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ABRAHÁN EL CREYENTE SEGÚN LA ESCRITURA Y EL MIDRASH (José Pons.-Emiliano Jiménez)

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23. MUERTE Y ENTIERRO DE SARA

Y Satán, ¿dónde andaba mientras Abraham se hallaba ocupado en el sacrificio de su hijo y en sus diálogos con Dios? Insidioso y contumaz, Satán no se da por vencido. Si no logra sus intentos en un lado, prueba en otro. Por ello, mientras Abraham, decidido, se disponía para el sacrificio, Satán decidió continuar su ataque en otro lugar y, tomando las apariencias de un viejo humilde y bueno, se fue a insidiar a Sara. Se presentó ante ella y le dijo:
-¿Estás al corriente de lo que ha osado hacer hoy Abraham con tu hijo Isaac?
Sara le miró sorprendida y permaneció en silencio. Satán continuó:
-Te informaré yo. Ha cogido a Isaac, lo ha puesto sobre un altar y lo ha sacrificado. Isaac, como es lógico, lloraba, se retorcía, defendiéndose, gritaba y decía: ¡padre, padre, ten piedad de mí! Pero tú marido ni le escuchaba; sin el mínimo titubeo seguía en su locura, sin compasión para el pobre hijo.
Sara seguía en silencio, sacudida por la terrible noticia.

Satán, como si no se le hubiese entendido, repitió varias veces sus palabras y se marchó. Sara pensó que aquel viejo era uno de los hijos de los hombres, que se habría hallado casualmente junto al hijo en aquel terrible momento y que, por ello, había ido a informarle de lo acontecido. Rompió en un gran lamento; aplastada por el dolor cayó en tierra, se cubrió la cabeza de ceniza, lamentándose:
-¡Hijo, hijo mío, alegría y sostén de mi vida, ojalá hoy me hallara yo muerta en tu lugar! ¿Para qué te he criado con tantos cuidados? ¿Para que mi alegría se trocase en luto? Te deseé tanto, recé y lloré tanto por tenerte hasta mis noventa años y he aquí para qué: has sido dado al cuchillo y al fuego. Sólo me consuela pensar que de este modo has realizado una mizvà ante el Señor. Sí, ¿quién puede transgredir la palabra del Señor, en cuyas manos está el alma de todo viviente? ¡Justo eres, oh Señor, nuestro Dios y todas tus acciones son buenas y justas! Por ello, también yo me alegro aceptando tu voluntad, aunque mis ojos sigan derramando lágrimas, que no puedo contener. ¡Pero mi corazón está alegre!

Sara apoyó la cabeza sobre una de las siervas -todas habían acudido al oír sus lamentos- y quedó muda e inmóvil como una piedra. Pero en seguida se repuso, se alzó y, acompañada de las siervas y los siervos, se puso en camino para tener más detalles de lo sucedido. Se dirigió camino de Hebrón. A cuantos encontraba pedía noticias de Abraham y de su hijo Isaac, pero ninguno le decía nada de ellos. Así siguió incansablemente caminando y preguntando sin lograr averiguar nada.

Satán, que estaba rabioso por sus repetidos fracasos, se le presentó de nuevo, esta vez bajo las apariencias del mismo Isaac, y le dijo:
-Ha sido todo una mentira, no es verdad nada de lo que te han dicho. Abraham no ha ofrecido ningún sacrificio ni Isaac ha muerto.

Al oír estas palabras y ver ante sí a un joven que se parecía a Isaac, Sara se sintió sobrecogida por tal alegría que la sacudió hasta lo más hondo de su ser. La emoción fue superior a sus fuerzas. Sara cayó por tierra. Murió, reuniéndose con sus padres.

