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DECALOGO - DIEZ PALABRAS DE VIDA: Los Diez Mandamientos - Índice, Introducción y Prólogo I

 

EMILIANO JIMENEZ HERNANDEZ
Índice, Introducción y Prólogo I

Prólogo II

Prólogo III


Vea tanbién:
Los Mandamientos (P. Loring)

Los Mandamientos (varios autores)


Los preceptos de la Iglesia

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Índice

Introducción

Prólogo I

                           

  Los diez mandamientos de la Ley de Dios

 

 

A los seminaristas del Redemptoris Mater

de Takamatsu (Japón),

los primeros en escuchar estas palabras,

comunicándome el testimonio de su fe.

 

 

Las palabras que os he dicho
son espíritu y vida (Jn 6,63 )

Quien guarda sus mandamientos

permanece en Dios y Dios en él

   (1Jn 3,24)

 

Yo sé que su mandato es vida eterna

     (Jn 12,50)

 

Y este es su mandamiento:

que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo,

 y que nos amemos unos a otros (1Jn 3,23)

 

Sus hijos: los que guardan

los mandamientos de Dios

y mantienen el testimonio de Jesús

             (Ap 12,17)

 

Los santos: los que guardan

los mandamientos de Dios

y la fe de Jesús (Ap 14,12).

 

 

 

 

                            INDICE

 

INTRODUCCION                                                                                  

 

 

I. PROLOGO                                                                        

 

1. Yo, Yahveh, soy tu Dios 


2. Arca de la alianza  


3. El Decálogo en el hoy del culto

 
4. Las dos tablas del Decálogo


5. Diez palabras de vida


6. Diez palabras para la libertad

                                                    


7. El Decálogo, respuesta a la gracia


8. El Decálogo, don de Dios a todos los hombres


9. Cristo da al Decálogo su sentido original y pleno


10. Pentecostés celebra el don de la Ley

                                         

 

 

II. DECALOGO                                                                 

 

1. AMARAS A DIOS SOBRE TODAS LAS COSAS                   

 

1. Yo, Yahveh, soy tu Dios

2. No habrá para ti otros dioses delante de mí

3. No te harás imagen alguna

4. Yo, Yahveh, soy un Dios celoso

5. Sólo al Señor, tu Dios, darás culto 

6. La gloria de Dios es el hombre vivo

                                                  

 

2. NO TOMARAS EL NOMBRE DE DIOS EN VANO             

 

1. Dios da a conocer su nombre

2. No tomarás el nombre de Dios en vano

3. Santificado sea tu nombre

4. Jesús, glorificación del nombre de Dios 

 

3. SANTIFICARAS LAS FIESTAS                                             

 

1. Sábado, memorial de la creación

2. Sábado, memorial de la libertad

3. Sábado, signo de la alianza

4. El Hijo del hombre es Señor del sábado

5. El Domingo, plenitud del sábado

 

4. HONRARAS A TU PADRE Y A TU MADRE                          

 

1. Los padres, cooperadores de Dios en la procreación 

2. Los padres, transmisores de la fe

3. La familia al servicio del Reino de Dios

4. Honra a tu padre y a tu madre

                                                           

 

          5. NO MATARAS                                                                            

 

1. La vida del hombre, imagen de Dios, es inviolable

2. Dios, amigo de la vida

3. No matarás

4. Jesús lleva el mandamiento a su radicalidad original

                               

 

6. NO COMETERAS ACTOS IMPUROS                                   

 

1. La sexualidad en el plan de Dios

2. El matrimonio, símbolo de la alianza divina

3. No adulterarás

4. No cometerás actos impuros

5. Cristo devuelve el sentido original al sexto mandamiento

 

7. NO ROBARAS                                                                          

 

1. Dios, defensor de la libertad

2. Dios, protector del pobre

3. No robarás

4. Cristo lleva a su plenitud el mandamiento de Dios

 

8. NO DARAS FALSO TESTIMONIO NI MENTIRAS          

 

1. La vida en libertad se apoya en la verdad 

2. No darás falso testimonio contra el prójimo 

3. No mentirás 

4. Cristo es la verdad 

 

9. NO CONSENTIRAS PENSAMIENTOS O DESEOS IMPUROS      

 

1. Dios ama y salva a todo el hombre

2. No desearás la mujer de tu prójimo

3. Cristo lleva a plenitud el noveno mandamiento 

 

       10. NO CODICIARAS LOS BIENES AJENOS                         

 

1. La codicia es la perversión del deseo                                                   

2. No codiciarás los bienes del prójimo                                                    

3. Cristo lleva a su plenitud el décimo mandamiento    

 

 

  

Los diez Mandamientos de la Ley de Dios - 10 Palabras de Vida - Decálogo


                                         INTRODUCCION

 

Nuestra sociedad, pese a sus hondas raíces cristianas, ha visto difundirse en ella los fenómenos del secularismo y la descristianización. Por ello "reclama, sin dilación, una nueva evangelización".[1] La Iglesia, que tiene en la evangelización su "dicha y vocación propia... su identidad más profunda"[2], no puede replegarse en sí misma. Los signos de descristianización que observamos no pueden ser pretexto para una resignación conformista o un desaliento paralizador; al contrario, la Iglesia discierne en ellos la voz de Dios que nos llama a iluminar las conciencias con la luz del evangelio.

Es cierto que el hombre puede excluir a Dios del ámbito de su vida. Pero esto no ocurre sin gravísimas consecuencias para el hombre mismo y para su dignidad como persona. El alejamiento de Dios lleva consigo la pérdida de aquellos valores morales que son base y fundamento de la convivencia humana. Y su carencia produce un vacío que se pretende llenar con una cultura centrada en el consumismo desenfrenado, en el afán de poseer y gozar, y que no ofrece más ideales que la lucha por los propios intereses o el goce narcisista.

