 74a; 75; 77-78; 85, 95acd; 113-114; 116-118a; 120; 122-126a; 126c-127; 129-132,5; 134-150; 153-154; etc.

[17] Los flagelantes eran herejes que se azotaban para aplacar a Dios lleno de ira por las culpas de la humanidad (según declaraban ellos), pero que después se rebelaron a las autoridades religiosas y civiles. El cisma de 1378, que duró hasta 1417, nació así: por la insistencia de Santa Catalina de Siena (1347-1380), Gregorio XI dejó Aviñón (Francia), en donde los Papas habían residido 70 años, y el 13-1-1377 volvió a Roma (Italia). Pero al año siguiente murió, y durante la elección de su sucesor (Urbano VI), hubo cierta presión por parte del pueblo de Roma. Por eso la mayoría de los cardenales salieron de Roma y eligieron al antipapa Clemente VII, que volvió a Aviñón.

[18] San Luis M. de Montfort decía (VD 227) que era “muy de desear” que fuera “erigida en Cofradía” la asociación de todos los que practican “la esclavitud de Jesucristo en María” (VD 245). El 16-6-1906 nació por fin la COFRADÍA DE MARÍA REINA DE LOS CORAZONES, en la que se pueden inscribir gratuitamente todos los que se consagran como esclavos de amor de Jesús en María según la enseñanza de San Luis María de Montfort. Sus socios también tienen la costumbre (no la obligación) de decir diariamente las 15 decenas del Santo Rosario. Su sede, en la que uno puede inscribirse en el Perú, es: Jr. Pacasmayo 566, Lima 1 - Perú (Telf. 425-1228).

[19] Eclo 19,1.

[20] Históricamente resulta más bien que ya antes de Alano se llamaba Rosario, y que él prefería el nombre de Salterio. La palabra Salterio viene del nombre griego del arpa, e indica el libro de la Biblia que contiene los 150 Salmos, éstos se cantaban al son del arpa.

[21] CN, pág. 156 (sacado de: Johannes Carthagena, De Sacris Arcanis Deiparae Mariae, 1613-1616).

[22] CN, pág. 189 (sacado de: Boisseu).

[23] Alamus de Rupe, Apología, c.22.

[24] También San Luis María de Montfort, que era natural de Bretaña como él, inscribió a más de 100.000 personas en las Cofradías del Rosario que fundó o restauró: se lo había permitido el Superior General de los Dominicos, con un documento que se conserva en veneración hasta ahora.

[25] Alfonso IX (1188-1230).

[26] Eclo 24,31 (según la Biblia traducida por San Jerónimo).

[27] VD 93-104 (sobre los falsos devotos de María).

[28] S. Buenaventura, Psalterium, lect. 4.

[29] Cartagena había sido jesuita, pero murió franciscano en 1617.

[30] Antonino Thomas (anónimo): Le Rosier mystique, 2a edición, Rennes, 1685. Otras ediciones del libro son de 1683; 1686 (Vannes); 1698 (Reims). Los siguientes números del presente libro de San Luis M. de Montfort, están sacados literalmente de ese libro de 150 capítulos en unas 400 páginas: 6a; 26-29; 31; 41-43; 45-48; 56-59b; 60-69; 71-73; 74b; 81-84; 89-94; 96a.; 98-100; 103; 105-112; 121; 126b; 133. A San Luis M. de Montfort los escritos de Alano de la Rupe no han llegado más que a través de éste o de otros autores.

