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Julio Chevalier, Fundador y Primer Superior General de los Misioneros del Sagrado Corazón (Notas biográficas del P. Piperon MSC)

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Capítulo VI

LARGA Y PENOSA ENFERMEDAD

CONSAGRACIÓN DE LA IGLESIA DEL SAGRADO CORAZÓN 
APROBACIÓN DE LAS CONSTITUCIONES

CORONACIÓN DE LA IMAGEN DE NUESTRA

SEÑORA DEL SAGRADO CORAZÓN

EL PRIMER NOVICIADO

 

 

Julio Chevalier Fundador de los Misioneros del Sagrado CorazónEn el capítulo precedente hemos anticipado algo en el orden cronológico para dar mayor claridad a la narración. Vamos ahora a volver unos años atrás.

Ocho años habían transcurrido desde que el P. Fundador había tomado posesión de la casa proporcionada por la Virgen Santísima de manera tan providencial.

Aquellos ocho años de trabajos agotadores y largas privaciones habían quebrantado mucho su salud: una laringitis granulosa acabó por arruinarla. Su extrema debilidad llegó a hacernos temer un desenlace fatal. Los médicos consultados daban pocas esperanzas. Prescribían un reposo absoluto, más penoso para el paciente que los más arduos trabajos y prolongadas ausencias para tratar de detener el progreso del mal por medio de intensos tratamientos en diversas estaciones termales.

Fue una dura prueba que se prolongó durante más de dos años, durante los cuales el Padre se vio obligado más de una vez a confiar a manos inhábiles e inexpertas[1]' la marcha de la Comunidad y sus obras.

Esta nueva cruz, suficiente para desanimar al espíritu más recio no pudo quebrantar ni la enérgica audacia, ni la confianza del venerado Padre.

La virulencia del mal había podido, a fuerza de dolorosas presiones, destruir sus fuerzas corporales, pero su estado de ánimo estaba bien fortalecido.

Nunca en aquellos tristes años pudimos sorprender en sus labios una palabra de queja o de ansiosa inquietud. Al contrario, se esforzaba en calmar las nuestras, recordándonos los poderosos motivos que se deben tener para confiar y abandonarse a la voluntad de Dios.

De esta manera el Padre, incluso en plena crisis de sufrimientos alentaba y reconfortaba a sus compañeros.

Aquella temporada de larga y penosa enfermedad, lejos de ser una rémora para el progreso de las obras produjo por la misericordia del Corazón de Jesús una fuente de nuevas y fecundas bendiciones.

"Creced y multiplicaos", había dicho Pío IX; y el deseo del Sumo Pontífice se iba realizando.

La Comunidad, ya más numerosa, requería una casa más amplia. El Padre, convaleciente aún, dedicó todo el año 1866 a esta nueva actividad.

La Asociación de Nuestra Señora del S.C. se iba propagando con maravillosa rapidez. María se mostraba cada vez más pródiga con sus favores para quienes, llenos de confianza en su admirable poder sobre el Corazón de Jesús, recurrían a su poderosa intercesión.

Cada día llegaban testimonios de acción de gracias más numerosos; se los podía contar por millares.

El Rdo. Padre, testigo de estas maravillas, experimentaba con ello el más profundo agradecimiento hacia la incomparable Tesorera del Corazón de Jesús que los realizaba. Trataba de imaginar cómo podría glorificar y agradecer con nuevos medios a esta divina Madre que nunca es invocada en vano.

"Este pensamiento me preocupaba insistentemente, escribía él mismo (Anales de Mayo de 1867), cuando algunas personas que habían sido favorecidas con el poder de Nuestra Señora del Sagrado Corazón nos hicieron llegar varios diamantes y joyas destinadas a confeccionar una diadema.

— Vd. podría hacerla bendecir por el Soberano Pontífice —nos decían—, y obtener de Su Santidad el insigne privilegio de una Coronación solemne en su nombre".

Esta fue el primer rayo de luz.

Pero ¿cómo llevar a cabo esta idea?

Para una Coronación era necesaria una imagen digna de tal honor. La pequeña imagen de Nuestra Señora, en yeso policromado

que presidía el altar del pequeño santuario dedicado a Nuestra Madre no tenía mérito alguno para una Coronación solemne. Grave problema cuya solución parecía entonces imposible.