El olvido de Dios y la ausencia de valores morales de los que sólo El puede ser fundamento están en la raíz de los sistemas económicos que olvidan la dignidad de la persona y de la norma moral, poniendo el lucro como objetivo prioritario y único criterio inspirador de sus programas.

El alejamiento de Dios, el eclipse de los valores, ha llevado también al deterioro de la vida familiar, hoy profundamente desgarrada por el aumento de las separaciones y divorcios, por la sistemática exclusión de la natalidad -incluso a través del abominable crimen del aborto-, por el creciente abandono de los ancianos... Este oscurecimiento de los valores morales cristianos repercute de forma gravísima en los jóvenes, objeto hoy de una sutil manipulación, y no pocos de ellos víctimas de la droga, del alcohol, de la pornografía y de otras formas de consumismo degradante, que pretenden vanamente llenar el vacío de los valores espirituales...[3]

En los países desarrollados, una seria crisis moral ya está afectando a la vida de muchos jóvenes, dejándoles a la deriva, a menudo sin esperanza, e impulsándolos a buscar sólo una gratificación inmediata... ¿Cómo podemos ayudarles? Sólo inculcándoles una elevada visión moral puede una sociedad garantizar que sus jóvenes tengan la posibilidad de madurar como seres humanos libres e inteligentes, dotados de un gran sentido de responsabilidad para el bien común y capaces de trabajar con los demás para crear una comunidad y una nación con un fuerte temple moral... Educar sin un sistema de valores basado en la verdad significa abandonar a la juventud a la confusión moral, a la inseguridad personal y a la manipulación fácil. Ningún país, ni siquiera el más poderoso, puede perdurar, si priva a sus hijos de ese bien esencial.[4]

Pero, ¿por qué tantos se acomodan en actitudes y comportamientos que ofenden la dignidad humana y desfiguran la imagen de Dios en nosotros? ¿Será que la misma conciencia está perdiendo la capacidad de distinguir el bien del mal?

En una cultura tecnológica, en que estamos acostumbrados a dominar la materia, descubriendo sus leyes y sus mecanismos, para transformarla según nuestra voluntad, surge el peligro de querer manipular también la conciencia y sus exigencias. En una cultura que sostiene que no puede existir ninguna verdad absolutamente válida, nada es absoluto. La verdad objetiva y el mal -dicen- ya no importan. El bien se convierte en lo que agrada o es útil en un momento particular, y el mal es lo que contradice nuestros deseos subjetivos. Cada persona puede construir un sistema privado de valores.

Jóvenes, no cedáis a esa falsa moralidad tan difundida. La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios (GS,n.16)... Dios os ha dado la luz de la conciencia para guiar vuestras decisiones morales, para amar el bien y odiar el mal. La verdad moral es objetiva, y una conciencia bien formada puede percibirla.[5]

En gran parte del pensamiento contemporáneo no se hace ninguna referencia a la ley esculpida por el Creador en el corazón y la conciencia de cada persona. Sólo queda a cada persona la posibilidad de elegir este o aquel objetivo como conveniente o útil en un determinado conjunto de circunstancias. Ya no existe nada intrínsecamente bueno y universalmente vinculante. Se afirman los derechos, pero, al no tener ninguna referencia a una verdad objetiva, carecen de cualquier base sólida. Existe una gran confusión en amplios sectores de la sociedad acerca de lo que está bien y lo que está mal, y están a merced de quienes tienen el poder de crear opinión e imponerla a los demás.[6]

Para responder a este clamor de nuestra sociedad, necesitada de Dios y de valores morales, ofrezco este libro sobre el Decálogo, como palabra de vida y libertad para el hombre. Como teólogo,  -escriba hecho discípulo del Reino- he querido "sacar del arca lo nuevo y lo viejo" (Mt 13,52). En el arca de la alianza se guardaba el Decálogo. "Estos preceptos son nuestra herencia perpetua, la alegría de nuestro corazón" (Sal 119,105.111).

He buscado, escrutando la Escritura, el sentido original del Decálogo dentro de la alianza de Dios con los hombres. Y lo antiguo se ha iluminado con la novedad de Cristo y su nueva alianza, sellada en su sangre y vivida en la Iglesia, de la que he recogido sobre todo el magisterio de Juan Pablo II y del nuevo Catecismo de la Iglesia Católica.

Divido este libro en dos partes: el Prólogo y el Decálogo. El prólogo enmarca y da sentido a los diez mandamientos. Estos los comento, uno a uno, en la segunda parte.

Sólo quiero que, como nos recomienda Juan Pablo II, en la homilía con que comienzo este prólogo, que escuchemos a María, a la Iglesia, que nos dice: "Haced lo que El os diga" (Jn 2,5). Haciendo lo que El nos diga experimentaremos el gozo del "vino nuevo y mejor" del Evangelio, que nos falta. Con él quedará saciada nuestra sed de Dios, de Verdad, de Luz, de Libertad, de Vida.

 

 

Los diez Mandamientos de la Ley de Dios - 10 Palabras de Vida - Decálogo

 

                                           PROLOGO

 

 

Yo, Yahveh, soy tu Dios
que te he sacado del país de Egipto,
de la casa de servidumbre (Ex 20,2).

