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Julio Chevalier, Fundador y Primer Superior General de los Misioneros del Sagrado Corazón (Notas biográfica del P. Piperon MSC)

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Capítulo X

UNA AUDIENCIA DE PIO IX

LA CONSAGRACIÓN DE LA IGLESIA Y DEL MUNDO AL SAGRADO CORAZÓN

CONTRIBUCIÓN DEL P. FUNDADOR A ESTA CONSAGRACIÓN

 

 

Julio Chevalier Fundador de los Misioneros del Sagrado CorazónPara completar cuanto llevamos dicho sobre el amor del P. Fun­dador al Sagrado Corazón y su constante desvelo en propagar por todas partes esta devoción, me parece útil transcribir aquí el relato de una audiencia en que fue recibido por Pío IX en 1874. Relato que abreviamos, tomado de los Anales de julio del mismo año.

El Padre se encontraba en Roma con dos de sus compañeros, los Padres Vandel y Jouet, desde los primeros días de mayo. El 5, fiesta de Pío IX formaban parte de la audiencia concedida a los Delegados de las peregrinaciones llegadas a Roma para felicitar al Santo Padre con aquella ocasión.

El Padre llevaba la representación del Arzobispo de Bourges y de su Diócesis; los otros dos compañeros iban como representantes de los miembros de la Archicofradía de Nuestra Señora del Sagrado Corazón.

Pero el P. Chevalier, que iba con intención de solicitar la aprobación de su Congregación, había solicitado una audiencia privada, pero transcurrió todo un mes antes de que le fuera concedida, a causa de una enfermedad del Papa. Fue un mes de incesantes oraciones a Nuestra Señora.

Por fin llegó el día señalado para la audiencia, el 3 de junio. "El Santo Padre —dice el cronista—, estaba sentado en su escri­torio con semblante sonriente.

— Adelante, hijos, —nos dijo al notar nuestra timidez por temor a interrumpirle en su trabajo—. El pobre Papa siempre tiene alguna cosa que hacer, pero termino en un momento".

"Entonces nos postramos de rodillas.

  "Santísimo Padre —comenzó el P. Chevalier—, a vuestros pies están los Misioneros del Sagrado Corazón, y os ofrecemos con nuestro más sincero homenaje, esta imagen de Nuestra Señora del Sagrado Corazón con cuanto contiene".

Mientras pronunciaba estas palabras de saludo, el Padre le pre­sentaba una hermosísima imagen de bronce plateado, en cuya peana llevaba como ofrenda de los Asociados, el óbolo de San Pedro".

El Papa hizo colocar la imagen sobre su mesa y tuvo palabras llenas de ternura y agradecimiento para el Padre y para cuantos ha­bían colaborado en aquella ofrenda.

El P. Chevalier continuó: —"Santísimo Padre, vuestra Santidad se dignó bendecir en 1860 nuestra pequeña Congregación. Nos dijo que querría tener la satisfacción de darnos la aprobación canónica. Hace cinco años que vuestras palabras se cumplieron concediéndo­nos la primera aprobación. Ahora volvemos en solicitud de la apro­bación definitiva para nuestra pequeña Sociedad. Sesenta y dos obispos, a la cabeza de los cuales figura el Arzobispo de Bourges, y cuyas cartas traemos, os lo piden con nosotros".

  ¿"Traéis todas esas cartas?, repuso el Papa".

  "Sí, Santo Padre, las hemos entregado al Secretario de la Congregación de Obispos y Religiosos".

—" ¿A Monseñor Vitelleschi? Perfecto. Pasado mañana le veré yo, le hablaré de ello y le urgiré el asunto".

.Pío IX lo tomó con tanto interés que, por una delicadeza especial, firmaba el Decreto de Aprobación definitiva antes de fin de mes, en la Fiesta del Sagrado Corazón.

El Soberano Pontífice, fijando la mirada en un cuadro que sos­tenía en sus manos uno de los Misioneros, preguntó su significado.

  "Hace dos años, contestó el P. Chevalier, tuvimos el consue­lo de estar a vuestros pies y presentaron una súplica que Vuestra Santidad se dignó atender benignamente".

  " ¿Y de qué se trataba?".

