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ABRAHÁN EL CREYENTE SEGÚN LA ESCRITURA Y EL MIDRASH (José Pons.-Emiliano Jiménez)

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9. ABRAHAM BAJA A EGIPTO

Abraham creyó que en Hebrón concluía su peregrinación por la tierra. Allí había desplegado su tienda con la intención de permanecer por el resto de sus días. Pero el lekh lekhà del Señor no había terminado ni terminaría nunca, mientras Abraham estuviera en este mundo:

Abraham y sus hijos, numerosos como las estrellas del cielo, incontables como las arenas del mar, murieron todos ellos, sin haber conseguido el objeto de las promesas: viéndolas y saludándolas desde lejos y confesándose extraños y forasteros sobre la tierra. Los que tal dicen, claramente dan a entender que van en busca de una patria; pues si hubiesen pensado en la tierra de la que habían salido, habrían tenido ocasión de retornar a ella. Más bien aspiran a una mejor, a la celestial. Por eso Dios no se avergüenza de ellos, de ser llamado Dios suyo, pues les tiene preparada una ciudad..." (Hb 11,12-16).

Dios no se avergüenza de ellos, lo que no quiere decir que ellos no dieran motivos para ello, incluso nuestro padre Abraham.

Durante las horas de calor del día, Abraham reposaba bajo la encina, que había crecido, junto al pozo, delante de la tienda. En las noches se subía a la azotea y contemplaba las estrellas, pasando largas horas ensartando estrellas en su mente, como tribus de distintas formas y grandeza. Bajo la encina solía recibir Abraham a sus visitantes, pues la arena que estaba a la umbría del árbol era muy fina y daba reposo a los pies cansados. Cuando el sueño se asomaba a sus ojos, en las noches, Abraham descendía de la azotea y se acercaba a Sara, que siempre le esperaba despierta y él le susurraba al oído: "¡Qué hermosa eres, Sara, hermana mía!".

Abraham disfrutaba contemplando a Sara cuando se arremolinaban en torno a ella las ovejas con sus corderos junto al pozo y ella no se cansaba de sacar agua para abrevarles. El agua cantaba al derramarse del arcaduz sobre el pozo hondo, fresco y oscuro, al rebosar mientras Sara le sacaba... Pero, un día, el arcaduz subió solamente enrojecido por la humedad pero sin agua. Se asomó al pozo y vio que éste era como un agujero negro, como un ojo sin su pupila. Sara se puso triste y avisó a Abraham, que se asomó al pozo, también alarmado. Ese atardecer, los ganados no pudieron beber y, por la noche, aturdieron a las estrellas con sus balidos. Y a los balidos se unieron muy pronto los llantos de los niños con sed.

Abraham pasó la noche en la azotea, escrutando el cielo. Y, por primera vez, no miró a las estrellas. Buscaba una nube, que no aparecía por todo el firmamento. El cielo sólo anunciaba el hambre y la carestía sobre aquella tierra (Gn 12,10), que Abraham creía segura para él, su familia y sus ganados: ¡era la tierra prometida, donde mana la leche y la miel! Su fe, por primera vez, tembló en su interior. Su mente se agitó y, sin consultar al cielo, decidió torpemente buscar cómo salir del paso por sí mismo, sin buscar el auxilio del Señor. Pero el Señor estaba también en la carestía. El Señor, conocedor del futuro, quería que Abraham dejara marcadas para sus hijos las huellas del itinerario desde Egipto a Canaán. Esa era la misión de Abraham: marcar el camino del Señor.

Diez carestías ha mandado el Santo, bendito sea su nombre, sobre la tierra, según los sabios, bendita sea su memoria, que no olvida nada. La primera la sufrió Adán, a quien Yahveh Dios dijo: "Por haber escuchado la voz de tu mujer y comido del árbol del que yo te había prohibido comer, maldito sea el suelo por tu causa: con fatiga sacarás de él el alimento todos los días de tu vida. Espinas y abrojos te producirá y comerás la hierba del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan" (Gn 3,17-19).