Abraham, con los dos siervos, llegó a Berseba. Acercándose a las tiendas, quedó sorprendido al ver que no había nadie en ellas. Todas estaban cerradas. Y la nube luminosa que rodeaba sus tiendas había desaparecido. Entrando vio con estupor que hasta el ner tamìd (la lámpara perpetua) estaba apagada. Entonces comprendió que a Sara le había sucedido una desgracia. A toda prisa se puso a indagar por los contornos lo ocurrido. Pronto le informaron que su mujer, con todos los de su casa, se había dirigido hacia Hebrón, en busca del marido y del hijo. Abraham y los dos siervos partieron en su búsqueda y, al llegar a Quiryat Arbá, en las cercanías de Hebrón, oyeron grandes lamentos. Se acercaron y encontraron a Sara muerta. Abraham rompió en un llanto incontenible. Dirigiéndose a todos los presentes, con voz conmovida, les dijo:
-Todos vosotros, como yo mismo, quedáis hoy huérfanos; lloradla, derramad vuestras lágrimas. Ella cuidaba siempre de todos vosotros, os daba comida y vestido, preocupándose de cada uno de vosotros, como sólo una madre sabe hacerlo...

Se sentó por tierra, se rasgó los vestidos y, cogiendo la cabeza entre las manos, siguió un largo rato llorando. Todos, alrededor suyo, lloraban con él.

Inmediatamente mandó Abraham a un siervo a comunicar la noticia a su hijo Isaac. Isaac, con Sem y Eber, corrieron seguidos por el siervo hasta Hebrón. Isaac se arrodilló ante su madre, la besó, se rasgó los vestidos y rompió en llantos y lamentos:
-¡Oh madre mía, madre mía, ¿cómo me has dejado y te has ido? Yo que esperaba volver a verte como siempre viva y hoy te veo muerta, a ti que eras para mí como la luz del sol a mediodía; esperaba escuchar aún tus palabras, que siempre alegraban mi corazón. ¡Y ahora mi sol se ha nublado, mi corazón se ha roto! ¡Mi alegría ha desaparecido!

Así siguió llorando mientras tuvo fuerzas. Después, permaneció por tierra, mudo, sin lágrimas y sin palabras. Mientras él se lamentaba, todos los demás, conmovidos, se lamentaban con él. Al callar, callaron todos, haciendo luto en silencio, compartiendo el dolor de Isaac y de Abraham, que pasó un largo rato en duelo y llanto silencioso por su amada Sara, que, incluso en su vejez, había conservado la belleza de su juventud y la inocencia de su infancia.

La muerte de Sara no fue una pérdida sólo para Isaac y para Abraham, sino que lo fue para todo el país. Mientras ella vivía, todas las cosas iban bien en la tierra. Pero después de su muerte, todo fue confusión. El llanto y duelo por ella fue universal. Pronto, Abraham, en vez de recibir las condolencias y consuelo de los demás, tuvo que dedicarse a ofrecer consuelo a los demás. Tomó la palabra y dijo:
-Hijos míos, no os apesadumbréis porque Sara nos haya dejado. La muerte es un acontecimiento común a todos, piadosos e impíos. El Señor, Dios del cielo y de la tierra, da la vida y la muerte. ¡Bendito sea por siempre!
"La vida de Sara fue de ciento veintisiete años. Murió en Quiryat Arbá -que es Hebrón-, en el país de Canaán, y Abraham hizo duelo por Sara y la lloró" (Gn 23,1-2).
Luego se levantó Abraham de delante de la muerta para buscar un sepulcro. Mientras tanto, todos los habitantes de la ciudad habían suspendido el trabajo y habían acudido al lugar donde yacía Sara, diciéndose:
-Ha muerto una mujer justa y misericordiosa. Nadie la ha igualado jamás desde que el Señor creó el cielo y la tierra. Vamos, pues, a honrarla en sus funerales.

Todos, pues, dejaron sus casas, que permanecieron cerradas, y con sus mujeres e hijos, incluso lactantes, fueron silenciosos a rendir homenaje a Sara. Abraham habló a los hijos de Het, diciéndoles:
-Yo soy un simple forastero que reside entre vosotros. Dadme, por favor, una propiedad sepulcral entre vosotros, para poder sepultar a mi muerta.