[31] Por ejemplo, la actual documentación histórica niega la autenticidad de las revelaciones del Beato Alano de la Rupe, que San Luis M. de Montfort, siguiendo la opinión de su tiempo, refiere como ciertas (SAR 50) en este libro suyo (números 11; 14-15; 18-20; 45; 49; 83; 86; 100; 105-112; 115 y 118). El mismo Coppenstein que preparó la edición de las obras del Beato Alano, admite que las “arregló”, y después fueron impresas en Friburgo en 1619, en Colonia en 1624, en Nápoles en 1630, en Imola (Italia) en 1847. El Beato Alano nació en Bretaña (oeste de Francia) en 1428, y murió en Zwolle (Holanda) el 8-9-1475. Sus revelaciones pueden considerarse aleccionadoras leyendas que, como dice aquí San Luis M. de Montfort, “no son contrarias a la razón, a la fe o a las buenas costumbres”. Santo Domingo no tomó parte en la organización y difusión del Rosario, aunque lo usaba (Ver aquí pág. 136).

[32] 1 Cor 13,7.

San Luis María escribió este libro por el mes de enero de 1711: después de la tragedia de Pontchâteau (13-9-1710), a la que siguió la prohibición de ejercer la predicación hasta marzo de 1711 (cuando fue invitado a predicar en la diócesis de Lucon). El Santo aprovechó estos meses de forzada inactividad en Nantes, para fundar el Hospital de los incurables, para preparar la primera edición de sus cánticos (120 páginas), impreso exactamente en 1711, y para publicar la Carta a los Amigos de la Cruz (cuya Cofradía había fundado allí en Nantes, en la Parroquia de Saint-Similien, durante la Misión de 1708). En esta misma época consiguió del Superior General de los Dominicos el permiso de inscribir a todo el mundo en la Cofradía del Smo. Rosario; y además, después de su año de noviciado, el 10-11-1710, el mismo San Luis María se inscribió en la Tercera Orden de Santo Domingo, en las manos del P. José Le Gault, Superior del Convento de los Dominicos de Nantes.

[33] Heb 11,6.

[34] Estrofa cuarta del himno “Pange lingua”.

[35] PL 4, 537.

[36] PL 1, 1255.

[37] Kempis, Enchiridium Monachorum, c.3.

[38] PG 57, 278.

[39] Jn 11,42 y Heb 5,7.

[40] Ef 5,30.

[41] PL 41, 748.

[42] Prov 24,16.

[43] Mt 6,9-13.

[44] Sal 98,3.

[45] Is 6,3.

[46] Lev 11,44,-45... y 1 Pe 1,16.

[47] Ex 3,14.

[48] Sal 100,10; Prov 1,7...

[49] Prov 15,27; Eclo 1,27.

[50] Lc 1,28.42. San Hipólito de Roma (+235) ya atribuye a María el título de “Madre de Dios” antes que lo hicieran los Concilios de Éfeso (431) y de Calcedonia (451). Pero la segunda parte del Avemaría se encuentra completa recién en el libro que Gasparino Boro imprimió en Brescia (Italia) en el año 1498, aunque nadie se sentía obligado a usarla, mientras no lo ordenó el Papa San Pío V (1504-1572). En tiempos de San Luis M. de Montfort se atribuía al Concilio de Efeso. Esta conjetura lanzada por San Pedro Canisio (1521-1597), no tiene base histórica: casi toda la segunda parte del Avemaría ya se leía en los libros litúrgicos orientales antiguos, pero no como parte del Avemaría (Obras del Montfort, 1954, pág. 335).

[51] VD 253. El comienzo de este número 45 está sacado de Alano (De D.P; 2,10) y la conclusión también (De D.P. 4,49).

[52] Sal 143,9.

[53] VD 148 y 225.

[54] Revelaciones, Buenos Aires, 1942, pág. 131. Cap. 42.

[55] VD 250.

[56] Beato Alano, de D.P., c. 11.

[57] Esta constatación es de mucha actualidad para nuestros tiempos.

[58] SAR 147-149.

[59] Juan Pablo II no se sentía anticuado cuando, el 29-10-1978, hizo suya esa idea declarando: «El Rosario es mi oración predilecta. ¡Plegaria maravillosa! Maravillosa en su sencillez y en su profundidad».

[60] VD 249-253.

[61] Ver antes: Rosa 2a. y 4a.

