La verdad robada sobre tu sexualidad


Autor: R. P. Miguel Ángel Fuentes, IVE
Fuente: Del libro "Las Verdades Robadas"


La educación del pudor debe ser parte de una educación moral del sentimiento, es decir, de la afectividad en general

 

Indice
Introducción: La verdad de que la castidad  es posible
1. Castidad y templanza
2. Qué nos dice la Biblia sobre la sexualidad

3. Por qué esta virtud
4. Ley natural y castidad
5. Necesidad y función de la castidad
6. Castidad para todos
7. Pero, la castidad es posible 
8. El pudor es la defensa de la castidad
9. Pudor y educación
10.La auténtica educación del pudor

 



La verdad de que la castidad  es posible
Una de las verdades que tienen mayor incidencia en la vida de una persona es la relacionada con su sexualidad: ¿deberías controlar tus impulsos sexuales?, o antes todavía de esta pregunta: ¿son controlables nuestros impulsos y deseos? Nuestra sociedad no tiene muy claro este punto; es más, es éste uno de los campos donde más confusión encontrarás; te encontrarás con amigos (¡qué amigos!), profesores (¡vaya educadores!) y sobre todo los que tienen a su cargo los medios masivos de comunicación, que intentarán llenar tu cabeza con ideas sexualizadas del hombre y de la mujer. Más aún si estás estudiando alguna de las carreras relacionadas con la psiquiatría y la psicología, pues, como decía un eminente escritor argentino (Leonardo Castellani), “no hay otra ciencia donde sea tan fácil dar gato por liebre y que tanto invite a los charlatanes”. Puedes leer, si no, los libros serios sobre Sigmund Freud y sus teorías (no las mitificaciones que corren sobre él).
No es difícil entender este fenómeno; ciertamente la tendencia al placer sexual es una de las más fuertes de nuestra naturaleza (porque precisamente por este medio la naturaleza garantiza la conservación de la especie). Es fácil que si una persona se degenera, lo haga reduciendo la realidad del hombre al sexo, e identifique la felicidad con el placer sexual. Tampoco es difícil que confunda las raíces de toda enfermedad con algún problema de represión sexual, ni que, como lógica consecuencia, reduzca toda terapia y curación a liberar ese instinto sexual reprimido. Junta todo esto y tendrás la sustancia de la doctrina freudiana.

Imagina qué le espera, en esta visión, a la doctrina enseñada por nuestra fe, con un ideal de vida casta, de noviazgo puro, de matrimonio fiel y monogámico. Si no te tachan de mojigato o mojigata, por lo menos te considerarán trastornado o trastornada.

Estés donde estés (pues aunque principalmente me dirijo a quien estudia en una universidad, estas páginas pueden perfectamente tener un alcance más universal), sé que estás sometido a terribles presiones sobre tu instinto sexual. Ya no sólo es la televisión, el cine y las revistas dedicadas al sexo; hoy en día el desorden sexual (incluso la pornografía más descarada) viene envuelta en literatura de entretenimiento (novelas, historias) y pseudo científica, en cátedras de diversa índole, y te asaltará en el medio principal de nuestra comunicación moderna: la Internet (el negocio del sexo es el tercer negocio en importancia que se maneja en el mundo de Internet, después del hardware y del software; y para esta auténtica mafia de la pornografía, ¡tú eres un cliente que hay que conquistar!). Y tu vulnerabilidad aumentará exponencialmente si tus ideas sobre el sexo y la castidad son confusas, o peor aún si están envenenadas. Lamentablemente nuestra escuela moderna, en amplios sectores, desempeña un papel corruptor en este sentido (piensa solamente en lo que muchos enseñan bajo el disfrazado título de educación sexual).

Este punto podría aclararlo de dos maneras: la primera exponiendo lo que enseñan algunos de los pensadores principales sobre este tema (como Freud y muchos de sus secuaces) y haciendo las críticas pertinentes al caso; lo cual es algo que ya ha sido hecho en estudios apropiados y profundos y no haría más que resumir y repetir . El otro modo, que es el que mejor cuadra con mi propósito en este libro, es mostrarte que la castidad es necesaria y es posible; es el que aquí te ofrezco.

1. Castidad y templanza

La castidad, también llamada pureza, es una virtud, parte de la virtud de la templanza, que nos inclina a moderar el uso de la facultad sexual según la razón (iluminada por la fe, en el caso de la castidad sobrenatural).
La sexualidad es un bien eminente de la persona. El pensamiento cristiano ha sido siempre muy cristalino al respecto, al menos en sus pensadores más preclaros. Se pueden señalar algunas excepciones que tuvieron una visión pesimista de la sexualidad, como los que llegaron a pensar y afirmar que en el Paraíso terrenal no habría habido propagación del género humano por vía sexual si Adán no hubiese pecado . De todos modos se adjudica a la paternidad de Tertuliano (ya hereje montanista) la visión pesimista de la sexualidad humana . Sobre la auténtica visión de los grandes pensadores, como Santo Tomás, pueden leerse las páginas que le dedicó Josef Pieper en su libro “Las virtudes fundamentales”.

Etimológicamente, la palabra castidad viene de castigo, no en el patético sentido que alguien podría imaginarse sino sólo entendida como alusión a que por medio de este hábito la razón somete el apetito concupiscible a su medida razonable. Es la virtud moderadora del apetito genésico o sexual. Su materia propia es la actividad propiamente generativa, ya que los actos secundarios de la sexualidad (miradas, tactos, etc.) son materia de la pudicicia, aunque según Santo Tomás, ésta no sea una virtud especial distinta de la castidad, sino una circunstancia de la misma.

La castidad tiene como finalidad inmediata el dominio racional y moral sobre el instinto sexual. El estado de la naturaleza humana exige una virtud que sea disposición permanente y firme del alma que tenga tal objeto. El apetito sexual es muy intenso y en el hombre no está regido acertadamente por el instinto, como ocurre en los animales. Una fantasía desordenada puede llevar la vida sexual del hombre a numerosos excesos de que no son capaces los animales. Las normas de la ley natural que rigen la vida sexual humana quedarían inefectivas si la razón se limitara a conocerlas pero no existiera al mismo tiempo una virtud que inclinara la voluntad a su cumplimiento comunicándole el vigor necesario para ello. De ahí que la virtud de la castidad sea indispensable para la perfección del hombre interior y para la justa armonía entre el cuerpo y el alma.

Psicológicamente hablando, la castidad es un hábito moral por el cual la persona humana ordena su instinto generativo (el apetito concupiscible) haciendo que éste busque el auténtico bien deleitable , en la medida en que éste perfecciona a la persona humana, y controla que no se desvíe hacia bienes deleitables contrarios al bien integral de la persona. Este hábito, como todos los hábitos o virtudes morales, actúa en correlación con la virtud de la prudencia que le dicta el justo medio (es decir, el “verdadero” bien concupiscible) que debe buscar en cada momento según el propio estado de vida.

