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ABRAHÁN EL CREYENTE SEGÚN LA ESCRITURA Y EL MIDRASH (José Pons.-Emiliano Jiménez)

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17. DESTRUCCIÓN DE SODOMA Y GOMORRA

Terminado el coloquio, Yahveh dejó a Abraham, que regresó a su tienda. Los ángeles, fieles cumplidores de las decisiones del Señor, apenas vieron que no había sido acogida la súplica de Abraham, siguieron su camino, llegando a Sodoma al atardecer. El Señor juzga a las naciones en la noche, pues hasta en la noche pecan; a sus fieles, en cambio, les juzga de día, mientras practican las mizvòth, las obras del Señor.

Lot estaba sentado a las puertas de Sodoma. Algo le quedaba de la educación recibida de Abraham; de Abraham había aprendido a acoger a los viajeros. Pero viviendo en Sodoma, donde las leyes prohibían la hospitalidad, Lot se halló envuelto en muchos problemas, que le llevaron a vivir haciendo constantes compromisos. De día no acogía a nadie en casa, rechazándoles de forma ostentosa, de modo que los habitantes de Sodoma viesen que observaba sus leyes. Pero, en la noche, se sentaba a las puertas de la ciudad, para acoger a los huéspedes de paso, cuando nadie le veía. Con este compromiso, Lot se encontraba con frecuencia en un laberinto sin salida y ni a sus hijas pudo transmitir las sendas del Señor, dos de las cuales se casaron con dos sodomitas, arrastrándolas tras ellos a la perdición. Los yernos se burlaban de Lot y sus contradicciones.

Pero, en resumidas cuentas, apenas Lot vio a los ángeles, que llegaban a Sodoma al caer la tarde, se levantó, fue a su encuentro y, postrándose por tierra, les dijo:
-Ea, señores, por favor, venid a mi casa. Pasáis en ella la noche, os laváis los pies y, de madrugada, seguís vuestro camino.
Los ángeles, que no habían dudado en aceptar la hospitalidad de Abraham, al punto leyeron la doblez de corazón de las palabras de Lot. Lot piensa ofrecerles su casa para dormir, pero sin ofrecerles agua para lavarse los pies hasta la mañana siguiente; así si los ven los habitantes de Sodoma pensarán que acaban de llegar y no sabrán que han pasado la noche. Por eso los ángeles, en un primer momento, rehúsan la hospitalidad que Lot les ofrece:
-No; haremos noche en la plaza.

Pero tanto porfió Lot con ellos, que al fin aceptaron ir a hospedarse en su casa. Pero, cuando Adít, la mujer de Lot, vio llegar a casa a los dos hombres con su marido, se le enfrentó, diciendo:
-De ninguna manera permitiré que estos hombres entren en nuestra casa.
Lot insistió, de nuevo, con su esposa, repitiendo y delatándose:
-Es de noche, no nos ha visto nadie y nadie lo sabrá.
Pero Adít no se dejó convencer. Entonces Lot tomó una estera, dividió la casa en dos partes, declarando:
-Estos huéspedes me son muy queridos y los introduzco en mi casa, no en la tuya.
Así pudo Lot recibir a los ángeles y se dispuso a prepararles la cena. Pero, mientras preparaba la comida, advirtió que en casa no había sal. Fue a la otra parte de la casa, que se había convertido en casa de la esposa, y suplicó a Adít que buscara un poco de sal. Ella se negó:
-No te daré nada, no quiero tener parte en este asunto.

Tanto insistió Lot que su esposa se levantó, airada ciertamente, y fue a pedir la sal a las vecinas, diciéndoles:
-Dadme, por favor, un poco de sal, que me he quedado sin nada. Nos han caído de improviso unos huéspedes y mi marido se ha alegrado tanto con su visita que les ha introducido en su casa y les está preparando un banquete. Yo había provisto para nosotros, pero no contaba con los huéspedes de mi marido y por eso me ha mandado a buscar la sal...

Los y los huespedesDe este modo, la noticia de que Lot tenía unos huéspedes en su casa corrió en unos instantes por toda la ciudad. Al poco rato, apenas Lot y los huéspedes se habían separado para dormir, una multitud de hombres de la ciudad, los sodomitas, rodearon la casa. Allí estaban, amenazantes, todos los varones de la ciudad, desde el mozo al viejo.

Llamaron a voces a Lot:
-¿Dónde están los hombres que han venido donde ti esta noche? Sácalos, para que abusemos de ellos.
Lot salió a la puerta, cerrándola tras de sí, y trató de convencer a aquella masa vociferante:
-Hermanos míos, la generación del diluvio fue extirpada por los pecados que ahora vosotros queréis cometer, ¿queréis que os suceda lo mismo?
Pero no le dejaban ni hablar, pues todos gritaban:
-Te acabamos de elegir juez de la ciudad y ya quieres cambiar las leyes de tus predecesores, tú que eres un advenedizo...
-Quítate de en medio. Ni aunque viniera Abraham mismo tendríamos consideración con él...
-Sácanos a esos hombres que los queremos conocer y si no te irá a ti peor que a ellos.
El temor a la muerte le lleva a Lot a desatinar y buscar un lamentable compromiso. Con todas sus fuerzas grita:
-Por favor, no hagáis esta maldad. Mirad, tengo dos hijas que no han conocido varón. Os las sacaré y haced con ellas lo que os parezca, pero a estos hombres no les hagáis nada, que para eso han venido al amparo de mi techo...
-¡Quita allá!
Y, forcejeando con Lot, estaban ya a punto de arrancar la puerta, cuando los ángeles, alargando las manos, liberaron a Lot y lo introdujeron en casa. Cerraron la puerta tras Lot, dejando deslumbrados a los que quedaron fuera; a tientas intentaron buscar la puerta, desde el chico al grande, pero no lograron dar con ella.