El Padre no se arredró por ello. Un hijo entusiasmado no se acobarda ante las dificultades cuando se trata de una Madre tan tiernamente amada, y él amaba tiernamente a su Madre celestial. Toda su ilusión era hacerla amar y contribuir a hacerla venerar y glorificar por todos los medios a su alcance.

Para llevar a cabo su objetivo, tres cosas eran necesarias:

Una estatua digna de ser coronada; una capilla en que colocar la imagen, y una diadema para ceñir la frente de la Madre.

¿No era para la Reina del Cielo, la Madre de Dios?

Quería que todo fuera grande, rico, y en lo posible de materiales preciosos, y ejecutado por manos maestras.

Ah! si nuestro venerado Padre hubiera podido adivinar el futuro cuando estaban fraguando los primeros cimientos de la iglesia del Sagrado Corazón, no habría dudado en darle proporciones más grandiosas y más en armonía con las necesidades exigidas por un importante lugar de peregrinación. No obstante, algún presentimiento llegó a tener.

Un día que nos comentaba familiarmente el futuro de su obra, señalando las paredes de la iglesia en construcción que empezaban a cobrar altura, nos dijo:

     "Llegará un día en que veréis llegar ingentes muchedumbres de distintas regiones de Francia y de otras partes".

     Cuando yo vea esto —replicó uno de los oyentes—, cuando yo vea eso le daré el título de profeta".

Nada podía entonces hacer prever que aquella nueva iglesia recién comenzada llegaría a ser un asiduo lugar de peregrinaciones. El Padre aseveró con absoluta seguridad:

     "Con sus mismos ojos llegará Vd. a verlo y tendrá que darme la razón y bendecir por ello al Corazón de Jesús".

En efecto, hemos visto literalmente cumplida aquella palabra, y nos hemos llenado de gozo dando gracias al Sagrado Corazón por la gloria que de ello redundaba para la Virgen Nuestra Señora.

La Consagración de la iglesia del Sagrado Corazón tuvo lugar el 2 de julio de 1864.

Fue solemnísima, con multitudinaria concurrencia de fieles venido de los alrededores de Issoudun y de las Diócesis vecinas. Nunca, desde los comienzos de siglo, la población había contemplado en su entorno semejante afluencia y unos festejos tan brillantes.

Un nutrido enjambre de sacerdotes rodeaba como una guardia de honor a los cinco Prelados que habían respondido a la invitación del Arzobispo de Bourges. El Obispo consagrante fue Mons. Guibert, por entonces Arzobispo de Tours y más tarde Cardenal de París. Mons. de La Tour le había cedido este honor.

Aquella solemnidad, imposible de pormenorizar en este opúsculo, fue el origen de las peregrinaciones. A partir de entonces los fieles devotos de la Virgen empezaron a afluir hacia Issoudun desde todas las Diócesis de Francia y de los países vecinos. Llegaban ansiosos de conocer el Santuario privilegiado en que había nacido la Asociación, solicitar al pie del altar dedicado a la nueva Madonna los favores deseados. Ante la Santa Imagen eran más devotas y parecían más favorables y eficazmente escuchadas.

Otro de los motivos que atraían a los peregrinos era el agradecimiento por los favores recibidos. Acudían a dar gracias a la poderosa Virgen, auxilio seguro para cuantos depositan en Ella su confianza.

No obstante la iglesia del Sagrado Corazón no ofrecía a primera vista ninguna de las características que constituyen el atractivo de las masas. Las paredes inmaculadamente blancas y desprovistas de adornos, los pilares sin esculturas, la mayor parte de los ventanales tabicados de simple ladrillo; el altar de la Virgen, que ocupaba entonces el cabecero de una nave lateral, era tan pequeño, y tan reducida la capilla, que los peregrinos a duras penas podían hacerse idea de que aquel era el santuario privilegiado al que habían acudido a rezar.

Ciertamente el P. Chevalier, testigo de la incesante afluencia, experimentaba una profunda alegría, pero su devoción filial a la Santísima Virgen experimentaba un profundo complejo de abatimiento al considerar la pobreza de aquella reducida capilla. Le urgía la necesidad de dar a María un Santuario más amplio, más en consonancia con la creciente devoción de los fieles.

¿Qué hacer para dar una solución digna a este estado de cosas?

Reunió su consejo ordinario; dio cuenta detallada al prudente Arzobispo de Bourges; le expuso el proyecto de construir detrás del altar mayor la capilla de la Virgen, más apropiada a las manifestaciones piadosas de los devotos de Nuestra Señora del Sagrado Corazón.