[62] Prov 8.17.21.

[63] 2 Cor 9,6.

[64] Psalterium, lect. 4; VD 144-181.

[65] VD 121. 133... María no se deja vencer en generosidad.

[66] Lc 6,38.

[67] Eclo 3,5.

[68] Liber Rev. c. 53.

[69] Poiré, La Triple Couronne, París, 1639; 3,13.

[70] Cartagena, en CN, pág. 14-157.

[71] CN, pág. 187.

[72] “Iluminada” es uno de los sentidos, etimológicos que se atribuyen al nombre de María. El “Sol de Justicia” es Jesucristo (Mal 4,2), que ha vestido a María con su propio esplendor divino (Ap 12,1).

[73] El Avemaría se llama también “salutación angélica”, porque comienza con el saludo del Ángel a la Virgen (Lc 1,28), que en griego se dice “jaire” (“alégrate”), y en latín se dice “ave” (“buenos días”). Igualmente el Padrenuestro se llama también “oración dominical” porque nos lo enseñó (Mt 6,9) Jesucristo, nuestro Señor (en latín “Señor” se dice “Dominus”, de donde viene “dominical”).

[74] El uso del “Gloria al Padre” en el Rosario (que Antonino Thomas no pedía), ha sido generalizado por San Luis M. de Montfort, pero ya Juan de Muylly en 1240 dice que ese Gloria se añadía a las decenas del Rosario (Enciclopedia Espasa, 52, 350). Sin embargo, nuestro mismo Santo la pide tan sólo aquí y en el método que sigue inmediatamente al SAR.

EL ROSARIO DE LA AURORA se suele recitar durante las Santas Misiones, el mes de mayo y de octubre, el primer sábado de cada mes y en otras oportunidades. Se avisa a la gente tocando la campana de la iglesia u otra campanilla por las calles. O llamando por teléfono, o tocando las puertas de los edificios. Muchos lo comienzan en el templo a las 5.30 a.m., y de allí salen a recorrer las calles por una media hora, llevando una estatua no muy grande de la Santísima Virgen; y lo terminan en la misma iglesia, con una charlita o escuchando la Santa Misa. Este Rosario se reza como cualquier Rosario, pero intercalando muchos cánticos.

[75] Ef 5,1.

[76] Ver Lam 1,12.

[77] Ver Lam 3,19.

[78] Mt 25,12.

[79] Según una tradición no confirmada por la historia, María Magdalena después de la resurrección del Señor se fue a llevar vida de penitencia en la gruta de Sainte-Baume (Cueva Santa) que se encuentra en Provenza (Francia).

[80] ST II-II, 182,3.

[81] San Luis M. de Montfort identifica al demonio del mediodía (Sal 90,6) con «el demonio que se disfraza de ángel de luz» (2 Cor 11,14), que tienta con motivos espirituales.

[82] Mt 6,9.

[83] En nota San Luis M. de Montfort transcribe el siguiente texto del libro de las Revelaciones de Santa Catalina de Siena: «Cualquiera, justo o pecador, que acuda a Ella con devoto respeto, no será engañado ni devorado por el demonio infernal».

[84] Gén 25,12.

[85] CN, pág. 197 (sacado de: Cavanas, o.p., Les Merveilles du sacré Rosaire, París, 1629. pág. 450).

[86] Antiguo Oficio de Santa Marta, segundo nocturno, lectura 5a.

[87] Filp 3,8.

[88] 1 Re 10,8.

[89] Jn 17,3.

[90] Job 7,1.

[91] Ef 6,12.

[92] 1 Pe 4,1.

[93] Ef 6,11.

[94] Cuando en agosto de 1713, San Luis M. de Montfort va por última vez a París a buscar Misioneros, habla con entusiasmo a los 70 futuros sacerdotes del Seminario del Espíritu Santo (fundado por su compañero de estudios que había sido Claudio Poullard des Places, fallecido 4 años antes, a la edad de 30 años). Les dice: «No hay pecador que me resista cuando lo he cogido del cuello con mi rosario». Ver también SAR 77 y 87.

