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EZEQUIEL, Parábolas, alegorías, cantos, enigmas y acciones simbólicas: Índice y Presentación

 

Emiliano Jiménez Hernández

Páginas relacionadas

 

Presentación


Índice

 

 El profeta Ezequiel

 

 

 CONTENIDO

Presentación  

Nota bibliográfica 

1. Carro de Yahveh  

2. El libro devorado

3. Centinela de Israel 

4. El ladrillo, la sartén y la comida racionada 

5. El corte de cabellos 

6. La gloria de Dios abandona el templo 

7. El ajuar del desterrado 

8. Chacales entre las ruinas 

9. Parábola de la vid  

10. Historia simbólica de Jerusalén  

11. Enigma de las águilas, el cedro y la vid 

12. Un refrán que no gusta a Dios  

13. La leona y los cachorros 

14. Por la gloria de mi nombre  

15. El bosque en llamas  

16. El horno de fundir la plata 

17. Apólogo de las dos hermanas adúlteras 

18. Parábola de la olla al fuego

19. Muerte de su esposa

20. Elegía por el naufragio de Tiro

21. El profeta como centinela de Israel 

22. Los pastores de Israel 

23. Cambio del corazón de piedra por uno de carne 

24. Visión de los huesos secos 

25. Las dos varas

26. Vuelve la gloria de Dios     


El profeta Ezequiel


         PRESENTACIÓN

 

Ezequiel es uno de los cuatro profetas mayores. Sin embargo, es quizás el menos conocido de ellos. Fuera de tres o cuatro pasajes de su libro, muy pocos podrían recordar algo más de él. Y es que no es un profeta fácil. Ezequiel propone frecuentemente lo que en hebreo se llama mashal, un término genérico que abarca parábolas, alegorías, proverbios, cantos, enigmas...

Al mashal añade las acciones simbólicas. Se trata de parábolas en acción, que son profecías hechas con gestos simbólicos, que anuncian lo que significan y de alguna manera realizan lo significado. No se trata sólo de dar expresión plástica a una realidad, sino de suscitarla. Dios habla y actúa sacramentalmente. Y el profeta es boca y manos de Dios entre los hombres.

La propia vida de Ezequiel se carga de significado simbólico. Al estilo de Oseas, Ezequiel interpreta como acontecimientos simbólicos sus sufrimientos, su enfermedad, la muerte de su esposa, su mudez y su curación... Ezequiel se sabe expresión del designio de Dios para Israel: “Yo soy para vosotros un símbolo” (12,11). Dios mismo se lo dice: “Yo he hecho de ti un símbolo para la casa de Israel” (12,6; 24,27).

Ezequiel, más joven que Jeremías, es en parte contemporáneo suyo. Los dos profetas son muy diversos en cuanto al carácter y al lenguaje. Pero Ezequiel toma muchos temas de Jeremías, los asimila y los desarrolla, recamándolos, hasta llevarles a su plenitud de contenido. Sobre un verso de Jeremías, Ezequiel compone toda una sinfonía. El mensaje es frecuentemente el mismo, pero el molde es diverso. No se puede negar la originalidad de Ezequiel aunque asuma tantos temas tocados por Jeremías.

Las acciones simbólicas siempre tienen algo llamativo, a veces son extrañas. Con ello reclaman la atención de los destinatarios. Y con su extrañeza pueden mostrar lo inesperado del actuar de Dios que dichas acciones anuncian. P. Auvray, en su comentario del libro de Ezequiel, introduce a los profetas con esta observación: “Cualquiera que haya viajado por el Oriente habrá seguramente observado en la plaza de un pueblo o junto a sus puertas, en medio de un mercado o de un bazar, una escena muy característica: un corro de espectadores, de toda edad y condición, casi siempre de pie, rodea a un hombre solo, que está charlataneando, gesticulando, interpelando a los oyentes, representando sucesivamente el papel del dolor y de la alegría, del miedo, de la cólera y de la piedad. Encantador de serpientes, actor o músico, o simple narrador de historias, ese tipo propio del Oriente, nos permite evocar ciertas actitudes de los profetas”. Esta evocación vale un poco para todos los profetas, pero de un modo particular retrata al profeta Ezequiel.

A Ezequiel le gustan las imágenes de tonos fuertes, ama los colores vivos, con los que crea escenas que nos dejan deslumbrados. Con frecuencia no logramos entender su significado a primera vista, con lo que nos obliga a detenernos y mirar en profundidad. En particular son significativas las escenas en que él participa corporalmente, con gestos personales, con los que expresa simbólicamente el mensaje divino. Ezequiel escenifica la palabra de Dios. La fantasía rápida y los trazos fuertes de las imágenes que se cruzan y mezclan hacen de Ezequiel un profeta impresionista o surrealista. Esas curiosas acciones, llevadas a cabo en silencio, se convierten en palabra concreta, cuando apuntando con el dedo, abre la boca y dice: ¡Eso es Jerusalén!” (5,5).