 

 

1. YO, YAHVEH, SOY TU DIOS

El Decálogo tiene su Prólogo tanto en la versión del Exodo como del Deuteronomio. El Prólogo es la palabra que precede y da sentido al Decálogo; en el Prólogo hallamos el fundamento de todo el Decálogo y de cada una de las Diez Palabras.

Dios se presenta a Israel, proclamando: "Yo, Yahveh, soy tu Dios". Esta declaración, -"tu Dios"-, expresa la bondad entrañable de Dios para con su pueblo. Dios no se presenta por amor a sí mismo, sino por amor al hombre a quien interpela. Sus acciones salvadoras le permiten afirmar, no sólo que es Dios, sino realmente "tu Dios", tu salvador, el "que te ha liberado, sacándote de la esclavitud".[7] Yahveh ha tomado la inicitiva de salvar a Israel cuando éste no era siquiera pueblo. El motivo de la elección no es otro que el amor: "Porque el Señor os ama" (Dt 7,8).

La primera palabra del Decálogo es el "Yo" de Dios que se dirige al "tú" del hombre. El creyente, que acepta y vive el Decálogo, no obedece a una ley abstracta e impersonal, sino a una persona viviente, conocida, cercana, a Dios, que se presenta a sí mismo como "Yahveh, Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad, que mantiene su amor por millares, que perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado, pero no los deja impunes" (Ex 34,6-7) 

La primera de las Diez Palabras recuerda el amor primero de Dios hacia su pueblo... Los mandamientos propiamente dichos vienen en segundo lugar...La existencia moral es respuesta a la iniciativa amorosa del Señor... La Alianza y el diálogo entre Dios y el hombre... se enuncian en primera persona ("Yo soy el Señor") y se dirigen a otro sujeto ("tú"). En todos los mandamientos de Dios hay un pronombre personal en singular que designa al destinatario. Al mismo tiempo que a todo el pueblo, Dios da a conocer su voluntad a cada uno en particular.[8]

El Decálogo, las diez palabras de este Dios rico en amor, son diez palabras de vida y libertad, expresión del amor y cercanía de Dios. Pero si se omite el Prólogo se cae todo el edificio del Decálogo, al minar sus cimientos. Por haberlo hecho así en los tratados de Teología Moral y en los Catecismos o en las Guías prácticas para la confesión, hechas sobre el esquema de los diez mandamientos, se ha deformado de tal modo el Decálogo que se ha llegado a prescindir de él. Separando la vida moral de la fe, la moral cayó en un legalismo, que nada tiene que ver con el Decálogo, según nos lo ha transmitido la Escritura.

Vivir el Decálogo no es someterse a un Dios potente que impone su voluntad, sino la respuesta agradecida al Señor que se ha manifestado potente en amor, al salvar al pueblo de la opresión. Israel es pueblo porque ha sido salvado. La liberación de Egipto y la alianza con Dios es lo que le ha constituido como pueblo. Sólo manteniéndose fiel a la alianza seguirá siendo tal pueblo. El Decálogo le recuerda las condiciones para no desaparecer como pueblo. La bondad de Dios, que toma la iniciativa de liberar a Israel y conducirlo a una relación de alianza y comunión con El, es lo que da sentido al Decálogo.

El Decálogo ha recibido su formulación en el seno de la comunidad de Israel: comunidad de personas libres, comunidad de creyentes, comunidad que ha experimentado la potencia salvadora de Dios en el momento de la liberación de Egipto y su presencia cercana en el momento de la ratificación de la alianza en el Sinaí. Estos hechos preceden al Decálogo y son la base de él. Gracias a estos acontecimien­tos, Israel cree en Yahveh, le reconoce como su Dios y acepta sus palabras, como palabras de vida. El salmo 119 es un canto de alabanza y acción de gracias a Dios por el don de la Ley, como luz, camino, fuerza y defensa de la vida.

En el Deuteronomio encontramos la mejor expresión del significado del Decálogo:

Cuando el día de mañana te pregunte tu hijo: ¿Qué significan esas normas, esas leyes y decretos que os mandó Yahveh, nuestro Dios?, le responderás a tu hijo: Eramos esclavos del Faraón en Egipto y Yahveh nos sacó de Egipto con mano fuerte. Yahveh realizó ante nuestros ojos señales y prodigios grandes y terribles en Egipto, contra Faraón y toda su casa. Y a nosotros nos sacó de allí para conducirnos y entregarnos la tierra prometida a nuestros padres. Y nos mandó cumplir todos estos mandamientos..., para que fuéramos felices siempre y para que vivamos como el día de hoy. (Dt 6,20-25)

En esta respuesta está la clave para la auténtica comprensión del Decálogo. Este es la respuesta a la intervención salvadora de Dios en Egipto. Del mismo modo que la intervención de Dios en Egipto fue salvadora, así también su palabra es siempre palabra salvadora, palabra de vida. La actuación de Dios, tanto en la liberación de la esclavitud como en la donación del Decálogo, tiende siempre al mismo fin: "a que seamos felices y vivamos como hasta hoy".

Por ello, en las dos versiones bíblicas del Decálogo, éste está precedido de la afirmación que le ilumina y da sentido:

Yo, Yahveh, soy tu Dios, que te he sacado de Egipto, de la casa de esclavitud. (Ex 20,1;Dt 5,6)

Esta afirmación no es un simple marco para introducir los mandamientos, sino que les da su verdadero encuadre. La asociación del nombre de Dios y la libertad del hombre ilumina y fundamenta todo el Decálogo.

Esta visión del Decálogo hace que siga siendo válido hoy para los cristianos. El nuevo pueblo de Dios es el pueblo de los redimidos por Cristo de la esclavitud del pecado y de la muerte. Por ello, el cristiano, que ha experimentado esta liberación, responde aceptando a Dios y su palabra, pues Dios es siempre el Dios salvador y sus palabras son palabras de vida. La "voluntad de Dios es vuestra salvación".