[95] PL 40,1273-1274.

[96] Chronica, 7.2.

[97] Del 4 de Octubre de 1520.

[98] El 17 de septiembre de 1569.

[99] Filp 2,10.

[100] Ap 5,9-11.

[101] Joannes López, De Beatae Virginis Rosario. Este Juan López, Obispo de Monópoli (Italia), de 1613 a 1622 publicó en Valladolid una historia de Santo Domingo.

[102] Para no crear confusión en el lector, dejamos de lado la segunda parte del número 96 y todo el número 97 del texto original. En su lugar ponemos en SAR 97 el texto oficial que Pablo VI aprobó el 14-6-1968.

[103] Pero muchos evitan la confusión llamando “Corona” a la tercera parte del Rosario.

[104] El que reza el Rosario logra por lo menos la indulgencia parcial (SAR 151), cuando faltara cualquiera de los requisitos para conseguir la plenaria.

[105] Todas las indulgencias plenarias y parciales de las que se habla en este libro, actualmente se logran sin que uno se inscriba en ninguna Cofradía, sin que use las cuentas de ningún rosario (por ejemplo uno puede contar las 10 Avemarías de cada decena con los 10 dedos de las manos), y sin que uno rece el Rosario de rodillas (aunque San Luis M. de Montfort en SAR 129 lo aconseje).

[106] Alano de la Rupe, De Dignitate Psalterii, c. 53.

[107] Ros. Myst. 7a. ed., cap. 1.

[108] CN 193-194; VD 42; Boisseu, pág. 622.

[109] Los números 103-104 corresponden a un único número del manuscrito original, que en el Nº 103 está en latín, y en el Nº 104 está traducido al francés.

[110] Alano de la Rupe, De Dignitate Psalterii, 2,17.

[111] Alano de la Rupe, De Dignitate Psalterii, 4,41.

[112] Alano de la Rupe, De Dignitate Psalterii, 4,40.

[113] Alano de la Rupe, De Dignitate Psalterii, 4,65.

[114] Alano de la Rupe, De Dignitate Psalterii, 4,64.

[115] Alano de la Rupe, Apología c.1

[116] Ver VD 1.

[117] J.A. Coppenstein, B.F. Alani Redivivi “Tractatus Mirabilis”, c.1, p.3.

[118] Eclo 15,9.

[119] Mc 7,6.

[120] VD 93-104.

[121] VD 98.

[122] Santo Tomás escribe (ST II, II, 33, 13, 3): «Estar en ella voluntariamente distraído, es pecado e impide el fruto de la oración».

[123] Jer 48,10.

[124] Chronica Virginis, año 1235. Este gran devoto de la Santísima Virgen murió en 1245.

[125] Son los Salmos 6; 31; 37; 50; 101; 129; 142.

[126] Tanquerey (Compendio de teología ascética y mística, 655) dice que si hemos hecho lo posible para evitar las distracciones voluntarias, «no hemos de inquietarnos por las involuntarias que cruzan nuestra mente o turban la imaginación; pruebas son y no pecados y, si sabemos sacar fruto de ellas (combatiéndolas), acrecientan nuestros méritos y el valor de nuestras oraciones».

[127] Lc 16,10.

[128] En este consejo de Antonino Thomas y en la idea (SAR 120) de San Luis María de ofrecer las decenas se basa el Rosario Monfortiano (pág. 152).