Espinoso problema lleno de dificultades a primera vista insalvables.

Sí, porque... ¿armonizaría este añadido con el primitivo plan ya realizado? ¿No complicaría la solidez de un edificio inacabado cuyo ábside habría que derruir y volverlo a construir con una nueva disposición para ejecutar el nuevo proyecto? Esta idea pareció una temeridad.

Los peregrinos saben muy bien que felizmente el amor a la Virgen resolvió el problema. Ellos mismos no cesan de ponderar continuamente lo que el nuevo Santuario invita a la oración y el recogimiento.

Entre tanto el Padre había confiado a la Empresa Chartier, renombrados orfebres de París, la ejecución de dos coronas con la consigna de no escatimar detalle para que las dos joyas fueran dignas de su destino; y por otra parte a M. Blanchard, famoso escultor, esculpir en un bloque de mármol de Carrara de inmaculada blancura la imagen de Nuestra Señora y de su lijo, de acuerdo con la idea que él mismo había concebido. De esta forma se completaban, por así decirlo, las tres grandes obras que preparaban la Coronación de Nuestra Señora del Sagrado Corazón.

En febrero de 1868 el Padre publicaba en los Anales las líneas siguientes:

"Está a punto de efectuarse, queridos Asociados, nuestro viaje a Roma. Las dificultades que lo retrasaban van desapareciendo. La corona cuya descripción se os ha hecho hace poco está casi terminada, y la pequeña estatua de bronce de Nuestra Señora[2], verdadera obra de arte, está recibiendo los últimos toques. Creemos que en los primeros días de este mes será posible hacer bendecir una por el Santo Padre y ofrecerle la otra en nombre de la Asociación como testimonio de nuestra filial veneración.

Apenas habían pasado dos años desde que el Rdo. Padre, confiado en su poderosa Protectora, había decidido construir la nueva capilla de la Virgen, y ya la empresa estaba a punto de terminar.

Era verdaderamente maravilloso considerar la eficacia y la rapidez con que se estaban llevando a cabo unos trabajos de tal importancia.

¿Pero no sería una temeridad tanto apresuramiento?

Eso es lo que desde el punto de vista humano se podría pensar. Pero creo que nuestro Padre, inspirado por la misma Virgen, actuaba bajo su especial dirección:

— "Evidentemente es Ella —nos decía con profundo reconocimiento— la que lo hace todo en nuestra Congregación".

Y nosotros, permanentes testigos presénciales de las maravillas de su poder inefable, que experimentábamos a diario la constante y tierna acción de sus manos maternales, reconocíamos con no menor convicción: "ciertamente Nuestra Señora del Sagrado Corazón obra prodigios; sólo a Ella pertenece el mérito y la gloria".

A pesar de sus absorbentes ocupaciones, el Padre no tenía descuidadas las necesidades de la Congregación.

Desde años atrás venía preparando las CONSTITUCIONES. En los meses anteriores a su salida para Roma dio el último toque a este importante documento del que dependía el futuro de su obra. Quería ponerlas en mano del Santo Padre para pedirle su aprobación.

Aquel viaje se realizó con los más felices resultados. Pío IX recibió al piadoso peregrino con las mayores muestras de benevolencia. Otorgó la debida autorización para que fuera coronada en su nombre la imagen de Nuestra Señora; y después, tomando en sus manos un grabado de la Madonna que le presentaba el P. Chevalier, escribió debajo este devoto y sencillo autógrafo: "Pío IX, que desea amar a la Santísima Virgen María".

De este modo quería el humilde y gran Pontífice unir su homenaje a los de los innumerables Archicofrades para gloria del inefable poder de María sobre el Corazón de su Hijo.

El piadoso Fundador que, como hemos dicho, había llevado consigo las Constituciones de la Sociedad de Misioneros del Sagrado Corazón, las puso a los pies del Santo Padre para que las bendijera.

 

Fueron presentadas a la Congregación de Obispos y Regulares para ser examinadas antes de recibir la aprobación canónica.

Algunos meses después recibía el Arzobispo de Bourges el Decreto de Alabanza. Así quedaban realizados los deseos del P. Chevalier.

Ni qué decir tiene que regresó rápidamente a Issoudun con el alma esponjada de consuelo y el corazón rebosante de reconocimiento por cuantos favores le había concedido Pío IX.