Los israelitas, exiliados en Babilonia, se dicen unos a otros acerca de Ezequiel: “vamos a escuchar que palabra nos trae de parte de Yahveh”. Corren en masa a escucharle. Les agrada su palabra como “una canción de amor, graciosamente cantada, con acompañamiento de buena música” (33,30ss). Pero esto hace que se deleiten oyéndole y no tomen en serio su palabra. Ezequiel se queja ante Dios de que, por su culpa, todos le llaman “charlatán de parábolas” (21,5).

Los profetas son ante todo predicadores, especialistas en la palabra. En su predicación se sirven de parábolas, alegorías, símbolos y metáforas y acciones simbólicas. Las acciones simbólicas pueden ser narraciones dramáticas incluidas en su predicación. Pero lo más probable es que muchas de ellas sean primero acciones realizadas en silencio y luego, ante la pregunta suscitada, narraciones explicativas.

De Ezequiel se dice que es un profeta místico por sus visiones. La verdad es que todo profeta es un místico, como todo místico es profeta. Ven más allá de la realidad inmediata y buscan palabras para traducir lo inefable. El mundo de Dios, vivamente contemplado o experimentado, necesita de símbolos con los que comunicar lo que “ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre  llegó, lo que Dios preparó para los que le aman” (1Co 2,9). En Ezequiel encontramos unidos el sacerdote y el profeta, el poeta y el teólogo, traspasado además por la presencia de Dios en su vida.

Las dificultades que suscita el libro de Ezequiel son muchas. Siempre suscitó ciertas sospechas, entre los judíos y entre los cristianos. En el sínodo de Jamnia, en los años 90-95 de nuestra era, en que los rabinos formaron el canon de la Biblia hebrea, ya encontraron una gran dificultad para incluir en él el libro de Ezequiel. Les era difícil reconciliar sus prescripciones con la Torá. Ante tal dificultad, según cuenta el Talmud de Babilonia, Rabí Jananías Ben Ezequías se encerró en el granero con víveres y 300 alcuzas de aceite para alumbrarse durante el tiempo que le llevó explicar todas aquellas discrepancias. Si no hubiera sido por él el libro de Ezequiel hubiera sido excluido de la Escritura (Misnah, Menahot, 45a).

San Jerónimo puso de relieve otro tipo de dificultades. En el prefacio a su traducción del libro dice que, según la tradición rabínica, no estaba permitido leer el principio y el final de este libro hasta tener la edad en que los sacerdotes empiezan a ejercer su ministerio, es decir, hasta los treinta años, porque “se necesita la plena madurez humana para el perfecto conocimiento y la comprensión mística” (San Jerónimo, PL 25,17).

En cambio Orígenes es un entusiasta admirador de Ezequiel. En una de sus confidencias personales nos revela que “durante un tiempo se sentía lleno de admiración por Isaías, antes de compararlo con Ezequiel”, el profeta de su preferencia. Lo que le llena de admiración es la firmeza con que denuncia las abominaciones de Jerusalén, sin que le importe arriesgar con ello su vida.

En el concilio de Trento también se habló de la dificultad de entender el libro de Ezequiel y este fue uno de los argumentos para impedir la traducción de la Biblia en lengua vulgar, pues podía representar un peligro para ciertos lectores. Y, sin embargo, hay que decir que Ezequiel es el gran actor que puede llegar fácilmente al pueblo sencillo, que es mucho más sensible a lo que se representa que a lo que se explica. Ningún otro profeta se ha servido tanto como él de los dramas y símbolos representados. A las personas serias, estudiosas, de mentalidad occidental, muchas de estas acciones les pueden parecer juegos infantiles, pero Ezequiel se toma muy en serio su actuación. Para él es Dios quien le ha llamado a ser profeta y quien le invita a representar su palabra ante la mirada de sus oyentes. Y además su temperamento enfermizo le predispone a toda suerte de originalidades. Su prodigiosa imaginación le lleva a transformar una simple metáfora o una frase, que desde hace tiempo son de dominio público, en una extensa alegoría. Todo lo traduce en gestos, en visiones, en símbolos. Su mensaje se reviste de imágenes plásticas, a veces un poco chocantes.

Así, por ejemplo, a Ezequiel le cuentan que los habitantes de Jerusalén se repiten el proverbio: “la ciudad es el perol y nosotros la carne”. Entonces, para mostrar cómo el perol, la ciudad santa, no les protegerá, va a buscar un gran perol, lo llena de alimentos y, a continuación, lo vuelca ante la mirada atónita de quienes se han reunido a su alrededor... Dios muestra su presencia entre los exiliado llegando al río Kebar sobre un carro arrastrado por cuatro animales fantásticos... La restauración de Israel la muestra como un ejército de huesos desparramados en el campo, que se ponen en pie y recobran la vida... Nabucodonosor es una gran águila que transporta a Babilonia una rama de cedro, el rey de Israel... Los reyes de Israel son cachorros que una leona cría y que van cayendo en las redes del enemigo...