[129] Los inscritos del Rosario Viviente se comprometen a recitar diariamente una decena del Santo Rosario. Ellos se organizan en grupos de 15 personas, que diariamente rezan por turno uno de los 15 misterios del Rosario. El Rosario Viviente tiene como finalidad principal llevar poco a poco a todos los católicos a rezar cada día el Rosario completo (de 5 ó 15 decenas). El Rosario Viviente, con su cuota anual en favor de la buena prensa, fue fundada en 1826 por Paulina Jaricot (1799-1822), que era natural de Lyón (Francia), y que a la edad de 20 años lanzó lo que ahora se llama «Obras Misionales Pontificias», de las que vienen el Dómund de octubre y las otras campañas misionales mundiales. Se trataba de una asociación en favor de las Misiones de China, adonde iba a ir su hermano Fileas que era seminarista en París. Organizó coros de 10 personas, con cuota semanal de 5 centavos; cada coro tenía un responsable, y 10 coros formaban una centena. La primera semana recogió 87 francos; la segunda, 300; la tercera, 1800... En 1834 los inscritos en el Rosario Viviente, en Francia ya eran más de un millón. Paulina escribía: «Lo importante era lograr que las masas enteras se encariñaran del Rosario». Ya en 1831 había constatado: «Los Rosarios (grupos de 15 personas) se multiplican con una rapidez increíble en Italia, Suiza, Bélgica, Inglaterra, en muchos países de América y en otras partes». No hay que confundir este Rosario Viviente, con otro que lleva el mismo nombre y que se reza haciendo un círculo de 50 señoritas (que representan las 50 Avemarías) intercaladas con 5 muchachos (que representan los 5 Padrenuestros): cada una de las 55 personas, sale del círculo, por turno, después de pronunciar la oración que ella representa, y entrega una flor a una estatua de la Virgen que preside el Rosario, o bien saca una espina (o alfiler) de un corazón de tela que la estatua lleve en el pecho.

[130] J.A. Coppenstein, B.F. Alani Redivivi “Tractatus Mirabilis”, c. 70.

[131] Ver Sal 56,8; 107,2.

[132] Completas es la última parte de la Liturgia de las Horas (se celebra en las noches).

[133] Ver Mt 4,8.

[134] Si no se dicen seguidas las 5 decenas, se logra tan sólo la indulgencia parcial (ver SAR 97).

[135] Ver antes, número 25.

[136] Mt 18,20.

[137] Breve “Ad perpetuam rei memoriam”, de 1626. Se llama “breve” un documento emanado por el Papa, pero que reviste menor importancia que otros como las bulas, los decretos, las constituciones, las exhortaciones, las encíclicas, etc. Para la indulgencia, ver SAR 97.

[138] Bula “Gloriosa”, del 15-7-1579.

[139] El Papa León XIII el 1-9-1883 ordenó que en todo el mundo OCTUBRE FUERA EL MES DEL ROSARIO: «Queremos que el mes de octubre de este año se consagre enteramente a la celestial Reina del Rosario. Decretamos por lo mismo y ordenamos que en todo el orbe católico ... desde el primer día del mes de octubre próximo, hasta el segundo día del mes de noviembre siguiente, se recen religiosamente en todas las iglesias parroquiales ... al menos cinco decenas del Rosario». Es que en octubre (el 7) se encuentra la fiesta de la Virgen del Rosario, desde que el Papa Gregorio XIII, el 1-4-1573 la instituyó como acción de gracias por la victoria que los cristianos lograron contra los turcos (quienes querían destruir el cristianismo) el 7 de octubre de 1571, en Lepanto (Grecia), mientras el Papa San Pío V y muchísimos católicos rezaban el Santo Rosario. El 11-2-1858 la Virgen se apareció en Lourdes (Francia) recomendando el rezo del Santo Rosario, y por eso los Padres Dominicos de España comenzaron a dedicar al Rosario todo el mes de octubre en el que ya se celebraba su fiesta. Finalmente el P. José María Morán, anteriormente misionero en México, publicó su excelente libro titulado “Mes del Rosario”, alabado y adoptado por treinta Obispos españoles, tanto que en 1867 el Papa Pío IX concedió al mes de octubre las mismas indulgencias del mes de mayo. Las Cofradías del Rosario ya desde el siglo XV solemnizaban el primer domingo de octubre (mes de los frutos, siendo mayo el mes de las flores, para los que están en el hemisferio norte) con una Misa en honor de la Virgen. El 17-3-1572, San Pío V instituyó la fiesta de Nuestra Señora de las Victorias. En cuanto al mes de octubre como mes del Rosario, el primero que lo organizó fue el dominico español P. José Peralta Márquez.

