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Capítulo VII

La Intercesión Todo-Poderosa de María Ante el Corazón de Jesús y el Título de Nuestra Señora del Sagrado Corazón

Hemos dicho que con el Título de Nuestra Señora del Sagrado Corazón queremos expresar la intercesión todo-poderosa de María ante el Corazón de Jesús.

Queda demostrado que la intercesión de María es todo-poderosa ante la Persona adorable de su Hijo. Pero ¿lo es también ante el Corazón de Jesús? Es evidente, sobre todo si se considera que el Sagrado Corazón es el compendio viviente y perfecto del "todo Nuestro Señor".

Estudiemos brevemente esta verdad.

I.- El hombre está compuesto de dos substancias: cuerpo y alma. Ambas constituyen en él un todo viviente, armonioso, completo. En ese ser misterioso, obra maestra y suma de la creación, el alma vive una vida corporal y el cuerpo, unido al alma, cuyo órgano es; vive de la vida misma del espíritu, es decir que las operaciones del hombre no son espirituales, puesto que no es espíritu puro, ni tampoco del todo corporales, porque no es pura materia.

Ahora bien, en el alma hay dos facultades principales: la inteligencia y la voluntad, cuyo fruto principal es el amor, dice Santo Tomás, y, correspondiendo a esas facultades, hay dos órganos en el cuerpo; el cerebro y el corazón (1 q. 27, art. 3 -q.28, art. 4 -q.34, art.2 - q. 37, art. 1).

El cerebro coopera al pensamiento suministrándole esos elementos sensibles que acompañan siempre a los actos más espirituales de la inteligencia.

En cuanto al corazón, éste es su papel:

En primer lugar ¿qué es el amor en el alma? "Es el compendio de todo el hombre, es el hombre todo él concentrado sobre un punto. Todos los rayos convergen en ese centro único. Todo va de acuerdo: el estímulo, el sentimiento, el instinto, la inteligencia, la voluntad, todo eso repercute en el corazón junto y al mismo tiempo" (Sto. Tomás, Conocimiento del alma).

En efecto, todas las facultades del alma concurren en el amor; la inteligencia contempla en sí el objeto, la imaginación 10 embellece con mil atractivos, la memoria conserva el bello recuerdo. Todo, en el alma, converge en este punto: amar. Y con toda verdad se ha podido decir que "el amor lo es todo en el alma, como el corazón lo es en el cuerpo" (Santo Tomás, ibíd.).

Abundando en lo mismo, el hombre es lo que en él es el amor. "Amáis la tierra, dice San Agustín, sois tierra; si amáis a Dios, sois dioses. Dii estis".

Lo que es en el alma el amor, lo es el corazón en el cuerpo. Es en el corazón donde se alberga toda la vida; allí es donde ella tiene su principio y de donde sale con fuerza para animarlo todo. Al proyectar la sangre en las venas con cada uno de sus bombeos el corazón vivifica sin cesar todo el organismo, siendo, por otra parte, el principal motor, dice Santo Tomás, siguiendo a Aristóteles. "Principium corporalis motus est a motu cordis" (Santo Tomás, 1.2.q.17, art.9). "Cor est principium motus in animali" (Aristóteles).

En relación inmediata con el alma, de quien recibe directamente la vida, las impresiones, el corazón comunica a su vez todas las disposiciones del cuerpo cuyo centro es, añade el Ángel de las Escuelas, "tan es así, que el corazón es el todo del cuerpo".

Y este órgano tan noble es el órgano del amor.

La humanidad siempre ha creído y dicho que, si el hombre piensa por medio de la cabeza, por medio del corazón ama. La vida del corazón es el amor, dice Santo Tomás. Le resulta imposible a un corazón, que quiere vivir, estar sin amor. Pues nuestro amor es nosotros mismos; "nuestra alma está menos en el cuerpo que ella anima que en el objeto de sus afectos", ha dicho el gran Obispo de Hipona. Y al corazón, como expresión del alma, se atribuye cuanto a ella pertenece: los defectos y las cualidades, los vicios y las virtudes, el mérito y el demérito. Nuestro Señor, hablando como los demás hombres ¿no enseña acaso que del corazón salen los malos pensamientos y cuanto mancha al hombre? (Mt 9,4 y 15,19-Mc 2,8 - Le 2,35).

