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San Ignacio de Loyola:   7. SALAMANCA, ALEGRAOS SI OS PERSIGUEN POR MI CAUSA

EMILIANO JIMENEZ HERNANDEZ

Páginas relacionadas

 

a) "Os entregarán a los tribunales"

b) La alegría de estar preso por Cristo

c) Dios habla con la persecución

 

San Ignacio de Loyola peregrino ad maiorem Dei gloriam



a) "Os entregarán a los tribunales"

Ahora Ignacio recorre a pie los tierras castellanas, que antes había cabalgado durante los años mundanos de su juventud. El ahora va como peregrino, sin que nada le detenga en el camino. Como dirá al final de su vida en carta a Antonio Enríquez, perteneciente al séquito del emperador Carlos V: "Siempre debemos acordarnos que somos peregrinos hacia la patria celestial, nuestra patria, sin aficionarnos tanto a las hosterías y tierras por donde pasamos que nos olvidemos de adónde vamos, o perdamos el amor de nuestro último fin, pues para conseguirle nos ha dado el Padre todas sus criaturas, y no para detenernos con amor en ellas".

Es pleno verano cuando, a orillas del Tormes, divisa la vieja catedral de Salamanca. Se adentra por sus estrechas calles, pasando en medio de la algarabía de los estudiantes, que invaden toda la ciudad. La universidad de Salamanca es el centro de la teología, con Francisco de Vitoria, Melchor Cano, y otros muchos nombres, que quizás Ignacio ni llegue a conocer.

Esta vez le es fácil hallar alojamiento. Cuatro de sus compañeros, su "compañía" como él la llama, han llegado algunos días antes que él. Cuando el peregrino llega, ya algunas mujeres piadosas han oído hablar de él. "Estando haciendo oración en una Iglesia, le conoció una devota que era de la compañía, porque los cuatro compañeros ya hacía días que estaban allí; ésta le preguntó su nombre y lo llevó a la posada de los compañeros".

Los compañeros visten todos ellos hábito y bonete de estudiantes, aunque no tienen aire de estudiantes; han llegado a final de curso. La universidad de Salamanca no ha quedado en la memoria de Ignacio. En la Autobiografía, de Salamanca recuerda varios episodios, pero que no tienen nada que ver con los estudios. Lo único que recuerda es el vestido de estudiantes. En la sentencia de Alcalá se lo habían impuesto. Y el peregrino había dicho:

-Cuando nos mandaste teñir los vestidos, lo hemos hecho; mas ahora esto no lo podemos hacer, porque no tenemos con qué comprarlos.

El mismo Vicario les proveyó de vestidos y bonetes de estudiantes, con los que han llegado a Salamanca. Pero, si en Alcalá aprovechó poco en los estudios, en Salamanca estudia aún menos. A los doce días de su llegada se ve nuevamente envuelto en interrogatorios. Por devoción, Ignacio se ha acercado a los Dominicos, frecuentando la iglesia de San Esteban, escogiendo en ella su confesor. Apenas llegado a Salamanca se ha dedicado a enseñar la doctrina a los muchachos, a ayudar a los pobres y a platicar de Dios con las almas devotas que encuentra. A la semana de llegar, su nombre ya está en boca de todos. El confesor le avisa que los padres de la casa quieren hablar con él. Para ello le invitan a comer con ellos el domingo. Ignacio acepta gustoso:

-Sea en nombre de Dios.

La comida transcurre en paz; los dominicos se muestran afables con él y con su compañero Calixto, que le acompaña, vestido de forma bastante extraña. Pero terminada la comida, el subprior, en ausencia del prior, empieza a elogiar la vida y costumbres del peregrino, su predicación "a la apostólica". Tras el elogio, le dice que todos están interesados en conocer más particulares al respecto. Le pregunta por los estudios que ha hecho. Ignacio le confiesa que muy poco y sin fundamento. Entonces él, que es doctor, con extrañeza, pregunta:

-Y si no tenéis estudios, ¿qué es lo que predicáis?

Algo despierta a Ignacio para ver las intenciones de sus oyentes y responde:

-Yo no predico, sino que hablo familiarmente con quienes me frecuentan.

Y él insiste:

-Y ¿de qué habláis? Eso es lo que queremos saber.

Ignacio, precavido, responde:

-Hablamos a veces de una virtud y a veces de otra, alabándolas; a veces de un vicio y a veces de otro, reprendiéndolos.

El doctor sigue su interrogatorio:

-Vos no sois letrado y habláis de virtudes y de vicios y de esto sólo se pude hablar o por letras o por Espíritu Santo. Vos no lo hacéis por letras, luego por Espíritu Santo.

Ignacio descubre la malicia del dilema. Quieren acusarlo de alumbrado. Después de un largo silencio, "no pareciéndole bien aquella pregunta", Ignacio replica:

-No es menester hablar más de estas materias.