La segunda fue en la época de Lámek, hasta que le nació Noé, con cuyo nacimiento se consoló diciendo: "Este hijo nos consolará de nuestros afanes y de la fatiga de nuestras manos, por causa del suelo que maldijo Yahveh" (Gn 5,29).

La tercera fue la de nuestro padre Abraham, como está escrito: "Hubo hambre en el país, y Abraham bajó a Egipto a pasar allí una temporada, pues el hambre abrumaba al país" (Gn 12,10).

egiptoLas otras ocurrieron en tiempos de Isaac (Gn 26,1), de Jacob (Gn 45,6), de los jueces (Rt 1,1), de David (2S 21,1), del profeta Elías (1R 17,1), de Eliseo (2R 6,25) y, finalmente, una carestía especial, que abarca muchas épocas, de la que está escrito: "He aquí que vienen días -oráculo del Señor Yahveh- en que Yo mandaré hambre a la tierra, no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír la Palabra de Yahveh" (Os 8,11)...

Abraham, pues, apenas amaneció, montó a Sara sobre un asno y él mismo montó en su asna preferida, vestido con su mejor túnica y un gran turbante blanco en la cabeza, y se puso en camino hacia Egipto, el país del gran río, que nunca dejaba sin agua a su tierra. Le seguían los criados y las criadas, arreando los demás asnos, cargados de provisiones y ajuares, mirra, oro y cinamomo; y los pastores, con sus perros, guiaban a las ovejas y a las cabras...

Abraham conocía la historia del Nilo y su limo, que fecundaba los campos, porque lo había aprendido en la yeshibá de Noé y Sem. Pero allí se había enterado también de lo que decían ciertos papiros sobre las costumbres de la corte del Faraón, y Abraham, al recordarlo, se llenó de pánico. Un papiro narraba "que un faraón, siguiendo el consejo de uno de sus príncipes, mandó a sus guerreros a raptar a una bella mujer, matando a su marido".

En aquel tiempo vivía en Senaar un hombre dotado de gran sabiduría y de bello aspecto. Se llamaba Rakayón. Era muy pobre y estaba desesperado por las condiciones en que vivía. Le aconsejaron que marchara a Egipto a ver al Rey Ashveròsh, hijo de Anàm, y que le mostrase sus capacidades excepcionales. De este modo resolvería todos sus problemas. Rakayón escuchó el consejo y marchó a Egipto. Pero, al llegar, le informaron que el rey sólo salía de su palacio una vez al año para administrar justicia a la gente y luego se encerraba, de nuevo, por todo el resto del año. Esto le sumió en la tristeza, angustiado por no saber qué hacer para esperar, sin morir, hasta que llegara el día en que pudiera ver al rey. Buscó refugio en una casa derruida y pasó la noche en ella. A la mañana siguiente, deambulando por la ciudad, llegó al mercado y vio cómo la gente, comprando y vendiendo, sacaba para vivir. Trató de hacer lo mismo durante el tiempo de su espera. Pero, apenas la gente del lugar le vio vendiendo lo mismo que ellos, le rodeó y, en medio de insultos y golpes, le robó todo lo que tenía. Desconsolado, se volvió a la casa derruida a pensar en otra solución. Y, aguzado el ingenio por la desesperación, se le ocurrió algo que podía ser la gran solución. Al día siguiente, en la mañana, reunió a unos treinta hombres fuertes y sin escrúpulos, les condujo a las grutas en que enterraban a los muertos y les dijo:
-Por orden del rey: el que quiera enterrar un muerto ha de pagar doscientas monedas y, si no, no podrá enterrarlo.

Y así hicieron. En poco tiempo Rakayón logró una gran fortuna, que le permitió reclutar más hombres y extender a otros lugares su actividad tan lucrativa. Cuando, finalmente, llegó el día en que el rey salió de su palacio para administrar justicia, le esperaba una gran multitud, que protestaba por la tasa de la sepultura. Decían a coro:

-Sabíamos que el rey cada año impone tasas sobre los vivos, pero no sabíamos que ahora quiere también tasas sobre los muertos. ¿O es que no has sido informado de lo que desde hace algún tiempo sucede en tu país?

