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ABRAHÁN EL CREYENTE SEGÚN LA ESCRITURA Y EL MIDRASH (José Pons.-Emiliano Jiménez)

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13. EL SELLO DE LA ALIANZA

"Como uvas en desierto encontré yo a Israel, como breva de higuera en sus primicias vi a vuestros padres"(Os 9,10). Los frutos de la higuera, al principio, se recogen de uno en uno, luego de dos en dos, después de tres en tres, hasta que finalmente se recogen a cestos. Así, al principio, Abraham estaba él solo, luego fueron dos, Abraham e Isaac, después se convirtieron en tres, Abraham, Isaac y Jacob, y finalmente proliferaron y se multiplicaron hasta llenar el país (Ex 1,7).

Por eso está escrito que cuando Abraham tenía noventa y nueve años, se le apareció, de nuevo Yahveh y le dijo:
-Yo soy El Sadday, camina en mi presencia y sé perfecto. Yo establezco mi alianza entre nosotros dos, y te multiplicaré sobre manera (Gn 17).

el pacto2Es como si le dijera: hasta ahora no fuiste perfecto en mi presencia, circuncida la carne de tu prepucio y entonces caminarás en mi presencia y serás perfecto. Y yo te multiplicaré en gran manera.
Abraham ya ha oído esta promesa varias veces y, si no se refiere a Ismael, no ve aún ningún indicio de su cumplimiento. Y el Señor, que ve en lo íntimo del corazón la duda, que aún no ha llegado a la mente y, menos aún, a los labios de Abraham, va a ofrecer al anciano Abraham un sello de su alianza, marcado en su propia carne.

Ante la aparición del Señor, Abraham cayó rostro en tierra. Y Dios, abajándose hasta su siervo y amigo Abraham, le habló al corazón, de amigo a amigo:
-Por mi parte he aquí mi alianza contigo: serás padre de una multitud de pueblos. No te llamarás más con el nombre que te dio tu padre Téraj, sino que tu nombre para siempre será Abraham, pues te he constituido padre de una multitud. Te haré fecundo sobremanera, te convertiré en pueblos, y reyes saldrán de tus muslos. Establezco mi alianza entre nosotros dos, y también con tu descendencia después de ti, de generación en generación. Es una alianza eterna. Yo seré tu Dios y el de tu posteridad. Yo te daré a ti y a tu posteridad la tierra en que andas como peregrino, todo el país de Canaán, en posesión perpetua, y yo seré el Dios de los tuyos.

Hasta aquí era lo de siempre, aunque dicho con más firmeza, como queriendo evitar que llegara a formarse la duda en la mente de Abraham, nuestro padre casi perfecto en todo. Pero, como el higo se come hasta con la cáscara y sólo se le corta el rabo, su único defecto, así el Santo, bendito sea su nombre, dijo a Abraham:
-A ti sólo te sobra el prepucio para ser perfecto, córtalo y camina en mi presencia.
Así "recibió Abraham la señal de la circuncisión como sello de su fe", es decir, como sello de aceptación de la alianza que Dios hacía con él. "Y no sólo con él, sino con todos sus descendientes, que siguen las huellas de su fe" (Rm 4,10-12), pues se trata de llevar en la carne el sello de la circuncisión del corazón (Jr 4,4; Dt 10,16); el "oído incircunciso" no puede escuchar la voz del Señor (Jr 6,10), es un incircunciso, por mucho que se cercene la carne de su prepucio (Jr 9,24-25).
Abraham sigue rostro en tierra, recibiendo en el corazón la palabra del Señor. Y su corazón, que aún no ha sido circuncidado, pregunta:
-Si la circuncisión te es tan querida, ¿por qué no se la diste a Adán?
-Abraham, te baste que Yo soy tu Dios.
-Mientras yo era incircunciso, han combatido tantos contra mí, cuando me circuncide, ¿aún seré combatido?
-Abraham, te baste que Yo soy tu Dios. Yo veo y proveo.

Abraham aún no acababa de decidirse. Apenas le dejó el Señor, se levantó y fue a consultar a sus tres amigos Aner, Eskol y Mamré. Le dijo Aner:
-Tienes ya casi cien años, ¿para qué infligirte a tus años semejante tortura?
Eskol añadió:
-¿Para qué hacerte esa señal? ¿Para que tus enemigos te puedan reconocer?
Pero Manré les contradijo:
-El Señor te socorrió en el horno ardiente, durante la carestía y en la guerra contra los reyes, ¿por qué dudas en escuchar y seguir su palabra?
-¿A sus años la circuncisión?
-Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo (Qo 3,1).

