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Oncóloga con cáncer incurable: Era pro eutanasia; ahora quiere 'vivir hasta el final'

 

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Derecho de vivir la vida hasta el final


¿Temo que la eutanasia pueda ser la lógica que avance si de muchos enfermos, cuando mueren, se dice sólo: ‘por fin'

 Sylvie Menard 
ForumLibertas.com



Contenido
“El futuro ya no existía”

“Vivir hasta el final”

“El cáncer es mi ‘ángel’”

¿Por qué no a mí?



Defensora en el pasado de la eutanasia “en ciertas condiciones de enfermedad”, la oncóloga Sylvie Menard cambió radicalmente su postura al conocer que padecía un cáncer incurable. A partir de entonces, luchó contra el dolor y quería “vivir hasta el final”.

“Anteriormente partidaria de la eutanasia, la doctora Menard ha declarado en un reciente congreso en Milán que, desde que se descubrió enferma, su perspectiva sobre estos temas ha cambiado”, publicó el 28 de noviembre el diario italiano Avvenire.

La noticia, difundida por la agencia ZENIT, recogía diversas citas del testimonio de la oncóloga en la evolución de su enfermedad, un cáncer para el que no existe aún curación, y de su postura ante la vida.

Casada y madre de un hijo, Menard, de sesenta años, que se declara laica no creyente, dirige el Departamento de Oncología Experimental del Instituto de Tumores de Milán (Italia), donde trabaja desde 1969.

“El futuro ya no existía”

El 26 de abril de 2005 “la mujer que había sido hasta entonces había muerto. El examen mostraba un tumor en la médula, un tumor incurable. Me miré en el espejo de casa: ‘imposible’, me decía; me encuentro muy bien. Logré dormir sólo cuando me convencí de que se trataba de un error”, contaba entonces la especialista.

“Conocí la imposibilidad, de golpe, de trazar cualquier proyecto. Era como tener delante un muro -reconocía la oncóloga-. El futuro sencillamente ya no existía” y “descubrí que existe todavía una palabra tabú, la palabra cáncer”, pues “hay quien te teme, como si fuera contagioso”.

Menard vaciló en someterse a terapia, consciente de que no habría curación. “Quería permanecer todavía entre los sanos”, decía. Se sucedían las noches difíciles, pues, como alerta, “cuando tienes un cáncer lo que cuenta son las noches”. Finalmente eligió la terapia.

“Vivir hasta el final”

“Algo en mí reaccionó. Aún sin meta de curación, prolongar la vida algunos años, de improviso, se convirtió en mí en algo fundamental; quería vivir hasta el final”, relataba hace ahora tres años.

“Cambió la conciencia de la vida misma. Cuando estás sano, piensas que eres inmortal. Cuando en cambio tu final ya no es virtual, la perspectiva se da la vuelta”, añadía.

“También yo, antes, hablaba de ‘dignidad de la vida’, una dignidad que me parecía mellada en ciertas condiciones de enfermedad. Como sano se piensa que pasar por que te laven o te den de comer es intolerable, ‘indigno’. Cuando llega la enfermedad, se acepta hasta vivir en un pulmón de acero. Lo que se quiere es vivir. No hay nada de indigno en una vida totalmente dependiente de los demás. Es indigno más bien quien no logra ver en ello la dignidad”, subrayaba.

En su itinerario por la quimioterapia, la doctora Menard reflexionó sobre el debate de la eutanasia y sobre el caso de Eluana, la joven italiana en estado vegetativo cuyo padre quiso dejar morir.

“¿Pero sabemos que esa joven no tiene ningún cable que desconectar? -advertía la oncóloga-. ¿Que la hipótesis es la de dejarla morir de hambre y sed? ¿Sabemos que ‘estado vegetativo permanente’ no quiere decir que no exista ninguna actividad cerebral? En un reciente trabajo científico se ha demostrado que si se pone ante los ojos de uno de estos enfermos una fotografía de personas queridas, y se hace una resonancia magnética, se ve la puesta en marcha de una actividad cerebral. ¿Cómo se puede decidir suspender la alimentación?”, se preguntaba.

En síntesis, para la doctora Menard “el favor de muchos por la eutanasia se explica con un tipo de exorcismo inconsciente, un deseo de alejar de sí la posibilidad de la enfermedad y del dolor”; pero “cuando te encuentras ahí, cambias de idea”.

Insistía en que la verdadera petición de los enfermos es la de no sufrir: “Debe hacerse todo lo posible contra el dolor”. “La verdadera batalla es contra el dolor. No por una muerte que, en la experiencia amplísima del Instituto de los Tumores, los ‘verdaderos’ enfermos no piden. Reclaman, en cambio, no ser abandonados”, escribió Avvenire.

Y citaba de nuevo a la doctora Menard, quien admitía: “Temo que la eutanasia pueda ser la lógica que avance si de muchos enfermos, cuando mueren, se dice sólo: ‘por fin’”.

“El cáncer es mi ‘ángel’”

Otro testimonio de un enfermo de cáncer, el del cardenal chino Paul Shan Kuo-hsi, sirve de inspiración a otros pacientes con tumores para afrontar la vida con valor. Tras ser diagnosticado de cáncer de pulmón en 2006, el prelado se enfrentó a su enfermedad en lugar de esperar la muerte con resignación.

El cardenal jesuita, obispo emérito de Kaohsiung y antiguo presidente de la Conferencia Episcopal Regional China de Taiwán, inició su gira de “Adiós a mi vida” en octubre de ese año. Su primera visita fue a Hsinchu, en la costa noroeste de Taiwán, y desde entonces visitó las otras seis diócesis de la isla.

“Trato al cáncer como mi ‘pequeño ángel’ -explicaba el cardenal a ZENIT en una entrevista telefónica-. Me lleva a decir a la gente que deberíamos tener el valor de afrontar los desafíos de nuestra vida”.

La gira se completó el 5 de diciembre de 2007 con la visita del purpurado, de 84 años, a la Universidad Católica Fu Jen en Taipei. El cardenal Shan Kuo-hsi comentó que se sentía “muy feliz de ser testigo del Evangelio” en esta última etapa de su vida.

“El cáncer me ha permitido saber que estoy en la última etapa de mi vida, debería intentar dar lo mejor de mí mismo a la sociedad”, dijo en su visita a un centro contra el abuso del consumo de drogas en Taitung en el que se encontró con trescientos internos el 22 de noviembre de ese año.

¿Por qué no a mí?

Diagnosticado de cáncer de pulmón en julio de 2006, compartió con quienes encontró en su viaje cómo le impresionó el diagnóstico, con la perspectiva de tener sólo cuatro o cinco meses de vida.

“Al principio, le pregunté al Señor: ‘¿Por qué a mí?'. Cuando me serené, reconocí que es la voluntad del Señor -dijo el cardenal--. El quiso que yo ayudara a otros compartiendo con ellos mi experiencia personal. Y ahora, confirmo que ‘¿Por qué no a mí?’. ¡Un cardenal no tiene el privilegio de estar siempre sano!”.

 

 


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