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Julio Chevalier, Fundador y Primer Superior General de los Misioneros del Sagrado Corazón (Notas biográficas del P. Piperon MSC)

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Capítulo VII

ISSOUDUN
LA SEÑAL DEL CIELO
Y NACIMIENTO DE LA CONGREGACIÓN
DE MISIONEROS DEL SAGRADO CORAZÓN. 
LOS PRIMEROS MIEMBROS

 

 

 

Issoudun, antigua capital del Bajo Barry, Julio Chevalier Fundador de los Misioneros del Sagrado Corazónhabía conocido días de gloria y de prosperidad; lo atestigua su historia. Cuando a finales del siglo 18 fueron divididas en departamentos las antiguas provincias de Francia, quedó reducida a cabeza de partido judicial. De aquel descenso ya no volvió a recuperarse.

Cuando en 1854 fue destinado allá el Rdo. Chevalier en calidad de Vicario, formaban una sola parroquia la antigua población —ya urbanizada—, los arrabales y dos populosas aldeas bastante alejadas del centro. Solamente una iglesia, Saint Cyr, antigua Colegiata, se había librado de la ruina general. Después de tres o cuatro siglos, aún seguía inacabada. A aquel fragmento de monumento religioso —de rica arquitectura por cierto— se le había adosado una amplia construcción informe, más parecida a un almacén que a una iglesia, al que llamaban "la parroquia" porque desdetiempo atrás se celebraban allí algunas ceremonias parroquiales. La Colegiata estaba reservada para las ceremonias solemnes, y se llamaba "el coro".

Aquel estrambótico conjunto de dos construcciones tan heterogéneas era por entonces todo el tesoro arquitectónico de Issoudun ; tesoro tan rico antes de 1793 en monumentos religiosos entre los que podían citarse algunos de notable interés. La tormenta revolucionaria lo había arrasado todo. A duras penas podían encontrarsevestigios salvados de la piqueta demoledora, fiel imagen de los estragos producidos en las almas por los perniciosos principios del siglo XVIII, y especialmente por los horribles escándalos de la Revolución.

Si bien hasta aquella época nefasta la burguesía imbuida del espíritu volteriano había abandonado las prácticas religiosas, la clase obrera y campesina había permanecido fiel en su inmensa mayoría.

A mediados del siglo pasado, hace 50 años, la cosa ya había cambiado. Sinceramente, no me atrevería a aventurar la cifra de unos 30 hombres que cumplieran con el precepto dominical en aquella populosa parroquia.

No obstante, en medio de la apostasía general, quedaban aún varios centenares de mujeres piadosas y abnegadas de toda clase social. Por la misericordia del Corazón de Jesús y la protección de la Santísima Virgen, eran en aquella parroquia esquilmada y baldía como un fermento de resurrección y de vida de donde había de salir una generación nueva. Por medio de ellas fueron conservadas y enriquecidas las prácticas religiosas y las obras piadosas que algún día, estoy seguro, han de producir abundantes frutos de salvación. iQue Dios bendiga a aquellas santas mujeres! Por su pertinaz resistencia al espíritu del mal, por su tenaz perseverancia en la práctica de la virtud, ellas fueron las que hicieron posible la renovación de la familia cristiana.

Tal era el campo que la Divina Providencia confiaba al celo del Rdo. Chevalier; campo que había de cultivar con infatigable entrega hasta su última hora.

Cuando él llegó a Issoudun en 1854, era Arcipreste el Canónigo Crozat. Era un sacerdote celosamente apostólico, virtuoso, de gran estima y aprecio para sus fieles y magníficamente considerado por sus superiores y compañeros. Desgraciadamente, desde hacía unos años, su salud minada por la edad le imposibilitaba los trabajos de su laborioso ministerio. Había tenido que confiar la labor pastoral a sus Vicarios ya de por sí bastante sobrecargados. Los dos jóvenes sacerdotes no podían dar abasto para atender a una extensa parroquia de unas 12,000 almas que, además del núcleo urbano y las barriadas, tenía cuatro aldeas superpobladas, más o menos alejadas del centro.

El Rdo. Chevalier encontró con el virtuoso Párroco al Rdo. Maugenest, uno de sus antiguos condiscípulos del Seminario Mayor de Bourges con quien había mantenido una estrecha amistad. Consumidos ambos a dos por el mismo celo de las almas, y animados por el mismo ardiente deseo de perfección sacerdotal, parecíandestinados a compartir la misma tarea y llevar una vida comunitaria.

Cuando el Rdo. Maugenest oía a su colega exponer sus proyectos para el futuro, comentar su esperanza de llegar a fundar un día en Issoudun una Casa de Misioneros para trabajar en la regeneración de aquella población y desde allí evangelizar la Diócesis, se sentía vigorosamente impelido a la vida de apostolado, y manifestaba a su colega el deseo de compartir la labor. De ahí nació su intimidad.

