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Niños ante Dios: 'Jesús, aquí estoy, haz de mí lo que quieras'

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Contenido
Adoración del Santísimo
Niños, contemplativos por excelencia
Primero, Dios; luego, todo lo demás
El Rosario, en el recreo
"¡Jesús, elígeme, porfa!"
Mi hijo me lleva a rezar
La Primera Confesión
El domingo y la familia



Un buen examen de conciencia para esta Cuaresma podría consistir en verificar la propia relación con el Señor confrontándola con la de los niños, de los que habla esta página. En ella se descubre el tesoro que constituye la fe depositada en el corazón de los más pequeños. En los niños, la relación con Dios no es nada infantil, sino pura, espontánea y natural. Su entrega al Señor es total, sin miedos ni reservas; y su confianza en Jesús es absoluta. Los niños son verdaderamente los privilegiados del Espíritu Santo, la imagen de una fe realmente adulta y el modelo de un auténtico evangelizador. Sólo una fe así nos hará entrar en el reino de los cielos.

Adoración del Santísimo
La Adoración es un abrazo con Jesús, en el que le digo: Yo soy tuyo y te pido que tú también estés siempre conmigo": así le explicaba Benedicto XVI a un niño lo que es la adoración eucarística.

 

Y los niños lo entienden muy bien. Después del Congreso Eucarístico Nacional celebrado en Toledo, en el año 2010, la Hermana Mercedes Mayordomo, de las Francis-canas Misioneras de María, los sacerdotes don José Luis Martínez y don Diego Mingo, junto al laico don David Jiménez, iniciaron una experiencia de adoración eucarística de los niños, que tiene lugar los primeros viernes de mes en la capilla de las Franciscanas Misioneras de María, en Burgos (calle San Pablo 35). Todo surgió después de ver, en el Congreso de Toledo, a 1.200 niños en Adoración en la catedral primada: "Esa experiencia nos confirmó que los niños tienen sed del Absoluto".

"En nuestra sociedad secularizada puede parecer un despropósito acercar a los niños a la adoración eucarística -reconocen-. Por eso, en muchas ocasiones, hemos considerado la adoración eucarística como exclusiva de los adultos. Nos resulta complicado explicar a los pequeños que, en esa forma blanca, está la presencia sacramental y real de Jesús". Sin embargo, "hemos palpado reiteradamente que el niño es un contemplativo por excelencia. No es que lo crea todo, y ya está, sino que, desde el día de su Bautismo, posee un corazón sencillo y habitado por la presencia trinitaria: basta que le acerquemos a la fuente para que beba y el Señor apague esa sed de profundizar en su fe, incluso a una edad temprana".


Niños, contemplativos por excelencia
Gracias a su experiencia de Adoración con niños, desmontan el tópico de que los niños son demasiado pequeños, que no entienden todavía, que no conviene dar pasos forzados... "Son cosas que decimos cuando no nos queremos comprometer, pero todo eso es mentira de adulto, pues la realidad del Espíritu Santo no es ésa", explican. Más bien al contrario, "el niño debe crecer y llegar a ser adulto en todo, en lo físico, en lo intelectual y en lo espiritual; si no, será una persona incompleta. Hay experiencias constatadas de la necesidad del niño de vivir esta dimensión transcendente. La edad no es impedimento".

A los niños los traen sus padres y también algunos catequistas. Incluso hay una catequista que acude en autobús, con 6 ó 7 niños, desde su parroquia, a cinco kilómetros de la ciudad. Primero tienen un rato en el que los niños preparan los cantos y se les explica qué es lo que van a hacer después. Luego, entran en la capilla, tienen un tiempo de oración y después el sacerdote les imparte la bendición con el Santísimo en la custodia.

"Es sorprendente ver a más de treinta niños, de diversas edades, en silencio y participando con recogimiento en la Adoración", reconocen los responsables. "Sus rostros quedan como transfigurados, cuando el sacerdote los bendice con Jesús sacramentado, o cuando se acercan ante Jesús hasta la custodia y, sin ningún complejo y con la máxima naturalidad, dicen: Jesús, aquí estoy, haz de mí lo que quieras.