— "Santísimo Padre, está escrita en el cuadro con las mismas palabras que os dignasteis añadir. Desearíamos que vuestra Santidad ratifique aquel acto con su firma.

— Lea Vd. mismo lo que está escrito, dijo el Papa.

Y el Padre, tomando en sus manos el cuadro leyó lo siguiente: "Santísimo Padre:

"El P. Julio Chevalier, sacerdote de la Diócesis de Bourges, Superior de la Congregación de Misioneros del Sagrado Corazón, hu­mildemente postrado a los pies de Vuestra Santidad, solicita el si­guiente favor:

Que vuestra Santidad que se ha dignado bendecir, animar y aprobar nuestra pequeña Sociedad Religiosa nacida en Issoudun el mismo día de la proclamación de la Inmaculada Concepción, en 1854, se digne aceptar el ofrecimiento que esta Congregación os hace de sí misma, de todos sus miembros y sus obras como de un bien que os pertenece, teniéndoos como su Fundador y Superior personal, y que por este título que nos impone la dulce obligación de sentirnos obligados a entregarnos a vuestra causa, que es la del mismo Jesucristo, tengamos derecho a participar en vuestros méri­tos y en vuestras oraciones, tanto para nosotros como para los que nos han de suceder en la misma Congregación.

Dignaos, Santo Padre ratificar con vuestra firma el deseo que os exponen vuestros hijos".

— "Muy bien, muy bien, —exclamó el Santo Padre que, duran­te la lectura, no había cesado de hacer signos de asentimiento a cuanto escuchaba—. "Sí, sí, yo puedo hacer lo que deseáis".

Y el venerable Anciano escribió de su puño y letra debajo de la súplica: BENEDICAT VOS DEUS, DIRIGAT ET ILLUMINET — Píus IX"[1].

Después de haber firmado el cuadro como le había pedido el Padre, intimó con sus visitantes tan familiar y sencillamente como un padre con sus hijos. Los tres Misioneros escucharon embelesados sin poder contener su emoción al comprobar la unción y piedad con que el venerable Anciano les hablaba del Corazón de Jesús. Depronto, sin que ninguna insinuación de sus interlocutores provoca­ra el tema, les dijo:

— "Hace algún tiempo[2], se me pidió que consagrara la Iglesia al Sagrado Corazón de Jesús, y por entonces no me sentía todavía dispuesto por creer que aún no era el momento oportuno. Pero hoy, si los fieles católicos me lo piden, lo haré de mil amores. Veo necesario responder a la piedad de los fieles; es preciso que el Sa­grado Corazón ejerza su soberanía sobre el mundo"

El cronista de 1874, después de citar estas palabras del Santo Padre, añadía:

"Estas palabras del Vicario de Cristo cayeron sobre nuestro corazón como aceite sobre fuego. ¿Qué mayor gozo podía comunicarnos el Santo Padre que hablar así a unos Misioneros del S.C. cuya divisa es "Amado sea en todas partes el Sagrado Corazón deJesús?".

El P. Chevalier y sus dos compañeros, al salir de aquella audien­cia en la que tuvieron el honor y el consuelo de renovar sus Votos religiosos a los pies del Soberano Pontífice, se intercambiaron mu­tuamente sus impresiones. Se preguntaban qué podrían hacer para responder a los deseos del Papa. Poco duró la deliberación ;entusiasmados COMO estaban los tres por el Sagrado Corazón, y animados por el mismo deseo de su gloria, llegaron a la conclusión evidente de que, habiéndose manifestado Pío IX tan benévolamente como Superior inmediato y personal de la Congregación, su manifiesto deseo les imponía un deber. Por otra parte jamás se había de en­contrar otra ocasión tan favorable de trabajar por el Corazón de Jesús que dedicarse afanosamente a conseguir que la Iglesia y el Mundo le fuesen consagrados por Pío IX. Tomaron la decisión de no desperdiciar ninguna oportunidad, de intentar incluso lo que parecía imposible, para llegar a aquel feliz resultado. Sin pérdida de tiempo, redactaron una circular que se publicó primero en los Anales (número de julio de 1874), y después un enorme número de ejemplares editados aparte para enviar a todos los celadores yceladoras de la Asociación de Nuestra Señora del Sagrado Corazón en todo el mundo.