En el momento oportuno dio Dios la milà a Abraham. Había llegado el momento de concebir a Isaac, el hijo de la promesa, que no podía ser concebido por un incircunciso, sino que había de ser concebido por un semen consagrado a Dios por la circuncisión. Por eso Dios ni nombró la circuncisión al hacer con Abraham el pacto de los animales partidos, cuando aún faltaban catorce años para engendrar a Isaac.

Es como con la vid, de la que está escrito: "Cuando hayáis entrado en la tierra y hayáis plantado árboles frutales, consideraréis su fruto, impuro, como un prepucio; por tres años sus frutos os serán como incircuncisos y no se podrán comer. Al cuarto año todos sus frutos serán consagrados en fiesta de alabanza en honor de Yahveh. Y en el quinto año podréis comer su fruto" (Lv 19,23-25).
Los frutos que produce la vid, antes de ser circuncidada, son uvas verdes de desagradable apariencia y cuyo vino no es válido para el altar; pero, una vez cortado el prepucio a la vid, los frutos que produce tienen una buena apariencia y su vino se escoge para la ofrenda del altar: "es el vino de la libación" (Nm 15,7). Igual ocurría con nuestro padre Abraham. Antes de ser circuncidado, no era bueno el fruto de sus acciones ni apto para el altar; pero, cuando se circuncidó, fue perfecto el fruto de sus acciones y su vino resultó escogido para el altar, cual vino de libación. Antes de estar circuncidado, Abraham engendró a Ismael; después de circuncidado, engendró a Isaac, que fue puesto sobre el altar.

Dijo, pues, Dios a Abraham, mientras aún dudaba en su corazón:
-A Saray, tu mujer, no la llamarás más Saray, sino que su nombre será Sara, "mi princesa". Yo la bendeciré, y de ella también te daré un hijo. La bendeciré y se convertirá en naciones; reyes de pueblos procederán de ella.
Abraham, que no creía que el Señor estaba presente en sus dudas, se sobresaltó al escuchar de nuevo su voz y, otra vez, cayó rostro en tierra. Pero, a pesar del susto y de la postración de veneración, no pudo evitar que el corazón se echara a reír en su interior:
-¿A un hombre de cien años va a nacerle un hijo? ¿Y Sara, a sus noventa años, va a dar a luz?
Para disimular la sorpresa de su risa, Abraham recuerda al Señor que ya tiene a Ismael:
-¡Si al menos Israel viviera en tu presencia!
Y Dios, condescendiente, le replica:
-Sí, pero Sara tu mujer te dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Isaac; que te recuerde por siempre la risa de tu corazón, que no es otra cosa que la risa de mi complacencia, pues yo estableceré mi alianza con él, una alianza eterna. Seré su Dios y Dios de su posteridad...
-Y de Ismael, ¿qué será?

-En cuanto a Ismael también te he escuchado. He aquí que le bendigo, le hago fecundo y le haré crecer sobremanera. Doce príncipes engendrará, y haré de él un gran pueblo. Pero mi alianza la estableceré con Isaac, el que Sara te dará a luz el año que viene por este tiempo.

Y al acabar de hablar, dejando solo a Abraham, Dios subió a sentarse en su trono del perdón, pues estaba comenzando el 10 de Tishrì, día del Kippùr. Abraham, a solas, bajó hasta su corazón y le purificó de todas sus dudas, pidiendo perdón al Señor. Y aquel mismo día circuncidó la carne del prepucio a su hijo Ismael y a todos los varones de su casa. Y también circuncidó el prepucio de su propia carne, a sus noventa y nueve años. El mismo día fueron circuncidados Abraham y su hijo Ismael, que tenía trece años.

Abraham, mohel de sí mismo y de todos los demás varones, repetía con cada uno la oración de la alianza:

Al entrar a formar parte del pueblo elegido, recibes en tu cuerpo y en tu alma un sello indeleble, una marca de fuego, que humeará hasta que la muerte la apague. Sólo serás hombre en cuanto seas fiel a este sello del Santo, bendito sea su Nombre, y vivas según sus designios.




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