Este hábito es, propiamente hablando, una inclinación (o atracción) impresa en el apetito concupiscible (es decir, en la afectividad) hacia el bien sensible moral (es decir, hacia el bien concupiscible legítimo y ordenado según los principios morales). En realidad la inclinación hacia el bien deleitable de los sentidos es constitutiva del apetito sensible; lo que añade el hábito de la castidad es la “docilidad” o “consonancia” (adquirida por el ejercicio y disciplina) de esta inclinación con la “medida” virtuosa en que es lícito buscar y gozar de estos bienes (según el propio estado y situación). Para que se llegue a adquirir esta docilidad hay dos elementos más que forman parte integrante del ámbito de la castidad. El primero es un conjunto de principios morales (en este caso principios sobre la sexualidad) que pertenecen a diversos hábitos intelectuales, ya sea al hábito de los primeros principios morales (llamado sindéresis), o a una moral elemental (que suele adquirirse por tradiciones familiares, por formación religiosa –catecismo– o incluso por sentido común), o tal vez a una ética más científica fruto del estudio personal. Estos principios generales son aplicados a cada situación concreta por el hábito de la prudencia, que siempre está presente en todo acto virtuoso de la naturaleza que fuere (no hay virtud moral sin prudencia, pues es ésta la que señala la medida virtuosa en que todo hábito debe ejercitarse en una circunstancia determinada). El segundo elemento es la acción de la voluntad, perfeccionada por la justicia y sus virtudes anexas . La voluntad, ordenada por el amor al bien, es el que “impera” (con el llamado “imperio de ejercicio” ) dominando al apetito sensible y aplicándolo a la búsqueda del bien sensible según la medida en que éste perfecciona al sujeto (o sea, en la medida en que es lícito y virtuoso). A raíz de este continuo dominio de la voluntad y de su “aplicación” sobre el apetito sensible, en éste se termina por plasmar una “forma” o inclinación estable (a obrar siempre de la misma manera) que es lo que denominamos hábito virtuoso o “virtud” a secas.

2. Qué nos dice la Biblia sobre la sexualidad

Si tratamos de mirar la idea de la sexualidad que nos presenta la Sagrada Escritura tenemos que remontarnos necesariamente al relato de la creación del hombre y de la mujer en el Génesis, no sólo por ser el primero sino también por ser “normativo”. No debemos perder de vista que Jesucristo al referirse al matrimonio en su discusión con los fariseos dice –contra la práctica del divorcio– “al principio no fue así”. El “principio” presenta una norma, la de la voluntad divina sobre el matrimonio y sobre la sexualidad; Nuestro Señor la retoma en su predicación moral; también debemos hacerlo nosotros. En el relato de Gn 1,26-31 el hombre es creado macho y hembra (v.27), por tanto se señala la creación de la bisexualidad, la que es querida por Dios; en ambos se da imagen de Dios; a continuación se añade que Dios ordena y bendice la fecundidad (v.28), ligándola pues al matrimonio. En el relato complementario de Gn 2,18-24 aparece subrayado especialmente el aspecto de ayuda mutua y sociabilidad (v.18); precisamente a este texto apela Cristo para hablar de la unión indisoluble: al principio no era así o sea, no había divorcio (Mt 18,1-9); la bondad del sexo en cuanto salido de la manos de Dios queda puesto de manifiesto en la armonía y limpieza de conciencia de los primeros padres: estaban desnudos y no se avergonzaban (v.25). Hay también otros elementos de suma importancia que se destacan de estos primeros capítulos .

Una visión de la sexualidad en el Antiguo Testamento no puede dejar de lado los escritos sapienciales (en especial el Cantar de los Cantares) y los libros proféticos; en todos estos el amor conyugal –descrito incluso con caracteres pasionales– es usado como símbolo del amor entre Dios y su pueblo (y también del amor de Dios por cada alma singular). Destaquemos que el hecho de que el amor humano sirva para ilustrar el amor de Dios hacia los hombres, implica también la capacidad de que el amor divino ilumine (nos haga entender) hasta cierto punto el amor humano. En el Antiguo Testamento, tal vez sin demasiados desarrollos, quedan evidenciados los grandes dones del amor y de la sexualidad: la fidelidad, la lealtad, la indisolubilidad, la fecundidad, etc.
Yendo al Nuevo Testamento, el texto más importante –y completo– está en los capítulos 6 y 7 de 1 Corintios. En 1 Cor 6,12-20 San Pablo presenta una visión clara y equilibrada del placer y del cuerpo contra el laxismo y contra el rigorismo moral que ya se presentaban en su tiempo como enemigos de la visión cristiana de la sexualidad. El Apóstol valora el cuerpo en su dimensión religiosa: es miembro de Cristo (v.15); destinado a la resurrección (v.13-14); templo del Espíritu Santo (v.19). Igualmente el texto condena la fornicación por un doble motivo: natural (deshonra el cuerpo: v.18), sobrenatural (sacrilegio contra el Espíritu Santo). Y se añade que el cuerpo puede y debe glorificar a Dios (v.20). En el texto de 1 Cor 7,1-10 se muestran algunos aspectos notables: la castidad y virginidad es algo bueno (v.1), pero también es lícito el matrimonio (v.2) y señala el “débito conyugal” como una obligación mutua (v.3) . San Pablo habla del efecto del matrimonio como una mutua posesión por parte del varón y la mujer (v.4); y cuando habla de la abstinencia periódica de la unión sexual, declara que para que sea lícita debe ser realizada con mutuo consentimiento y para un fin honesto como la oración (v.5). Finalmente recomienda la virginidad (v.8-9) y recuerda el tema de la indisolubilidad matrimonial (v.10-11). Otros textos del Nuevo Testamento aparecerán a lo largo de estas páginas.

3. Por qué esta virtud

El ser humano es algo complejo, que no puede ser reducido a una sola dimensión sin ser, al mismo tiempo destituido de su dignidad; es decir, destruido. Así todas las reducciones del hombre son deshumanizaciones. El materialismo lo reduce a su dimensión más baja (sea el materialismo biologicista que está en la base del moderno cientificismo; sea el materialismo animal, o el materialismo evolucionista, etc.); el falso espiritualismo lo reduce a puro espíritu desencarnado. Las dos visiones son falsas. El hombre es un microcosmos que resume en su frágil entidad el universo entero: comparte (lo que los escolásticos decían “comunica”) con el universo mineral, con el mundo vegetativo, con lo animal o sensitivo, y con el mundo espiritual. Todo él es un complejo mundo jerarquizado. La jerarquía tiene como fruto la armonía. Esto se explica diciendo que lo menos está subordinado a lo más, lo inferior a lo superior, sirviéndolo y permitiéndole desarrollar todas sus virtualidades. Esto significa que mientras lo inferior (por ejemplo lo animal) se mantenga subordinado y dócil a lo superior (el alma, la inteligencia y la voluntad), le permite a ésta desarrollar todas sus potencialidades. Esta era la condición “original” del hombre en el Paraíso, si nos atenemos al relato bíblico del Génesis. El hombre en su origen gozaba de una armonía basada en una jerarquía de sus potencias: el mundo exterior estaba bajo su dominio en la medida en que en su cuerpo se sometía a sus afectos, estos al dominio de la voluntad y la inteligencia, y estas últimas potencias servían a Dios. Todo esto era fruto de lo que la tradición católica ha llamado “dones preternaturales” (inmortalidad, impasibilidad, armonía, etc.), dados por Dios a la naturaleza humana para garantizar de modo gratuito esta armonía (en definitiva para poner las bases de la amistad entre el hombre y Dios). El pecado original trastocó todo rompiendo la subordinación esencial: la del alma respecto de Dios. Como consecuencia todas las demás subordinaciones garantizadas por los dones preternaturales quedaron trastocadas: las pasiones esclavizan al alma, el cuerpo se debilita y camina hacia la muerte, presa muchas veces de los instintos desbocados y vueltos compulsivos, el mundo externo arranca sudor y lágrimas al hombre que intenta someterlo.