Estas visiones de Ezequiel, como los símbolos e imágenes de los que se sirve para traducir sus experiencias, se abren paso directamente o a través del Apocalipsis hasta extenderse por la iconografía, las miniaturas medievales, el arte y la teología cristianas.

Ezequiel, el profeta del exilio, es, pues, “un gran pintor de imágenes”, poeta y maestro en el arte de los símbolos; los cuadros que pinta son originales, modernos, impresionistas; en ellos vuelca para nosotros la experiencia de la acción de Dios en Jerusalén y en Babilonia. Deportado en el año 597, comienza su ministerio cinco años después en Babilonia, la “tierra de Caldea, junto al río Kebar”, donde vive hasta el final de su vida, aunque tenga siempre la mirada puesta en Jerusalén, donde la mano de Dios le transporta frecuentemente en visión.

El profeta Ezequiel: introducción

Como profeta a Ezequiel le tocó vivir e interpretar el momento más duro de la historia de Israel: el exilio. Recibe la vocación profética “en tierra de los caldeos”, junto al río Kebar, “hallándose entre los desterrados” (1,1-3). No conocemos muchos datos sobre su vida personal. Es hijo de un sacerdote llamado Buzi. También él es sacerdote, según se deduce de su lenguaje y de su conocimiento e interés por el templo. Pero, al ser desterrado lejos de Jerusalén, no puede ejercer su ministerio sacerdotal. Sabemos que está casado y que queda viudo muy pronto. No se sabe que tuviera hijos. A lo largo de su vida son frecuentes las visiones en las que actúa como protagonista y como espectador. A veces se muestra insensible ante hechos trágicos, pero en general posee una sensibilidad exquisita, más fina y delicada que ningún otro profeta, inclinado al abatimiento y a la soledad. Extraño para un profeta, se queda completamente sin habla durante un largo período de su vida. El silencio y la soledad se hacen acción simbólica, que habla más elocuentemente que la misma palabra. La abundancia de elementos visuales confieren al lenguaje de Ezequiel una notable plasticidad.

Ezequiel, el profeta casi desconocido, es un profeta atractivo por su lenguaje e imágenes atrevidas. Bajo la apariencia de una frente dura, que Dios le impone, se esconde un corazón sensible a apasionado. Quizás sea necesario hurgar un poco bajo su piel para descubrir su interior apasionante. En el drama de sus acciones simbólicas se oculta el drama de su vida, unida a Dios y al pueblo, desgarrado por la pasión de Dios y el amor al pueblo. Ezequiel ejerce su ministerio profético entre los años 593 y 571, inmediatamente antes y después de la caída de Jerusalén en el año 587. En esta época la historia de Israel gira sobre sus goznes y Ezequiel participa intensamente de estos hechos.

Ezequiel ejerce su ministerio profético entre los desterrados durante unos veintidós años, aunque no sabemos cómo ni cuándo murió. En su misión hay dos etapas claramente diferenciadas. En la primera, hasta la caída de Jerusalén en el 587, se enfrenta a las falsas esperanzas de una pronta repatriación de los desterrados. En este período, la palabra y las acciones simbólicas buscan llevar al pueblo a reconocer su pecado, convirtiéndose a Dios, para evitar la destrucción de la ciudad santa y del templo, donde habita la gloria de Dios.

La segunda etapa corresponde al período posterior a la destrucción de Jerusalén, cuando el pueblo cae en la desesperación. Ante la depresión del pueblo, que se queda sin esperanza, Ezequiel empieza a predicar la resurrección de la nación. Ezequiel se alza de su mudez con una palabra de salvación. La primera parte anuncia el juicio de Dios, porque su pueblo es infiel. Y la segunda parte anuncia la salvación, porque el Dios de Israel es un Dios fiel.

“Un sacerdote se vuelve profeta”, es el título del libro de L. Monloubou. Este es Ezequiel: sacerdote y profeta. Son dos misiones diversas y, al mismo tiempo, complementarias. En la persona de Ezequiel se unifican. El sacerdote es el hombre de la tradición, llamado a conservar con fidelidad el patrimonio de la revelación de Dios, sedimentado en la vida del pueblo de Dios a lo largo de su historia. El profeta, en cambio, es la persona llamada a enfrentar una situación nueva en la que la fidelidad a Dios requiere nuevas formas de expresarse. Sacerdote y profeta son personas llamadas a ser fieles a Dios y a su alianza. El sacerdote vive su fidelidad a Dios mirando, sobre todo, al pasado, pues desea custodiar las riquezas que Dios ha dado a su pueblo. El profeta vive su fidelidad a Dios mirando, sobre todo, al futuro, proponiendo al pueblo una respuesta nueva, original, a las exigencias de Dios en la historia. El sacerdote es la memoria del pueblo, el archivo histórico de Israel, por lo que el libro de Ezequiel está lleno de fechas y medidas. Ezequiel, sacerdote y profeta, vive la tensión de ambas vocaciones.

