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ABRAHÁN EL CREYENTE SEGÚN LA ESCRITURA Y EL MIDRASH (José Pons.-Emiliano Jiménez)

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18. ABRAHAM ENTRE LOS FILISTEOS

Veinticinco años llevaba Abraham viviendo en Mambré, pero la destrucción de Sodoma y demás ciudades de sus alrededores indujo a Abraham a abandonar aquella tierra. Tan amante como era de la hospitalidad no pudo seguir viviendo en un lugar por donde ya no pasaba ningún viajero. Las ciudades en ruina atemorizaban a los caminantes y ninguno se aventuraba a viajar por aquellos parajes. Por otra parte, la gente del lugar no dejaba de comentar, murmurando a las espaldas de Abraham, acerca del abominable incesto de las dos hijas de Lot.

filisteosAbraham, pues, decidió levantar su tienda y abandonar el lugar. Se dirigió con toda su familia y enseres hacia la tierra de los filisteos, caminando hacia el país del Négueb. Entre Cadés y Sur, halló un lugar que le agradó y, a sus cien años, plantó sus tiendas en Guerar.

Sara, poco antes, se había sentido, ante el anuncio de un hijo de su seno, vieja y con la matriz seca. Pero, al sentir que su vientre se le llenaba de vida, se siguió riendo con la risa del niño que llevaba dentro. Comenzó a tener caprichos como nunca los había tenido. Pedía para comer granadas y miel con requesón y se vestía como cuando se sintió enamorada de Abraham al verle en la tienda de ídolos de Téraj. Con frecuencia se la veía ensimismada y, luego, volver en sí como si regresara de un viaje interior muy largo. Volvió, otra vez, a ocuparse de abrevar a las ovejas y a las cabras. Su vientre se iba redondeando, pero aún apenas si se notaba. Lo que si se notaba es que su cuerpo se iba aligerando y rejuveneciendo.

Abraham, que concedía a Sara todos los caprichos, volvió a sentir miedo ante la nueva juventud, que había dado a Sara la espera del hijo; no comprendía Abraham que era normal y necesario que teniendo que dar a luz un hijo florecieran la juventud y belleza que había poseído antes. El temor llevó a Abraham a recordar a Sara el acuerdo tomado cuando empezaron a caminar por países extraños:
-A todo el que te pregunte ¿quién eres?, dile que eres mi hermana, así podremos salvarnos de los malvados, y más ahora que nos hallamos entre gente que no tiene temor de Dios.

Pero no sólo fue Sara quien dijo que era hermana de Abraham, sino que él mismo repetía a cuantos le preguntaban:
-Es mi hermana.
La gente de Guerar notó muy pronto la belleza extraordinaria de Sara y sin tardanza llegó la noticia al rey Abimélek:
-Ha llegado a tu país un extranjero con una hermana de una belleza nunca vista.
Entonces el rey Abimélek envió por Sara. Cuando la tuvo ante sí, vio que no le habían mentido, como había ocurrido otras veces, esperando una buena recompensa. Cuando Sara le confirmó que el hombre que le acompañaba era su hermano, la tomó para sí. Llamó a Abraham y le dijo:
-He decidido honrarte grandemente, recibirás dones y honores y cuanto desees. Tus deseos serán escuchados como se merece el hermano de la reina.

Abraham hizo una reverencia y salió del palacio real, acompañado de un ministro que el rey puso a su disposición. Pero al llegar la noche, antes de irse a dormir, al rey, en el mismo trono en que se hallaba sentado, le cogió un sueño profundo, del que no despertó hasta la mañana siguiente. Durante el sueño, Dios visitó a Abimélek mediante su ángel Miguel. Abimélek veía al ángel del Señor con la espada desenvainada ante él a punto a traspasarlo. Abimélek, aterrorizado, pidió al ángel explicaciones de su amenaza y el ángel le respondió:
-Morirás a causa de esa mujer que has tomado, pues está casada con el hombre que ayer citaste a tu presencia. Devuélvele inmediatamente su esposa si no quieres morir tú y todos los tuyos.

Abimélek, que ni siquiera se había acercado a Sara, exclamó:
-Señor, ¿es que matas a la gente aunque sea honesta? ¿Acaso no me dijo él que era su hermana? ¿Y ella misma no me confirmó que él era su hermano? Con corazón recto y manos limpias he actuado yo y ¿quieres matarme? ¿Es así como juzgas a los hombres? Si ese es tú modo de proceder, me haces pensar que la generación del diluvio y la generación de la confusión de lenguas eran inocentes, aunque tú les hicieras perecer o las dispersaras por toda la tierra...

Pero el ángel del Señor le cubrió la boca con una de sus alas y le dijo:
-También yo sé que has procedido con rectitud de corazón. Por ello te he impedido pecar contra ella, evitando hasta que la tocarás. Pero ahora devuelve la mujer a ese hombre, porque es un profeta del Dios Altísimo, tan querido de El que es inviolable (Sal 105,15) y poderoso intercesor (Nm 21,7). Si le devuelves su esposa, él rogará por ti para que vivas. Pero si no la devuelves, sábete que morirás sin remedio, tú y todos los tuyos.