Este cuadro es clave para interpretar lo que significa “bien integral del hombre” (término que aparece en algunos documentos magisteriales) . Algo puede ser considerado bien “integral” (o “verdadero e integral”) cuando es un bien para toda la persona humana (y también para toda persona humana) y no para una potencia aislada (inteligencia, voluntad, afectividad) o para un aspecto particular de su ser. Para que pueda darse esto, una realidad no sólo debe ser buena en sí (per se bona) sino que debe reunir dos condiciones más: no debe entrar en conflicto con los demás bienes de la persona y, consecuentemente, debe tener una “medida” (in medio virtus). Hay realidades que son buenas en sí (la comida, el placer sexual, el trato social) pero pueden entrar en conflicto con el bien total de la persona ya sea porque contradicen directamente (per se) otros bienes de la misma persona (como el placer sexual para quien ha hecho voto de celibato) o indirectamente (per accidens), esto es, cuando la contradicción viene por el modo, el tiempo, o la medida en que se procura dicho bien (pensemos en el exceso de comida –gula– o la búsqueda del placer sexual de modo indebido).
Ninguna persona sensata puede negar la validez de esta consideración.

El punto está tal vez en la discusión sobre el “modelo” de dicho bien integral de la persona. ¿Puede establecerse un modelo válido para todo hombre y mujer, tanto de nuestro tiempo como del pasado y del futuro? Debemos responder que sí; y dicho modelo integral se basa en la ley natural, de la cual ya hemos hablado en el capítulo anterior.

4. Ley natural y castidad

Esta ley es la que fundamenta una norma de la castidad, como fundamenta también toda relación del ser humano respecto de sí mismo, de su relación con el prójimo y con Dios.
En el plano concreto de la castidad la ley natural, es decir, lo que nuestra inteligencia puede captar del plan divino grabado en nuestra naturaleza , debemos decir:

1º que lo primero que se observa es la complementariedad varón-hembra (no sólo en el plano físico, sino en el psicológico y sobre todo en el genético); toda sexualidad debe ser, por tanto, “heterosexual”;

2º en segundo lugar debemos señalar el fin social de la sexualidad: el ejercicio de la sexualidad (heterosexualidad, se entiende) es necesario para la perpetuación del género humano; este principio exige ser complementado, pues la perpetuación de la raza humana no se obtiene del simple apareamiento entre los individuos humanos de diverso sexo sino de su unión estable, pues la fragilidad y complejidad del ser humano exige que el fruto del ejercicio de la sexualidad (el niño) sea acompañado y educado durante un largo período de tiempo ; de esto se desprende que el matrimonio (unión de uno con una para siempre) sea la única forma natural en que se puede actuar adecuadamente la vida sexual humana;

3º la tercera observación que podemos hacer es que la atracción entre el varón y la mujer (es decir, entre el macho y la hembra de la raza humana) no responde ni exclusiva ni primeramente a la esfera física u hormonal (como en las demás especies) sino que nace de un elemento psicológico y espiritual: el amor; no se trata de un movimiento puramente instintivo sino de un movimiento libre; esto significa que el movimiento que lleva al uso de la sexualidad nace de una inclinación a la donación de sí mismo a la persona amada; esto es lo que viene significado con el término “unitivo”: el fin del amor es la unión y la donación; ahora bien toda donación tiende a ser total (psicológicamente toda donación que no sea total no tiene relación con el amor, pues éste es totalizante); nuevamente esto nos lleva a encuadrar el ejercicio de la sexualidad dentro del marco matrimonial, pues una donación de sí sólo es total cuando es sellada con un compromiso social y está abierta a la vida (en este caso tal donación es “total”: implica donación del propio ser, de las propias cosas y de la capacidad procreadora, para toda la vida, sin intención de retractarlas;

4º la cuarta observación es que físicamente el varón y la mujer poseen los elementos propios para expresar en un lenguaje corporal los tres elementos primeros que llevamos observados: a su inclinación y deseo de donarse corresponde en los individuos del otro sexo la capacidad receptiva no sólo de su dimensión física sino de su capacidad procreativa; esto nos lleva a señalar que a través de su dimensión corporal el varón y la mujer poseen las claves de un lenguaje, es decir las palabras propias (corporales) para expresarse este mutuo amor y para consumarlo;

5º estos elementos que hemos expresado de forma positiva también pueden expresarse de forma negativa pues la observación profunda de la naturaleza física, psicológica y espiritual del varón y la mujer también nos permite deducir un uso de la genitalidad contrario al bien integral del ser humano; concretamente: un uso egoísta del sexo (masturbación, pensamientos impuros); un uso infiel del sexo (la falta de fidelidad al legítimo cónyuge tanto de modo consumado como de modo interno: deseos y pensamientos infieles); un uso infructuoso del sexo (homosexualidad, uso de la sexualidad cerrado a la vida); un uso circunstancial del sexo (la relación no permanente ni comprometida, como sucede con el sexo entre personas no casadas), etc. Todas estas expresiones sexuales, destructivas del verdadero amor y del bien integral de la persona son prohibidas (precisamente por su contradicción con ese bien integral) por el mandamiento que exige “no cometer actos impuros”.

5. Necesidad y función de la castidad

El magisterio de la Iglesia lo ha expresado de una manera muy ajustada: “la alternativa es clara: o el hombre controla sus pasiones y obtiene la paz, o se deja dominar por ellas y se hace desgraciado” .
Esta frase es la explicación de otra afirmación: “la castidad implica un aprendizaje del dominio de sí, que es una pedagogía de la libertad humana”. La importancia de esta aserción se pone de manifiesto si damos vuelta los conceptos: la libertad humana exige como pedagogía el dominio de sí por parte del ser humano; y la castidad es uno de los ámbitos donde se aplica dicho dominio (tal vez uno de los más importantes). La falta o ausencia de la castidad comporta la falta de dominio del hombre sobre las fuerzas más poderosas que experimenta en su interior; falta de dominio o falta de control equivale a esclavitud, y esclavitud es sinónimo de postración, derrota y desgracia.
Cuando el documento magisterial que acabamos de citar indica que el hombre voluptuoso (es decir, el que no tiene dominio sobre su afectividad –o sea su castidad) es desgraciado no hace ninguna observación pueril ni apela a presuntas amenazas propias de una educación mal encarada, sino que estamos ante una verdad objetiva de la psicología experimental .

El texto del Catecismo explica su afirmación con un pasaje de la Gaudium et spes: “La dignidad del hombre requiere, en efecto, que actúe según una elección consciente y libre, es decir, movido e inducido personalmente desde dentro y no bajo la presión de un ciego impulso interior o de la mera coacción externa. El hombre logra esta dignidad cuando, liberándose de toda esclavitud de las pasiones, persigue su fin en la libre elección del bien y se procura con eficacia y habilidad los medios adecuados” .