El profeta es un elegido de Dios para transmitir la palabra de Dios a los hombres. El profeta habla, en nombre de Dios, para los hombres que tiene ante él. Habla siempre para el hoy de la historia. Ezequiel nos habla a nosotros hoy. Y nosotros podemos cerrar los oídos a su palabra con la misma excusa de los israelitas. Podemos repetir las palabras que ellos cuchicheaban cuando le oían: “La visión que éste contempla es para días lejanos, éste profetiza para una época remota” (12,27). El Señor también nos dice a nosotros: “Yo, Yahveh, hablaré, y lo que yo hablo es una palabra que se cumple sin dilación. Sí, en vuestros días yo pronunciaré una palabra y la ejecutaré” (12,25). “No se retrasarán más mis palabras, lo que diga lo cumpliré” (12,28).

El profeta Ezequiel: introducción

Ezequiel es el hombre de la palabra inesperada de Dios. Siendo sacerdote, no se deja condicionar por la tradición sacerdotal. Su espíritu está abierto a la novedad y al cambio. Los momentos dramáticos de la historia de Israel, que le toca vivir, le abren a la actuación sorprendente de Dios. Vive en su carne los acontecimientos de su tiempo y la palabra de Dios, que anuncia al pueblo, la digiere antes en sus entrañas, la calienta en su corazón.

Ezequiel, profeta inmerso en la historia, invita a sus oyentes o lectores a vivir atentos a lo que ocurre en ellos y a su alrededor, a vivir con los ojos y oídos abiertos para ver y escuchar el rumor de los pasos de Dios bajo el ruido ensordecedor de los hechos. Ezequiel, el profeta que espera contra toda esperanza, invita a los creyentes a empezar cada día de nuevo, a convertirse al Señor para no hacer del pasado su futuro. Dios crea la vida de la nada y la saca también de la muerte. Lo ha hecho con Cristo y lo hace con cuantos creen en él.

Gracias a la alegoría espiritual, Orígenes actualiza e interioriza en cada alma los acontecimientos del pueblo de Israel. Y San Gregorio Magno nos invita a “conocer en las palabras de Dios el corazón de Dios”. Para ello, dice, hay que romper la cáscara de las palabras y penetrar en el sentido profundo, espiritual. Gregorio compara la Escritura con el pedernal, que tiene el fuego escondido en su interior. Si tomamos el pedernal en la palma de la mano lo sentimos frío, pero si lo golpeamos con el eslabón entonces saltan chispas de fuego. Lo mismo sucede con la Escritura. Si nos limitamos al sentido literal, externo, sus palabras nos dejan frío. Pero, si uno penetra con el eslabón del Espíritu en el interior de las palabras, entonces siente, como los discípulos de Emaús, que “le arde el corazón cuando él le habla en el camino y le explica las Escrituras” (Lc 24,32).


 

NOTA BIBLIOGRÁFICA

ORIGENES, Omelie su Ezechiele, Roma 1997

GREGORIO MAGNO, Omelie su Ezechiele, I y II, Roma 1979 y 1997.

J. M. ABREGO DE LACY, Los libros proféticos, Estella 1993.

L. ALONSO SCHÖKEL, Lenguaje mítico y simbólico en el AT, en Hermenéutica de la Palabra II, Madrid 1987.

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J. T. ARNOLD, Ezequiel, en Comentario bíblico “San Jerónimo”, II, Madrid 1972, pp.27-82.

J. M. ASURMENDI, Ezequiel, (Cuadernos bíblicos 38), Eslella 1982.

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L. MONARI, Ecechiele. Un sacerdote-profeta, Brescia 1988.

L. MONLOUBOU, Un sacerdote se vuelve profeta, Madrid 1973 (FAX)

L. MONLOUBOU, Los profetas del Antiguo Testamento, (Cuadernos bíblicos 43), Estella 1983

A. NEGER, La esencia del profetismo, Salamanca 1975.

U. NERI, Il libro de Ezechiele. Indicazioni letterarie e spirituali, Bologna 1999.

R. VIRGILI, Ezechiele, Bologna 2000.

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W. ZIMMERLI, Rivelazione di Dio, Milano 1975.

    La ley y los profetas, Salamanca 1980.

 

El profeta Ezequiel

 


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