El resplandor de Cristo


«Tengo siete años y he venido a Valencia para ver al Papa, con mis padres y mis cuatro hermanos», me decía Patricia, camino de la Ciudad de las Artes y las Ciencias, para asistir a la Misa presidida por Benedicto XVI con la que se coronaba el V Encuentro Mundial de las Familias. Caminábamos en medio de un pueblo unido, feliz, una preciosa multitud formada de esposos y de hijos, de abuelos, tíos y primos, amigos y compañeros de unos y de otros… Nos acabábamos de encontrar, pero estábamos hablando como si nos conociéramos de toda la vida. Es el milagro de la Iglesia, una y católica, que permite experimentar el gozo de la vida, es decir, las antípodas de la triste soledad que sólo conduce a la muerte, por muchas y sofisticadas falsas alegrías que se fabriquen. –«¿Y por qué quieres ver al Papa?», le pregunté. –«¡Porque es una persona muy importante!», respondió Patricia de inmediato. Le volví a preguntar: «¿Y por qué es tan importante?» Su respuesta me conmovió: «Porque quiere mucho a Jesús». –«Entonces –le dije–, tú eres también muy importante, ¿verdad?» Seguimos hablando, y ella me explicaba que sí, que quería mucho, mucho a Jesús, porque desde muy pequeñita lo sentía muy cerca, en su casa, con sus padres y sus hermanos. En ese momento, llegamos al centro mismo de la conversación.


«Claro –le dije–, amas tanto a Jesús porque Él te ha amado primero, y te ama a cada instante, y te ama para siempre. Por mucho que tú le quieras, Él te quiere más, mucho más, infinitamente más; ¡imagínate, ha dado la vida en la Cruz por ti, y por tu familia, y por tus amigos, y por todos! Si Jesús nos quiere de este modo, ¿no será porque somos muy importantes? Igual que tú, desde muy pequeña, te sientes feliz, es decir, te sientes muy importante, porque sabes que todos en casa te quieren, ¿cómo no te vas a sentir la persona más importante del mundo si Quien te quiere tanto, tanto, es nada menos que el mismo Dios, hecho carne y que está con nosotros para hacernos precisamente familia suya, y darnos su misma vida, que no tiene fin?» Patricia lo entendía muy bien. Con Jesús, todo cambia, todo se vuelve importante, y es fuente de la verdadera alegría. Por eso estábamos todos tan contentos en Valencia. Es a Jesús a Quien veíamos cuando nos mirábamos unos a otros. Veíamos la auténtica verdad de quiénes somos, ¡imagen de Dios! Eso es lo que le sucedía a Patricia todos los días en su casa, y nos puede suceder a todos, mientras no se nos enturbien los ojos.


La crisis actual de la familia –se ha dicho estos días en el Congreso internacional celebrado en Valencia– no sólo se descubre en los graves males que padece, las rupturas matrimoniales, la disminución de la natalidad, o los hijos sin padres… Tiene una venenosa raíz al concebirla como un refugio que debe resolver el problema afectivo del hombre, y entonces viene la decepción. ¿La solución de los expertos? Cambiar de pareja, rehacer mi vida, se dice. ¿Resultado? Una triste espiral en la que se aplaza el problema hasta la siguiente decepción. Y nunca cesarán las decepciones, mientras la mirada sobre el otro se quede en la superficie, sin llegar a descubrir que, en realidad, es signo de Otro. Todo cambia, sin duda, cuando descubrimos, como la pequeña Patricia, que delante de los ojos tenemos el resplandor de Cristo.

Alfonso Simón (A&O 507)