Estas palabras ponían de manifiesto toda la modestia de Abraham. Dios le había prometido toda la tierra y, cuando tiene que enterrar a su esposa, está dispuesto a pagar por un trozo de tierra. No quiso tentar en su corazón a Dios, aceptando que El le conduzca por sus caminos cómo y cuando El quiera. Entonces Dios le dijo: "Has hablado con modestia, presentándote como extranjero en esta tierra que te pertenece. Por mi vida, yo te hago señor y príncipe sobre ellos".

Así le vieron los hijos de Het, que respondieron a su petición:

-A ver si nos entendemos, señor; tú eres un príncipe de Dios entre nosotros. En el mejor de nuestros sepulcros sepulta a tu muerta. Ninguno de nosotros te negará su sepulcro para que entierres a tu muerta.

Abraham, en primer lugar, dio gracias a Dios, por los sentimientos de acogida y amistad, que mostraban hacia él los hijos de Het. Después continuó su negociación para adquirir la cueva de Makpelá. Abraham conocía, desde hacía tiempo, el valor de dicho lugar. Adán lo había escogido como sepultura suya y de Eva. En sus profundidades había quedado sepultado el cuerpo de Adán, de modo que nadie nunca pudo encontrarlo. Cuando Adán enterró allí a Eva, quiso cavar aún más hondo, porque según cavaba percibía la dulce fragancia del Paraíso, pero una voz del cielo le dijo: "¡basta ya!" y así no cavó más hondo. Allí mismo enterró luego Set a su padre Adán. Hasta el tiempo de Abraham el lugar estuvo custodiado por ángeles del Señor, que mantenían un fuego ardiendo perennemente junto a la tumba; por ello, nadie se atrevía a acercarse y dar allí sepultura a sus muertos.

Pero, como ya sabemos, el día en que Abraham recibió a la puerta de su tienda a los tres ángeles, que le visitaron, cuando quiso matar para agasajarles un ternero, éste se le escapó de la majada y, corriendo tras él, Abraham entró en esta cueva, donde el ternero se había escondido. Entonces fue cuando Abraham vio en ella a Adán y Eva tendidos sobre sus camillas, con velas llameando en la cabecera de su lugar de descanso. Y un dulce aroma llenaba toda la cueva.

Por esto Abraham deseaba comprar a los hijos de Het la cueva de Makpelá. Al oír, pues, las palabras corteses de los hititas, Abraham se levantó y, haciéndoles una gran reverencia, acomodándose a sus formas de cortesía, les dijo:
-Si he hallado gracia a vuestros ojos y estáis de acuerdo con que yo retire y sepulte a mi muerta, escuchadme e interceded por mí ante Efrón, hijo de Sójar, para que me dé la cueva de Makpelá que es suya y que está al borde de su campo. Que me la dé en propiedad sepulcral por lo que valga entre vosotros.

Al oír la petición de Abraham, se miraron, embarazados, unos a otros. Se decían:
-Tenemos que nombrar al momento a Efrón nuestro jefe, si no ¿cómo va a poder tratar con él Abraham, que es un príncipe de Dios? Todos sabemos que Efrón es un pobretón, que no goza de ningún prestigio, pero ante la nueva situación debemos actuar para no quedar avergonzados.

Grande fue la sorpresa de Efrón cuando los hijos de Het le propusieron ser su jefe:
-¿Cómo es que así, de repente, se me ofrece este cargo, a mí, que nunca he recibido el mínimo honor?
Rápidamente le explicaron lo que ocurría y él, en su cortedad, comprendió que aquel gran honor le era concedido gracias a aquel gran hombre, alabado y bendito, que era Abraham. Aceptó, pues, y corrió a presentarse ante el patriarca. Y a oídas de los hijos de Het y de todos los que entraban por la puerta de la ciudad, Efrón, el hitita, dijo a Abraham:
-No, señor, escúchame: te doy el campo y te doy también la cueva que hay en él. A la vista de los hijos de mi pueblo te la doy: sepulta a tu muerta.
Abraham se levantó, hizo de nuevo una gran reverencia ante Efrón y ante todos los hijo de Het y dijo:
-A ver si nos entendemos. Te doy el precio del campo, acéptamelo y enterraré allí a mi muerta.
Respondió Efrón a Abraham:
-Señor mío, escúchame. Cuatrocientos siclos de plata por un terreno, ¿qué nos suponen a ti y a mí? Sepulta a tu muerta.