El Rdo. Maugenest había sido siempre un seminarista modelo. Sus extraordinarios talentos y su afición al estudio hacían presagiar un elemento de gran valía. Su padre, médico, había querido que terminara la carrera en el Seminario de S. Sulpicio, en París, con el fin de favorecer el desarrollo de sus evidentes facultades. Los dos amigos habían tenido, pues, que separarse no sin profundo sentimiento, sobre todo por parte de Chevalier, que había puesto en su amigo las mayores esperanzas. En San Sulpicio había estado considerado entre los mejores alumnos. Terminados sus estudios, fue ordenado sacerdote y se reintegró a su familia. Su Eminencia el Cardenal Dupont, Arzobispo de Bourges, a donde pertenecía por nacimiento, le había dado el nombramiento de Vicario de Issoudun. Hacía pocos meses que ocupaba aquel puesto, dos o tres a lo sumo, cuando el Rdo. Chevalier llegó para compartir los trabajos de su laborioso ministerio.

¿Cuáles fueron los sentimientos experimentados por los dos amigos en su primer encuentro? Por no sé qué inexplicable reserva, a pesar del afecto que se profesaban y la mutua confianza, no habían mantenido ninguna correspondencia epistolar. Y, contra toda esperanza, sin el más mínimo proyecto premeditado, sin mediar ninguna influencia humana, se vuelven a encontrar en Issoudun para convivir bajo el mismo techo y dedicarse conjuntamente a las mismas ocupaciones.

"La sensación que, a la par, experimentamos los dos —dice Chevalier— fue de la mayor complacencia y satisfacción". Se comprende, por lo admirable y providencial que les parecía el inesperado encuentro. Aún sin haber podido intercambiarse sus primeras impresiones, los dos corazones vibraban al unísono y sentían el más profundo agradecimiento al Corazón de Jesús. Más vivos que nunca, volvían a reflejarse en sus mentes los pensamientos y proyectos del Seminario. Ambos experimentaban un ardiente deseo de conocer el uno las disposiciones del otro ; pero por una discreta reserva, ni el uno ni el otro se decidían a ser el primero en indagar.

Pasadas algunas semanas de espera, después de mucha oración con esta finalidad, Chevalier se decidió a abordar a su amigo recordándole sus conversaciones y proyectos de antaño e interesándose por sus disposiciones al respecto. El Rdo. Maugenest, "conmovido hasta las lágrimas, se echó en sus brazos", declarando que no había cambiado en absoluto de opinión desde aquellos felices tiempos del Seminario. Y añadió: "Si la Sociedad de Misioneros con que tanto hemos soñado está en los designios de Dios, yo soy el primero en entrar, feliz de consagrarme por entero al servicio de las almas".

Al oír estas palabras, con el corazón henchido de emoción, dio gracias a Dios por haber vuelto a encontrar tan añorado amigo. A partir de aquel momento ya podían confidenciar abiertamente.

La conversación fue larga. iTenían tantas cosas que comunicarse!: el pasado con tantos piadosos y reconfortantes recuerdos; las obras y trabajos del momento; los proyectos para el futuro... Todo, todo salió a colación. Y sin embargo quedaron con la sensación de no haber hecho más que empezar.

Efectivamente, aquel primer desahogo de dos almas unidas íntimamente por el lazo del más puro afecto, no era más que el preludio de los densos programas que conjuntamente habían de estudiar.

Ante todo era de suma importancia conocer de manera fehaciente la voluntad de Dios en relación con la Sociedad Misionera que se proponían crear. ¿De qué sirven, en efecto, para semejante obra los esfuerzos del hombre, aun el mejor dotado de excelentes cualidades, si la mano poderosa de Dios no bendice y da fecundidad a sus trabajos? Claramente lo proclama el Salmista: "Vanos son sus trabajos" (Salmo 125).

Bien convencidos estaban de ello el Rdo. Chevalier y su compañero. Por otra parte, además de la voz de Dios que los empujaba, además de la claridad de ideas que bailaban en su mente, necesitaban una señal indudable, venida de fuera, que los pusiera al abrigo de cualquier falsa ilusión. Estaban persuadidos de que este signo exterior tan necesario lo obtendrían por intercesión de la Santísima Virgen.

Era la segunda quincena de noviembre, casi en vísperas de la proclamación del Dogma de la Inmaculada Concepción, fecha memorable para la Iglesia Católica. Por iniciativa del Sumo Pontífice Pío IX, de feliz memoria, en todo el orbe católico, obispos, sacerdotes y fieles dirigían al cielo fervientes súplicas por las intenciones del Santo Padre. iMaravillosa y oportuna circunstancia! Así que los dos Vicarios decidieron comenzar una Novena el 30 de noviembre; novena que terminaría el 8 de diciembre, exactamente la fecha escogida por Pío IX para la proclamación del Dogma.

Invitado a unirse a la Novena el buen Arcipreste que no ignoraba detalle de los proyectos de sus Vicarios y estaba vivamente interesado por ellos, lo hizo de mil amores.

Pero ¿cuál sería la señal con la que los dos amigos podrían conocer la voluntad de Dios? Los dos son pobres de solemnidad, desprovistos de los bienes de este mundo. ¿Dónde podrán conseguir los recursos más indispensables para tan ambicioso proyecto? Ni idea!