Quedaban solamente unos seis meses para hacer los preparativos para la fecha de la Fiesta de la Coronación, que había fijado para el 8 de septiembre siguiente Monseñor de la Tour d'Auvergne, Arzobispo de Bourges, delegado del Santo Padre para presidir en su nombre aquella solemnidad.

El Padre puso manos a la obra sin pérdida de tiempo con su acostumbrada actividad, sin dar tregua a la fatiga ni ceder ante los sacrificios para gloria de la Madre de Dios

El 8 de septiembre de 1869 fue un día inolvidable para Issoudun: todo contribuía a realizar su esplendor.

Tras una semana de lluvia y de tiempo revuelto, amaneció un sol radiante. Ni el más mínimo rastro de nubes empañaba el azul del cielo; daba la sensación de que todos los ángeles del cielo habían barrido cuanto hubiera podido empañar su nitidez. La población amaneció toda engalanada con guirnaldas, flores y adornos, en todas las plazas y calles habían colocado arcos de triunfo; en todas las casas ondeaban al viento estandartes y banderas de la Virgen. Muy bien habría podido decirse que Issoudun había vuelto a ser, como en otros tiempos, la villa de María, o que la antiguapoblación se había transformado en un inmenso templo para aclamar a la Reina del Cielo.

Quince Arzobispos y Obispos convocados por el Metropolitano de Bourges, numerosos dignatarios eclesiásticos y más de seiscientos sacerdotes, incontables peregrinos de todas las regiones, autoridades civiles y militares de la ciudad y del departamento asistieron a aquella manifestación de fe y de amor a Nuestra Señora del Sagrado Corazón. Todas las almas vibraban al unísono; todos los corazones en una explosión de alegría.

Todos los corazones? No, todos no.

El de nuestro querido Padre, que se había volcado con tan agotador esfuerzo en la preparación del triunfo de su amadísima Madre, estaba sumido en un océano de amargura.

El mismo día de la fiesta, por la mañana, en el momento que estábamos ultimando los preparativos para la Misa Solemne, me hizo llamar a su despacho. Estaba solo, extremadamente pálido, con el semblante inundado de profunda tristeza.

Sin proferir una palabra, me indicó con un gesto una silla al lado de la suya. Sumamente impresionado le dije:

Qué le pasa? ¿Qué ocurre? ¿Se encuentra mal?...

Por toda respuesta me tendió un pliego abierto, llegado en el correo de la mañana a la dirección del Arzobispo de Bourges, el cual urgentemente se la había hecho llegar. La carta le ordenaba ir a Roma lo más urgentemente posible con orden de presentar a la Santa Sede todo lo que hubiera escrito o publicado referente a la devoción a Nuestra Señora del Sagrado Corazón y a su Asociación. Este era en resumen el contenido de la carta.

Nunca hemos sabido, y aún hoy lo ignoramos, cual había sido el motivo que había provocado aquella carta. Nada nos lo hacía prever. Nada en lo sucesivo nos vino a aclarar aquel misterio.

Personalmente he tenido siempre la impresión de que aquella prueba, justamente en aquel día y hora, y en las circunstancias del momento, le venía de la mano maternal de María. Esta dulce Madre quería acrecentar los méritos de su humilde servidor, poniéndolo al abrigo de toda posible complacencia en sí mismo; porque, si aquel día fue una jornada de triunfo para Nuestra Señora, también era un día glorioso para quien había preparado aquel triunfo. Aquel día, sí, estoy seguro, aquel día quedó tallado un diamante de incomparable brillo para la corona de nuestro venerado Padre.

Sea lo que fuere, la impresión fue tan lacerante como sorprendente. Fue excesiva la angustia.

Lo primero que pensó el Padre al recibir la carta fue que su obligación era interrumpir la fiesta recién comenzada, despedir a sus nobles huéspedes y despachar a los peregrinos.

Se le pasó como un rayo por la mente la tremenda perturbación que todo ello suponía. Dios lo permitió así en los designios de su infinita sabiduría!

Después, irremediablemente turbado por este pensamiento, preguntó:

— ¿Qué hacer, Monseñor? ¿Habrá que interrumpir los oficios?

— Primero, calma —repuso benévolamente el piadoso prelado—. Por supuesto Vd. debe obediencia a la Santa Sede; así que haga el sincero propósito de someterse con toda sencillez a sus mandatos. Lo demás me concierne a mí sólo. Seguiremos punto por punto el programa tal como lo he preparado; no hay nada que se oponga, pues yo no he recibido ninguna orden en contra. Así que... hasta luego, querido Padre. Vuelva a sus ocupaciones. Ah, y sobre todo no pierda el dominio de sí mismo y que nada se trasluzca de este incidente.