En aquella noche, un grito de dolor se elevó en toda la tierra de los filisteos. Todos sus habitantes sufrieron el insomnio de su rey Abimélek. La obsesión de la espada del ángel persiguió a todos; las mujeres se volvían estériles y la tierra misma y sus animales se llenaban de terror indescriptible.
Apenas se despertó, Abimélek convocó a sus ministros y consejeros y les contó su sueño. Uno de sus consejeros, que conocía la historia de otros pueblos, dijo en voz alta:
-¡Oh señor y rey nuestro! Devuelve esa mujer a su hombre, porque es su esposo. Esa es su manera de proceder cuando llega a una tierra extranjera: hace pasar a su esposa por hermana para salvar su vida. Así hizo ya, hace tiempo, con el Faraón de Egipto; y su Dios afligió terriblemente al Faraón y a todo Egipto y no hallaron paz hasta que el Faraón le restituyó su esposa. Ya ha sido informado el rey de cuanto esta noche ha ocurrido en todo el país, se está repitiendo entre nosotros la misma historia de Egipto. Date prisa, pues, en devolver esa mujer y así también nosotros volveremos a vivir tranquilos.
Pero Satán, siempre deseoso de frustrar los planes de Dios, quería hacer abortar la promesa. Se hizo presente con su espíritu de confusión, sembrando la duda en el rey mediante uno de sus consejeros:
-¡Mi rey, no te asusten los sueños! Los sueños sólo revelan falsedades.

Abimélek estaba trastornado, pero no sabía qué partido tomar. Entonces resonó, de nuevo, en su interior la voz que había escuchado en el sueño:
-¡Devuelve inmediatamente a esa mujer o date por muerto! ¡Guárdate de tocar a mis ungidos y de hacer algún mal a mis profetas! (Sal 105,15).
El rey aún quiso defenderse, como lo había hecho en sueños:
-¿Qué culpa tengo yo, si me han dicho que era su hermana?
-Pero, ¿te parece que está bien preguntar a un extranjero, apenas llegado a tu tierra, sobre la mujer que lo acompaña? Cualquiera tendría miedo de confesar que es su esposa y, por lo demás, Abraham es un profeta y conocía el peligro si revelaba la verdad, como sabía también que nada pasaría con Sara. Y como sabe que no has hecho ningún mal a su esposa, él rogará por ti y tú recobrarás la paz.

El humo de las ruinas de Sodoma aún estaba subiendo y se podía ver desde el país de los filisteos, como pudieron advertir a Abimélek sus gentes. El rey entonces temió al Señor, llamó a Abraham y le dijo ante todos sus ministros:
-¿Por que has obrado de este modo con nosotros? ¿En qué te he faltado? Has hecho lo que nunca se debe hacer. Dime, ¿qué te ha movido a hacer eso?

-Es que me dije: Seguramente no hay temor de Dios en este lugar y me van a asesinar por mi mujer". Pero es que, además, es cierto que es hermana mía, hija de mi padre aunque no de mi madre, y vino a ser mi mujer. Y desde que Dios me hizo viajar lejos de mi familia, le dije a ella: dondequiera que lleguemos vas a hacerme el favor de decir de mí: "es mi hermano" (Gn 20,11-13).
-¿Pero por qué has hecho caer sobre mí y sobre mi reino tan gran culpa?

Abraham, entonces, le hizo la historia de su vida:
-Cuando habitaba en casa de mi padre, las naciones del mundo me buscaban para darme muerte, pero Dios me hizo ver que era mi fuerte salvador. Cuando, después, las naciones intentaron llevarme a la idolatría, Dios se me apareció y me dijo: "Sal de tu tierra y de tu parentela, deja la casa de tu padre". Y cuando las naciones del mundo estaban a punto de extraviarse, Dios envió dos profetas compatriotas míos, Sem y Eber, para avisarles. Así es mi vida errante, entre pruebas y peligros, de los que siempre me ha librado el Señor, mi Dios.

Abimélek colmó a Abraham de dones, mil monedas de plata, ovejas y vacas, siervos y siervas, y le devolvió su mujer, a la que no había tocado. Y añadió Abimélek:
-Mira, ahí, tienes mi país, quédate donde se te antoje.
Y a Sara, después de regalarla un magnífico vestido, que la cubría hasta los pies para que pudiera esconder a los ojos curiosos y malignos su deslumbrante belleza, con ironía y nostalgia, la despidió, diciéndole:
-Mira, he dado a tu hermano mil monedas de plata, que serán para ti y para los que están contigo, como venda en los ojos, para que no cuenten nada de lo que han visto.

En realidad, Abimélek se comportó como quien tiene temor de Dios (20,6), distinto del Faraón de Egipto. El Faraón dio dones a Abraham y Abimélek dio dones, pero el Faraón le echó fuera de su país y Abimélek, en cambio, le dejó quedarse en el suyo, eligiendo el lugar que más le agradase. Y, sobre todo, Abimélek pidió a Abraham que intercediera por él ante Dios.

Y Abraham, aunque podía haber visto un velado reproche en el regalo del vestido de Sara, como era lento a la ira, no se sintió ofendido. El no era como una caña que se dobla fácilmente al primer soplo del viento, sino que era como un cedro, que resiste hasta los más fuertes vientos. Por ello, inmediatamente rogó al Señor por el rey y por todos sus súbditos:
-Oh Señor del mundo, Tú has creado al hombre para que crezca y se multiplique. Concede a Abimélek y a todo su reino que puedan crecer y multiplicarse.

Y por primera vez en la historia de la humanidad, Dios escuchó y cumplió la plegaria de un ser humano en favor de otro. Abimélek y sus súbditos fueron curados de todas sus enfermedades y las mujeres estériles, comenzando por la esposa de Abimélek, quedaron encinta y tuvieron hijos (Gn 20,17).





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