La castidad conlleva la recuperación (en la medida en que es posible recuperarla) de la armonía original, es decir, del dominio de las potencias afectivas inferiores por parte de la inteligencia y de la voluntad (o dicho al revés: el sometimiento “político” del plano afectivo respecto del plano racional ). San Agustín enseña: “La castidad nos recompone; nos devuelve a la unidad que habíamos perdido dispersándonos” . No es lograda ya, ésta, por un don preternatural sino por la virtud de la castidad humana adquirida, elevada al orden sobrenatural por la gracia o bien acompañada por una virtud infusa complementaria .

El Catecismo también enseña que “la castidad significa la integración lograda de la sexualidad en la persona, y por ello en la unidad interior del hombre en su ser corporal y espiritual” . Esto quiere decir que sin la castidad la sexualidad forma parte de la vida de una persona (incluso puede ocupar gran parte de la vida de esa persona), pero no está “integrada” en su persona. Al no estar integrada, se convierte en un elemento “desintegrador”. La sexualidad debe ser “humana”; lo propio de la sexualidad humana es la capacidad de ser un puente de “relación” con las demás personas y de “donación total” en la relación particular del hombre y la mujer. Esto diferencia la sexualidad “humana” de la sexualidad “animal”. La sexualidad animal es instintiva, es posesiva, no libre, responde a estímulos puramente biológicos (hormonales, es decir: a los períodos de celo) y es por naturaleza ajena a la fidelidad (aunque se conozcan casos de cierta fidelidad y estabilidad en algunas especies animales, esto no responde a un amor propiamente dicho sino a necesidad de la misma especie y en particular a la necesidad de la prole). El ser humano no puede ejercitar su sexualidad de modo libre, fiel, total, regulado, etc., si no es dueño de sus instintos.

¿Por qué la castidad produce esta integración?: “La persona casta mantiene la integridad de las fuerzas de vida y de amor depositadas en ella. Esta integridad asegura la unidad de la persona; se opone a todo comportamiento que la pueda lesionar. No tolera ni la doble vida ni el doble lenguaje” . La falta de castidad implica desintegración porque la lujuria es una descomposición de las fuerzas de la persona. La castidad permite al hombre encauzar todas sus fuerzas hacia un mismo punto: la persona amada. La lujuria derrama las fuerzas de la persona en múltiples objetos (para el lujurioso no hay personas amadas sino personas convertidas en objetos ).

La castidad y la pureza es una “capacidad”; es decir, es algo positivo, no algo negativo (está mal, o al menos es incompleto, el definirla como mera “ausencia de mancha o pecado moral”). Es una energía interior que da al que la posee el poder de realizar algo; esta capacidad es poder de ordenar la facultad del apetito concupiscible, con toda su fuerza y brío, y encauzar toda su potencia ya sea hacia un objeto concupiscible que “debe” ser amado con toda la fuerza de la persona, incluida la fuerza sexual (como en el caso de los esposos), o bien concede la capacidad de transformar esas fuerzas (“sublimar”) integrándolas en la energía espiritual de la persona (sea en la búsqueda de la verdad, en el amor de misericordia hacia el prójimo, en el amor a Dios, etc.) .

Un texto importante para entender este aspecto es lo que dice San Pablo en 1 Ts 4,3-5: Porque esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación; que os alejéis de la fornicación, que cada uno de vosotros sepa poseer su cuerpo con santidad y honor, y no dominado por la pasión, como hacen los gentiles que no conocen a Dios . En este texto se puede observar la dimensión de “contención” que ejerce la pureza sobre las pasiones (es propio de la naturaleza de la pureza o castidad la capacidad de contener los impulsos del deseo sensible, razón por la cual esta virtud es una parte de la virtud de la templanza); pero aquí se subraya también otra función y dimensión –positiva– indicada como capacidad de mantener la santidad y honor del cuerpo. En realidad ambas funciones (“abstención de la pasión libidinosa” y “mantenimiento del orden corporal”) son recíprocamente dependientes porque no se puede “mantener el cuerpo con santidad y respeto”, si falta esa abstención “de la impureza”, mientras que dicho mantenimiento de la santidad y respeto corporal da sentido y valor a la lucha para abstenerse de los desórdenes pasionales.

6. Castidad para todos

La castidad es necesaria a todo ser humano, en todos los regímenes de la vida: casados, solteros, célibes, etc., aunque cada uno de modo diverso. A raíz de algunos artículos en que he mencionado el tema de la castidad, he recibido consultas y críticas, basadas en que al hablar de castidad matrimonial el magisterio de la Iglesia exigiría a los casados una imposible abstinencia sexual; pero no es eso lo que significa “castidad conyugal” sino algo muy distinto. Esto muestra que muchos cristianos no comprenden el sentido de esta virtud ni su práctica.
Hay distintos modos de vivir la castidad, según el estado de vida de cada persona .
Hay una castidad propia de los que han consagrado su vida en el celibato o la virginidad. Hay otro modo de castidad propio de quienes creen tener vocación al matrimonio pero aún están solteros o se preparan al matrimonio mediante el noviazgo; esta castidad se denomina “castidad simple” o más propiamente “continencia” . A una forma de castidad análoga a estas dos primeras están llamados quienes, por un motivo u otro, diferente del deseo de consagrar su vida a Dios o a un ideal sublime, no están (ni tal vez lleguen nunca a estar) en condiciones de formar una familia; ya sea porque nunca encontraron la persona adecuada con la cual casarse, o porque experimentan atracción hacia personas de su propio sexo (inclinaciones homosexuales) o porque sufren un miedo patológico a comprometerse en una vida de intimidad sentimental o sexual, o bien porque luchan con alguna desviación sexual; en todos estos casos hay que considerar que, de hecho, se debe plantear como modelo de vida la vida casta en soltería. Hay un modo de vivir la castidad propio de los esposos, denominado por este motivo “castidad conyugal”. Hay también una castidad propia de las personas que por un motivo u otro habiendo tenido vocación al matrimonio ahora no pueden vivir en este estado (por ejemplo, las viudas y viudos, las personas casadas que se han separado de sus cónyuges).

Las normas morales son diversas para unos y otros.
Quienes han ingresado voluntariamente en el estado de virginidad consagrada o de celibato (por voto o promesa) están obligados a vivir la pureza en su forma más elevada, renunciando a todo acto sexual y sensual voluntariamente buscado, y también a todo pensamiento o deseo sexual o sensual. Este régimen de la castidad exige la mortificación de los sentidos externos (vista, tacto, etc.) y de los internos (memoria, imaginación).

Los que aún no están casados pero se preparan al matrimonio (novios y personas solteras que no están de novios) deben vivir, mientras dure este estado, en perfecta castidad, pero no excluyen, evidentemente, la actividad sexual para el momento en que estén legítimamente casados, ni excluye un trato más afectuoso con aquella persona con la que esperan contraer matrimonio. La regla es en este caso muy delicada, pero puede resumirse en aquello que señalan autores respetables: (1º) son lícitas las demostraciones de afecto, aceptadas por las costumbres y usanzas, que son signo de cortesía, urbanidad y educación; (2º) en cambio son ilícitas tanto las expresiones púdicas (abrazos, besos, miradas, pensamientos, deseos) que se realizan con la intención expresa y deliberada de producir placer venéreo o sexual, aunque no se tenga voluntad de llegar a la relación sexual completa; y (3º) con más razón son ilícitas las expresiones impúdicas y las relaciones sexuales completas.

