JOVEN SACERDOTE MORIBUNDO
DEJA IMPRESIONANTE LEGADO DE FE


 

Testimonio y esperanza

 

"El Señor siempre me ha concedido lo que le he pedido de todo corazón. Él siempre se abaja para escuchar al afligido y al atribulado, y a la oveja perdida siempre la trata con mayores entrañas de misericordia". Estas palabras corresponden a la carta que un joven sacerdote español afectado por un cáncer terminal distribuyera a algunos amigos suyos para que fuera conocida a través de Internet y del correo electrónico. En la misiva, el presbítero de poco más de treinta años cuenta el proceso de conversión y el redescubrimiento de su vocación sacerdotal desde su experiencia de miembro activo de un importante movimiento apostólico internacional y en medio del sufrimiento que lo une a la cruz de Cristo.

El sacerdote. El autor de la carta es el joven sacerdote español Jesús Muñoz, un presbítero de la diócesis de Toledo (España), que en los últimos meses viene sufriendo una grave enfermedad que, salvo un milagro, ya no tiene remedio. "Tengo tumores en el hígado y en el hueso sacro. Es decir, la metástasis comienza a extenderse; aunque con la quimioterapia parece que la retienen un poco. De todos modos los médicos me han pronosticado que no viviré más de un año, dos a lo sumo; según sea el avance de la enfermedad".

Conversión. A sus 32 años, el P. Muñoz, en un edificante testimonio de humildad, reconoce en su carta que sus primeros años de sacerdocio no fueron de marcada fidelidad a su misión. "Era un burgués -admite- no me preocupaba de nada salvo de mí mismo. Sin santidad, sin intimidad con el Señor y con su Palabra, sin oración asidua. Muy despreocupado por la liturgia y por quien me tocaba pastorear. No era capaz de morir por nadie", confiesa.

Misión. Por ello, el P. Jesús señala que un hito importante en su vida pastoral fue su labor como misionero en Bolivia en 1996, a iniciativa de su movimiento apostólico. "El tiempo pasado en Bolivia fue fantástico. De niño siempre quise ir a las misiones y el Señor me lo ha concedido. Fue un tiempo de renovación sacerdotal", dice el P. Jesús. Fue precisamente en el país altiplánico donde el joven sacerdote redescubrió el sentido de su misión como apóstol y pastor. "En la misión vi qué es ser hijo de Dios, y vivir como un hijo de Dios", señala.

Movimiento. El joven sacerdote agradece en su carta a los jóvenes misioneros del movimiento apostólico "Equipo de Evangelización", que lo acompañaron a anunciar a Cristo en los Andes. "Ellos me ayudaron mucho, me corrigieron a tiempo y a destiempo y siempre con cariño o, mejor aún, con amor evangélico", dice. El joven sacerdote confiesa que durante la labor misionera y el compartir comunitario tuvo "muchos sufrimientos internos": "ver que no era el super cura que me habían dicho y formado; ver que la misión me superaba, pues no podía estar a la altura de las circunstancias. En definitiva tener que pasar por la puerta de la humildad, la cual yo rehusaba". "Ciertamente que les estoy muy agradecido, ha sido un segundo seminario de formación. Una regeneración sacerdotal", señala.

Cáncer. Al volver a España en sus vacaciones, el P. Jesús recibió una noticia que transformaría aún más su vida. Luego de un chequeo, el diagnóstico del médico señaló que tenía un "cáncer colo-rectal con metástasis hepática", por el cual ha sido intervenido quirúrgicamente varias veces y que le produce en ocasiones intensos dolores. "He sido sometido a tratamiento de radioterapia y actualmente estoy en tratamiento con quimioterapia. Llevo ya tanto tiempo que el cuerpo se deteriora y por esta razón no puedo viajar, ni muchas veces salir de casa. Bueno, aunque es aceptable mi calidad de vida, varía mucho de mes en mes e incluso de día a día. Nunca es igual, es imprevisible cómo me voy a encontrar a la mañana siguiente. Es un misterio. El sufrimiento es un misterio que solamente desde la fe se ilumina".

Solidaridad. Conocida la noticia, la ayuda de la diócesis y de sus amigos y compañeros no se hizo esperar. "Cuando me diagnosticaron el cáncer, los médicos me aconsejaron que los únicos lugares donde podían hacer frente a la enfermedad eran en Barcelona y en Navarra. Yo llamé por teléfono explicándole todo a mi obispo e hizo los trámites para que me atendieran en Pamplona, en la Clínica Universitaria. Más aún, decidió que la diócesis se hiciese cargo de los gastos, pues además de ser gravosos yo no tenía ni un duro". "Pero aún más, mi comunidad -continúa- me ayudó y sigue haciéndolo para pagar los viajes; y en Pamplona la 2ª Comunidad de S. Fermín me buscó un piso donde alojar a mi familia y a mí en los períodos en los que estaba y estoy fuera de la Clínica: el piso pertenece a una familia en misión en Chile. Dios siempre provee, no deja solo al desvalido, siempre abre puertas allí donde parece que se cierran".