Con la poderosa intercesión de Nuestra Madre, la circular tuvo una gran acogida; y fue prodigiosa la rapidez de nuestros asociados en responder al deseo del Papa.

Aún no habían transcurrido seis meses, y ya el Padre empren­día de nuevo el camino de Roma llevando un voluminoso cartapacio con las peticiones de ciento sesenta cardenales, arzobispos y obispos de Francia, Italia, España, Holanda, Austria, Bélgica, Ca­nadá y otros países; además las adhesiones de abades mitrados, Superiores Generales y de gran número de Ordenes y Congregacio­nes Religiosas; además 28 volúmenes de súplicas firmadas por los fieles, con cien mil firmas cada uno, que hacen un total de dos mi­llones ochocientas mil adhesiones. Poco después llegaron a Issoudun otros dos volúmenes parecidos a los anteriores, lo que eleva la suma de firmas a tres millones.

Era además portador de un mensaje del Arzobispo de Bourges al Santo Padre en el que el piadoso Prelado exponía a Pío IX inte­resantes detalles sobre la prodigiosa rapidez con que habían sido recogidas todas aquellas firmas. Permítasenos citar aquí el párraforelativo a estas peticiones, añadiendo un extracto de la respuesta de Pío IX.

— "Estas súplicas contienen ciento cincuenta y tres cartas de Obispos pidiendo esta Consagración, y dos millones ochocientas mil adhesiones de los fieles, contenidas en veinte volúmenes. Todas estas firmas han sido recogidas por el celo y la solicitud de los MSC establecidos en Issoudun. Me es grato recordar la exquisita amabi­lidad con que Vuestra Santidad se dignó recibir en el pasado mes de junio, al R.P. Julio Chevalier, Superior de estos mismos Misioneros, y a otros dos miembros de la misma Congregación, exhortán­dolos con paternales palabras a solicitar el parecer de los fieles para esta consagración.

Al aceptar radiantes esta gloriosa misión, estos Padres se pusie­ron inmediatamente a la obra con una entrega absoluta sin escati­mar esfuerzos para llevar adelante esta noble empresa... El divino Corazón de Jesús ha bendecido tan eficazmente sus esfuerzos que, en el espacio de pocos meses, han recogido cien mil firmas en cada uno de los 28 volúmenes"

Pío IX, en su respuesta al Arzobispo, de fecha del 10 de febrero, le decía entre otras cosas:

`Hemos recibido junto con vuestras respetuosas cartas de fechas próximas a la Navidad, los 28 volúmenes con las peticiones de los Obispos y los fieles, interesando la consagración de la Iglesia uni­versal al Sagrado Corazón de Jesús.

Hemos ordenado que tales súplicas sean enviadas a nuestra Sagrada Congregación de Ritos, a la que corresponde tratar estos asuntos con la diligencia y madurez que merecen"[3] .

El celo desplegado en esta circunstancia por el P. Chevalier y sus compañeros, muestran bien claramente, como hemos señalado al comienzo de esta narración, no sólo su estado de ánimo, sino también sus habituales disposiciones cuando se trataba de la gloria del Corazón de Jesús.


 

[1] "Que el Señor os bendiga, dirija e ilumine". Este cuadro con la firma de Pío IX, se conserva cuidadosamente en nuestros archivos

[2] En 1870, durante el Concilio Vaticano. El P. Chevalier había dirigido entonces a1 Sto. Padre una suplica acompañada de más de 50.000 firmas pidiendo la consagra­ción del mundo al Sagrado Corazón. El P. Ramière, en el Mensajero, había dirigido este movimiento.

[3] Damos los extractos de estas cartas de incontestable autenticidad para dejar cons­tancia del mérito y la gloria que redunda en favor del P. Chevalier de haber suscitado este gran movimiento de fe en el universo católico; movimiento que decidió al glo­rioso Pontífice a ordenar la consagración de todos los fieles al Corazón de Jesus el16 de junio de 1875.

El Santo Padre hizo depositar el album de petición de los 153 Obispos, y los vo­lúmenes de firmas de los fieles, en la Biblioteca Vaticana.

En su Encíclica sobre la Consagración del género humano al Corazón de Jesus, León XIII hace alusión a ellos

 


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