Eso sí, cuando salen de la capilla, vuelven a ser los niños de siempre. Como el día que realizamos una procesión eucarística por el jardín: en las diferentes paradas, las mamás proclamaban textos bíblicos escogidos para ese momento, pero los más pequeños solo deseaban conseguir pétalos de rosa para Jesús".

Primero, Dios; luego, todo lo demás
También los padres están implicados en la oración de sus hijos. "No se trata de llevarlos a la Adoración sin más -explican los responsables de esta iniciativa-. Es preciso implicar a los padres, para que se formen y sepan acompañar y alentar la vida de fe de sus hijos, al igual que alentaron su vida natural". Una de esas madres es Inmaculada Sancho, madre de dos pequeños, de 6 y 9 años, quien manifiesta su sorpresa porque, "en una sociedad descristianizada, estos niños van a la Adoración..., ¡y quieren volver! La liturgia es muy bonita; especialmente, la bendición con el Santísimo les impresiona y les encanta. Hay niños muy traviesos que se quedan quietos, impresionados. Los niños viven la religión como algo alegre, y por eso les va llegando todo".

La experiencia de Pilar Nogués es similar, aunque en su caso la devoción por la Adoración viene de lejos: el día de su boda, organizaron media hora de Adoración previa a la ceremonia. Hoy lleva a la casa de las Franciscana Misioneras de María a sus dos hijos, de 7 y 11 años, y reconoce que "los niños tienen una capacidad de trascendencia mayor que la del adulto.oración Para ellos, todo es más sencillo. Ellos son capaces de sentarse delante del Santísimo con más sencillez que los mayores. Tienen una capacidad de entrega increíble. Les veo mucho más abiertos al Espíritu que nosotros". Y Ana Chiri, madre de cinco hijos -lleva a las tres pequeñas a la Adoración-, recuerda que, cuando era pequeña, "mi abuela me llevaba también todos los primeros viernes de mes a la Adoración en la iglesia del pueblo. Lo recuerdo con mucho cariño; por eso, pienso que lo primero es acercar a los niños a Dios. Luego viene todo lo demás".

El Rosario, en el recreo
Pero es que, en ocasiones, a los niños no hace falta acercarlos a Dios; ya lo buscan ellos mismos, y con iniciativas del Espíritu Santo que son realmente sorprendentes. Los alumnos del colegio Juan Pablo II, de Alcorcón (Madrid), son un buen ejemplo de cómo los propios niños son, no sólo los mejores evangelizadores, sino también los más eficaces programadores de la pastoral del centro. Don José Julio, el capellán del colegio, cuenta que, "un día, un pequeño grupo de tres o cuatro niñas pidió rezar un misterio del Rosario en la capilla, durante el tiempo del recreo. A una de ellas, su abuela le había enseñado a rezar el Rosario, ella se lo había enseñado a sus amigas y querían rezarlo juntas". Lejos de quedarse ahí, aquel pequeño grupo de alumnas empezó a animar a los compañeros de otras clases y, en pocos días, eran más de 30 los alumnos que, voluntariamente, dedicaban un rato de su recreo a rezar un misterio del Rosario. Oraciones de los niñosLa voz corrió como la pólvora por los pasillos del centro, "los chavales se animaban unos a otros, y hasta los mayores cuidaban de los pequeños mientras rezaban el Rosario". Ahora, son tantos los alumnos que quieren rezar con María durante el recreo, que han tenido que hacer dos turnos, porque no entran todos en la capilla (con capacidad para 70 personas). Don Carlos, el director del colegio, que, "como los alumnos no podían quedarse solos en la capilla, pedimos profesores voluntarios que se quedasen con ellos; así que ahora hay un grupo de profesores que reza el Rosario cada día gracias a la iniciativa de sus alumnos".