"Del corazón vienen los malos pensamientos", ha escrito un célebre moralista, y hubiera podido añadir: También las grandes virtudes y los sacrificios heroicos. Nuestro corazón es nosotros mismos. "Si Platón situaba el alma en la cabeza, Jesucristo, advierte San Jerónimo, la ha situado en el corazón". Dios no quiere al hombre sino por su alma y al alma no la quiere sino por su amor, por su Corazón. Praebe, fili mi, cor tuum, mihi" (Prov 23,26). "Hijo mío, dame tu corazón".

Es, pues, cierto que el corazón sintetiza a toda la persona; el amor, acabamos de verlo, es el todo del alma como el corazón es el todo del cuerpo.

Y lo que se afirma de todos los hombres, se dice igualmente de Nuestro Señor.

II.- Jesús es verdadero hombre como es verdadero Dios. En Él, como en nosotros, el corazón es el principio de la vida física y la sede de los afectos del alma; comporta, pues, toda la persona; pero no la persona humana puesto que no hay persona humana en Jesús, sino la persona divina. El Corazón de Jesús es el Corazón mismo de Dios; es el centro y el punto de partida de esos actos maravillosos que nosotros denominamos "teándricos" o divinos y humanos, que constituyen la vida misma de Jesús; y, puesto que el corazón del hombre representa el hombre todo entero, es legítimo decir que el Corazón de Jesucristo es la expresión compendiada y viviente de su divina persona. Nada extraña, pues, que un piadoso escritor exclame: "¡Dios mío, vuestro corazón sois Vos y Vos no sois otra cosa que vuestro Corazón!". Y, cuando adoramos a ese Divino Corazón, es Jesús mismo Quien recibe nuestras adoraciones.

Nuestro Señor también aplica a su Corazón todo lo que conviene a toda su persona. "He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres", dijo un día a Santa Margarita María; y, hablando luego, no de su Divino Corazón, sino de su Adorable Persona, añade: "De la mayor parte de los hombres solamente recibo ingratitudes" (Vida de Santa Margarita María de Alacoque).

Así, pues, Él y su Corazón son UN TODO, una misma cosa. He ahí por qué, en el curso de las apariciones con frecuencia sólo le muestra su Corazón aislado (Ibíd.).

Concluyamos: El Corazón de Jesús es la expresión sintetizada, la suma excelsa de su Adorable Persona, como la devoción a ese Corazón Sagrado es el compendio, la suma substancial de toda la Religión (Cardenal Pie), como Cristo es la expresión viviente y la suma de todas las criaturas que Él recapitula, dice San Pablo (Ef 1,10). 

Cuando Dios contempla a Cristo, ve en Él al mundo entero (Mons. Gay). Profundas palabras que semejarían completar estas otras: Cuando el alma mira a Cristo, Le ve todo entero en su Sagrado Corazón. Y siente, por otra parte, que Le encuentra allí, que Él está allí con todos sus tesoros cuando le dirige esta plegaria que la Iglesia pone en sus labios: ¡Sagrado Corazón de Jesús, tened piedad de nosotros! ¡Cor Jesu Sacratissimum, miserere nobis!

III.- Resumiendo, pues, cuanto precede, decimos: María tiene sobre su Hijo la misma autoridad que el resto de las madres sobre sus hijos. Esto en el orden natural. Su intercesión es todo-poderosa ante Él. Su plegaria es como una especie de mandato. "Oratio Deiparae habet rationem imperii" (San Antonino).

Ella tiene derecho a su amor, a su condescendencia. Ahora bien, esas prerrogativas que su Maternidad le otorga sobre la Persona de Jesús se extienden también a su Corazón adorable, puesto que, en Jesús, lo mismo que en todo hombre, el Corazón compendia a la Persona toda entera, como lo hemos venido viendo.

Es, por lo tanto, legítimo el Título de Nuestra Señora del Sagrado Corazón al ser expresión del poder de súplica de María sobre el Corazón de su Divino Hijo[11].

 

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