En el caso de las personas casadas que ya no viven con su legítimo cónyuge, sea por separación (a veces inculpable por parte de uno de ellos) o por viudez, si bien no les es lícito realizar actos sexuales con quien no están legítimamente casados, en cambio no es pecado el pensar o recordar los actos realizados con su cónyuge legítimo, porque todo lo que es lícito hacer, es también lícito desear y recordar (salvo que esto sea peligro próximo de consumar sus deseos en un acto ilícito).

Finalmente las personas casadas tienen un régimen especial de castidad que consiste en realizar sus actos matrimoniales abiertos a la vida. Pueden en algunos casos elegir para sus actos completos los momentos de infertilidad natural de la mujer, cuando hay motivos graves que sugieran la conveniencia de no poner las condiciones de una nueva concepción (abstinencia periódica), pero esto no implica que no les sea lícito en estos momentos, como en cualquier momento de la vida, las manifestaciones sensuales y sexuales incompletas (es decir, que no terminan en ningún acto pleno u orgasmo). La castidad también les exige el encauzar todos sus deseos y pensamientos sólo hacia su legítimo consorte y les prohíbe dar lugar en la imaginación o en la vista a imágenes que tengan por objeto otra persona distinta (aunque esto sea buscado como medio para realizar luego el acto conyugal con el cónyuge legítimo).



7. Pero, la castidad ¿es posible?

La castidad o pureza es posible. Hay muchas personas, incluso consagradas, que piensan que la castidad perfecta (total y permanente) es imposible. Hay quienes piensan que ni siquiera tiene sentido plantearse el valor de una vida sin sexo; los hay también que piensan que tal vez pueda aspirarse a ser castos una buena parte del tiempo, levantándose de ocasionales caídas; a menudo he recibido consultas cuya idea de fondo es que ciertos problemas de pureza (por lo general se refieren a la masturbación) son “normales”, y por “normales” entienden que toda persona, sin excepción, cae en este vicio, al menos durante la adolescencia (“durante mi juventud, me escribía una persona, hice lo que hacen todos: me masturbé con frecuencia”; su consulta era... por un problema de adicción sexual, que lo esclavizada aún después de casado y ya con muchas canas encima). La misma idea, presentada de otro modo, forma parte de un pensamiento corriente que relaciona la felicidad con el ejercicio de la sexualidad. “El sexo es felicidad”, rezaba el anuncio de un grupo de médicos sexólogos que durante los últimos años ha ofrecido sus servicios en las primeras páginas de varios diarios argentinos. Al leer avisos semejantes me viene a la mente la observación del P. Benedict Groeschel quien en su “The Courage to be Chaste” subrayaba que la mayor parte de las personas que solemos encontrar en un autobús, en un subterráneo, en un shopping, o incluso en la misa dominical, muy probablemente ha tenido algún tipo de experiencia sexual durante los días precedentes; pero no es felicidad lo que se destaca en la mayoría de los rostros; si la felicidad dependiera del sexo, decía el psicólogo religioso, el mundo brillaría como el sol, al menos la mitad del tiempo . Debemos reconocer que el sexo, siendo muy importante en la vida de muchas personas, no es capaz, por sí solo ni de modo principal, de dar la felicidad; y de modo contrario, tampoco la voluntaria y perfecta abstención (y menos aún la ordenación de la actividad sexual de un matrimonio según los cánones de la ley natural y divina) es sinónimo de frustración, tristeza o depresión, ni de peligro próximo de tales estados.

De aquí que la castidad sea posible; y si en nuestros días resulta más difícil no es por una razón intrínseca al ser humano (fuera del desorden introducido por el pecado original, del que ya he hecho mención) sino por la poca vida interior de la mayoría de nuestros contemporáneos.
“La continencia es perfectamente posible al ser que tiene salud psíquica. Es innegable que así como hay cleptómanos y pirómanos hay también seres que tienen su responsabilidad disminuida y algunos aun extinguida, tratándose de la sexualidad, pero tales casos constituyen la excepción (...) En cambio, temperamentos ardientes triunfan de sus apetitos (...) De ordinario, pues, cuando el instinto sexual se impone como una necesidad es porque el hombre le ha permitido arraigarse. La castidad no es cuestión de temperamentos: es asunto de educación, de principios, de voluntad” .

La castidad es posible. La primera cosa que es necesaria para que esta posibilidad sea algo real es –como señalaba el gran educador que fue el P. Hurtado– una “filosofía sexual que represente la dominación del espíritu sobre la materia” . Es decir, una visión sana y armoniosa de la sexualidad (ya sea del plan de Dios sobre el hombre y la mujer como una concepción clara de la antropología humana, algunas de cuyas ideas maestras hemos esbozado en las páginas anteriores). En efecto, como señalaba el mismo autor, “una parte infinitamente grande de la debilidad humana en la vida moderna no viene de una exigencia orgánica irresistible, sino de una concepción materialista de la vida que, abierta u ocultamente, nos tiene prisioneros”. Y añade: “cuando el hombre llegue a obtener esta seguridad científica, que tantos médicos se esfuerzan por desvanecer, el sistema sexual encontrará la paz que no puede encontrar en medio de las fórmulas excitantes de ahora ni en medio de las disciplinas inciertas del pensamiento moderno. El cuerpo obedece con gusto al espíritu que ha llegado a estar seguro de sí mismo” .

La castidad no es posible, entonces, para quien tiene una visión antropológica distorsionada, para quien reduce al ser humano a pura materia, o da primacía a los instintos y pone un manto de incertidumbre sobre la capacidad espiritual que tiene el ser humano de gobernarse. Es indispensable cierta seguridad sobre la aptitud del espíritu y sobre su supremacía sobre la materia (aunque esta convicción presuponga la ayuda de la gracia divina).

No se puede negar que hay causas que influyen notablemente en las caídas del ideal de la pureza; hay causas físicas (ciertas propensiones hereditarias, estados nerviosos, enfermedades, estados climáticos, etc.), causas debidas a hábitos que dificultan la guarda de la castidad sin tratarse, ellos mismos, de vicios (falta de higiene, vida sedentaria, desgano, etc.); pero las causas principales son psíquicas: la curiosidad, la imaginación y la memoria cuando están indisciplinadas y sobre todo cuando están privadas de un marco filosófico sano (o sea, cuando se carece de principios rectores correctos) o están enmarcadas en un sistema de pensamiento distorsionante (materialismo, hedonismo, freudismo, consumismo, liberalismo, etc.).
Evidentemente la formación del hábito de la castidad no es sólo cuestión de principios racionales sino que exige varias cosas más, la primera de las cuales es la formación de la voluntad por los hábitos de la justicia, la fortaleza y la templanza (aplicada a otros campos diversos del sexual, como la templanza en el comer y en el beber), la vigilancia, el deporte y el trabajo físico, etc. Además de esto, para quien se empeña en el camino de la castidad debe tener en cuenta lo que el P. Groeschel llama con justeza “ocultas ocasiones de lujuria” . Entre estas menciona cuatro principales.