"¡Jesús, elígeme, porfa!"
Y, como también los niños van a Jesús por María, don José Julio cuenta que, "al ver el interés que tenían por la oración, propuse que, a última hora de la mañana de cada jueves, tuviésemos el Santísimo expuesto en la capilla, para que los chavales que quisieran pudieran tener una Hora Santa. Al director le pareció buena idea, y así lo hicimos". Con espectaculares resultados: "A la primera adoración eucarística vinieron voluntariamente 40 alumnos; y, en la última, que fue hace una semana, hubo más de 100". Es normal, claro, que el capellán no sólo esté encantado, sino también conmovido: "Impresiona mucho ver cómo los niños captan todo lo que tiene que ver con Dios, y también ver cómo el Señor actúa en ellos. A veces pensamos que, como los niños están volcados, por su propio desarrollo, en captar todo lo externo, es difícil ayudarles a descubrir su mundo interior. Pero luego ves que sólo hace falta ponerlos en contacto con Jesús, y Él hace el resto. Yo siempre les digo que hablen con Él, que le cuenten sus cosas, y que le dejen hablar, porque Jesús siempre habla, pero no con ruido, sino con un sentimiento de amor. Y, por eso, pueden reconocer lo que les dice por la alegría que se les pone en el corazón".

Ese contacto es lo que más cultivan en el colegio Juan Pablo II y, por eso, las anécdotas se le amontonan al capellán: "La capilla siempre está abierta para que los alumnos pasen a rezar cuando quieran, y casi siempre hay alguien. A veces, al pie de la Virgen, aparece alguna flor o algún dibujo; y junto al sagrario hemos puesto un buzón de Cartas a Jesús, y los niños saben que esas cartas sólo las puede leer el Papa, si viene, y yo, que soy el capellán. El otro día apareció una que ponía: Jesús, me encantaría ser monaguillo, ¡elígeme, "porfa"! Y si lo hago mal y tienes que castigarme, me castigas, ¡pero elígeme! También, hace unas semanas, entré en la capilla y vi a un grupo de niños, de unos 10 años, arrodillados delante del Sagrario, y en silencio. Me acerqué, vi que uno tenía los ojos rojos de haber llorado y les pregunté: ¿Qué ha pasado? Me dijeron:

 Dice Jesús: "Dejad que los niños vengan a mí"

Es que se ha muerto la abuela de Fulanito (el de los ojos rojos) y estamos aquí rezando con él. La idea salió de ellos solos, ¡nadie se lo había dicho!" Además, la fe de los alumnos también salpica a sus padres: "Hace unos días -cuenta don José Julio-, una madre entró en la capilla a primera hora, casi arrastrada, por su hijo pequeño, que tiraba de ella hacia dentro. Al verme, empezó a disculparse por entrar en la capilla: Es que el niño se ha empeñado en que pase a ver a Jesús, y claro..."

Mi hijo me lleva a rezar
Esa experiencia de un hijo que arrastra a sus padres a Jesús la conocen bien Ricardo y Carmen. Gracias a su hijo Martín, han vuelto a descubrir el tesoro de una fe que tenían algo dormida. "Nosotros somos cristianos porque estamos bautizados -cuenta Ricardo-, y creíamos que éramos buenos cristianos, pero poco a poco nos hemos dado cuenta de que no era así. Íbamos a Misa cuando nos apetecía. Creíamos que con ser buenos era suficiente; ni íbamos a confesarnos ni nada". En éstas, su hijo Martín, que por entonces se estaba pre-parando para recibir la Primera Comunión, empezó a tirar de ellos para que volvieran a la Iglesia con fuerza: "Nuestro hijo nos ha ido empujando, nos decía que teníamos que ir a Misa, que eso de ir sólo a veces no era ser cristiano. Martín ha sido un empuje extraordinario, nos da consejos y todo. Incluso a veces vamos a Misa entre semana, o hacemos una visita al Santísimo. Cuando nos ve tristes, nos dice que no nos preocupemos. ¡Imagina lo que es para mí que mi propio hijo, con 12 años, me lleve a rezar! Nos hemos dado cuenta de que tenemos que hacer nuestro camino, que necesitamos ir a la iglesia, ir a Misa, confesarnos..., ¡y nos gusta!"