La razón fundamental por la que aceptamos los mandamientos de Dios, no es para salvarnos, sino porque ya hemos sido salvados por El. El Decálogo es la expresión de la alianza del hombre salvado con el Dios salvador, salvaguardia de la vida y de la libertad.

La salvación de Dios es totalmente gratuita, precede a toda acción del hombre. El Decálogo, que señala la respuesta del hombre a la acción de Dios, no es la condición para obtener la salvación, sino la consecuencia de la salvación ya obtenida. No se vive el Decálogo para que Dios se nos muestre benigno, sino porque ya ha sido misericordioso. La experiencia primordial del amor de Dios lleva al hombre a una respuesta de "fe que actúa en el amor" (Gál 5,6). Esta fe se hace fructífera, produciendo "los frutos del Espíritu: amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí" (Gál 5,22-23); es decir, el cristiano cumple la ley espontáneamente, movido desde el interior por el Espíritu recibido.

Frente a la deformación que se ha hecho del Decálogo, la solución no está en prescindir del Decálogo, sino en presentarlo en su contexto original. Si las exigencias éticas se presentan como consecuencia de la donación de la vida y la libertad por parte de Yahveh, viendo en ellas la solicitud de Dios por la vida auténtica del hombre, entonces el Decálogo es una ayuda magnífica frente a la debilidad del hombre y su inclinación al pecado, que ofusca su mente, su corazón y su conciencia.


2. ARCA DE LA ALIANZA

Las tablas de la ley se hallan en el arca de la alianza (Dt 10,1-5;1Re 8,9). El arca es un signo visible de la presencia de Dios en medio de su pueblo. En las tradiciones bíblicas el Decálogo aparece en relación con la salida de Egipto y con la alianza del Sinaí. El Decálogo  representa las cláusulas de la alianza del hombre con Dios.  Yahveh, que ha escrito con su dedo las Diez Palabras sobre la piedra, "sentado sobre los querubines de oro" (1Sam 4,4;Sal 80,2), que el arca lleva en su parte superior, guarda bajo sus pies su Palabra:

Las Diez Palabras resumen y proclaman la ley de Dios: "Estas palabras dijo el Señor a toda vuestra asamblea, en la montaña en medio del fuego, la nube y la densa niebla, con voz potente, y nada más añadió. Luego las escribió en dos tablas de piedra y me las entregó a mí" (Dt 5,22). Por eso estas dos tablas son llamadas "el Testimonio" (Ex 25,16), pues contienen las cláusulas de la Alianza establecida entre Dios y su pueblo. Estas "tablas del Testimonio" (Ex 31,18;32,15;34,29) se debían depositar en el arca (Ex 25,16;40,1-2).[9]

Yahveh habita en el cielo, de donde desciende "en la nube de su gloria" para "posarse junto a la puerta de la tienda" (Ex 33,7;29,43). En la tienda es donde Yahveh encuentra a Israel, el lugar donde Dios deja oír su palabra. Pero con la instalación de Israel en Canaán, la tienda desaparece de la historia.

No sucede lo mismo con el arca. Durante siglos enteros podemos seguir sus pasos. Allí donde se encuentra el arca, Yahveh se halla presente. Cuando el arca se levanta para continuar la marcha por el desierto, Yahveh se levanta con ella para ir delante de Israel, y si se detiene de nuevo en un lugar, Yahveh vuelve a sentarse en su trono (Nú 10,35-36). Como la tienda es el lugar de las apariciones de Yahveh, el arca es el lugar de su presencia permanente (1Re 8,12).

El arca, con las Diez Palabras, acompaña (Nú 10,33) a Israel desde la alianza del Sinaí, en su camino por el desierto, en la conquista de la tierra, hasta quedar fijada en el templo de Salomón (1Re 8). David, rescatándola de los filisteos, la hace entrar solemnemente en Jerusalén, en medio de explosiones de alegría manifestadas en cantos y danzas (1Sam 4,4s;6,13.19;2Sam 6,5.14;Sal 24,7-10). Por el arca, el Dios de la alianza manifiesta que está presente en medio de su pueblo, para guiarlo y protegerlo (1Sam 4,3-8), para dar a conocer su palabra (Ex 25,22) y para escuchar la oración del pueblo (Nú 14). Con razón el arca de la alianza es considerada "la gloria de Israel" (1Sam 4,22).

El arca de la alianza es, por tanto, el lugar donde Yahveh habla (Nú 7,89). Es el lugar de la Palabra de Dios. En primer lugar, porque contiene las dos tablas de la ley, perpetuando así el "testimonio" del don del Decálogo, expresión de la voluntad de Dios (Ex 31,18) y de la acogida que Israel hizo de las Diez Palabras (Dt 31,26-27). Así el arca prolonga la revelación del Sinaí

En la liturgia de Israel, -mejor que en las escuelas fariseas-, encontramos el verdadero sentido del Decálogo: "Cada vez es más firme la impresión de que Israel concebía y celebraba la revelación de los mandamientos como un acontecimiento salvífico de primera importancia".[10] El Decálogo sanciona la alianza del Sinaí. La alianza, ofrecida por Dios y aceptada por el pueblo, constituye a Israel en Pueblo de Dios. El Decálogo es, por tanto, la charta magna de la alianza, el sello distintivo permanente -en cada acto de la vida- de la historia salvadora del Exodo.