Cuando me hacía esta confidencia, la tranquilidad había sosegado ya su ánimo; y, al despedirme de él, después de intercambiar algunas palabras más, había superado ya aquella terrible primera impresión.

A pesar de todo, la fiesta que resultó para todos desbordante de alegría, fue para él una dolorosa prueba que se prolongó durante bastante tiempo. ¿No es el sufrimiento la participación de las almas y el alimento con que el Corazón de Jesús las fortalece?

Después de la fiesta, y de común acuerdo con Monseñor y por indicación suya, el Padre respondió al deseo de la Sagrada Congregación; esta dolorosa gestión terminó redundando en gloria para Nuestra Señora del S. Corazón. Todo, absolutamente todo lo que había sido impreso o publicado hasta entonces acerca de la Devoción a Nuestra Señora —libros, folletos, oraciones, hojas de propaganda, incluso el Mandato del Arzobispo de Bourges con ocasión de la Coronación...—, todo fue examinado meticulosamente sin que sobre este examen recayese sentencia alguna.

La acusación adolecía de pruebas y fue rechazada.

¿No era ésta una aprobación, aunque de manera indirecta, de la doctrina en que se funda la devoción a Nuestra Señora del Sagrado Corazón, y al mismo tiempo una invitación a propagarla con nuevos bríos?

Las consecuencias .de todo este embrollo. —no es difícil comprenderlo— sirvieron de consuelo al venerado Padre después de una prueba tan dura. Por ello dio las más rendidas gracias al Sagrado Corazón.

Había llegado el momento de llevar a la práctica las CONSTITUCIONES que Pío IX acababa de bendecir. El Padre aprovechó el Retiro anual que siguió a las Fiestas de la Coronación para proponer a los compañeros la emisión de los Votos que, a partir de entonces, se nos exigían.

Los primeros Votos datan del final de este Retiro.

Como hemos dicho, hasta ese momento los candidatos eran libres de emitir votos privados, pero ninguno quedaba ligado a la Congregación por los lazos sagrados de la Vida Religiosa.

A partir de aquel momento comenzábamos una vida nueva.

Si el origen de la Congregación se remonta al 8 de diciembre de 1854, su organigrama, tal como el Fundador lo había concebido y tal como lo dejó a su muerte, comienza a entrar en práctica en la última semana de septiembre de 1869.

Por ese tiempo, el día de la fiesta del Santo Nombre de María, el P. Guyot en su papel de Maestro de Novicios, inauguraba en la Parroquia de S. Pablo, en Montluçon, la primera Casa de Noviciado[3]' .

A partir de entonces, todos los nuevos religiosos han venido recibiendo una formación regular según las Constituciones.

Había terminado la primera fase de la vida de la Congregación, la de su infancia, si se me permite denominarla así. Catorce años y algunos meses duró, desde que el P. Chevalier y su primer compañero habían tomado posesión de la Casa del Sagrado Corazón.

Desde entonces la pequeña Congregación tiene su completo organismo acorde con la Vida Canónica. Bajo la protección de la Santa Iglesia que la ha adoptado, podrá desarrollarse normalmente pese a las dificultades y pruebas que el porvenir le depare: el Fundador las previó y las aceptó de antemano, con la certeza de que el Sagrado Corazón no habrá de abandonarla en los momentos difíciles. ¿No velará por su amada Obra Nuestra Señora del Sagrado Corazón?


 

[1] Ya hemos hecho notar la modestia del narrador. (Nota del editor, edición de 1924).

[2] . Anales de NSSC, numero de diciembre de 1868. Esta estatuilla de bronce era la fiel reproducción de la Madonna en mármol de Carrara que se preparaba para la nueva capilla. El Padre quiso ofrendarla a Pío IX.

[3] La Parroquia de S. Pablo, en Montluçon, ciudad industrial, poseía numerosas fábricas. Parecía poco apropiada para el recogimiento exigido por la Vida Religiosa. El Padre lo sabía mejor que nadie; pero circunstancias de orden particular al margen de su voluntad, le habían forzado a tomar esta decisión. Unos años más tarde, después de la guerra de 1870, habiendo cambiado las circunstancias, trasladó los Novicios a la población de Saint-Gérand-le-Puy, al viejo castillo del mismo nombre, en donde permanecieron hasta las expulsiones de 1880

 


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