La primera es la autocompasión; ésta –sentimiento injustamente negativo respecto de sí mismo– puede representar en muchos casos una auténtica posibilidad de regresión psicológica hacia conductas infantiles; es común que estas personas caigan en cierta tolerancia sexual y especialmente en la masturbación. Estos pensamientos destructivos están en la base de todas las adicciones sexuales. Esta autocompasión –es necesario decirlo– toma a veces la forma de una falsa humildad; es en realidad una forma de sentimiento de inferioridad; su contrario no consiste, como podría pensar una moderna terapia de autoapoyo estilo new age, en afianzar la confianza en sí mismo o formar grandes ideas respecto del propio yo; esto nos llevaría a un egoísmo o a la estéril soberbia; lo contrapuesto a la autocompasión es un sano realismo, de equilibrio natural y sobrenatural; es decir, el tomar conciencia del valor que tiene nuestra persona ante los ojos de Dios y la grandeza de nuestra vocación tanto social como sobrenatural.

El segundo peligro son los sentimientos de odio y rabia; muchas personas, incluso cristianas, guardan un gran resentimiento hacia el mundo, hacia sí mismos, y –en el fondo– hacia Dios. Esta rabia está profundamente enterrada en el corazón y se manifiesta exteriormente como frustración y depresión ; puede, en consecuencia, exteriorizarse a través de una conducta sexual desordenada; en estos casos la conducta sexual toma el carácter de auto-castigo.

El tercer peligro está representado por los inesperados enamoramientos, que suelen suceder cuando se encuentran dos personas en similares malos momentos espirituales. No es extraño encontrarse con personas que, en un momento de debilitamiento espiritual o psicológico, de resentimiento o de abandono de los ideales, de fracasos espirituales, etc., se encuentran con la persona “ideal” que los “comprende” como ningún otro lo ha hecho hasta el momento. A veces el juego comienza con algo inocente: charlas largas, confidencias de las propias dificultades, consejos, consuelos, etc., y puede terminar (a menudo sucede así) en un enamoramiento ilícito (por ejemplo, cuando se trata de personas casadas, de religiosos o religiosas).

El cuarto peligro lo encarnan las mismas fuerzas del maligno, es decir, la acción diabólica que puede ser en gran medida responsable de muchos abusos en el plano de la sexualidad. El desorden sexual degrada al ser humano y el demonio es enemigo de nuestra naturaleza. El demonio debe tener mucho que ver en la corrupción de la esfera sexual, especialmente cuando el desorden sexual se relaciona con dos cosas: con la perversión y la desviación sexual, y cuando se empalma con la destrucción de la vida (aborto) o la cerrazón a la vida (anticoncepción).

Pero volviendo a nuestro tema de la educación de la castidad, una de las claves en su pedagogía y conservación está en el trabajo sobre el sentimiento del pudor.

8. El pudor es la defensa de la castidad

No es posible defender o alcanzar la castidad si no se comienza por educar el pudor. Pudor designa la tendencia a esconder algo para defender la propia intimidad respecto de las intromisiones ajenas. Es una “cualidad, en parte instintiva y en parte fruto de la educación deliberada, que protege la castidad. Se realiza lo mismo en la esfera sensitivo-instintiva que en la consciente-intelectual, como freno psíquico frente a la rebeldía de la sexualidad” . Santo Tomás dice de él que es un sano sentimiento por el que las pasiones relacionadas con la sexualidad, después del pecado original, producen un sentimiento de disgusto, de vergüenza, de malestar en el hombre, hasta tal punto que instintivamente se quiere ocultar todo lo relativo al cuerpo, a la intimidad y a la sexualidad, de las miradas indiscretas .

Pudor y pudicicia. El pudor pertenece tanto a la esfera instintiva como a la consciente. En el primer caso, existe el pudor en el sentido estricto de la palabra; en el segundo, una organización superior del mismo que entra en la categoría de virtud y se denomina pudicicia . La pudicicia o pudor-virtud “se relaciona íntimamente con la castidad, ya que es expresión y defensa de la misma. Es, por consiguiente, el hábito que pone sobre aviso ante los peligros para la pureza, los incentivos de los sentidos que pueden resolverse en afecto o en emoción sexual, y las amenazas contra el recto gobierno del instinto sexual, tanto cuando estos peligros proceden del exterior, como cuando vienen de la vida personal íntima, que también pide reserva o sustracción a los ojos de los demás y cautela ante los propios sentidos. De esta suerte el pudor actúa como moderador del apetito sexual y sirve a la persona para desenvolverse en su totalidad, sin reducirse al ámbito sexual. No se confunde con la castidad, ya que tiene como objeto no la regulación de los actos sexuales conforme a la razón, sino la preservación de lo que normalmente se relaciona estrechamente con aquellos actos. Viene a ser una defensa providencial de la castidad, en razón de la constitución psicofísica del género humano, perturbada por el pecado original” .

En el plano puramente instintivo podemos decir que consiste en una resistencia inconsciente a todo lo que revelaría en nosotros el desorden de la concupiscencia de la carne. Cuando se hace consciente, consiste en la elevación de ese sano instinto por obra de la virtud de la prudencia, ya que tiende a excluir circunstancias y a frenar pensamientos previendo que mediante su actividad causarían una violación del orden moral.

9. Pudor y educación.
En este sentido, siendo la educación humana la actuación de los valores humanos que están en todo hombre en potencia y la afirmación de los valores espirituales sobre la materia, puede muy bien concluirse que la bondad de una educación se mide por el desarrollo y afinamiento dados a la pudicicia, la cual tiende a fortificar el espíritu más que ningún otro habito operativo . No puede existir educación de la castidad sin el desarrollo del sentimiento del pudor. De la preservación de esta facultad natural depende en gran parte la posibilidad y la capacidad de resistencia a las causas externas que continuamente atentan a la integridad moral y a la pureza .

Pudor instintivo y pudor convencional. Existe un pudor instintivo, ligado a la constitución psicológica del hombre, y por tanto universal, que se manifiesta como sentimiento de miedo, de vergüenza, ligado de algún modo, a la emoción sexual. “Aunque algunos niegan este carácter natural del pudor, afirmando que se trata sólo de un hábito adquirido como fruto de la educación, hay que decir, sin embargo, que los estudios antropológicos revelan la existencia del pudor en todos los pueblos, también en los primitivos, en los que, a lo más, varía sólo lo que llaman la individuación secundaria del pudor, es decir, su localización en distintas zonas del cuerpo, que por lo demás no depende del convencionalismo o de la costumbre, sino que en sus líneas esenciales es un proceso racional, conforme a la naturaleza del hombre” .

Pero la educación y las condiciones ambientales influyen notablemente en la elaboración personal que cada uno hace de este pudor, el cual, aunque instintivo, no excluye una cierta plasticidad común a todos los instintos, sino que la implica. “Las condiciones concretas a las que el pudor adapta su acción prudencial son diversas, como por ejemplo, la edad, la diferencia de atracción erótica ejercitada por las distintas partes del cuerpo, el tipo psicológico individual, etc. Estos distintos factores explican las diferencias de las distintas formas de pudor entre los pueblos” , es decir, explican la existencia de un pudor convencional que depende esencialmente de las épocas, de la educación, de los individuos, de las regiones.