El Decálogo, por tanto, hay que colocarlo dentro del arca de la alianza, entenderlo a la luz de la alianza de Dios con su pueblo. Desligado de la historia salvadora del Exodo y de la alianza del Sinaí, se tergiversa el valor y significado del Decálogo. "Jamás se puede perder de vista la estrecha conexión entre alianza y mandamientos. En la teología deuteronomista esta relación entre alianza y mandamientos es tan íntima que la palabra alianza pasa a ser sinónimo de los mandamientos. Las 'tablas de la alianza' son las tablas sobre las que estaba escrito el Decálogo (Dt 9,9.11.15) y la 'tienda de la alianza' se llama así por contener las tablas de los mandamientos (Nu 10,33;Dt 10,8;Jos 3,3)".[11]

Así lo entendió Israel. Por ello, las dos tablas del Decálogo las custodió en el arca de la alianza y constituían una parte central de la liturgia del pueblo de Dios. La fiesta de la renovación de la alianza era una de las fiestas principales de Israel y en ella el Decálogo ocupaba el puesto central. "Con tal celebración cultual, Israel expresaba que el acontecimiento de la revelación del Sinaí tenía la misma actualidad para todos los tiempos, se renovaba de generación en generación, era contemporánea a todos"[12]:

Moisés convocó a todo Israel y les dijo: Escucha, Israel, los preceptos y las normas que yo pronuncio hoy a tus oídos. Apréndelos y cuida de ponerlos en práctica. Yahveh nuestro Dios ha concluido con nosotros una alianza en el Hored. No con nuestros padres concluyó Yahveh esta alianza, sino con nosotros, con nosotros que estamos hoy aquí, todos vivos. Cara a cara os habló Yahveh en la montaña, de en medio del fuego (Dt 5,1-4).

Guardad, pues, las palabras de esta alianza y ponedlas en práctica, para que tengáis éxito en todas vuestras empresas. Aquí estáis hoy todos vosotros en presencia de Yahveh vuestro Dios..., a punto de entrar en la alianza de Yahveh tu Dios, jurada con imprecación, que Yahveh tu Dios concluye hoy contigo para hacer hoy de ti su pueblo y ser El tu Dios...Y no solamente con vosotros hago hoy esta alianza, sino que la hago tanto con quien está hoy aquí con nosotros en presencia de Yahveh nuestro Dios como con quien no está hoy aquí con nosotros (Dt 29,8-16).

Y Moisés les dio esta orden: Cada siete años, tiempo fijado para el año de la remisión, en la fiesta de la Tiendas, cuando todo Israel acuda, para ver el rostro de Yahveh tu Dios, al lugar elegido por El, leerás esta Ley a oídos de todo Israel. Congrega al pueblo, hombres, mujeres y niños, y al forastero que vive en tus ciudades, para que oigan, aprendan a temer a Yahveh vuestro Dios, y cuiden de poner en práctica todas las palabras de esta ley. Y sus hijos, que todavía no la conocen, la oirán y aprenderán a temer a Yahveh vuestro Dios todos los días que viváis en el suelo que vais a tomar en posesión al pasar el Jordán (Dt 31,9-13).

El hecho de que Israel celebrase a intervalos regulares la revelación del Sinaí manifiesta la importancia que Israel dio a ese acontecimiento histórico.[13] Con esta celebración, en la que se renueva la alianza, Israel expresa que el acontecimiento del Sinaí es actual en todos los tiempos, se renueva de generación en generación (Dt 5,2-4;29,10s). Pero, al mismo tiempo, celebrar la renovación de la alianza significa considerar el Decálogo como acontecimiento salvífico. El Decálogo presupone la alianza, expresa la alianza, realiza la relación de Israel con Dios.

El Decálogo no es, pues, una imposición, sino la expresión de la voluntad de Dios, que se ofrece a Israel como "su Dios", su salvador. La proclamación del Decálogo en la celebración es promesa de vida, de permanencia en la comunión con Dios. Dios, dador de la vida y de la libertad, sigue siendo el aliado, el protector de esa vida en la libertad (Cfr. Ez 18,5-9).    

Los diez Mandamientos de la Ley de Dios - 10 Palabras de Vida - Decálogo

El Decálogo no responde a una decisión arbitraria de Moisés o de Dios. También antes de la experiencia del Sinaí era detestable derramar la sangre inocente, robar, adulterar... Pero la experiencia del Sinaí da al Decálogo una dimensión religiosa. Ahí está la novedad. El pueblo de Dios vive la experiencia única de la cercanía de Dios, que le elige gratuitamente como su pueblo, que le salva, le guía y se une en alianza con él. En adelante las transgresiones del Decálogo cobran un matiz nuevo: no sólo ofenden a los hombres, sino al amor de Dios: "Se te ha declarado, hombre, lo que es bueno, lo que Yahveh reclama de ti: tan sólo practicar el derecho, amar la fidelidad a la alianza y caminar con tu Dios" (Miq 6,8).

Al ser destruido el templo, desapareció con él el arca de la alianza. Pero Jeremías invita al pueblo a no lamentarlo, pues la nueva Jerusalén será el trono de Dios (3,16-17) y, en la nueva alianza, la ley será escrita en los corazones (31,31-34).

Los judíos han esperado una reaparición del arca al final de los tiempos (2Mac 2,4-8). Y el Apocalipsis nos ha revelado que el arca se halla en el Santuario del cielo: "Y se abrió el Santuario de Dios en el cielo, y apareció el arca de su alianza en el Santuario" (11,19). Pero ya en Cristo se ha cumplido el significado pleno del arca de la alianza. Cristo es la encarnación de la Palabra de Dios entre los hombres (Jn 1,14;Col 2,9). Cristo es la Palabra que guía a los hombres (Jn 8,12) y les salva (1Tes 2,13), siendo el verdadero propiciatorio (Rom 3,25;1Jn 2,2;4,10).