En la familia, en la parroquia, en el colegio, los niños son contemplativos porque lo llevan en su corazón limpio de prejuicios; los niños piden a Dios y necesitan estar con Jesús y María; y son capaces de llevar a sus amigos y a sus padres a Cristo y a la capilla porque lo ven como algo completamente natural, sin necesidad de hacer de la evangelización la materia de un congreso o de un artículo periodístico. Ellos, por sí mismos, necesitan, quieren y solicitan acercarse a Quien llena su corazón de pureza y de fe sencilla. A los adultos, tan sabios y entendidos, al menos se nos pide no estorbar: No se lo impidáis.
Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
José Antonio Méndez


La Primera Confesión
Me piden que explique, con una anécdota, cómo los niños más pequeños a veces consiguen que sus padres se acerquen de nuevo a Dios. ¿Una anécdota? Lo difícil es elegir entre las cien o doscientas que uno recuerda.
A punto de empezar la primavera, las niñas de 3º de Primaria, del colegio Aldeafuente, se preparaban llenas de entusiasmo para acercarse al sacramento de la Penitencia. Unos meses más tarde harían la Primera Comunión.
-Pero una niña de esa edad aún no ha aprendido a ofender a Dios -dijo la mamá de Marta-.
-Ojalá no aprenda nunca -le contesté-. Pero lo importante es que ya sabe pedir perdón. Y cuando tú le perdonas, le encanta que le des un par de besos, ¿no? Pues exactamente eso será para ella la primera Confesión.
Con el examen de conciencia, las niñas entraban en trepidación. Sabían muy bien que aquello no era un juego, pero, a los 7 años, jugar y vivir es lo mismo.
-Yo tengo cuatro pecados, ¿y tú?
-Yo nueve.
-Jo.
Luego, en casa, hacían los deberes con papá y mamá. Lo de los deberes me lo dijo otro padre, cuyo nombre no recuerdo.
-Estos deberes son más difíciles que los otros. Ahora, mi hijo está empeñado en que hagamos juntos el examen de conciencia. Y luego, ya verás...
En efecto. Lo veía. No una vez, sino muchas, el primer penitente era papá o mamá.
-Ave María Purísima. Que me ha dicho la niña que yo también tengo que confesarme... Y han pasado tantos años...
¡Si supierais cómo se palpa la gracia de Dios al otro lado del confesonario!
Enrique Monasterio

El domingo y la familia

"Todos nos dicen que es importante ir a misa el domingo. Nosotros iríamos con mucho gusto, pero,
a menudo, nuestros padres no nos acompañan, porque el domingo duermen. El papá y la mamá de un amigo mío trabajan en un comercio, y nosotros vamos con frecuencia fuera de la ciudad a visitar a nuestros abuelos. ¿Puedes decirles una palabra para que entiendan que es importante que vayamos juntos a Misa todos los domingos?": se lo preguntó al Papa una niña, Julia, que intervino en la catequesis que, en forma de coloquio espontáneo, dirigió Benedicto XVI, al comienzo de su pontificado, el 15 de octubre de 2005, en la Plaza de San Pedro, a unos cien mil niños que habían hecho, ese año, la Primera Comunión, o que iban a hacerla pronto. Antes de la citada pregunta, les contó cómo vivió él su Primera Comunión: "Comprendí que Jesús entraba en mi corazón, que me visitaba precisamente a mí; y, junto con Jesús, Dios mismo estaba conmigo; y que era un don de amor que realmente valía mucho más que todo lo que se podía recibir en la vida; así me sentí realmente feliz, porque Jesús había venido a mí".
Los niños escuchaban al Papa con mucha atención, sintonizaban de veras con lo que les decía, y así llegó la pregunta de Julia, que ponía bien en evidencia esa fe que resplandece en los niños, tan verdadera que el mismo Jesús, a los adultos discípulos que discutían sobre quién era el más importante en el reino de los cielos, les puso un niño delante para decirles: "En verdad os digo que, si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. El que se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el reino de los cielos".