El fraile le insta:

-Ahora que hay tantos errores de Erasmo y de tantos otros, que han engañado al mundo, ¿no queréis declarar los que decís?

Y como le insista, alegando que no se puede negar a responder, Ignacio, no reconociendo ninguna autoridad en quien le interroga, contesta:

-Padre, yo no diré más de lo que he dicho si no es delante de mis superiores, que me pueden obligar a ello.

El paciente doctor monta en cólera y replica:

-Pues quedaos aquí, que ya lograremos que lo digáis todo.

La capilla es la celda donde queda encerrado por tres días. Pero no todos en el convento son del mismo parecer. Muchos frailes se muestran partidarios de Ignacio y van a platicar con él. En el convento se origina una división: unos a favor y otros en contra. Al tercer día llega un notario, que se lleva a Ignacio y a Calixto a la cárcel. Allí no les ponen junto con los otros presos. Los dos son arrojados en medio de la suciedad de la buhardilla de la prisión, atados de pies a una misma cadena sujeta a un poste de la casa. Si uno se mueve, debe moverse el otro. Así pasan la primera noche sin lograr conciliar el sueño. Al día siguiente la noticia se difunde y las piadosas mujeres, que están a su favor, les socorren con todo lo necesario.


b) La alegría de estar preso por Cristo

Ignacio aprovecha las visitas para seguir hablando de Dios. Allí llega el bachiller Gonzalo Frías, vicario del obispo de Salamanca, a examinarlos. Ignacio "le entregó todos sus papeles, que eran los Ejercicios, para que los examinase". Es la primera vez que Ignacio habla de sus Ejercicios escritos. Se los da al bachiller. No tiene ningún deseo de ocultar nada, pues su deseo es mantenerse en todo fiel a la Iglesia. Tres días después, Ignacio es conducido al tribunal y examinado por tres doctores con toda solemnidad.

Con paz en el alma responde a cuanto le preguntaron. El sabe que Dios no le abandonará. Confesada su falta de estudios, va exponiendo, con la misma sencillez con que habla al prójimo, su doctrina sobre la Trinidad y el Sacramento de la Eucaristía; hasta expone algún caso de cánones, así como sobre la práctica de los Ejercicios. No encuentran nada que reprocharle en todo ello y le piden que les exponga el primer mandamiento. Como si tuviera ante sí a unos niños, Ignacio comienza a adoctrinarles hasta que se cansan de escucharle y le mandan callar. Ante las objeciones que le ponen, Ignacio les replica:

-Determinad si lo que digo es cierto o no; y, si no lo es, condenadlo.

Sin condenar nada, se van los tres. Son muchos los que, viéndole preso, le compadecen. El les replica:

-En esto mostráis que no deseáis estar presos por amor de Dios. ¿Pues tan mal os parece la prisión? Pues yo os digo que no hay en Salamanca tantos grillos y cadenas que yo no aceptara por amor a Dios.

Ignacio sabe que las contrariedades de este mundo se transforman en camino de salvación. En ellas "el alma se esclarece e, iluminada por el rocío del cielo, pone su nido en alto y todo su deseo se dirige a vivir con Cristo y Cristo crucificado". En las Constituciones quedará plasmada su experiencia: "En sumo grado ayuda y aprovecha en la vida espiritual aborrecer cuanto el mundo ama y abraza, y admitir y desear cuanto Cristo nuestro Señor ha amado y abrazado. Como los mundanos, que siguen el mundo, aman y buscan con tanta diligencia honores, fama y estima, así los que van en espíritu y siguen de veras a Cristo nuestro Señor aman y desean intensamente todo lo contrario, es a saber, vestirse de la misma vestidura de su Señor, de modo que desean pasar injurias, falsos testimonios, afrentas y ser tenidos y estimados por locos, por desear parecerse e imitar de alguna manera a nuestro Señor Jesucristo".

Por otra parte, Ignacio sabe, según escribe a Isabel Roser, que, apenas una persona se encamina a buscar la gloria y servicio de Dios, se entabla una batalla con el mundo, sintiéndose cercada por todas partes de maledicencias y falsedades. Pero sabe también que las afrentas "no pueden romper un cabello; y las palabras dobles e injuriosas no causan más dolor o descanso de cuanto son deseadas; y si nuestro deseo es vivir en honra y gloria de nuestros vecinos, no podremos estar bien arraigados en Dios nuestro Señor, ni es posible que quedemos sin herida, cuando las ofensas se nos ofrecieren".