De este modo, en Cristo, el Decálogo se ilumina con la luz de la nueva alianza, sellada en su sangre derramada para el perdón de los pecados (Mt 26,28). La vida nueva de los discípulos de Cristo arranca con la experiencia del perdón de sus pecados. Liberados de la esclavitud del pecado, incorporados a Cristo, los cristianos viven como hombres nuevos, libres, en la obediencia de hijos a Dios Padre. Permaneciendo "fieles a la palabra de Cristo, sus discípulos viven en la verdad que les hace realmente libres" (Jn 8,31). Jesús, por ello, proclama: "Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la guardan" (Lc 11,28).

El Decálogo es, pues, el memorial, en la vida, de la alianza con Dios. En la fe, conducirse según el Decálogo o contra el Decálogo significa mantenerse en la alianza o romper la alianza con Dios. No se trata únicamente de fidelidad o infidelidad a unas normas, sino de vivir la vida entera ante Dios, con Dios, para Dios y gracias a Dios. El "Yo, Yahveh, soy tu Dios, que te he sacado del país de Egipto, de la casa de servidumbre", o "que te he liberado del pecado y de la muerte", preside y da sentido al Decálogo y a la actuación en conformidad o no con él por parte del creyente.


3. EL DECALOGO EN EL HOY DEL CULTO

La alianza halló en el culto de Israel su expresión e interpretación. Los ritos de conclusión de la alianza -el banquete del que participan Dios e Israel o la aspersión de la sangre del cordero sobre el altar y sobre el pueblo- expresan la comunión de vida entre Dios y su pueblo. Esto es lo primero. Sólo después viene la promulgación del Decálogo. No es la observancia del Decálogo lo que lleva a la comunión con Dios, lo que merece su gracia. El Decálogo es una consecuencia de la alianza, fruto de la comunión con Dios. La ley nunca es la condición para entrar en comunión con Dios, sino la respuesta a Dios que gratuitamente entra en comunión con el hombre. Como dice von Rad "Yahveh espera, ciertamente, la decisión de Israel, pero en ningún caso los mandamientos precedían condicionalmente a la alianza, como si la entrada en vigor del pacto dependiera en absoluto de la obediencia. Las cosas están al revés: se concluye la alianza, y con ella recibe Israel la revelación de los mandamientos".[14]

Desde el momento en que se sella la alianza entre Dios y el pueblo, la liturgia de Israel la actualiza y la transmite a la nueva generación.[15] En la celebración se renueva la alianza, haciendo memorial de los hechos salvíficos de Dios, que fundan la alianza: elección y promesas de Dios a los Patriarcas, liberación de la esclavitud de Egipto, paso del mar Rojo, acompañamiento y providencia de Dios por el desierto y don de la Tierra. La alianza, fruto de la gracia de Dios, que gratuitamente ha elegido a Israel, se sintetiza en la fórmula: "Yo soy Yahveh, tú Dios, y tú, Israel, eres mi pueblo". Israel, tras las gestas salvadoras de Dios, es llamado a aceptar a Yahveh como su único Dios, sin otros dioses frente a El.

Esta motivación del Decálogo, que en la celebración litúrgica es hoy nuevamente proclamada, no significaría nada si el amor del Señor por Israel se refiriera sólo al pasado. Pero lo que proclama el culto es que ese amor de Dios a los padres perdura hoy, permanece "hasta el día de hoy" (Dt 10,8): "Porque amó a tus padres y eligió a su descendencia después de ellos, te sacó de Egipto personalmente con su gran fuerza, desalojó ante ti a naciones más numerosas y fuertes que tú, te introdujo en su tierra y te la dio en herencia, como la tienes hoy. Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón que Yahveh es el único Dios... Guarda los preceptos y los mandamientos que yo te prescribo hoy, para que seas feliz, tú y tus hijos después de ti, y prolongues tus días en el suelo que Yahveh, tu Dios, te da para siempre" (Dt 4,37-40).

El texto de la alianza era proclamado regularmente en voz alta ante todo Israel (Dt 31,9-12). Con la proclamación del "Código de la alianza", en el hoy de la celebración, la alianza se hace actual en todas las épocas de la historia de Israel. En el hoy cultual quedan abolidas todas las distancias de tiempo y lugar y su proclamación es la voz de Dios al pueblo en cada generación. Israel, en el culto en que renueva la alianza, se halla presente ante el Sinaí, escuchando: "Yo soy Yahveh, tu único Dios, y tú eres mi pueblo. Si escuchas y guardas mi alianza vivirás feliz en la tierra que te daré". Aunque la celebración se realice estando ya en la Tierra, siempre será "la Tierra que te daré". Pues la entrada o la permanencia en la Tierra depende de la aceptación de Yahveh como el único Dios, de la fidelidad a la alianza.[16]

Por eso, a la asamblea de Israel, reunida para dar culto a Dios, se le dice siempre: "¡Escucha, Israel!". La palabra es proclamada en la liturgia para que penetre toda la vida, para que Israel la tenga presente en toda situación, en todo tiempo y lugar: "Queden en tu corazón estas palabras que yo te dicto hoy. Se las repetirás a tus hijos, les hablarás de ellas tanto si estás en casa como si vas de viaje, cuando te acuestes y cuando te levantes. Las atarás a tu mano como una señal, y serán como una insignia entre tus ojos; las escribirás en las jambas de tu casa y en tus puertas" (Dt 6,6-9).