[140] Luis XII (1610-1643).

[141] Es lo que promueven los miembros de la Legión de María (cuyo Maestro, dice su Manual en la pág 57, es San Luis M. de Montfort), y muchas otras asociaciones católicas.

[142] Eclo 7,2 y Ap 18,4.

[143] Lc 18,1.

[144] Jn 13,15.

[145] Lc 6,12b.

[146] Mt 26,41.

[147] Estas finas e irónicas observaciones sirven de mucha actualidad para varios católicos de hoy. Ver VD 186-200.

[148] SAR 153.

[149] Mt 19,8.

[150] Ver SAR 97.

[151] 1 Re 10,8.

[152] Sal 83,5.

[153] Mc 11,24.

[154] Mt 8,13.

[155] Sant 1,5.6.

[156] Lc 18,13.

[157] Ver Hab 2,4: Heb 10,38; Gál 3,11. Ver SAR 35.

[158] Lc 22,44.

[159] Jn 1,14-16. Del «pecho del Padre (mamila Patris)» habla San Clemente de Alejandría (PG 8,302; CN 285).

[160] Is 55,1.

[161] Jer 2,13.

[162] Mt 7,7.

[163] Jn 15,23.

[164] Job 13,15.

[165] Sab 7,14.

[166] 1 Cor 9,24-27.

[167] 1 Re 19,7.

[168] Ap 3,11.

[169] Gál 5,7.

[170] Gál 5,7.

[171] Mt 11,12.

[172] Eclo 2,1.

[173] Hech 17,18.

[174] Ex 1,10.

[175] Sab 2,12.

[176] Ap 2,10.

[177] Lo que está entre comillas es el número 6 de las Normas sobre las indulgencias, que Pablo VI aprobó el 14-6-1968.

El fiel que realiza una obra indulgenciada puede compararse a un obrero que por su trabajo recibe el salario, y además un sobresueldo, que es otro tanto del salario. La indulgencia perdona solamente la pena de aquellos pecados ya perdonados en cuanto a la culpa, la cual se perdona por la confesión y por la contrición.

[178] En base a la Colección de las Indulgencias, aprobadas por Pablo VI el 14 de junio de 1968, las 7 condiciones para lograr las indulgencias plenarias son: tener la intención de lograrlas (basta que uno ponga la intención una sola vez en su vida de lograr todas las posibles indulgencias); no haber logrado otra en el mismo día (sólo los moribundos pueden lograr la suya aunque hayan logrado otra en el mismo día); no tener afecto ni siquiera al pecado venial; rezar por el Papa (aunque sea un Padrenuestro y un Avemaría); cumplir con alguna de las obras indicadas en la Colección (por ejemplo el Rosario según el número 97 de este libro); confesarse y comulgar (aunque sea unos 8 días antes o después). Para cada indulgencia plenaria es necesaria una Comunión distinta: en cambio una Confesión vale para diversas indulgencias plenarias.

[179] Cavanac, o.p.: Les merveilles du sacré Rosaire, París 1679, c. 8; CN pág. 196.

[180] El manuscrito no presenta, como sería de esperar, la 50ª rosa. ¿Está constituida por los Métodos para rezar el santo Rosario, que San Luis M. de Montfort ofrece a continuación? En el manuscrito de SAR aparecen dos métodos (que  encontrarás a pág. 152 y pág. 159 de este libro) que  Montfort titula: «Métodos para rezar el santo Rosario y atraer sobre sí la gracia de los misterios de la vida, pasión y gloria de Jesús y de María».