Efrón finge el más absoluto desinterés, pero, como quien no dice nada, deja caer la suma que desea pedir, pero que dadas las relaciones de amistad, la dignidad reconocida de Abraham, y la presencia de los notables del pueblo, no es conveniente señalar abiertamente.

Abraham, como respuesta, pesó en presencia de los hijos de Het los cuatrocientos siclos de plata, de la mejor moneda en circulación en el mercado, según lo que Efrón ha señalado como precio. Efrón, pues, tomó la suma de plata y, de este modo, Abraham entró en posesión del terreno y de la cueva de Makpelá con todos los árboles que rodean el campo por todas sus lindes. Todo ello vino a ser propiedad de Abraham, a la vista de los hijos de Het y de todos los que entraban por la puerta de la ciudad.

Este campo con la cueva de Makpelá es el primer trozo de tierra que poseyó Abraham en el país de Canaán, que Dios tantas veces le había prometido que sería suya y de su descendencia. Allí dejó Abraham sepultada la semilla de las futuras generaciones. Por esto, la Torá, tan parca en detalles, ata todos los cabos al narrarnos la compra de este campo.

Por tres lugares Abraham y sus descendientes pagaron en plata u oro su propiedad, para que las naciones nunca pudieran decirles que las habían robado. El primero es la cueva de Makpelá, como está escrito: "Y Abraham pesó a Efrón el precio..." (Gn 23,16). En segundo lugar, por el Santuario, como está escrito: "Y David dio a Ornán como precio por el lugar 600 siclos de oro" (1Cro 21,25). Y, en tercer lugar, por la sepultura de José, como está escrito: "Y compró Jacob a los hijos de Jamor, padre de Siquén, por cien agnos la parcela de campo donde había desplegado su tienda" (Gn 33,19; Jos 24,32).
Al presentarse Abraham ante los hijos de Het como un forastero, como un inmigrante que reside en aquel país, marcaba a sus descendientes su posición ante Dios, que les concedería toda aquella tierra de Canaán. Por mucho tiempo que residieran en ella nunca la podrían considerar como posesión suya. En ella serían siempre forasteros, inmigrantes residentes en ella, como está escrito: "La tierra no puede venderse para siempre, porque la tierra es mía, ya que vosotros sois para mí como forasteros y huéspedes" (Lv 25,23ss).

Abraham, aunque los demás le consideren "un príncipe de Dios", no se enorgullece; en toda su actuación brilla su gran humildad. El Señor le había prometido que le daría en propiedad a él y a su descendencia todo el país y, a la hora de enterrar a su amada esposa, no posee ni un trozo de tierra para darla sepultura; ha de adquirirlo, pagando un elevado precio y no protesta, sino que lo acepta con humildad, confesando: "yo no soy más que un forastero entre vosotros". Pero su fe en el Señor y en sus promesas no vacila, espera "contra toda esperanza". Hasta a Satán no le queda más remedio que reconocerlo. Se dice que se presentó de nuevo ante la asamblea del Señor una vez terminadas las pruebas de Abraham. El Señor le preguntó:
-¿De dónde vienes?
-He dado una vuelta por el mundo y debo reconocer que no he encontrado un hombre tan fiel como Abraham, tu siervo. Aunque Tú le habías dicho: "recorre el país a lo largo y a lo ancho, porque yo te lo daré", pues nada, hasta en el momento en que no encontraba un lugar para sepultar a Sara no ha dudado de tus promesas.