La proclamación del Decálogo en el hoy cultual sitúa a Israel de nuevo más allá del Jordán, preparándose para entrar en la Tierra. Israel, reunido en asamblea, posee y no posee aún la tierra. De nuevo se encuentra ante la bendición o la maldición. Aceptar la alianza es elegir la vida bajo la bendición de Dios, permaneciendo en la Tierra. No aceptar la alianza es salir de la bendición de Dios, experimentar la maldición, perder la tierra (Dt 11,13-17).[17]

Cada vez que Israel escucha la proclamación del Decálogo, se sitúa ante la muerte o la vida, invitado por Dios a elegir la vida.[18] "En el culto, Israel seguirá proclamando continuamente las bendiciones o maldiciones que se siguen de la fidelidad o infidelidad a la alianza, como las dos únicas posibilidades de vida".[19] El exilio de Israel no es otra cosa que la consecuencia de la infidelidad a la alianza. En el exilio se cumple la maldición que Israel mismo había invocado sobre sí, al momento de sellar la alianza y en su continua renovación en el culto, en el caso de que la alianza fuera violada.

La maldición, que cae sobre Israel al romper la alianza, consiste en la pérdida de lo que antes ha recibido como bendición. Según la promesa hecha por Dios a los padres, Israel fue introducido en la Tierra; ahora, pierde esta tierra. En la liberación de Egipto, Israel había sido el elegido de entre todos los pueblos, ahora es dispersado entre las naciones. Israel ha quebrantado la alianza, sirviendo a los ídolos, en lugar de servir a Yahveh, su Dios; ahora es obligado a vivir con los ídolos de los pueblos. Israel, que ha abandonado a Dios, se queda sin el Templo de Dios y sin el culto a Yahveh, su Dios. Así Israel experimentará que los ídolos son sólo eso, ídolos.

Pero en el exilio, aún le queda a Israel un camino abierto: la conversión a Dios, que permanece fiel a la alianza. De Dios puede esperar ayuda, incluso después de su infidelidad: "Guardaos de olvidar la alianza que Yahveh vuestro Dios ha concluido con vosotros... Pues, (si la olvidáis), Yahveh os dispersará entre los pueblos... Desde allí buscarás a Yahveh, tu Dios; y le encontrarás si le buscas con todo tu corazón y con toda tu alma. Cuando estés angustiado..., te volverás a Yahveh, tu Dios, y escucharás su voz; porque Yahveh, tu Dios, es un Dios misericordioso: no te abandonará ni te destruirá, y no se olvidará de la alianza que con juramento concluyó con tus padres" (Dt 4,23-31).[20]

El exilio no es, pues, la última palabra de la historia de Israel. Es posible un nuevo comienzo. El Señor se deja encontrar. La profecía, incluida en la promesa, acompaña a Israel. Dios con ella sigue a Israel en el exilio. Esta palabra alcanzará a Israel y suscitará en él la conversión a Dios. La conversión será, pues, una gracia del Señor. En el exilio, lo mismo que frente al Horeb, Israel escuchará de nuevo la palabra de Yahveh. Dios sigue siendo el Dios "cercano". "Los pueblos podrán decir: 'Cierto que esta gran nación es un pueblo sabio e inteligente'. Pues, en efecto, ¿hay alguna nación tan grande que tenga los dioses tan cerca como lo está Yahveh, nuestro Dios, siempre que lo invocamos?" (Dt 4,6-7). Incluso cuando Israel rompe la alianza, Dios está cerca para escucharlo con compasión, apenas Israel lo invoca.

Es cierto que el Señor es "un Dios celoso, un fuego devorador" (Dt 4,24), pero es también el "Dios misericordioso", que se compadece del pueblo y no lo abandona para siempre. Aunque castiga, corrigiendo a su pueblo como un padre a su hijo, usa de misericordia. Nunca olvida la elección gratuita de los padres y las promesas hechas a ellos y a su descendencia (Dt 4,37;Lc 1,54-55). Jeremías se lo recordará a los exiliados en la carta que les escribe: "Bien me sé los pensamientos que abrigo sobre vosotros -oráculo de Yahveh-; son pensamientos de paz, y no de desgracia, de daros un porvenir de esperanza. Me invocaréis y vendréis a rogarme, y yo os escucharé. Me buscaréis y me encontraréis cuando me solicitéis de todo corazón; me dejaré encontrar de vosotros... Os recogeré de todas las naciones y lugares a donde os arrojé y os haré tornar al sitio de donde os hice que fuerais desterrados" (Jr 29,11-14).

Por ello, la liturgia celebra con júbilo el don de la ley del Señor, "que es perfecta, recrea al hombre; es segura, hace sabio al ignorante; es justa, alegra el corazón; es pura, alumbra los ojos; es más dulce que la miel, más exquisita que un tesoro de oro puro" (Sal 19,8-11;119,12). El orante puede decir a Dios: "Cumplir tus deseos, mi Dios, me llena de alegría, llevo tus normas en mi corazón" (Sal 40,9), pues "me muestras el camino de la vida. Ante tu rostro reina la alegría" (Sal 16,11)...[21]

El Decálogo, formado y transmitido en un contexto litúrgico, ha llevado al pueblo de Dios a unir la vida y el culto. Del culto y de la fe celebrada, Israel ha sacado los motivos de su actuar.[22]  A la pregunta inicial de la liturgia: "Señor, ¿quién habitará en tu tienda? ¿quién morará sobre tu monte santo?", el fiel se responde con las palabras del Decálogo: "El de manos limpias y puro corazón, que no se entrega a la vanidad de los ídolos ni jura con engaño" (Sal 24), "quien camina sin culpa y obra la justicia, dice la verdad de corazón y no calumnia con su lengua, no hace daño a su hermano ni agravio a su prójimo, no presta dinero con usura ni acepta dones en el juicio contra el inocente" (Sal 15;Cfr. Is 33,14-16).