Las múltiples reacciones de pudor en una persona no son todas manifestaciones de pudor instintivo. Es decir: son manifestaciones de pudor instintivo las que están ligadas a excitantes absolutos (éstos son relativamente pocos), mientras que son manifestaciones convencionales las ligadas a excitantes condicionales. El pudor convencional merece respeto, pero no siempre es sincero ni revelador de una virtud profunda. Ciertas personas depravadas, pero que no ignoran las convenciones sociales, se rodean de precauciones superfluas para ocultar sus perversos instintos. Pero éste no es el verdadero pudor.

Falsa educación del pudor: la pudibundez. Se debe educar en el pudor con prudencia. Una educación demasiado estrecha en este campo multiplicaría las dificultades y no haría sino agravar la inquietud y el malestar de los adolescentes y de los jóvenes. Es un hecho innegable que, mediante una educación demasiado rígida, los siglos pasados llevaron el pudor a terrenos en los que no entra para nada, y de esta manera hicieron ver el mal en todas partes. Lamentablemente este tipo de “mala educación del pudor” no puede causar sino reacciones contrarias, es decir, conduce a la impudicia.

Educar en el pudor significa, pues, al mismo tiempo que cultivarlo, también defenderlo de toda mezquindad que tan fácilmente se confunde con el pudor.

Justamente la falsificación del pudor, tiene un nombre y éste es “pudibundez”. Se denomina así al pudor desequilibrado o excesivo, causado en general por una falsa educación. La pudibundez no hace a las personas castas sino caricaturas de castidad. “La pudibundez es enemiga nata del pudor, como la beatería es enemiga de la religiosidad verdadera y consciente. El espíritu del adolescente se rebela y le molestan las ideas mezquinas y ruines” .

10. La auténtica educación del pudor.
La educación del pudor debe ser indirecta, porque una educación directa implicaría necesariamente orientar la atención sobre los objetos que justamente el pudor debe atenuar en su atractivo. No obstante, aunque indirecta, debe ser positiva, es decir, debe preparar aquella atmósfera espiritual que además de impedir la degradación en el campo de la sexualidad animal, hará más fáciles las revelaciones graduales necesarias en su tiempo oportuno.

Esta educación del pudor debe ser parte de una educación moral del sentimiento, es decir, de la afectividad en general (que algunos llaman “educación del corazón”). Educar el corazón se resume en conseguir enamorar a la persona de la virtud y corregir toda desviación anormal del amor sensible. Implica también educar la voluntad; ésta exige, junto al ejercicio constante y cotidiano, la “gimnasia espiritual” que nos plasme y nos doblegue de modo que seamos capaces de poner en acto lo que comprendemos con tanta facilidad y que proclamamos todavía con mayor facilidad, pero que realizamos con muchísima dificultad. No hay que olvidar que la virtud de la castidad, en cuanto virtud moral, tiene su sede en la voluntad. Pero por encima de todo, ha de reinar la educación de la religiosidad: para la vida casta, la educación religiosa “es el coeficiente primero y más poderoso, porque los demás coeficientes humanos tienen valor solamente temporal, es decir, mientras perduran los intereses correspondientes en el espíritu del niño. Sólo la religión posee una eficacia que sobrepasa los límites de tiempo, de lugar, de espacio, de ambiente, de circunstancias, con tal que sea sentida, consciente y activa.... La religión ha constituido siempre para la pedagogía sexual una potencia única. La religión valoriza la pureza y la presenta al joven como una de las virtudes más altas y más hermosas, a la vez que indica los medios para conservarla y defenderla con esmero, con reserva, con la disciplina interior de las imaginaciones y de los deseos, y con la disciplina exterior de los sentidos” .

* * *
Aun cuando la castidad pueda costarte, no renuncies nunca a ella. No renuncies a tu felicidad, ni a forjar una familia santa; no renuncies al noviazgo puro ni al verdadero romanticismo. No cambies el vuelo de la gaviota sobre el mar abierto, por la claudicación del ave de rapiña que pasa sus días picoteando carroña en las sucias desembocaduras de un riachuelo.


Bibliografía para ampliar y profundizar

–Pieper, J., Las virtudes fundamentales, Rialp, Madrid 1980.
–Dietrich von Hildebrand, Pureza y virginidad, Desclée de Brouwer, Pamplona 1958.
–Benedict Groeschel, The Courage to be Chaste, Paulist Press, New York 1985.
–P. Alberto Hurtado, El adolescente un desconocido (su título original fue: La crisis de la pubertad y la educación de la castidad), Obras completas, tomo 2, Dolmen, Chile 2001.
–Zalba Erro, Pudor, en Gran Enciclopedia Rialp, tomo 19, Rialp, Madrid 1989, 455-456.
–Leonardo Castellani, Feud en cifra, Buenos Aires, 1966.
––––––––––––––––, Feud. Diccionario de Psicología, Jauja, Mendoza 1996.
–Ennio Innocentti, Sigmund Freud, Rev. Diálogo 4 (1992), 73-104.
–––––––––––––, Las características del psicoanálisis, Rev. Diálogo 5 (1993), 45-63.
–––––––––––––, Freudismo y ciencia (1ª parte), Rev. Diálogo 7 (1993), 89-110.
–––––––––––––, Freudismo y ciencia (2ª parte), Rev. Diálogo 8 (1993), 109-121.
––––––––––––– Freudismo entre filosofía y antifilosofía, Rev. Diálogo 9 (1994), 95-117.
––––––––––––– Freud y la religión, Rev. Diálogo 11 (1995), 75-120.
–Miguel Angel Fuentes, Pornografía y sexualidad, Rev. Diálogo 12 (1995), 131-158.
_________________, La educación de la sexualidad, un desafío para padres y educadores, Rev. Diálogo 18 (1997), 45-66.
–––––––––––––––––, Los hizo varón y mujer, Ediciones Verbo Encarnado, San Rafael 1998.
–Karol Wojtyla, Amor y responsabilidad, Razón y Fe, Madrid 1978.