Los ángeles, entonces, revelaron a Lot quiénes eran y la misión que les había conducido a Sodoma:
-¿A quién tienes aquí? Saca de este lugar a tus hijas y yernos, a todos los tuyos, porque el Señor nos ha mandado a destruir este lugar, ya que es muy grande el clamor que sube de él a la presencia de Yahveh.
Lleno de pavor, Lot atravesó la muchedumbre, que a ciegas daba vueltas ante su casa, corrió en busca de sus yernos y les dijo:
-Levantaos, salid de este lugar, porque Yahveh va a destruir la ciudad.
Pero los yernos se burlaron de él:
-¡Estás loco! ¿Mientras en la ciudad resuenan violines, címbalos y flautas, tú vienes a decirnos que la ciudad será destruida? ¡Tú estás loco!
Lot les abandonó y corrió a buscar a los que le debían algo, pero los ángeles, al ver que comenzaba a rayar el alba, apremiaron a Lot, diciéndole:
-De prisa, toma a tu mujer y a tus dos hijas que viven contigo en casa y sal ya, no vayas a ser barrido por culpa de la ciudad.

Y como él remoloneaba, lo mismo que su mujer, que quería recoger todo lo que había en casa, uno de los ángeles le asió de la mano lo mismo que a su mujer y a sus dos hijas y les sacó fuera de la ciudad, ordenando:
-Huye, por tu vida. Confórmate con salvar la vida y no te preocupes de los bienes. Vamos, corred. No miréis atrás ni os detengáis en toda la redonda. Escapad, rápido, a la montaña, no vayáis a ser barridos con la ciudad.

El ángel les empujaba hacia la montaña con la esperanza de que luego Lot se volviera a reunir con Abraham, reconociendo que "el Señor le había salvado de la catástrofe, por compasión y por amor a Abraham" (Gn 19,16.29). Pero no eran esos los deseos de Lot, pues pensaba para sus adentros: "mientras he vivido separado de Abraham, Dios ha comparado mis acciones con las de los habitantes de Sodoma y, de este modo, he podido aparecer como justo ante El, pero si voy a vivir junto a Abraham, comparará mis acciones con las de Abraham y Los sale de sodentonces se notará que no tengo nada bueno". Por ello suplicó al ángel:
-No, por favor. Ya que este servidor tuyo ha hallado gracia ante ti y me has concedido el gran favor de dejarme con vida, mira que yo no puedo refugiarme en la montaña; en ella correría el riesgo de morir. Mira, ahí, cerquita está esa ciudad a donde huir. Es una pequeñez. ¡Ea, voy a escaparme allá -¿verdad que es una pequeñez?- y así salvaré mi vida!

El ángel, impaciente ya por cumplir la orden del Señor, viendo ya en el cielo el sol y la luna, recordando además la buena acogida que Lot les había dado, se lo concedió:
-Bien, te concedo también eso; no arrasaré Soar, la pequeña ciudad, como me has pedido. Pero, corre, de prisa, que no puedo hacer nada hasta que entres en ella.

Soar había sido fundada un año después de las otras cuatro ciudades del valle; tenía sólo cuarenta y nueve años de antigüedad y, por tanto, no había aún colmado la medida de sus pecados. Por ello pudo salvarse de la destrucción.

El sol asomaba sobre el horizonte cuando Lot entraba en Soar. Entonces Miguel, con su dedo meñique tocó la roca sobre la que estaban construidas las ciudades pecadoras y las derruyó. Al mismo tiempo Yahveh hizo llover sobre ellas fuego y azufre, arrasando las ciudades y todos sus alrededores con sus habitantes y vegetación del suelo(Lc 17,28). El ángel gritaba con fuerte voz:
-Si alguno adora a la Bestia y a su imagen, y acepta la marca en su frente o en su mano, tendrá que beber también el vino del furor de Dios, que está preparado en la copa de su cólera. Será atormentado con fuego y azufre, delante de los santos ángeles y delante del Cordero. Y la humareda de su tormento se eleva por los siglos de los siglos; no hay reposo, ni de día ni de noche, para los que adoran a la Bestia y a su imagen, ni para el que acepta la marca de su nombre (Ap 14,9-11).
Es lo que ya predijo el Señor por su profeta:

Se convertirán sus torrentes en pez, su polvo en azufre, y se hará su tierra pez ardiente. Ni de noche no de día se apagará, por siempre subirá el humo de ella. De generación en generación quedará arruinada, y nunca jamás habrá quien pase por ella. La heredarán el pelícano y el erizo, el ibis y el cuervo residirán en ella. Tenderá Yahveh sobre ella la plomada del caos y el nivel del vacío (Is 34,9-11).