Así el Decálogo, fruto de la celebración de la alianza, recuerda en la vida las condiciones para acercarse a Dios sin incurrir en la maldición. El Decálogo expresa las cláusulas de la alianza y da las indicaciones para formar parte de la comunidad de la alianza, que se reúne en el templo santo, en la tienda de Dios. Con las "diez palabras" los miembros del pueblo de la alianza regulan sus relaciones con Dios y entre sí. Los dos aspectos son inseparables. No se puede vivir la alianza con Dios sin vivir la comunión con el prójimo; ni se puede vivir el amor al prójimo sin la comunión con Dios. El culto a Dios y el amor al prójimo van unidos. Jesús se lo dirá a sus discípulos: "Si al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y ve primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda" (Mt 5,23-24).

 



     [1] Christifideles laici, n.4.
     [2] Evangelii nuntiandi, n. 14.
     [3] Todo esto lo dice JUAN PABLO II, Graves consecuencias de excluir a Dios de la vida, homilía de la misa celebrada en Huelva el 14-6-1993.

     [4] Juan Pablo II, en la Jornada mundial de la juventud, en Denver, 12-8-1993.

     [5] Juan Pablo II en la Jornada de la juventud, en Denver, el 14-8-1993.

     [6] Juan Pablo II en la Jornada de la juventud en Denver el 15-8-1993.

     [7] El término jàsà' es usado 76 veces para indicar la acción de Dios que saca de Egipto a Israel.

     [8] Cat.Ig.Cat., nn.2061-2063.

     [9] Cat.Ig.Cat., n. 2058;Cfr. nn. 2060-2062, donde se dice: "El don de los mandamientos forma parte de la Alianza sellada por Dios con los suyos...Los mandamientos reciben su plena significación en el interior de la Alianza. Según la Escritura, el obrar moral del hombre adquiere todo su sentido en y por la Alianza...Los Mandamientos expresan las implicaciones de la pertenencia a Dios instituida por la Alianza. La existencia moral es respuesta a la iniciativa amorosa del Señor".

     [10] G. von RAD, Teología del Antiguo Testamento, I, Salamanca 1972.

     [11] G. von RAD, o.c., p. 180.

     [12] G. von RAD, o.c.,p. 250.

     [13] En la época del segundo templo el Decálogo era parte integrante de la liturgia diaria. En el culto judío actual el Decálogo se proclama públicamente tres veces al año. Y los libros judíos para la oración privada presentan siempre el Decálogo al final de la oración de la mañana.

     [14] G. von RAD, o.c., p.251.

     [15] Cfr. La celebración de la gran asamblea de Siquen (Jos 24) y la solemne celebración de renovación de la alianza, al encontrar el "Código de la alianza", durante la restauración del templo en tiempos del rey Josías: 2Re 22,3-20;23,1-3.21-23. Este "Código de la alianza", conservado en el templo de Jerusalén, se leía regularmente en las celebraciones, en épocas de fidelidad al Señor. Se conservaba en el Arca de la alianza y en el año 1000 a.C. había sido llevado a Jerusalén con el Arca. Josías la encuentra en el año 622.

     [16] El hoy litúrgico resuena constantemente en el Deuteronomio: Cfr. 4,2.4.8.20.26.38.40;6,6.24; 8,11.18.19;10,13;11,2­.8.1­3...

     [17] El culto es la actualización renovada de las acciones de Dios. En el rito de la fiesta de la Pascua se insiste en que "en cada generación el hombre se considere como si él mismo hubiera salido de Egipto". Cada celebrante es contemporáneo del acontecimiento salvador que celebra. "La historia de la salvación se experimenta continuamente como presente. Para la sensibilidad judía, la salida de Egipto no es un acontecimiento de la prehistoria o de la historia antigua, sino la actualidad inmediata" : S. BEN-CHORIN, Las tablas de la Alianza. Las Diez Palabras del Sinaí, Tübingen 1979, p. 43.

     [18] Cfr. Dt 30,15s;4,1;5,30;8,1;16,20;22,7;Ez 18,19; 20,11.13.21;33,16.19;Lv 18,5;Eclo 17,11;45,5.

     [19] Cfr. N. LOHFINK, Ascolta, Israele. Esegesi di testi del Deuteronomio, Brescia 1986.

     [20] Cfr. la plegaria de Salomón en la consagración del Templo: 1Re 8,27-30.46-51.

     [21] "En los salmos es donde encontramos los sentimientos de alabanza, gratitud y veneración que el pueblo elegido siente hacia la ley de Dios" (Cfr,VS,n.44, con cita de Sal 1,1-2;19,8-9).

     [22] Cfr. la estructura del Catecismo de la Iglesia Católica: "Que los sacramentos vengan inmediata­mente detrás de la historia salvífica (artículos del credo) y no después de los mandamientos, como se hizo usual en la tradición moderna, lleva consigo la superación de un moralismo y de un legalismo que caracterizaron la tradición catequética de los últimos siglos... (Sólo) tras la gracia de Dios viene el agradecimiento nuestro o la moral". O.González de Cardedal, en El Catecismo Posconciliar, Madrid 1993, p. 325.



Los Diez Mandamientos de la Ley de Dios - Diez Palabras de Vida - El Decálogo


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