El rey, encolerizado, quiso saber quien había inventado tal felonía. De esta manera Rakayón fue conducido a la presencia del rey. Se presentó ante el rey elegantemente vestido, acompañado de jóvenes, hombres y mujeres, con vestidos de seda, llevando espléndidos regalos de plata, oro y piedras preciosas. Ofreció también como regalo para el rey el más bello caballo que jamás hubiera visto. El rey, ante tales regalos, fue cambiando de la ira a la admiración. El coloquio, privado, entre el rey y Rakayón duró varias horas. El rey quiso informarse de todas las actividades de Rakayón y éste le habló con tal sabiduría que cautivó al rey. Y no sólo al rey, sino que se ganó la simpatía de todos aquellos a quienes le presentó el rey. El rey le acogió en la corte, cambiándole el nombre de Rakayón por el de Faraón, pues había sido capaz de sacar dinero hasta de los muertos.
Al poco tiempo, el Faraón pasó a ocupar el puesto de virrey de Egipto. Así el rey administraba justicia una vez al año y su virrey todos los días. De este modo no le fue difícil a Rakayón usurpar el trono de Egipto. Por ley estableció que todo rey de Egipto en lo sucesivo recibiría el nombre de Faraón.

Abraham, pues, y todos los suyos se hallaban en viaje hacia Egipto, empujados por el hambre que se había abatido sobre Canaán. Abraham, recordando lo que había oído de Egipto, iba cabizbajo, temiendo por Sara y, más aún, por su propia vida. Presentándose como marido y mujer corría, ciertamente, el peligro de que el Faraón le matara para llevarse a Sara a su harem. Si se presentaban, en cambio, como hermanos, los egipcios, sin duda alguna, respetarían su vida y, sobre el lugar, se le ocurriría algo para librar a Sara si las cosas sucedían como él temía. Dirigiéndose, pues, a Sara le dijo:
-Eres muy hermosa, Sara, hermana mía, y el Faraón de Egipto es muy enamoradizo. Cuando te vea, se enamorará de tu belleza, tan distinta de la de las mujeres egipcias con sus ojos rasgados como almendras en el rostro. Seguramente que a mí me matará para llevarte a su harem. ¡Ay!, si alguien te pregunta, debes decir que no eres mi esposa, sino mi hermana.
Y Sara contestó:
-Sí, mi señor.

Abraham se tranquilizó de momento. Pero, cuanto más se acercaban a Egipto o cuanto más contemplaba la belleza de Sara, más le pesaba haberse puesto en camino hacia Egipto. Cuando divisó la frontera, el terror fue tan grande que decidió esconder a Sara en un baúl, que puso debajo de todos los enseres.
Al llegar al confín de Egipto, los guardias de la frontera les detuvieron, exigiéndoles la décima parte de sus bienes para obtener el permiso de entrada en Egipto. Abraham esta vez pagó, sin regateos, cuanto le pidieron. Le preguntaron:
-¿Llevas especias?
-Pago por las especias.
-¿Llevas plata?
-Pago por la plata.
-¿Llevas oro?
-Pago por el oro.
-¿Llevas perlas?
-Pago por las perlas.

A todo estaba dispuesto Abraham, con tal de que no le registraran y descubrieran el baúl, con Sara dentro. Pero ocurrió lo que él no deseaba de ninguna manera. Algunos guardias descubrieron el gran baúl, en que iba Sara escondida, y pensando que la décima pagada no fuese suficiente, quisieron saber qué contenía aquel bulto. Abraham en seguida dijo que no era necesario abrir el baúl, pues él estaba dispuesto a pagar cuanto quisieran. Esta respuesta aumentó la curiosidad y las sospechas de los guardias.