Era el día 16 de Nisán. El día en que, por un tiempo, en el cielo aparecen juntos el sol y la luna. Es el momento preciso, elegido para la destrucción de la ciudades, para que los adoradores del sol no pudieran decir: "Si lo hubiera hecho de día, el sol nos hubiera defendido", ni tampoco pudieran decir los adoradores de la luna: "si la luna hubiera estado en el cielo, ella nos habría defendido". Con la caída de la noche, cuando los ángeles llegaron a Sodoma, su caída quedó decidida, la suerte de Sodoma quedó sellada con el pecado de los sodomitas. Pero su ejecución fue ante el sol y la luna, mostrándose así el Señor del cielo y de la tierra como el único Dios.

Es algo que nunca creyó la mujer de Lot. Sus entrañas de madre le llevaron a amar más a su hijas que al Señor. Aunque el ángel le había advertido que no volviera la vista atrás, ella, al oír el estruendo de las ciudades y el aguacero de azufre, no pudo controlarse y se volvió a ver si, finalmente, sus hijas casadas les estaban siguiendo. Entonces se convirtió en estatua de sal.
Como monumento perenne de incredulidad se alza por los siglos esa estatua de sal (Sb 10,7). Aunque el ganado la lame a lo largo del día, y cada anochecer parece haber desaparecido, al llegar de nuevo la mañana allí está tan grande como siempre, como advertencia para todos nosotros:

Aquel Día, el que esté en el terrado y tenga sus enseres en casa, no baje a recogerlos; y de igual modo, el que esté en el campo, no se vuelva atrás. Acordaos de la mujer de Lot. Pues, quien intente guardar su vida, la perderá; y quien la pierda, la conservará" (Lc 17,31-33).

Como testimonio de la perversión de la Pentápolis y de su destrucción queda todavía una tierra desolada humeando, unas plantas cuyos frutos no alcanzan la sazón a su tiempo, para que su pecado no quede oculto ni sea olvidado: perenne recuerdo de su insensatez para los vivientes (Sb 10, 6-8).
La prosperidad de Sodoma duró cincuenta años. Durante estos cincuenta años, el Señor les mandó 25 fuertes tempestades, que conmovieron sus cimientos, con la intención de llamarles a conversión, pero fueron inútiles sus intentos, como está escrito: "El sacude la tierra de su sitio y se tambalean sus columnas; hace estremecerse los montes, pero no se enteran. Entonces los hiere en su furor" (Jb 9,5-6).

La destrucción de Sodoma ocurrió mientras Abraham elevaba al Señor sus oraciones matutinas, como está escrito: "Se levantó Abraham de madrugada y fue al lugar donde había estado en presencia de Yahveh". Por amor a Abraham, el Señor estableció como la hora propicia para la oración de la mañana en todos los tiempos. Pues, cuando Abraham dirigió sus ojos hacia Sodoma y percibió el humo que subía de entre sus escombros, rogó al Señor que liberase a su sobrino y a su familia y el Señor escuchó su petición.
Cuatro veces se endeudó Lot con Abraham. Abraham lo sacó de Ur y lo llevó consigo a Israel; lo hizo rico, dándole rebaños, pastores y tiendas; lo rescató de la cautividad de los reyes; y, por su oración, lo salvó de ser destruido con las ciudades pecadoras. Lot, en cambio, una sola vez hizo algo por Abraham, no traicionándolo en Egipto, cuando Abraham pretendió pasar como hermano de Sara.
Pero, aún fue peor la conducta de los descendientes de Lot, concebidos con el incesto, contra los descendientes de Abraham. Los descendientes de Lot, los Ammonitas y los Moabitas, en vez de mostrar agradecimiento a los israelitas, descendientes de Abraham, cometieron contra ellos cuatro actos de hostilidad: intentaron destruir las bellas tiendas de Israel con las maldiciones de Balán (Nm 22); les hicieron la guerra en tiempos de Jefté (Ju 11) y de nuevo, al tiempo de Josafat (1R 22); y, finalmente, en el tiempo de la destrucción del Templo, manifestaron todo su odio contra Israel. El Señor, lento a la ira y rico en misericordia, hizo surgir cuatro profetas, que les llamaran a conversión, proclamando los castigos que lloverían, de nuevo, sobre ellos si no se volvían al Señor: Isaías, Jeremías, Ezequiel y Sofonías.

La división de Lot y Abraham se prolongará en la enemistad perenne (Dt 23,4-7) entre los descendientes del uno y el otro hasta la llegada del Mesías, que une lo dividido, rompiendo todas las barreras del odio. El Mesías será hijo de Abraham e hijo de Lot. Rut, la moabita, es la abuela de David, y Naama, la amonita, es la madre de Roboán. El Mesías desciende de estos dos reyes (Mt 1).





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