En carta a Francisco Jiménez, abad de Salas, en un momento de persecu-ción, Ignacio le dice: "De mí puedo decir que, cuanto más contradicciones veo en algo, tanto pienso se seguirá mayor servicio de Dios, pues temiéndolo el demonio, hace de todo por estorbarlo". Por ello, en las mismas fechas, dice al arcediano de Barcelona, Pedro Camps, en una situación similar: "Cuanto más crecen las persecuciones y los adversarios, me crece más el ánimo, teniendo por muy cierto que no se contradice hoy sino a lo bueno... Las contradicciones que ha habido y hay no son cosa nueva para nosotros; antes, por la experiencia que tenemos de otras partes, tanto esperamos se servirá más Cristo nuestro Señor, cuanto más estorbos pone el que procura siempre impedir su servicio, y para este fin mueve a unos y otros". Quince días antes de su muerte, Ignacio, ante la sentencia de excomunión contra los jesuitas de Zaragoza y contra quienes frecuentan su Iglesia, provocando que el pueblo apedree las ventanas y se manifieste por las calles con caricaturas soeces, escribe al P. Alfonso Román: "Según lo que se suele experimentar, donde hay mucha persecución se sigue mucho fruto y se funda mejor la Compañía. Parece que ahí ha de haber grande y señalado edificio espiritual, pues han echado tan altos fundamentos de contradicciones. Así es de esperar que Dios nuestro Señor lo hará".

Es la experiencia acumulada en tantos años lo que le permite a Ignacio escribir así. En Salamanca, aunque le hubiera sido fácil evadirse de la cárcel, como han hecho otros presos, él y sus compañeros no han querido hacerlo. Admirados por esta actitud, les sacan de la cárcel y les llevan a otra casa más confortable, donde aún estarán encerrados veintidós días, al cabo de los cuales les llega la sentencia absolutoria. Ningún error han hallado los jueces en la vida y doctrina de los encarcelados. Pero la sentencia lleva una condición: que no se atrevan a definir qué es pecado mortal y qué venial hasta pasados cuatro años de estudio.


c) Dios habla con la persecución

Ignacio ve en ello una palabra de Dios, que quiere mostrarle lo importante que es dedicarse con diligencia al estudio para ayudar sin obstáculos a las almas. Ignacio lo pondrá por obra y lo recomendará después a sus compañeros. Pero ante sus jueces, Ignacio se mantiene firme. Les manifiesta que no es coherente que, sin condenarlo en nada, le tapen la boca. Acata su sentencia, pero sólo mientras esté en Salamanca, no cuando salga de su jurisdicción.

Ignacio no es un profesor que pueda contentarse con disertar teóricamente sobre Dios, sobre las virtudes y los vicios en general. Su hablar de Dios es algo existencial, no abstracto; él habla para ayudar a las almas; tiene que meterse con su vida, interpelarles, llevarles a la conversión. Si no puede hablar así, le están cerrando la boca para hablar de Dios, "como él solía".

Dios, que le cierra una puerta más, le abre otra. Así Dios guía sus pasos. Recibida la sentencia, piensa en trasladarse del Tormes al Sena, de Salamanca a París, cuya universidad tiene tanta fama que atrae a la juventud de toda Europa. No conociendo la lengua de la calle, allí le será más fácil concentrarse en los estudios, que ve cada vez más necesarios para llevar a cabo su misión. En París podrá, además, reunir a más compañeros, que en su compañía se dediquen al servicio de Dios y de las almas.

Lo trata ampliamente con sus compañeros y les propone que se queden en Salamanca, mientras él ve el modo de llevarles a estudiar con él en París. Pero, en realidad, nunca lo harán. Ignacio siguió ayudándoles desde París, pero ninguno perseveró. Calixto se fue a América y volvió enriquecido. Cáceres regresó a su tierra y abandonó la vida evangélica. Arteaga llegó a ser obispo, pero murió trágicamente en México. Y del joven francés, Juanito, nunca se supo qué fue de él. El grupo de los compañeros de Alcalá y Salamanca se desvaneció del todo. No por ello abandonaría Ignacio la idea de reunir compañeros para mayor gloria de Dios y salvación de las almas.

Solo, con un asnillo para llevar sus libros, "se partió" hacia Barcelona, siendo recibido por tantos amigos que allí había dejado. Estos le quieren retener con ellos y le hablan de los peligros que corren en Francia los españoles estando en guerra los dos reinos. "Todos los que le conocían intentan disuadirle", dice él. Pero nada de lo que le dicen le toca lo más mínimo. "Nunca tuvo ningún modo de temor". Entre lágrimas deja a estos buenos amigos, como anota el hijo de Inés Pascual, testigo presencial: "Se iba despidiéndose de mi madre, de mi casa, y de mí, y de toda Barcelona, con muchas lágrimas suyas y de todos". Así, "solo y a pie, se partió para París" el día de Reyes Magos, confiando únicamente en Dios.


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