El dolor y la Cruz. "La experiencia del sufrimiento es un misterio", dice el P. Jesús. "En el postoperatorio -dice en la carta- aunque estaba sedado con morfina recuerdo que en una ocasión desperté y miré el Crucifijo que tenía delante. No estaba encima de la cama, sino enfrente, de modo que el enfermo pueda verlo. Yo miré a Jesucristo y le decía que estabamos iguales: con el cuerpo abierto, con los huesos doloridos, solos ante el sufrimiento, abandonados, en la cruz... Yo me fijé en mí y me revelé. No lo entendía. Dios me había abandonado...Y de pronto recordé las palabras que desde el cielo Dios-Padre pronuncia refiriéndose a Jesucristo el día del bautismo y posteriormente en el Tabor: "Este es mi Hijo amado", "mi Predilecto". Y el Hijo amado de Dios estaba colgado frente a mí en la Cruz. El amor de Dios crucificado. El Hijo en medio de un sufrimiento inhumano. Entonces reflexioné: Si me encuentro en la misma situación que Él, entonces yo también soy el hijo amado y predilecto de Dios. Y dejé de revelarme. Y entré en el descanso".

Sentido del sufrimiento. El P. Jesús afirma que "la razón humana no encuentra sentido al sufrimiento, no tiene lógica", y que "sólo mirando al Crucificado el hombre entra en la paz que el sufrimiento le ha robado". "Con el dolor y el sufrimiento -agrega- el hombre pierde la capacidad de razonar y la voluntad. Y ya está perdido, le han vencido. Ha dejado de ser hombre; pero el sufrimiento y la Resurrección de Cristo nos ha hecho hombres nuevos.

Y también cuánto me han consolado las palabras del Siervo de Yahveh: varón de dolores, conocedor de todos los quebrantos. ¡No! No estoy solo en la cruz". El joven presbítero también recordó en su lecho de enfermo algunas frases de los salmos que he meditado y qué bien me han hecho: "me estuvo bien el sufrir"; "hasta que no sufrí estuve perdido"; y afirma que "sólo la fe tiene respuestas a los interrogantes del hombre".

Dolor y Evangelización. "Todo sea por la Evangelización" es la frase que todos los días este sacerdote repite cuando le atacan los dolores. "Al igual que en la Clínica he colocado un icono de la Virgen enfrente de mi cama, pues quiero morir mirándola a ella. Y quiero morir sin agonía, sin lucha, sino entregándome como ella me ha entregado a su Hijo", precisa. "Pido a Dios tener una calidad de vida lo suficientemente aceptable como para evangelizar desde mi situación". "Me siento como una barca varada en la orilla del lago de Tiberíades. Ya no saldrá más a pescar; pero tengo la esperanza de que Cristo también suba a ella para proclamar desde allí la Buena Nueva a la muchedumbre. Ésta es ahora mi misión: ser barca varada, púlpito de Jesucristo".

Esperanza. "Creo que me mantiene la oración de los demás: los hermanos, las comunidades religiosas que conozco, el presbiterio diocesano... En fin, la comunión de los santos", señala. "Veo que este tiempo es un Adviento particular que el Señor me regla para prepararme al encuentro con el novio y tener las lámparas preparadas con un aceite nuevo. Y así poder entrar al banquete de bodas. Un don el poseer el aceite de Jesucristo: fortifica mis miembros para la dura lucha de la fe en el sufrimiento, me ilumina la historia que está haciendo conmigo, y me asegura poseer el Espíritu de Jesucristo como arras del Reino de los Cielos. Ciertamente nadie sabe ni el día ni la hora de la muerte. Es vivir de la Esperanza. Nunca mejor en este año de preparación para el Jubileo del 2000. De esto se reflexionará en toda la Iglesia: sobre la virtud de la Esperanza. Y sobre el Espíritu que nos hace decir ¡Abba! (Padre)", revela el sacerdote.

Elocuente silencio. Aunque el sacerdote sabe que la hora ha de llegar, ve todo momento como propicio para "purificarme, convertirme, evangelizar desde el silencio". "A esto me está ayudando la lectura de las obras de Sta. Teresita del Niño Jesús y he vuelto a releer la "Salvifici Doloris" del Papa Juan Pablo II". Y concluye la carta con letras mayúsculas: "Lo más importante es esta fe vivida en régimen de pequeñas comunidades, donde la lectura de la palabra de Dios ilumina el sentido de mi vida, donde se dan signos de unidad y amor".


 


 

 

 

 

 

 


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