Animados de una fe profunda y una absoluta confianza en la maternal bondad de María, van a pedirle como primer fruto naciente de la gloria de la proclamación del Dogma, la obtención de fondos necesarios para la Fundación. Si sus oraciones son favorablemente escuchadas, reconocerán por esa señal que su proyecto viene de Dios y concuerda con su voluntad.

Por su parte, ellos se obligan a consagrar su obra al Sagrado Corazón de Jesús, a tomar como título el de MISIONEROS DEL SAGRADO CORAZON, y de dedicarse con todas sus fuerzas a propagar su culto entre los fieles. Y además prometen honrar y hacer amar a la Madre Inmaculada "de una forma especial".

Hicieron la Novena fervorosamente, y, el último día, 8 de diciembre de 1854, María dio la respuesta esperada.

Dejamos aquí la palabra al Rdo. Chevalier para que sea él mismo quien explique el medio elegido por la Virgen para manifestar a sus fieles servidores la voluntad de Dios. En sus notas leemos textualmente estas sencillas y breves palabras:

"Apenas terminada la Misa, un caballero de Issoudun[1] manifestó deseos de ser recibido y nos dijo que una señora forastera tenía intención de dedicar 20.000 francos para establecer en el Berry una obra benéfica, especialmente una obra de misioneros; que si nosotros aceptábamos, esta cantidad estaría a nuestra disposición.Y en efecto, así se realizó".

A partir del 8 de diciembre de 1854 quedaba moralmente fundada la Congregación de MISIONEROS DEL SAGRADO CORAZON. Desde entonces el aniversario de esta fecha memorable, doblemente entrañable para nosotros, Misioneros, se celebrará con gran solemnidad en todas las casas de la Congregación.

La obra había dado un paso decisivo. El piadoso Fundador podía avanzar con paso firme por el camino que le había sido señalado en el Seminario. La respuesta de María iluminaba el futuro con claridad diáfana. La Fundación era del beneplácito del Corazón de Jesús, y su Madre Santísima se constituía en poderosa Protectora. ¿Se puede pedir más?

En su transporte de gratitud, el buen Vicario se olvida de aclarar hasta qué punto esta gestión espontánea del buen feligrés era una respuesta a su oración y en qué medida el anuncio de tan considerable cantidad puesta a su disposición, podía darle la seguridad de que esa era la voluntad de Dios. Digámoslo nosotros por él. Necesitaba un terreno en el que poder instalar a la pequeña Comunidad y una casa para albergar a sus miembros. Así es como la Santísima Virgen, justo en el momento en que llegaba a su trono la última y más ferviente súplica de la novena, les hizo llegar la promesa de la cantidad necesaria para adquirir ambas cosas. ¿Era o no una muestra patente de lo grata que a su corazón maternal y a su amado Hijo resultaba aquella obra? Ella misma quería, por decirlo así, poner los fundamentos de la nueva familia religiosa especialmente dedicada al Corazón de Jesús.

Unos meses más tarde —por la Trinidad de 1855— los dos Vicarios tomaban posesión de la casa dispuesta gracias a los desvelos de su celestial Protectora; casa en la que, bajo su mirada, iban a comenzar el noviciado de su nuevo género de vida. Hicieron su ingreso con gran alegría y profunda gratitud.

La pobreza de Belén y la desnudez del establo constituían todo el ornato de su aposento. Encanto seductor para aquellas almas de apóstoles cuyo único deseo era reproducir en su vida la de Cristo,

Rey de los pobres, y su única ambición entregarse como él a la salvación de los hermanos.

Su primera preocupación fue adecentar en aquella desmantelada vivienda un lugar algo decoroso para poder celebrar en él el Santo Sacrificio y reunir allí a los fieles. En unos meses estuvo terminada la labor. No dejaba de tener su encanto aquel pequeño oratorio cuya única decoración era la blancura inmaculada de sus paredes. Vino a bendecirla el Rdo. Caillod, Vicario General del Cardenal Dupont, Arzobispo de Bourges. Aquel día celebraba la Iglesia la fiesta del Santo Nombre de María, y —feliz coincidencia— ese mismo día los jóvenes apóstoles fueron llamados, en nombre deleminentísimo Cardenal, MISIONEROS DEL SAGRADO CORAZON. Un nuevo testimonio de benevolencia de la Madre de Dios a la naciente Congregación.


 

[1] . Este caballero de Issoudun no era desconocido para el Arcipreste y sus Vicarios. Profesaba gran estima tanto al Párroco como a los Coadjutores cuya entrega y cualidades admiraba, y, dentro de sus posibilidades, procuraba prestarles muy buenos servicios. En la circunstancia que nos ocupa, el Sr. Petit —tal era su nombre—, fue sin saberlo, el mensajero de la Reina del Cielo. Su hijo, entonces joven abogado adscrito al tribunal de Issoudun, heredó de su padre la dedicación y afecto hacia la naciente Congregación. Fue para el P. Chevalier un amigo fiel y un prudente consejero.

 


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