Y así respondió a Julia el Santo Padre: "Creo que sí puedo decirles una palabra a los padres. Naturalmente, con gran amor, y gran respeto por los padres que, ciertamente, tienen muchas cosas que hacer. Sin embargo, con el respeto y el amor de una hija, se puede decir: Querida mamá, querido papá, sería muy importante para todos nosotros, también para ti, encontrarnos con Jesús. Tomados de la mano de DiosEsto nos enriquece, trae algo muy importante a nuestra vida. Juntos podemos encontrar un poco de tiempo, podemos encontrar una posibilidad. Quizá también donde vive la abuela se pueda encontrar esta posibilidad. En una palabra, con gran amor y respeto, a los padres les diría: Comprended que esto no sólo es importante para mí, que no lo dicen sólo los catequistas; es importante para todos nosotros; y será una luz del domingo para toda nuestra familia"

"La misión de los padres -decía Juan Pablo II, en su Carta a los niños, en el Año de la familia, de 13 de diciembre de 1994- no consiste sólo en tener hijos, sino también en educarlos desde su nacimiento". ¿Y qué es educarlos -hemos de preguntar- sino llevarlos a Cristo? En su anterior Carta a las familias, de 2 de febrero de aquel año, lo decía así el Papa: "¡Esposos y familias de todo el mundo: el Esposo está con vosotros! Vosotros, que engendráis a vuestros hijos para la patria terrena, no olvidéis que, al mismo tiempo, los engendráis para Dios".

Hoy, casi dos décadas después, hace falta recordarlo con una fuerza aún mayor; de modo especial, el recordatorio que les hacía Juan Pablo II de la celebración de su boda: "Las palabras del consentimiento expresan lo que constituye el bien común de los esposos e indican lo que debe ser el bien común de la futura familia. Para ponerlo de manifiesto, la Iglesia pregunta si están dispuestos a recibir y educar cristianamente a los hijos que Dios les conceda. La acogida y educación de los hijos -dos objetivos principales de la familia- están condicionadas por el cumplimiento de ese compromiso". Y ahí está Dios mismo, hecho Niño, para que entendamos de una vez que esa prioridad de los niños lo es, y de manera decisiva, para todo ser humano, aun para el más longevo de los adultos.

Así lo decía, pocos meses después, el mismo Juan Pablo II, en su Carta a los niños: "¡Qué importante es el niño para Jesús! Se podría afirmar que el Evangelio está profundamente impregnado de la verdad sobre el niño. Incluso podría ser leído en su conjunto como el Evangelio del niño... ¿Acaso no pone Jesús al niño como modelo incluso para los adultos?" ¿Acaso hay imagen de Dios más visible que el niño? Vale la pena recordar estas palabras de Benedicto XVI, en su homilía de Nochebuena de 2006: "Dios se ha hecho pequeño para que nosotros pudiéramos comprenderlo, acogerlo, amarlo... La Palabra eterna se ha hecho niño para que esté a nuestro alcance. Dios nos enseña así a amar a los pequeños. A amar a los débiles. A respetar a los niños".

Tan es así, tan importantes son los niños para Jesús, y hoy más que nunca, en esta sociedad que se empeña en vivir como si Dios no existiera, matando así toda humanidad hasta en lo más íntimo de las familias, que son cada vez más los niños, como Julia y los que también dan su testimonio en estas mismas páginas, los que están llevando a sus padres a Jesús. No hay mejores evangelizadores. Por algo puso Él a un niño en medio de sus discípulos.

cortesía: Alfa Omega II, 772


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