-Si, como dices, estás dispuesto a pagar lo que sea, eso quiere decir que ahí dentro llevas escondido un gran tesoro. ¡Abrelo!
-Pedidme lo que queráis, pero no lo abro.
Los soldados alejaron a Abraham de un empujón y abrieron de un golpe el baúl. Y, al abrirle, se iluminó toda la tierra de Egipto con el esplendor de la belleza de Sara. Los guardias quedaron, más que sorprendidos, deslumbrados por tal belleza. Exclamaron a coro:
-Esta sí que es digna del rey.

Y la noticia se difundió, de boca en boca, hasta llegar al Faraón, que ordenó que se la llevaran inmediatamente al palacio. También el Faraón quedó deslumbrado por el esplendor de Sara y la condujo a las habitaciones reales del palacio. Abraham, desconsolado, se acordó, finalmente, del Señor y elevó a El su súplica. También Sara oró:
-Señor, tú nos mandaste dejar nuestra casa y parientes y te obedecimos. Ahora me encuentro sola, lejos también de Abraham, tu fiel servidor. Tú sabes que hemos venido hasta aquí sólo por no morir de hambre. Ten misericordia y sálvame de esta desventura.

El Señor escuchó la oración de Sara y envió a su ángel a salvarla del Faraón. El ángel le dijo:
-No temas, el Señor ha escuchado tu oración y está contigo.
El Faraón, que ni veía ni oía al ángel, preguntó a Sara:
-Dime, ¿quién ese hombre que te ha traído a este país?
-Es mi hermano.
-Entonces, es preciso honrarlo y colmarlo de dones, como se merece.

El Faraón mandó a Abraham plata, oro y piedras preciosas en cantidades ingentes y, también, rebaños de ovejas, vacas, asnos, asnas y camellos, esclavos y esclavas. Pero, luego, cuando extendió su mano para acariciar a Sara, recibió una fuerte sacudida sin saber de donde le llegaba, pues ni veía ni oía al ángel, que estaba en guardia para defender a Sara de sus manos. Mirando a su alrededor no vio nada y, de nuevo, intentó acercarse a Sara y, antes de rozarla, recibió una nueva sacudida, tan fuerte, esta vez, que cayó por tierra. Es más, las sacudidas del ángel no sólo las sufría el Faraón, sino todos los que estaban en el palacio. La noche se llenó de gritos y llantos, que salían de todas las habitaciones del palacio.

El Faraón, que recibía las sacudidas con más fuerza que los demás, se sintió herido de lepra, de modo que se apagó en él toda pasión sexual. Era la noche del 15 de Nisán, la misma noche en que, muchos años después, el Señor intervendría, hiriendo a todo Egipto para librar a los descendientes de Abraham de su dura esclavitud.

Al rayar el alba, el Faraón, dolorido y exhausto, comprendió que la causa de sus desgracias estaba en aquella mujer, que había llevado a su palacio. Se dirigió a ella con amabilidad y le preguntó:
-Dime la verdad, por favor, ¿quién es el hombre que te ha traído aquí?
-Ese hombre es mi esposo; te dije que era mi hermano porque temí que le mataras.

El Faraón mandó llevar a Sara a una habitación particular, destinada para ella sola, ordenando a todos que la trataran como a una reina. Mandó llamar también a Abraham. Cuando tuvo a Abraham en su presencia, le dijo:

-¿Qué es lo que has hecho conmigo? ¿Por qué no me avisaste de que era tu mujer? ¿Por qué dijiste: "es mi hermana", de manera que yo la tomé por mujer? Toma ahora a tu mujer y ve donde quieras, hasta que termine la carestía en tu país y, luego, regresa allí y, así, viviremos todos en paz.
El Faraón dio a Abraham aún más regalos y a Sara le dio una muchacha, que le había parido una de sus concubinas y que se llamaba Agar.

Para que Abraham y Sara no tuvieran problemas durante su estancia en Egipto, el Faraón les dio el país de Gosen. Cuando sus hijos vuelvan a Egipto, vivirán en dicho país, propiedad de su padre Abraham, que residió en él hasta que terminó el hambre en Canaán.
Terminada la carestía, escoltados por los soldados del Faraón, Abraham, Sara y todos los de su casa salieron, con todos los honores, de Egipto y regresaron a Canaán.




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