Notas-
“Exponencial” significa que el ritmo aumenta cada vez más rápidamente.
Mira la bibliografía al final del capítulo.
Estos pensaban que la transmisión del género humano no habría sido por unión sexual, pero Dios, previendo la caída de nuestros primeros padres, lo dispuso desde el origen de esta manera. Por tanto, opinaban que si bien desde el primer momento de la historia de los hombres la relación sexual tuvo que ver con la propagación del género humano, fue por relación (previsión) al pecado.
Cf. Pieper, J., Las virtudes fundamentales, Rialp, Madrid 1980, pp. 250-251.
Bien “deleitable” y bien “concupiscible” son sinónimos; indican el bien que produce deleite en los sentidos; aquí nos referimos principalmente al deleite venéreo o sexual.
El apetito concupiscible es la sede de nuestros afectos que tienen por objeto los bienes sensibles deleitables; es una función del apetito sensible; la otra función se denomina apetito irascible, y tiene por objeto los afectos cuyo objeto es un bien sensible difícil.
La justicia es la virtud que perfecciona la voluntad en la búsqueda del bien; virtudes anexas son aquellas que tienen relación con la justicia pero por una razón u otra no son justicia estricta; tal es el caso de la religión, gratitud, piedad, veracidad, epiqueya, etc.
Imperio de ejercicio o también “uso activo” es la acción por la cual la voluntad “mueve” a las demás potencias (en nuestro caso, al apetito sensible o afectividad) a su ejercicio propio (es decir, las “aplica”, como se dice en ética).
Los he desarrollado en: Al principio no fue así. El valor normativo del “principio” en la moral conyugal; conferencia dada en Santiago de Chile, 2002; y en las IIª Jornadas de la Familia, Toronto, Canadá, 2003.
Débito conyugal se llama a la obligación que cada uno de los cónyuges (esposo y esposa) tiene de prestarse a tener relaciones cuando el otro lo solicita razonablemente.
Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2294; 2361; 2375; Carta Apostólica Vitae mysterium, 3; Veritatis Splendor 72, 79, 112, etc.
Esta posibilidad de “leer” e “interpretar” un plan divino en la propia naturaleza y en la creación en general tiene un relieve singular: establece la posibilidad de un diálogo natural entre la creatura y el Creador. Es el fundamento de un “lenguaje” natural, que el ser humano capta en la naturaleza y que tiene por Relator principal a Dios.
De lo contrario, el niño no alcanza su plena madurez, para la cual necesita de modo estable la referencia a su padre y a su madre natural hasta bien entrada la adolescencia y juventud.
Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2339.
Estoy totalmente de acuerdo con los que critican una mala educación de la castidad basada en amenazas falsas y probablemente ineficaces y acomplejantes (por ejemplo, el afirmar, como puede leerse en algunos libros, que algunos actos impuros pueden acarrear ceguera, dramas físicos, etc.). Aunque hay que añadir que gran parte de quienes suelen esbozar estar críticas no buscan corregir estos excesos (algunos explicables por defectuosos conocimientos médicos o psicológicos de otras épocas) sino proponer una total liberación sexual.
GS, n. 17.
El término “político” significa –por contraposición a “despótico”– que dicho gobierno no es pleno sino que es análogo al que en una sociedad se ejerce sobre hombres libres.
San Agustín, Confesiones, 10, 29, 40. Este texto está citado por el Catecismo (n. 2340).
Evito entrar en la discusión de si la virtud cristiana de la templanza es la misma virtud humana de la templanza elevada por la gracia (doctrina de San Buenaventura) o bien coexisten en el hombre en gracia la virtud humana de la templanza y una virtud infusa del mismo nombre (doctrina de Santo Tomás).
Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2337. El texto continúa: “La sexualidad, en la que se expresa la pertenencia del hombre al mundo corporal y biológico, se hace personal y verdaderamente humana cuando está integrada en la relación de persona a persona, en el don mutuo total y temporalmente ilimitado del hombre y de la mujer. La virtud de la castidad, por tanto, entraña la integridad de la persona y la totalidad del don”.
Catecismo de la Iglesia Católica, nnº 2338.
Ver sobre este punto lo que señalan los estudiosos de las adicciones sexuales, como Patrick Carnes.
Es interesante a este respecto lo que escribía Juan Pablo II: “.... la pureza es una “capacidad”, o sea, en el lenguaje tradicional de la antropología y de la ética: una actitud. Y en este sentido, es virtud. Si esta capacidad, es decir, virtud, lleva a abstenerse “de la impureza», esto sucede porque el hombre que la posee sabe “mantener el propio cuerpo en santidad y respeto, no con afecto libidinoso”. Se trata aquí de una capacidad práctica, que hace al hombre apto para actuar de un modo determinado y, al mismo tiempo, para no actuar del modo contrario. La pureza, para ser esta capacidad o actitud, obviamente debe estar arraigada en la voluntad, en el fundamento mismo del querer y del actuar consciente del hombre. Tomás de Aquino, en su doctrina sobre las virtudes, ve de modo aún más directo el objeto de la pureza en la facultad del deseo sensible, al que él llama appetitus concupiscibilis. Precisamente esta facultad debe ser particularmente «dominada”, ordenada y hecha capaz de actuar de modo conforme a la virtud, a fin de que la “pureza” pueda atribuírsele al hombre. Según esta concepción, la pureza consiste, ante todo, en contener los impulsos del deseo sensible, que tiene como objeto lo que en el hombre es corporal y sexual. La pureza es una variante de la virtud de la templanza” (Juan Pablo II, Catequesis “La pureza del corazón según San Pablo”, 28 de enero de 1981).
Cf. Juan Pablo II, catequesis “La pureza del corazón según San Pablo”, 28 de enero de 1981.
Un libro clásico y muy valioso sobre este tema es el de Dietrich von Hildebrand, Pureza y virginidad, Desclée de Brouwer, Pamplona 1958. Allí el autor estudia la pureza o castidad en sí, en el matrimonio y en la virginidad consagrada.
“Los novios están llamados a vivir la castidad en la continencia. En esta prueba han de ver un descubrimiento del mutuo respeto, un aprendizaje de la fidelidad y de la esperanza de recibirse el uno y el otro de Dios. Reservarán para el tiempo del matrimonio las manifestaciones de ternura específicas del amor conyugal. Deben ayudarse mutuamente a crecer en la castidad” (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2350).
Cf. Benedict Groeschel, The Courage to be Chaste, Paulist Press, New York 1985, p. 18.
P. Alberto Hurtado, El adolescente un desconocido (su título original fue: La crisis de la pubertad y la educación de la castidad), Obras completas, tomo 2, Dolmen, Chile 2001, pp. 177-212. La cita es de la página 184.
P. Alberto Hurtado, ibid., p. 185.
P. Alberto Hurtado, ibid., p. 185.
Cf. Groeschel, The Courage to be Chaste, pp. 70-74.
No estoy diciendo con esto que todo estado depresivo tenga como causa una represión. Cuidado con malinterpretar la extensión de estas afirmaciones.
Zalba Erro, Pudor, en Gran Enciclopedia Rialp, tomo 19, Rialp, Madrid 1989, 455-456.
Cf. S.Th. II-II, q.151, a.4
C. Scarpellini, Pudore e pudicicia, en Enciclopedia Cattolica, Roma 1953, vol. X, col.296.
Zalba Erro, loc. cit.
C. Scarpellini, op. cit., col.297.
El pudor no es sólo un fenómeno de la infancia; es una fuerza que se manifiesta más profundamente cuando aparece el desarrollo del sexo en la pubertad. Conquista entonces un aspecto nuevo, que no posee en la infancia, es decir, el sentimiento de la propia dignidad, el respeto hacia el propio cuerpo, el sentimiento de repugnancia por toda clase de sujeción a la vulgaridad y a la sensualidad.
Zalba Erro, loc. cit.
Scarpellini, op. cit., col.296.Cf. Demal, Psicologia pastorale pratica, Roma 1955, p.120.
Paganuzzi, Purezza e pubertà, Brescia 1953, p.222. Cf. A. Stocker, La cura morale dei nervosi, Milán 1951, p. 155 ss.
Paganuzzi, op. cit., p. 249.

 

 

 

 


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