Tan grande es la fidelidad de Abraham al Señor que los sabios, bendita sea su memoria, la han considerado superior a la de Moisés, a quien, según ellos, el Señor reprochó en una ocasión, comparándolo con los patriarcas:

-Muchas veces me he manifestado a Abraham, Isaac y Jacob y no les manifesté mi Nombre como he hecho contigo y, sin embargo, ellos no se quejaron como tú. Dije a Abraham: "recorre el país a lo largo y a lo ancho, porque yo te lo daré" (Gn 13,17), y le sucedió que al buscar una tumba para sepultar a su esposa no la encontró sino pagándola a precio de plata, pero no se quejó en absoluto. Dije a Isaac: "Reside en esta tierra, yo estaré contigo y te bendeciré, porque a ti y a tu descendencia he de dar estas tierras" (Gn 26,3). Sin embargo, cuando quiso beber agua, se halló en dificultad porque los pastores de Guerar se pelearon con los suyos (Gn 26,20), pero Isaac no se quejó por ello. Había dicho a Jacob: "La tierra en que estás acostado te la doy a ti y a tu descendencia" (Gn 28,13) y, cuando buscó un lugar para poner su tienda, no lo halló hasta que compró el terreno por cien agnos (Gn 33,19), pero no se preocupó por ello y no me preguntó cuál era mi Nombre como has hecho tú. Tú estabas aún al comienzo de la misión que te quería encomendar y ya me preguntabas cuál era mi Nombre (Ex 3,13), y no sólo eso, sino que añadiste, quejándote: "Señor, ¿por qué maltratas a este pueblo? ¿por qué me has enviado? Pues desde que fui a Faraón para hablarle en tu nombre está maltratando a este pueblo, y Tú no haces nada para librarlo" (Ex 5,22-23).

Firmado, pues, el contrato con Efrón, ante los hijos de Het, Abraham pudo dar sepultura a su esposa Sara. Abraham hizo un funeral con toda magnificencia, como se solía hacer con una reina. Acompañaron el féretro los más ilustres personajes del país, con Sem, hijo de Noé, y Eber, su hijo, Abimélek, rey de los filisteos y otros muchos más.

Abraham mismo quitó la piedra que cerraba el ingreso de la gruta. Cuando entró para colocar en ella el cuerpo de Sara, Adán y Eva se levantaron y quisieron salir de la cueva, pues decían:
-¿Cómo podremos permanecer en el mismo lugar donde ahora es sepultada una mujer como Sara? Aún no se nos ha pasado la vergüenza por el pecado cometido en el Edén y ahora viene esta justa y santa mujer a aumentar nuestra vergüenza.

Abraham calmó a Adán, diciéndole:
-Retornad en paz a vuestra tumba. Yo rogaré al Eterno por vosotros y no tendréis que avergonzaros más en el futuro.

Adán obedeció y volvió a su tumba, pero Eva se negaba a permanecer junto a Sara. Entonces Abraham le dirigió, de nuevo, a ella las mismas palabras, la tomó y la depositó en su tumba. Pudo, así, sepultar a Sara. El duelo duró siete días y todos los habitantes del país fueron a dar sus condolencias a Abraham y a Isaac. Terminada la semana de duelo, Isaac se volvió a ir con Sem y su hijo Eber a estudiar la Torá, para comprender los caminos insondables del Señor. Abraham regresó a Berseba.
Un año después de la muerte de Sara, murió a la edad de 193 años Abimélek, rey de los filisteos.

Abraham participó con los notables del país en el luto de sus habitantes. Fue nombrado rey su hijo, de doce años, que tomó el nombre de Abimélek, como su padre, según la costumbre del lugar.

En el giro de aquel año murió también Lot, el sobrino de Abraham, a la edad de ciento cuarenta y dos años. Murió también Najor, hijo de Téraj y hermano de Abraham, a la edad de 172 años. Murió y fue sepultado en Jarán. Abraham sintió mucho la muerte de su hermano e hizo luto por él.




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